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Asignatura: Historia, Profesor: otros otros, Carrera: Derecho + Administración y Dirección de Empresas, Universidad: UAH
Tipo: Apuntes
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No podría tenerse una visión cabal de la Revolución de In- dependencia sin considerar, así sea someramente, los gran- des movimientos que la prolongan en la época posterix. Su análisis detallado rebasaría con mucho los limites de este ensayo; nos limitaremos, pues, a presentar las grandes líneas que, partiendo de las actitudes históricas descritas con ante- rioridad, intentan solucionar las antinomias con que finaliza la revolución. Nuestro estudio se limitará a los pensadores más significativos de la época y, en su obra, a aquello que arroje una claridad retrospectiva sobre la revolución y nos ayude a comprenderla mejor. Ellos vivieron su tiempo co- mo una prolongación de aquel gran movimiento, heredera de sus problemas y destinada a darles solución. Por eso, fue- ron historiadores de la Indey~endenciay vincularon su pen- samiento personal a la interpretación de aquel acontecimien- to histórico; sin asomarnos a su reflexión quedaría trunco, por lo tanto, nuestro estudio.
1. LA NUEVA S I T U A C I ~ N
El ascenso de la clase media al poder no implicaba el lo- gro de todos sus objetivos revolucionarios. La estructura social y económica sobre la que se fincaba la supremacía de las otras clases permanecía intacta y era necesario reempla- zarla. Mientras la transformación se sitúe exclusivamente en el plano político y no muerda en la estructura económica, el dominio de la nueva clase estará constantemente en tran- ce de perderse. La segunda e:apa revolucionaria comienza con la conquista del poder político y termina con la trans- formación de la estructura económica y social; largas y ac-
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cidentadas luchas entre revolución y contrarrevolución -la que a menudo parece definitivamente victoriosa- precede- rán aún al establecimiento del nuevo orden social y eco- nómico. La intelligentsia, desplazada de la Colonia, ha conquistado con sangre el derecho a desempeñar un papel director en la sociedad; mas el sitio que ahora ocupa no está sostenido por una base económica estable. Al perder el contacto vivo con el impulso popular, lo pierde también con las fuerzas productivas de la sociedad: desligada de la tierra en que labora el indio, de la producción industrial a que el obrero se encuentra encadenado, se ve obligada a crear instituciones sociales propias en las que pueda sostener con alguna esta- bilidad el sitio que ha conquistado. Prolongando su actua- ción revolucionaria, los ayuntamientos se transforman en una poderosa máquina política; a menudo ofrecen el terreno propicio para el desarrollo de las logias masónicas, células de permanente agitación que, en pocos años, proliferan has- ta cubrir todos los rincones del pais; en ellas encuentran los
I criollos un organismo eficaz para conservar su sitio domi- nante. Las logias sólo son la puerta que se abre sobre los destinos de Estado, que se multiplican para dar cabida a los aspirantes. La burocracia ofrece el Único sostén econó- mico a una clase que ni tiene propiedad ni se encuentra escla- vizada a su fuerza de trabajo. El mal de la época es la "empleomanía": todos buscan los empleos de gobierno en las intrigas de las logias y los avatares de los golpes de Estado, como Único medio de vida. Los Órganos deliberantes se multi- plican; gracias al sistema federal, los congresos pululan en el país. Así, ayuntamientos, congresos y ministerios, forman una red extendida por toda la nación en la que encuentran su ambiente los abogados y eclesiásticos criollos. Esa ex- tensa estructura gubernativa les proporciona el sitio de que carecian. La burocracia, junto con el ejército, gravita sobre la economia del país. "Todas las rentas de la nación no bastan para pagar sueldos de funcionarios", se quejaba Ala-
El sitio de la clase media, aun después de su triunfo, no puede ser más inestable. Su papel es el de una cuña intro- ducida en el orden anterior y destinada a transformarlo. Sólo puede subsistir en la lucha contra las clases privilegia- das; desprovista de base económica, su situación es la más precaria de todas, pues constantemente está amenazada de derrumbarse ante la coacción de los grupos económicamente poderosos; sólo tiene una esperanza de sobrevivir: el de- rrumbe total de los vestigios coloniales y la aparición del nuevo orden. Proyectada hacia el advenimiento de la socie- dad que ha elegido, sabe que su papel es provisional. Revo- lucionaria por origen, revolucionaria por situación, siente en si misma toda la inseguridad de ser sólo un tránsito, una vía que conduce a un reino aún inexistente; fermento de la sociedad futura arrojado entre fuerzas sociales que condena, está vocada a la melancolia, al desasosiego de quien se sabe ajeno a un mundo en el que, no obstante, está condenado a participar. Su inquietud insatisfecha dará un matiz peculiar a todo el pensamiento de la época. No todos los revolucionarios responden en la misma forma a la inestabilidad de su situación. A grandes trazos, se se- ñalan tres tipos de respuesta política. Una desviación de "izquierda" creerá poder sostenerse en el poder sin hacer concesiones a los grupos contra los que lucha; las logias "yor- quinas", apelando demagógicamente al pueblo, fomentando la empleomanía, verán en la perduración de la inestabilidad social el Unico medio de hacer indispensable el papel de la clase media. Una desviación de "derecha", sucumbiendo a la fascinación de la estabilidad social y el arraigo económico, verá en el apoyo a las antiguas clases propietarias la Única solución de su inquietud. La lucha de estas tendencias irá, poco a poco, revelando dónde se encuentra el verdadero "centro" de la revolución. aste comprenderá la necesidad de una nueva clase progresista que reemplace al clero y al ejér- cito y ofrezca una base económica estable a la clase medil. El "centro" revolucionario se sentir&avocado al industrialis- mo y aspirará a transformarse en una burguesía económi-
camente activa. En su lucha contra el clero y el ejército, intentará apoyarse en la exigüa clase industrial existente, hará un llamado a la inmigración de capitales y creerá encontrar la solución definitiva en la aplicación del capital improduc- tivo - e n manos del clero- a la producción industrial. La "reforma" se convierte, así, en el Único medio posible de salir de la inestabilidad y de lograr al mismo tiempo la transformación efectiva de la sociedad. El pueblo, por su parte. no vuelve a participar de modo organizado en la revolución. Sólo antiguos caudillos popu- lares como Guerrero y la labor demagógica de las logias, logran utilizar algunos elementos de las clases bajas; pero su acción, esporádica y desorganizada, se realiza en beneficio de la misma clase media. Algunos levantamientos de indios, surgidos principalmente entre los antiguos contingentes de Morelos, serán su Última señal de vida, en espera del nuevo gran despertar de 1910. El orden colonial subsiste en el alto clero, el ejército y los grandes terratenientes. El primero sigue detentando la ma- yoría de la riqueza y del capital bancario y conservand3 sus privilegios de cuerpo: el segundo, que surgió con una fuerza enorme de la revolución de Iguala, no forma un cuerpo uni- do. En cada revolución se divide en varios bandos; pero, al terminar la contienda, vuelven éstos a unirse y se confirman mutuamente en sus grados y empleos. Sin convicciones po- líticas propias, el clásico tipo de caudillo militar - c u y o ejemplo podría ser Santa Anna- apoya indistintamente los grupos y los programas políticos más diversos, utilizándolos romo escalones para su personal ascenso. Tanto el clero y los propietarios como la clase media invocan al ejército en su lucha y facilitan su papel de tercero en discordia. "Todos los gobiernos que se han sucedido -escribia Mora- han creído deberse apoyar en la clase militar y todos han sido derroca- dos por ella."' Junto con el clero, el ejército constituye la segunda clase económicamente privilegiada debido a los enor- mes presupuestos que se utilizan m su manutención. a "ia clase militar''; en Emnyns.
faltan tristes augurios, como este de la Gaceta del Gobierno: "La Nación Mexicana A i c e - se halla reducida a la Última miseria; las fuentes de su riqueza se obstruyeron, emigramn los capitalistas, faltó la confianza, abundaron gastos, robos y dilapidaciones. Triste es la perspectiva que se presenta a los gobernantes, un cadáver reciben y es su deber animar- 10."~Pero éstos no son aún más que nubarrones espoddi-
ranza vive aún inten~amente.~Unos años más adelante empieza el camino del desastre; las dificultades económicas crecen, las facciones políticas pululan, las ideas ewtremistas amenazan transformarse en eclosiones violentas, la anarquía se vislumbra. Mora ve un horizonte lleno de presagios, ante la inminénte expulsión de los españoles. "Este mal gravisimo es ya a nuestro juicio inevitable. fil es el principio de otros muchos que van a seguirse y a contribuir a la ruina de la patria."' Efectivamente: la paz y la seguridad no volverán a existir para, esa generación, cuya vida transcurrirá entre la guerra civil y el terrorismo. Año tras año las revoluciones se suceden; en ellas perecen o parten en exilio la mayoria de los grandes hombres que habían forjado la nueva nación; periodos de demagogia y anarquía se alteman con épocas de despotismo. La mayoría vive presa del temor, a las conspi- raciones, a la intervención extranjera si está en el gobierno,
hipersensibilidad y tensión gana a la sociedad. El mundo soñado no aparece; la Colonia persiste en sus rasgos esencia- les; no se logra establecer la democracia ni la ilustración; por el contrario, se siente como nunca el peso de la opre- sión y la ignorancia; la miseria y el desamparo son genera- les; la producción minera apenas alcanza a curarse de los daños sufridos; las medidas sobre libertad de comercio e
5 Gaceta del Gobumo S u W m de M6ric0, núm. 47. 6Todavia en 1826, Quintam R w pronuncia un discurso m que AmCrica es situada por encima de. 1 grandes nacicmu europea
1826). Tobm ~ ~ r < u. t U. p. 214.
industria no dan los resultados calculados; la deuda interior alcanza fantásticos niveles bajo la constante amenaza de in- tervenciones extranjeras; después el capitalismo imperialista inglés, francés y alemán empieza a verse como una amenaza. Se teme la intervención europea. A la admiración por los Estados Unidos sucede, por último, la decepción más amar- ga. Bustamante refleja el hondo abatimiento que dejó en todos los espíritus el conflicto de 1838 con Francia. Cons- tata que todas las naciones, aun la norteamericana, sólo tratan de explotar al débil, y ve claramente el peligro del imperia-
mano amada". Mientras el ejército enemigo avanza, la divi- sión interior se prolonga; por un momento, el desastre pa-
desorden para exhalar el último suspiro entre las cadenas que le prepara la Francia." El tratado de paz sella la humi- llación de la República. "Parece, amigo mío -escribe tris- temente Bustamante-, que estaba decretado por el cielo que
frases a aquel insurgente que anunciaba con jovial entusias- mo el advenimiento de un imperio opulento, reino de liber- tad y de paz? Pocos años han bastado para hacer de él un hombre triste y humillado. pocos años para asistir a la des- tmcción de sus más caros proyectos y contemplar la inuti- lidad de toda una vida de sufrimiento y trabajo. Y el des- amparo parece no tener término; tras el despotismo ridículo de un Santa Anna, viene lo que parece ser el golpe final: la nación que los mexicanos consideraban cuna de la libertad, "guía" y "faro" de la Independencia, los Estados Unidos, arrebata a la República la mitad de su territorío. *se es el mundo que empieza a vivir México en lugar del dichoso que había imaginado; y es entonces cuando se escribe su historia. Bustamante, al reanudar su relato, nos
# E l gabinete num'cano durante el segundo &riodo de la adniuiic- tración del e x r r l m l i s M señor presYImte don Amtacio B w t n m -
para su patria, junto con los otros diputados de Cádiz! Amarga decepción de una generación que se sabía llamada para crear un imperio y sólo vivió lo suficiente para ver su degradación y presentir su muerte; desengaño de los hom- bres y de la futilidad de sus pretensiones; desengaño del propio destino histórico. No es extraño que su lenguaje re- fleje la más honda melancolía. ¿Qué valió para esa genera- ción todo su entusiasmo y sus esfuerzos? Acaso la pérdida de su país, y el eterno olvido de la historia. El meditador s e retira suavemente de su situación y contempla la nadería de los avatares humanos, cuyo fin es siempre el olvido. México "parece destinado a que los pueblos que se han establecido en él en diversas y remotas épocas desaparezcan de su super-
mayas, sepultados bajo la selva, los toltecas, que partieron lentamente hacia el mediodía, los aztecas, que la tormenta
quedarán olvidados y, sin obtener siquiera la compasión que ellos merecieron, se podrá aplicar a la nación mexicana de nuestros días, lo que un célebre poeta latino dijo a uno de los
nominis umbra, no ha quedado más que la sombra de un
La revolución prosigue, pero su tono es ahora la amargura. El mismo temple de ánimo imprime su sello en todas las concepciones de la época, cualquiera que sea su tendencia po- lítica; sin embargo, segUn las situaciones que ocupan, el común desencanto mostrará distintos matices. E n Alamán predomina la sensibilidad ante la fugacidad y mutación de lo histórico. En unos años, su patria ha dado un vuelco; "ha cambiado su nombre, su extensión, sus habitantes en la parte influyente de su población, su forma de gobierno, sus
reconocer el mundo de su adolescencia; en dieciséis años todo se ha cambiado. ¿Podrá acaso encontrar el propio pa- 12 Op. cP, t. v. p. 878. 'S Op. dt., t. v. p. 805.
sado cuando todo su calor humano ha muerto? Perdido en una tierra distinta de la que le era familiar, (cómo podrá reconocerse? Quizás esté rodeado de los mismos objetos de antaño, mas nada guarda ya aquella figura que amaba en ellos y se siente extranjero en su propio suelo. Nada más doloroso que esta muerte en vida. Perder el propio mundo irremisi- blemente, verlo sepultarse en el olvido y quedarse solo, náu- frago en una tierra que ya no se reconoce. Alamán siente que su patria ha Iiuido de sus manos como huyen todas las cosas humanas. Todo lo trastrueca el sarcasmo del tiempo, contra el que no existe refugio; errando en su inclemencia, el me- xicano tuvo por un momento la conciencia de que los vincu- los que lo fincaban en la tierra amenazaban desampararlo; entonces hizo presa en él una incurable melancolia, la misma que asalta a los expatriados, a los sobrevivientes, a los an- cianos, a todos los qu: viven desligados del suelo que pisan. No puede reconocerse a si mismo en el mundo que lo rodea; mas queda en él la inquietud por llegar, al fin, a encontrarse. Huye constantemente persiguiendo un vago objetivo: quizás de mutación,en mutación, logre reconocerse; pero la insatis- facción permanece, y ningún cambio le entrega lo que anhela. Alamán sospechó que esta inquietud podría ser uno de los móviles de las revoluciones de su época, producidas d i c e - por "el cansancio del bienestar o el deseo de estar mejor, que eii las naciones viene a producir el mismo efecto que un largo padecer". " El impulso no es aquí la rebeldía, sino el descontento de si mismo que obliga a buscarse fuera de si, al través de un cambio violento. Pero es Lorenzo de Za- vala quien encuentra las frases más certeras: "Era, más bien, un vago impulso de substituir a lo existente otras per- sonas, otras cosas. E r a esa inquietud que todos experimen- tan en una sociedad nuevamente reconstituida; esa ansiedad, ese deseo de inud+r de situaci6n.. El anhelo de la transfiguración está constantemente presente al espíritu de
Ob.. cit ~~~ (^) ,. t. ,. (^). - ~ n. iR6 ~~ 'Viaroyo lr¿<tóricn d e Inr rrrinlucinncs d e JfJ.vi<.o Imp. Maiiuel N. de la Vega, Merico, 1815, t. 11. p. 23.
fácil y feliz y seguro el resultado; Iánzanse a él sin apre- hensión ni cuidado, y no contentos con modificar el orden existente, ansían por crear uno enteramente nuevo". En esa etapa reinaría el optimismo al igual que en las revoluciones que llama Mora "felices", porque el hombre elige el pro- yecto ideal y se embriaga con la ilusión de su poder para transformar la realidad. Pero ahora el obstáculo no es sólo externo y el resultado será distinto. En efecto, una vez que ha destruido el orden anterior, el "espíritu" (para acoplamos momentáneamente a la terminología de Mora) se queda pendiente de su pura trascendencia, sin apoyo ninguno en una situación que rechaza. "Éstas son las épocas críticas del espi- ritu humano que provienen de que ha perdido su miento hubi- tual y de las cuales nunca sale sin haber mudado totalmente de carácter y de fisonomía." Y es que el convertido ha que- rido dejar de ser lo que era, pero una vez que ha dado ese paso decisivo, siente el azoro de no poder ya encontrarse a si mismo. No puede definirse por lo que es pues lo ha recha- zado, ni por lo que será pues aún no se realiza; está sin sostén, "sin asiento" como dice Mora, y desespera por no poder llegar a ser él mismo. Es la segunda etapa revolucio- naria, en la que, pala usar una expresión del propio Mora "se pierde el tino" y en nada se acierta. Es entonces cuando surgen algunos hombres posesos del afán de destrucción: son los desesperados por no poder extirpar de sí mismos el ser que les repugna; decepcionados por la flaqueza de la libertad para crear el nuevo orden, insisten con intransigencia en la destrucción de la realidad y en la fidelidad al proyecto abs- tracto. Rabiosamente tratan de arrancarse su propio ser y -para e l l e postulan un mundo racional trascendente tan lejano, que resulta, de hecho, impotente para realizarse; son los "utopistas", los "anarquistas" que, fascinados por la facul- tad de autodeterminación, intentan destruirse a si mismos para introducir lo irrealizable. La desdicha se nos ha manifestado en dos registros. Es en primer lugar el desconsuelo de no encontrarse a sí mismo. Después de la pérdida del antiguo mundo subsiste la inquio
tud por encontrarse al través de sucesivos cambios: es la desesperación por no poder llegar a ser uno mismo. Pero este sentimiento puede presentarse, bajo otro aspecto, como ansie- dad por no poder abandonar el ser antiguo. La impotencia de la libertad abstracta para realizar un cambio en nuestro interior, conduce, en algunos, al odio contra el propio ser indi- vidual y social. La existencia se encarniza en la destrucción y postula la nada abstracta de lo irrealizable. Si aquélla es desdicha por no poder renacer, ésta es desesperación por no poder morir. Pero el movimiento "anarquista" está condenado al fra- caso. La realidad concreta acaba imponiéndose. "Entonces -nos dice Mora- se va gradualmente volviendo hacia atrás por la misma escala aunque por un orden inverso; dichoso el pueblo que no vuelve hasta el punto de donde partió, pues
todos los horrores de la revolución. Pero no es esto lo común, sino el quedar en el medio como el péndulo, al cabo de oscila- ciones más o menos violentas; entonces es terminada la revo- lución, se reportan sus frutos, y sus excesos son una lección
cuentra su centro de estabilidad, no en el extremo a que pre- tendia llevarlo el utopista, mas tampoco en la vuelta pura y simple el régimen anterior que quisiera el contrarrevoluciona- rio, sino en el punto de equilibrio en que tanto el proyecto ideal como el orden existente han tenido que ceder en benefi- cio del progreso.
En diciembre de 1823, Mier pronunciaba su famosa "pro- fecía" sobre la Federación, que puede considerarse como el primer planteamiento de la temática de la revolución desdi-
17"Profecia del doctor Mier s o b ~ la Federación Mexicana", dis- curso pronunciado ante el Conpeso, en 13, XII, 1823: rn Fray Sor d o Teresa de Mk. Imp. Universitaria, México, 1945.
"centro" de la actitud revolucionaria, como desde la contrarre- volución; en uno u otro caso tendrá distinto sentido y condu- cirá a diferentes conclusiones. Para evitar redundancias, vere- mos someramente la critica común a ambas actitudes y deja- remos a los parágrafos siguientes el cuidado de seiialar sus divergencias. 'O La caracteristica fundamental de la actitud utópica es su vida en lo imaginario, que podria resumirse en la critica de Mora contra los ideólogos que "se separan del mundo real para ocuparse del ideal" y que "tratan de dar leyes a un pue- blo que no existe en la imaginación de los politicos, sino en la superficie de la tierra y con elementos que nada tienen de común con las abstracciones de los que pretenden gobernarlo y darle lecciones". 20 Caracterización que encontramos igual- mente en Alamán cuando nos habla de sistemas "fantásticos e ideales" o "imaginarios", e inclyso en Zavala quien pagó su parte al utopismo. 21 La concepción utópica tiende a situar- se en algún lugar extraño que, por su alejamiento, pueda tomar el papel de modelo. El modelo es el pais que propor- ciona al sistema ideal un fantasma de existencia. Zavala disculpaba el prurito imitador en la falta de experiencia: "¿En dónde podriamos haber tomado los futuros diputados esas lecciones del profundo arte de gobernar tan complicado como dificil? Era necesario que se propusieran imitar lo que estaba más al alcance de sus conocimientos adquiridos."" Los modelos más socorridos al principio debian ser la Cortes de Cádiz y la Asamblea francesa. Poco más tarde, el sistema federal norteamericano ejercia también profunda fascina- ción, principalmente en la elaboración de la Constitución de
19 Este tema ha sido tratado por Leopoldo Zea. en Dos e t a p a del pmamiento en Hirpanoamérica. El Colegio de Mkxico. 1950. 20Obr01 suelfas, t 11, p. 374: 21A menudo, las opiniones de Zavala en su Enrayo histbrko ... contradicen su personal actuación política e incluso muchas de rus ideas expuestas anteriormente. 22 O). cit., t. 1, p. 93.
1824; y la misma Inglaterra no dejó de buscarse como ejemplo.
Lo que sucede, en el fondo, es que el proyecto elegido trasciende considerablemente lo dado y pretende alcanzar, de un golpe, el futuro más lejano. Muchos revolucionarios pa- decen de precipitación, pues, demasiado impacientes por asis- tir al advenimiento de la sociedad que han elegido, la planean como si se encontrara presente. Es Alamán quien encuentra una frase acertada para calificar su movimiento. "Jamás en materia política -exclama refiriéndose a la Constitución de Cádiz- se habia salvado un espacio tan inmenso en un solo salfo"; y más adelante: "Concedida ahora por el decreto de las Cortes una libertad en que de hecho no habia casi limita- ción, se habían tocado en un instante de tiempo los extremos más dirtante~."~' Reducida a su movimiento de temporaliza- ción, la vivencia utópica consiste en acercar el momento de la realización de la posibilidad al de su elección, hasta el grado de confundirlos; con ello se deja de vivir el lapso que separa el inicio y el fin de la nueva época. L a méta histórica última se ve realizada, cuando sólo es una idea regulativa alcanzable al infinito: "se juntan los extremos" de la época histórica. Pero, en realidad, el ideólogo es incapaz de vivir el fin propuesto, sólo puede concebirlo, y se ve obligado a efectuar la unión de los extremos en abstracto. Inconforme con su condición temporal, el utopista intenta evadirse de
23 Destaquemos esta frase del Manifiesto del Congreso. de 4, X, 24: "Felizmente tuvo [el Congreso]... un modelo que imitar en la república floreciente de nuestros vecinos del norte" (en Primer cm- tenario.. .. p. 275). Sin embargo, notaremos que la opinión autoriza- da de Emilio Rabasa sostiene que entre la Constitución de 24 y La norteameric~naexiste semejanza mas no imitación, pues sus concep- ciones difieren radicalmente. 24 Op. cit., t. 111, PP. 268-9. 26Al pretender unir el futuro lejano con el presente, el 'htopismo" parece retornar al instantaneismo popular; mas no hay tal. Lo que en el pueblo era vivencia real del futuro en el instante, es aquí una aproximación meramente conceptual. Por eso podriarnos considerar al utopismo o anarquismo de la clase media como un remedio, en lo conceptual, de la vivencia temporal instantaneirta: no es extraño, pues, que se acompañe de la demagogia que remeda tambitn, intelectual y pedantescamente, la acción auténtica del pueblo.
costumbre y la situación económica heredada, permanecen incambiados: la sociedad parece estar escindida en dos esfe- ras que viven registros temporales distintos. El utopista encuentra en el mundo burocrático que ha creado la clase revolucionaria, el remedo racional de un espacio-tiempo que puede determinar al filo de sus proyectos; entonces pretende identificarse con ese espacio- tiempo de su creación e ignora el auténtico. Por su parte Mora insiste en que la actitud utópica, pre- tendiendo realizar un bien perfecto, sólo introduce la anar- quía y el "espíritu de partido" que todo lo consume y divide. Las logias no son sino principios de desorden y resultan inca- paces de hacer progresar a la nación. Reconocemos nuestro tema central con su peculiar dialéctica. Si el bien se pretende realizar a punta de lanza, sólo se consigue sumergir a la so- ciedad en un estado de perpetuas conmociones y disturbios, porque "aun para hacer el bien - d i c e Mora sabiamente- se necesita oportunidad. 27 El bien que puede el hombre rea- lizar, como la verdad, no es, en efecto, algo abstracto sin mancha alguna de mal, sino que se encuentra encarnado en una existencia imperfecta. A la conversión voluntaria acecha un peligro. Por el mero hecho de habernos vuelto hacia una vida mejor podemos creer- nos en posesión de ella; entonces, no nos vemos como somos en realidad -lastrados aún del hombre viejo- sino como que- remos ser. Mentimos, porque tomamos por nuestro ser real el que sólo voluntariamente elegimos y que pertenece al futu- ro. Queremos, en el fondo, aseguramos nuestro futuro, dán- dolo por presente. Pero, al comprobar que nuestra condición dista mucho de lo que quisiéramos ser, nos sobrecoge el odio hacia el hombre que somos y hacia todo lo que en nuestro mundo lo representa; ansiamos destruimos, ya que la elección no fue capaz de transfigurarnos; bajo capa de la conversión se disfraza la aversión del ser. El verdadero cam- bio exigía el comprobar que la voluntad sólo era capaz de enderezar el rumba hacia un ser nuevo, mas no de conjurarlo.
27 Obras sueltas, t. 11, p. 205.
Habia que aceptar las imperfecciones que nos separaban del nuevo ser, sin cejar por ello en superarlas. No el odio del ser antiguo, sino el humilde reconocimiento de su fuerza persis- tente; no el afán de aniquilarlo, sino su pertinaz perfeccio- namiento en la tarea diaria; ni la evasión, ni el exterminio del mal: la reforma cotidiana en su seno. La crítica del utopista despeja el camino de dos intentos de superación que serán el tema de las últimas páginas dc este ensayo.
La concepción histórica de Alamán no se encuentra ex- puesta de modo sistemático en su obra; puede, sin embargo, desprenderse de ella si nos preguntamos por el tipo de actitud histórica que la hace posible. La vivencia del acontecer que preside la obra de Alamán se vincula con la actitud que hemos visto expresada en las clases altas criollas. Nuestro autor hace propia su posición durante la lucha, identificándose tanto con las criticas contra el movimiento de Hidalgo como con los intentos iturbidistas de Independencia. La revolución de Iturbide y el Plan de Iguala merecen su aprobación, el Con- greso y la actividad de la clase media, su condena. Si a me- nudo critica agriamente a Iturbide, lo hace a nombre del mis- mo Plan de Iguala, socavado por la ambición o la torpeza de su creador. En la progresiva destrucción de dicho plan y en el abandono de la idea de "transición" que lo justifica- ba, ve la causa de las calamidades de la época. Siguiendo el "preterismo dinámico" se pronuncia por la continuidad y per- sistencia del pasado y la gradual transformación de la socie- dad. "Porque -escribe- en el orden civil, más que en el natural, todo es graduado, porque el orden civil no es más que el orden natural modificado por causas todavía de más lento efecto como son la religión, la moral y la ilustración: nunca vemos a la naturaleza obrar por movimientos repentinos; lo Único que en ella es momentáneo son los terremotos y las tem-