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Orientación Universidad
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literatura, Apuntes de Filología hispánica

Asignatura: Literatura del siglo XIX, Profesor: Profesor Equis, Carrera: Enfermería, Universidad: Nebrija

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 28/01/2014

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Virginia Woolf : La Señora Dalloway -1-
UNIVERSIDAD DE CHILE FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES
Universidad de Chile - Facultad de Ciencias Sociales - ® 1999 Programa de Informática
El Autor de la Semana: Septiembre 1999
Colección de Libros Electrónicos - Biblioteca Virtual de la Facultad de Ciencias Sociales
Diagramación, gráficos, versiones HTML y PDF: Oscar E. Aguilera F.
Digitalización y corrección de texto: Carolina Huenucoy
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UNIVERSIDAD DE CHILE FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES

Universidad de Chile - Facultad de Ciencias Sociales - Æ 1999 Programa de Inform·tica El Autor de la Semana: Septiembre 1999 ColecciÛn de Libros ElectrÛnicos - Biblioteca Virtual de la Facultad de Ciencias Sociales DiagramaciÛn, gr·ficos, versiones HTML y PDF: Oscar E. Aguilera F. DigitalizaciÛn y correcciÛn de texto: Carolina Huenucoy

Virginia Woolf

(1882-1941)

Novelista y crÌtica brit·nica cuya tÈcnica del monÛlogo interior y estilo poÈtico se consideran entre las contribuciones m·s importantes a la novela moderna. Adeline Virginia Stephen, hija del biÛgrafo y filÛsofo Leslie Stephen, naciÛ en Londres y estudiÛ en su casa. DespuÈs de la muerte de su padre en 1905, habitÛ con su hermana Vanessa ópintora que se casarÌa con el crÌtico Clive Belló y sus dos hermanos en una casa del barrio londinense de Bloomsbury que se convirtiÛ en lugar de reuniÛn de librepensadores y antiguos compaÒeros de universidad de su hermano mayor. En el grupo, conocido como Grupo de Bloomsbury, participÛ óadem·s de Bell y otros intelectuales londinensesó el escritor Leonard Woolf, con quien se casÛ Virginia en 1912. En 1917 ambos fundaron la editorial Hogarth. Sus primeras novelas, Fin de viaje (1915), Noche y dÌa (1919) y El cuarto de Jacob (1922), ponen de manifiesto su determinaciÛn por ampliar las perspectivas de la novela m·s all· del mero acto de la narraciÛn. En sus novelas siguientes, La seÒora Dalloway (1925) y Al faro (1927), el argumento surge de la vida interior de los personajes, y los efectos psicolÛgicos se logran a travÈs de im·genes, sÌmbolos y met·foras. Los personajes se despliegan gracias al flujo y reflujo de sus impresiones personales, sentimientos y pensamientos: un monÛlogo interior en el que los seres humanos y sus circunstancias normales aparecen como extraordinarios. Influida por el filÛsofo francÈs Henri Bergson, Woolf, como el escritor francÈs Marcel Proust, se adentra en la idea del tiempo. Los acontecimientos en La seÒora Dalloway abarcan un espacio de doce horas y el transcurso del tiempo se expresa a travÈs de los cambios que paso a paso se suceden en el interior

Virginia Woolf

La SeÒora Dalloway

La seÒora Dalloway decidiÛ que ella misma comprarÌa las flores.

SÌ, ya que Lucy tendrÌa trabajo m·s que suficiente. HabÌa que desmontar las puertas; acudirÌan los operarios de Rumpelmayer. Y entonces Clarissa Dalloway pensÛ: quÈ maÒana di·fana, cual regalada a unos niÒos en la playa.

°QuÈ fiesta! °QuÈ aventura! Siempre tuvo esta impresiÛn cuando, con un leve gemido de las bisagras, que ahora le pareciÛ oÌr, abrÌa de par en par el balcÛn, en Bourton, y salÌa al aire libre. °QuÈ fresco, quÈ calmo, m·s silencioso que Èste, desde luego, era el aire a primera hora de la maÒana.. .! como el golpe de una ola; como el beso de una ola; fresco y penetrante, y sin embargo (para una muchacha de dieciocho aÒos, que eran los que entonces contaba) solemne, con la sensaciÛn que la embargaba mientras estaba en pie ante el balcÛn abierto, de que algo horroroso estaba a punto de ocurrir; mirando las flores mirando los ·rboles con el humo que sinuoso surgÌa de ellos, y las cornejas alz·ndose y descendiendo; y lo contemplÛ, en pie, hasta que Peter Walsh dijo: ìøMeditando entre vegetales?îóøfue eso?ó, ìPrefiero los hombres a las colifloresîóøfue eso? Seguramente lo dijo a la hora del desayuno, una maÒana en que ella habÌa salido a la terraza. Peter Walsh. RegresarÌa de la India cualquiera de estos dÌas, en junio o julio, Clarissa Dalloway lo habÌa olvidado debido a lo aburridas que eran sus cartas: lo que una recordaba eran sus dichos, sus ojos, su cortaplumas, su sonrisa, sus malos humores, y, cuando millones de cosas se habÌan desvanecido totalmente ó°quÈ extraÒo era!ó, unas cuantas frases como Èsta referente a las verduras.

Se detuvo un poco en la acera, para dejar pasar el camiÛn de Durtnall. Mujer encantadora la consideraba Scrope Purvis (quien la conocÌa como se conoce a la gente que vive en la casa contigua en Westminster); algo de p·jaro tenÌa, algo de grajo, azul-verde, leve, vivaz, a pesar de que habÌa ya cumplido los cincuenta, y de que se habÌa quedado muy blanca a raÌz de su enfermedad. Y allÌ estaba, como posada en una rama, sin ver a Scrope Purvis, esperando el momento de cruzar, muy erguida.

DespuÈs de haber vivido en Westminsteróøcu·ntos aÒos llevaba ahora allÌ?, m·s de veinteó, una siente, incluso en medio del tr·nsito, o al despertar en la noche, y de ello estaba Clarissa muy cierta, un especial silencio o una solemnidad, una indescriptible pausa, una suspensiÛn (aunque esto quiz· fuera debido a su corazÛn, afectado, seg˙n decÌan; por la gripe), antes de las campanadas del Big Ben. °Ahora! Ahora sonaba solemne. Primero un aviso, musical; luego la hora, irrevocable. Los cÌrculos de plomo se disolvieron en el aire. Mientras cruzaba Victoria Street, pensÛ quÈ tontos somos. SÌ, porque sÛlo Dios sabe por quÈ la amamos tanto, por que la vemos asÌ, cre·ndose, construyÈndose alrededor de una, revolviÈndose, renaciendo de nuevo en cada instante; pero las m·s horrendas arpÌas, las m·s miserables mujeres sentadas ante los portales (bebiendo su caÌda) hacen lo

Ellos habÌan venidoódesgraciadamenteópara ir al mÈdico. Otra gente venÌa para ver cuadros, para ir a la Ûpera, para presentar a sus hijas, los Whitbread venÌan ìpara ir al mÈdicoî. Innumerables veces habÌa visitado Clarissa a Evelyn Whitbread en la clÌnica. øEstaba Evelyn de nuevo enferma? Evelyn estaba algo achacosa, dijo Hugh, dando a entender mediante una especie de erguimiento o hinchazÛn de su bien cubierto, varonil, extremadamente apuesto y a la perfecciÛn forrado cuerpo (siempre iba casi demasiado bien vestido, pero cabÌa presumir que estaba obligado a ello por su pequeÒo cargo en la corte), que su esposa padecÌa cierta afecciÛn interna, nada grave, lo cual Clarissa Dalloway, por ser antigua amiga, comprenderÌa a la perfecciÛn, sin exigirle explicaciones. Oh, sÌ, claro, lo comprendiÛ, quÈ pesadez, y experimentÛ sentimientos de hermandad, y, al mismo tiempo, tuvo rara conciencia de su sombrero. No era el sombrero adecuado a aquella temprana hora de la maÒana, øverdad? SÌ, ya que Hugh siempre le causaba esta sensaciÛn, mientras parloteaba, y se quitaba el sombrero en adem·n un tanto ampuloso, y le aseguraba que parecÌa una muchacha de dieciocho aÒos, y le decÌa que, desde luego, esta noche irÌa a su fiesta, por cuanto Evelyn habÌa insistido en que asÌ lo hiciera, aunque llegarÌa un poco tarde debido a que asistirÌa a la fiesta en palacio, a la que debÌa llevar a uno de los hijos de Jim, le causaba la sensaciÛn de ser un poco desaliÒada a su lado, un poco colegiala; pero le tenÌa afecto, en parte por conocerle de toda la vida, y le consideraba buena persona a su manera, a pesar de que Richard no podÌa soportarlo, y a pesar de Peter Walsh, quien a˙n no habÌa perdonado a Clarissa que le tuviera simpatÌa.

Recordaba escena tras escena, en Bourton. Peter furioso; Hugh, desde luego, no estaba a su altura en aspecto alguno, pero no era el perfecto imbÈcil que Peter creÌa; no era un puro y simple adoquÌn. Cuando su anciana madre le pedÌa que dejara de cazar o que la llevara a Bath, Hugh lo hacÌa sin rechistar; carecÌa de egoÌsmo, y en cuanto a la afirmaciÛn, formulada por Peter, de que carecÌa de corazÛn, carecÌa de cerebro y carecÌa de todo, salvo de los modales y apostura del caballero inglÈs, bien cabÌa decir que era una de las peores manifestaciones del car·cter de Peter. Peter podÌa ser intolerable, imposible, pero era adorable para pasear con Èl en una maÒana asÌ.

(Junio habÌa hecho brotar todas las hojas de los ·rboles. Las madres de Pimlico amamantaban a sus hijos. La Armada transmitÌa mensajes al Almirantazgo. Arlington Street y Piccadilly parecÌan dar calor al aire del parque, y alzar las hojas, ardientes y brillantes, en oleadas de aquella divina vitalidad que Clarissa amaba. Y, con entusiasmo, ahora Clarissa hubiera bailado, montado a caballo.)

Pero parecÌa que ella y Peter llevaran siglos y siglos lejos el uno del otro. Clarissa nunca escribÌa cartas, y las de Peter eran m·s secas que un palo. Sin embargo, de repente a Clarissa se le ocurrÌa pensar: øquÈ dirÌa Peter si estuviera conmigo?; ciertos dÌas, ciertas im·genes le devolvÌan a Peter con paz, sin la antigua amargura; quiz·s esto fuera la

recompensa de haber comenzado a amar a la gente; y regresaron las im·genes de una hermosa maÒana en el centro de St. James Park, sÌ, realmente regresaron. Pero Peter, por hermosos que fueran los ·rboles, o el cÈsped o la niÒa vestida de color de rosa, no veÌa nada. Si Clarissa se lo pedÌa, Peter se ponÌa las gafas; y miraba. Lo que le interesaba era el estado del mundo; Wagner, la poesÌa de Pope, el car·cter de las gentes eternamente, y los defectos del alma de Clarissa. °CÛmo la reÒÌa! °CÛmo discutÌan! Clarissa se casarÌa con un primer ministro y permanecerÌa en pie en lo alto de una escalinata; la perfecta dama de sociedad, la llamÛ Peter (por esto llorÛ en su dormitorio), tenÌa las hechuras de la perfecta dama de sociedad, decÌa Peter.

Por esto, Clarissa se encontrÛ todavÌa discutiendo en St. James Park, todavÌa convenciÈndose de que habÌa acertadoócomo realmente acertÛóal no casarse con Peter. Ya que en el matrimonio, entre personas que viven juntas dÌa tras dÌa en la misma casa, debe haber un poco de tolerancia, un poco de independencia; cosas que Richard le concedÌa, y ella a Èl. (Por ejemplo, ødÛnde estaba Richard aquella maÒana? En la reuniÛn de alg˙n comitÈ, aunque Clarissa nunca se lo preguntaba.) Pero, en el caso de Peter, era preciso compartirlo todo, meterse en todo. Y esto era intolerable, y, cuando se produjo aquella escena, junto a la fuente, en el jardincillo, Clarissa tuvo que romper con Èl, ya que de lo contrario, y de ello estaba convencida, ambos hubieran quedado aniquilados, destruidos. A pesar de lo cual, Clarissa habÌa llevado durante aÒos, clavado en el corazÛn, el dardo de la pena y de la angustia: °y luego el horror de aquel momento en que alguien le dijo, en un concierto, que Peter se habÌa casado con una mujer a la que habÌa conocido en el barco rumbo a la India! Fue un momento que Clarissa nunca olvidarÌa. Peter la motejaba de frÌa, sin corazÛn y mojigata. Clarissa nunca pudo comprender la intensidad de los sentimientos de Peter. Pero al parecer sÌ podÌan aquellas mujeres indias, tontas, lindas, fr·giles, insensatas. Y Clarissa hubiera podido ahorrarse su compasiÛn. Porque Peter era perfectamente feliz, seg˙n le decÌa, totalmente feliz, pese a que no habÌa hecho nada de aquello de lo que hablaban; su vida entera habÌa sido un fracaso. Esto tambiÈn disgustaba a Clarissa.

LlegÛ a la salida del parque. Se quedÛ parada unos instantes, contemplando los autobuses en Piccadilly.

Ahora no dirÌa a nadie en el mundo entero quÈ era esto o lo otro. Se sentÌa muy joven, y al mismo tiempo indeciblemente avejentada. Como un cuchillo atravesaba todas las cosas, y al mismo tiempo estaba fuera de ellas, mirando. TenÌa la perpetua sensaciÛn, mientras contemplaba los taxis, de estar fuera, fuera, muy lejos en el mar, y sola; siempre habÌa considerado que era muy, muy peligroso vivir, aunque sÛlo fuera un dÌa. Y conste que no se creÌa inteligente ni extraordinaria. Ignoraba cÛmo se las habÌa arreglado para ir viviendo con los escasos conocimientos que Fr‰ulein Daniels le habÌa impartido. No sabÌa nada; ni

mostrase complacida en el momento en que ella entraba, pensÛ Clarissa, y dio media vuelta y volviÛ atr·s hacia Bond Street, enojada, porque le parecÌa tonto tener otras razones para hacer las cosas. Mucho mejor ser una de esas personas como Richard, quien hacÌa las cosas por ellas mismas, en tanto que, pensÛ, esperando el momento de cruzar, la mitad de las veces ella no hacÌa las cosas simplemente, no las hacÌa por sÌ mismas, sino para que la gente pensara esto o lo otro; lo cual le constaba era una perfecta estupidez (y ahora el guardia levantÛ la mano), ya que nadie se dejaba arrastrar ni siquiera durante un segundo. °Oh, si pudiera comenzar a vivir de nuevo!, pensÛ en el momento de pisar la calzada, °hasta tendrÌa un aspecto diferente!

En primer lugar, hubiera sido morena, como Lady Bexborough, de tez bruÒida y hermosos ojos. Hubiera sido, lo mismo que Lady Bexborough, lenta y seÒorial; un tanto corpulenta; una mujer interesada en la polÌtica igual que un hombre; con una casa de campo; extremadamente digna y muy sincera. Contrariamente, tenÌa la figura estrecha como un palillo, y una carita ridÌcula, picuda cual la de un p·jaro. Cierto era que tenÌa buen porte, y lindas manos y lindos pies, y vestÌa bien, si se tenÌa en cuenta lo poco que en ello gastaba. Pero ahora a menudo este cuerpo que llevaba (se detuvo para contemplar un cuadro holandÈs), este cuerpo, con todas sus facultades, le parecÌa nada, nada en absoluto. TenÌa la rarÌsima sensaciÛn de ser invisible, no vista, desconocida; ya no volverÌa a casarse, ya no volverÌa a tener hijos ahora, y sÛlo le quedaba este pasmoso y un tanto solemne avance con todos los dem·s por Bond Street, este ser la seÒora Dalloway, ahora ni siquiera Clarissa, este ser la seÒora de Richard Dalloway.

Bond Street la fascinaba: Bond Street a primera hora de la maÒana, en aquella estaciÛn: con las banderas ondeando, con sus tiendas; sin alharacas, sin relumbrÛn; una pieza de tweed en la tienda en que su padre se hizo los trajes durante cincuenta aÒos; unas cuantas perlas, pocas, un salmÛn dentro de una barra de hielo.

ìEsto es todoî, dijo mientras miraba la pescaderÌa. ìEsto es todoî, repitiÛ deteniÈndose un instante ante el escaparate de una tienda de guantes en la que, antes de la guerra, cabÌa comprar guantes casi perfectos. Y su viejo tÌo William solÌa decir que a las seÒoras se las conoce por sus zapatos y sus guantes. El tÌo William, una maÒana, en plena guerra, decidiÛ quedarse en cama. Dijo: ìYa estoy harto.î Guantes y zapatos: ella sentÌa pasiÛn por los guantes, pero su propia hija, su Elizabeth, se mostraba indiferente, los guantes y los zapatos le importaban un comino.

Un comino, pensÛ mientras seguÌa avanzando por Bond Street camino de una tienda en la que le reservaban flores cuando daba una fiesta. En realidad lo que m·s le importaba a Elizabeth era su perro. Esta maÒana la casa entera olÌa a alquitr·n. De todos modos, m·s valÌa que a Elizabeth le diera por el pobre Grizzle que por la seÒorita Kilman; m·s valÌan

las peleas y el alquitr·n y todo lo dem·s que quedarse sentada en un dormitorio mal aireado con un libro de rezos en las manos. M·s valÌa cualquier cosa, estaba tentada Clarissa a decidir. Pero, como decÌa Richard, quiz· fuera solamente una fase, una de estas fases por las que todas las chicas pasan. Quiz· se hubiera enamorado. Pero, øpor quÈ de la seÒorita Kilman?, que, desde luego, habÌa tenido mala suerte, lo cual siempre es preciso tener en cuenta, pero que, como Richard decÌa, era muy competente y tenÌa verdadera mentalidad histÛrica. De todos modos, ahora eran inseparables, y Elizabeth, su propia hija, comulgaba; y cÛmo vestÌa, y cÛmo trataba a los invitados que no le caÌan bien... Por experiencia, Clarissa sabÌa que el Èxtasis religioso endurece los modales de la gente (igual que las causas); amortigua su sensibilidad, ya que la seÒorita Kilman era capaz de hacer cualquier cosa en favor de los rusos y se mataba de hambre por los austrÌacos, pero con su comportamiento privado infligÌa una verdadera tortura al prÛjimo, tan insensible era, ataviada con su impermeable verde. HacÌa aÒos y aÒos que llevaba aquel impermeable; sudaba; en cuanto entraba en una habitaciÛn no pasaban cinco minutos sin que hiciera sentir su superioridad, tu inferioridad; lo pobre que era ella; lo rica que era una; cÛmo vivÌa en un cuartucho, sin un almohadÛn, sin una cama, sin una alfombra, o sin lo que sea, con el alma cubierta por la herrumbre de la ofensa, despuÈs de haber sido despedida de la escuela, durante la guerra, °pobre criatura, amargada y desdichada! SÌ, porque no se la odiaba a ella sino al concepto de ella, y, sin duda alguna, este concepto llevaba incorporadas muchas cosas que no eran de la seÒorita Kilman; y la seÒorita Kilman se habÌa convertido en uno de esos espectros con los que se lucha por la noche, uno de esos espectros que se ponen a horcajadas sobre nosotros y nos chupan la mitad de la sangre, dominadores y tir·nicos, pero, sin la menor duda, si los dados de la fortuna hubieran caÌdo de otra manera, m·s favorable a la seÒorita Kilman, Clarissa la hubiera amado. Pero no en este mundo. No.

Era desesperante, pensaba, llevar este monstruo brutal agit·ndose en su interior; la irritaba oÌr el sonido de las ramas quebr·ndose, y sentir sus cascos hinc·ndose en las profundidades de aquel bosque de suelo cubierto por las hojas, el alma. No podÌa estar en momento alguno totalmente tranquila o totalmente segura, debido a que en cualquier instante el monstruo podÌa atacarla con su odio que, de manera especial despuÈs de su ˙ltima enfermedad, tenÌa el poder de provocarle la sensaciÛn de ser rasgada, de dolor en la espina dorsal. Le producÌa dolor fÌsico, y era causa de que todo su placer en la belleza, en la amistad, en sentirse bien, en ser amada y en convertir su hogar en un sitio delicioso, se balanceara, temblara y se inclinara, como si realmente hubiera un monstruo royendo las raÌces, como si la amplia gama de satisfacciones sÛlo fuera egoÌsmo. °Cu·nto odio!

°TonterÌas, tonterÌas!, se dijo grit·ndose a sÌ misma, mientras empujaba la puerta giratoria de la floristerÌa Mulberry.

transe˙ntes que, desde luego, se habÌan detenido para mirar, tuvieron el tiempo justo de ver una cara de suma importancia contra el fondo de la tapicerÌa gris tÛrtola, antes de que una mano masculina corriera la cortinilla y nada m·s pudiera verse, salvo una porciÛn de color gris tÛrtola.

Sin embargo, inmediatamente comenzaron a correr los rumores desde la mitad de Bond Street hacia Oxford Street, por una parte, y hacia la perfumerÌa de Atkinson, por otra, pasando invisibles, inaudibles, como una nube, veloces, como un velo sobre colinas, y descendiendo, de modo parecido a la brusca serenidad y el brusco silencio de la nube sobre rostros que un segundo antes estaban en el mayÛr desorden. Pero ahora el ala del misterio habÌa pasado por ellos; habÌan oÌdo la voz de la autoridad; el espÌritu de la religiÛn habÌa salido al exterior con los ojos vendados y la boca abierta de par en par. Aunque nadie sabÌa quÈ rostro era aquel que habÌa sido vislumbrado. øSerÌa el PrÌncipe de Gales, la Reina, el Primer Ministro? øDe quiÈn era aquella cara? Nadie lo sabÌa.

Edgar J. Watkiss, con la tuberÌa de plomo arrollada al brazo, dijo de modo audible y, desde luego, humorista, con su acento londinense:

óEl vehÌculo del Primer Ministro.

Septimus Warren Smith, que se encontrÛ con el paso obstaculizado, le oyÛ.

Septimus Warren Smith, de unos treinta aÒos, p·lida la cara, nariz ganchuda, calzado con zapatos marrones y ataviado con un deslucido abrigo, tenÌa ojos castaÒos animados por ese brillo de aprensiÛn que provoca aprensiones a los seres m·s desconocidos. El mundo habÌa levantado el l·tigo. øDÛnde descenderÌa?

Todo habÌa quedado detenido. El trepidar de los motores sonaba como un pulso irregular, batiendo en la totalidad de un cuerpo. El sol se hizo extraordinariamente ardiente, debido a que el automÛvil se habÌa detenido ante el escaparate de la floristerÌa Mulberry; viejas seÒoras en lo alto de los autobuses abrieron negras sombrillas; aquÌ una sombrilla verde, allÌ una sombrilla roja, se abrieron con un leve plop. La seÒora Dalloway se acercÛ a la ventana, llenos los brazos de guisantes de olor, y mirÛ hacia fuera, con su carita rosada fruncida inquisitivamente. Todos miraban el automÛvil. Septimus miraba. Los chicos que iban en bicicleta se apearon de un salto. El tr·nsito se detuvo y se acumularon los vehÌculos. Y allÌ estaba el automÛvil, corridas las cortinillas, y en ellas un curioso dibujo en forma de ·rbol, pensÛ Septimus, y aquella gradual convergencia de todo en un centro que estaba produciÈndose ante sus ojos, como si un horror casi hubiera salido a la superficie y estuviera a punto de estallar en llamas, le aterrÛ. El mundo vacilaba y se estremecÌa y amenazaba con estallar en llamas. Soy yo quien obstruye el camino, pensÛ

Septimus. øAcaso no le miraban y le seÒalaban con el dedo; acaso no estaba allÌ plantado, arraigado en el pavimento, para un propÛsito determinado? øPero quÈ propÛsito?

óV·monos, Septimusódijo su esposa, mujer menuda, con grandes ojos en su rostro p·lido y delgado; una muchacha italiana.

Pero la propia Lucrezia no podÌa evitar el seguir mirando el automÛvil y el dibujo en forma de ·rbol de las cortinillas. øSerÌa la Reina? øLa Reina que iba de compras? El chÛfer, que habÌa abierto algo, tocado algo, cerrado algo, se sentÛ al volante.

óV·monosódijo Lucrezia.

Pero su marido, sÌ, porque ya llevaban casados cuatro, cinco aÒos, dio un salto sorprendido, se irritÛ, como si Lucrezia le hubiera interrumpido, y dijo:

ó°De acuerdo!

La gente debe darse cuenta; la gente debe ver. La gente, pensÛ Lucrezia, mirando a la multitud que contemplaba el automÛvil, la gente inglesa, con sus hijos, sus caballos y sus ropas, que en cierto modo admiraba, pero que ahora eran todos ìgenteî, porque Septimus habÌa dicho ìMe matarÈî, y eran unas palabras terribles. øY si le habÌan oÌdo? Lucrezia mirÛ a la multitud. SentÌa deseos de gritar °socorro!, °socorro!, dirigiÈndose a los mozos de las carnicerÌas y a las mujeres. °Socorro! °HacÌa sÛlo unos meses, el ˙ltimo otoÒo, ella y Septimus habÌan permanecido en pie en el Embankment envueltos en la misma capa, mientras Septimus leÌa un papel en vez de hablar, y ella le habÌa arrancado el papel de las manos, y habÌa reÌdo en las mismÌsimas barbas del viejo que les observaba! Pero los fracasos se ocultan. DebÌa llevarse a Septimus a alg˙n parque.

óAhora cruzaremos la calleódijo.

TenÌa derecho al brazo de Septimus, pese a que era insensible. Septimus darÌa el brazo a Lucrezia, que era tan sencilla, tan impulsiva, sÛlo contaba veinticuatro aÒos, carecÌa de amigos en Inglaterra, y habÌa salido de Italia por culpa de Septimus que era un don nadie.

El automÛvil, con las cortinillas corridas y un aire de inescrutable reserva, avanzÛ hacia Piccadilly, siendo todavÌa contemplado, alterando todavÌa los rostros a ambos lados de la calle con idÈntico aliento oscuro de veneraciÛn, sin que nadie supiera si se trataba de la Reina, el PrÌncipe o el Primer Ministro. El rostro en sÌ mismo sÛlo habÌa sido visto por tres personas unos pocos segundos. Incluso el sexo era ahora objeto de controversia. Pero no cabÌa la menor duda acerca de la grandeza de quien iba sentado dentro del automÛvil; la

la calle. Las seÒoras, en trance de escoger un par de guantesóøpor encima o por debajo del codo, de color limÛn o gris p·lido?ó, se interrumpieron; y, cuando la frase estuvo terminada, algo habÌa cambiado. Algo tan leve, en algunos casos concretos, que no habÌa instrumento de precisiÛn, incluso capaz de poder transmitir conmociones ocurridas en China, capaz de registrar sus vibraciones; algo que, sin embargo, era en su plenitud un tanto formidable, y, en su capacidad de llamar la atenciÛn, eficacÌsimo; por cuanto, en todas las sombrererÌas y las sastrerÌas, los desconocidos se miraron entre sÌ, y pensaron en los muertos, en la bandera, en el Imperio. En una taberna de una calleja lateral, un hombre de las colonias insultÛ a la Casa de Windsor, y esto motivÛ palabras gruesas, ruptura de jarras de cerveza y un general altercado, que provocÛ extraÒos ecos a lo lejos, en los oÌdos de las muchachas que compraban blanca ropa interior, adornada con puro hilo blanco, para su boda. SÌ, ya que la superficial agitaciÛn producida por el paso del automÛvil, araÒÛ, al hundirse, algo muy profundo.

DespuÈs de deslizarse por Piccadilly, el automÛvil penetrÛ en St. Jamesís Street. Hombres altos, hombres de robusta constituciÛn, hombres bien vestidos, con sus chaquÈs, sus blancas pecheras y su cabello peinado hacia atr·s, hombres que, por razones de difÌcil determinaciÛn, se hallaban en pie en el ventanal de Whiteís, las manos detr·s de los faldones del chaquÈ, miraron hacia fuera, e instintivamente se dieron cuenta de que la grandeza pasaba por la calle, y la p·lida luz de la inmortal presencia los envolviÛ como habÌa envuelto a Clarissa Dalloway. Inmediatamente se irguieron todavÌa m·s, y quitaron las manos de debajo de los faldones de los chaquÈs, y parecieron dispuestos a servir a la MonarquÌa, en la misma boca del caÒÛn, caso de ser necesario, tal como sus antepasados habÌan hecho. Los blancos bustos y las pequeÒas mesas al fondo, cubiertas con n˙meros del Tatler y botellas de soda, parecieron dar su aprobaciÛn; parecieron reflejar el ondulante trigo y las casas solariegas de Inglaterra; y parecieron devolver el dÈbil murmullo de las ruedas del motor del automÛvil, como una rumorosa galerÌa devuelve una sola voz ampliada y con sonoridad multiplicada por el poderÌo de toda una catedral. Envuelta en su chal, con sus flores en la acera Moll Prat deseÛ buena suerte al querido muchacho (era el PrÌncipe de Gales, sin duda alguna), y de buena gana hubiera arrojado el precio de una cervezaóun ramillete de rosasóa la calzada de St. Jamesís Street, sencillamente impulsada por la alegrÌa y el desprecio a la pobreza, si no hubiera visto que el guardia la estaba mirando, con lo que evitÛ la manifestaciÛn de lealtad de una vieja irlandesa. Los centinelas de St. Jamesís saludaron, y el policÌa de Queen Alexandra dio su aprobaciÛn.

Entre tanto, una pequeÒa multitud se habÌa reunido ante el Palacio de Buckingham. DistraÌdos pero pletÛricos de confianza, todos pobres, esperaban; miraban el Palacio, con la bandera ondeando; miraban a Victoria hinchada en lo alto de su montÌculo, admirando el caer del agua, los geranios; de entre los automÛviles que pasaban por el Mall se fijaban

en uno o en otro; prodigaban en vano su emociÛn a simples ciudadanos que habÌan salido a dar, un paseo en coche; reservaban su tributo, en espera de la ocasiÛn adecuada, al paso de este o aquel automÛvil; y dejaban en todo instante que el rumor se acumulara en sus venas y tensara los nervios de sus muslos, al pensar en la posibilidad de que la Realeza los mirara; la Reina haciendo una reverencia; el PrÌncipe saludando; al pensar en la celestial vida concedida por la divinidad a los reyes; en los cortesanos y las profundas reverencias; en la antigua casa de muÒecas de la Reina; en la Princesa Mary casada con un inglÈs, y en el PrÌncipe... °ah!, °el PrÌncipe!, quien, seg˙n decÌan, se parecÌa pasmosamente al viejo Rey Eduardo, aunque era mucho m·s delgado. El PrÌncipe vivÌa en St. Jamesís pero podÌa muy bien ir a visitar a su madre por la maÒana. Esto dijo Sarah Bletchley con su hijo pequeÒo en brazos, moviendo la punta del pie arriba y abajo, como si estuviera ante el fuego del hogar en su casa de Pimlico, aunque con la vista fija en el Mall, mientras la mirada de Emily Coates apuntaba a las ventanas del Palacio, y pensaba en las doncellas, las innumerables doncellas, en los dormitorios, los innumerables dormitorios. Un anciano caballero con un terrier de Aberdeen, y hombres sin ocupaciÛn, engrosaron la multitud. El menudo seÒor Bowley, que se alojaba en el Albany, y que tenÌa tapadas con cera las m·s profundas fuentes de la vida, aun cuando podÌa destaparlas s˙bitamente, de manera incongruente y sentimental, ante hechos como Èste: mujeres pobres en espera de ver pasar a la Reina, mujeres pobres, simp·ticos niÒitos, huÈrfanos, viudas, la guerraóno, no.. .ó, tenÌa l·grimas en los ojos. Una brisa c·lida que se deslizaba por el Mall entre los delgados ·rboles, pasando junto a los hÈroes de bronce, alzÛ la bandera que ondeaba en el brit·nico pecho del seÒor Bowley, quien levantÛ su sombrero en el aire, en el momento en que el automÛvil penetraba en el Mall, y lo mantuvo levantado mientras el automÛvil se acercaba, dejando que las pobres madres de Pimlico le rodearan y le oprimieran, y se quedÛ muy erguido. El automÛvil se acercaba.

De repente la seÒora Coates mirÛ al cielo. El sonido de un aeroplano penetrÛ en tremendo zumbido en los oÌdos de la multitud. Por allÌ venÌa, sobre los ·rboles, dejando tras sÌ una estela de humo blanco, que se ondulaba y retorcÌa, °escribiendo algo!, °trazando letras en el cielo! Todos alzaron la vista.

DespuÈs de dejarse caer como muerto, el aeroplano se alzÛ rectamente, dibujÛ un arco, acelerÛ, se hundiÛ; se alzÛ e, hiciera lo que hiciera, fuera a donde fuera, detr·s iba dejando una gruesa y alborotada lÌnea de humo blanco, que se rizaba y retorcÌa en el cielo formando letras. Pero, øquÈ letras? øEra acaso una C? øUna E y despuÈs una L? SÛlo un instante se quedaban las letras quietas; luego se movÌan y se mezclaban y se borraban del cielo, y el aeroplano veloz se alejaba todavÌa m·s, y de nuevo, en un nuevo espacio del cielo, comenzaba a escribir, una K y una E y una Y quiz·.

óBlaxoódijo la seÒora Coates, en voz tensa, maravillada, fija la vista en lo alto, con el

palabras propiamente dichas; es decir, todavÌa no podÌa leer aquel mensaje; sin embargo aquella belleza, aquella exquisita belleza era evidente, y las l·grimas llenaron los ojos de Septimus mientras contemplaba cÛmo las palabras de humo se debilitaban y se mezclaban con el cielo y le otorgaban su inagotable caridad, su riente bondad, forma tras forma de inimaginable belleza, d·ndole a entender su propÛsito de darle, a cambio de nada, para siempre, sÛlo con mirar, belleza, °m·s belleza! Las l·grimas se deslizaban por las mejillas de Septimus.

Era caramelo; anunciaban caramelos, dijo una niÒera a Rezia. Las dos juntas comenzaron a deletrear C.. .a.. .r...

ìK...R...î, dijo la niÒera, y Septimus la oyÛ pronunciar junto a su oÌdo: ìCay... Arr...î con voz profunda, suave, como un dulce Ûrgano, pero con una cierta brusquedad de saltamontes, que rascÛ deliciosamente la espina dorsal de Septimus, y mandÛ a su cerebro oleadas de sonido que, al chocar, se rompieron. Fue un maravilloso descubrimiento: la voz humana, dadas ciertas condiciones atmosfÈricas (ante todo hay que ser cientÌfico, muy cientÌfico), °puede dar vida a los ·rboles! Afortunadamente Rezia puso su mano, con tremendo peso, sobre la rodilla de Septimus, con lo que Èste quedÛ aplomado, ya que de lo contrario la excitaciÛn de ver a los olmos levant·ndose y cayendo, levant·ndose y cayendo, con todas sus hojas encendidas y el color debilit·ndose y fortific·ndose del azul al verde de una ola trasl˙cida, como plumeros de caballos, como plumas en la cabeza de una seÒora, tan altiva era la manera en que se alzaban y descendÌan tan soberbia, le hubiera hecho perder la razÛn. Pero Septimus no estaba dispuesto a enloquecer. CerrarÌa los ojos; no verÌa nada m·s.

Pero por seÒas le llamaban; las hojas estaban vivas; los ·rboles estaban vivos. Y las hojas, por estar conectadas mediante millones de fibras con el cuerpo de Septimus, allÌ sentado, lo abanicaban de arriba abajo; cuando la rama se alargaba, tambiÈn Septimus se expresaba asÌ. Los gorriones revoloteando, alz·ndose y descendiendo sobre melladas fuentes formaban parte de aquel dibujo; del blanco y el azul rayado por las negras ramas. Con premeditaciÛn los sonidos componÌan armonÌas, y los espacios entre ellas eran tan expresivos como los sonidos. Un niÒo lloraba. A la derecha y a lo lejos sonÛ un cuerno. Todo ello, juntamente considerado, significaba el nacimiento de una nueva religiÛn.

ó°Septimus!ódijo Rezia.

Septimus sufriÛ un violento sobresalto. La gente forzosamente tuvo que darse cuenta.

óVoy a la fuente y vuelvoódijo Rezia.

SÌ, porque no podÌa aguantarlo m·s. El doctor Holmes podÌa decir que a Septimus no le ocurrÌa nada. °Pero Rezia hubiera preferido verle muerto! Era incapaz de seguir sentada a su lado, cuando le daban aquellos sobresaltos, y cuando no la veÌa, y cuando lo transformaba todo en algo terrible; cielo y ·rbol, niÒos jugando, carros rodando, silbatos silbando, todo cayendo: todo era terrible. Y Septimus no se matarÌa, y Rezia no podÌa explicarlo a nadie. ìSeptimus ha estado trabajando demasiadoî, esto era cuanto Rezia podÌa decir a su propia madre. PensÛ que amar la convierte a una en un ser solitario. No podÌa hablar con nadie, ahora ni siquiera con Septimus, y, volviendo la vista atr·s, le vio sentado, envuelto en su deslucido abrigo, solo y encorvado, fija la vista en el vacÌo. Indicaba cobardÌa el que un hombre dijera que querÌa matarse, pero Septimus habÌa luchado; era valiente, ahora ya no era Septimus. Rezia se ponÌa su nuevo cuello de encaje. Se ponÌa el sombrero nuevo, y Septimus ni se daba cuenta; y era feliz sin ella. °Pero, sin Septimus, no habÌa nada que pudiera hacer feliz a Rezia! °Nada! Septimus era un egoÌsta. Todos los hombres lo son. Y no estaba enfermo. El doctor Holmes decÌa que Septimus no tenÌa nada. Rezia extendiÛ la mano ante su vista. °Mira! La alianza le resbalaba; tanto habÌa adelgazado. Era ella quien sufrÌa, pero no podÌa cont·rselo a nadie.

Lejos estaba Italia y las blancas casas y la habitaciÛn en que sus hermanas confeccionaban sombreros, y las calles atestadas todos los atardeceres de gente que iba de paseo, que reÌa sonoramente, de gente que no estaba tan sÛlo medio viva, °como la gente de aquÌ que, sentada en tristes sillas, contemplaba unas flores, pocas y feas, que crecÌan en tiestos!

óMe gustarÌa que vierais los jardines de Mil·n ódijo Rezia en voz alta. Pero, øa quiÈn?

No habÌa nadie. Sus palabras se desvanecieron. Como se extingue un cohete. Brilla, despuÈs de haberse abierto paso en la noche, se rinde a la noche, desciende la oscuridad, cubre los perfiles de casas y torres, se suavizan las laderas de las colinas, y se hunden. Pero pese a que todo desaparece, la noche est· repleta; privado de color, en la ceguera de las ventanas, todo existe de manera m·s grave, todo da lo que la franca luz del dÌa no puede transmitir, la inquietud y la intriga de las cosas conglomeradas en las tinieblas, apiÒadas en las tinieblas, carentes del relieve que les da el alba cuando, pintando los muros de blanco y de gris, rebrillando en los cristales de las ventanas, levantando la niebla de los campos mostrando las vacas pardirrojas que pastan en paz, todo queda de nuevo amarrado a los ojos, todo existe otra vez. Estoy sola, °estoy sola!, gritÛ junto a la fluente de Regentís Park (contemplando al indio con su cruz), quiz· como lo estoy a medianoche cuando, borrados todos los lÌmites, el paÌs recupera su antigua forma, tal como los romanos lo vieron, envuelto en nubes, cuando desembarcaron, y las colinas carecÌan de nombre, y los rÌos serpenteaban hacia no sabÌan ellos dÛnde. Tal era la oscuridad en que Rezia se hallaba, cuando de repente, cual si hubiera aparecido una plataforma y Rezia se encontrara en ella, se dijo que era la esposa de Septimus, casada con Èl hacÌa aÒos en Mil·n, sÌ, su esposa, °y