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Asignatura: Antigua Universal, Profesor: , Carrera: Història, Universidad: UV
Tipo: Apuntes
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Los bárbaros en los orígenes de Europa
Explicación del término “bárbaro”. En Ilíada se habla de “barbarofonoi”. Julio César fue el primero en introducir el término Germani para designar las poblaciones situadas más allá del Rin. Durante sus campañas en la Galia, César se apercibió del hecho de que los celtas identificaban a su vez a otros pueblos más allá del Rin. Una vez quedó fijado el limes romano, se recuperó aquella diferenciación conceptual, separando la Galia céltica controlada por Roma, de la Germania, un espacio enorme comprendido entre el Rin y el Danubio, el Vístula y el Báltico, ocupado en su totalidad por pueblos desconocidos. En la Antigüedad tardía el término genérico de germanos perdió valor de manera progresiva, al tiempo que aparecían nuevas definiciones de las tribus con las que el Imperio tenía contactos más estrechos, como francos o alamanes. Los romanos excluyeron del conjunto de los germanos a los godos, las poblaciones situadas en el mar Negro y a lo largo del curso del Danubio, ya que los asimilaban a los escitas. En realidad, hablaban una lengua germánica, conservada gracias a la traducción al gótico de la Biblia de Ulfilas. El criterio lingüístico ha sido un elemento determinante a la hora de identificar y clasificar a los germanos. La arqueología ha mostrado que en las regiones entre el Rin y el Weser y en las costas del mar Negro, se daba el ritual funerario de la incineración, así como la pobreza de los ajuares funerarios. En cambio, los pueblos de la zona del Elba, más romanizados, inhumaban y tenían ajuares funerarios más ricos.
Desde finales del siglo IV hubo importantes masas humanas procedentes de las llanuras euroasiáticas que se vieron implicadas en un vasto fenómeno migratorio, cuyas causas de fondo no se han precisado. Al ser empujados hacia Occidente mediante una serie de traslados en cadena, algunos de estos grupos se toparon con las fronteras del Imperio Romano. Estas poblaciones solían ser de naturaleza heterogénea y se caracterizaban por tener una cultura muy contaminada por frecuentes intercambios recíprocos. Incluso situadas en territorios externos al limes , no eran del todo extrañas a la ecumene romana. El desafío que supuso la emigración a tierras lejanas y el enfrentamiento a peligros desconocidos estimularon la agregación de grupos menores que darían vida a pueblos de entidad más relevante y cuya nueva identidad se definiría a partir de los acontecimientos que debieron afrontar.
Por su parte, el Imperio se había convertido al cristianismo y vivía una época de profundas transformaciones en los más diversos sectores: instituciones, sociedad, economía, cultura. El Imperio de Occidente tenía una capacidad defensiva reducida y hubo desde episodios de correrías devastadoras hasta una penetración gradual de varios pueblos bárbaros más allá de las fronteras, que efectuaron formas de asentamiento cada vez más estables. El proceso se racionalizó a través de fórmulas procedentes del derecho romano, hasta llegar a la sustitución del Imperio de Occidente por varios reinos en los que los romanos tuvieron que convivir con los bárbaros recién llegados bajo la autoridad de un soberano elegido por estos últimos.
La deposición del último emperador occidental en 476 no fue un hecho tan traumático como podríamos imaginar. En Imperio Oriental prosiguió su existencia. Los romanos de occidente tuvieron que conseguir nuevos equilibrios
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dentro de los reinos creados y aceptaron nuevos modos de cooperación con los bárbaros. Los reinos conocidos como romano-barbáricos, con mezclas étnicas y políticas fueron, más que producto de modelos institucionales tradicionales de los bárbaros, creaciones surgidas del encuentro con las estructuras de la romanidad y su bagaje ideológico. El empirismo y la multiplicidad de situaciones específicas promovieron la existencia de trayectos y finales distintos en cada caso. Entre todas estas realidades destacó por su duración y sus derivaciones el reino de los francos. Su derivación última fue su transformación en el Imperio de Carlomagno. A mediados del VI Justiniano intentó restaurar la antigua unidad del Imperio, más ideológica y política que cultural, al recuperar las provincias mediterráneas de Occidente. Pero no había recursos para mantener un área tan amplia bajo una misma autoridad.
La progresiva cristianización de los antiguos pueblos bárbaros tuvo un papel determinante al estimular mecanismos de aculturación y al modelar la ideología política y la organización institucional de sus reinos. Así se creó una nueva solidaridad de Occidente bajo el signo de la fe común promoviendo con ello la ampliación de sus mismas fronteras. Las tierras de la Cristiandad, incluido el Imperio Bizantino, fueron víctima entre los siglos VII y XI de un último asalto de gentes muy diversas entre sí, aunque percibidas como una nueva amenaza bárbara debido a su cultura y religión extrañas y por su agresividad. Fueron “bárbaros” muy diferentes de los que habían penetrado en el Imperio en siglos anteriores, algunos de los cuales (normandos, húngaros y la gran masa de pueblos eslavos) acabaron integrándose y transformando la geografía política del continente. Los otros, los pueblos islamizados del Próximo Oriente y del norte de África, tras haber prolongado su estancia durante mucho tiempo en la Península Ibérica y en Sicilia, se encontraron desde muy pronto con que ellos mismos serían víctimas de la contraofensiva del mundo cristiano.
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