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modulo 3 perspectiva participativas, Apuntes de Psicología

Asignatura: Avaluacio i intervencio social, Profesor: , Carrera: Psicología, Universidad: UDIMA

Tipo: Apuntes

2016/2017

Subido el 18/10/2017

mariazapatazapata
mariazapatazapata 🇪🇸

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Perspectivas
participativas
de intervención
social
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Marisela Montenegro Martínez
Marcel Balasch Domínguez
Blanca Callen Moreu
Tiempo mínimo de dedicación recomendado: 8 horas
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¡Descarga modulo 3 perspectiva participativas y más Apuntes en PDF de Psicología solo en Docsity!

Perspectivas

participativas

de intervención

social

PID_

Marisela Montenegro Martínez

Marcel Balasch Domínguez

Blanca Callen Moreu

Tiempo mínimo de dedicación recomendado: 8 horas

Los textos e imágenes publicados en esta obra están sujetos –excepto que se indique lo contrario– a una licencia deReconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada (BY-NC-ND) v.3.0 España de Creative Commons. Podéis copiarlos, distribuirlos y transmitirlos públicamente siempre que citéis el autor y la fuente (FUOC. Fundación para la Universitat Oberta de Catalunya), no hagáis de ellos un uso comercial y ni obra derivada. La licencia completa se puede consultar en http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/es/legalcode.es

  • Introducción
  • Objetivos
    1. La lógica de las perspectivas participativas
    • 1.1. Definición del paradigma participativo
      • 1.1.1. Dimensión ontológica
      • 1.1.2. Dimensión epistemológica
      • 1.1.3. Dimensión metodológica
      • 1.1.4. Dimensión ética
      • 1.1.5. Dimensión política
    • 1.2. Principios fundamentales de las perspectivas participativas
      • 1.2.1. Problematización
      • 1.2.2. Reflexividad
      • 1.2.3. Empowerment
      • 1.2.4. Participación
        • de los principios fundamentales 1.2.5. La perspectiva participativa: el co-funcionamiento
    • 1.3. Redefiniciones conceptuales - convivencia 1.3.1. La vecindad como elemento articulador de la
      • 1.3.2. Inclusión perversa y subalterna
      • 1.3.3. Procesos participativos y perspectiva de género
    • participativas 2. Intervención y evaluación desde las perspectivas
    • 2.1. Pre-intervención: demanda y negociación
    • 2.2. Familiarización, mapeo y difusión del proyecto
      • 2.2.1. Familiarización
      • 2.2.2. Mapeo
      • 2.2.3. Divulgación del proyecto de intervención
    • 2.3. Constitución del equipo
      • 2.3.1. Grupo promotor
      • 2.3.2. Comisión de seguimiento
    • 2.4. Diagnóstico participativo
      • 2.4.1. ¿Qué se quiere saber? ¿Cómo conocerlo?
      • 2.4.2. Técnicas de recogida de información
      • 2.4.3. Análisis y discusión de resultados
      • 2.4.4. Puesta en común y devolución de los resultados
    • 2.5. Plan de acción
      • 2.5.1. Priorización y toma de decisiones
      • 2.5.2. Diseño del plan de acción
    • 2.6. Implementación del plan de actuación y evaluación
      • 2.6.1. Actuaciones de carácter participativo
      • 2.6.2. Evaluación participativa
    • 2.7. Análisis de tres experiencias de intervención participativa
      • 2.7.1. El carácter participativo de la intervención
        • interventor 2.7.2. Reflexividad y problematización del proceso
      • 2.7.3. Procesos de empowerment en la intervención
    • participativas 3. Metodologías, procesos y técnicas de las perspectivas
    • 3.1. Límites y dificultades de la participación
    • 3.2. Métodos y técnicas de dinamización participativa - reuniones 3.2.1. Estrategias de planificación y animación de
      • 3.2.2. Técnicas de dinamización de la participación
    • 3.3. Técnicas de información y comunicación
      • intervención social 3.4. Epílogo: el alcance de las perspectivas participativas para la
  • Bibliografía

Introducción

El ámbito de la intervención social constituye un espacio social y profesional que está fuertemente instituido. Sin embargo, como hemos visto, la matriz de la intervención social no está dada de una vez y para siempre. No está defini- tivamente cerrada ni totalmente definida. La intervención social se despliega como un campo de fuerzas disímiles y antagónicas en el que agentes, prácti- cas y discursos heterogéneos pugnan por establecer unos u otros significados y prácticas en torno a la intervención social. Este es un ámbito en constan- te debate en el que irrumpen prácticas y discursos que han puesto en duda las formas de intervención social tradicionales. En este módulo, trabajaremos las perspectivas participativas de intervención social, desde la definición del paradigma participativo hasta las técnicas de dinamización grupal necesarias para llevarlas a cabo, pasando por las fases recomendadas para su desarrollo.

1. La lógica de las perspectivas participativas

Las perspectivas participativas, como iremos viendo, constituyen el paradig- ma de intervención que ha emergido como consecuencia de las críticas reali- zadas a las formas de intervención social predominantes, trabajadas en el mó- dulo anterior. Se trata de un campo de conocimiento que busca generar prin- cipios que permitan una praxis crítica con el statu quo teórico y metodológico. Emerge, de este modo, una forma de intervención sobre los problemas socia- les marcada por la preocupación por producir conocimientos para la transfor- mación de las personas y sus entornos, definidos y dirigidos por esas mismas personas –en relación con los equipos interventores– y no desde programas que prescindan de la participación de sus destinatarios o beneficiarios.

1.1. Definición del paradigma participativo

Desde el paradigma de intervención mencionado, se inician modos de hacer que redefinen los roles de los actores internos y externos, señalando el campo compartido de su acción. Pronto, se comienzan a elaborar conceptos explica- tivos y descriptivos con los que dar respuesta a las preocupaciones menciona- das acerca de las formas de intervención social dominantes.

Este paradigma de intervención social puede sintetizarse, siguiendo las apor- taciones de Montero (2004), en base a cinco dimensiones:

  • Dimensión ontológica.
  • Dimensión epistemológica.
  • Dimensión metodológica.
  • Dimensión ética.
  • Dimensión política.

1.1.1. Dimensión ontológica

La naturaleza y definición del sujeto que produce conocimientos no se redu- ce a un único conocedor proveniente de una única institución social, como la ciencia, tal como sostenían las perspectivas tradicionales de intervención social, sino que se reconoce el carácter de productor de conocimientos de los miembros de las comunidades, de los grupos y de las organizaciones sociales.

Mientras la intervención tradicional ha tendido a considerar a las personas intervenidas como sujetos aislados, pasivos y receptores de las actuaciones, las perspectivas participativas redefinen este rol y apuestan por el trabajo￿con- junto￿entre￿diversos￿agentes￿sociales. Se entiende, de este modo, que el co-

Lectura recomendada Podéis ampliar la informa- ción sobre las dimensiones establecidas por Montero en su trabajo: Montero, M. (2004). Introduc- ción a la Psicología Comunita- ria: Desarrollo, conceptos y pro- cesos. Buenos Aires: Paidós.

nocimiento no es privativo, no es una propiedad que únicamente poseen cier- tas posiciones. Al contrario, se asume que desde cada posición social se poseen y producen continuamente diversos conocimientos.

Por tanto, se abandona la consideración pasiva del rol￿del￿«intervenido » y se promueve que los diversos agentes sociales involucrados en un ámbito espe- cífico decidan qué y cómo se va a intervenir-investigar. Se entiende que no es posible la intervención sin el consentimiento de dichos agentes sociales, y se transforma el rol del interventor que deja de ser un «experto» y pasa a ser un facilitador,￿dinamizador￿o￿catalizador￿del￿proceso.

1.1.2. Dimensión epistemológica

Al no asumirse la distinción entre sujeto (experto) y objeto de conocimiento (personas intervenidas), los conocimientos no se producen como un hecho aislado de un único individuo o contexto académico, sino que son fruto del establecimiento de relaciones epistemológicamente productivas entre distin- tas posiciones sociales.

El conocer se da a partir de la confluencia de estas diferentes￿posiciones que, dada su heterogeneidad, aportan interpretaciones disímiles de los fenómenos, siendo necesaria la discusión y negociación de las maneras de ver involucra- das, para llegar a consensos sobre los elementos de la realidad que se están analizando.

1.1.3. Dimensión metodológica

Los modelos empleados para producir tanto el conocimiento como las actua- ciones tienden a ser predominantemente participativos. Al no separar sujeto y objeto de conocimiento, aquellas posiciones que tradicionalmente eran deno- minadas personas intervenidas pasan a ser también sujetos￿de￿conocimiento. Por tanto, ya no es posible hablar de interventores e intervenidos en los tér- minos de las perspectivas tradicionales, sino del establecimiento de relaciones horizontales y dialógicas entre agentes internos y agentes externos.

Metodológicamente, la participación pasa a formar parte de todo el proceso de intervención, siendo fundamental para la toma de decisiones sobre qué asuntos o problemas abordar y cuáles son las formas más idóneas de atajarlos.

1.1.4. Dimensión ética

Remite a la definición del otro y su inclusión en la producción de conocimien- tos, su participación en la autoría y propiedad del conocimiento producido, así como sobre las decisiones sobre la acción que se tomen en el seno del pro-

tas convenciones lingüísticas generan una serie de «evidencias» que, como los problemas sociales, se imponen a nosotros con la fuerza de las cosas mismas, parecen naturales; es decir se naturalizan.

La problematización implica, en cambio, no aceptar acríticamente las explicaciones socialmente predominantes, así como poner en duda su validez universal. Con el objetivo de disipar el carácter pretendidamente natural de las formas en que ciertos problemas sociales han sido cons- truidos, problematizar supone analizar críticamente los discursos, las prácticas e instituciones sociales que, en diversos contextos sociohistó- ricos, han contribuido a que cierto problema social haya sido definido en unos términos y no en otros.

Como vimos en el módulo anterior, uno de los conceptos empleados para definir los problemas sociales es la noción de pobreza extrema. Actualmente, existe un amplio consenso y acuerdo social alrededor de la utilidad de este concepto que es aceptado de forma incontrovertible. Considerar, en cambio, que el problema no radica en la pobreza, sino que la riqueza extrema es el auténtico problema social, nos permitiría cuestionar la «naturalidad» con la que usualmente entendemos la pobreza, poniendo en entredicho la definición arraigada que sostiene que es necesario erradicarla y, con esto, transformando y haciendo complejo este concepto.

Problematizar es, entonces, cuestionar el carácter natural o esencial adjudica- do a ciertos fenómenos, hechos o relaciones. Simultáneamente, al desechar el carácter natural e inamovible de las explicaciones y conceptos socialmente aceptados, problematizar implica poner de manifiesto la relación que los con- ceptos comúnmente empleados en la intervención social mantienen con de- terminados intereses políticos o sociales, el papel que estos conceptos desem- peñan en el mantenimiento de relaciones de poder.

Ved también Podéis repasar la noción de pobreza extrema en el subapartado 1.2.1 del módulo «La intervención social desde las perspectivas tradicionales».

Problematizar es llevar a cabo un proceso de análisis crítico de los fenómenos y problemas sociales que cuestionan los discursos y explicaciones a las que se recurre habitualmente para dar cuenta de los mimos. Siguiendo a Ibáñez (1996), problematizar implica un doble movimiento que, por un lado, con- vierte en algo problemático, o susceptible de ser debatido, aquellas compren- siones o explicaciones sobre determinados fenómenos sociales que hasta en- tonces dábamos por sentadas. Por otro lado, problematizar supone algo aún más importante que esto, ya que, sobre todo, implica lograr entender cómo y por qué ciertas explicaciones han adquirido el estatus de evidencias, cómo han logrado instaurarse, instalarse como si se tratara de evidencias; es decir, desvelar el proceso mediante el cual dichas concepciones han llegado a cons- tituirse como obvias, seguras, evidentes.

Lectura complementaria Podéis ampliar la informa- ción sobre la noción de la problematización leyendo la obra siguiente: Ibáñez, T. (1996). Fluctuacio- nes conceptuales en torno a la postmodernidad. Caracas: Uni- versidad Central de Venezue- la.

En las páginas precedentes hemos puesto en duda, mediante la aplicación de este principio, algunas de las máximas que guían la intervención social tradi- cional. Pues bien, uno de los principios fundamentales de las perspectivas par- ticipativas consiste, precisamente, en trasladar esta reflexión a las actuaciones que, como interventores sociales promovemos, a los conceptos que maneja- mos para aproximarnos al ámbito de la intervención o a los efectos que se desprenden de nuestras explicaciones.

El principio de problematización deberá ser aplicado, por tanto, de forma transversal a la totalidad de las fases de la intervención social. Para ilustrarlo recurriremos, tomando las aportaciones de Villasante y Montañés (2001), a un ejemplo relacionado con el diagnóstico de la realidad sobre la que se quiere intervenir. Cabe señalar, previamente, que este ejemplo no abarca la amplitud del principio, sino que debe servirnos para comprender su relevancia en térmi- nos prácticos. Según este autor, las metodologías tradicionalmente empleadas para realizar el diagnóstico de la situación social presentan serias limitaciones a la hora de abarcar la complejidad y las paradojas que tienen lugar en la vida social contemporánea. Para explicarlo, recurre a un ejemplo que sintetizamos a continuación.

Problematizar las metodologías

Imaginemos que, frente al reto de conocer la situación social en que se encuentran algunos barrios periféricos (socialmente hablando), recurrimos al uso de la encuesta para conocer la opinión que sus habitantes tienen en relación con la violencia que se supone asola dicho territorio. La metodología diagnóstica objetivista de la encuesta parte de un sistema de respuesta cerrada mediante el cual, muy probablemente, se obtendría una mayoría de respuestas favorables al incremento de la presencia policial en el barrio. Si, en cambio, realizamos entrevistas abiertas en profundidad, podríamos encontrar- nos con que la población no es partidaria del aumento de la policía, que la última actuación policial en el barrio fue un desastre y que varios vecinos fueron víctimas de cargas policiales injustificadas. Esta aparente contradicción obedece al hecho de que los significados socialmente construidos en el barrio son múltiples aunque se refieren a un mismo significante, o, lo que es lo mismo, que distintas personas utilizan la misma palabra para referirse a cuestiones diferentes. Nuestras prácticas conversacionales cotidianas ponen en evidencia la polisemia de una misma palabra. Al emplear una metodología que se centra en cuantificar el nú- mero de adhesiones que despierta un significante sin tener en cuenta los múltiples significados que cada persona le infiere, estaremos eludiendo la relación connotati- va que de toda palabra las personas realizamos. Así, al responder favorablemente al incremento de la presencia policial, las personas encuestadas podrían estar manifes- tando su voluntad de desmarcarse de los estereotipos de conflictividad social que so- cialmente se tienen sobre su barrio; que ellas no pertenecen a dicho sector marginal y delictivo del barrio y que las familias que lo habitan son favorables a los valores de respeto y orden que regulan la convivencia de las personas en las sociedades de- mocráticas. Este argumento únicamente será cognoscible mediante una metodología que permi- ta a las personas del barrio expresarse mediante sus propias palabras, fuera del rigu- roso protocolo establecido por la encuesta. Por este motivo, la decisión de emplear la metodología de la encuesta, acríticamente, por el mero hecho de haberse erigido en el método de diagnóstico predominante, debe ser problematizada. Así, recurrir a metodologías cualitativas de diagnóstico puede revelar cuáles son los discursos socialmente construidos en torno a ciertas problemáticas, conocer los argu- mentos y ayudarnos a entender qué es lo que subyace a la afirmación del incremen- to de la presencia policial entre los habitantes del barrio. De este modo podríamos

Lectura complementaria Podéis encontrar el ejemplo expuesto en: Villasante, T. y Montañés, M. (2001). Algunos cambios de enfoque en las ciencias socia- les. En T. Villasante, M. Mon- tañés y J. Martí (Coord.), La investigación social participati- va. Construyendo ciudadanía 1 , pp. 73-117. Madrid: El Vie- jo Topo.

los fenómenos sociales. Al incorporar a otras posiciones, así como elementos intersubjetivos de definición e intervención, es posible movilizar otros discur- sos capaces de anular ciertas categorías socialmente predominantes.

La aplicación del principio reflexivo a la intervención social comporta la cons- trucción de un conocimiento localizado en la cotidianeidad de los diversos agentes sociales involucrados en su definición y garantiza, asimismo, el com- promiso de que las diversas formas de conocimiento se conecten con acciones y consecuencias localizadas en la problemática sobre la que se desea interve- nir. Es en este sentido que la reflexividad debe entenderse más bien como una cuestión práctica y no tanto como un ejercicio de metaconocimiento.

Las implicaciones políticas resultan obvias. Como dice Tomás Ibáñez:

«El psicólogo social se encuentra en la necesidad de interrogar permanentemente los co- nocimientos que produce para saber cuáles son las formas sociales que contribuye a re- forzar o a subvertir y para saber en definitiva cuáles son los intereses a que está sirviendo». T. Ibáñez (1989, p. 115).

La reflexividad, como vemos, supone la adopción de un posicionamiento éti- co que se orienta al establecimiento de relaciones horizontales entre el equipo interventor (agente externo) y las personas con las que se interviene (agente interno). Asimismo, implica la asunción de una perspectiva éticamente res- ponsable con los conocimientos e intervenciones que se llevan a cabo. En este sentido, el principio de reflexividad conduce a la adopción de un objetivo de intervención ético basado en la horizontalidad y la reflexión crítica acerca de las prácticas de intervención.

Finalmente, vale la pena señalar que la relevancia de la adopción de este po- sicionamiento ético se aleja de la idea de un marco institucional estático de referencia legal y ética que preestablece directrices reguladoras de la práctica de la intervención. Mientras el marco institucional, que establece un conjunto de pautas éticas y legales que regulan la actividad de todas las profesionales, es elaborado por una instancia superior, trascendente y externa, habitualmente el colegio de psicólogos o el Estado, el posicionamiento ético que se desprende de la adopción del principio de reflexividad es de carácter inmanente, prácti- co, localizado en la singularidad de cada intervención y contingente. En este sentido, se considera que, en cada una de las prácticas de intervención, emer- gen situaciones que no pueden resolverse de una vez y para siempre y que deberán abordarse a partir de las relaciones que se crean in situ.

Ejemplo Pensemos en los efectos éticos, de carácter inmanente y práctico, que se desprenden del artículo 53 c) del Anteproyecto de Modificación de la Ley de Extranjería que sanciona como falta muy grave, con la multa de 501 a 30.000 euros, «a quien promueva la perma- nencia irregular en España de un extranjero. Se considera que se promueve la permanen- cia irregular cuando el extranjero dependa económicamente del infractor y se prolongue la estancia autorizada más allá del plazo legalmente previsto».

Con la aprobación de esta ley, las personas o entidades que proporcionen cual- quier prestación, atención o ayuda a estas personas será, por tanto, sanciona- da. Esta regulación, generada por una instancia superior y trascendente, con- lleva efectos éticos de carácter práctico, inmanente. La legitimidad ético-jurí- dica de esta legislación ha sido puesta en entredicho desde diversas entidades y asociaciones, las cuales han denunciado los efectos que tiene sobre estas per- sonas: el hecho de despojar de cualquier tipo de ayuda material a las perso- nas en situación irregular las arroja, irremediablemente, hacia una situación de extrema precariedad. La adopción de un posicionamiento éticamente res- ponsable, como vemos, excede la mera aceptación de las regulaciones éticas o legales que se implementan por parte de instancias superiores y remite, en cambio, a una reflexión de carácter práctico, contingente y localizado en la especificidad de cada situación o problemática que debe afrontarse.

En síntesis, hablamos de reflexividad para referirnos a la práctica de reflexión conjunta entre los diversos agentes sociales involucrados en la problemática acerca de los efectos, implicaciones y consecuencias de las actuaciones que llevamos a cabo.

1.2.3. Empowerment

En la literatura especializada en intervención participativa, la noción de empo- werment ha sido traducida diversamente como potenciación o fortalecimiento e, incluso, mediante el uso de neologismos como empoderamiento o bien apo- deramiento. Más allá de la discusión meramente terminológica, la prolifera- ción de conceptos empleados para definir este principio de intervención reve- la el desacuerdo conceptual que subyace en las diferentes acepciones que ha recibido el término. En este subapartado, seguiremos las aportaciones y discu- siones que nos ofrece Montero (2003) en relación con esta controversia.

Para entender la relevancia y especificidad de la noción de empowerment se hace necesario señalar aquellas formas de concebir la intervención a las que está respondiendo.

Así, mientras las perspectivas de intervención de carácter asistencialista tien- den a considerar que las personas intervenidas se caracterizan por tener ciertas limitaciones, carencias o debilidades sobre las que se interviene, la noción de empowerment se focaliza en:

«la atención a la comunidad, en la organización de sus miembros y en su desarrollo, in- sistiendo en la necesidad de la participación de las personas, en el apoyo a sus cualidades positivas y en el fomento de sus capacidades, es decir, en el fortalecimiento de esos indi- viduos y grupos para que logren por sí mismos transformaciones positivas que mejoren su calidad de vida, acceso a los bienes y servicios de la sociedad a la cual pertenecen». M. Montero (2003, p. 59).

Lectura complementaria Podéis encontrar las aporta- ciones de Montero en la obra siguiente: Montero, M. (2003). Teoría y práctica de la psicología comu- nitaria: La tensión entre comu- nidad y sociedad. Buenos Ai- res: Paidós.

nismos especializados en la intervención social tampoco conlleva ni asegura el empoderamiento de los individuos a los que se dirigen sus programas. Por eso, la noción de empowerment señala la necesidad de promover actuaciones que desarrollen una ciudadanía fuerte, consciente y crítica, ya que, de lo con- trario, se estará contribuyendo al predominio del clientelismo, la pasividad y la dependencia del usuario en relación con los servicios que se le ofrecen.

Teniendo en cuenta los matices apuntados acerca de a qué nos referimos cuan- do hablamos de empowerment , y sintetizando las aportaciones de Montero (2003), existe un conjunto de condiciones que contribuyen al fortalecimiento o potenciación de las comunidades en las que intervenimos:

  • Generación de situaciones en las que las personas con las que se trabaja se erijan en agentes de transformación de determinadas condiciones, con- duciendo el proceso, tomando decisiones y ejecutándolas.
  • Planificación de la actividad mediante un modelo de acción-reflexión-ac- ción.
  • Incorporación del mayor número de agentes sociales involucrados en la problemática en la ejecución de las actividades. La participación es gene- radora de compromiso y, al mismo tiempo, de fortalecimiento colectivo.

1.2.4. Participación

El último principio fundamental ya ha aparecido en diversas ocasiones a lo largo de este subapartado, como hemos ido viendo. Vale la pena, sin embargo, detenerse para definir qué se entiende por participación, así como discutir los alcances y limitaciones con que nos enfrentamos al asumir una perspectiva de intervención participativa. Al igual que sucedía con la noción de empowerment es importante, en primer lugar, delimitar a qué nos referimos al hablar de participación y mostrar aquellas acepciones débiles de esta noción.

En la actualidad, el término participación se usa recurrentemente en múltiples esferas sociales. Así, se habla de participación política, participación ciudada- na, procesos participativos, tecnologías participativas, etc. Sin embargo, los significados que la noción de participación alberga en cada uno de sus usos guardan entre sí enormes diferencias y connotaciones. Podemos afirmar, en este sentido, que el significante participación ha alcanzado un grado tal de polisemia que se ha llegado a vaciarlo de significado, de contenido. Es más, la propia denominación «perspectivas participativas de intervención social» ha sucumbido al uso indiscriminado de la noción y, en la literatura especializada, es posible rastrear un sinfín de manuales, artículos, revistas, etc. en los que se

denomina perspectivas participativas a aproximaciones de intervención social enormemente dispares. Por este motivo, discernir qué significado atribuimos a la noción de participación se ha convertido en una tarea acuciante.

Así, siguiendo a Montero (2004), la participación puede ser definida como:

«Un proceso organizado, colectivo, libre, incluyente, en el cual hay una variedad de actores, de actividades y de grados de compromiso, que está orientado por valores y objetivos compartidos, en cuya consecución se producen transformaciones [colectivas] e individuales».

M. Montero (2004, p. 229).

Dicha autora desglosa y expande la definición de participación, señalando un conjunto de elementos cuya presencia en las intervenciones sociales es indispensable para poder hablar de intervención participativa, que adaptamos y sintetizamos a continuación:

  • La acción conjunta y libre de un grupo que comparte intereses y objetivos.
  • Un proceso que implica la producción e intercambio de conocimientos entre agentes sociales heterogéneos.
  • Acción socializadora que transmite, comparte y modifica patrones de con- ducta.
  • Colaboración. Es decir, labor compartida por el grupo en diferentes grados de intensidad y el hecho de involucrarse.
  • Correlación. Relaciones, ideas y recursos compartidos.
  • Organizar, dirigir, tomar decisiones, efectuar acciones a fin de alcanzar las metas establecidas conjuntamente.
  • Existencia de patrones horizontales de comunicación entre la totalidad de participantes.
  • Reflexividad, capacidad para evaluar críticamente el trabajo hecho.
  • Aportar y recibir. Se aporta y a la vez se es beneficiario de los aportes hechos por otros y, además, de la suma de todas las participaciones.

Criterios￿de￿demarcación￿de￿la￿noción￿de￿participación

  • Participación￿por￿incentivos￿materiales : la participación se circunscribe a proporcionar recursos –por ejemplo, tiempo o mano de obra– a cambio de alimentación, remuneración económica u otros incentivos materiales.
  • Participación￿funcional : los agentes sociales participan para cumplir los objetivos predeterminados relacionados con el proyecto. Esta participa- ción ocurre después de que las decisiones importantes hayan sido tomadas.
  • Participación￿interactiva￿y￿autogestión : los agentes sociales participan en el análisis conjunto, creándose nuevos grupos locales o fortaleciéndose los ya existentes. Se tiende a emplear metodologías interdisciplinarias que emplean un sistema de aprendizaje sistemático y estructurado. La toma de decisiones se arraiga en un contexto local, despertando el interés de los múltiples agentes sociales para participar. Esta perspectiva participativa al- canza su máximo desarrollo cuando los agentes sociales toman iniciativas, independientemente de las instituciones externas, con el fin de cambiar la situación.

Retos￿de￿la￿participación

La asunción de este principio de participación constituye uno de los elemen- tos clave de las perspectivas participativas de intervención. Sin embargo, la cuestión de la participación desencadena, a su vez, la emergencia de un con- junto de retos, limitaciones y problemáticas que es necesario tener en cuenta.

1) En primer lugar, el hecho de que la participación de un conjunto hetero- géneo de agentes sociales sea un principio fundamental de esta perspectiva constituye, en sí mismo, un reto no exento de dificultades. Así, aunque se considera indispensable la participación de esta multiplicidad￿social , la in- clusión efectiva de todos ellos no se produce automáticamente. A menudo, la intervención social participativa se enfrenta con la dificultad inicial de que dichos agentes no deseen formar parte del proyecto. En este sentido, dado que la participación no siempre se da espontáneamente, es necesario implementar actuaciones encaminadas a lograr, estimular, promover y dinamizar la partici- pación social. En los próximos subapartados, se detallarán las técnicas y pro- cesos que se proponen para alcanzar este objetivo.

2) En segundo lugar, la incorporación a la totalidad del proceso de interven- ción social de una multiplicidad de agentes sociales relacionados con la proble- mática que se quiere intervenir resuelve, parcialmente, las limitaciones propias de la intervención social tradicional. En efecto, la metodología participativa logra resolver el dilema que planteaba la escisión entre agentes interventores y agentes intervenidos, según la cual mientras los primeros constituyen el cuer- po de expertos encargados de identificar y definir las problemáticas, así como de diseñar e implementar las actuaciones necesarias, los segundos son aque- llos colectivos o individuos definidos como problemáticos y sobre los cuales se implementan diversas actuaciones. Sin embargo, la mera adopción de esta

metodología de intervención participativa, dicho de otro modo, el solo hecho de incorporar diversos agentes a la totalidad del proceso participativo, no ase- gura que, necesariamente, se logre problematizar los conceptos, categorías y discursos socialmente naturalizados, se produzcan conocimientos críticos, ni tampoco que las actuaciones se encaminen hacia la transformación social.

Tal como hemos expuesto en el subapartado dedicado a la problematización, las explicaciones, conceptos, categorías y discursos producidos por el saber «experto» se diseminan e inyectan en el tejido social promoviendo determi- nadas visiones sobre qué es un «problema social». Estas explicaciones adquie- ren el estatus de categorías naturales, se imponen con la fuerza de las cosas mismas, se naturalizan y pasan a formar parte de nuestro lenguaje común, conforman el imaginario social. En un sentido más amplio, el conjunto de instituciones, normas y valores predominantes en un contexto sociohistóri- co dado conforman la matriz sociocultural mediante la que comprendemos e interpretamos la vida social entre la que se incluye, obviamente, aquello que consideramos que es digno de transformar y cuál es el bienestar deseable. Por este motivo, una de las cuestiones de mayor calado que afrontan las perspecti- vas participativas es la tensión existente entre la necesidad de producir cono- cimientos e intervenciones críticas orientadas hacía la transformación social y la preeminencia de determinados discursos, explicaciones y categorías que sostienen relaciones de poder asimétricas (como por ejemplo el patriarcado, el racismo o el capitalismo) presentes en un contexto social dado.

En este sentido, considerar que cualquier intervención que provenga de la me- ra participación de diversos agentes sociales y no únicamente de los «agentes externos» será generadora de transformación social crítica, estará obviando que los contextos sociales que habitamos están ya permeados, imbuidos de ciertas explicaciones y discursos con los que damos cuenta de nuestra realidad. Dicho de otro modo, la participación no garantiza, por sí sola, la emergen- cia de pensamiento crítico y transformador, sino que también puede producir comprensiones estigmatizantes o reproductoras del orden social dado.

Para ilustrar esta cuestión, emplearemos el caso del efecto NIMBY en los con- flictos de implantación de servicios de atención a usuarios de drogas (Sepúl- veda, Báez y Montenegro, 2008).

El caso del efecto NIMBY

Los conflictos de implantación de servicios son aquellos acontecimientos en los que se da una confrontación visible entre agentes sociales, en relación con la posibilidad de instalar un recurso sociosanitario en un contexto determinado. Así, emerge una movilización colectiva, ciudadana y participativa que se opone y obstaculiza su aper- tura por considerar que dicho recurso puede ser peligroso o suponer un riesgo para la comunidad en la que se quiere instalar. Esta reacción no pone en entredicho la utilidad y necesidad del servicio en sí mismo, sino su localización en un lugar preciso. Este conjunto de actitudes y comportamientos sociales de oposición se han denomi- nado NIMBY ( not in my back yard ; ‘no en el jardín de mi casa’). Se trata de un argu- mento que señala: «En principio, bien, pero que no sea aquí». Este efecto, aunque inicialmente fue vinculado a la oposición ciudadana a la instalación de proyectos