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Utilidad y pérdida en la Economía: Concepto y Importancia, Apuntes de Historia Económica

Este documento analiza el concepto de utilidad y pérdida en la economía, explicando su importancia para los empresarios y cómo se generan a través de los desajustes en el mercado. Se desmenten equivocaciones comunes sobre el tema y se discute su relación con la actividad empresarial.

Tipo: Apuntes

2016/2017

Subido el 09/05/2017

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wamiqsyed 🇪🇸

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OPINIÓN
Utilidad y Pérdida*
Ludwig von Mises**
I. La Naturaleza Económica de la Utilidad y la Pérdida.
1. De dónde surgen la Utilidad y Pérdida.
En la organización económica de la sociedad capitalista,
los empresarios determinan el curso de la producción. En la
ejecución de esta función están total e incondicionalmente su-
jetos a la soberanía del público comprador, es decir, los consu-
midores. Si los empresarios fallan en producir de la mejor ma-
nera y en la forma más barata posible aquellos bienes que los
consumidores demandan con mayor urgencia, sufren pérdidas
y, finalmente, son eliminados como empresarios. Les reempla-
zan hombres que saben mejor cómo servir a los consumidores.
Si todas las personas anticiparan correctamente el estado
futuro del mercado, los empresarios no tendrían utilidades ni
sufrirían pérdidas. Tendrían que comprar factores complemen-
tarios de producción a precios que, en el momento de la compra,
reflejarían los precios futuros de los productos. No quedaría lu-
gar ni para el lucro ni para la pérdida. Lo que hace surgir la
* Documento preparado para la reunión de la Sociedad Mont Pelerin
efectuada en Beauvallon, Francia, del 9 al 16 de septiembre de 1951.
Disponible en Inglés en el mismo año como un folleto de Libertarían
Press— actualmente agotado.
** Ludwig Von Mises (1881-1973) es uno de los más destacadas auto-
res de la escuela liberal austríaca. Fue profesor de la Universidad de
Viena, el Instituto de Estudios Internacional de Ginebra y luego del
Gradúate School of Business Administration de New York University.
Entre sus libros más importantes cabe señalar Teoría del dinero y él
crédito, El socialismo, La Acción Humana, Liberalismo, Burocracia y
Teoría e Historia.
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¡Descarga Utilidad y pérdida en la Economía: Concepto y Importancia y más Apuntes en PDF de Historia Económica solo en Docsity!

OPINIÓN

Utilidad y Pérdida*

**Ludwig von Mises****

I. La Naturaleza Económica de la Utilidad y la Pérdida.

  1. De dónde surgen la Utilidad y Pérdida.

En la organización económica de la sociedad capitalista, los empresarios determinan el curso de la producción. En la ejecución de esta función están total e incondicionalmente su- jetos a la soberanía del público comprador, es decir, los consu- midores. Si los empresarios fallan en producir de la mejor ma- nera y en la forma más barata posible aquellos bienes que los consumidores demandan con mayor urgencia, sufren pérdidas y, finalmente, son eliminados como empresarios. Les reempla- zan hombres que saben mejor cómo servir a los consumidores. Si todas las personas anticiparan correctamente el estado futuro del mercado, los empresarios no tendrían utilidades ni sufrirían pérdidas. Tendrían que comprar factores complemen- tarios de producción a precios que, en el momento de la compra, reflejarían los precios futuros de los productos. No quedaría lu- gar ni para el lucro ni para la pérdida. Lo que hace surgir la

  • Documento preparado para la reunión de la Sociedad Mont Pelerin efectuada en Beauvallon, Francia, del 9 al 16 de septiembre de 1951. Disponible en Inglés en el mismo año como un folleto de Libertarían Press— actualmente agotado. ** Ludwig Von Mises (1881-1973) es uno de los más destacadas auto- res de la escuela liberal austríaca. Fue profesor de la Universidad de Viena, el Instituto de Estudios Internacional de Ginebra y luego del Gradúate School of Business Administration de New York University. Entre sus libros más importantes cabe señalar Teoría del dinero y él crédito, El socialismo, La Acción Humana, Liberalismo, Burocracia y Teoría e Historia.

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utilidad o el lucro es el hecho de que el empresario que juzga los precios futuros de los productos mejor que otras personas, compra alguno o todos los factores de producción a precios que, desde el punto de vista del estado futuro del mercado, son muy bajos. Así, el costo total de producción —incluyendo el interés sobre el capital invertido— es inferior al precio que el empresa- rio recibe por el producto. Esta diferencia es la utilidad o el lucro empresarial. Por otro lado, el empresario que juzga mal los precios futu- ros de los productos también lo hace con respecto a los precios de los factores de producción, los cuales, desde el punto de vista del estado futuro del mercado, son demasiado altos. Su costo total de producción es mayor que el precio al cual puede vender el producto. Esta diferencia es la pérdida empresarial. De esta manera, la pérdida y la utilidad son generados por el fracaso o el éxito en ajustar el curso de las actividades pro- ductivas a la demanda más urgente de los consumidores. Cada vez que se logra este ajuste, utilidad y pérdida desaparecen. Los precios de los factores complementarios de producción alcanzan un nivel en el cual los costos totales de producción coinciden con el precio del producto. Las utilidades y pérdidas son ele- mentos que están siempre presentes debido al hecho de que con- tinuos cambios en las estadísticas económicas hacen aparecer nuevas discrepancias, y en consecuencia se hacen necesarios nuevos ajustes.

  1. Diferencia entre Utilidades y otras Ganancias.

Muchos errores concernientes a la naturaleza de la pérdida y utilidad provienen de la aplicación del término "utilidad" a la totalidad de las ganancias residuales de un empresario. El interés sobre el capital empleado no forma parte de la utilidad. Los dividendos de una corporación tampoco son uti- lidad. Son el interés sobre el capital invertido más la utilidad o menos la pérdida. El equivalente de mercado del trabajo efectuado por el em- presario en el manejo de la empresa es un cuasisalario empre- sarial, pero no utilidad. Si la empresa posee un factor por el cual puede cobrar un precio monopólico, obtiene una ganancia monopólica. Si la em- presa es una corporación, tales ganancias aumentan los divi- dendos. Sin embargo, en sentido estricto, no son utilidades. Aún más serios son los errores causados por la confusión entre actividad empresarial y mejoras e innovaciones tecnoló- gicas. Los desajustes, cuya eliminación es la función esencial de la actividad empresarial, consisten muchas veces en el hecho de que no se utilicen nuevos métodos tecnológicos en toda su mag-

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tiene ningún método de cálculo económico, puede o no llevar a cabo esta función. Hay una regla muy simple para distinguir entre los que son empresarios y los que no lo son. Los empresarios son aque- llos sobre los cuales recae la incidencia de pérdidas del capital usado. Economistas principiantes pueden confundir la utilidad con otros beneficios. Pero es imposible errar en reconocer pér- didas sobre el capital empleado.

  1. Conducción sin fines de lucro.

Lo que se ha llamado democracia de mercado se manifiesta en el hecho de que las empresas que buscan el lucro están su- jetas, incondicionalmente, a la soberanía del público comprador. Las organizaciones sin fines de lucro no necesitan rendir cuentas ante nadie, e incluso están en una posición en la cual pueden desafiar los deseos del público, dentro de los límites da- dos por el monto de capital que tienen disponible. Un caso especial es el del manejo de los asuntos de gobier- no, es decir, la administración del aparato social de coerción y opresión, por ejemplo, el poder policial. Los objetivos del go- bierno —protección de la inviolabilidad de la vida y salud de los individuos, y su empeño en mejorar las condiciones mate- riales de la existencia— son indispensables. Benefician a todos y son el prerrequisito necesario para la cooperación social y la civilización. Sin embargo, no pueden ser vendidos ni comprados como mercaderías; por lo tanto no tienen precio en el mercado. Con respecto a ellos no puede haber ningún cálculo económico. Los costos incurridos no pueden confrontarse a un precio reci- bido por el producto. Este estado de cosas haría que las autori- dades encargadas de la administración de actividades guber- namentales, de no estar sujetas al sistema presupuestario, ac- tuaran irresponsablemente. Bajo este sistema los administradores están obligados a cumplir detalladas instrucciones dadas por la autoridad, sea éste un autócrata autodesignado, o representan- tes de la sociedad. Los limitados fondos son asignados a los administradores para que ellos los destinen sólo a lo que la autoridad les ha ordenado. Así, el manejo de la administración pública se vuelve burocrático, esto es, dependiente de un con- junto detallado de reglas y regulaciones. El manejo burocrático es la única alternativa en la cual no hay ni utilidad ni pérdida en la administración *.

  • L. V. Mises: Human Action, Yale University Press, 1949, págs. 305- 307; y Bureaucracy, Yale University Press, 1944, págs. 40-73.

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  1. La Votación del Mercado.

Los consumidores, por su acto de comprar o por su abs- tención de hacerlo, eligen a los empresarios como en un plebis- cito que se repite diariamente. Ellos determinan quién debe tener y quién no, y cuánto debe tener cada dueño. Como cada vez que se trata de elegir a una persona —elegir para cargos públicos, empleados, amigos o cónyuge— la deci- sión del consumidor se basa en su experiencia, lo cual siempre se refiere al pasado. No existe experiencia del futuro. El voto de mercado promueve a aquellos que en el pasado inmediato han servido mejor a los consumidores. Sin embargo, la elección puede ser alterada, y corregida diariamente. El elegido que de- silusiona al electorado es rápidamente bajado de su rango. El voto de cada consumidor agrega muy poco al campo de acción del elegido. Para alcanzar niveles superiores de actividad empresarial, se necesita obtener una gran cantidad de votos repetidamente a través de un largo período de tiempo, es decir, una larga serie de aciertos. El empresario debe enfrentar un nuevo juicio todos los días. Se somete, por así decirlo, a nuevas reelecciones permanentemente. Lo mismo ocurre con sus herederos. Pueden retener su bue- na posición sólo siendo confirmados por el público en repetidas ocasiones. Su puesto es revocable. Si lo mantienen, no es por mérito de su predecesor, sino de su propia habilidad para em- plear el capital en la satisfacción de los consumidores. Los empresarios no son buenos ni perfectos en un sentido metafísico. Deben su posición al hecho de que están mejor pre- parados que otros, para llevar a cabo las funciones del caso. Obtienen utilidades, no porque sean inteligentes en efectuar su tarea, sino porque son más inteligentes o menos ineptos que otros. No son infalibles y muchas veces son desatinados. Pero son menos propensos a cometer errores y desatinos que otras personas. Nadie tiene derecho a ofender al empresario por un error cometido en su trabajo, ni a decir que los consumidores estarían mejor servidos si el empresario fuese más diestro y previsor. Si el crítico supo más, y mejor, ¿por qué no dio el paso él mismo aprovechando de ganar esas utilidades?. Es fácil pre- ver los hechos después de ocurridos. Después de la guerra to- dos son generales. Una secuencia de razonamiento muy popular es ésta: El empresario obtiene utilidades no sólo debido a que otros tu- vieron menos éxito que él en anticipar correctamente el futuro estado del mercado porque el propio empresario contribuyó a la generación de sus utilidades, restringiendo intencionalmente la producción. En caso contrario, si no la hubiera restringido, habría habido tal oferta del bien que su precio habría caído hasta el punto en que no habría quedado excedente alguno por

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quita entonces, la máscara y muestra sus aspiraciones dictato- riales. A su juicio, la producción no debería regirse por los deseos de la sociedad sino que por su propia discreción. Pero si la producción de q involucra pérdidas, obviamente ello se debe a una falla no intencional del empresario causada por un mal pronóstico. En una sociedad de mercado, que no esté saboteada por la interferencia del gobierno u otras entidades capaces de usar la fuerza, la entrada a las filas de los empresarios está abierta para todos. Aquellos que saben sacar ventaja de cualquier oportuni- dad de negocio que aparezca, siempre encontrarán el capital re- querido. El mercado está siempre lleno de capitalistas ansiosos de encontrar la oportunidad de emplear sus fondos en proyec- tos prometedores y de asociarse a hombres ingeniosos con los cuales se podrán realizar los proyectos más remunerativos. La gente muchas veces no se da cuenta de esta caracterís- tica del capitalismo porque no capta el significado y el efecto de la escasez del capital. La tarea del empresario es seleccionar de los muchos proyectos técnicamente factibles aquellos que sa- tisfarán las más urgentes necesidades no satisfechas del público. Aquellos proyectos para los cuales el capital no es suficiente, no se deben llevar a cabo. El mercado siempre está lleno de vi- sionarios que quieren realizar tales esquemas impracticables. Son estos soñadores los que alegan sobre la ceguera de los capitalis- tas que ni siquiera pueden preocuparse de sus propios intereses. Por supuesto, los inversionistas yerran frecuentemente en la elección de sus inversiones. Pero estas fallas consisten, precisa- mente, en el hecho de que prefieren proyectos que no satisfarían las necesidades más urgentes del público comprador. La gente a menudo yerra, lamentablemente, al estimar el trabajo de un genio creativo. Sólo una minoría tiene la capaci- dad de apreciar en su verdadero valor los logros de poetas, ar- tistas y pensadores. Puede suceder que la indiferencia de sus contemporáneos haga imposible al genio lograr lo que hubiera alcanzado si lo hubiesen juzgado mejor. No cabe duda de que es cuestionable cómo se selecciona al poeta laureado y al filóso- fo "á la mode". Pero el cuestionamiento de la elección del empresario a tra- vés del libre mercado es inaceptable. La preferencia de los con- sumidores por ciertos bienes puede ser condenada desde el punto de vista de un filósofo. Pero los juicios de valor son siempre personales y subjetivos. El consumidor escoge qué lo satisface mejor, de acuerdo a lo que él piensa. Nadie está llamado a de- terminar lo que hace o no feliz a otro. La popularidad de los autos, televisores y medias nylon puede ser criticada desde un punto de vista "superior". Pero éstas son las cosas que la gente quiere. La gente otorga su voto a aquellos empresarios que ofre- cen estos artículos con la mejor calidad y al menor precio.

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Al escoger entre partidos políticos y programas para la or- ganización social y económica de un país, la mayoría de las per- sonas están desinformadas. Al votante común le falta visión para distinguir entre las políticas que son aptas para lograr las metas que él tiene y las que no lo son. Está en desventaja para examinar y analizar el razonamiento que constituye la filosofía de un programa social. A lo más se podrá formar una opinión sobre los efectos de corto plazo de las políticas. No tiene modo de considerar los efectos de largo plazo. En principio, los socia- listas y comunistas, a menudo, sostienen la infalibilidad de las decisiones mayoritarias. Sin embargo, contradicen sus propias palabras al criticar a las mayorías parlamentarias que rechazan su credo, y al negar a los individuos, bajo un sistema uniparti- dista, la oportunidad de elegir entre diferentes partidos. Pero al comprar un bien o abstenerse de hacerlo no hay nada más involucrado que el deseo del consumidor de satisfa- cer sus necesidades. El consumidor —a diferencia del votante político— no elige entre medidas cuyos efectos se notarán en el largo plazo. El consumidor escoge entre cosas que le darán sa- tisfacción inmediata. Su decisión es final. Un empresario obtiene utilidades sirviendo al consumidor, a la gente, tal como es y no como debería serlo, según el parecer de algún crítico o dictador potencial.

  1. La Función Social de la Utilidad y la Pérdida.

Las utilidades nunca son normales. Aparecen sólo cuando hay desajustes, divergencias entre la producción actual y la producción que debiera efectuarse de manera de utilizar todos los recursos materiales e intelectuales disponibles para la mejor satisfacción posible de los deseos del público. Las utilidades son el premio a aquellos que eliminan los desajustes, las que desa- parecen cuando el desajuste es eliminado totalmente. En la cons- trucción imaginaria de una economía que funciona sin altibajos no hay utilidades. Ahí, la suma de los precios de factores com- plementarios de producción, tomando en cuenta la preferencia en el tiempo, coincide con el precio del producto. Mientras mayor sea el desajuste existente, mayores serán las utilidades ganadas al removerlo. Algunas veces estos desa- justes pueden ser excesivos. Pero no es apropiado aplicar el epíte- to "excesivo" a las utilidades. Los individuos llegan a la idea de utilidades excesivas al confrontar las utilidades obtenidas con el capital usado en la empresa, y midiendo las utilidades como un porcentaje del ca- pital. Este método es sugerido por el procedimiento aplicado en sociedades y corporaciones para asignar las cuotas del total de utilidades que corresponden a cada socio accionista. Estos hom- bres han contribuido en grados distintos a la realización del

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Esta es la creencia que lleva a ciertos gobiernos a controlar los precios. Esta misma creencia también ha llevado a muchos go- biernos a efectuar arreglos con sus contratistas, según los cua- les el precio a pagar por un bien entregado es igual al costo de producción del vendedor, aumentado en un porcentaje definido. El efecto es que el proveedor obtiene un superávit mayor, mien- tras menos éxito tiene en evitar costos superfluos. Contratos de este tipo elevaron considerablemente las sumas que los Estados Unidos tuvo que gastar en las dos guerras mundiales. Pero los burócratas, primero que nadie los profesores de economía que sirvieron en las diferentes agencias de guerra, se jactaban de su ingenioso manejo de estos asuntos. Todas las personas, tanto los empresarios como los que no lo son, miran con desdén cualquier utilidad obtenida por otros individuos. La envidia es una debilidad común de los hombres. La gente es renuente a reconocer el hecho de que ellos mismos pudieron haber obtenido utilidades si hubieran mostrado la mis- ma visión y juicio que el exitoso hombre de negocios. Su resen- timiento es tanto más violento, cuanto más se dan cuenta, sub- conscientemente, de ese hecho. No habría utilidades si no existiera el ansia del público por adquirir la mercadería ofrecida para la venta por el empresario exitoso. Pero los mismos que se esfuerzan por adquirir estos ar- tículos, vilipendian al hombre de negocios y dicen que sus uti- lidades fueron mal obtenidas. La expresión semántica de esta envidia es la diferencia en- tre "ingresos ganados" y "no ganados". Estas expresiones pe- netran los textos, el lenguaje de las leyes y los procedimientos administrativos. Así, por ejemplo, el formulario 201 de impuesto al ingreso del Estado de Nueva York llama "ingresos ganados" sólo a la compensación recibida por los empleados y, por consi- guiente, todo otro ingreso, aún aquel resultante del ejercicio de una profesión, es ingreso no ganado. Tal es la terminología de un Estado cuyo gobernador es un republicano y cuya asamblea estatal tiene una mayoría republicana. La opinión pública perdona las utilidades sólo en cuanto éstas no excedan el salario pagado a un empleado. Todo exce- dente es rechazado como injusto. El objetivo de los impuestos es, bajo el principio de capacidad de pago, confiscar este supe- rávit. Ahora bien, una de las principales funciones de la utilidad es traspasar el control del capital a aquellos que saben emplear- lo de la mejor forma posible para la satisfacción del público. Mientras más utilidades obtenga una persona, mayor se hace su riqueza, y más influyente se torna en el manejo de los negocios. Las utilidades y las pérdidas son los instrumentos a través de los cuales los consumidores transfieren la dirección de las actividades productivas a manos de aquellos que son más

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aptos para servirlos. Cualquier cosa que se haga para restringir o confiscar utilidades, altera esta función. El resultado de tales medidas es disminuir el control que tienen los consumidores sobre el curso de la producción. La máquina económica se torna, desde el punto de vista de las personas, menos eficiente y menos ágil. Los celos del hombre común hacen que vea las utilidades del empresario como si las usara exclusivamente para consumir. Parte de ellas es, por supuesto, consumida. Pero sólo aquellos empresarios que consumen una pequeña fracción de las utili- dades y reinvierten todo el resto en su empresa, logran riqueza e influencia en el ámbito de los negocios. Lo que hace que peque- ños negocios se desarrollen y crezcan no es el gasto sino el ahorro y la acumulación de capital.

  1. Utilidades y Pérdidas en Economías en Progreso y en Economías en Retroceso.

Llamamos economía estacionaria a aquella en la cual el ingreso per cápita y la riqueza de los individuos permanece cons- tante. En tal economía lo que los consumidores gastan en com- prar más de algunos bienes debe ser igual al menor gasto en otros artículos. El monto total de las utilidades ganadas por unos empresarios debe ser igual al monto total perdido por los otros. Un excedente de la suma de todas las utilidades ganadas en toda la economía por sobre la suma de todas las pérdidas sufridas se produce sólo en una economía en progreso, esto es, en una economía en la cual la cuota de capital per cápita au- menta. Este incremento es un efecto del ahorro que agrega nuevos bienes de capital a la cantidad previamente disponible. Este aumento en el capital disponible crea desajustes en cuanto trae discrepancias entre el actual estado de la producción y aquel estado que hace posible el capital adicional. Gracias a la generación de capital adicional, ciertos proyectos, que hasta aquí no se podían efectuar, ahora son posibles. Al dirigir el nuevo capital a aquellos canales en los cuales se satisfacen los deseos más urgentes de las personas que antes no fueron satisfechos, los empresarios obtienen utilidades que no son contrarrestadas por las pérdidas de otros empresarios. El enriquecimiento que genera el capital adicional va sólo en parte a aquellos que lo crearon ahorrando. El resto va —al aumentar la productividad marginal del trabajo y así los sala- rios— a los asalariados; y —al aumentar los precios de deter- minadas materias primas y alimentos— va a los dueños de la tierra; y, finalmente, va a los empresarios que integran este nuevo capital a los procesos productivos más económicos. Pero

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como un fenómeno social. El fenómeno síquico de las utilidades y pérdidas, de las cuales ellas se derivan en último término, permanecen, por cierto, como magnitudes de intensidad no conmensurables. El hecho de que en el marco de la economía de mercado las utilidades y pérdidas empresariales se determinen por ope- raciones aritméticas ha confundido a muchos. No se ve que los elementos esenciales que entran en este cálculo son las estima- ciones, emanadas de la comprensión específica por parte del empresario, respecto del estado futuro del mercado. Se piensa que estos cálculos serían susceptibles de revisión y verificación o alteración por parte de un experto desinteresado. Se ignora el hecho de que tales cómputos son, normalmente, inherentes a la anticipación especulativa que hace el empresario de incier- tas condiciones futuras. Para el proposito de este ensayo es suficiente referirse a uno de los problemas de la contabilidad de costos. Uno de los ítem de una lista de costos es el establecer una diferencia en- tre el precio pagado por la adquisición de lo que comúnmente se llama equipo durable de producción, y su valor presente. Este valor presente es el equivalente monetario de la contribu- ción que hará este equipo a las futuras ganancias. No hay cer- teza respecto del futuro estado del mercado ni respecto del nivel de estas ganancias. Es posible determinarlo solamente por una anticipación especulativa por parte del empresario. Es absurdo llamar a un experto y sustituir su juicio arbitrario por el del empresario. El experto es objetivo en tanto no sea afecta- do por algún error que hubiere cometido. Pero el empresario expone su propio bienestar material. Por supuesto, la ley determina las magnitudes que llama utilidades y pérdidas. Pero estas magnitudes no son idénticas al concepto económico de utilidad y pérdida y no deben confun- dirse con ellas. Si una ley de impuestos llama a una magnitud utilidad, ello, en efecto, sólo determina el nivel de los impuestos a pa- gar. Llama utilidad a esa magnitud porque quiere justificar su política impositiva a los ojos del público. Para el legislador sería más correcto omitir el término utilidad y simplemente hablar de la base para el cálculo de los impuestos a pagar. La tendencia de las leyes impositivas es computar lo que llaman utilidad lo más alto posible para así aumentar la re- caudación inmediata del público. Pero hay otras leyes diseña- das para restringir la magnitud que llaman utilidad. Los códigos comerciales de muchos países estaban y están guiados por el esfuerzo de proteger los derechos de los acreedores. Su meta era restringir lo que llamaban utilidades de manera de impedir al empresario sacar, en perjuicio de los acreedores, demasiado de la firma o corporación para su propio beneficio.

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Son estas tendencias las que operaron en la evolución de los usos comerciales convenientes al nivel normal de las cuotas de depreciación. Hoy en día no hay necesidad de insistir en el problema de la falsificación del cálculo económico bajo condiciones infla- cionarias. Todos comienzan a comprender el fenómeno de las utilidades ilusorias, resultado de las grandes inflaciones de nuestro tiempo. El no captar los efectos de la inflación sobre los métodos acostumbrados de computar las utilidades originó el concepto moderno de "usura". Un empresario es apodado usurero si su cuenta de utilidades y pérdidas, calculada en términos de una moneda sujeta a una inflación que avanza y rápidamente, muestra utilidades que a otro le parecen "excesivas". A me- nudo se ha dado en muchos países que el estado de utilidad y pérdida de tal usurero, cuando se le calculaba en términos de una moneda no depreciada o menos depreciada, no mostraba utilidades, sino que considerables pérdidas. Incluso si nos olvidamos, en beneficio del argumento, de cualquier referencia al fenómeno de mera inflación —utilida- des ilusorias inducidas— es obvio que el epíteto "usurero" es la expresión de un juicio de valor arbitrario. No hay otro nivel disponible para la distinción entre usura y utilidades justas que aquel provisto por el censor personal de la envidia y el resentimiento. Sin duda es extraño que una lógica eminente, la difunta L. Susan Stebbing, no haya visto el problema. La profesora Stebbing igualó el concepto de usura a conceptos que refieren a una distinción de tal naturaleza que no se puede definir una línea clara entre los extremos. La diferencia entre "utilidades excesivas o usureras" y "utilidades legítimas", declara, es clara, aunque no sea una distinción tajante*. Ahora bien, esta distinción es clara sólo con respecto a la legislación que define el término utilidad excesiva según es usado en ese contexto. Pero esto no es lo que Stebbing tenía en mente. Ella explícita- mente enfatizó que tales definiciones legales eran hechas "en una forma arbitraria para los propósitos prácticos de la ad- ministración". Usó el término "legítimo" sin referencia alguna a estatutos legales y sus definiciones. Pero ¿está permitido usar el término "legítimo" sin referencia a ningún criterio desde el punto de vista del cual la cosa en cuestión deba ser considerada como legítima? y ¿hay algún otro criterio dispo- nible para diferenciar entre usura y utilidad legítima que aquél otorgado por los juicios de valor personales?

  • Cf. L. Susan Stebbing, Thinking to Some Purpose (Libros Pelican A. 44). págs. 185-187.

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II. La Condena de la Utilidad

  1. La economía y la abolición de las, utilidades

Aquellos que menosprecian las utilidades empresariales por considerarlas "no ganadas" quieren decir que es un lucro injustamente retenido de los trabajadores, de los consumido- res, o de ambos. Tal es la idea subyacente al discutido "dere- cho a todo el producto del trabajo", y a la doctrina de la ex- plotación de Marx. Se puede decir que muchos gobiernos, si no todos, y la inmensa mayoría de nuestros contemporáneos mantienen esta opinión a pesar de que algunos de ellos son lo suficientemente generosos como para consentir en que una fracción de las utilidades debería dejarse a los "explotadores". No vale la pena argumentar sobre lo adecuado de precep- tos éticos. Ellos se derivan de la intuición; son arbitrarios y subjetivos. No hay un criterio objetivo disponible con respecto al cual se pudieren juzgar. Los fines últimos son elegidos según los juicios de valor individuales. No se pueden determinar por medio de investigaciones científicas o razonamientos lógicos. Si un hombre dice: "Esto es lo que yo busco, no importando las consecuencias de mi conducta y el precio que tenga que pagar por ello", nadie está en una posición como para dar un argumento en su contra. Pero la cuestión es si realmente es cierto que este hombre está dispuesto a pagar cualquier precio por el logro del fin deseado. Si a esta pregunta se responde negativamente, se hace posible entrar a examinar el problema involucrado. Si realmente hubiese gente que estuviera preparada para enfrentar todas las consecuencias de la abolición de las utili- dades, por muy terribles que sean, no sería posible para la eco- nomía manejar el problema. Pero esto no es así. Aquellos que quieren abolir las utilidades creen que esta confiscación mejo- raría el bienestar material de todos los no-empresarios. A sus ojos, la abolición de las utilidades no es un fin último, sino un medio para lograr un fin determinado, que es el enriqueci- miento, de los no-empresarios. Que este fin pueda ser verdade- ramente alcanzado por el uso de ese medio, y que el empleo de ese medio, quizás traiga otros efectos que pueden parecer menos deseables que las condiciones vigentes antes del uso de ese medio, son preguntas que la economía está llamada a exa- minar.

  1. Consecuencias de la abolición de las utilidades

La idea de abolir las utilidades para bien del consumidor implica que el empresario debe ser forzado a vender los pro- ductos a precios que no excedan los costos de producción. Co-

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mo tales precios están bajo el precio potencial de mercado para los artículos cuya venta hubiera dejado utilidades, la oferta disponible no es suficiente como para que todos los que quieran comprar a estos precios lo hagan. El mercado queda paralizado por el decreto de precio máximo. No puede asignar los productos entre los consumidores. Debe entonces adoptarse un sistema de racionamiento. La sugerencia de abolir las utilidades de un empresario para el beneficio de los empleados no apunta a la abolición de la utilidad. Apunta a quitarlas de las manos del empresario y pasarlas a las de los empleados. Bajo tal esquema, la incidencia de las pérdidas incurridas cae sobre el empresario, mientras que las utilidades van a los empleados. Es probable que el efecto de este arreglo consista en hacer aumentar las pérdidas y mermar las utilidades. En cual- quier caso, una mayor parte de las utilidades serán consumidas y una menor se ahorrará y reinvertirá en la empresa. No habrá capital disponible para establecer nuevas ramas de producción, ni para transferirlo de ramas que —de acuerdo con la demanda de los consumidores— deberían restringirse a las ramas que deberían expandirse. Porque se afectarán negativamente los intereses de los empleados de una empresa determinada o rama de producción, al restringir el capital utilizado en ella y trans- ferirlo a otra empresa o rama. Si tal esquema hubiese sido adop- tado medio siglo atrás, todas las innovaciones logradas en este tiempo habrían sido imposibles. Si, en beneficio del argumento, estuviésemos preparados para obviar cualquier referencia al problema de acumulación de capital, aún tendríamos que dar- nos cuenta de que dar las utilidades a los empleados debe re- sultar en rigideces en el estado productivo que una vez se al- canzó, y en impedimentos para cualquier ajuste, mejoramiento y progreso. De hecho, el esquema transferiría la propiedad del capital invertido a manos de los empleados. Sería equivalente a establecer el sindicalismo, y generaría los mismos efectos del sindicalismo, sistema que ningún autor o reformista ha tenido el coraje de defender abiertamente. Una tercera solución al problema sería confiscar todas las utilidades obtenidas por el empresario en beneficio del Estado. Un impuesto de 100% sobre las utilidades lograría esto. Ello transformaría a los empresarios en administradores irresponsa- bles de todas las plantas y talleres. No estarían ya sujetos a la supremacía del público comprador. Serían personas que ten- drían el poder de manejar la producción a su antojo. Los gobiernos contemporáneos que no han adoptado de lleno el socialismo aplican los tres esquemas en conjunto. Con- fiscan, a través de varias medidas de control de precios, una parte de las utilidades potenciales con el argumento de que es

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que los consumidores están mejor abastecidos de lo que lo es- tarían en ausencia del esfuerzo empresarial. Las penurias de millones de personas en países retrasados no son causadas por la opulencia de nadie: son la consecuencia de que esos países no tienen empresarios ricos. El nivel de vida del hombre común es más alto en aquellos países que tienen el mayor número de empresarios ricos. Es por el interés material de todos que el control de los factores productivos debe estar concentrado en las manos de aquellos que saben usarlos de la forma más efi- ciente posible. El objetivo abiertamente declarado de las políticas de todos los gobiernos de hoy y de los partidos políticos es evitar el sur- gimento de nuevos millonarios. Si esta política se hubiese adop- tado hace 50 años en los Estados Unidos, el crecimiento de las industrias productoras de nuevos artículos se hubiera estanca- do. Vehículos motorizados, refrigeradores, radios y cientos de otras innovaciones que aunque menos espectaculares son aún más útiles, no se habrían convertido en el equipamiento habi- tual de la mayoría de las familias norteamericanas. El asalariado promedio piensa que no se necesita más que la simple rutina del trabajo que se le ha asignado para mante- ner andando el aparato social de producción y para mejorar y aumentar la producción. No se da cuenta de que el mero tra- bajo e incomodidad del que tiene una rutina no es suficiente. Diligencia y habilidad son usadas en vano si no están dirigidas hacia la meta más importante y si no está la ayuda del capital acumulado por los capitalistas. El trabajador norteamericano está muy equivocado al creer que su alto nivel de vida se debe a su propia excelencia. No es más industrioso ni más habilidoso que los trabajadores de Europa Occidental. Su ingreso superior se debe al hecho de que su país adhirió al "rudo individualismo" por mucho más tiempo que Europa. Fue suerte que los Estados Unidos adoptara una política anticapitalista 40 ó 50 años más tarde que Alemania. Sus sueldos son mayores que los de los trabajadores del resto del mundo porque el capital por traba- jador es mayor en Estados Unidos, y porque el empresario nor- teamericano no ha estado tan restringido por reglamentos como sus colegas en otras áreas. La prosperidad comparativa- mente mayor de los Estados Unidos es un resultado del hecho de que el "New Deal" no apareció en 1900 ó 1910 sino sólo en

Si uno quiere estudiar las razones para el atraso de Europa, sería necesario examinar las múltiples leyes y regulaciones que impidieron en Europa el establecimiento del equivalente de una droguería norteamericana, y que paralizó la evolución de cadenas de tiendas, las tiendas de departamentos, los super- mercados y las confecciones en serie. Sería importante investi- gar los esfuerzos del Reich alemán para proteger los ineficientes

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métodos del tradicional "Handwork" (artesanía) contra la com- petencia de los negocios capitalistas. Aún más revelador sería examinar el "Gewerbepolitik" austríaco, una política que desde comienzos de la década del 80 buscó preservar la estructura económica de la época anterior a la revolución industrial. La peor amenaza a la prosperidad, la civilización y el bienestar material de los asalariados es la incapacidad de los jefes de los sindicatos, de los "economistas de los sindicatos" y de los estratos menos inteligentes de los trabajadores mismos para apreciar el papel que cumplen los empresarios en la pro- ducción. Esta falta de visión ha encontrado una expresión clá- sica en los escritos de Lenin. Según Lenin, todo lo que la producción requiere, aparte del trabajo normal del trabajador y de los diseños del ingeniero, es un "control de la producción y distribución", tarea que es fácil lograr por medio de los "tra- bajadores armados". Porque, dice, esta contabilidad y control "han sido simplificados al máximo por el capitalismo, hasta volverse las extraordinariamente simples operaciones de mirar, archivar y otorgar recibos, al alcance de todos los que pueden leer, escribir y que conocen las cuatro primeras operaciones de la aritmética"*. No es necesario hacer comentarios.

  1. El argumento de la igualdad

A los ojos de los partidos que se consideran progresistas e izquierdistas, el principal vicio del capitalismo es la desigualdad de ingresos y de riqueza. El fin último de sus políticas es esta- blecer la igualdad. Los moderados quieren alcanzar esta meta paso a paso; los radicales planean lograrlo de una sola vez, por medio del derrocamiento revolucionario del modo de producción capitalista. Sin embargo, al hablar de igualdad y buscar vehemente- mente su realización, nadie defiende la reducción de su propio ingreso actual. El término igualdad, como es empleado en el lenguaje político contemporáneo, significa subir el nivel del in- greso de una persona, y no bajarlo jamás. Significa tener más, y no compartir el mayor ingreso con los que tienen menos. Si el trabajador automotriz norteamericano, ferrocarrilero o compositor dice "igualdad" piensa que debe expropiarse a los accionistas y a los que poseen bonos, para su propio beneficio. No piensa compartir sus ingresos con los trabajadores no califica- dos que ganan menos. Nunca se le ocurre pensar que la gente de América Latina, Asia y África puede interpretar el postula- do de igualdad como igualdad mundial y no como igualdad nacional.

  • Lenin, State and Revolution, 1917 (Editado por International Publishers. New York, págs. 83-84).