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La Misteriosa Muerte Por Combustión Humana: Alcohol, Acetona o Fósforo Blanco?, Ejercicios de Construcción

Este artículo investiga la causa de las muertes por combustión humana, examinando la hipótesis del alcohol, la acetona y el fósforo blanco como posibles causas. El autor explora la química y las evidencias científicas para llegar a una conclusión.

Tipo: Ejercicios

2021/2022

Subido el 10/10/2022

canela
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20 aCércate Año 3 Número 5
T
om Mannion presintió que aquella
noche sería la peor de su vida.
Mientras daba vueltas en la cama,
el silencio de la noche le oprimía el pecho,
como presagio de lo que estaba por presen-
ciar. Lo primero fue un leve aroma dulce,
que lentamente fue haciéndose perceptible,
hasta llegar a ser insoportable. Se levantó
para buscar la fuente de aquel hedor, espe-
rando que se tratara de un animal en estado
de descomposición. Hurgó debajo de la
cama, en los cajones y en el armario. Salió
a la sala y miró debajo de los sillones y de
la mesa de centro. Para entonces, el olor
era francamente intenso y le pareció que
venía de la cocina. Al entrar vio la ventana
entreabierta y pensó que había sido un
tonto al no suponer que el olor venía de
fuera. Cerrar la ventana y volver a la cama
sería lo usual, pero la curiosidad lo llevó
a buscar la fuente del aroma macabro. Notó
que el olor venía del este. Atravesó el jardín
y llegó a la pequeña barda de madera que
separaba su terreno de la casa del vecino,
Michael Faherty.
Al llegar a la casa el hedor era tan inten-
so que casi se desmaya. Como pudo, regresó
a su casa y llamó al cuerpo de bomberos.
Sentado en el porche veía entrar y salir a
policías desconcertados. Decidido a encarar
su miedo, se dirigió a la puerta forzada por
los bomberos. Con el corazón latiéndole a
mil, caminó directamente a la recámara de
Michael. Sobre un sillón y con la cabeza
cerca de la chimenea, encontró los restos
calcinados de su viejo amigo. Los brazos y
piernas estaban casi intactos y en el piso
había un charco de líquido viscoso. El
cuerpo parecía quemado de dentro hacia
fuera. El resto de la recámara estaba intacto,
a excepción de unas ligeras manchas de
humo en el techo.
Nadie tenía una explicación contunden-
te, mucho menos Tom. La investigación de
la policía tampoco logró determinar la causa
del fuego. No se encontraron rastros de al
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gún combustible, ni señales de que alguien
más hubiera entrado o salido de la casa de
Faherty. Por las condiciones del cuerpo,
tampoco se logró determinar la causa de su
muerte. Más tarde, en las noticias locales,
el médico forense Ciaran McLoughlin dijo:
«Este incendio fue rigurosamente investi-
gado y he llegado a la conclusión de que
cabe dentro de la categoría de combustión
humana espontánea. Para la cual no hay
una explicación convincente».
El relato anterior es una dramatización
inspirada en un hecho real. En los últimos
300 años se han reportado alrededor de 200
casos, todos en condiciones muy similares
a las presentes en el incidente de Michael
Faherty, el último reportado de este extra-
ño fenómeno. Notas sobre la combustión
humana espontánea (
che
) aparecen
frecuentemente en revistas y periódicos
amarillistas. La
che
se ha convertido en un
recurso fantástico y morboso dentro de novelas
policiacas o de misterio, y eso ha contribui-
do a la construcción y permanencia del mito
sobre personas que arden espontáneamente.
Incluso, de vez en cuando aparecen notas
sobre estos casos en portales serios como
Las explicaciones metafísicas utilizadas por charlatanes y amantes
de lo paranormal, contribuyen a la creación y permanencia de mitos
que aún están presentes en las sociedades del sigloxxi. Pero si hacemos
un análisis científico, podemos encontrar y ofrecer explicaciones
convincentes que nos saquen del miedo y la ignorancia.
Antonio Calderón Colín
LAS CENIZAS DE UNA
MENTIRA
PERSISTENTE
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T

om Mannion presintió que aquella noche sería la peor de su vida. Mientras daba vueltas en la cama, el silencio de la noche le oprimía el pecho, como presagio de lo que estaba por presen- ciar. Lo primero fue un leve aroma dulce, que lentamente fue haciéndose perceptible, hasta llegar a ser insoportable. Se levantó para buscar la fuente de aquel hedor, espe- rando que se tratara de un animal en estado de descomposición. Hurgó debajo de la cama, en los cajones y en el armario. Salió a la sala y miró debajo de los sillones y de la mesa de centro. Para entonces, el olor era francamente intenso y le pareció que venía de la cocina. Al entrar vio la ventana entreabierta y pensó que había sido un tonto al no suponer que el olor venía de fuera. Cerrar la ventana y volver a la cama sería lo usual, pero la curiosidad lo llevó a buscar la fuente del aroma macabro. Notó que el olor venía del este. Atravesó el jardín y llegó a la pequeña barda de madera que separaba su terreno de la casa del vecino, Michael Faherty. Al llegar a la casa el hedor era tan inten- so que casi se desmaya. Como pudo, regresó a su casa y llamó al cuerpo de bomberos. Sentado en el porche veía entrar y salir a policías desconcertados. Decidido a encarar su miedo, se dirigió a la puerta forzada por los bomberos. Con el corazón latiéndole a mil, caminó directamente a la recámara de Michael. Sobre un sillón y con la cabeza cerca de la chimenea, encontró los restos calcinados de su viejo amigo. Los brazos y piernas estaban casi intactos y en el piso había un charco de líquido viscoso. El cuerpo parecía quemado de dentro hacia fuera. El resto de la recámara estaba intacto, a excepción de unas ligeras manchas de humo en el techo. Nadie tenía una explicación contunden- te, mucho menos Tom. La investigación de la policía tampoco logró determinar la causa del fuego. No se encontraron rastros de al- gún combustible, ni señales de que alguien más hubiera entrado o salido de la casa de Faherty. Por las condiciones del cuerpo, tampoco se logró determinar la causa de su muerte. Más tarde, en las noticias locales, el médico forense Ciaran McLoughlin dijo: «Este incendio fue rigurosamente investi- gado y he llegado a la conclusión de que cabe dentro de la categoría de combustión humana espontánea. Para la cual no hay una explicación convincente». El relato anterior es una dramatización inspirada en un hecho real. En los últimos 300 años se han reportado alrededor de 200 casos, todos en condiciones muy similares a las presentes en el incidente de Michael Faherty, el último reportado de este extra- ño fenómeno. Notas sobre la combustión humana espontánea (che) aparecen frecuentemente en revistas y periódicos amarillistas. La che se ha convertido en un recurso fantástico y morboso dentro de novelas policiacas o de misterio, y eso ha contribui- do a la construcción y permanencia del mito sobre personas que arden espontáneamente. Incluso, de vez en cuando aparecen notas sobre estos casos en portales serios como

Las explicaciones metafísicas utilizadas por charlatanes y amantes

de lo paranormal, contribuyen a la creación y permanencia de mitos

que aún están presentes en las sociedades del sigloxxi. Pero si hacemos

un análisis científico, podemos encontrar y ofrecer explicaciones

convincentes que nos saquen del miedo y la ignorancia.

Antonio Calderón Colín

LAS CENIZAS DE UNA

MENTIRA

PERSISTENTE

cálculo para alguien que pesa 70 kg. En condiciones de cetosis grave, esta perso- na tendría 0.0015 g totales de acetona en la sangre. Si al quemar un gramo de acetona se produce un calor equivalente a 7.3 kcal, entonces, 0.0015 g producirían 0.011 kcal. De esta hipotética persona, aproximadamente 42 kg son de agua. Para elevar en un grado centígrado la tempera- tura de un kilogramo de agua se necesita 1 kcal. Entonces, al transferir un calor de 0.011 kcal a 42 kg de agua, su tem- peratura se eleva en… ¡Sólo 0.00026 °C! Conclusión, si la acetona en la sangre de una persona gravemente intoxicada hiciera combustión, el calor producido no alcanzaría ni para causarle fiebre. Con estos sencillos cálculos, podemos deducir que ni la acetona ni el alcohol son responsables de la che. Por otro lado, existen combustibles que, como la gasolina, son más inflamables que la acetona o el alcohol, pero de existir en el cuerpo humano, sus concentraciones serían aún mucho menores. Independiente de la cantidad de energía que se produzca al quemar un combustible como la gasoli- na, es poco probable su combustión espon- tánea. El pi de la gasolina es de -42.8 °C, y sin embargo no hace combustión de ma- nera espontánea, es decir sin una fuente de ignición, si no está a una temperatura míni- ma de 246 °C en condiciones atmosféricas normales (363 °C para el etanol y 535 °C para la acetona). A esta temperatura se le llama punto de autoignición y su valor siempre es muy superior al del pi. En los experimentos para determinar el pi, siem- pre debe haber una fuente de ignición, la cual provee el calor para que una pequeña fracción de vapor sobre el líquido alcance el punto de autoignición. El calor produ- cido por la combustión de esta pequeña porción de combustible, proporciona la energía necesaria para arder. La mayoría de los materiales que conocemos tienen puntos de autoignición por encima de la temperatura ambiente, de lo contrario, harían combustión de manera espontánea. Un tercer sospechoso: el fósforo blanco Un material con un punto de auto ignición extremadamente bajo (30 °C) es el fósfo- ro blanco, una forma alotrópica — con estructura química y propiedades físicas características — del fósforo elemental. Si se pone en contacto un fragmento de este material con el aire, a una temperatura igual o superior a la antes mencionada, se produce una combustión espontánea, violenta y de alta temperatura sin necesidad de una fuente de ignición. En este sentido, se ha propuesto al fósforo blanco como una posible causa para la che. Este material se ha utilizado como arma química. Las quemaduras producidas por su combustión son penetrantes y do- lorosas, afectan órganos internos y llegan hasta los huesos. En el 2000, el químico y comunicador John Emsley publicó un libro titulado The 13th^ Element: The Sordid Tale of Murder, Fire and Phosphorus (El 13° elemen- to: una sórdida historia de asesinato, fuego y fósforo). El último capítulo está dedicado a explorar la posibilidad de que el fósforo blanco sea la causa de la che. Al final, el au- tor se limita a decir que es posible, aunque muy poco probable. La causa de tan baja probabilidad se debe a que, aunque el fós- foro está presente en los huesos y el material genético, éste no se encuentra en su forma elemental, sino en su forma oxidada. En el resto de la naturaleza el fósforo se encuentra de la misma forma. El fósforo elemental en el ambiente reacciona con el oxígeno a tal velocidad, que no es posible su acumu- lación en esa forma. Una pista en el bosque Betty Harlan fue vista con vida por última vez el sábado nueve de febrero de 1991 a las 8:30 horas, cuando se dirigía a su casa en Medford, Oregon en eua. Al día siguiente, dos caminantes encontraron su cuerpo, humeando entre las hojas, en una región boscosa. Inmediatamente, alertaron a las autoridades, que no tardaron en llegar junto con el personal forense. La rolliza mujer yacía de bruces con los brazos extendidos. Sobre la parte central del cuerpo ardía un fuego de baja intensidad que había consumido el tejido blando. Aunque la mayor parte de la estructura ósea conservaba su integridad, la pelvis y la columna vertebral habían sido reducidas a cenizas; en los brazos y piernas el daño al hueso era menor. Pocas horas más tarde el asesino fue detenido. Confesó que había apuñalado repetidamente a la mujer en el pecho y la espalda, ocasionando su muerte. Vertió líquido para encender carbón en la ropa de su víctima y le prendió fuego para destruir la evidencia que lo pudiera incriminar. Aún con el caso resuelto, el fuego en- cendido llamó la atención de los forenses, ya que según los datos revelados por el asesino, el fuego había iniciado 13 horas antes de que se encontrara el cuerpo y la cantidad de combustible empleado era insuficiente para provocar un daño de esa magnitud. Las autoridades locales decidieron llamar a un experto en investigaciones relacionadas con fuego y restos de incendios del Instituto Cri- minalístico de California, John D. DeHaan. Al analizar los restos de Betty, el investiga- dor DeHaan notó de inmediato la semejanza que presentaban con los encontrados en los casos de supuestas muertes por che. Aunque el cuerpo no estaba tan deteriorado y aún conservaba parte de la ropa. DeHaan recordó que en 1963, en Leeds, Inglaterra, los investigadores habían intentado recrear los hechos para esclarecer una supuesta muerte por che. Tomaron una pequeña porción de grasa humana y la envolvieron en tela para simular la ropa, le aplicaron fuego con un mechero, pero por el alto contenido de agua, el mechero tuvo que mantenerse por

un minuto para encender la grasa. El fuego continuó lentamente con una llama amarilla y humeante. Después de una hora la grasa había sido consumida, pero el hueso había sufrido muy poco daño. A este fenómeno se le llamó efecto mecha, porque la grasa, al fundirse, fue adsorbida por la tela, por lo que ardió lenta y constantemente, como la cera en el pabilo de una vela. Este efecto fue descartado como la causa de los daños en la che, ya que en estos casos, los huesos se encuentran pulverizados en mayor grado en comparación con los de un cuerpo cremado en hornos — a tempe- raturas cercanas a los 900 °C por más de tres horas—, los cuales terminan siendo molidos antes de meterlos en la urna. DeHaan no podía dejar de pensar que los restos encontrados en el bosque parecían estar a medio camino entre el experimento de Leeds y los casos de supuesta che que había observado. Tampoco en que si el asesino no estuviera detenido y confeso, la muerte de Betty se catalogaría como un caso más de che. Pensó en que la cantidad de oxígeno en el ambiente, la ropa impregnada por un acele- rador de fuego y un cuerpo con alto contenido en grasa, habían hecho posible que el efecto mecha degradara de esa manera el cuerpo de Betty. De ser el caso, quizá pudiera encontrar una explicación razonable para la mayoría de los casos reportados de che. John DeHaan decidió repetir el experimento del efecto mecha con su equipo. Consideró que en vez de utilizar un trozo de grasa humana, era mejor utilizar una carcasa de cerdo con el peso aproximado de una persona (la piel y la proporción de grasa en el cerdo son muy parecidas a las del humano). Para simular las condiciones típicas de los casos de che, introdu- jeron la carcasa en un cuarto pequeño y con una sola puerta. Tras envolver a la carcasa en una sábana de algodón y ponerla en una plata- forma sobre una alfombra sintética, vertieron un litro de gasolina y le prendieron fuego. En los primeros cinco minutos las llamas eran altas por la combustión de la gasolina y en ese tiempo se carbonizó la sábana de algo- dón (de la misma forma en que se carboniza el pabilo en el extremo de una vela). La piel de cerdo presentó quemaduras de tercer grado, aunque de poca profundidad. Al consumirse toda la gasolina, la alfombra sintética comenzó a quemarse de manera irregular, lo que duró una hora. Durante este tiempo la piel de cerdo se partió, exponiendo la grasa subcutánea, la cual inmediatamente se fundió y alimentó el fuego de la sábana y de la alfombra quemadas, que sirvieron de mecha para su combustión. Las llamas fueron pequeñas y permanecie- ron por cinco horas antes de que el equipo decidiera apagarlas. Al final, la mayor parte de tejido blando en la parte central de la carcasa se había consumido, y los huesos eran frágiles y fácilmente pulverizables. Entre las conclusiones del experimento, destaca lo siguiente: 1) para cuerpos de tama- ño razonable no se produce calor suficiente como para afectar considerablemente a los alrededores; 2) si la combustión se prolonga por varias horas, el daño puede llegar a frag- mentar y pulverizar los huesos; 3) las partes del cuerpo sin la cantidad suficiente de grasa corporal, como brazos y piernas, no sostienen la combustión continua y 4) este proceso de combustión requiere varios factores: combus- tible, ignición externa y tiempo. Todos estos elementos están presentes en los casos de che. En ningún caso se requiere de fuerzas extraterrestres, sobrenaturales o de fenómenos inexplicables. «El daño es exac- tamente el mismo que el de los casos de la supuesta combustión humana espontánea», concluyó DeHaan. Cuarto sospechoso: la grasa corporal En el cuerpo hay un combustible: la gra- sa corporal. Aunque no arde de manera espontánea, sí es capaz de hacerlo en deter- minadas condiciones. Pero ¿la combustión de la grasa corporal produce la cantidad de energía suficiente como para evaporar toda el agua de la que estamos hechos y quemar a otros componentes de nuestro cuerpo? Volvamos al ejemplo de la persona adulta de 70 kg. El contenido de grasa de nuestro cuerpo es variable, depende de la edad, el sexo y de la forma física en la que se encuentre la persona. Tomemos un contenido de grasa del 20%, que es un valor promedio para hombres y ligeramente bajo para mujeres. Nuestro adulto de 70 kg tendría en su cuerpo 14 kg de grasa. Si hacemos un análisis similar al que se hizo para la acetona, al quemar un gramo de grasa humana se liberan 8.13 kcal, valor ligeramente superior al de la acetona. Al quemar los 14 kg de grasa se liberarían 113,820 kcal. ¿Para qué alcanza esta can- tidad de energía? Para calentar y evaporar 1 kg de agua a 36.5 °C — la temperatura corporal — se necesitan 603.64 kcal. Los 42 kg de nuestro hipotético personaje re- querirían de 25,353.88 kcal. Entonces, el calor producido por la combustión de la grasa en el cuerpo de una persona alcanza para… ¡calentar y evaporar el agua de su cuerpo y el de tres y media personas más! Después del agua y la grasa, las pro- teínas son el componente más abundante del cuerpo, las cuales pueden quemarse a una temperatura suficientemente alta; y al hacerlo, producen más calor. Con esto podemos ver que la combustión de la grasa corporal sí puede producir el calor suficiente para quemar un cuerpo humano. Sin embargo, sabemos que esto no sucede espontáneamente. La razón, una vez más, es el punto de ignición. Para que inicie la combustión, la temperatura debe alcanzar los 300 °C y encontrarse presente una fuen- te de ignición. Además, debe estar expuesta