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Asignatura: Sociologia de las migraciones, Profesor: Joaquín Arango, Carrera: Sociología, Universidad: UCM
Tipo: Apuntes
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n nuestros días, las migraciones transfronterizas se han situado en el centro de la atención pública de numerosas sociedades, constituyendo un asunto de alta prioridad para gobiernos y organismos internacionales. Las noticias e informaciones relativas a las migraciones gozan de una presencia constante en los medios de comunicación. Las políticas públicas que intentan, generalmente con fortuna limitada, gestionar los flujos migratorios y sus con- secuencias e implicaciones nunca han sido tan abundantes. Aunque las migra- ciones actuales no sean las mayores de la historia —las de hace un siglo fueron superiores en volumen, en términos relativos— en ningún tiempo pasado han alcanzado significación y relevancia comparables. El extraordinario interés que despiertan tiene un claro correlato en el ámbito académico y científico en general. Una plétora interminable de in- vestigaciones arroja una luz constantemente renovada sobre múltiples facetas del fenómeno. El número de publicaciones a ellas dedicada, en prácticamente todas las disciplinas de las ciencias sociales, desborda la capacidad de se- guimiento de los estudiosos. No es de extrañar que el conocimiento de las migraciones internacionales haya progresado considerablemente. De este progreso ha participado también el pensamiento o la reflexión teórica, pero sólo en una medida limitada. Ha aumentado el número de teorías a disposición de los investigadores, pero es dudoso que el arsenal teórico existente esté a la altura de las exigencias de una realidad tan multifacética como dinámica.
Joaquín Arango
Las páginas que siguen pasan revista a las principales teorías sobre las migraciones y tratan de analizarlas críticamente. En la primera de esas dos vertientes, la descriptiva, este artículo es parcialmente tributario de un esfuerzo colectivo llevado a cabo hace algunos años (Massey, Arango, Hugo, Kouaouci, Pellegrino y Taylor, 1993, 1994, 1998), aunque la síntesis aquí presentada es exclusiva responsabilidad del autor. Dicha revisión comienza con la explicación neoclásica de las migraciones. En las décadas de los años sesenta y setenta su hegemonía, aunque no indiscutida, fue indiscutible. A partir de entonces experimentaría dificultades crecientes para dar cuenta de una realidad rápidamente cambiante. En el último cuarto del siglo XX, el escenario del pensamiento teórico sobre las migraciones se ha enriquecido con un puñado de teorías que tratan de explicar la nueva fisonomía de las migraciones internacionales, y de responder a la cada vez mayor trascendencia social y política que reviste el fenómeno migratorio. Algunas de ellas son nuevas, otras son versiones renovadas o aplicaciones de teorías preexistentes y otras más no pasan de la categoría de marcos conceptuales. El grueso del artículo trata de añadir una evaluación crítica al aludido esfuerzo colectivo. Así, la exposición sintética de las principales teorías vigentes en nuestros días va acompañada de un análisis crítico de las mismas. Tras ello, llama la atención sobre áreas y facetas merecedoras de una mayor atención teórica, para concluir con la exposición de algunas razones que pueden ayudar a comprender las carencias y deficiencias que limitan el valor y la utilidad del arsenal teórico existente acerca de las migraciones.
I, cualquier revisión del repertorio de explicaciones teóricas disponibles acerca de las migraciones debe comenzar por la neoclásica. Y ello por dos razones: porque sin duda es la más influyente de las producidas hasta la fecha, la que más adeptos tiene, además de ser la más antigua de las existentes. De hecho, puede decirse que es la primera teoría merecedora de tal nombre. Ello no implica restar un ápice de importancia a algunos precursores de sig- nificación auténticamente histórica, tales como Las Leyes de las Migraciones (1885–1889) de Ernest–George Ravenstein o el seminal e Polish Peasant in
salarios bajos, a países donde la mano de obra es escasa y los salarios elevados, contribuyendo así a la redistribución de los factores de producción y, a largo plazo, a la equiparación de los salarios entre los distintos países, corrigiendo las desigualdades originales. Cabe decir, en conclusión, que para el pensamiento neoclásico, la raíz de las migraciones ha de buscarse en las disparidades entre los niveles salariales de los distintos países, que a su vez reflejan diferencias en niveles de ingresos y de bienestar. Las migraciones traerán consigo la eliminación de las diferencias salariales y ello, a su vez, implicará el fin de aquéllas. La explicación de las razones por las cuales los individuos responden a las diferencias estructurales entre países o regiones, emprendiendo la migra- ción (Todaro, 1969, 1976) constituyen, por su parte, el núcleo de la versión micro de la teoría neoclásica. Las migraciones son el resultado de decisiones individuales, tomadas por actores racionales que buscan aumentar su bienestar al trasladarse a lugares donde, la recompensa por su trabajo, es mayor que la que obtienen en su país, en una medida suficientemente alta como para compensar los costes tangibles e intangibles que se derivan del desplazamiento. Se trata, por lo tanto, de un acto individual, espontáneo y voluntario, basado en la com- paración entre la situación actual del actor y la ganancia neta esperada que se deriva del desplazamiento, resultado de un cálculo coste–beneficio. Se infiere de ello que los migrantes, una vez estudiadas todas las alternativas disponibles, tenderán a dirigirse a aquellos lugares donde esperen obtener un rendimiento neto mayor. En la medida en que supone incurrir en ciertos costes con el fin de obtener mayores rendimientos del propio trabajo, la migración constituye una forma de inversión en capital humano (Sjaastad, 1962). No es de extrañar que esta explicación fuera la dominante en los años se- sentas y los primeros de los setentas del siglo pasado. Las teorías acostumbran a reflejar tanto los estilos de pensamiento dominantes en su tiempo como las características y contornos que reviste en su momento la realidad o el fe- nómeno que se pretende explicar. En el caso de la explicación neoclásica de las migraciones, ésta constituía la traslación más fidedigna de los modelos de equilibrio dominantes en ese periodo —el predicado neoclásico en economía pero también sus correlatos, el paradigma funcionalista en sociología y la teoría de la modernización— y, por otro lado, casaba bien con las características de las migraciones en ese tiempo. En efecto, en el curso del tercer cuarto del siglo XX, un crecimiento económico generalmente rápido y sostenido, la
internacionalización cada vez mayor de la actividad económica, aunado a la descolonización y los procesos de desarrollo económicos emergentes en el Tercer Mundo, trajeron consigo una intensificación de las migraciones, tanto internas como internacionales. Las ideas sobre las migraciones de aquella época tendieron a reflejar no sólo la atmósfera general del momento, sino también las características que presentaban las corrientes migratorias. No es sorprendente que las principales contribuciones, que entonces se hicieron a la teorización sobre las migraciones, provinieran de la economía. La primacía ge- neral de las motivaciones económicas en la migración era algo que había sido reconocido decenios antes por Ravenstein, quien escribió: [...] las leyes malas u opresivas, los impuestos elevados, un clima poco atractivo, un entorno social desagradable e incluso la coacción (comercio de esclavos, deportación) han producido y siguen produciendo corrientes migratorias, pero ninguna de estas corrientes se puede comparar en volumen con las que surgen del deseo inherente de la mayoría de los hombres de prosperar en el aspecto material (Ravenstein, 1885–1889: 286). Tal primacía fue especialmente destacada en el tercer cuarto del siglo XX, una vez concluido el intenso periodo de reasentamiento masivo de las poblaciones desplazadas durante la Segunda Guerra Mundial y la adecuación a las nuevas fronteras trazadas tras ésta. Referente al tercer cuarto del siglo XX, hay otro influyente modelo que merece mención: el famoso esquema teórico del «Desarrollo económico con oferta ilimitada de trabajo», propuesto por el economista jamaicano, galardonado más tarde con el premio Nobel de Economía, W. Arthur Lewis (Lewis, 1954). De él dijo el recientemente fallecido Charles Kindleberger que era el modelo que mejor explicaba las grandes migraciones intraeuropeas de ese periodo, basadas en la fórmula guestworker (Kindleberger, 1968). En realidad, Lewis concibió su modelo para la explicación del desarrollo en el contexto de «economías duales» y, en él, la migración desempeña un papel fundamental. Las economías duales son economías en desarrollo, por lo general en contextos poscoloniales, en las que un sector moderno, conectado con el mundo exterior, coexiste con un sector tradicional que depende de la agricultura de subsistencia para sobrevivir. Cuando el sector moderno se expande, atrae mano de obra del
internacional. Las migraciones internacionales contribuían a perpetuar y reforzar las desigualdades entre países, sobre todo a través de la «fuga de cerebros». Sin embargo, el relativo declive de la explicación neoclásica de las migraciones, en el transcurso del último cuarto del siglo XX, no se debió a su puesta en tela de juicio por la teoría de la dependencia, sino más bien a la creciente inadecuación de algunos de sus postulados con el conjunto de cambios profundos en la naturaleza y en las características de las migraciones internacionales, operados desde mediados de la década de los setentas. Estos cambios han incrementado grandemente la heterogeneidad y complejidad del fenómeno y han dado lugar a una realidad migratoria que no casa muy bien con el mundo neoclásico.
L pérdida de preeminencia de la explicación neoclásica de las migraciones no deriva, principalmente, de sus insuficiencias como teoría sino, más bien, de sus dificultades para dar cuenta de una realidad cambiante. El primer hecho que contradice la explicación neoclásica es el número relativamente reducido de los migrantes internacionales, habida cuenta de las enormes diferencias de ingresos, salarios y niveles de bienestar que existen entre los distintos países. Éste es, a todas luces, el talón de Aquiles de la teoría neoclásica, pues si las corrientes migratorias entre países ricos y pobres se atuvieran a las prescripciones de la teoría, el número de migrantes transfronterizos debería ser mucho más elevado que el que se registra en la realidad. Ocurre, sin embargo, que las disparidades económicas son, sin duda, condición necesaria para la mayor parte de los flujos migratorios, pero en ningún modo condición suficiente para que éstos se produzcan. En realidad, hoy en día las disparidades salariales, por sí mismas, no explican gran cosa. El segundo problema de la teoría, relacionado con el anterior, es su incapacidad para explicar la migración diferencial. La teoría no consigue explicar por qué algunos países tienen tasas de emigración altas y otros, estructuralmente similares, no las tienen. Lo mismo podría decirse, mutatis mutandis , de las muy diversas tasas de inmigración en los países receptores.
De ello se puede inferir que el corolario, deducción razonable de la teoría neoclásica —que el volumen de migración entre regiones de origen y regiones receptoras ha de guardar una cierta proporción con la magnitud de los dese- quilibrios económicos que los separan—, tampoco se sostiene. Las deficiencias de la explicación neoclásica de las migraciones, hasta ahora enunciadas, pueden achacarse, al menos en parte, a su carácter unidi- mensional, más concretamente a la exclusión de la dimensión política en una época en la que su importancia ha ido en aumento. Al ser, en esencia, una teoría de la movilidad de los factores de producción de acuerdo con los precios relativos, la teoría neoclásica se muestra cada vez más incapaz de adaptarse a un mundo erizado de barreras que dificultan, seriamente, el movimiento de la mano de obra. Ciertamente, el sistema internacional contemporáneo —en el que la libre circulación de trabajadores es la excepción y su restricción la norma— corresponde mal con la imagen de un entorno idealizado en el que las personas se mueven libre y espontáneamente, guiados por la búsqueda de sus intereses y la maximización de su utilidad. La generalización de las políticas restrictivas para el ingreso de inmigrantes reducen la movilidad y disuaden a los migrantes potenciales en una proporción imposible de determinar, pero seguramente muy alta. En teoría, este factor —al menos en los casos en los que exista la posibilidad de superar las restricciones de entrada— podría incluirse en el cálculo de costes y beneficios que hace el migrante potencial, considerándolo como un coste adicional a la vez como una agravación de la incertidumbre de la inversión que la migración entraña. En la práctica, sin embargo, su influencia es tan poderosa que priva a la teoría de buena parte de su utilidad. De hecho, casi todo puede traducirse a costes y beneficios. A casi cualquier factor se le puede asignar un valor en términos monetarios, pero el precio de ese esfuerzo puede resultar, en la práctica, intranscendencia, rayana en la tautología, de concluir que las personas emigran para mejorar su suerte. En la práctica, la superación de los obstáculos, que entorpecen la migración, supone muchas veces un coste tan grande que disuade de intentarlo a la mayoría de los que podrían ser candidatos a emigrar, si tan sólo estuvieran en juego consideraciones económicas. En los casos en los que las barreras a la movilidad resultan insuperables tiene poco sentido explicar la decisión de no migrar en base al cálculo neoclásico, atribuyéndola a una consideración de costes económicos. En suma, cuando de explicar la movilidad o la inmovilidad se trata,
graciones ha sido criticada debido a los siguientes motivos: restar importancia a factores distintos de los económicos, en especial a los de naturaleza cultural, nece- sariamente influyentes en una decisión tan existencial como es la de emigrar; por reducir mecánicamente los factores determinantes de las migraciones; por tratar indiscriminadamente a todos los migrantes y todas las sociedades implicadas en la migración, como si fueran homogéneos; por adoptar una perspectiva estática; por identificar migrantes con trabajadores y hacer caso omiso de cualquier migración que no sea de mano de obra. La teoría ha sido puesta en tela de juicio incluso por algunos de sus pri- meros defensores. Desde temprana fecha se introdujeron en ella una serie de enmiendas y mejoras. Seguramente la más relevante fue la adición al cálculo de la ventaja salarial esperada, propuesta por Michael Todaro, de un coeficiente que da cuenta de la probabilidad de encontrar empleo o, incluso, de padecer de desempleo, en el punto de destino (Todaro, 1969). Sin embargo, las mejoras introducidas para hacer frente a las objeciones recibidas no han bastado para resolver los problemas que la teoría encuentra para explicar una realidad rápi- damente cambiante, de manera específica en la esfera internacional.
E el último cuarto del XX, grosso modo , las migraciones internacionales han ex- perimentado cambios tan profundos que hacen permisible hablar de una nueva era en la historia de la movilidad humana. De manera progresiva ha ido tomando forma un nuevo mapa mundial de flujos y conexiones, marcadamente distinto del que prevalecía con anterioridad. La composición de los flujos migratorios es incomparablemente más heterogénea, tanto en lo que respecta a las procedencias de los migrantes como a sus características personales. Asia, África y América latina han reemplazado a Europa como principales regiones de origen. La nómina de sociedades receptoras de inmigración ha crecido sobre manera y, muchas de las nuevas, presentan rasgos diametralmente opuestos a los que caracterizaban a los principales países receptores en la era anterior. La demanda de trabajo foráneo, en la mayor parte de las sociedades receptoras, ha cambiado tanto en volumen como en la naturaleza de los puestos de trabajo que aguardan a los inmigrantes. Se ha modificado significativamente el modo de valorar la inmigración. Frente a
la libertad de circulación, que prevalecía en el pasado, han proliferado las políticas restrictivas de ingreso y la permanencia de los inmigrantes. En muchos países, las migraciones laborales —para el asentamiento indefinido— han dejado de ser predominantes, siendo sustituidas por nuevas formas de migración, basadas en títulos habilitantes o corrientes irregulares y tráficos clandestinos. La integración en las sociedades receptoras se ha hecho menos lineal. Por último, cobra cre- ciente relevancia y extensión la transnacionalidad de espacios y comunidades. Hay indicios suficientes para sostener la proposición de que las migraciones internacionales han entrado en una nueva era. Y, como las teorías tienden a seguir a los hechos, es razonable pensar que los cambios aludidos constituyen también el preludio de una nueva era en las formas de pensar acerca de las migraciones. El impacto de tales alteraciones sobre el pensamiento teórico se ve magnificado por el hecho de que, en nuestros días, éste parece especialmente influido por las migraciones transfronterizas, mientras que en no pocos momentos del pasado respondía, sobre todo, a la realidad de las migraciones internas. Para intentar dar cuenta de una realidad crecientemente compleja, han visto la luz un cierto número de enfoques conceptuales y teóricos nuevos, algunos construidos ex novo , otros importados y adaptados de diversas áreas del comportamiento humano. De hecho, en la mayoría de los casos, más que de nuevas teorías de la movilidad humana, se trata de versiones modificadas de líneas de pensamiento anteriores o de adaptaciones de marcos teóricos ela- borados con otros objetivos. Más que un nuevo paradigma, estas aportaciones constituyen un rico y variado mosaico (Massey et al. , 1998). Las páginas que siguen pasan revista a sus aportaciones y también a sus limitantes.
U de las nuevas teorías, probablemente la más específica de todas, emana de la propia tradición neoclásica. Se trata de la «New economics of labor migration» o «Nueva economía de las migraciones laborales». Asociada prin- cipalmente al nombre de Oded Stark (Stark, 1991), puede verse como una crítica interna de algunos detalles de la versión micro de la teoría neoclásica o como una variante de ésta, que la perfecciona y enriquece con una serie de
de las migraciones laborales» no es tanto su posible falta de autonomía teórica como su limitada aplicabilidad. Los escenarios y contextos migratorios que describe, caracterizados por flujos sostenidos durante varios decenios entre zonas rurales en el país de origen y destinos en un país desarrollado, resultan altamente idiosincráticos. De hecho, la mayor parte de los hallazgos de la «nueva economía de las migraciones laborales» derivan de la experiencia de un número reducido de pueblos rurales de México, cuyos naturales emigran desde hace tiempo a los Estados Unidos y a otros destinos del país, no obstante aducir, ocasionalmente, ejemplos relativos a otras regiones del mundo. Su aplicabilidad a contextos migratorios menos estables o consolidados —especialmente los que entrañan grados considerables de desorganización social o circunstancias en las que la propia vida está en riesgo— es, en el mejor de los casos, incierta. Tampoco resulta aplicable al desplazamiento de unidades familiares completas, como ocurría en el modelo de Mincer. Por último, la «nueva economía de las migraciones laborales» sólo se interesa por las causas y consecuencias de la emigración en las regiones de origen.
L contrario de esto último ocurre con otra teoría que contribuye a un mejor entendimiento de las realidades contemporáneas, «La teoría de los mercados de trabajo duales» de Michael Piore (1979), en la medida en la que sólo presta atención a la otra vertiente de las migraciones, la receptora, y sitúa su explicación en el nivel macro de los factores estructurales determinantes. Según esta teoría, las migraciones internacionales obedecen a una demanda permanente de mano de obra en las sociedades industriales avanzadas, que tiene su origen en ciertas características intrínsecas de éstas y que, a su vez, produce una segmentación en sus mercados de trabajo. Por una serie de razones, las economías muy desarrolladas necesitan trabajadores extranjeros para ocupar los trabajos que soslayan los trabajadores autóctonos y que ya no realizan las mujeres ni los adolescentes, si es que alguna vez lo hicieron. Piore cita cuatro factores para explicar esta demanda estructural, que se satisface a través del reclutamiento de trabajadores foráneos.
Puede decirse que, tanto el punto de partida de la teoría de los mercados de trabajo duales —el hecho de que en las economías avanzadas exista una demanda permanente de mano de obra extranjera— como la razón básica de esta demanda —que los trabajadores autóctonos de las sociedades avanzadas rechacen los trabajos mal pagados, inestables, no cualificados, peligrosos, degradantes y de bajo prestigio— constituyen observaciones empíricas bien conocidas. De hecho, el mérito de la teoría no reside tanto en ello como en explicar, de una manera compleja y técnicamente sofisticada, por qué ocurren tales cosas. Más precisamente, aunque con una estructura diferente, la teoría explica: a) por qué en las economías avanzadas hay trabajos inestables y de baja productividad; b) por qué los trabajadores autóctonos rechazan ese tipo de tra- bajos; c) por qué la reticencia de los trabajadores autóctonos a ocupar puestos de trabajo poco atractivos no puede solucionarse a través de mecanismos de mercado ordinarios, tales como aumentar los salarios correspondientes a esos trabajos; d) por qué los trabajadores extranjeros, procedentes de países con ba- jos ingresos, están dispuestos a aceptar ese tipo de trabajos; y e) por qué esta demanda estructural de mano de obra ya no puede cubrirse como se hacía antes con mujeres y adolescentes. Pues bien, de acuerdo con Piore y sus seguidores, en las economías industriales avanzadas existen trabajos inestables y de baja calidad a causa de la división de la economía en un sector primario, intensivo en capital, y un sector secundario, intensivo en trabajo y de baja productividad, lo que da lugar a un mercado laboral segmentado. Los trabajadores autóctonos rechazan esos trabajos porque confieren una posición social baja y escaso prestigio, ofrecen pocas posibilidades de movilidad social y no resultan motivadores. La reticencia de los trabajadores autóctonos a ocupar trabajos poco atractivos no puede solucionarse a través de mecanismos de mercado, tales como aumentar los correspondientes salarios, porque elevarlos en el extremo inferior de la escala laboral exigiría incrementarlos proporcionalmente en los siguientes escalones, de modo que se respetase la jerarquía salarial, y ello generaría inflación estructural. Los trabajadores extranjeros procedentes de países de bajos ingresos, especialmente los temporales y los que aspiran a poder regresar algún día, están dispuestos a aceptar esos trabajos porque los bajos salarios en el país receptor suelen resultar altos si se los compara con los habituales en sus países de origen y porque el prestigio que cuenta para ellos es el que tienen o
del siglo XX, en los decenios precedentes a la formulación de la teoría. Y todavía sigue siéndolo, especialmente en el Golfo Pérsico y en algunos países de la región Asia–Pacífico. Pero, en las economías industriales avanzadas, la mayoría de los inmigrantes lo hacen por iniciativa propia o inducidos por actores independientes de las empresas de destino y no necesariamente para ocupar puestos de trabajo preexistentes. En muchos casos, los inmigrantes constituyen una oferta de mano de obra que genera su propia demanda o, en otras palabras, desempeñan empleos que no hubieran existido en su ausencia. La teoría no explica las considerables diferencias existentes en las tasas de inmigración entre países receptores, ya que distintas economías in- dustriales avanzadas, con estructuras económicas similares, presentan tasas de inmigración que pueden variar grandemente.
L llamada «Teoría del sistema mundial», o «World–system theory», comparte con la asociada al nombre de Piore la idea de que las economías altamente desarrolladas necesitan, insoslayablemente, de mano de obra foránea para ocupar puestos de trabajo mal pagados en determinados sectores productivos. Desde luego, se sitúa en el mismo plano de los grandes procesos macrosociales. Sin embargo, su explicación de las migraciones internacionales no reside tanto en esta demanda de trabajo, sino más bien en los desequilibrios generados por la penetración del capitalismo en países menos desarrollados. Una serie de autores, entre ellos Alejandro Portes y Saskia Sassen, ha ofrecido explicaciones histórico– estructurales de las migraciones internacionales (Portes y Walton, 1981; Sassen, 1988). Conceptualmente, la piedra angular de la teoría del sistema mundial es la noción de un «moderno sistema mundial», acuñada a mediados de los años setenta del siglo XX por el historiador y sociólogo Immanuel Wallerstein y que habla de un sistema mundial de predominio europeo que empezó a formarse en el siglo XVI y que está compuesto por tres esferas concéntricas: centro, periferia y semi–periferia (Wallerstein, 1974). La teoría del sistema mundial se inscribe en la tradición histórico–estructural que subyacía a la teoría de la dependencia en los años sesenta. Aunque difiere de esta última en muchos
aspectos, comparte con ella la visión de las migraciones como un producto más de la dominación ejercida por los países del centro sobre las regiones periféricas, en un contexto de estructura de clases y conflicto. Al igual que ocurre en el mundo neoclásico, las migraciones emanan de las desigualdades estructurales —en este caso, de un orden internacional fuertemente desigual—, pero para esta teoría, a diferencia de los modelos de equilibrio, las migraciones refuerzan las desigualdades en lugar de contribuir a reducirlas. El núcleo central de la explicación de las migraciones transfronterizas ha de buscarse, fundamentalmente, en la extensión del modo de producción capitalista de los países del centro a los de la periferia, con la consiguiente incorporación de nuevas regiones a una economía mundial cada vez más unificada. Si antaño esta penetración se vio facilitada por el colonialismo, en la actualidad se ve favorecida por regímenes neocoloniales y empresas multinacionales. La inversión extranjera directa desempeña en ella un papel fundamental. Para contrarrestar la disminución de la tasa de beneficios a me- dida que aumentan los salarios y acumular beneficios adicionales, los países del centro intervienen en los de la periferia en busca de materias primas y de mano de obra barata (Massey et al ., 1998). Esta penetración entraña el reemplazo de prácticas tradicionales por prácticas capitalistas y de procesos de producción tradicionales por procesos modernos, especialmente en la agricultura y las manufacturas. En los países de la periferia, la comercialización de los pro- ductos agrícolas conduce, generalmente, a cambios en la propiedad de la tierra, a la sustitución de productos destinados a la propia subsistencia por cul- tivos para el mercado, al uso intensivo de inputs modernos para producir altos rendimientos y a la mecanización de las tareas, con la consiguiente reducción de la demanda de trabajo (United Nations, 1998: 144). Todo ello genera un conjunto de trastornos y dislocaciones, entre los que destaca el desplazamiento de trabajadores que pierden sus modos de vida tradicionales. Ello da lugar al desarrollo de un gran excedente de mano de obra que los sectores no–agrícolas de la economía, todavía poco desarrollados, no pueden absorber y, consiguientemente, a la emigración a las ciudades y el crecimiento hiperestesiado en ellas de un sector terciario tradicional, caracterizado por una productividad extremadamente baja. Se genera así un proletariado desarraigado, proclive a marcharse al extranjero que es, a su vez, succionado hacia los países del centro a través de los canales abiertos por la propia
P cosas hay tan características en el estudio de las migraciones contempo- ráneas como la atención central que se presta a las redes migratorias. Como es bien sabido, se trata de un concepto que tiene una larga tradición tras de sí, tradición que se remonta nada menos que a omas y Znaniecki. Si algo novedoso hay en él es el papel central que desempeña en la investigación y explicación contemporáneas de las migraciones. El concepto es tan conocido que no precisa de mucha exposición. Las redes migratorias pueden definirse como conjuntos de relaciones interpersonales que vinculan a los inmigrantes, a emigrantes retornados o a candidatos a la emigración con parientes, amigos o compatriotas, ya sea en el país de origen o en el de destino. Las redes transmiten información, proporcionan ayuda económica o alojamiento y prestan apoyo a los migrantes de distintas formas. De estas múltiples formas facilitan la migración al reducir sus costos y la incertidumbre que frecuentemente la acompaña (Massey et al ., 1998: 42–43). Las redes también pueden inducir a la emigración a través del efecto demostración. Las redes migratorias pueden ser vistas como una forma de capital social, en la medida en que se trata de relaciones sociales que permiten el acceso a otros bienes de importancia económica, tales como el empleo o mejores salarios. Este punto de vista fue sugerido, por primera vez, por Douglas Massey (Massey et al ., 1987), recurriendo a la teoría del capital social, aso- ciada con nombres tan destacados como James Coleman y Pierre Bourdieu. Asimismo, en este amplio marco pueden tener cabida, como se ha señalado, otras instituciones que actúan de intermediarias —desde redes de contrabando a organizaciones de carácter filantrópico o humanitario— que, con distintos propósitos y objetivos, ayudan a los migrantes a superar las dificultades de entrada. Sin embargo, la inclusión de estas instituciones en la noción de ca- pital social, que se nutre de lazos interpersonales, no parece tan clara como en el caso de las redes. Es difícil exagerar la importancia que las redes sociales tienen en los procesos migratorios. Sin duda constituyen uno de los factores explicativos más importantes de los mismos. Muchos migrantes se deciden a emigrar porque otros relacionados con ellos lo han hecho con anterioridad. Por ello las redes tienen un efecto
multiplicador, implícito en la venerable noción de «migración en cadena». Pero, además, el papel fundamental que por lo general han desempeñado las redes en las corrientes migratorias se ve reforzado en nuestros días, en un mundo en el que la circulación está fuertemente restringida. Y ello por dos motivos: por un lado, porque en muchos países la reunificación familiar nutre, en medidas muy importantes, los flujos migratorios; por otro, porque la importancia de las redes sociales es tanto mayor cuanto mayores sean las dificultades para acceder a los países receptores, por su virtualidad de reducir los costes y riesgos de la migración, incluido el que representa la incertidumbre. Además, las redes son el principal mecanismo que hace de la migración un fenómeno que se perpetúa a sí mismo. De hecho, su naturaleza es acumulativa, con tendencia a crecer y a hacerse más densa, al constituir cada desplazamiento un recurso para los que se quedan atrás y facilitar desplazamientos ulteriores, que a su vez amplían las redes y la probabilidad de expandirse en el futuro. El desarrollo de las redes sociales puede explicar que la inmigración continúe, con independencia de las causas que llevaron al desplazamiento inicial, por lo que son, con frecuencia, los mejores predictores de flujos futuros. Por ello, las redes migratorias pueden contribuir a la explicación de la migración diferencial. Sin embargo, la experiencia muestra que la dinámica de constante expansión no puede continuar eternamente. En algún momento se tiene que llegar a un punto de saturación, tras el cual co- mienza la desaceleración. La dinámica del crecimiento y estancamiento de las re- des migratorias constituye un área que requiere más investigación. Por último, las redes constituyen un nivel relacional, intermedio entre el plano micro de la adopción de decisiones individuales y el plano macro de los determinantes estructurales (Faist, 1997), contribuyendo así a colmar un vacío en el que reside una de las principales limitantes de las teorías sobre las migraciones. No obstante, y a pesar de todo ello, la teorización sobre las redes migratorias aún no ha ido todo lo lejos que cabe exigir de tan capital concepto.
D la seminal contribución de Akin Mabogunje, en su estudio sobre migraciones rural–urbanas en África, el análisis de sistemas se ha propuesto