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Asignatura: criminologia, Profesor: , Carrera: Criminología, Universidad: UMA
Tipo: Apuntes
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La historia original del moro de Venecia, de Gianbattista Giraldi Cinthio (1565), sirvió a William Shakespeare para crear Otelo , la única de sus «grandes tragedias» basada en una obra de ficción. Contraviniendo la imagen isabelina del «moro», Shakespeare invierte los papeles de los protagonistas y otorga al moro Otelo el carácter de hombre noble y aristocrático, mientras que reserva para el italiano Yago la perversidad y la hipocresía, desarrollando en él uno de los estudios más profundos del mal. Otelo se presenta como la tragedia de la incomprensión, en la que luchan el amor puro, la pasión, el orgullo, los celos, la venganza…, y en la que al final, el protagonista, como un auténtico héroe trágico, consciente de su degradación y de su pérdida, escribe su propio epitafio, con la angustia del héroe destrozado. Si dijéramos que Otelo es la pasión, Yago la intriga, la envidia, y Desdémona la inocencia, el amor sencillo, diríamos verdad, pero omitiríamos lo que Shakespeare quiso transmitirnos: toda una filosofía del bien, del amor y del odio. Otelo es una terrible y estremecedora figura, cara y cruz de la vida. Otelo no es, simplistamente, una obra de teatro sobre la indefensa Desdémona que cae ante la crueldad de su esposo o sobre la traición de Yago. Es, en esencia, una obra sobre la fascinación: fascinación en el amor, fascinación y celos, fascinación y muerte. Los personajes centrales se ven atrapados en el aterrorizante círculo de sus propias acciones y quizás, de su propio deseo.
Título original: The Tragedy of Othello, the Moor of Venice William Shakespeare, 1603-1604. Traducción: Marcelino Menéndez y Pelayo Diseño/retoque portada: Oxobuco
Editor original: Oxobuco (v1.0) ePub base v2.
ACTO PRIMERO
ESCENA I
Una calle en Venecia.
(Entran Rodrigo y Yago.)
RODRIGO .—No vuelvas a tocar esa cuestión, Yago: mucho me pesa que estés tan enterado de eso tú, a quien confié mi bolsa, como si fuera tuya. YAGO .—¿Por qué no me oís? Si alguna vez me ha pasado tal pensamiento por la cabeza, castigadme como os plazca. RODRIGO .—¿No me dijiste que le aborrecías? YAGO .—Y podéis creerlo. Más de tres personajes de esta ciudad le pidieron con la gorra en la mano que me hiciese teniente suyo. Yo sé si valgo como soldado y si sabría cumplir con mi obligación. Pero él, orgulloso y testarudo, se envuelve en mil retóricas hinchadas y bélicas metáforas, y acaba por decirles que no, fundado en que ya tiene su hombre. ¿Y quién es él? Un tal Miguel Casio, florentino, gran matemático, lindo y condenado como una mujer hermosa. Nunca ha visto un campo de batalla, y entiende tanto de guerra como una vieja. No sabe más que la teoría, lo mismo que cualquier togado. Habilidad y práctica ninguna. A ése ha preferido, y yo que delante de Otelo derramé tantas veces mi sangre en Chipre, en Rodas y en otras mil tierras de cristianos y de gentiles, le he parecido inferior a ese necio sacacuentas. Él será el teniente del moro, y yo su alférez. RODRIGO .—¡Ira de Dios! Yo mejor sería su verdugo. YAGO .—Cosa inevitable. En la milicia se asciende por favor y no por antigüedad. Decidme ahora si hago bien o mal en aborrecer al moro. RODRIGO .—Pues entonces, ¿por qué no dejas su servicio? YAGO .—Sosiégate: le sigo por mi interés. No todos podemos mandar, ni se encuentran siempre fieles criados. A muchos verás satisfechos con su condición servil, bestias de carga de sus amos, a quienes agradecen la pitanza, aunque en su vejez los arrojen a la calle. ¡Qué lástima de palos! Otros hay que con máscara de sumisión y obediencia atienden sólo a su utilidad, y viven y engordan a costa de sus amos, y llegan a ser personas de cuenta. Éstos aciertan, y de éstos soy yo. Porque habéis de saber, Rodrigo, que si yo fuera el moro, no sería Yago, pero siéndolo, tengo que servirle, para mejor servicio mío. Bien lo sabe Dios: si le sirvo no es por agradecimiento ni por cariño ni obligación, sino por ir derecho a mi propósito. Si alguna vez mis acciones dieran indicio de los ocultos pensamientos de mi alma, colgaría de la manga mi corazón para pasto de grajos. No soy lo que parezco. RODRIGO .—¡Qué fortuna tendría el de los labios gruesos, si consiguiera lo que desea! YAGO .—Vete detrás del padre: cuenta el caso por las plazas: amotina a todos los parientes, y aunque habite en delicioso clima, hiere tú sin cesar sus oídos con moscas que le puncen y atormenten: de tal modo que su misma felicidad llegue a él tan mezclada con el dolor, que pierda mucho de su eficacia. RODRIGO .—Hemos llegado a su casa. Le llamaré. YAGO .—Llámale a gritos y con expresiones de angustia y furor, como si de noche hubiese comenzado a arder la ciudad. RODRIGO .—¡Levantaos, señor Brabancio!
Lucifer, debo fingirme sumiso y cariñoso con él y aparentar lo que no siento. Los que vayan en persecución suya, le alcanzarán de seguro en el Sagitario. Yo estaré con él. Adiós. (Vase.) (Entran Brabancio y sus servidores con antorchas.) BRABANCIO .—Cierta es mi desgracia. Ha huido mi hija. Lo que me resta de vida será una cadena de desdichas. Respóndeme, Rodrigo. ¿Dónde viste a mi niña? ¿La viste con el moro? Respóndeme. ¡Ay de mí! ¿La conociste bien? ¿Quién es el burlador? ¿Te habló algo? ¡Luces, luces! ¡Levántense todos mis parientes y familiares! ¿Estarán ya casados? ¿Qué piensas tú? RODRIGO .—Creo que lo estarán. BRABANCIO .—¿Y cómo habrá podido escaparse? ¡Qué traición más negra! ¿Qué padre podrá desde hoy en adelante tener confianza en sus hijas, aunque parezcan honestas? Sóbranle al demonio encantos y brujerías con qué triunfar de su recato. Rodrigo, ¿no has visto en libros algo de esto? RODRIGO .—Algo he leído. BRABANCIO .—Despertad a mi hermano. ¡Ojalá que la hubiera yo casado con vos! Corred en persecución suya, unos por un lado, otros por otro. ¿Dónde podríamos encontrarla a ella y al moro? RODRIGO .—Yo los encontraré fácilmente, si me dais gente de bríos que me acompañe. BRABANCIO .—Id adelante. Llamaremos a todas las puertas, y si alguien se resiste, autoridad tengo para hacer abrir. Armas, y llamad a la ronda. Sígueme, Rodrigo: yo premiaré tu buen celo. (Vanse.)
ESCENA II
Otra calle.
(Entran Otelo, Yago y criados con teas encendidas.)
YAGO .—En la guerra he matado sin escrúpulos a muchos, pero tengo por pecado grave el matar a nadie de caso pensado. Soy demasiado bueno, más de lo que convendría a mis intereses. Ocho o diez veces anduve a punto de traspasarle de una estocada. OTELO .—Prefiero que no lo hayas hecho. YAGO .—Pues yo lo siento, porque anduvo tan provocativo y tales insolencias dijo contra ti, que yo que soy tan poco sufrido, apenas pude irme a la mano. Pero dime, ¿os habéis casado ya? El senador Brabancio es hombre de mucha autoridad y tiene más partido que el mismo Dux. Pedirá el divorcio, invocará las leyes, y si no consigue su propósito, os inquietará de mil modos. OTELO .—Por mucho que él imagine, más han de poder los servicios que tengo hechos al Senado. Todavía no he dicho a nadie, pero lo diré ahora que la alabanza puede honrarme, que desciendo de reyes, y que merezco la dicha que he alcanzado. A fe mía, Yago, que si no fuera por mi amor a Desdémona, no me hubiera yo sometido, siendo de tan soberbia condición, al servicio de la República, aunque me dieran todo el oro de la otra parte de los mares. Pero ¿qué antorchas veo allí? YAGO .—Son el padre y los parientes de Desdémona, que vienen furiosos contra ti. Retírate. OTELO .—No, aquí me encontrarán, para que mi valor, mi nobleza y mi alma den testimonio de quien soy. ¿Llegan? YAGO .—Me parece que no, por vida mía. (Entran Casio y soldados con antorchas.) OTELO .—Es mi teniente con algunos criados del Dux. Buenas noches, amigos míos. ¿Qué novedades traéis? CASIO .—General, el Dux me envía a que os salude, y desea veros en seguida. OTELO .—Pues ¿qué sucede? CASIO .—Deben de ser noticias de Chipre. Es urgente el peligro. Esta noche han llegado, uno tras otro, doce mensajeros de las galeras, y el Dux y muchos consejeros están secretamente reunidos, a pesar de ser tan avanzada la hora. Os llaman con mucha prisa: no os han encontrado en vuestra posada, y a mí me han enviado más de una vez en busca vuestra. OTELO .—Y gracias a Dios que me encontrasteis. Voy a dar un recado en mi casa, y vuelvo inmediatamente. (Vase.) CASIO .—¿Cómo aquí, alférez Yago? YAGO .—Calculo que esta noche he alcanzado buena presa. CASIO .—No lo entiendo. YAGO .—El moro se ha casado. CASIO .—¿Y con quién? (Vuelve a entrar Otelo.) YAGO .—Con… ¿En marcha, capitán? OTELO .—Andando. CASIO .—Mucha gente viene buscándoos.
ESCENA III
Sala del Consejo.
(El Dux y los senadores sentados a una mesa.)
DUX .—Estas noticias entre sí no tienen relación. SENADOR 1º .—En verdad que no concuerdan, porque según las cartas que yo he recibido, las galeras son 107. DUX .—Pues aquí dice que 137. SENADOR 2º .—Y ésta que yo tengo asegura que llegan a 200. Pero aunque en el número no convengan (y en tales ocasiones bien fácil es equivocarse), lo cierto y averiguado es que una armada turca navega hacia Chipre. DUX .—Esto es lo principal y lo indudable, y ésta es bastante causa para nuestros temores. UN MARINERO .— (Dentro.) ¡Ah del Senado! OFICIAL 1º .—Trae noticias de la armada. (Entra el marinero.) DUX .—¿Qué sucede? MARINERO .—El capitán me envía a deciros que los turcos navegan hacia Rodas. DUX .—¿Qué pensáis de esta novedad? SENADOR 1º .—No la creo: es algún ardid para engañarnos. No sólo Chipre es para el turco conquista más importante que la de Rodas, sino más fácil, por estar enteramente desguarnecida, y ser menos fuerte por naturaleza. Y no hemos de creer tan necio al turco, que deje lo cierto por lo dudoso, empeñándose en una empresa estéril y de dudoso resultado. DUX .—Para mí es seguro que no piensa en atacar a Rodas. OFICIAL .—Ahora llegan otras noticias (Entra el marinero 2º .) MARINERO 2º .—Ilustrísimo Senado, el turco se ha reforzado en Rodas con buen número de naves. SENADOR 1º .—Lo sospeché. ¿Sabes cuántas? MARINERO 2º .—Treinta. Y ahora navega de retorno hacia Chipre, con propósito manifiesto de atacarla. Esto me manda a deciros con todo respeto, vuestro fiel servidor Montano. DUX .—No hay duda que atacarán a Chipre. ¿Está allí Marcos Luches? SENADOR 1º .—Está en Florencia. DUX .—Escribidle de mi parte que vuelva en seguida. SENADOR 1º .—Aquí llegan Brabancio y el moro. (Entran Brabancio, Yago, Rodrigo, Alguaciles, etc.) DUX .—Esforzado Otelo, necesario es que sin dilación salgáis a combatir al turco. (A Brabancio.) Señor, bien venido seáis: no os vi al entrar. ¡Lástima que esta noche nos hayan faltado vuestra ayuda y consejo! BRABANCIO .—Más me ha faltado a mí el vuestro, perdón, señor. No me he levantado tan a deshora por tener yo noticia de este peligro, ni ahora me conmueven las calamidades públicas, porque mi dolor particular, como despeñado torrente, lleva delante de sí y devora cuantos pesares se le atraviesan en el camino.
DUX .—¿Qué ha acontecido? BRABANCIO .—¡Ay hija mía, desdichada hija mía! DUX Y SENADORES .—¿Ha muerto? BRABANCIO .—Peor aun. Para mí como si hubiese muerto. La han sacado de mi casa, le han trastornado el seso con bebedizos de charlatanes, porque sin arte diabólica ¿cómo ella, que no está loca ni ciega; había de caer en tal desvarío? DUX .—Sea quien fuere el autor de vuestra afrenta, el que ha privado de la razón a vuestra hija y la ha arrancado de vuestra casa, vos mismo aplicaréis con inflexible rigor la sangrienta ley, aunque recaiga en mi propio hijo. BRABANCIO .—Gracias, señor. Quien la robó es el moro. DUX Y SENADORES .—¡Lástima grande! DUX .—¿Qué contestáis, Otelo? ¿Qué podéis decir en propia defensa? BRABANCIO .—¿Qué ha de decir, sino confesar la verdad? OTELO .—Generoso e ilustre Senado, ¡dueños y señores míos, confieso que he robado a la hija de este anciano, y que me he casado con ella, pero ése es todo mi delito. Mi lenguaje es tosco: la vida del campo no me ha dejado aprender palabras suaves, porque desde que apenas contaba yo seis años y mis brazos iban cobrando vigor, los he empleado en las lides, y por eso sé menos del mundo que de las armas. Mala será, pues, mi defensa, y poco ha de aprovecharme; con todo eso, si me otorgáis venia, os contaré breve y sencillamente cómo llegué al término de mi amor, y con qué filtros y hechicerías logré vencer a la hija de Brabancio. BRABANCIO .—¡Una niña tan tierna e inocente que de todo se ruborizaba! ¿cómo había de enamorarse de un monstruo feísimo como tú, que ni eres de su edad, ni de su índole, ni de su tierra? Es aberración contra naturaleza suponer tal desvarío en una niña que es la misma perfección. No: sólo con ayuda de Satanás puedes haber triunfado. Por eso vuelvo a sostener que has alterado su sangre con yerbas o con veneno. DUX .—No basta que lo creáis ni que lo sospechéis. Es necesario probarlo, y las conjeturas no son pruebas. SENADOR 1º .—Dime, Otelo, ¿es cierto que la has seducido con algún engaño, o es que mutuamente os amabais? OTELO .—Mandad a buscar a mi esposa, que está a bordo del Sagitario. Ella sabrá defenderse y contestarle a su padre. Y si después de oírla me condenáis, no sólo despojadme del mando que me habéis confiado, sino condenadme a dura muerte. DUX .—Que venga Desdémona. OTELO .—Acompáñalos, alférez mío. (A Yago.) Tú sabes dónde está. Y mientras llega, yo, tan sinceramente como a Dios me confieso, os referiré de qué manera fue creciendo el amor de esa dama y el mío. (Vanse Yago y acompañamiento.) DUX .—Hablad, Otelo. OTELO .—Era su padre muy amigo mío, y con frecuencia me convidaba, gustando de oírme contar mi vida año por año: mis viajes, desastres, peleas y aventuras. Todo se lo referí, cuanto me había sucedido desde mis primeros años: naufragios y asaltos de mar y tierra, en que a duras penas salvé la vida: cómo fui vendido por esclavo: cómo me rescaté, y cómo peregriné por desiertos, cavernas,
encontrarme con el turco. Humildemente os pido que prestéis a mi esposa, durante mi ausencia, el acatamiento que a su rango se debe, con casa y criados dignos de ella. DUX .—Que viva en casa de su padre. BRABANCIO .—De ninguna suerte. OTELO .—No, en modo alguno. DESDÉMONA .—Ni yo tampoco quiero turbar la tranquilidad de mi padre, estando siempre delante de sus ojos. Oíd propicio, señor, lo que quiero deciros, y concededme una sencilla petición. DUX .—¿Cuál, Desdémona? DESDÉMONA .—Que no quiero separarme del moro ni un punto solo: para eso me rendí a él como el vasallo al monarca: no me enamoré de su rostro sino de su valor y de sus hazañas: por eso le rendí mi alma y mi vida. Si él va ahora a la guerra, y yo como polilla me quedo en la paz, ¿de qué me ha servido este enlace? ¿Qué fruto cogeré de él sino llorar en triste soledad su ausencia? Quiero acompañarle. OTELO .—Concédaselo el ilustre Senado, y a fe mía que no lo deseo por carnal apetito y brutal ardor (que ya se va apagando el de mi sangre africana), sino por corresponder a su generoso amor. Y no temáis que por ella olvide el alto empeño que me fiáis. No ¡vive Dios! Y si alguna vez la torpe lujuria amortigua o entorpece mis sentidos, o roba vigor a mi brazo, consentiré que las viejas truequen mi yelmo en olla o marmita, y que caiga sobre mi nombre la niebla de oscuridad. DUX .—Conviene que resolváis pronto, si ella le ha de acompañar o no. SENADOR 1º .—Debéis salir esta misma noche. OTELO .—Iré gustoso. DUX .—Nos reuniremos a las nueve. Un oficial que para esto dejéis os enviará los despachos y las insignias de vuestra dignidad, Otelo. OTELO .—Si queréis, puede quedarse mi alférez, cuya probidad tengo experimentada. Él podrá acompañar a mi mujer, si consentís en ello. DUX .—Así será. Buenas noches. Oídme una palabra, Brabancio: si la virtud es el mejor adornó, no hay duda que vuestro yerno es hermoso. SENADOR 1º .—Moro, amad mucho a Desdémona. BRABANCIO .—Moro, guárdala bien, porque engañó a su padre, y puede engañarte a ti. (Vanse todos menos Otelo, Yago y Desdémona.) OTELO .—¡Con mi vida respondo de su fidelidad! Yago, te confío a Desdémona: tu mujer puede acompañarla. Llévala pronto a Chipre. Ven, hermosa mía: sólo una hora nos queda para coloquios de amor. El tiempo urge, y es preciso conformarse al tiempo. (Vanse Otelo y Desdémona.) RODRIGO .—Yago. YAGO .—¿Qué dices, noble caballero? RODRIGO .—¿Y qué imaginas tú que haré? YAGO .—Acostarte y reposar. RODRIGO .—Voy a echarme de cabeza al agua. YAGO .—Si haces tal locura, no seremos amigos. ¡Vaya un mentecato! RODRIGO .—La locura es la vida cuando la vida es dolor y la mejor medicina de un ánimo enfermo es la muerte. YAGO .—¡Qué desvarío! Conozco bien el mundo, y todavía no sé de un hombre que se ame de veras
a sí mismo. Antes que ahogarme por una mujer, me convertiría en mono. RODRIGO .—¿Y qué he de hacer? Me avergüenzo de estar enamorado, pero ¿cómo remediarlo? YAGO .—¿Pues no has de remediarlo? La voluntad es el hortelano de la vida, y puede criar en ella ortigas y cardos, o hisopos y tomillo: una sola yerba o muchas: enriquecer la tierra o empobrecerla: tenerla de barbecho o abonarla. Para eso es la prudencia, el seso y el libre albedrío. Si en la balanza de la humana naturaleza, el platillo de la razón no contrapesara al de los sentidos, nos llevaría el apetito a cometer mil aberraciones. Pero por dicha tenemos la luz de la mente que doma esa sensualidad de la cual me parece que no es más que una rama lo que llamáis amor. RODRIGO .—No lo creo. YAGO .—Hervor de sangre, y flaqueza de voluntad. Muéstrate hombre. No te ahogues en poca agua. Siempre he sido amigo tuyo, y estoy ligado a ti por invencible afecto. Ahora puedo servirte como nunca. Toma dinero: síguenos a la guerra, disfrazado y con barba postiza. Toma dinero. ¿Piensas tú que a Desdémona le ha de durar mucho su amor por el moro? Toma dinero. ¿Qué ha de durar? ¿No ves que el fin ha de ser tan violento como el principio? Toma dinero. Los moros son versátiles e inconstantes. Dinero, mucho dinero. Pronto le amargará el dulzor de ahora. Ella es joven y ha de cansarse de él, y caer en infidelidad y mudanza. Toma dinero. Y si te empeñas en irte al infierno, vete de un modo algo más dulce que ahogándote. Recoge todo el dinero que puedas. Tú la lograrás, si es que mis artes y el poder del infierno no bastan a triunfar de la bendición de un clérigo, y de un juramento de amor prestado a un salvaje vagabundo por una discretísima veneciana. Toma dinero, mucho dinero. No te ahogues, ni te vuelvas loco. Más vale que te ahorquen después que la hayas poseído, que no ahogarte antes. RODRIGO .—¿Me prometes ayudarme, si me arrojo a tal empresa? YAGO .—No lo dudes. Pero toma dinero. Te repetiré lo que mil veces te he dicho. Aborrezco de muerte al moro: yo sé por qué, y la razón es poderosa. Tú no le aborreces menos. Conjurémonos los dos para vengarnos. Tú tendrás el deleite, yo la risa. Muchas cosas andan envueltas en el seno del porvenir. Vete, y toma dinero y disfrázate. Mañana volveremos a hablar. Pásalo bien. RODRIGO .—¿Dónde nos veremos? YAGO .—En mi posada. RODRIGO .—Iré temprano. YAGO .—Así sea. ¿Rodrigo? RODRIGO .—¿Tienes más que decirme? YAGO .—No te ahogues. ¿Eh? RODRIGO .—Ya no pienso en eso: voy a convertir en dinero todo lo que poseo. YAGO .—Hazlo así, y mucho dinero, mucho dinero en el bolsillo. (Vase Rodrigo.) Este necio será mi tesorero. Bien poco me había de servir mi experiencia del mundo si yo fuera a perder más tiempo con él. Pero aborrezco al moro, porque se susurra que enamoró a mi mujer. No sé si es verdad, pero tengo sospechas, y me bastan como si fueran verdad averiguada. Él me estima mucho: así podré engañarle mejor. Casio es apuesto mancebo. ¡Qué bien me valdría su empleo! Así mataría dos pájaros a la vez. ¿Qué haré? Yo he de pensarlo despacio. Dejaré correr algún tiempo, y luego me insinuaré en el ánimo de Otelo, haciéndole entender que es muy sospechosa la amistad de Casio con su mujer. Las apariencias suyas, son propias para seducir a las hembras. Por otra parte, el moro es hombre sencillo y crédulo: a todos cree buenos, y se dejará llevar del ronzal, como un asno. ¡Ya he encontrado el medio! ¡Ya voy
ACTO SEGUNDO
ESCENA I
Un puerto de Chipre.
(Entran Montano y dos caballeros.)
MONTANO .—¿Qué se descubre en alta mar? CABALLERO 1º .—Nada distingo, porque la tormenta crece, y confundidos mar y cielo no dejan ver ni una sola nave. MONTANO .—Paréceme que el viento anda muy desatado en tierra: nunca he visto en nuestra isla temporal tan horrendo. Si es lo mismo en alta mar, ¿qué quilla, por fuerte que sea, habrá podido resistir al empuje de esos montes de olas? ¿Qué resultará de aquí? CABALLERO 2º .—Sin duda el naufragio de la armada de los turcos. Pero acerquémonos a la orilla, y ved cómo las espumosas olas quieren asaltar las nubes, y cómo arrojan su rugidora, ingente y líquida cabellera sobre la ardiente Osa, como queriendo apagar el brillo de las estrellas del polo inmóvil. Nunca he visto tal tormenta en el mar. MONTANO .—Es seguro que la armada turca ha perecido, a menos que se haya refugiado en algún puerto o ensenada. Imposible parece que resista a tan brava tempestad. (Entra otro caballero.) CABALLERO 3º .—Albricias, amigos míos. Acabó la guerra. La tormenta ha dispersado las naves turcas. Una de Venecia, que ahora llega, ha visto naufragar la mayor parte de los barcos, y a los restantes con graves averías. MONTANO .—¿Dices verdad? CABALLERO 3º .—Ahora acaba de entrar en el puerto la nave, que es veronesa. De ella ha desembarcado Miguel Casio, teniente de Otelo, el esforzado moro, quien arribará de un momento a otro, y trae toda potestad del gobierno de Venecia. MONTANO .—Mucho, me complace la elección de tan buen gobernador. CABALLERO 3º .—Pero Casio, aunque se alegra del descalabro de los turcos, está inquieto y hace mil votos por que llegue salvo el moro a quien una tempestad separó de él. MONTANO .—Ojalá se salve. Yo he peleado cerca de él, y es bravo capitán. Vamos a la playa, a ver si Otelo llega, o se descubre en el mar su nave, aunque sea en el límite donde el azul del cielo se confunde con el del mar. CABALLERO 3º .—No nos detengamos: puede estar ahí dentro de un instante. (Entra Casio.) CASIO .—Valerosos isleños, gracias por el amor que mostráis al moro. Ayúdele el cielo contra la furia de los elementos, que me separaron de él en lo más recio de la borrasca. MONTANO .—¿Es fuerte su navío? CASIO .—Y bien carenado, y lleva un piloto de larga ciencia y experiencia. Por eso no pierdo aún toda esperanza. VOCES .— (Dentro.) «¡Vela, vela!» (Entra otro caballero.) CASIO .—¿Qué ruido es ése? CABALLERO 4º .—El pueblo se agolpa a la playa, gritando «¡una vela!»