




















Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Prepara tus exámenes
Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Prepara tus exámenes con los documentos que comparten otros estudiantes como tú en Docsity
Encuentra los documentos específicos para los exámenes de tu universidad
Estudia con lecciones y exámenes resueltos basados en los programas académicos de las mejores universidades
Responde a preguntas de exámenes reales y pon a prueba tu preparación
Consigue puntos base para descargar
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Comunidad
Pide ayuda a la comunidad y resuelve tus dudas de estudio
Ebooks gratuitos
Descarga nuestras guías gratuitas sobre técnicas de estudio, métodos para controlar la ansiedad y consejos para la tesis preparadas por los tutores de Docsity
Asignatura: Fonaments de les arts esceniques, Profesor: Enric Ciurans, Carrera: Història de l'Art, Universidad: UB
Tipo: Apuntes
1 / 28
Esta página no es visible en la vista previa
¡No te pierdas las partes importantes!





















Biblioteca Edaf de Bolsillo, Tragedias Eurípides, Madrid 1983.
Medea, hija del rey de la Cólquida, con cuya poderosa ayuda pudieron los argonautas conquistar el vellocino de oro, se había desposado con Jasón, dando a luz dos hijos, siguiéndole a Grecia, y estableciéndose con él en Corinto. Jasón, sin embargo, en vez de corresponder a los sacrificios que había hecho en su obsequio, ya cediendo al amor que le inspirara la hija de Creonte, rey de Corinto, ya por motivos de conveniencia personal, pretendió la mano de ésta, y logró el asentamiento de su padre para celebrar sus segundas nupcias; pero Creonte entonces, conociendo el carácter vindicativo y vehemente de Medea, ya famosa por su crueldad y sus mágicas artes, decretó su destierro inmediato con sus hijos, y sólo a sus ruegos consintió en aplazarlo, señalándole un nuevo término. Medea aprovechó este descanso para fingir su reconciliación con su esposo, y llevó su aparente docilidad hasta el punto de regalar a la nueva desposada una corona de oro y un riquísimo peplo. Desgraciadamente ambos dones estaban envueltos en eficacísimo veneno, que estalló en el momento de ponérselos la hija del rey, devorándola juntamente con su padre. No contenta con esto, se vengó también de Jasón matando a sus hijos, y huyó impune a la corte de Egeo, rey de Atenas, atravesando los aires en un carro tirado por dragones.
Personajes:
**- La Nodriza de Medea
La acción es en Corinto. (Véase en la escena el palacio de Creonte)
LA NODRIZA ¡Ojalá que la nave Argos no volase a la Cólquida y a las cerúleas Simplégadas, y que nunca cayese en tierra el pino cortado en las selvas del Pelión, ni la hubiesen armado de remos los héroes muy ilustres que fueron a conquistar el vellocino de oro de Pelias! No hubiera navegado mi dueña Medea hacia las torres del campo de Yolcos, enamorada de Jasón, ni las hijas de Pelias
habrían dado muerte a su padre, ni habitaría en Corinto con su esposo y sus hijos, muy querida de estos ciudadanos, a cuyo país vino fugitiva, y complaciendo sin tasa a Jasón; que el lazo más fuerte del matrimonio es la completa sumisión de la esposa al esposo. Pero hoy todo le es hostil, e indecibles sus sufrimientos. Jasón, faltando traidoramente a sus propios hijos y a mi dueña, contrae regias nupcias con la hija de Creonte, rey de Corinto. La desdichada Medea, herid ignominiosamente en la fibra más sensible de su corazón, clama y jura, invoca la fidelidad que Jasón le prometió al darle su diestra, y pone a los dioses por testigos de su ingratitud. Yace sin tomar alimento, presa de intolerables dolores, y siempre deshecha n lágrimas, desde que tuvo noticia de la injuria que su esposo le hacía; ni levanta sus ojos, ni los separa de la tierra, sino que, impasible como una piedra, o como las olas del mar, oye los consejos de sus amigos, a no ser cuando inclina su muy blanco cuello, y llora a su padre amado, a su patria y sus palacios, abandonados por acompañar a su esposo, que ahora la desprecia. La infortunada aprende a conocer sus penas a costa de lo que vale el suelo patrio. Odia a sus hijos y no se alegra al verlos. Y temo que maquine algo funesto, que es de carácter vehemente y no puede sufrir injurias. Yo, que lo sé, me estremezco al pensar que acaso atraviese sus entrañas con afilado acero, o que mate a la hija del rey y al que se casó con ella, y le sobrevengan después mayores desdichas. Repito que es de carácter vehemente y que ningún adversario triunfará de ella con facilidad. Pero he aquí a sus hijos, que vienen del gimnasio en donde corren los carros, sin pensar en su madre, porque en su edad juvenil no se suelen sentir los males.
EL PEDAGOGO (Con los hijos de Medea). Antigua esclava del palacio de mi dueña: ¿por qué estás sola a la puerta reflexionando en tu infortunio? ¿Cómo es que Medea no apetece tu compañía?
LA NODRIZA Anciano ayo de los hijos de Jasón: los buenos esclavos comparten las desventuras de sus amos y padecen también. Tan grande es mi dolor, que vengo a contar a la tierra y al cielo los infortunios de mi señora.
EL PEDAGOGO ¿No cesa de gemir la desdichada?
LA NODRIZA ¡Singular es tu candor! Ahora empieza; aún no ha llegado a la mitad del camino.
EL PEDAGOGO ¡Nada sabe la inocente, si es lícito hablar así de nuestros señores, de sus males novísimos!
LA NODRIZA ¿Qué hay, ¡Oh anciano!? Dímelo al instante.
MEDEA ¡Ay, ay, ay, ay de mí! ¡Qué males sufro, mísera! ¡Qué males sufro tan deplorables! ¡Hijos malditos de funesta madre: que perezcáis con vuestro padre; que todo su linaje sea exterminado!
LA NODRIZA ¡Ay de mí, ay de mí, ay de mí desventurada! ¿Por qué han de expiar tus hijos las faltas de su padre? ¡Ay de mí! ¡Pobres hijos! ¡Cuánta es mi angustia, cuánto mi deseo de que nada sufráis! Crueles son los tiranos, y como mandan mucho y obedecen poco, difícilmente se aplacan sus iras. Mejor es acostumbrarse a vivir modestamente. Que yo envejezca tranquila, no rodeada de magnificencia. El solo nombre de medianía es ya grato, su posesión, el mayor beneficio de que disfrutan los mortales; nunca los excesos aprovechan a los hombres; al contrario, mayores son las calamidades que los dioses, cuando se enfurecen, lanzan contra las familias. He oído las voces, he oído los clamores de la desdichada que nació en Colchos, y cuya ira no se ha mitigado todavía. Cuéntanos, ¡Oh anciana!, lo que sucede; he oído lamentos en ese palacio de doble puerta, y no me placen los infortunios de esa familia, ¡Oh mujer!, a quien tengo afecto.
LA NODRIZA Ya no existe; merced a estos sucesos ha desaparecido. Él duerme ahora en regio tálamo; la dueña se consume en su lecho, y no tiene amigos que la consuelen.
MEDEA ¡Ay, ay! ¡Que el fuego del cielo me abrase! ¿Qué gano yo con vivir? ¡Ay, ay! ¡Que la muerte me arrebate esta triste vida!
EL CORO ¿No habéis oído Júpiter, tierra y luz, las voces de la infeliz esposa? ¿No ves que tu insaciable deseo al verte sola en tu lecho, ¡Oh insensata!, precipitará tu muerte? Vano será tu anhelo. Si tu marido descansa en nuevo tálamo, no te enfurezcas contra él, que Júpiter te vengará. No te contristes más de lo justo llorando a tu compañero.
MEDEA ¡Oh magna Temis y reverenda Diana!; ¿veis lo que sufro a pesar de los sagrados juramentos que ligan a mi execrable esposo? Ojalá que lo vea con su esposa, ya que han osado ofenderme primero, bajo las ruinas de su palacio, ¡Oh ciudad! ¡Oh padre!, a quienes abandoné torpemente después de matar a mi hermano.
LA NODRIZA Ya oís lo que dice, y cómo invoca a Temis y a Júpiter, a quienes los hombres miran como a defensores de los juramentos. No es posible que mi señora aplaque fácilmente sus iras.
EL CORO Ojalá que Medea se presente y atienda mis ruegos, si se ha de mitigar su furiosa ira y los ímpetus de su rabia. Nunca faltaré yo a los deberes de la amistad. Ve, pues, y sácala de su palacio, y dile que la amamos; apresúrate, antes que descargue su furor en los que están dentro; las lágrimas corren aquí con furia.
LA NODRIZA Así lo haré, aunque no tengo confianza en persuadir a mi señora; os complaceré, sin embargo, aunque se lanza contra sus servidores como leona recién parida, si alguno se acerca a hablarle. No errarás si llamas necios e impudentes a los hombres de los pasados tiempos, que para regocijo de la vida inventaron los himnos en fiestas, banquetes y cenas, y ninguno intentó disiparla con la música o el canto, acompañado de muchas liras, y por eso los asesinatos y las más fatales desgracias arruinan a las familias. Ventajoso hubiera sido curar con el canto los males de los hombres; porque en un alegre festín, ¿a qué modular la voz agradablemente? Él solo, si es espléndido, deleita a los mortales.
EL CORO He oído lúgubres clamores, he oído lamentos; quejase amargamente del traidor a quien dio su mano, de su malvado esposo. Llena de ignominia invoca a Temis, hija de Júpiter, defensora de los juramentos, que la arrastró a la Grecia enfrente de su patria, atravesando de noche los mares hasta llegar a este salado y marino estrecho, de difícil paso.
MEDEA Salgo de mi palacio, ¡Oh mujeres corintias!, para que no me reconvengáis. Sé bien que algunos que viven en el extranjero, lejos de su patria, son orgullosos, y que otros, de costumbres apacibles y olvidadizos de ellas, pasan tranquilamente la vida. No mora la justicia en los ojos de los hombres, pues antes de conocer a fondo a los demás, odian a la simple vista, sin ser provocados a ello por injuria alguna. El que recibe hospitalidad debe adoptar las costumbres de la ciudad que se la da, pues no alabo al ciudadano, sea el que fuere, de arrogante índole que con su necedad molesta a sus conciudadanos. Este mal, que me ha sobrevenido cuando no lo esperaba, ha desgarrado mi corazón acabando conmigo, y como la vida no tiene ya atractivo para mí, deseo morir; ¡Oh amigas! Mi esposo, el peor de los hombres me ha abandonado, cuando en él tenía cifrada mi mayor dicha; de todos los seres que sienten y conocen, nosotras las mujeres somos las más desventuradas, porque necesitamos comprar primero un esposo a costa de grandes riquezas y darle el señorío de nuestro cuerpo; y este mal es más grave que el otro, porque corremos el mayor riesgo, exponiéndonos a que sea bueno o malo. No es honesto el divorcio en las mujeres, ni posible repudiar al marido. Habiendo de observar nuevas costumbres y nuevas leyes como son las del matrimonio, es preciso ser adivino, no habiéndolas aprendido antes, como sucede en efecto, para saber cómo nos hemos de conducir con nuestro esposo. Si congenia con nosotras, y es la mayor dicha, y sufre sin repugnancia el yugo, es
conciudadanos. Si enseñas a los necios nuevas y profundas doctrinas, creerán que para nada sirves y que no eres sabio; y hasta aquellos sabios que estiman lo que sabe, si te creen superior te aborrecerán porque les molestas. Ofrézcote una prueba de lo que te digo: Por mi saber me envidian unos, estos me llaman ociosa, aquellas perversas, para otros soy pesada carga, y sin embargo, no sé demasiado. Tú debes sufrir de mí algún daño injusto. No es ese mi pensamiento, ¡Oh Creonte!; no receles que yo ofenda a tus ilustres personajes. ¿Qué iniquidades has perpetrado contra mí casando a tu hija, atentos solo a su inclinación? A quien detesto es a mi marido; pero según creo, has obrado con prudencia. Y ahora no llevo a mal que salga a medida de tu deseo: que se casen, que aquí reina la felicidad y el bienestar; pero déjame vivir en Corintos; yo callaré a pesar de mi afrenta, y cederé a la fuerza.
CREONTE Agrádame oír lo que dices; pero temo que fragües alguna maldad, y ahora tengo en ti menos confianza que antes, porque la mujer de pronta cólera, lo mismo que el hombre, es menos temible que quien calla y solapadamente forma propósito de vengarse. Vete, pues, cuánto antes y no me hables más, así lo he mandado, y no hallarás medio de quedarte entre nosotros, siendo mi enemiga.
MEDEA ¡Oh no, por tus rodillas y por tu hija recién casada!
CREONTE ¡Hablas en balde; nunca lograrás persuadirme!
MEDEA ¿Y me expulsarás de aquí y desoirás mis suplica?
CREONTE No te prefiero a mi familia.
MEDEA ¡Cuánto Oh patria, me acuerdo de ti ahora!
CREONTE Fuera de mis hijos, lo que más amo es mi ciudad.
MEDEA ¡Ay, ay! ¡Qué grave es el amor en los hombres!
CREONTE En mi juicio, según sea su fortuna.
MEDEA ¡Oh Júpiter, no olvides al autor de estos males!
CREONTE Vete, insensata y líbrame de cuidados.
MEDEA Bastante tengo con los míos; no necesito más.
CREONTE Pronto te desterrarán a la fuerza los de mi séquito.
MEDEA No lo hagas; yo te lo suplico, ¡Oh Creonte!
CREONTE No me precipites tú, como llevas trazas de hacerlo.
MEDEA Huiré; no es eso lo que te pido.
CREONTE ¿A qué, pues, te opones y no te alejas?
MEDEA Concédeme de plazo este solo día, y pensaré en dónde he de refugiarme con mis hijos, ya que su padre no se cuida de ellos; compadécete de su suerte, que tú también los tienes; míralos con agrado. Poco me curo de mí y de mi destierro, pero deploro su mala fortuna.
CREONTE No es tiránica mi natural índole, y muchas veces me ha perdido mi bondad. Y veo que no obro bien ahora, ¡Oh mujer!, y sin embargo, lograrás lo que deseas; pero advierto que morirás si te llega a alumbrar aquí o a tus hijos la antorcha del sol que ha de lucir mañana: lo dicho, dicho está, y no me volveré atrás. Ahora, si te conviene quedarte aquí, quédate por un solo día, que no podrás cometer ningún crimen de los que temo.
EL CORO ¡Infeliz mujer! ¡Ay, ay, cuántos son tus dolores! ¿Adónde te encaminarás al fin? ¿Quién te dará hospitalidad, qué techo te cobijará, que tierra podrás encontrar que te libre de males? ¡En peligrosa borrasca, oh Medea, te han lanzado los dioses!
MEDEA Rodéanme sólo desdichas: ¿quién podrá contradecirlo? Pero no será como pensáis, no. Nuevas luchas aguardan a los esposos y no pocos trabajos a los suegros. ¿Crees, acaso, que yo le habría hablado nunca con tanta dulzura sino por ganar tiempo y vengarme? Me hubiera callado, absteniéndome de tocar sus manos. Tan grande es su insensatez que, pudiendo desbaratar sus proyectos, desterrándome de aquí ahora, me ha concedido el plazo de un día, que bastará para dar muerte a tres enemigos míos: al padre, a la hija y a mi esposo. Aunque tengo muchos medios de hacerlos morir, no sé. ¡oh amigas!, cuál emplearé primero: si incendiaré el palacio nupcial, o si los atravesaré con el afilado acero, entrando ocultamente en el aposento en que está preparado el nupcial lecho. Sólo un obstáculo me detiene: si al cumplir mi propósito me prenden, se regocijarán con mi muerte. Lo mejor es matarlos con veneno, en cuyo arte soy maestra. Sea así; supongamos que ya han parecido: ¿qué ciudad me acogerá? ¿Quién me dará hospitalidad, y me dejará libre, y me ofrecerá un país seguro y un albergue que me inspire confianza? No es fácil. Como me queda tan poco tiempo, si encuentro algún refugio que me tranquilice, cometeré mi crimen dolosa y ocultamente; si la
MEDEA ¡Oh tú, el mayor de los malvados!, que, débil mujer, sólo mi lengua debe ofenderte, ¿has venido a vernos, has venido a vernos cuando te odio más que a nadie? Y los dioses conmigo y todo el linaje humano. No es confianza ni fortaleza mirar frente a frente a los amigos a quienes injurias, sino desvergüenza, la más grave de las debilidades humanas. No obstante, has hecho bien en venir, porque me consolaré maldiciéndote, y tú sufrirás oyéndome. Comenzaré, pues, tu apología. Te salvé, como saben todos los griegos que se embarcaron contigo en la nave Argos, cuando guiaste los toros uncidos al yugo, que aspiraban llamas, para sembrar el mortífero campo; y después que maté al vigilante dragón que guardaba el vellocino de oro envuelto en sus monstruosos pliegues, viste por mí la luz saludable. Yo misma, abandonando traidoramente a mi padre y a mi familia, te acompañé a Yolcos el del Pelión con más ligereza que prudencia, y maté a Pelias, cuando la muerte es el peor de los males, valiéndome de sus mismas hijas, y te liberé de todo temor. Y por estos beneficios, ¡oh tú, el más infame de los hombres!, me has vendido y buscado un nuevo tálamo para que no se acabe tu linaje. Si no tuviera hijos, podría perdonarte tus nuevas nupcias. No has hecho caso de tus juramentos, ni es fácil saber si crees que todavía reinan los dioses que antes reinaron, o si los hombres han recibido otras leyes, aun cuando estés bien seguro de que no me has sido lo fiel que debieras. ¡Ay de mi diestra, que tanto estrechaste! ¡Ay de mis rodillas, que en vano tocó un hombre malvado! Perdimos toda esperanza. Ea, pues, hablaré contigo como si fueras amigo, y aunque no eres capaz de hacerme bien alguno, te hablaré, sin embargo, para que, cuando te reconvenga, sea mayor tu oprobio. ¿Adónde me dirigiré ahora? ¿Al palacio de mi padre y a mi patria, abandonada antes por venir aquí? ¿Buscaré las míseras hijas de Pelias? Bien me recibirán, sin duda, en su palacio, después de haber dado muerte a su padre. Tal es mi desesperada situación, que me aborrecen los amigos a quienes no debí hacer mal, y tengo por enemigos a quienes sólo dispensé beneficios, como sucede a ti. Soy por tu causa la esposa más feliz y envidiable de la Grecia, y tú portentoso y fidelísimo marido; tú eres el autor de mis desventuras, tú me obligas a huir de aquí desterrada, sin amigos, sola con mis hijos, también solos. ¡Preclara gloria para el nuevo esposo reducir a sus hijos y a su salvadora a la condición de errantes mendigos! ¿Por qué, ¡oh Júpiter!, has permitido que los hombres distingan el oro verdadero del falso, y no has impreso una señal en el cuerpo para que no se confundan los malos con los buenos?
EL CORO Grave mal es la ira, y se cura con trabajos si los amigos luchan con amigos.
JASÓN Preciso es, según parece, que yo no sea imperito en hablar, sino como prudente piloto que pliega las velas de la nave, ¡oh mujer!, para escapar a tu locuacidad desenfrenada. He decirte, pues, ya que tanto ponderas tus beneficios,
que Venus sola, no otro dios ni hombre, me salvó en mi navegación. Sutil es tu ingenio, y te será enojoso que yo cuente cómo te forzó el Amor con sus inevitables saetas a libertarme. Pero no insistiré en esto. No puedo negar que me ayudaste; pero probaré que tú has ganado en ello más de lo que hubieras perdido haciendo lo contrario. En primer lugar, vives en la Grecia y no en país bárbaro, y has conocido en ella lo que valen el derecho y las leyes, no la arbitrariedad y la violencia; todos los griegos alaban tu ingenio, y has alcanzado gloria, y si habitases en los últimos confines del orbe, nadie hablaría de ti. Aunque en mi palacio no tenga riquezas, aunque no pueda componer versos superiores a los de Orfeo, que la fama, en cambio, celebre mis hazañas. He aquí mis obras, ya que tú has suscitado esta disputa. Por lo que hace a mis nupcias, que has escarnecido, probaré primero mi prudencia, después mi moderación, y por último, que todo ello es la consecuencia del afecto que profeso a ti y a mis hijos. Tranquilízate, pues. Cuando llegué aquí desde Yolcos, presa de intolerables sufrimientos, ¿qué mayor ventura para mí que casarme con la hija del rey, no siendo más que un mísero desterrado? No, como tú dices con sarcasmo, porque te aborrezca, ni por los incentivos que me ofrece una nueva esposa, ni por tener muchos hijos, que me bastan los tuyos, y no me quejo de ello, sino lo que es más importante, por vivir vida pacífica y no sufrir la miseria, sabiendo que los amigos huyen del pobre, y para educar a mis hijos como a su cuna corresponde, y si engendrare otros, hermanos de los tuyos, para que todos sean iguales, y verlos juntos, y disfrutar así de ventura. ¿Para qué necesitas a los tuyos? A mí me interesa servir con los que tenga a los que ya viven. ¿He pensado mal acaso? No lo dirías tú si no te amargara mi matrimonio. Vosotras las mujeres creéis poseerlo todo cuando vuestro lecho nupcial queda a salvo; pero si sufrís algo en esta parte, miráis como lo más adverso lo mejor y más útil. Convendría que los mortales procreasen hijos por otros medios, y que no hubiese mujeres, y así se verían libres de todo mal.
EL CORO Elegante discurso has pronunciado, ¡oh Jasón!, y sin embargo, me parece, aunque de tu opinión disienta, que no has obrado en justicia faltando a tu esposa.
MEDEA Insúltame, que aquí tienes un refugio, y yo huiré abandonada.
JASÓN Tú misma lo has elegido; no acuses a nadie.
MEDEA ¿Y qué recurso me queda? ¿Casarme con otro y hacerte traición?
JASÖN Proferir impías maldiciones contra los reyes.
MEDEA Y a mí me maldicen también en tu palacio.
EGEO Sin hijos seguimos por decreto de algún dios.
MEDEA ¿Y estando casado vives sin tu esposa?
EGEO No carecemos de tálamo conyugal.
MEDEA ¿Y qué te ha dicho Febo?
EGEO Palabras demasiado sublimes para que un hombre las entienda.
MEDEA ¿Podría yo conocer el oráculo del dios?
EGEO Sin duda, y con tanta más razón cuanto que se necesita para comprenderlo ingenio sagaz.
MEDEA ¿Qué respondió, pues? Dilo, si es que puedo oírlo.
EGEO Que no saque mi pie de los odres.
MEDEA ¿Antes que hicieres alguna otra cosa, o que llegues a algún país?
EGEO Antes de volver al hogar patrio.
MEDEA ¿Y por qué causa has navegado a este país?
EGEO Hay aquí un cierto Piteo, rey de la Trecenia.
MEDEA Según dicen, el más piadoso de los hijos de Pélope.
EGEO Quiero comunicarle el oráculo del dios.
MEDEA Es un varón sabio, y muy perito en tales interpretaciones
EGEO Y el más amado de todos mis huéspedes.
MEDEA Que seas feliz, y que consigas lo que deseas.
EGEO ¿Qué ha nublado tus ojos y consumido tu cuerpo?
MEDEA ¡Oh Egeo mi esposo es el más malvado de todos los hombres!
EGEO ¿Qué dices? Cuéntame con franqueza tus penas
MEDEA Jasón me ha descubierto de oprobio sin sufrir de mí mal alguno.
EGEO ¿Cuál es su crimen? Dímelo más claramente.
MEDEA Ha tomado otra esposa para que gobierne su casa.
EGEO ¿Y cómo se ha atrevido a cometer tan vergonzosa maldad?
MEDEA Pero no deja de ser cierta; llena estoy de ignominia, cuando antes me amaba.
EGEO ¿Enamorado de ella, o harto ya de tu lecho?
MEDEA Cediendo a su amor vehemente; no era leal con sus amigos.
EGEO Váyale, pues, bien si, como dices, es un malvado.
MEDEA Quiso casarse con hijas de reyes.
EGEO ¿Quién se la da en matrimonio? Acaba de decírmelo.
MEDEA Creonte, que reina en Corinto
EGEO Disculpable era sin duda tu dolor, ¡oh mujer!
MEDEA No puedo sufrirlo, y además me destierran de este país.
EGEO ¿Quién? fue es otro nuevo mal.
MEDEA Creonte me destierra de Corinto.
EGEO ¿Y Jasón lo consiente? No alabo su conducta.
MEDEA Si le oyes, no es así; pero en su corazón lo desea. Imploro, pues, tu ayuda; por estas barbas y por estas rodillas te suplico; compadécete, compadécete de mi desventura, no me veas desterrada y sin amigos; dame un asilo en tu reino y hospitalidad en tu palacio. Que los dioses te concedan descendencia, como se lo has pedido, y que feliz mueras. No sabes lo que puedes ganar conmigo; no sólo no carecerás de hijos, sino que tendrás muchos; tales remedios conozco.
EGEO Por muchas razones, ¡oh mujer!, estoy dispuesto a otorgarte ese favor, ya por honrar a los dioses, ya por tener los hijos que me prometes, perdida ya por
ahora es-pero que mis enemigos serán castigados. Egeo se nos ha aparecido en medio de nuestros trabajos como puerto en donde podremos realizar nuestros proyectos; en él ataré los cables de mi nave cuando vaya a la ciudad y a alcázar de Minerva. Ahora ya te descubriré mi propósito: oye, pues, mis palabras, no ordenadas para deleitar. Rogaré a Jasón, enviando uno de mis siervos, que venga a verme, y cuando llegue, le recibiré con frases halagüeñas y le diré que me agrada cuanto ha hecho, su regio enlace y vil traición, y que es útil y está bien pensado; y le suplicaré que me deje aquí con mis hijos, no con objeto de abandonarlos en este campamento ene-migo y que sirva en él de ludibrio, sino para matar dolosamente a la hija del rey. Llevarán presentes a la esposa, le pedirán que no los expulse de aquí, y le ofrecerán un finísimo vestido y una corona de oro. Y cuan-do se ponga estas galas, perecerá miserablemente y todos los que la tocaren: tan poderoso y eficaz será el veneno que ha de bañarla. Nada aquí me obliga ahora a disfrazar mis pensamientos; pero gimo cuando reflexiono en la atroz maldad que he de cometer: mataré a mis hijos, nadie me los arrebatará, y después que arruine el palacio de Jasón, me iré de aquí y expiaré en el destierro la muerte de seres tan queridos, ya que he de atreverme a consumar el más impío de los crímenes. No es tolerable, ¡oh amigas!, servir de escarnio a nuestros enemigos. Sea, pues, así; ¿qué gano yo con vivir? Ni tengo patria ni hogar, ni refugio alguno en mis males. Falté en abandonar el hogar paterno dejándome seducir de un griego, que nos pagará lo que nos debe si los dioses lo permiten. Jamás verá vivos después a los hijos que en mí ha procreado, ni los tendrá de su nueva esposa, porque es menester que esa infame perezca antes envenenada por mí. Nadie pensará entonces que yo soy débil o impotente, ni que sufro mi daño tranquila, sino, al contrario, que soy terrible contra mis enemigos y benévola con los que aman. Sólo de esta manera se adquiere mayor gloria.
EL CORO Ya que nos has participado tus proyectos, queremos servirte y defender las leyes a que obedecen los mor-tales, y te exhortamos, por tanto, a que no los realices.
MEDEA No es posible hacer otra cosa; pero te perdono tus palabras, ya que no padeces mis males.
EL CORO ¿Pero te atreverás a matar tus hijos?
MEDEA Así atormentaré horriblemente a mi esposo.
EL CORO Y tú serás al mismo tiempo la madre más desventurada.
MEDEA Así sea; superfluo es cuanto hablemos. (A una esclava suya) Ve, pues, tú, y haz venir a Jasón, que me sir-ves en todo fielmente. No le dirás nada de lo que he pensado, si es cierto que amas a tu señora y que eres mujer.
EL CORO Desde las edades pasadas son afortunados los descendientes de Erechteo, hijos de los bienaventurados dioses; nútrelos preclara sabiduría en país inexpugnable, y discurren con pompa en lucidísima atmósfera, en donde dicen que un tiempo la blonda Armonía dio a la luz las castas musas, a las nueve Piérides. Allí dicen también que Venus, con las hondas del Cefiso, de cristalina corriente, refrescó las dulces y suaves auras, y visitó esa región, entretejiendo su cabellera con guirnaldas de fragantes rosas, y envió los Amores, que forman el consejo de la Sabiduría, y que son origen de todo linaje de alabanzas ¿Cómo, pues, la ciudad de los sagrados arroyos, cómo la región que tanto favorece a sus amigos, podrá acogerte como a los de-más si matas impíamente a tus hijos? Piensa en su muerte, considera el castigo que mereces. No; todas te suplicamos, abrazadas a tus rodillas y con toda nuestra alma, que no mates a tus hijos. ¿Cómo tu ánimo o tu mano serán tan audaces, cómo tu corazón podrá re-volverse a hacer daño a tus hijos y cometer tan horrible maldad? ¿Cómo podrás mirarlos y presenciar sin lágrimas su martirio? No será posible, cuando caigan ante ti suplicantes, matarlos sin piedad, y manchar en su sangre tu mortífera mano.
JASÓN A ruego tuyo vengo, aunque seas mi enemiga; no te faltaré en esto: te oiré, ¡oh mujer!, si tienes algo nuevo que decirme.
MEDEA Suplícote, Jasón, que perdones mis anteriores palabras; justo es que disimules mi ira, ya que tanto te he servido. He reflexionado más tranquila, y me he dicho lo siguiente: ¿Por qué soy tan miserable que me enfurezco contra los que a mi bien atienden, y soy enemiga de los reyes de esta región, y de mí mismo esposo, que por nosotros hace lo que más nos conviene, casándose con la hija del rey para que mis hijos tengan hermanos? ¿No aplacaré al fin mi furor? ¿Cuánta no es mi locura rechazando estos bienes que los dioses me conceden? ¿No tengo hijos? ¿No sé que nos han desterrado de la Tesalia, y que carecemos de amigos? Después de resol-ver esto en mi ánimo, reconocí que era insensata en sufrir tan grandes males, y que sin razón me había en-colerizado. Ahora te alabo, y me parece prudente que te cases en beneficio nuestro; y yo me tengo por in-sensata, porque debía haber aprobado tus proyectos, y ayudar a tu esposa, y asistirla en su lecho, y servirla contenta. Pero somos mujeres, somos como somos, no diré más. No debo, pues, confundirte con los malvados, ni has de pagar las culpas de los necios. Cedemos y confesamos que hicimos mal entonces, y que ahora lo pienso con más prudencia. ¡Oh hijos, hijos míos! Venid aquí, dejad vuestra habitación, saludad y hablad a vuestro padre, y reconciliaos con él al
aquí algún criado estas galas. Tu esposa será feliz, e incomparable en su dicha, no sólo porque se casa contigo, que tanto vales, sino porque poseerá ese don, que en otro tiempo hizo el Sol a mis ascendientes. Tomad en vuestras manos estos nupciales dones, ¡oh hijos!, y llevadlos a la afortunada esposa, a quien debéis obedecer. Tales regalos no deben des-preciarse.
JASÓN ¿Por qué, ¡oh insensata!, te desprendes así de ellos? ¿Crees que faltarán vestidos en el palacio del rey? ¿Crees que faltará oro? Guárdalos, no los des. Mi es-posa me estima; me preferirá, sin duda, a todas las riquezas.
MEDEA No me digas eso; dícese que hasta los dioses se aplacan con dones; el oro entre los hombres vale más que infinitos discursos; favorécele la fortuna, el cielo le es propicio; mi vida daría gustosa porque no fuesen des-terrados mis hijos, no ya oro. Vosotros, ¡oh amados!, así que entréis en ese opulento palacio, rogad a la nueva esposa de vuestro padre, hoy mi señora; suplicadle que os libre de mi pena, y presentadle esos regalos: lo que más interesa es que los reciba en su mano. Id cuanto antes; traed a vuestra madre el feliz mensaje de que ha logrado lo que deseaba. (Retírase Jasón con sus hijos).
EL CORO Ya no tengo esperanza de que vivan sus hijos, ya no; ya caminan a la muerte. Daño recibirá la esposa de la diadema de oro; daño recibirá la desdichada. Ella con sus manos adornará con el letal presente su blonda cabellera. Su belleza y divino brillo la invitarán a ponerse el vestido y la artística corona de oro, y después acabará su tocado en los infiernos. En tal lazo caerá y tal muerte sufrirá la infortunada; no, no evitará el daño que le amenaza. Y tú, ¡oh mísero, funesto esposo, yerno de reyes!; tú contribuyes también, sin saberlo, a la ruina de tus hijos y a la muerte deplorable de tu es-posa. ¡Oh desdichado, qué distinta de lo que piensas será tu suerte! Pero también me hacen gemir tus do- lores, ¡oh madre de hijos sin ventura!, que les darás muerte por vengar la injusta traición que se hace a tu lecho conyugal, y la infidelidad de tu esposo, que te deja por vivir con otra esposa.
EL PEDAGOGO (Con los hijos de Medea.) Libres, ¡oh señora!, están ya tus hijos del destierro, y la regia consorte recibió en sus manos los presentes: paz hay ya para tus hijos.
MEDEA ¡Ay de mí!
EL PEDAGOGO ¿A qué viene ahora tu tristeza, cuando la fortuna te es favorable? ¿A qué ocultas tu rostro y no me oyes con alegría?
MEDEA ¡Ay, ay de mí!
EL PEDAGOGO No es así como debes recibir mi grata nueva.
MEDEA ¡Ay, ay de mí otra vez!
EL PEDAGOGO ¿Acaso, sin saberlo, he anunciado alguna desdicha, creyendo falsamente que era alegre mi mensaje?
MEDEA Anunciaste lo que anunciaste; tú has hecho bien.
EL PEDAGOGO ¿Por qué bajas tus ojos y rompes en lágrimas?
MEDEA Mucho lo necesito, ¡oh anciano!; yo, extraviada, y los dioses, conmigo, han pensado así.
EL PEDAGOGO Confíamelo: por mediación de tus hijos volverás más tarde.
MEDEA Y antes yo, infeliz, me llevaré otros.
EL PEDAGOGO No eres tú la primera que se separa de sus hijos. Los mortales han de sufrir con paciencia las desdichas.
MEDEA Así lo haré; pero entra en mi palacio, y cuida de mis hijos como todos los días. ¡Oh hijos, hijos!; ya tenéis ciudad y casa, en la cual viviréis siempre sin vuestra mísera madre; yo iré desterrada a otro país, antes de coger los frutos que habéis de dar y de veros felices; antes de casaros y de engalanar yo misma a vuestra es-posa, y el tálamo nupcial, y de llevar las antorchas. ¡Oh, cuán desdichada me hace mi feroz orgullo! En vano os eduqué, ¡oh hijos!, en vano trabajé, y graves molestias me consumieron, y sufrí los intolerables dolo-res del parto. Sin duda, infeliz, puse en vosotros en otro tiempo mi esperanza, y pensé que me sostendríais en la vejez, y que con vuestras manos cerraríais mis ojos, deseo tan natural en los mortales: ya se desvaneció ese dulce consuelo. Sin vosotros pasaré mi vida llena de tristeza y de amargura. Ya no veréis con vuestros ojos amados a vuestra madre, y viviréis en adelante de otra manera. ¡Ay, ay de mí! ¿Por qué me miráis, ¡oh hijos!? ¿Por qué me miráis y os sonreís así, con sonrisa peor para mí que la muerte? ¡Ah, ah! ¿Qué haré? Desfallece mi ánimo, ¡oh mujeres!, cuando tropiezo con las alegres miradas de mis hijos. No podré... Pero valgan los proyectos anteriores; de la tierra arrancaré a mis hijos... ¿Qué necesidad tengo de afligir a su padre con estos males, de sufrirlos yo duplicados? No seré yo... Constancia en mis propósitos... Pero ¿qué sufro? ¿Serviré yo de risa, quedando impunes mis enemigos? ¡Audacia! ¡Cuánta es mi flaqueza, cuánta