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Ockham. Contexto y vida., Monografías, Ensayos de Filosofía

Transcripción presentación que se completa con análisis de las obras de Guillermo de Ockham.

Tipo: Monografías, Ensayos

2018/2019

Subido el 16/02/2019

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OCKHAM. VIDA Y CONTEXTO.
El rumbo de la vida de Ockam tiene cuatro puntos cardinales institucionales. Estos son las
órdenes mendicantes, pues Ockham era franciscano, la universidad, pues Ockam tiene
vocación docente no del todo realizada, y el papado y el imperio, en cuya rivalidad se va a ver
enredado .
La vida activa de Ockham se desarrolla en la primera mitad del siglo XIV. Estos son tiempos de
turbulencias, turbulencias en los cuatro puntos institucionales, pues es un tiempo en que lo
político tiene una derivada teológica, lo teológico una derivada educacional y lo educacional
una derivada política. O sea, que las luchas entre facciones políticas tienen su reflejo en las
jerarquías religiosas, las órdenes o la universidad.
Empezamos con las órdenes mendicantes. Aquí tenemos el primer combate, como ya hemos
visto, entre dominicos y franciscanos. Rivales temibles que en un principio estuvieron en el
mismo bando. Ese principio es el principio del siglo XIII. Francisco de Asís funda la orden de los
franciscanos en 1209 y Domingo de Guzmán de los dominicos en 1215, ambas buscando la
renovación de la vida eclesiástica, ambas con vocación urbana. Ambas florecen en las ciudades
y tienen el apoyo del papa, que ve en ellas una oportunidad de asentar su dominio sobre las
autoridades religiosas locales. Una prueba de la cercanía de las dos órdenes en esta época,
relacionada con Ockham , es que, cuando los franciscanos llegan a Inglaterra, en 1224, los
acogen los dominicos, que ya tenían presencia allí. Este idilio no dura demasiado, algo que
tiene mucho que ver con las escaramuzas en el ring universitario.
Nos vamos al sur, a las universidades. En tiempos de Ockham aún se están fundando algunas.
La de Roma, por ejemplo, es de 1303, o la de Coimbra es de 1308. Pero, en fin, las señeras, las
de París y Oxford llevan ya para entonces 150 años funcionando. Por cierto, que el nombre de
universitas no se usa hasta finales del siglo XIV. Antes, el nombre utilizado era el de Studium
Generale. La universidad más relevante era la de París, que atraía estudiantes de toda Europa,
agrupados en cuatro naciones:
Francesa, con estudiantes de cinco provincias francesas, entre ellas París, además de italianos,
españoles, portugueses y estudiantes del este de Europa.
Picarda, de otras cinco provincias francesas
Normanda, provincias del norte de Francia
Inglesa, con estudiantes alemanes, holandesdes, daneses, ingleses y escoceses.
En la universidad se enseñaban artes (filosofía), teología, y, en consonancia a las necesidades
de los nuevos núcleos urbanos, derecho y medicina, menos relevantes que los dos primeros
para lo que nos ocupa.
Ahora juntamos norte y sur. La llegada de las órdenes mendicantes a la universidad. Los
franciscanos llegan a París más tarde que los dominicos, que tenían una vocación universitaria
desde el principio. San Francisco consideraba los estudios peligrosos e innecesarios, pero a la
fuerza ahorcan, y las universidades eran instituciones importantes donde acudían jóvenes con
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OCKHAM. VIDA Y CONTEXTO.

El rumbo de la vida de Ockam tiene cuatro puntos cardinales institucionales. Estos son las órdenes mendicantes, pues Ockham era franciscano, la universidad, pues Ockam tiene vocación docente no del todo realizada, y el papado y el imperio, en cuya rivalidad se va a ver enredado. La vida activa de Ockham se desarrolla en la primera mitad del siglo XIV. Estos son tiempos de turbulencias, turbulencias en los cuatro puntos institucionales, pues es un tiempo en que lo político tiene una derivada teológica, lo teológico una derivada educacional y lo educacional una derivada política. O sea, que las luchas entre facciones políticas tienen su reflejo en las jerarquías religiosas, las órdenes o la universidad. Empezamos con las órdenes mendicantes. Aquí tenemos el primer combate, como ya hemos visto, entre dominicos y franciscanos. Rivales temibles que en un principio estuvieron en el mismo bando. Ese principio es el principio del siglo XIII. Francisco de Asís funda la orden de los franciscanos en 1209 y Domingo de Guzmán de los dominicos en 1215, ambas buscando la renovación de la vida eclesiástica, ambas con vocación urbana. Ambas florecen en las ciudades y tienen el apoyo del papa, que ve en ellas una oportunidad de asentar su dominio sobre las autoridades religiosas locales. Una prueba de la cercanía de las dos órdenes en esta época, relacionada con Ockham , es que, cuando los franciscanos llegan a Inglaterra, en 1224, los acogen los dominicos, que ya tenían presencia allí. Este idilio no dura demasiado, algo que tiene mucho que ver con las escaramuzas en el ring universitario. Nos vamos al sur, a las universidades. En tiempos de Ockham aún se están fundando algunas. La de Roma, por ejemplo, es de 1303, o la de Coimbra es de 1308. Pero, en fin, las señeras, las de París y Oxford llevan ya para entonces 150 años funcionando. Por cierto, que el nombre de universitas no se usa hasta finales del siglo XIV. Antes, el nombre utilizado era el de Studium Generale. La universidad más relevante era la de París, que atraía estudiantes de toda Europa, agrupados en cuatro naciones: Francesa, con estudiantes de cinco provincias francesas, entre ellas París, además de italianos, españoles, portugueses y estudiantes del este de Europa. Picarda, de otras cinco provincias francesas Normanda, provincias del norte de Francia Inglesa, con estudiantes alemanes, holandesdes, daneses, ingleses y escoceses. En la universidad se enseñaban artes (filosofía), teología, y, en consonancia a las necesidades de los nuevos núcleos urbanos, derecho y medicina, menos relevantes que los dos primeros para lo que nos ocupa. Ahora juntamos norte y sur. La llegada de las órdenes mendicantes a la universidad. Los franciscanos llegan a París más tarde que los dominicos, que tenían una vocación universitaria desde el principio. San Francisco consideraba los estudios peligrosos e innecesarios, pero a la fuerza ahorcan, y las universidades eran instituciones importantes donde acudían jóvenes con

posibles, así que el desarrollo de la orden pasaba por tener una presencia universitaria. Decía que los franciscanos llegan en 1219. Y lo hacen, como los dominicos al margen del gremio de estudiantes y maestros. En 1229 ambas órdenes ya tienen sus colegios propios. Las cátedras de la universidad se reparten, entonces, entre los maestros seculares y los mendicantes. Y en ese reparto está el primer conflicto con las órdenes mendicantes. Hay una protesta generalizada en 1229 que acaba con unas órdenes con mayor fuerza en la universidad. Durante las siguientes décadas se extiende la rivalidad entre seculares y regulares a aspectos dogmáticos y entran en juego los pesos pesados, que son, por un lado, Guillermo de San Amor, que acusa a los mendicantes de ser falsos apóstoles y precursores del anticristo, y por otro Tomás de Aquino por parte de los dominicos y Tomás de York por parte de los franciscanos. Estos últimos consiguen que el papa expulse a Guillermo de san Amor de Francia. Se consigue la paz con medidas contemporizadoras, como excluyendo a los maestros mendicantes de la facultad de artes. El primer maestro franciscano de teología es Alejandro de Hales, un fichaje galáctico, que dirían ahora, pues ya era un reputado teólogo cuando ingresa en la orden. Tiene varios sucesores de fama menor hasta que llega un gigante, Buenaventura, catedrático de 1253 a 1257, momento en el que lo ascienden a ministro general de los franciscanos. Buenaventura llega a la cátedra justo cuando Alberto Magno está abandonando la suya. Se convertirá en el gran azote del aristotelismo dominico, en lo que es el reflejo doctrinal de la disputa más mundana dentro y fuera de la universidad. Buenaventura tiene dos caballos de batalla: la afirmación de que el mundo es eterno, que va contra la creación y la encarnación de Cristo, y la pretensión de que no hay más que un intelecto, que niega la salvación de las almas. Buenaventura lucha encarnizadamente contra el establecimiento de algo parecido a la doble verdad averroísta. A partir de estos puntos se irán desgranando nuevos problemas, nuevas discrepancias doctrinales que ahondan el foso que separa al agustinismo franciscano y al naturalismo aristotélico dominico. Con el tiempo, y de forma muy ligada a los acontecimientos políticos, en París se impondrán las tesis tomistas. A cambio, en Oxford, el otro gran centro universitario de Europa, primará el agustinismo. En Oxford los franciscanos siguieron el método florentino, no de Florencia, sino de Florentino Pérez y ficharon a otro teólogo galáctico. Si en París fue Alejandro de Hales, en Oxford fue Roberto Grosseteste, que hizo a la casa franciscana la escuela de teología más reputada de la época. Podíamos estar una hora contando la historia de las querellas universitarias entre dominicos y franciscanos, pero dejemos el tema señalando que en 1277, con la condena por parte del obispo de París de 219 tesis de inspiración aristotélica estas disputas larvadas y no tan larvadas salen definitivamente a la superficie, disputas que ya digo tienen tanto de teológicas como de filosóficas o políticas. Lo importante es que los temas en disputa, temas como la pobreza franciscana, o el del poder y la voluntad de Dios o la subordinación de las autoridades civiles al papa serán los que luego marquen el trabajo y el destino de Guillermo de Ockham. Mencionemos sólo algo que sabemos ya, que es que la tradición intelectual franciscana dio a otro gigante antes de Guillermo, que fue, claro, Duns Scoto, al que hemos visto. Menos

Pasar a una de las facultades superiores, derecho, medicina o teología. Ockham se decide por esta última opción, en Oxford, donde pasa una serie de años hasta que consigue primero el título de bachiller bíblico y luego dos años más para el de bachiller sentenciario y otros dos para el de bachiller formado. De ahí el siguiente paso era el de que se abriera una cátedra y pudiera ser doctorado como maestro regente en Oxford. Pero eso nunca ocurrió. De ahí que mientras a Scoto se le llame, por ejemplo, “doctor sutil”, Ockham sea más conocido como “venerabiliis inceptor”, el venerable iniciador. Se interpreta como “venerable iniciador de una nueva escuela filosófica”, algo que posiblemente sea más propio de Scoto. En realidad inceptor era el título que tenían los aspirantes a maestros regentes. Y ¿por qué Ockham no llegó a ser maestro regente? Probablemente por una triple razón. Primero, porque fue un bachiller precoz. Demasiado joven. Segundo, porque sólo se abría una cátedra en Oxford para los franciscanos en Oxford cada dos años. Y después porque su doctrina lo acaba metiendo en un lío. Estos son los siete años, más o menos, en los que escribe lo esencial de su obra teológica. No entraré en detalle en las obras. Sólo mencionaré que básicamente Ockham articula su obra teológica alrededor de una doble crítica, una verdadera crítica hacia las posiciones tomistas y una crítica que es, digamos, una especie de disfraz metodológico, hacia las posiciones escotistas. Y digo que es un disfraz porque la cercanía de Ockham a Scoto es evidente y lo que se produce es una especie de destilación del escotismo hasta obtener una doctrina “más pura” vista desde la posición anti-tomista. Tomemos, por ejemplo, el asunto de la metafísica del singular. Tomás sigue a Aristóteles en su concepción de la unidad sustancial. y presenta la unión de materia y forma en el ente singular y la función de la parte en el todo como nota esencial de esa parte. Esto condiciona la relación entre Dios y el mundo creado, una relación necesaria y analógica, o sea, una concepción naturalista en el que Dios está sujeto a su propio orden. Ya vimos cómo, frente a esta postura, Escoto cambia analogía por univocidad, lo que le permite fundar su metafísica sobre bases teológicas. Materia y forma son resultado de una forma primera, acto absoluto. Así, la relación entre Dios y el mundo está basada en la omnipotencia divina. En cierto sentido, libera a Dios de las obligaciones de la ordenación de la creación. Ahora bien, Ockham considera que Escoto no llega suficientemente lejos, que cambia esa necesidad natural aristotelicotomista por una necesidad formal y que, para lograr la primacía de la fe sobre la razón hay que justificar la primacía de la voluntad de Dios sobre su entendimiento, que es donde actúa la razón. Así que dinamita la cadena formal de Escoto negando la existencia de los universales, a los que considera Ockham “conceptos confusos”. Quedan los singulares, contingentes, o sea, absolutamente dependientes de su creador. Es fácil ver que esta metafísica del singular funda el nominalismo, y que el asesinato ontológico del universal es el asesinato de entidades superfluas, como ciertas categorías o relaciones, asesinato por arma blanca, pues esto es la famosa Navaja de Ockham, el principio de economía. Bueno, pues además de en la metafísica del singular, Ockham extrema posiciones escotistas en cosas como el conocimiento intuitivo, que deriva en un escepticismo teológico, o la omnipotencia divina, o el voluntarismo moral. O en el terreno lógico, en el que separa radicalmente signo y significado.

En fin, posturas radicales que en aquel entorno resultan peligrosas. En un mundo dividido entre tomistas y escotistas, meterse con Tomás y con Escoto al mismo tiempo era garantía de buscarse enemigos sin encontrar defensores. Y aquí está ese lío en el que se mete Ockham. Cortesía del excanciller de Oxford, Juan Lutterell, un dominico al que su autoritarismo en la universidad le había costado el puesto. A Lutterell, que tiene que buscarse la vida, probablemente se le ocurre que una buena manera de hacerlo es denunciar los excesos doctrinarios de un joven franciscano sin apoyos. Un enemigo fácil. Así que, aprovechando la predominancia del tomismo en la corte del papa Juan XXII, se va a Avignon y elabora una lista de 56 textos sospechosos de Ockham, al que el papa acaba llamando a Avignon para ser procesado. Estamos en 1324. Allí, en Avignon, Ockham se encontrará con un hombre crucial en el giro que va a dar su vida. Es Miguel de Cesena. Miguel de Cesena era, desde 1316, ministro general de los franciscanos, el mismo año que Juan XXII es elegido papa. Entre ellos se entablará un combate a muerte que arrastrará a mucha gente, entre ellas a Ockham, un combate cuya razón inicial tiene que ver con la cuestión de la pobreza de la Iglesia. Y es que ese era un tema muy sensible, particularmente para los franciscanos. Recordemos que San Francisco hizo de la renuncia a la posesión el primer paso hacia la salvación. El problema es el propio éxito de la orden. Porque a principios del siglo XIV hay 30.000 franciscanos, ni más ni menos, que entre otras cosas ocupan cargos como maestros universitarios, o cardenales o inquisidores, así que la probabilidad de comportamientos poco adecuados al ideal del fundador es alta. El caso es que, por si no tuviesen bastante con los enfrentamientos con los dominicos o con los maestros seculares, este asunto de la pobreza provoca en los franciscanos una especie de guerra civil. Por un lado están los espirituales, más apegados al mensaje original de san Francisco, y por otro los conventuales, más contemporizadores con la situación de la orden en aquel tiempo. Este es un tema apasionante, con los distintos principios dogmáticos, los concilios, las bulas, las derivadas de los celantes, los beguino, los dulcinistas y demás…, pero no podemos detenernos en él. Digamos sólo que hay un momento en el que parece que las cosas tienen visos de arreglo, sobre todo gracias al afán contemporizador de Miguel de Cesena, pero Juan XXII, que debía de tener un carácter, como dice la Enciclopedia Británica cuando habla de él, “impetuoso” se encarga de acabar con la esperanza publicando una bula, “Ad conditiorem canonum” donde reduce las diferencias entre propiedad y uso, que era lo que había servido para contener las hostilidades. Esto acaba con las sospechas de Juan XXII de que Miguel de Cesena conspira con el emperador Luis de Baviera contra él y lo convoca a Avignon donde poco más que lo recluye. Y ahí, en Avignon es donde conoce a Ockham, al que encarga el estudio de ciertas constituciones del Papa, en lo que supondrá el principio del cambio de temática de Ockham hacia lo político. 26 de mayo de 1328. Fecha clave. Ese día, o mejor, esa noche, Miguel de Cesena, junto a cuatro compañeros franciscanos, huye de Avignon, tal vez descolgándose de las murallas, se sube a un barco que pone a su disposición Luis de Baviera y se marcha a la corte de este en Pisa. Con eso, Miguel de Cesena y Guillermo de Ockham, pues era uno de los cuatro, se ponen, en lo que al papado se refiere, al margen de la ley, como esos forajidos de las películas del Oeste. Ese posicionamiento, más que su doctrina teológica, es la que condiciona la condena de las doctrinas ockhamistas en 1328. Y es que a partir de ese momento dos temas dominarán la producción de Ockham: el de la pobreza de la Iglesia y el de las relaciones entre