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Nuestra Sangre Dworkin, Apuntes de Filosofía

Nuestra Sangre Andrea Dworkin

Tipo: Apuntes

2019/2020

Subido el 03/03/2020

paula-medel-rodriguez
paula-medel-rodriguez 🇨🇱

4.5

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2 documentos

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Índice

  • Para Barbara Deming
  • En memoria de Sojourner Truth
  • Agradecimientos
  • Prefacio
    1. Feminismo, Arte y Mi Madre Sylvia.
    1. Renunciando a la “Equidad” Sexual.
    1. Recordando a las Brujas.
    1. La Atrocidad de la Violación y el Chico de al Lado.
    1. Las Políticas Sexuales del Miedo y la Valentía..........................................
    1. Redefiniendo la No Violencia
    1. Orgullo Lésbico
    1. Nuestra Sangre: La Esclavitud de las Mujeres en Amerika.
    1. La Causa Raíz.
  • Notas
  • Bibliografía

Agradecimientos

Agradezco a Kitty Benedict, Phyllis Chesler, Barbara Deming, Jane Gapen, Beatrice Johnson, Eleanor Johnson, Liz Kanegson, Judah Kataloni, Jeanette Koszuth, Elaine Markson, y Joselyn Pine por ayuda y fe. Agradezco a John Stollenberg quien ha sido mi colaborador intelectual y creativo más cercano. Agradezco a mis padres, Sylvia y Harry Dworkin por su confianza y resepeto contiuos. Agradezco a todas las mujeres que organizaron las conferencias, programas y clases en las que me presenté. Agradezco las filósofas, organizadoras, escritoras y profetas feministas, cuyo trabajo me sostiene y alienta.

Prefacio

Nuestra Sangre [Our Blood] es un libro que surgió de una situación. La situación fue que no lograba publicar mi trabajo. Así que me volqué a dar discursos públicos - no a exponer pensamientos de forma espontánea o dejar fluir sentimientos, sino a la prosa trabajada, que informara, persuadiera, perturbara, causara reconocimiento, aprobara la rabia. Me dije a mí misma que si los editores no querían publicar mi trabajo, simplemente me los saltaría. Decidí escribirles directamente a las personas, escribir con mi propia voz y para mi propia voz. Comencé a escribir de esta forma porque no tenía otra alternativa: no veía otra manera de sobrevivir como escritora. Estaba convencida de que era la industria editorial - editoras mujeres tímidas y sin poder, la superestructura de hombres que toman las decisiones reales, críticos misóginos- la que se interponía entre mi persona y un público, de mujeres, particularmente, que yo sabía que existía. La industria editorial era una barrera efectiva y mi plan era navegar a través de ella. En abril de 1974 fue publicado mi primer libro de teoría feminista, Woman Hating. Antes de su publicación tuve problemas. Me fueron ofrecidas desagradables tareas en revistas. Se me ofreció bastante dinero para escribir artículos que ya habían sido pautados en detalle por un editor. Hablarían de mujeres o sexo o drogas. Eran estúpidos y estaban llenos de mentiras. Por ejemplo, se me ofreció mil quinientos dólares para escribir un artículo sobre el uso de barbitúricos y anfetaminas por mujeres suburbanas. Debía decir que el uso de estas drogas constituía una rebelión hedonista en contra de las aburridas convenciones de la estéril vida de ama de casa, que las mujeres usaban esas drogas para prenderse y divertirse y tener un maravilloso estilo de vida. Le dije al editor que sospechaba que las mujeres usaban anfetaminas para sobrellevar los miserables días y barbitúricos para sobrellevar las miserables noches. Sugerí, amistosamente pensé, preguntarles a las mujeres que usaban esas drogas porqué lo hacían. Se me dijo de plano que el artículo diría lo entretenido que era drogarse. Rechacé la tarea. Esto suena genial, como a rebelde diversión

  • decirles a los burócratas que se vayan a la mierda, junto con sus puñados de dinero- pero cuando una es muy pobre, como yo lo era, no es divertido. En cambio, es profundamente angustiante. Seis años después, finalmente obtuve la mitad de esa suma por una pieza para una revista, la mayor paga que he recibido a cambio de un artículo. Tuve mi oportunidad de jugar en grande y me rehusé. Era demasiado inocente para saber que ese tipo de escritura era la única que pagaba por esos lares. Creía en la “literatura”, los “principios”, la “política”, y en “el poder de la buena escritura para cambiar vidas”. Cuando me negué a escribir ese artículo y otros, lo hice con considerable indignación. La indignación me marcó

escritora, dije. Bajó la mirada, luego me miró seriamente. Él sabía que yo quería ir a una universidad excelente; sabía que era ambiciosa. “Lo que tienes que hacer”, dijo él, “es ir a una universidad estatal - no hay razón para que vayas a otro lugar- y convertirte en profesora, así tendrás algo para cuando tu esposo muera”. Esta historia no es apócrifa. Me sucedió a mí y a incontables otras. Pensaba que tanto el consejero guía como el editor eran estúpidos, individualmente estúpidos. Me equivoqué. No eran individualmente estúpidos. “ Renunciando a la ‘Equidad’ Sexual ” fue escrito para la Organización Nacional de Mujeres para la Conferencia sobre Sexualidad que tuvo lugar en la ciudad de Nueva York, el 12 de octubre de 1974. Hablé al final de una conferencia de 3 horas sobre sexo: mujeres hablando sobre sus experiencias sexuales, sentimientos, valores. Hubo exactamente mil cien mujeres en la audiencia; ningún hombre. Para cuándo terminé, mil cien mujeres se pusieron de pie. Las mujeres lloraban y temblaban y gritaban. El aplauso duró casi diez minutos. Fue una de las experiencias más sorprendentes de mi vida. Muchas de las charlas que daba recibieron ovaciones de pie, y ésta no era la primera, pero nunca le hablé a una audiencia tan grande, y lo que dije contradecía fuertemente mucho de lo que había sido dicho antes de que yo hablara. Así que la respuesta fue increíble y sobrecogedora para mí. La cobertura del discurso me sobrecogió también. Una revista semanal de Nueva York público dos veces vilipendiándome. Una vez, la autora era mujer que estuvo presente durante el discurso, al menos. Sugirió que los hombres morirían con las “pelotas azules” si alguna vez alguien me tomaba en serio. La otra, se trataba de un hombre que no estuvo presente; había oído a unas mujeres hablando en la entrada. Él estaba “enfurecido”. No soportaba la posibilidad de que “una mujer pueda considerar masoquista su consentimiento a ser el medio para mi desahogo”. Ese era el peligro “que la ideología de Dworkin representa”. Bueno, sí; pero tanto ella como él distorsionaron viciosamente lo que en verdad dije. Muchas mujeres, incluyendo algunas escritoras bastante famosas, enviaron cartas deplorando la falta de justicia y honestidad de ambos artículos. Ninguna de esas cartas fue publicada. En cambio, cartas de hombres que no estuvieron presentes sí fueron publicadas; uno de ellos comparó mi discurso a la Solución Final de Hitler. Usé las palabras “pene” y “flácido” una después de la otra: “pene flácido”. Tal combinación causó furia; ofendió tan profundamente que ameritó ser comparada con un genocidio. Nada de lo que dije acerca de las mujeres fue mencionado, ni siquiera de pasada. El discurso era sobre las mujeres. La publicación semanal en cuestión no ha publicado jamás uno de mis artículos o una reseña de un libro mío, o dado cobertura a alguno de mis discursos (aún cuando algunos fueron grandes eventos en Nueva York). *La furia en esos artículos simplemente saturó la industria editorial, y mi trabajo fue puesto contra la pared. Las audiencias a lo largo del país, mujeres en su mayoría, y también hombres, continuaron poniéndose de pie; pero los diarios de los que una esperaría notaran a una escritora política como yo, o un fenómeno como lo fueron esos discursos, rehusaron reconocer mi existencia. Hubo dos ocasionales excepciones, aunque notables: Ms. y Mother Jones.

*Después de que Nuestra Sangre se publicara, fui a esa misma publicación semanal a rogar - sí, rogar- por algo de atención para el libro, que estaba muriendo. El escritor cuyo propio “lanzamiento” se vio amenazado por “Renunciando a la ‘Equidad’ Sexual”, me pidió una reunión. Me dijo, una y otra vez, cuán verdaderamente hermoso era Nuestra Sangre. “Ya sabes—um—um” dijo, “ese - um, um- ese discurso que está en Nuestra Sangre - ya sabes, ese que escribiste”. “Tan hermoso”, dijo “Tan hermoso”. El editor en jefe de ese semanal me escribió diciendo que Nuestra Sangre era tan perfecto, tan conmovedor. Pero en esas páginas Nuestra Sangre no recibió ayuda, ni siquiera una mención. En los años que siguieron a la publicación de Woman Hating , el libro comenzó a ser considerado un clásico feminista. El honor en esto será aparente solo a quienes valoren Una Reivindicación de los Derechos de las Mujeres de Mary Wollstonecraft o La Biblia de la Mujer de Elizabeth Candy Stanton. Fue un gran honor. Solo las feministas fueron las responsables de que Woman Hating sobreviviera. Las feministas ocuparon las oficinas de los editores de Woman Hating exigiendo que se publicara en papel. Phyllis Chesler contactó a escritoras feministas de reputación a lo largo del país para pedir apoyo por escrito al libro. Esas escritoras respondieron con impactante generosidad. Los diarios feministas reportaron que el libro estaba agotado. Las feministas que trabajaban en librerías revisaron las bodegas de los distribuidores en busca de copias, y escribieron una y otra vez a los editores para exigir el libro. Los Estudios de la Mujer en las universidades comenzaron a utilizarlo. Las mujeres se pasaban el libro de mano en mano, compraban dos y tres y cuatro copias cuando las encontraban para dárselas a sus amigas. Aún cuando el editor de Woman Hating me dijo que era “mediocre”, la presión finalmente resultó en una edición en papel en 1976: dos mil quinientas copias fueron impresas y distribuidas, más o menos. Los problemas con la distribución continuaron, y las librerías, que reportaron vender constantemente el libro cuando lo tenían, tuvieron que esperar meses para cumplir con los pedidos. Ahora, Woman Hating está en su quinta edición. El libro no es otra pieza perdida de la literatura de las mujeres, solo porque las feministas no se rindieron. De un modo, esta historia va directo al corazón, porque demuestra lo que el activismo puede lograr, incluso en la Tierra de las Editoriales Amerikanas. Pero yo no tenía donde ir, ningún lugar donde seguir siendo escritora. Así que me volqué a la aventura - hacia los grupos de mujeres que me ofrecieron un sombrero para juntar dinero al final de mis discursos, hacia las escuelas donde las estudiantes feministas lucharon para que se me pagaran al menos cien dólares, hacia las conferencias donde las mujeres vendían camisetas para pagarme. Me tomaba semanas o meses escribir un discurso. Viajaba en bus largas, agotadoras horas, para hacer lo que a los ojos de otros parecía ser el trabajo de una sola tarde y dormía donde fuera que hubiese cupo. Como padecía de insomnio, no dormía mucho. Las mujeres compartían sus casas, su comida, sus corazones conmigo, y conocí mujeres en todas las circunstancias, mujeres buenas y mujeres crueles, mujeres valientes y mujeres aterradas. Y las mujeres que conocí habían sufrido cada crimen, cada indignidad: yo escuché. “ La Atrocidad de la

melodrama repulsivo. Yo nunca pude. En cambio, me cansé y desmoralicé. Y me volví incluso más pobre, porque nadie nunca podía permitirse pagarme por el tiempo que me tomaba en escribir. No exigí cuotas realistas, acomodaciones ciertas, o viajes seguros a cambio de mi trabajo, sino hasta después de la publicación de Nuestra Sangre. Traté de forma intermitente y fallé, épicamente. Sentí que de verdad había entrado a la mitad de mi vida. Esto presentó nuevos problemas para las organizadoras feministas que tenían escaso acceso al material dentro de sus comunidades. También me resultó problemático. Por mucho tiempo no tuve trabajo, así que me volví más y más pobre. Nadie, excepto yo, le veía sentido: si no tienes nada y alguien te ofrece algo, ¿cómo puedes rechazarlo? Pero lo hice, porque sabía que jamás podría sustentarme con mi trabajo a menos que tomase una posición firme. Tenía una muy buena y creciente reputación por dar discursos y como escritora; pero aún así, no había dinero para mí. Cuando comencé a cobrar, ciertas mujeres me respondieron, enojadas: “¿Cómo puede la autora de Woman Hating ser una cerda capitalista?”, preguntó una en una carta casi obscena. Quien escribió la carta se iba a vivir a una granja y no quería tener nada que ver con capitalistas de mierda y extrañas feministas burguesas. Bueno, le escribí de vuelta. Yo no vivía en una granja y tampoco quería hacerlo. Compraba comida en el supermercado y pagaba la renta a un arrendador y quería escribir libros. Respondí a todas las furiosas cartas. Traté de explicar la política de obtener dinero, especialmente de parte de colleges y universidades: el dinero estaba ahí; era difícil de obtener; ¿por qué debería ser para Phyllis Schlafly o William F. Buckley Jr? Yo tenía que vivir y tenía que escribir. Sin duda mis escritos importaban, a ellos les importaban o yo les importaba: ¿acaso querían que parara de escribir? Necesitaba dinero para escribir. Ya había hecho los trabajos más detestables y vivía en la pobreza real, no la romántica. Me di cuenta que el esfuerzo de explicar esto verdaderamente ayudaba - no siempre, y aún así resurgía resentimiento, pero lo suficiente como para hacerme ver que explicar, aunque finalmente no convenciera, valía la pena. Incluso si no se me pagaba, a alguien más sí. Después de un largo y vacío período, comencé a dar clases otra vez. Lo hice de forma errática y nunca me dio lo suficiente para vivir, estaba en lo que yo llamo pobreza estable, aún cuando cobraba alto. Muchas activistas feministas luchaban por conseguir el dinero y algunas veces lo lograron. Así que me las arreglaba - amigos me prestaban dinero, a veces llegaban donaciones anónimas por correo, mujeres me daban cheques luego de mis discursos y se negaban a que los rechazara, escritoras feministas me hacían regalos en dinero y también me lo prestaban, mujeres pelearon amargas e increíbles batallas contra comités y administradores de institutos y facultades para que se me contratara y pagara. El movimiento de las mujeres me mantuvo con vida. No viví bien o segura o con facilidad, pero no dejé de escribir, tampoco. Sigo extremadamente agradecida de aquellas que

hicieron ese esfuerzo extra por mí. Decidí publicar las charlas en Nuestra Sangre porque estaba desesperada por dinero, las revistas aún permanecían cerradas para mí, y estaba viviendo de la caridad del camino. Un libro era mi única oportunidad. A la editora que decidió publicar Nuestra Sangre no le gustaba mi política particularmente, pero sí mi prosa. Estaba feliz de que me apreciara como escritora. La compañía era la única casa editorial con sindicato en Nueva York y también tenía un grupo activo de mujeres. Las empleadas fueron universalmente maravillosas conmigo - vivazmente interesadas en el feminismo, conscientes y amables. Me invitaron a dar una charla a los empleados y empleadas en el Día de la Mujer, un poco después de la publicación de Nuestra Sangre. Discutí la presunción sistemática del dominio de los hombres sobre los cuerpos y la labor de las mujeres, la realidad material de ese dominio, la degradación económica del trabajo de las mujeres. (La charla fue publicada posteriormente bajo el título “ Phallic Imperialism ” [Imperialismo fálico] en Ms. , en diciembre de 1976). Algunos hombres vestidos de traje se sentaron estoicamente durante el discurso, tomando notas. Ese, no es necesario decirlo, fue el final de Nuestra Sangre. Hubo otro evento revelador: el director de uno de los departamentos le tiró el manuscrito de Nuestra Sangre a mi editora por encima de la mesa. “No reconoce la ternura de los hombres”, dijo él. No sé si hizo la observación antes o después de lanzar el manuscrito. Nuestra Sangre fue publicado en 1976. La única reseña que obtuvo en una plataforma grande fue en Ms. , muchos meses después de que el libro ya no estuviera en las librerías. Era delirante. De otro lado, el libro fue ignorado: pero a propósito, maliciosamente. Gloria Steinem, Robin Morgan y Karen De-Crow trataron sin éxito de publicar reseñas. Contacté a casi cien escritoras feministas, activistas, editoras. Una gran mayoría hizo incontables esfuerzos para reseñar el libro. Algunas pudieron presentarlas en publicaciones feministas, pero incluso aquellas que frecuentemente publicaban en cualquier otro lugar, no lograron sacar reseñas. Nadie podía romper el gran silencio. Nuestra Sangre fue enviado prácticamente a todas las imprentas de Estados Unidos, a veces más de una vez, durante algunos años. Ninguna lo publicó. Por tanto, es con mucha alegría, y un inestable sentido de victoria, que presento su publicación en esta edición. Siento un aprecio especial por este libro. La mayoría de las feministas que conozco que han leído Nuestra Sangre me han dicho que sienten un afecto especial y respeto por él. Tiene, creo yo, algo bastante hermoso y único. Tal vez es porque fue escrito para una voz humana. Tal vez es porque tuve que pelear tanto por decir lo que en él consta. Tal vez es porque Nuestra Sangre ha tocado las vidas de tantas mujeres directamente: ha sido declamado una y otra vez a mujeres reales y la experiencia de decir las palabras ha informado su escritura. Woman Hating fue escrito por una escritora más joven, una más descuidada y esperanzada.

1. Feminismo, Arte y Mi Madre Sylvia.

[Entregado en Smith College, Northampton, Massachusetts, 16 de Abril de 1974] Estoy muy feliz de estar aquí hoy. No es menor para mí estar aquí. Hay muchos otros lugares en los que podría estar. Esto no es lo que mi madre tenía planeado para mí. Quiero contarles algo acerca de mi madre. Su nombre es Sylvia. El apellido de su padre es Spiegel. El apellido de su esposo es Dworkin. Ella tiene cincuenta y nueve años, mi madre, y tan solo unos meses atrás sufrió un ataque cardíaco. Se recuperó y ahora está de vuelta en su trabajo. Es secretaria en un colegio. Ha sido paciente cardíaca casi toda su vida, y toda mi vida. De niña, tuvo fiebre reumática. Dice que su problema real comenzó cuando estaba embarazada, esperando a mi hermano Mark, y le dio neumonía. Después de eso, su vida fue una miseria llena de enfermedad. Luego de años de debilitantes malestares

  • fallos al corazón, reacciones tóxicas a las drogas que la mantenían con vida- se sometió a una cirugía al corazón, entonces tuvo un coágulo cerebral, un derrame, que le robó su habilidad para hablar por un largo tiempo. Se recuperó de su cirugía. Se recuperó del derrame, aunque aún habla más lento de lo que piensa. En ese entonces, ocho años atrás, tuvo un ataque al corazón. Se recuperó. Luego, unos meses atrás tuvo otro ataque. Se recuperó. Mi madre nació en Jersey, Nueva Jersey, fue la segunda de siete hijas e hijos, dos niños, cinco niñas. Sus padres, Sadie y Edward, que eran primos, vinieron de algún lugar de Hungría. Su padre murió antes de que yo naciera. Su madre tiene ochenta años. No hay forma de saber con certeza si el corazón de mi madre hubiese fallado de haber nacido en una familia adinerada. Sospecho que no, pero no lo sé. Tampoco hay forma de saber, por supuesto, si ella hubiera recibido un tratamiento médico diferente de no ser niña. Sin embargo todo sucedió de la forma en que sucedió, y fue así que ha estado muy enferma la mayor parte de su vida. Ya que era una niña, nadie la animó a leer libros (aunque me cuenta que amaba leer y no recuerda cuándo o por qué dejó de hacerlo); nadie la animó a ir a la universidad o a considerar los problemas del mundo en que vivía. Como su familia era pobre, tuvo que trabajar tan pronto terminó el colegio. Trabajó como secretaria de tiempo completo, y los sábados y algunas tardes hacía trabajos de medio tiempo como promotora en una tienda departamental. Entonces se casó con mi padre.

Mi padre era profesor en un colegio y también trabajaba de noche en la oficina de correos, porque tenía deudas médicas qué pagar. Debia mantener viva a mi madre, y tenía también una hija y un hijo a los que criar. Afirmo, junto a Joseph Chaikin en The Presence of the Actor : “la realidad económica-médica en este país es emblemática del sistema, que literalmente escoge quién sobrevive. Renuncio al inequitativo sistema económico de mi gobierno.” Otros, debo hacer notar, han tenido menos que nosotros. Otros que no eran mi madre pero que estuvieron en su misma situación mueren y murieron. Yo también renuncio a este gobierno porque los pobres mueren, y no son solo víctimas de enfermedades al corazón, al riñón, o de cáncer - son víctimas de un sistema en que la consulta médica cuesta veinticinco dólares y la cirugía, cinco mil. Cuando yo tenía 12 años, mi madre resurgió de la cirugía al corazón y el derrame que le robó las palabras. Allí estaba, una madre, de pie y dando órdenes. Tuvimos dificultades entre nosotras. Yo no sabía quién era ella, o qué quería de mí. Ella no sabía quién era yo, pero tenía ideas definidas sobre quién debería ser. Ella tenía, pensaba yo, una actitud hacia el mundo tonta, casi estúpida. Para cuándo tuve doce años, sabía que quería ser escritora o abogada. No fui criada por mi madre, en realidad, así que ciertas ideas no me alcanzaron. No quería ser una esposa, no quería ser una madre. Fue mi padre quien me crío, aunque no lo veía mucho. Mi padre valoraba los libros y el diálogo intelectual. Él era hijo de inmigrantes rusos, y ellos querían que él fuera médico. Ese era el sueño de su madre y su padre. Él era un hijo devoto y así, aún cuando deseaba estudiar historia, hizo un curso pre-médico en la universidad. Era muy quisquilloso como para soportarlo. La sangre lo ponía enfermo. Así que, después de pre-medicina, se encontró a sí mismo, por casi veinte años, enseñando ciencias, lo que no le gustaba, en vez de historia, que amaba. Durante los años trabajando en lo que no le gustaba, se prometió a sí mismo que su hija e hijo serían tan educados como fuese posible y, sin importar lo que requiriera de su parte, sin importar qué clase de juramento o trabajo o dinero fuese necesario, su hija e hijo se convertirían en lo que fuera que quisieran. Mi padre hizo de nosotros su arte, y se dedicó a criarnos para convertirnos en lo que fuera que pudiéramos. No sé por qué no hizo distinción entre su niño y su niña, pero no lo hizo. No sé por qué, desde el inicio, me dio libros para leer, y me hablaba de todas sus ideas, y regó cada ambición que tuve de modo que pudiera germinar y crecer - pero lo hizo.* *Mi madre me recordó que ella me llevaba a las librerías y que también siempre me animó a leer. Olvidé este recuerdo temprano porque, en tanto crecí, ella y yo tuvimos algunos conflictos respecto a los libros que yo insistía en leer, aunque ella jamás evitó que los leyera.

¿Recuerdan que en Por Quién Doblan Las Campanas de Hemingway, a María se le pregunta acerca de cómo era que hacía el amor con Robert y la tierra se movió? Para mí, también, en mi vida, la tierra se ha movido algunas veces. La primera vez que se movió yo tenía diez. Iba a la Escuela Hebrea, pero estaba cerrada, día de luto por los seis millones asesinados por los Nazis. Así que fui a ver a mi prima que vivía cerca. Ella temblaba, llorando, gritando, vomitando. Me dijo que era abril y en abril su hermana menor fue asesinada frente a ella, y otra hermana, una infante, tuvo una terrible muerte, les rasuraron la cabeza - déjenme decir solamente que me contó lo que le pasó en el campo de concentración Nazi. Dijo que cada abril recordaba, como en una pesadilla de terror, lo que le había sucedido ese mes tantos años atrás, y que cada abril temblaba, lloraba, gritaba y vomitaba. La tierra se movió entonces. La segunda vez que la tierra se movió para mí fue cuando tenía dieciocho años y pasé cuatro días en la Casa de Detención de Mujeres en Nueva York. Fui arrestada en una manifestación en contra del genocidio de Indochina. Pasé cuatro días y cuatro noches en la suciedad y el terror de esa cárcel. Ahí, dos médicos me hicieron un brutal examen interno. Tuve hemorragia durante quince días luego de eso. La tierra se movió entonces. La tercera vez que la tierra se movió para mí fue cuando me volví feminista. No ocurrió un día en particular, o mediante una sola experiencia. Tenía que ver con esa tarde cuando tenía diez años y mi prima puso el sufrimiento de su vida en mis manos; tuvo que ver con esa cárcel de mujeres, y tres años de un matrimonio que comenzó como amistad y terminó en desesperación. Pasó en algún momento después de dejar a mi marido, cuando vivía en la pobreza y con gran angustia emocional. Pasó lentamente, poco a poco. Una semana después de dejar a mi ex-esposo comencé a escribir mi primer libro, el libro que ahora se llama Woman Hating. Quería averiguar qué me ocurrió en mi matrimonio y en las mil una instancias de mi vida diaria en las que parecía que era tratada como sub-humana. Sentía que yo era profundamente masoquista, pero que mi masoquismo no era personal - cada mujer que conocí vivía en un profundo masoquismo. Quería saber por qué. Sabía que ese masoquismo no me lo enseñó mi padre, y que mi madre no fue mi profesora inmediata. Así que comencé en lo que parecía el único lugar aparente - con la Historia de O, un libro que me movió profundamente. Desde ese inicio observé otra pornografía, cuentos de hadas, mil años de vendaje de pies en China, y la masacre de nueve millones de brujas. Aprendí algo acerca de la naturaleza del mundo que había permanecido oculta para mí - vi un desprecio sistemático hacia las mujeres que saturaba cada institución de la sociedad, cada órgano cultural, cada expresión del ser humano. Y vi que yo era una mujer, una persona que se enfrentaba a ese desprecio sistemático en cada esquina, en cada sala, en cada intercambio humano. Como me volví una mujer que sabía que era mujer, esto es, ya que me

volví feminista, comencé a hablar con mujeres por primera vez en mi vida, y una de las mujeres con las que empecé a hablar fue mi madre. Llegué a su vida a través del largo, oscuro túnel de la mía. Comencé a ver quién era ella al tiempo en que veía el mundo que la formó. Llegué a ella, ya no sintiendo pena de la pobreza de su intelecto, sino encontrándome aturdida por la calidad de su inteligencia. Llegué a ella, ya no convencida de su estupidez y trivialidad, sino impresionada por la calidad de su fuerza. Llegué a ella, ya no sintiéndome moralmente mejor y superior, sino como una hermana, otra mujer cuya vida, de no ser por la gracia de un padre feminista y la lucha común de mis hermanas feministas, hubiera sido repetición de la suya - efectivamente, llegué a reconocer que mi madre era orgullosa, fuerte y honesta. Para cuando tenía veintiséis, ya había visto lo suficiente del mundo y sus problemas para saber que orgullo, fuerza e integridad son virtudes que deben ser honradas. Y porque fui hacia ella de una forma nueva, ella llegó a mí, cuales sea que fueran nuestras dificultades, y no eran tantas, ahora ella es mi madre, y yo soy su hija, y ambas somos hermanas. Me pidieron hablar de arte y feminismo, ¿hay un arte feminista?, y de ser así ¿qué es? Durante todo el tiempo en que los escritores han escrito, hasta hoy, ha existido un arte masculinista - arte que sirve a los hombres en un mundo hecho para hombres. Ese arte ha degradado a las mujeres. Nos ha caracterizado, casi sin excepción, como seres amputados, de empobrecida sensibilidad, gente trivial con preocupaciones triviales. Ha estado, casi sin excepción, imbuido de una misoginia tan profunda, una misoginia que es de hecho su visión del mundo; casi todas nosotras, hasta hoy, hemos pensado que así es el mundo, que así es cómo las mujeres somos. Me pregunto a mí misma, ¿qué aprendí de todos esos libros que leí mientras crecía?, ¿aprendí algo real o algo verdadero acerca de las mujeres?, ¿aprendí algo real o verdadero acerca de las mujeres y los cientos de años en que vivieron?, ¿iluminaron esos libros mi vida, o la vida misma, en alguna forma útil, o profunda, o generosa, o rica, o con textura, o auténtica? No lo creo. Creo que ese arte, esos libros, me habrían robado la vida, tal como el mundo al que sirven se la robó a mi madre. Theodore Roethke, se nos dice, fue un gran poeta, un poeta de condición masculina, insistiría yo, que escribió: “ dos de los cargos más frecuentemente hechos por las mujeres en contra de la poesía, son falta de amplitud - en el objeto, en el tono emocional-y falta de sentido del humor. Y uno podría, en instancias individuales entre escritores de real talento, añadir otro fallo estético y moral: las volteretas; el bordado de temas triviales; una preocupación por las meras superficies de la vida - esa es una provincia especial del talento femenino en la prosa- ocultándose de las verdaderas agonías del espíritu;

imaginación este tan mutilada ahora que somos incapaces de imaginarlo, al introducir un nuevo tema, uno tan fantástico y rico como los otros- deberíamos llamarlo “felicidad”. No podemos imaginar un mundo en que las mujeres no son consideradas triviales y despreciables, donde las mujeres no son pisoteadas, abusadas, explotadas, violadas, disminuidas incluso antes de nacer - y por tanto, no podemos saber qué clase de arte será producido en un mundo nuevo. Nuestro trabajo, que hará honor absoluto a esos siglos de mujeres hermanas, que vinieron antes que nosotras, dará vida a ese nuevo mundo. Será para nuestras niñas y niños, y para que sus hijas e hijos vivan en él.

2. Renunciando a la “Equidad” Sexual.

Equidad : 1. El estado de ser igual; correspondencia en cantidad, grado, valor, rango, habilidad, etc. 2. De carácter uniforme, en motivo o superficie. Libertad : 1. Estado de estar libre en vez de confinado o bajo restricción física…2. Exento de control externo, interferencia, regulación, etc. 3. Poder de determinar las acciones de uno, etc. 4. Philips, el poder de tomar decisiones o elecciones propias sin constricciones internas o externas; autonomía, auto-determinación…5. Libertad civil, en oposición a estar sujeto a un gobierno arbitrario o despótico. 6. Independencia política o nacional…8. Libertad personal, en oposición a servitud o esclavitud… - Sinónimo: LIBERACIÓN, INDEPENDENCIA, LIBERTAD se refieren a la ausencia de restricciones y la oportunidad de ejercer los derechos y poderes de uno, LIBERTAD enfatiza la oportunidad de ejercer los derechos de uno, poderes, deseos, o por el estilo…INDEPENDENCIA implica no solo falta de restricciones sino también la habilidad de permanecer solo, sin ser mantenido por otra cosa… – Antónimo. 1-3. Amarra. 5, 6, 8. Opresión. Justicia : 1. La cualidad de ser justo; correcto, equidad, corrección moral…2. Correcto o dentro de la ley…3. El principio moral de determinar la conducta justa. 4. Conformidad a este principio, manifestado en la conducta; acción justa, trato o tratamiento….

  • Del diccionario Random House de la lengua Inglesa. [Entregado en la Conferencia sobre Sexualidad para la Organización Nacional de Mujeres, en Nueva York, el 12 de Octubre de 1974] En 1970, Kate Millet publicó Política Sexual. En ese libro nos probó a muchas de nosotras - quienes hubiéramos pasado la vida negándolo- que las relaciones sexuales, la literatura describiendo esas relaciones, la psicología explicando esas relaciones, los sistemas económicos que satisfacen las necesidades de esas relaciones, los sistemas religiosos que buscan controlar esas relaciones, son políticos. Ella nos mostró que todo lo que le sucede a una mujer en su vida, todo lo que la toca o moldea, es político. Las mujeres que son feministas, esto es, las mujeres que comprendieron su análisis y vieron que explicaba mucho de sus vidas reales, han tratado de entender y han tratado de luchar en contra y transformar el sistema político llamado patriarcado, que explota nuestra labor, predetermina el dominio sobre nuestros cuerpos y determina el sentido de ser nosotras mismas desde que nacemos. Ninguna porción de la lucha es abstracta; ha tocado cada parte de nuestras vidas. Pero en ninguna otra parte nos ha tocado de forma más dolorosa y vívida que en aquellas áreas que llamamos “amor” y “sexo”. En el transcurso de