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Caracterización de los personajes
Tipo: Apuntes
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Escribe Delibes en 1985: “La situación de sumisión e injusticia que el libro plantea, propia de los años sesenta, y la subsiguiente <rebelión del inocente> han inducido a algunos a atribuir a la novela una motivación política, cosa que no es cierta. No hay política en este libro. Sucede, simplemente, que este problema de vasallaje y entrega resignada de los humildes subleva tanto –por no decir más- a una conciencia cristiana como a un militante marxista. Afortunadamente, creo, estas reminiscencias feudales van poco a poco quedando atrás en nuestra historia.” Este pasaje desvela muchas de las claves temáticas y del alcance social de la novela. Pero también habla de las intenciones del escritor y de su ideología. Efectivamente, el libro no es un alegato político, no ataca a las estructuras sociales o al sistema político, sino a cuanto éste tiene de deshumanizador y de injusto, y en este sentido la novela se convierte en la denuncia moral de una situación que subleva tanto a una “conciencia cristiana como a un militante marxista”. La conciencia cristiana de Delibes está teñida de preocupación social; interpreta el sentimiento cristiano a través de la ayuda a los demás, a los necesitados; no separa la conciencia cristiana de la conciencia social, por ello se siente pesimista cuando contempla la desigualdad, las injusticias. Es, por tanto, desde la conciencia cristiana, con todas sus implicaciones sociales, desde donde puede abordarse el análisis de la sociedad y de las claves temáticas de Los santos inocentes. La novela se desarrolla en un latifundio, definido por algunos rasgos: se trata de una gran extensión de terreno que pertenece a una persona; el dueño, por lo general, no habita en él y encarga a una persona de su confianza su mantenimiento y explotación; por éste y otros motivos suele ser deficiente el aprovechamiento de los cultivos y pastos; en el latifundio viven una serie de criados, caracterizados por la baja calidad de vida, la pobreza, la falta de instrucción, etc. y ese latifundio es utilizado, a menudo, por sus dueños para diversiones, fiestas y cacerías con invitados ilustres. Esta es la imagen de latifundio que refleja la novela. Pero Delibes pone el acento en sus consecuencias sociales, destacando la idea de que el latifundio favorece la diferencia en el modo de vida entre propietarios y siervos. Pero el dato de mayor alcance social es, quizás, la arraigada conciencia de propiedad que los amos tienen, y que se extiende no sólo a la tierra, sino también a los hombres. El señorito Iván es buen ejemplo de esto: no tiene inconveniente en humillar a su hombre de confianza, don Pedro, el Périto, arrebatándole a su esposa; o buscar sustituto a Paco, el Bajo, cuando éste se accidenta y va para viejo. Los inocentes carecen de todo: tierras, casa, futuro. Sujetos a una férrea jerarquía, se ven abocados a la resignación. Aceptan la caridad de los amos y se sienten orgullosos de ser objeto de sus preferencias. Desarrollan una conciencia de vasallaje o fidelidad al señor. Lo curioso es que tanto la conciencia de propiedad como la de vasallaje son asumidas con toda naturalidad por los personajes. Los criados no tienen conciencia de que son maltratados o vejados, ni el amo de que maltrata o veja.
Por otro lado, el poder pone barreras para que se mantenga la incomunicación entre ambos mundos, para que no exista una posible redención de los humildes. Por ejemplo, la falta de instrucción. La educación es concebida como una forma de caridad por los señores, que con ello satisfacen su mala conciencia, y no como una necesidad y un derecho de las personas. Pero, como apunta Manuel Alvar: “Delibes ha retratado a sus criaturas en su quehacer cotidiano, pero las ha creado en la libertad personal que cada una de ellas posee; por haber reflejado esa vida en acción ha descubierto unas criaturas que son verdaderas”. El paisaje es uno de los ingredientes fundamentales de las novelas de Miguel Delibes. Para el novelista, el paisaje no es una mera acotación escénica separada del hecho narrativo, sino que posee una gran relevancia temática y cumple una función integradora, ya que los personajes se reconocen en él y los conflictos y las pasiones tienen casi siempre una referencia al marco en que se producen. Normalmente sitúa la mayoría de sus narraciones en Castilla, y predominan las historias situadas en zonas agrícolas y rurales, con predominio del minifundio (pequeñas parcelas). Sin embargo, el espacio en que Delibes sitúa Los santos inocentes resulta novedoso, ya que los cortijos no son característicos de la región castellana. Aunque esta novela presenta concomitancias con el paisaje rural de otras obras del autor (explotación agrícola, conjunto de viviendas y terreno que las rodea, profusión de animales y plantas), presenta una diferencia fundamental: se trata de un latifundio, propiedad extensa que pertenece a una sola persona. El paisaje se resiente de esta concentración de la propiedad: la jerarquización es más radical; los vínculos que ligan a quienes lo habitan son muy variados; la estructura del paisaje es, por consiguiente, distinta. Por algunas alusiones en la novela, se trataría de un cortijo situado cerca de la frontera con Portugal. Por otro lado, las explotaciones latifundistas llamadas “cortijos” sólo existen, entre las provincias limítrofes con Portugal, en Salamanca, Cáceres, Badajoz y Huelva. Delibes prefiere no concretar el lugar de la acción, aunque es claro que sobrepasa los límites de Castilla. Lo que desea más bien es dibujar la realidad del latifundio, profundizando en su organización social. Al autor no le importa tanto pintar una zona concreta, como reflejar un marco en que insertar de forma creíble las vidas de los hombres que lo pueblan. Los elementos que conforman el paisaje del cortijo aparecen minuciosamente descritos, mediante un léxico de gran precisión y profusión de detalles. El autor presta atención, selectivamente, a aquellos elementos que permiten expresar mejor la condición social de las personas o muestran los vínculos afectivos entre los hombres y la naturaleza. El cortijo presenta dos zonas claramente diferenciadas: un gran espacio natural y, dentro de él, una zona de viviendas. -El espacio natural es una gran extensión de terreno, tanto que para proteger sus lindes necesita un grupo de guardas. Es una tierra de labor, pero explotada caprichosamente. Una parte de ella se dedica a la agricultura, pero a los señoritos les interesa poco. Otra parte se dedica al pasto de ganado (ovejas y cerdos, principalmente). Pero el cortijo es, fundamentalmente, un gran escenario de caza para el disfrute de los señoritos y de sus invitados; son los episodios relacionados con la caza los que permiten al autor referirse con variedad y riqueza de matices a los elementos del espacio natural. Delibes presta atención a tres elementos del paisaje: los accidentes del terreno, designados con gran precisión léxica (la sierra, el monte bajo, los cerros, los rastrojos, la vaguada, la charca, etc.); la flora (encinares, alcornoques, madroños, sauces, chaparros, matas, jaras, retamas, carrascas, tomillo, espliego, etc.); y la fauna, entre la que destaca la relación de aves de caza (perdices, palomas, codornices, estorninos, urracas,...) y las dos milanas (el búho y la grajilla o grajeta); hay además caza mayor (rebecos, venados) y animales domésticos (ovejas, cerdos, pavos, etc.). Delibes habla de esta naturaleza con la precisión y la riqueza de datos de quien conoce bien el terreno. Es un entorno dibujado a la medida de la mentalidad de los hombres que lo pueblan: los inocentes se hallan integrados en él, disfrutan de la naturaleza y la
él, las milanas que forman parte sustancial de la vida de Azarías y son objeto de su absoluta dedicación y cuidado; se constituyen en verdaderos personajes. Para otros personajes de la novela son “carroña”, pero para Azarías valen más que cualquier ser humano. En ellas encuentra Azarías la posibilidad de comunicación (él las llama y los animales le contestan rápidamente) y agradecimiento, que no halla en los hombres. Azarías experimenta, con ellas, el sentimiento de tristeza por la muerte. La personificación que Azarías hace de las milanas se observa, por ejemplo, en el entierro del Gran Duque como si se tratase de un ser humano. La grajeta tiene para él tanto valor que es capaz de matar a una persona por ella. Paco, el Bajo, ayuda a conocer el mundo de los humildes; este personaje adquiere una doble función: por un lado, es el paradigma del modo de vida de los sirvientes del cortijo, pero al mismo tiempo está muy bien caracterizado, dotado de rasgos peculiares, individuales. Lo que más destaca de su conducta es la sumisión, asumiendo de forma natural y resignada su condición de siervo. Su dependencia del amo es enorme: todo por complacerle (aislamiento de cinco años en la Raya, que su hija Nieves vaya a servir a casa del Périto, el cargo de “secretario”, la humillación de las firmas del comedor, los accidentes, p. ej.). Tiene, sin embargo, aptitudes que son muestra de sabiduría e ingenio (olfato para la caza). A ello une sus conocimientos del comportamiento de los animales. Comparte con el señorito Iván la pasión por la caza, la excitación ante la llegada de muchos pájaros. Posee, finalmente, detalles de indudable calidad humana. Desea con ilusión que sus hijos alcancen un futuro mejor a través de la educación; pero no lo consigue: la Niña Chica, la Nieves, que “tiene talento”, se pone a servir. Es, junto a la Régula, modelo de amor al prójimo, que muestra, por ejemplo, en su actitud de comprensión y cariño hacia Azarías. La inocencia y sumisión de los humildes se realzan con la presencia de un antagonista, el señorito Iván, en el que confluyen rasgos negativos: desprecio por la naturaleza, desprecio arrogante por los demás ... en él es muy difícil hallar algún rasgo de bondad. Asume totalmente su condición de amo y no permite que nada pueda limitarla. Su mentalidad feudal le lleva a establecer relaciones de permanente dependencia con sus siervos, a mantener en todo momento la jerarquía (“unos abajo y otros arriba, es ley de vida ¿no?”), con una ausencia total de conciencia social hacia los humildes. Su talante autoritario se manifiesta en muchos detalles: obligar a Paco a que le llame de usted siendo aún un niño, obligar a la Nieves al acto servil de quitarle los votos, ... Todo ello acompañado de un paternalismo que refuerza aún más su condición de amo. Otro de sus rasgos negativos es la vanidad; ello le lleva a menudo a mantener una actitud insultante y de desprecio no sólo hacia sus siervos, sino también hacia sus invitados. Su pasión incontrolada por la caza supone un gran desprecio por la naturaleza. Antepone esta pasión a todo (accidente de Paco, búsqueda de otro secretario, muerte de la grajeta). Destaca, finalmente, su conducta cínica, especialmente en sus devaneos con doña Purita, con la que se relaciona de forma natural, como si tuviera derecho de uso sobre la esposa de su hombre de confianza, al que en el colmo del cinismo le dice: “...tu frente está lisa como la palma de la mano”, cuando es evidente lo contrario. En torno a estos tres personajes se traza el conflicto de esta novela, los principales acontecimientos y la tragedia final. La caracterización humana de otros personajes queda más difuminada. Su importancia en el desarrollo de la intriga es menor, pero son indispensables para ampliar el sistema de relaciones y oposiciones que se establece en la novela. Integran este grupo: la familia de Paco, el Bajo, (la Régula, la Niña Chica, el Quirce, el Rogelio y la Nieves), la familia del señorito Iván (la señora marquesa, la señorita Miriam) y los encargados del cortijo (don Pedro, el Périto, y su esposa doña Purita). Don Pedro, el Périto, el opresor-oprimido, es presa de celos y de impotencia. La señorita Miriam, signo de conciencia social entre los acomodados.
El Quirce es símbolo de la insumisión y el antisedentarismo de los humildes. La Régula significa la determinación en el amor al prójimo (hacia Azarías, por ejemplo, o hacia la Niña Chica) y la disposición para el servicio. La Niña Chica es uno de los personajes más conseguidos. Su “inocencia” consiste en una subnormalidad profunda patente en sus rasgos físicos. Constituye la imagen más impresionante de la degradación. Quizás lo que más sobrecoge de ella es su “berrido lastimero”, que puede “interpretarse como el quejido constante y no escuchado de los individuos que nuestra sociedad margina”. El Rogelio se ocupa del tractor y de su tío, el Azarías (le entretiene, le regala una milana). En él hallamos signos de contacto con el progreso y sentimientos de afecto por los necesitados. La señora Marquesa mantiene una actitud paternalista, de aparente protección a los humildes, que en realidad responde al deseo de demostrar ante ellos su posición social. Doña Purita es un ejemplo de frivolidad. Sus devaneos, su actitud desafiante hacia don Pedro, su marido, muestran a una mujer con una sola intención: la conquista del señorito Iván. Entre los siervos, aparece una amplia gama de personajes que informan de las actividades del cortijo: porqueros, pastores, vigilantes, apaleadores, gañanes, etc. Cada uno de ellos nos aporta rasgos que, como el ingenio o la sumisión, amplían nuestro conocimiento del mundo de los siervos. Entre los amos, hay una distanciada actitud de René, el Francés. Los demás invitados completan los rasgos característicos de los amos: ideología conservadora, falta de conciencia social. Otros personajes muestran algunas facetas de la vida en torno a los cortijos: el Mago del Almendral revela la creencia de los humildes en la medicina popular y en los consejos de videntes; los alfabetizadores no tienen una buena pedagogía; un comerciante, el Hachemita, da buenos consejos a los humildes; Manolo, el médico de Cordobilla, se encuentra muy cercano al señorito Iván: cura a Paco, pero le dice al señorito: “...tú eres el amo de la burra”.
Tal y como se ha comentado en la primera de las cuestiones, el tema de la novela podría ser el desamparo social que sufren los campesinos ante las injusticias del mundo latifundista. Delibes enfrenta dos mundos antagónicos, el del orden natural, asociado con la vida rural, y el del caos y la necedad incomprensiva, asociado con la cultura urbana, de la que son portadores los personajes elevados. Por lo apuntado anteriormente, se deduce que la novela se puede encuadrar en el grupo de los relatos de tema social, pero es una novela del realismo social con intención estética. En definitiva, la obra plantea como un tema principal la situación de injusticia social que sufren unos sirvientes por parte de sus señores. Los primeros son unos humildes y pobres campesinos, inocentes y humillados, que acatan con total sumisión los abusos de la clase caciquil. Éstos, los dueños de la tierra, los señores (representados por el señorito de La Jara y, sobre todo, por el señorito Iván), aprovechándose de la incultura generalizada de las clases bajas y un sistema socioeconómico basado en el latifundismo, ejercen de modo aberrante un caciquismo extremo, explotador y egoísta.
Para Delibes es básico, una vez diseñados los principales episodios de la historia y perfilado el carácter de los personajes, el modo de narrar, es decir, la manera en que la historia se transforma en discurso. Para el autor es importante el enfoque o punto de vista desde el que se cuenta la historia por parte del narrador. La presentación gráfica de las voces del narrador y los personajes obligó a Delibes a resolver un problema técnico: tuvo que transcribir el habla de los personajes en estilo directo pero incorporándolo al discurso del narrador. Para distinguir gráficamente uno de otro determinó introducir un salto de línea en cada parlamento directo y un sangrado de la primera línea del mismo, manteniendo el discurso del narrador al margen izquierdo. Todo ello afectaba a la puntuación: la de suprimir el punto en el cuerpo textual de los libros y reservarlo para el cierre, sustituyéndolo por la coma y por el punto y coma (también se puede incluir en el estilo). En Los santos inocentes se advierte la presencia de tres voces narrativas: la del narrador-testigo, la del narrador-acorde y las voces de los personajes. 4.1.1.- EL NARRADOR-TESTIGO Aparece en esta novela un narrador que está fuera de la acción, pero que demuestra una gran cercanía al mundo que narra y un conocimiento detallado del marco en el que sitúa los hechos. El autor se presenta como un observador directo de los acontecimientos, dando la impresión de que traslada a su novela una parcela de vida contrastada por experiencias personales. Posee una completa documentación e información de todo lo que relata o describe. No se trata, por tanto, únicamente de un narrador omnisciente, sino de un narrador-testigo, que permanece fuera de la acción, pero está cercano a los hechos, lo que confiere al relato un sesgo inequívoco de verosimilitud, autenticidad y realismo. Son signos de esta presencia del narrador-testigo: -La utilización de la tercera persona narrativa, señal de distanciamiento, deseo de objetividad y de no querer intervenir en la acción. -La minuciosidad y el detallismo que se advierte en las descripciones de los lugares, en los modos de conducta, en la penetración psicológica de los personajes y en fidelísimo reflejo del habla rural. 4.1.2.- EL NARRADOR-ACORDE En esta novela, el narrador se identifica con el personaje, es decir, se produce una asunción por parte del narrador de los pensamientos y del modo de hablar de algunos de sus personajes; la escritura se adapta a las experiencias, estímulos y reacciones de estas criaturas de ficción. Es habitual en Delibes la identificación con los humildes; por eso, la identificación con ellos se transforma en compasión, se “compadece”, se compromete con sus personajes. El narrador no se
limita a contar objetivamente los hechos, sino que se sitúa en una posición de simpatía para con los personajes humildes o desfavorecidos. En Los santos inocentes la presencia de este narrador-acorde es perceptible en todo el relato e influye decisivamente en su sentido último. Su presencia se hace más clara: