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Asignatura: europa moderna I, Profesor: Rafael Mauricio Garcia Perez, Carrera: Historia, Universidad: US
Tipo: Apuntes
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Heinrich Lutz.
Traducción de Antonio Sáez-Arance. Madrid: Alianza Editorial, 2009.
Contiene:
PRÓLOGO
A. Introducción COMPRENSIÓN DE LA ÉPOCA EUROPA HACIA 1520: ECONOMÍA Y SOCIEDAD EUROPA HACIA 1520: CULTURA Y RELIGIÓN EUROPA HACIA 1520: ESTADO Y SISTEMA DE ESTADOS
B. Europa en la época de la Reforma y de Carlos V LOS INICIOS DEL MOVIMIENTO DE LA REFORMA: MARTÍN LUTERO, ULRICO ZWINGLIO Y SU ECO LOS HABSBURGO CONTRA FRANCIA: EL COMIENZO DE LA LUCHA POR LA HEGEMONÍA EUROPEA (1521-1529). DE LA GUERRA DE LOS CAMPESINOS A LA CONSOLIDACIÓN POLÍTICA Y EL SURGIMIENTO DE IGLESIAS TERRITORIALES EN EL PROTESTANTISMO ALEMÁN (1525-1540)
C. Las luchas políticas y confesionales en la época de la hegemonía española
D. Prehistoria e historia de la Guerra de los Treinta Años
El intento de presentar, en un apretado volumen, la época de la Reforma y la Contrarreforma, resultó, en el curso del trabajo, una aventura, culminada quizás con un éxito sólo parcial. En las tres partes del libro fueron necesarias, por mor de la economía expositiva, decisiones radicales de ahorro de espacio, opciones sobre cuyo fundamento nada ha de ocultarse aquí al lector. Se trataba, en la primera parte, de conformar un texto narrativo que contuviese no sólo datos, sino también conocimientos, y que tratase no sólo de la historia centroeuropea, sino también de la del oeste y el este de Europa, con alguna incursión en el mundo extraeuropeo. El límite cronológico inicial, que coincidía con el terminal del libro de Erich Meuthen, ha sido respetado: el humanismo del Renacimiento como tal, la historia de los primeros descubrimientos y el comienzo de los imperios coloniales ibéricos, así como la Actas Maximilianea, con todos los problemas asociados a la reforma del Imperio, fueron incluidos en el volumen anterior de la serie, correspondiente al siglo xv. Este acuerdo, bastante juicioso desde un punto de vista práctico, es sólo una cara del problema. La otra es la diferencia en la manera de tratar, en uno y otro volumen, temas como la educación, la cultura, la Iglesia y la religiosidad. Si para el siglo xv estos ámbitos pueden desarrollarse autónomamente, no es éste el caso para el siglo xvi. La preeminencia de la dinámica político-social, que caracteriza desde un principio a la Edad Moderna –también y precisamente en la época confesional– tenía que hacerse presente en la forma de la exposición, en la estructura y en la valoración de la materia objeto de este libro. Una segunda decisión es la referida al tratamiento diferencial de los siglos xvi y xvii. En los capítulos correspondientes de la obra se hace ya alguna referencia a la importancia de la Paz de Westfalia como cierre de la época aquí tratada. No era éste nuestro objetivo principal, sino, más bien, una exposición ajustada de la primera mitad del siglo xvii, que tantas novedades aporta, por un lado, y tan determinado resulta, por otro, en virtud de problemas y posiciones de partida heredadas del siglo xvi. No sólo conforme al peso principal de las propias investigaciones, sino, también, siguiendo el criterio de la actual discusión internacional, se eligió una forma de proceder que concede mayor importancia a la aparición y el desarrollo de los problemas de una Europa en
A. Introducción
CAPÍTULO 1 COMPRENSIÓN DE LA ÉPOCA
La ciencia histórica dispone hoy en el ámbito de la investigación sobre los siglos xvi y xvii de una gran cantidad de resultados y conocimientos seguros, en parte también relacionados entre sí. En ellos se basa la siguiente exposición. Muy otra es la situación en el terreno de las interpretaciones globales sobre la época. El alto grado de especialización existente en cada una de las disciplinas, así como en los diversos enfoques de la investigación, no se corresponde con una metódica satisfactoria de trabajo y una exposición de resultados comunes. A ello se asocia una dificultad añadida, como es la especificidad de la investigación sobre la Edad Moderna, especialmente visible en lo tocante a la Reforma y la Contrarreforma, a saber, la inseguridad en relación con las perspectivas de interpretación global sobre nuestra época. Lo cual es válido, mutatis mutandis, tanto para la ciencia denominada «burguesa», cuanto para muchos investigadores orientados hacia el marxismo. Cierto es que ningún historiador serio desearía cambiar esta situación por interpretaciones apresuradas de carácter totalizante, digamos «portadoras de sentido», que pudiesen ofrecer tanto un seguro refugio respecto a la inseguridad cientificista cuanto, al mismo tiempo, el mayor número posible de certezas respecto del mundo vital. Tales deseos o, por mejor decir, tales sueños, serían imposibles de conciliar no sólo con el conocimiento fundamental de la infinitud de la historia, de su carácter abierto por definición, sino que también transgreden las reglas básicas del trabajo historiográfico. El contrario positivo de la inseguridad aquí diagnosticada no es, pues, alcanzable en el terreno de las certezas históricas de carácter general, sino en el ámbito de lo que aquí denominaremos producción de coordenadas de entendimiento histórico-universal para la historia de la Reforma y la Contrarreforma. Esto puede explicarse más concretamente a partir de la materia propia de la época aquí considerada. Ya términos como ascensión, crisis (y final) de la Edad Moderna, especificidad del desarrollo europeo, expansión moderna y europeización del mundo, apuntan hacia los lugares donde se ubica la discusión actual. Si se compara la actual situación historiográfica con la seguridad que mostraban los historiadores europeos en el período anterior a la Primera Guerra Mundial, saltan inmediatamente a la vista las proporciones del cambio acaecido. (Una in- fravaloración de este cambio puede encerrar el peligro, entre otras cosas, de limitar, sobre el supuesto de la reproducción de antiguas suposiciones consensuales, la magnitud de materia sometida hoy a discusión, y con ello la oportunidad del tratamiento científico y la concurrencia pública de pautas de interpretación más acordes con los tiempos). Y es que, al contrario que en tiempos de RANKE, BURCKHARDT, DILTHEY TROELTSCH, no se trata hoy de la cuestión de los comienzos de una modernidad, que a nosotros nos sirve, sin más, como escala del hombre y de la sociedad. La confrontación con las experiencias del siglo xx, con el mundo extraeuropeo y con los «límites del crecimiento», despierta la necesidad de interrogaciones más básicas, las cuales pueden ser contestadas con evasivas sólo al precio de aceptar el papel de ciencia auxiliar ahistórica: ¿Cuáles son a la postre las contribuciones, los valores y los objetivos reales de la modernidad europea en el contexto del destino global de la humanidad? ¿Cómo ha de verse, explicarse y valorarse el desarrollo diferencial de la sociedad y de la cultura europeas, que durante los siglos xvi y xvii acabó, a nivel planetario, con el «sueño del mundo»? De la mano de esta inseguridad interpretativa existe hoy un disenso metodológico, que, si bien es muy productivo en cuestiones de detalle, quizás no se encuentre aún suficientemente
articulado en su conjunto, como para poder actuar de modo estimulante y esclarecedor. ¿Tiene sentido interpretar la historia de los siglos xvi y xvii, y en el fondo la historia de cualquier época, en primer término como historia de la sociedad, en la cual la política, la cultura, la religión y la economía se puedan integrar en tanto que sectores subordinados? ¿Acaso tenemos que buscar otro principio de unidad, que posibilite una reconstrucción y una integración de los resultados algo más ajustadas? ¿O bien nos tenemos que conformar sencillamente con un conocimiento histórico sectorialmente limitado y rebajar con ello toda tentativa más ambiciosa a la categoría de constructo ideológico o hobby privado? Si bien la última de las posibilidades retrata mejor que cualquier otra la situación actual de concurrencia entre investigación especializada fructífera y generalizado escepticismo, ciertamente no puede existir antes de una reflexión metodológica global. Que, por otro lado, la cuestión metodológica cardinal de la «historia de la sociedad como historia general» implica una serie de problemas de disenso de muy diversa ubicación, resultará visible de inmediato al hilo de la situación concreta de la investigación. La exposición que sigue se entiende en el horizonte de estas cuestiones e inseguridades de alcance general. Por un lado, la situación de la investigación hace recomendable un pro- cedimiento prudente y ponderado. Pero esta prudencia no significa la renuncia a preguntas de profundidad y alcance, y menos aún la limitación a una recopilación en forma de crónica de aquellas fechas y datos considerados unánimemente importantes. La apariencia de una posible enciclopedia del saber histórico, empíricamente asegurada, no puede ser más rotundamente rechazada. También el ingenuo deseo, puesto algunas veces de manifiesto, de separar aquello cognoscible «con seguridad» del conocimiento condicionado por la perspectiva adoptada, no puede, planteado en estos términos, ser tomado en serio por la ciencia. Como es conocido, todo saber histórico está condicionado, y sólo el conocimiento del respectivo carácter de ese condicionamiento abre el camino hacia los niveles alcanzables de objetividad científico-histórica. En este sentido, se trata la nuestra de una presentación y ordenación narrativa, pero al mismo tiempo orientada hacia los problemas, de aquello que la investigación, desde diferentes perspectivas, puede hoy ofrecer. La obligada rigidez expositiva de la primera parte queda en cierta medida compensada por el desarrollo de los problemas y la información sobre la investigación que componen la segunda. Observaciones preliminares de esta naturaleza poseen un significado especial a la vista de una época marcada, en muy particular medida, por conflictos cuyas consecuencias llegan hasta nuestros días. Cuando hoy hablamos del período de la Reforma y la Contrarreforma, no podemos olvidar que la propia época, junto a los conflictos religioso-confesionales, estuvo marcada al máximo por contrastes políticos y sociales. A menudo tenemos que tratar superposiciones y entrecruzamientos de zonas de conflicto de muy diverso tipo. Estos conflictos «mixtos» exigen un modo de observación particularmente riguroso en el sentido de sus presupuestos, las formas de su desarrollo y sus consecuencias. A lo cual se añaden las confrontaciones, novedosas en su forma, entre Europa y el resto del mundo, las cuales superan con mucho en proporciones y trascendencia para la conformación del mundo alto-moderno al encuentro medieval con el islam. La limitación temporal del presente libro viene dada por la división tradicional en épocas de la Reforma y la Contrarreforma. El capítulo acerca de la historia de la expansión y de la fundación de las colonias conduce más allá del espacio europeo. El espacio europeo, como tal, precisa para nuestra época una aclaración respecto a su frontera oriental. El Imperio otomano no constituye – tampoco respecto a sus territorios europeos– ni en la conciencia de los contemporáneos, ni para los historiadores actuales, parte integral del mundo europeo. Otro es el caso de Rusia o, más exactamente, del Gran Principado de Moscú. Para la mayoría de los europeos del siglo xvi, tanto el Estado como la cultura de los moscovitas poseían un carácter muy marginal. Esto no obstante,
La población europea continúa estructurada estamentalmente, conforme al nacimiento. El individuo se agrupa en formas asociativas de muy diversa naturaleza, desde la familia, pasando por relaciones clientelares de intensidad variable (comunidad doméstica, Schutzverband, etc.), hasta las corporaciones profesionales o estamentales con una esfera jurídica propia. A la sociedad nobiliar legada por la Edad Media, estructurada jerárquicamente, de carácter tendencialmente hermético hacia el exterior, y caracterizada por la posesión de tierras, no se opone algo así como un «estamento ciudadano» horizontal, sino sólo las ciudades estructuradas de modo insular, que han desarrollado diversas formas de autonomía municipal. La aparición de tendencias hacia la igualdad jurídica de los ciudadanos, hacia la organización racional del abastecimiento, de la administración, de la fiscalidad y la policía pueden ser considerados rasgos modernos de la vida urbana. La relación de la nobleza terrateniente con las ciudades y las formas de dependencia de las ciudades respecto a las unidades políticas organizadas estatalmente son muy diversas. La mayoría de las comunas italianas se convirtieron en residencias de los príncipes y capitales (o capitales de provincia) de territorios cuyas formas de gobierno no se correspondían ya con supuestos propiamente urbanos (Venecia, Génova). Sólo de modo muy limitado es posible el ascenso social: emigración del campo a la ciudad («el aire de la ciudad hace libre»), carrera eclesiástica (con la renuncia a su continuación directa por causa del celibato, pero con la prolongación indirecta del ascenso implicada por el nepotismo), la acumulación de capital procedente del comercio y de la producción manufacturera, la formación jurídica y literaria, a menudo asociada a la entrada en el servicio del príncipe. El ennoblecimiento del «carrerista» de origen burgués juega un considerable papel; confirma la permanente –en el siglo xvi incluso creciente– importancia de la nobleza, por muy diferente que sean su estatus económico y jurídico particulares. Desde la época medieval, las fronteras «estatales» se revelan en más de un sentido secundarias e impermeables. La sociedad europea conserva su estructuración horizontal hasta el final del Antiguo Régimen. Sin embargo, se ha puesto en marcha ya una reorientación de la población en sentido vertical, que se deriva del desarrollo del Estado centralizado protomoderno; tiene lugar una transformación de las antiguas formas regionales de identificación en la dirección de un sentido de pertenencia dinástico-estatal, una identificación que incluye ya, en parte, elementos de conciencia nacional.
Población. Tras las fases de recesión y estancamiento de los siglos xiv y xv, se constata, alrededor de 1520 y en el tiempo posterior a esta fecha, un crecimiento fuerte y sostenido de la población total. Las cifras de que disponemos son muy incompletas y exigen grandes precauciones en su manejo. Pero la tendencia general es inequívoca. En Sicilia, se supone para 1501 un número de habitantes próximo a los 600.000; en 1548 son 850.000; en 1570 alcanzan el millón. Cálculos detallados, realizados sobre datos de Alemania central, revelan para el decenio 1520-1530 un aumento anual del 0,71%, a mediados de siglo del 0,62%, y a finales del 0,33%. El resultado promedio para el período 1520-1600 alcanza el 0,55%. En todo caso, ha de tenerse en cuenta la enorme mortalidad infantil, con valores cercanos al 50%. Al mismo tiempo, comenzó a crecer en muchas regiones de Europa el porcentaje correspondiente a la población urbana; con todo, es posible que no llegase a superar el 10%, habiendo de ser considerado el carácter predominantemente agrario de los núcleos más pequeños. La densidad poblacional se presenta extraordinariamente diversa según las regiones; en Francia se contabilizan 35 habitantes por km2, en Alemania 20 y en Europa oriental muchos menos.
Campesinos y Agricultura. La situación del estado campesino se caracteriza a comienzos del siglo xvi por la gran variedad de situaciones jurídicas y fácticas. Sólo un muy reducido segmento de la población rural estaba libre de dependencia personal o material. La situación fáctica de los campesinos sometidos frente a sus señores territoriales –la mayor parte de las veces nobles o eclesiásticos– se caracteriza de diversos modos por el acoplamiento de baja jurisdicción, competencias policiales, patronato eclesiástico y cobro de impuestos por parte del señor. Progresos en la dirección de una modernización de las técnicas agrícolas y de la mejora en los rendimientos se perciben sobre todo en el norte de Italia y en los Países Bajos. Los resultados de la producción agraria se muestran extraordinariamente diversos según los países. La relación entre simiente y cosecha se estima, para la etapa entre 1500 y 1700 (sin variación temporal), en torno a los siguientes valores: Inglaterra y los Países Bajos = 7,0; Francia, España e Italia = 6, (1500-1820); Alemania y Escandinavia = 4,2; Europa oriental = 4,1. El incremento continuado de los precios del cereal en el curso del siglo xvi –en un promedio próximo al 300%– sólo favoreció a aquella minoría de la población campesina para la cual, viviendo en explotaciones de tamaño medio, no existía la presión de cargas y servicios, y las posibilidades de venta, por tanto, eran buenas. La situación jurídica y económica del campesinado empeoró en general durante este siglo. Vínculos preexistentes de carácter personal o material resultaron objeto de revisión sistemática por parte de los señores (sujeción a la gleba, prestaciones personales desmedidas). Tal empeoramiento condujo a nuevas y más amplias formas de dependencia, especialmente en los territorios situados al este del Elba, siempre de la mano del crecimiento de las grandes explotaciones nobiliarias y el surgimiento de distritos administrativos agrarios, cerrados al exterior, en manos de la nobleza (Gutsherrschaft, en contraste con la Grundherrschaft imperante en Europa occidental y central). Por detrás de los precios de cereal en ascenso quedaron los igualmente ascendentes precios de los productos animales. La carestía condujo a la larga a una reestructuración de los hábitos alimenticios. El abundante consumo de carne, característico de la primera mitad de siglo, dejó su lugar a una nutrición basada en «puré y papilla». Esto afectó especialmente a las capas sociales más pobres, que de todos modos vivían ya al borde del mínimo existencial, y para las cuales cada empeoramiento de la situación de los abastos (mala cosecha, carestía repentina) implicaba la amenaza del hambre y de las epidemias. En general predomina todavía una cobertura de las necesidades a escala regional. Sin embargo existen ya ámbitos de mayor tamaño, en los cuales es posible hallar dependencia respecto a importaciones de productos tanto agrícolas como cárnicos, así como la generación consiguiente de un comercio alimenticio a larga distancia, orientado hacia el mercado. Italia central y septentrional importan cereal del norte de Europa o de Sicilia o el sur de Rusia. Los Países Bajos son abastecidos desde Polonia a través de Gdansk y el Báltico. Las exportaciones de ganado vacuno desde Hungría y Polonia hacia el oeste tienen lugar, en su mayoría, en forma de «exportación viviente», esto es, a través de la trashumancia de grandes rebaños.
Nobleza. Corresponde a la nobleza europea de la Edad Moderna un triple significado: 1) A efectos políticos es el grupo más importante, que concurre como negociador frente al príncipe en las Asambleas de Estados (Dietas territoriales e imperiales, Etats Géneraux, Parliaments, etc.), y es, más allá de esto, titular de jurisdicción y funciones administrativas en el marco del señorío.
habitantes). Estas confrontaciones y procesos se unieron de muy diferentes formas con la lucha por y con la resistencia contra la Reforma. Se puede aquí partir, fundamentalmente, del supuesto de una interacción recíproca entre los conflictos religioso y social. El desarrollo de la producción manufacturera muestra, en casi todas partes, una tendencia fuertemente expansiva. Esto es aplicable a la producción textil, a la minería (hierro, cobre, plata), a los talleres metalúrgicos (necesidades militares), a la construcción y al entonces joven ramo de la imprenta. A la cabeza de las tasas de crecimiento destaca la producción de plata (entre 1450 y 1540 se multiplica por cinco), seguida por el ramo del textil. Las innovaciones tecnológicas se impusieron, sobre todo, en la minería y en la metalurgia. El empleo de bombas de agua permitió profundizar hasta 400 m. Nuevas técnicas metalúrgicas corrieron parejas al desarrollo de la mecánica de precisión (reloj de cuerda, instrumentos astronómicos) y a un incremento de la circulación de metales preciosos (también a través de las importaciones desde América, donde las grandes explotaciones argentíferas fueron abiertas tras 1540). El sistema de trabajo a domicilio, como nueva forma de producción, fue desarrollado por los comerciantes a partir de una orientación hacia el mercado; la estricta reglamentación gremial fue sorteada de diversas formas.
Comunicaciones-Comercio-Protocapitalismo. Las mejoras en las vías de comunicación, tanto acuáticas como terrestres, se produjeron ya desde la Edad Media. Las vías acuáticas eran populares y baratas; nuevos tipos de barcos intensificaron el tráfico en el mar del Norte y en el Báltico. Pero también hacía progresos el desarrollo de una red viaria para el transporte de mercancías (especialmente en zonas de montaña) y la construcción de canales para completar las vías fluviales. Se completó la construcción de puentes y de esclusas. El correo fue objeto de una importante organización a escala estatal (Thurn und Taxis al servicio de los Habsburgo). También la transmisión de noticias en interés de instancias públicas y particulares se organizó sistemáticamente por primera vez. La apertura, por parte de españoles y portugueses, de rutas comerciales a América, África y Asia, fundó por vez primera un sistema de comercio mundial. Con todo, los portugueses no consiguieron dominar por completo el comercio de seda y especias, y canalizarlo en la ruta de África; el comercio árabe a partir de las rutas de caravanas y hasta los puertos de conexión en el Mediterráneo siguió teniendo importancia. Pero las perspectivas globales del comercio marítimo a larga distancia constituyeron, desde este punto, un desafío irreversible, que pronto asumirían también franceses, ingleses y holandeses con viajes de captura y fundación de colonias. La contabilidad por partida doble y la existencia de formas de pago no metálico (con ayuda de la letra de cambio y procedimientos similares) posibilitaban la realización de negocios mercantiles y financieros a gran escala. De modo similar a las firmas italianas del Quattrocento (Medici), pero ahora en colaboración con las grandes monarquías, constantemente necesitadas de medios financieros, se desarrolló en el norte de Italia, en el sur de Alemania y en los Países Bajos un nuevo tipo de protocapitalismo. Los Fugger y los Welser de Augsburgo son el ejemplo más conocido: la combinación de comercio de mercancías, minería, metalurgia, industria textil y prestación de servicios en el sector bancario y del transporte (bancos y transportes) en la forma empresarial de una sociedad familiar (sociedad mercantil abierta con dineros en depósito), permitía amplios y lucrativos negocios con una red de sucursales y corresponsales en Europa y Ultramar. El esplendor de estas firmas acabó con las grandes bancarrotas estatales de mediados de siglo (España, Francia). Empresas parecidas en la segunda mitad del siglo apuntan ya hacia nuevas formas del comercio mundial y del tráfico de capitales, que se formaron, sobre todo, en Europa occidental (compañías comerciales con licencia pública, sociedades anónimas, negocios bursátiles, banco público, etc.).
Este desarrollo del protocapitalismo ya se había iniciado en tiempos anteriores a la Reforma. Desde el principio, tuvo que superar grandes resistencias por parte de un entorno y una opinión pública fuertemente orientados hacia una economía natural. Ya antes de la crítica de Lutero a «comercio y usura», hubo discusiones públicas acerca de la permisibilidad ético-jurídica de las nuevas formas de negocio (monopolios, interés productivo, etc.). La extensión ulterior del protocapitalismo tampoco se produjo de modo lineal. En Italia y en Alemania, los grandes comerciantes surgidos en el siglo xvi invirtieron sus ganancias en tierras y se convirtieron en nobles terratenientes. Una regresión del «espíritu capitalista» (cuya relación con la Reforma es discutible) y un ritorno alla terca son fenómenos que bloquean una posible interpretación unidimensional de la burguesía ascendente en la Edad Moderna.
No sólo el ámbito de la vida religiosa y eclesiástica, sino todo el conjunto de las formas y los presupuestos culturales está en cierta medida en el horizonte de la pregunta sobre las causas de la Reforma y de la división de la Iglesia. Tanto las valoraciones, como también los análisis de las situaciones y tendencias propias del caso, difieren considerablemente entre sí. Habrá de partirse de la caracterización de la situación educativa general (alfabetización, nivel de edición y lectura, escolarización, relación entre la elite cultivada y la masa de la población, tendencias en la orientación y la crítica cultural y religiosa, etc.) en una sociedad que, si bien había superado ya en la Baja Edad Media el prolongado monopolio cultural del clero, a través de una producción literaria laica, seguía desarrollándose en el marco de una comprensión del mundo de norma cristiana e interpretación teológica. Por tanto, habrán de tratarse aquí, primero, los aspectos generales de cultura y educación y después, las cuestiones especiales relativas a la prehistoria eclesiástica de la Reforma. Sobre la extensión de la alfabetización en Europa a comienzos de la Reforma sólo disponemos de estimaciones poco seguras. Se supone que, al menos en algunos territorios de mayor tamaño, se había superado ya el «umbral revolucionario» del 10% de la población capaz de leer (generalmente también de escribir). Las zonas de mayor peso en este sentido son las más densamente urbanizadas; la escolarización urbana en lengua vernácula y las escuelas de latín en las grandes ciudades, asociadas a instituciones religiosas instaladas en ellas, son los vectores de este desarrollo. Sin duda, la Reforma y las discusiones acerca de cuestiones de fe, iglesia y política a ella asociadas, fortalecieron la motivación a la lectura, y contribuyeron al retroceso del analfabetismo. Con ello se incrementó enormemente, a la vez, la producción bibliográfica, incluyendo panfletos y octavillas. El número de títulos publicados en el siglo xvi en el ámbito lingüístico alemán se había estimado hasta ahora en unos 100.000, pero hoy se supone próximo a los 200.000. El éxito de los escritos de Lutero es conocido; de su pequeño Catecismo se imprimieron, entre 1529 y 1563, más de 100.000 ejemplares. Su traducción de la Biblia tuvo, entre 1534 y 1574, cinco ediciones, con un total de unos 100.000 ejemplares. La vida espiritual europea antes de la Reforma, con el trasfondo de fuertes pervivencias de las tradiciones escolásticas, resulta afectada por las distintas corrientes del humanismo renacentista. A partir de las anticipaciones italianas del Quattrocento, el Humanismo se había establecido como movimiento cultural en toda la Cristiandad latina. El centro de gravedad filológico-anticuario de la nueva cultura humanista es una cosa; muy otra es su imparable
el derecho de un sistema clerical disfuncional. La desamortización de fundaciones caritativas de titularidad eclesiástica (las cuales, como consecuencia del fracaso de órdenes o capítulos, fueron a parar a las manos de hermandades de laicos o poderes seculares) es tan característica en este sentido, como la creciente intervención de instancias estatales en la provisión de cargos y en la administración de instituciones eclesiásticas (con o sin autorización por parte del Papa). Un intento de clasificación de todas aquellas circunstancias, de cuya acumulación en la vida y en la conciencia de los contemporáneos se trata aquí, podría realizarse de la siguiente manera.
administrativa por parte de Roma). La magnitud de la crisis de conciencia surgida de la confluencia de todos estos efectos, es deducible de muchos testimonios de la época. Alberto Durero manifiesta en 1519/1520 su deseo de retratar a Martín Lutero, cuyas obras había leído, como agradecimiento por el hecho de que este hombre cristiano le había ayudado a «escapar de grandes temores».
La existencia de significativos esfuerzos reformistas anteriores a la Reforma es generalmente reconocida en la actualidad: personalidades individuales, tanto laicas como eclesiásticas; comunidades monásticas; la agrupación de monasterios con movimientos de laicos (la Congregación de Windesheim, la Devotio moderna); la acción, en último término, de los mismos poderes seculares. Pero todas estas acciones individuales no encontraron en Roma sostén alguno, sino a menudo sólo desaliento o resistencia. Sólo en España, donde la actuación reformista del cardenal Cisneros, un destacado humanista, se produjo en colaboración con la autoridad temporal, se logró una mejoría esencial en la situación general de la Iglesia, tanto en el aspecto organizativo como en el espiritual. En Francia, donde el concordato de 1516 había puesto en manos del rey la provisión de casi todos los cargos eclesiásticos más importantes ( obispados, 600 abadías), no se emprendieron reformas de alcance general. Parecida era la situación eclesiástica en el Imperio, donde la ausencia de prerrogativas monárquicas de este tipo, abría las puertas a la libre intervención de Roma. Los Gravamina nationis Germanicae contra sedem apostolicam, presentados una y otra vez por los estados del Imperio, reunían quejas del más diverso tipo. Aún más fuertes eran los ataques al Papado en escritos populares o en panfletos humanistas. A través de tal extrapolación de la precaria situación propia, y su fijación acusatoria en Roma, pudo mantenerse en un principio el consenso dentro de Alemania. La situación cambió muy rápidamente, una vez claro que una actuación decididamente reformista en materia religiosa llevaba, bajo aquellas circunstancias, a una crisis global de la sociedad.
Muy distinta se presenta la posición de los estamentos en el derecho y en la realidad constitucional del Imperio Romano-Germánico. El conflicto entre Príncipe y estamentos se desarrolla aquí en dos niveles diferentes, con consecuencias considerables para la estructura social y política de Europa Central, algunas de las cuales llegan hasta hoy. El derecho de elección era ejercido por los siete príncipes electores (Maguncia, Colonia, Tréveris, Sajonia, Palatinado, Brandeburgo y Bohemia); ellos elegían al «rey de Romanos», el cual precisaba de la coronación por parte del Papa para poder ostentar el título de Emperador (esta coronación fue sustituida tras el reinado de Carlos V por un escrito papal en que se le acreditaba la condición de «Emperador electo»). El nexo jurídico entre Imperio y Papado, implicado en ésta y en otras circunstancias, habría de revelarse con el tiempo como mucho más que un problema formal. La Constitución del Imperio, fijada tanto por la Bula de Oro de 1356, como por un conjunto de derechos y costumbres, dotó al centro de Europa de un marco federativo anticuado pero resistente. Sólo aquí se había conservado como residuo el principado eclesiástico: tres de los príncipes electores y la mayoría de los miembros de la curia principesca eran arzobispos, obispos o abades, dependientes como tales no sólo de su investidura por parte de la cabeza del Imperio, sino también de su confirmación por parte del Papa. Sólo en el Imperio le había sido posible al estrato superior de la nobleza (el estamento de los príncipes del Imperio), y a una parte considerable de la mediana y baja nobleza (condes y señores, caballeros imperiales), establecerse como reichsunmittelbar, es decir, «inmediatos» al Imperio. Esta figura jurídico-constitucional de la Reichsunmittelbarkeit cubría realidades políticas extraordinariamente diversas: grandes territorios con un príncipe del Imperio a su cabeza y con dietas territoriales propias, por un lado y, por otro, un gran conjunto de señoríos pequeños y muy pequeños, a los cuales quedó asegurada una existencia propia, no integrados en unidades territoriales mayores, hasta el mismo final del Imperio. Pero el carácter de «estado del Imperio», en el sentido de participación en la Dieta del Imperio –el órgano de legislación y decisión que el Emperador convocaba ocasionalmente, de acuerdo con los príncipes electores, y a cuya cabeza se encontraba–, sólo lo tenían los príncipes, condes y señores, abades y abadesas, así como las ciudades imperiales. El número de los estados del Imperio con este carácter queda contabilizado como sigue, a partir de la Matrícula de 1521:
Consejo de los príncipes electores: 7 príncipes electores (si bien el voto de Bohemia, en manos de los Habsburgo desde 1526, solía considerarse como extinguido). Consejo de los príncipes: 4 arzobispos (Magdeburgo, Bremen, Salzburgo y Besançon) 46 obispos, 83 prelados (abades, abadesas y bailes de órdenes), 24 príncipes temporales, 145 condes y señores. Banco de las ciudades: 85 ciudades (con adscripciones poco claras).
Dentro del consejo de los príncipes sólo poseían votos «viriles» (esto es, votos individuales) los príncipes espirituales y temporales. El conjunto de los prelados disponía de dos votos curiales, al igual que el conjunto de los condes. Los esfuerzos por reformar la constitución imperial bajo Maximiliano I no se habían resuelto decisivamente. La creación del Tribunal de Cámara del Imperio (Reichskammergericht) en 1495, con la proscripción expresa del derecho de autodefensa (Fehde), significó un logro durable; se trataba de una institución mixta, cuyos miembros eran provistos por el Emperador y por los estados del Imperio según una clave numérica. También continuaría su existencia la división del Imperio en diez círculos (tras 1512); los círculos tenían una importante función en el mantenimiento de la paz territorial y como órganos de coordinación. El antagonismo entre la institución imperial y los estamentos (desarrollo aquí de competencias centrales; aseguramiento
allá de las libertades estamentales y construcción de los estados territoriales) vino a solventarse abiertamente en la cuestión del Reichsregiment, esto es, en el intento de crear un órgano central de gobierno del Imperio. Maximiliano quería que fuese una instancia monárquica, mientras los estados del Imperio deseaban un órgano de tipo federativo. En el curso de la lucha entre los estados y el Emperador, el Reichsregiment de Maximiliano se había disuelto rápidamente. Del mismo modo quedaron en el camino los intentos de creación de un impuesto imperial, así como otros proyectos de modernización. Con el comienzo del reinado de Carlos V, la lucha entre el Emperador y los estados del Imperio por diseñar un futuro para la constitución imperial, entró en un nuevo y más difícil estadio. Las posiciones de poder y los compromisos extraalemanes del Emperador podían significar para los intereses individuales de los estados tanto una amenaza como una descarga. Otra cosa sucedía con los intereses de los estados de menor tamaño y también con los de muchas ciudades imperiales, que marchaban en ocasiones conformes a las tendencias monárquicas del Emperador. Los nuevos campos de conflicto aparejados a la crisis de la Iglesia han de verse sobre el trasfondo de este antagonismo de principio entre el Emperador y el Estado territorial de impronta estamental. Dentro de los estados territoriales alemanes se repetía, en un segundo nivel, la contradicción entre el príncipe y los estamentos. Los señores eclesiásticos (en Alemania central y septentrional también cada uno de los obispados, individualmente) fueron socios de los príncipes territoriales en el desarrollo de una estatalidad moderna, que intentaba sustraerse cada vez más a la injerencia de los órganos del Imperio. No obstante, el desarrollo interno de los territorios permaneció durante largo tiempo dependiente, en gran medida, de la situación general en el Imperio. La investigación sistemática del engranaje entre estos diversos factores (por ejemplo, la correlación entre dietas imperiales y dietas territoriales, o entre legislación imperial y legislación territorial) sólo ha sido emprendida en época muy reciente. El hecho de que la estatalidad moderna en el ámbito lingüístico alemán (Prusia-Alemania, Austria, tradición federativa renana encarnada en la República Federal) posea raíces territoriales ajenas a la tradición constitucional del Imperio, ha incidido durante mucho tiempo en esta dirección. El sistema europeo de estados, tal como se había formado en la generación anterior a 1520, puede en principio caracterizarse atendiendo a algunos elementos establemente presentes en su estructura. Sin una instancia común por encima de ellos, existía –con pretensiones de soberanía plena– un conjunto de estados que regulaban sus relaciones sobre la base de un Derecho Internacional aún no plenamente desarrollado pero ya con incidencia regulativa real. Al Emperador, en tanto que cabeza del Imperio Romano-Germánico, le eran reconocidas prerrogativas de naturaleza meramente ceremonial. Más en serio se tomaba el hecho de que la mayor parte del norte y del centro de Italia pertenecía al Imperio (excluidos los dominios peninsulares de Venecia, así como los Estados Pontificios). Estos muy arcaicos jura imperialia ya se habían intentado reactivar por parte de Maximiliano I, pero sólo bajo Carlos V surgirá, por la combinación del viejo derecho imperial con el poder real español, una nueva situación. En Italia y en el oeste (Países Bajos, Lorena, Franco Condado, Saboya) se mostrará qué nuevo significado podía corresponder a los restos de un sistema internacional de relaciones contenidos en la constitución del Imperio. El Papa, en tanto que pater communis Christianitis, intentaba hacer valer, en constelaciones cambiantes, su autoridad religiosa como fuerza normativa, ordenadora y fundadora de la paz, frente al mundo de los estados. En este sentido, se reveló como un obstáculo la implicación de los Estados Pontificios y del mismo Papado en el juego europeo de fuerzas. A lo que vino a añadirse, con el progreso de la Reforma, el rechazo de la autoridad papal por parte de los estados protestantes. Con ello, las nuevas posibilidades de acción supraestatal por parte de
con una concepción moderna nacional-estatal por parte de Francia. Puede insistirse en cómo un conjunto de razones estructurales, comunes a ambos, yace en el fondo del surgimiento del antagonismo entre Francia y los Habsburgo a comienzos de la Edad Moderna. La posibilidad de movilizar un poder estatal abrió nuevas y más amplias perspectivas de acción política. Las nuevas técnicas y facilidades en el ámbito de las finanzas, los transportes, las comunicaciones o la guerra llevaron, sin duda, tanto a Francisco I como a Carlos V, a aprovechar sus oportunidades en pos de una posición hegemónica en Europa. Ambos podían, apoyados en la organización de una estatalidad «moderna» –Francia aquí, España y los Países Bajos allí– implicarse en la lucha por el mosaico político de Italia y el Imperio, aproximándose con ello al viejo sueño de la Corona de Carlomagno, a la unidad política de la Cristiandad. Francia fue forzada, ya desde la derrota electoral de 1519 frente a Carlos, a asumir a largo plazo un papel defensivo respecto a la «tiranía» de los Habsburgo, y como protector de la libertad europea (y alemana). Pero, en el fondo, la política francesa –y esto lo muestra con la mayor de las evidencias la actuación de Enrique II a partir de 1551– estaba orientada, mediante una combinación casi inextricable de objetivos ofensivos y defensivos, a la destrucción del Imperio de los Habsburgo y, con ello, a la consecución de la hegemonía en Europa. El hecho de que este conflicto llegase a convertirse, a largo plazo, en un elemento estructural, esencial en la política europea, tiene desde luego que ver con la naturaleza de sus orígenes y comienzos. En 1516, Erasmo había celebrado el comienzo de la edad dorada de la paz en Europa. Parecía que, con la estabilización del dominio francés sobre Milán y del español sobre Nápoles y Sicilia, se había alcanzado una situación de equilibrio duradero. Las cuestiones territoriales abiertas en Borgoña y los Países Bajos, heredadas también de sus abuelos, las había aclarado el joven Carlos con Francisco I por medio del Tratado de Noyon. Carlos pretendía tener las manos libres para asumir el gobierno de España, que le había correspondido por un encadenamiento de casualidades dinásticas –tres fallecimientos en la línea sucesoria–. Pero, pocos años después, las nubes comienzan a anunciar tormenta. La repentina muerte de Maximiliano I, el 12 de enero de 1519, tiene como consecuencia la rivalidad entre Carlos y el rey francés. La lucha por la elección como cabeza del Imperio se entabla por ambas partes con un ex- traordinario derroche de esfuerzos. La superior potencia financiera del protocapitalismo en el sur de Alemania y el patriotismo imperial de los alemanes llevaron a los príncipes electores a decidirse por el candidato de los Habsburgo. Carlos, el vencedor, puede ahora poner en juego su poder y sus aspiraciones imperiales (también en Italia y en la Francia meridional) conjuntamente con España. Gattinara, su gran canciller, será el exponente de una política ofensiva contra Francia, que acabará imponiéndose frente a las tendencias tradicionalmente francófilas de la alta nobleza borgoñona. Carlos está llamado –así argumenta Gattinara– al dominio universal, «para unir todo el mundo bajo un solo pastor», pues sólo la unidad de un imperio universal podrá traer la paz al orbe.
B. Europa en la época de la Reforma y de Carlos V
CAPÍTULO 5 LOS INICIOS DEL MOVIMIENTO DE LA REFORMA: MARTÍN LUTERO, ULRICO ZWINGLIO Y SU ECO
A la vista del enorme desfase existente entre las pretensiones y la realidad del cristianismo, así como de la pujante aparición de la crítica y los programas de reforma de los humanistas, cabe preguntarse por qué no se produjo, mucho antes de lo sucedido desde Lutero, el paso de un desarrollo evolutivo a una solución revolucionaria. Fue precisa, sin duda, la con- currencia de muchas circunstancias, para que la búsqueda individual de un Dios misericordioso y los esfuerzos en pos de la recuperación de las «más puras formas del cristianismo» quisieran y pudieran desbordar principios tradicionales de unidad entre la Iglesia y el mundo secular. Y, si lo que se busca es la «coherencia interna de los elementos de la crisis» (B. MOELLER), ésta puede, sin más, reconocerse en el entorno del propio Lutero, a partir de la consideración, más allá del marco propiamente religioso, y en el sentido de una «crisis del sistema» general, de aspectos tanto políticos como socioculturales. Con esta perspectiva, la actuación conjunta de factores muy diversos pierde mucho de su apariencia casual, sin que, por otra parte, queden por ello diluidos el carácter propio de cada acontecimiento en el conjunto del fenómeno y su irrepetible dimensión personal. La aparición de líderes carismáticos fue tan característica del inicio y desarrollo del movimiento como la acumulación previa de un gran potencial de inestabilidad. Martín Lutero, nacido en 1483 en Eisleben, provenía de una familia de origen campesino. Su padre había abandonado la tierra y, en las minas de cobre de Mansfeld, había ascendido desde simple minero a pequeño empresario. La voluntad de promoción social del padre dispuso para el joven Martín el acceso a los estudios de Derecho, pero éste optó, en 1505, tras completar los cursos preparatorios en la Facultad de Artes de la Universidad de Erfurt, por el ingreso en el monasterio de los eremitas agustinos, sito en la misma ciudad. A la profesión, en 1506, siguió la ordenación sacerdotal en 1507, después los estudios de Teología en la Universidad de Erfurt y en la recién fundada de Wittenberg. En esta última asume el agustino, en 1512, la cátedra de Antiguo y Nuevo Testamento, que mantendría hasta su muerte en 1546. El proceso de profunda evolución teológica e intelectual de los siguientes años se hace patente en sus comentarios a la Epístola a los romanos, compuestos entre 1515 y 1516. Partiendo del tradicional acervo filosófico-teológico (el escolasticismo tardío de Occam, el agustinismo), Lutero completa una ruptura que desemboca, por un lado, en la reivindicación de una teología paulino-agustiniana, como la cultivada en Wittenberg, frente a las diversas escuelas teológicas tardomedievales que, basadas en las universidades, venían compitiendo entre sí. Y, por otro, la nueva convicción sobre la fuerza excluyente de la fe interior y la gracia divina, respecto a una contabilidad de «buenas obras», implica ya un principio de potencial explosivo, no asumible en el marco institucional vigente en la vida monástica (la pieza nuclear de la simbiosis medieval, jerárquicamente dispuesta, entre cristianismo y sociedad), y tampoco en el contexto de la correlación, supuesta hasta entonces, entre la certeza individual de la salvación y la visible unidad jurídica de la Iglesia. El que de estas novedades de principio pudiesen desencadenarse efectos potenciales, tanto sobre la existencia individual de Lutero, como sobre la de toda la Cristiandad, y la forma que éstos adoptaron, fue una cuestión de sucesivas decisiones individuales y constelaciones circunstanciales dadas. La intervención del profesor de Wittenberg en la cuestión de las