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Asignatura: Comentario literario de textos I, Profesor: , Carrera: Lengua y Literatura Hispánica, Universidad: UNIRIOJA
Tipo: Apuntes
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En toda historia de amor siempre hay algo que nos acerca a la eternidad y a la esencia de la vida, porque las historias de amor encierran en sí todos los secretos del mundo. Pero ¿qué ocurre cuando la timidez sacrifica un amor adolescente? ¿Y qué sucede cuando, al cabo de los años, el destino hace que una mujer reencuentre a su amado? A ella, la vida le ha enseñado a ser fuerte y a dominar sus sentimientos. A él, que posee el don de la curación, la religión le ha servido como refugio de sus conflictos interiores. Pero a ambos les une un solo deseo: el de cumplir sus sueños. El camino que habrán de recorrer es escabroso, y el sentimiento de culpa un obstáculo casi insalvable. Pero será a orillas del río Piedra, en un pueblecito del Pirineo, donde ambos descubrirán su propia verdad. A orillas del río Piedra me senté y lloré es una novela fascinante y tierna que, con una prosa poética y transparente, nos sumerge de lleno en los misterios últimos de la vida y el amor. Como dijo Kenzaburo Oe (premio Nobel de Literatura 1994), Paulo Coelho conoce los secretos de la alquimia literaria.
Paulo Coelho A orillas del río Piedra me senté y lloré
Página web del autor: www.paulocoelho.com
Para I. C. y S. B., cuya comunicación amorosa me hizo ver el rostro femenino de Dios; Mónica Antunes, compañera desde la primera hora, que con su amor y entusiasmo esparce el fuego por el mundo; Paulo Rocco, por la alegría de las batallas que libramos juntos, y por la dignidad de los combates que libramos entre nosotros; Tanya Z., por iluminar el corazón de tu Otra Parte, mostrando cuan generosa es la vida si optamos por vivir Nuestro Camino; Mathew Lore, por no haber olvidado una sabia línea del I Ching: «La perseverancia es favorable.»
«Y la Sabiduría se ha acreditado por todos sus hijos.» LUCAS, 7, 35
Oh, María, concebida sin pecado, ruega por nosotros, que a ti recurrimos, amén.
Un misionero español visitaba una isla, cuando se encontró con tres sacerdotes aztecas. — ¿Cómo rezáis vosotros? —preguntó el padre. — Sólo tenemos una oración —respondió uno de los aztecas—. Nosotros decimos: «Dios, Tú eres tres, no- sotros somos tres. Ten piedad de nosotros.» — Bella oración —dijo el misionero—. Pero no es exactamente la plegaria que Dios escucha. Os voy a ense- ñar una mucho mejor. El padre les enseñó una oración católica y prosiguió su camino de evangelización. Años más tarde, ya en el navío que lo llevaba de regreso a España, tuvo que pasar de nuevo por la isla. Desde la cubierta, vio a los tres sacerdotes en la playa, y los llamó por señas. En ese momento, los tres comenzaron a caminar por el agua hacia él. — ¡Padre! ¡Padre! —gritó uno de ellos, acercándose al navío—. ¡Enséñanos de nuevo la oración que Dios escucha, porque no conseguimos recordarla! — No importa —dijo el misionero, viendo el milagro. Y pidió perdón a Dios por no haber entendido antes que Él hablaba todas las lenguas. Esta historia ejemplifica bien lo que quiero contar en A orillas del río Piedra me senté y lloré. Rara vez nos damos cuenta de que estamos rodeados por lo Extraordinario. Los milagros suceden a nuestro alrededor, las señales de Dios nos muestran el camino, los ángeles piden ser oídos…; sin embargo, como aprendemos que existen fórmulas y reglas para llegar hasta Dios, no prestamos atención a nada de esto. No entendemos que Él está donde le dejan entrar. Las prácticas religiosas tradicionales son importantes; nos hacen participar con los demás en una experien- cia comunitaria de adoración y de oración. Pero nunca debemos olvidar que una experiencia espiritual es sobre
Al releer mi carta, decidí romperla: ¿quién era yo para hablar de libertad o de compromiso? Él sabía de esas cosas, y yo no. Un día supe que estaba dando conferencias, me sorprendió, porque era demasiado joven para ponerse a enseñar nada. Pero hace dos semanas me mandó una carta diciendo que iría a Madrid, y que deseaba contar con mi presencia. Viajé durante cuatro horas, de Zaragoza a Madrid, porque quería volver a verlo. Quería escucharlo. Quería sentarme con él en un bar y recordar los tiempos en que jugábamos juntos y creíamos que el mundo era tan grande que no se podía recorrer.
La conferencia era en un lugar más formal de lo que había imaginado, y había más gente de la que espera- ba. No entendí qué era lo que ocurría. «Quién sabe, a lo mejor se hizo famoso», pensé. No me había dicho nada en sus cartas. Sentí deseos de hablar con las personas presentes, preguntarles qué hacían allí, pero me faltó valor. Me sorprendí al verlo entrar. Parecía diferente del niño que había conocido; pero en once años las personas cambian. Estaba más guapo, y le brillaban los ojos. — Nos está devolviendo lo que era nuestro —dijo una mujer a mi lado. Era una frase extraña. — ¿Qué nos está devolviendo? —pregunté. — Lo que nos fue robado. La religión. — No, no nos está devolviendo nada —dijo una mujer más joven, sentada a mi derecha—. No nos pueden devolver lo que ya nos pertenece. — Entonces ¿qué haces aquí? —preguntó irritada la primera mujer. — Quiero escucharlo. Quiero ver cómo piensan, porque ya nos quemaron una vez, y pueden querer repetir la dosis. — Él era una voz solitaria —dijo la mujer—. Hace todo lo posible. La joven esbozó una sonrisa irónica y se volvió hacia delante, dando por terminada la conversación. — Para un seminarista, es una actitud valiente —prosiguió la mujer, esta vez mirándome a mí, en busca de su apoyo. Yo no entendía nada, no abrí la boca y la mujer desistió. La joven sentada a mi lado me guiñó un ojo, como si yo fuese su aliada. Pero yo estaba quieta por otra razón. Pensaba en lo que había dicho la señora. «Seminarista.» No podía ser. Él me habría avisado.
Comenzó a hablar, y yo no conseguía concentrarme del todo. «Tendría que haberme vestido mejor», pensa- ba, sin entender la causa de tanta preocupación. Él me había descubierto en la platea, y yo intentaba descifrar sus pensamientos: ¿cómo estaría yo? ¿Qué diferencia hay entre una muchacha de dieciocho y una mujer de veintinueve? Su voz era la de siempre. Pero sus palabras habían cambiado mucho.
Es necesario correr riesgos, decía. Sólo entendemos del todo el milagro de la vida cuando dejamos que su- ceda lo inesperado. Todos los días Dios nos da, junto con el sol, un momento en el que es posible cambiar todo lo que nos hace infelices. Todos los días tratamos de fingir que no percibimos ese momento, que ese momento no existe, que hoy es igual que ayer y será igual que mañana. Pero quien presta atención a su día, descubre un instante de silencio después del almuerzo, en las mil y una cosas que nos parecen iguales. Ese momento existe: un mo- mento en el que toda la fuerza de las estrellas pasa a través de nosotros y nos permite hacer milagros. La felicidad es a veces una bendición, pero por lo general es una conquista. El instante mágico del día nos ayuda a cambiar, nos hace ir en busca de nuestros sueños. Vamos a sufrir, vamos a tener momentos difíciles, vamos a afrontar muchas desilusiones…, pero todo es pasajero, y no deja marcas. Y en el futuro podemos mirar hacia atrás con orgullo y fe. Pobre del que tiene miedo de correr riesgos. Porque ése quizá no se decepcione nunca, ni tenga desilusio- nes, ni sufra como los que persiguen un sueño. Pero al mirar hacia atrás —porque siempre miramos hacia atrás— oirá el corazón que le dice: «¿Qué hiciste con los milagros que Dios sembró en tus días? ¿Qué hiciste con los talentos que tu Maestro te confió? Los enterraste en el fondo de una cueva, porque tenías miedo de perderlos. Entonces, ésta es tu herencia: la certeza de que has desperdiciado tu vida.» Pobre de quien escucha estas palabras. Porque entonces creerá en milagros, pero los instantes mágicos de su vida ya habrán pasado.
Las personas lo rodearon cuando terminó de hablar. Esperé, preocupada por la impresión que tendría de mí después de tantos años. Me sentía una niña: insegura, celosa porque no conocía a sus nuevos amigos, tensa porque prestaba más atención a los otros que a mí. Entonces se acercó. Se puso rojo, y ya no era aquel hombre que decía cosas importantes; volvía a ser el ni- ño que se escondía conmigo en la ermita de San Saturio, hablando de sus sueños de recorrer el mundo, mien- tras nuestros padres pedían ayuda a la policía pensando que nos habíamos ahogado en el río. — Hola, Pilar —dijo. Lo besé en la mejilla. Podría haberle dicho algunas palabras de elogio. Podría haber hecho algún comentario gracioso sobre la infancia, y sobre el orgullo que sentía de verlo así, admirado por los demás. Podría haberle explicado que necesitaba salir corriendo y coger el último autobús nocturno para Zaragoza. Podría. Jamás llegaremos a comprender el significado de esta frase. Porque en todos los momentos de nuestra vida existen cosas que podrían haber sucedido y terminaron no sucediendo. Existen instantes mágicos que van pasando inadvertidos y, de repente, la mano del destino cambia nuestro universo. Fue lo que sucedió en aquel momento. En vez de todas las cosas que yo podía haber hecho, hice un comen- tario que —una semana después— me trajo delante de este río y me hizo escribir estas líneas. — ¿Podemos tomar un café? —fue lo que dije. Y él, volviéndose hacia mí, aceptó la mano que el destino me ofrecía: — Siento una gran necesidad de hablar contigo. Mañana tengo una conferencia en Bilbao. Voy en coche. — Tengo que volver a Zaragoza —respondí, sin saber que allí estaba la última salida. Pero, en una fracción de segundo, quizá porque volvía a ser una niña, quizá porque no somos nosotros los que escribimos los mejores momentos de nuestras vidas, dije: — Es el puente de la Inmaculada. Puedo acompañarte hasta Bilbao, y regresar desde allí. Tenía el comentario sobre el «seminarista» en la punta de la lengua. — ¿Quieres preguntarme algo? —dijo él, notando mi expresión. — Sí —traté de disimular—. Antes de la conferencia, una mujer dijo que le estabas devolviendo lo que era de ella. — Nada importante. — Para mí es importante. No sé nada de tu vida, me sorprende ver a tanta gente aquí. Él se rió, y se volvió para atender a otros presentes. — Un momento —dije, cogiéndolo del brazo—. No has contestado a mi pregunta. — Nada que te interese mucho, Pilar. — De cualquier manera, quiero saberlo. Él respiró hondo y me llevó a un rincón de la sala. — Las tres grandes religiones monoteístas, el judaísmo, el catolicismo y el islamismo, son masculinas. Los sacerdotes son hombres. Los hombres gobiernan los dogmas y hacen las leyes. — ¿Y qué quiso decir la señora? Él vaciló un poco. Pero respondió: — Que tengo una visión diferente de las cosas. Que creo en el rostro femenino de Dios. Respiré aliviada; la mujer estaba engañada. Él no podía ser seminarista, porque los seminaristas no tienen una visión diferente de las cosas. — Te has explicado muy bien —respondí. La muchacha que me había guiñado el ojo me esperaba en la puerta. — Sé que pertenecemos a la misma tradición —dijo—. Me llamo Brida. — No sé de qué me hablas —respondí. — Claro que lo sabes —se rió. Me cogió del brazo y salimos juntas, antes de que yo tuviese tiempo de explicarle nada. La noche no era muy fría, y yo no sabía qué hacer hasta la mañana siguiente. — ¿Adónde vamos? —pregunté. — Hasta la estatua de la Diosa —fue su respuesta. — Necesito un hotel barato para pasarla noche. — Después te digo dónde. Prefería sentarme en un café, conversar un poco más, saber todo lo posible sobre él. Pero no quería discutir con ella; dejé que me guiase por el Paseo de la Castellana, pues hacía años que no veía Madrid. En medio de la avenida se detuvo y señaló el cielo. — Allí está—dijo. La luna llena brillaba entre las ramas sin hojas. — Está bonita comenté. Pero ella no me escuchaba. Abrió los brazos en forma de cruz, hizo girar las palmas de las manos hacia arri- ba y se quedó contemplando la luna. «Dónde me fui a meter —pensé—. Vine a asistir a una conferencia, terminé en el Paseo de la Castellana y mañana viajo a Bilbao.»
— Me enseñó que podemos aprender, me enseñó que podemos cambiar —respondió él—. Aunque parezca imposible. Estaba cortando el asunto. Casi no habíamos conversado durante las dos horas de viaje hasta aquel bar de la carretera. Al principio intenté recordar nuestro tiempo de infancia, pero él apenas mostraba un educado interés. Ni si- quiera me oía, y me hacía preguntas sobre cosas que yo ya había dicho. Parecía que algo no andaba bien. Podía ser que el tiempo y la distancia lo hubiesen apartado para siempre de mi mundo. «Él habla sobre instantes mágicos —pensé—. ¿Qué diferencia hay en la carrera que siguieron Carmen, Santiago o María?» Su universo era otro, Soria no era más que un recuerdo distante: detenida en el tiempo, con los amigos de la infancia todavía en la infancia, y los viejos todavía vivos haciendo lo que hacían veintinueve años antes. Empecé a arrepentirme de haber aceptado el viaje en coche. Cuando volvió a cambiar de tema, durante el café, decidí no insistir más. Las dos horas restantes, hasta Bilbao, fueron una verdadera tortura. Él miraba la carretera, yo miraba por la ventanilla, y ninguno de los dos ocultaba el malestar que se había instalado. El coche alquilado no tenía radio, y la solución era aguantar el silencio. — Vamos a preguntar dónde queda la estación de autobuses —dije, en cuanto salimos de la autopista—. Hay una línea regular a Zaragoza. Era la hora de la siesta y había poca gente en las calles. Pasamos por delante de un señor, de una pareja de jóvenes, y él no se detuvo a pedir información. — ¿Tú sabes dónde queda? —pregunté, después de un rato. — ¿Dónde queda qué? Él seguía sin prestar atención a lo que yo decía. De repente entendí aquel silencio. ¿De qué podía conversar con una mujer que nunca se había aventurado por el mundo? ¿Qué interés podía tener estar al lado de alguien que temía lo desconocido, que prefería un empleo seguro y un matrimonio convencional? Yo —pobre de mí— hablaba de los mismos amigos de la infan- cia, de los mismos recuerdos polvorientos de un pueblo insignificante. Era mi único tema. — Me puedes dejar aquí mismo —dije cuando llegamos a lo que parecía ser el centro de la ciudad. Trataba de mostrarme natural, pero me sentía estúpida, infantil y aburrida. Él no detuvo el coche. — Tengo que coger el autobús para regresar a Zaragoza —insistí. — Nunca estuve aquí. No sé dónde queda mi hotel. No sé dónde tengo que dar la conferencia. No sé dónde queda la estación de autobuses. — Ya la encontraré, no te preocupes. Disminuyó la velocidad, pero siguió conduciendo. — Me gustaría... —dijo. Por dos veces no consiguió terminar la frase. Yo imaginaba qué era lo que le gustaría: agradecer mi compa- ñía, mandar recuerdos a los amigos y, de esa manera, aliviar aquella sensación desagradable. — Me gustaría que fueses conmigo a la conferencia de esta noche—dijo por fin. Me llevé un susto. Quizá estuviese tratando de ganar tiempo para reparar el incómodo silencio del viaje. — Me gustaría mucho que fueses conmigo —repitió. Yo podía ser una muchacha de provincias, sin grandes historias que contar, sin el brillo y la presencia de las mujeres de la ciudad. Pero la vida de provincias, aunque no haga a la mujer más elegante o mejor preparada, le enseña a escuchar el corazón, a entender sus instintos. Para mi sorpresa, el instinto me decía que él estaba siendo sincero. Respiré aliviada. Claro que no me quedaría a conferencia alguna, pero al menos mi amigo querido parecía estar de vuelta, llamándome para asistir a sus aventuras, compartiendo conmigo sus miedos y victorias.
— Gracias por la invitación —respondí—. Pero no tengo dinero para hotel, y necesito regresar a fin de seguir con mis estudios. — Yo tengo algo de dinero. Puedes quedarte en mi habitación. Pedimos dos camas separadas. Advertí que él estaba empezando a sudar, a pesar del frío. Mi corazón se puso a enviar señales de alarma que yo no conseguía identificar. La sensación de alegría de hacía unos momentos fue sustituida por una in- mensa confusión. Detuvo el coche de repente y me miró directo a los ojos. Nadie logra mentir, nadie logra ocultar nada cuando mira directo a los ojos. Y toda mujer, con un mínimo de sensibilidad, consigue leer los ojos de un hombre enamorado. Por absurda que parezca, por fuera de lugar y de tiempo que se manifieste esa pasión. Me acordé inmediatamente de las palabras de la mujer pelirroja de la fuente. No era posible. Pero era verdad. Nunca, nunca en mi vida había pensado que él —tanto tiempo después— se acordase todavía. Éramos ni- ños, vivíamos juntos y descubrimos el mundo cogidos de la mano. Yo le amé, si es que una niña puede enten-
der del todo el significado del amor. Pero aquello había sucedido hacía mucho tiempo, en otra vida, donde la inocencia deja el corazón abierto a todo lo mejor que hay en la vida. Ahora éramos adultos y responsables. Las cosas de la infancia eran cosas de la infancia. Volví a mirarlo a los ojos. Yo no quería o no podía creerlo. — Tengo sólo esta conferencia, y estamos en el puente de la Inmaculada Concepción. Necesito ir a las mon- tañas —prosiguió—. Necesito mostrarte algo. El hombre brillante, que hablaba de instantes mágicos, estaba frente a mí, actuando de la manera más equi- vocada posible. Avanzaba demasiado rápido, estaba inseguro, hacía propuestas confusas. Resultaba duro verle de ese modo. Abrí la puerta, salí y me recosté contra el coche. Me quedé mirando la avenida casi desierta. Encendí un ci- garrillo y traté de no pensar. Podía disimular, fingir que no entendía; podía tratar de convencerme de que era realmente la propuesta de un amigo a una amiga de la infancia. Quizá él hubiese estado viajando demasiado tiempo, y empezase a confundir las cosas. Quizá yo estuviese exagerando. Él bajó del coche y se sentó a mi lado. — Me gustaría que fueses a la conferencia esta noche —dijo, una vez más—. Pero si no puedes, lo com- prendo. Eso era. El mundo había dado una vuelta completa, y regresaba al punto de origen. No era nada de lo que pensaba: él ya no insistía, ya estaba dispuesto a dejarme partir. Los hombres enamorados no se comportan de esa manera. Me sentí aturdida y aliviada al mismo tiempo. Sí, me podía quedar por lo menos un día. Cenaríamos juntos, y nos embriagaríamos un poco, cosa que jamás habíamos hecho cuando éramos niños. Era una buena oportu- nidad para olvidar las tonterías que había pensado unos minutos antes, una buena oportunidad para romper el hielo que nos había acompañado desde Madrid. Un día no supondría ninguna diferencia. Por lo menos tendría algo que contarles a mis amigas. — Camas separadas —dije, en tono de broma—. Y tú pagas la cena, porque a esta edad sigo siendo estu- diante. No tengo dinero. Dejamos las maletas en la habitación del hotel, y bajamos y fuimos caminando hasta el local de la conferen- cia. Llegamos temprano, y nos sentamos en un café. — Te quiero dar algo —dijo él, entregándome una bolsita roja. La abrí inmediatamente. Dentro había una medalla vieja y oxidada, con Nuestra Señora de las Gracias en un lado y el Sagrado Corazón de Jesús en el otro. — Era tuya —dijo al ver mi cara de sorpresa. Mi corazón empezó de nuevo a dar señales de alarma. — Un día de otoño como éste, cuando teníamos unos diez años, me senté contigo en la plaza que tiene el roble grande. Yo quería decir algo que había ensayado durante semanas. En cuanto comencé, me dijiste que habías perdido la medalla en la ermita de San Saturio, y me pediste que fuera a buscarla. Yo me acordaba. Dios mío, claro que me acordaba. — Logré encontrarla —prosiguió—. Pero cuando regresé a la plaza ya no tenía coraje para decir lo que había ensayado. Entonces me prometí que sólo te entregaría la medalla cuando pudiese terminar la frase que había comenzado a decir aquel día, hace casi veinte años. Durante mucho tiempo intenté olvidar, pero la frase seguía presente. No puedo vivir más con ella. Dejó el café. Encendió un cigarrillo y se quedó un largo rato mirando la punta. Finalmente se volvió hacia mí. — Es una frase muy sencilla —dijo—. Te quiero.
A veces nos invade una sensación de tristeza que no logramos controlar, decía él. Percibirnos que el instante mágico de aquel día pasó, y que nada hicimos. Entonces la vida esconde su magia y su arte. Tenemos que escuchar al niño que fuimos un día, y que todavía existe dentro de nosotros. Ese niño entiende de momentos mágicos. Podemos reprimir su llanto, pero no podemos acallar su voz. Ese niño que fuimos un día continúa presente. Bienaventurados los pequeños, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Si no nacemos de nuevo, si no volvemos a mirar la vida con la inocencia y el entusiasmo de la infancia, no tiene sentido seguir viviendo. Existen muchas maneras de suicidarse. Los que tratan de matar el cuerpo ofenden la ley de Dios. Los que tratan de matar el alma también ofenden la ley de Dios aunque su crimen sea menos visible a los ojos del hombre. Prestemos atención a lo que nos dice el niño que tenemos guardado en el pecho. No nos avergoncemos por causa de él. No dejemos que sufra miedo, porque está solo y casi nunca se le escucha. Permitamos que tome un poco las riendas de nuestra existencia. Ese niño sabe que un día es diferente de otro. Hagamos que se vuelva a sentir amado. Hagamos que se sienta bien, aunque eso signifique obrar de una manera a la que no estamos acostumbrados, aunque parezca estupidez a los ojos de los demás.
Él me escuchó sin hacer ningún comentario. Alguien lo llamó para oír su opinión, y no pude seguir con la conversación. «Por lo menos he dejado claro lo que pienso», me dije. No podía existir semejante amor; eso sólo ocurría en los cuentos de hadas. Porque, en la vida real, el amor necesita ser posible. Incluso aunque no haya una retribución inmediata, el amor sólo consigue sobrevivir cuando existe la esperanza —por lejana que sea— de que conquistaremos a la persona amada. El resto es fantasía. Como si hubiese adivinado mi pensamiento, levantó el vaso para brindar conmigo desde el otro lado de la mesa. — ¡Por el amor! —dijo. También estaba un poco embriagado. Decidí aprovechar la oportunidad. — Por los sabios, capaces de entender que ciertos amores son locuras de la infancia —dije. — El que es sabio, sólo es sabio porque ama. El que es loco, sólo es loco porque piensa que puede enten- der el amor —respondió él. Las demás personas de la mesa oyeron el comentario, y en seguida comenzó una animada conversación sobre el amor. Todos tenían una opinión formada, defendían sus puntos de vista con uñas y dientes, y fueron necesarias varias botellas de vino para calmarlos. Finalmente alguien dijo que ya era tarde y que el dueño del restaurante quería cerrar. — Tendremos cinco días festivos —gritó alguien en otra mesa—. ¡Si el dueño quiere cerrar el restaurante es porque vosotros estabais hablando de temas serios! Todos se rieron, menos él. — ¿Dónde deberíamos hablar de temas serios? —preguntó al borracho de la otra mesa. — ¡En la iglesia! —dijo el borracho. Y esta vez el restaurante entero estalló en una carcajada. Él se levantó. Pensé que iba a pelear, porque todos habíamos vuelto a la adolescencia, donde las peleas son parte de la noche, junto con los besos, las caricias en sitio prohibido, la música y la alta velocidad. Pero todo lo que hizo fue cogerme de la mano e ir hacia la puerta. — Es mejor que nos vayamos —dijo—. Se está haciendo tarde.
Llueve en Bilbao, y llueve en el mundo. Quien ama necesita saber perderse y encontrarse. Él logra equilibrar bien las dos partes. Está alegre, y canta mientras volvemos hacia el hotel. Son los locos que inventaron el amor Todavía con la sensación del vino, y de los colores intensos, me voy equilibrando poco a poco. Necesito mantener el control de la situación, porque quiero viajar estos días. Será fácil mantener ese control, ya que no estoy enamorada. Quien puede dominar su corazón, puede con- quistar el mundo. Con un poema y un trombón a develarte el corazón , dice la letra. «Me gustaría no controlar mi corazón>, pienso. Si lograra entregarlo, aunque sólo fuera por un fin de sema- na, esta lluvia que me cae en el rostro tendría otro sabor. Si amar fuese fácil, yo estaría abrazada a él y la letra de la canción contaría una historia que es nuestra historia. Si no existiera Zaragoza después de los días de fiesta, yo desearía que el efecto de la bebida no pasase nunca, y sería libre para besarlo, acariciarlo, decir y escuchar las cosas que se dicen los enamorados. Pero no. No puedo. No quiero. Salgamos a volar, querida mía , dice la letra. Sí, salgamos a volar. Dentro de mis condiciones. Él todavía no sabe que mi respuesta a su invitación es «sí». ¿Por qué quiero correr este riesgo? Porque en este momento estoy borracha, y cansada de mis días iguales. Pero este cansancio pasará. Después tendré deseos de volver a Zaragoza, la ciudad que escogí para vivir. Me esperan los estudios, me espera un concurso público. Me espera un marido que necesito encontrar, y que no será difícil. Me espera una vida sosegada, con hijos y nietos, con un presupuesto equilibrado y vacaciones anuales. No conozco los terrores de él, pero conozco los míos. No necesito miedos nuevos, basta con los que ya tengo. No podría, nunca, enamorarme de alguien como él. Lo conozco demasiado bien, vivimos juntos mucho tiem- po, sé de sus flaquezas y de sus temores. No logro admirarlo como las demás personas. Sé que el amor es como las presas: si se deja una brecha por donde pueda meterse un hilo de agua, en se- guida empieza a destruir las paredes. Llega un momento en que ya nadie puede controlar la fuerza de la co- rriente. Si las paredes se desmoronan, el amor se encarga de todo; ya no importa qué es posible y qué imposible, ya no importa si podemos o no mantener ala persona amada a nuestro lado: amar es perder el control. No, no puedo dejar una brecha. Por pequeña que sea. — ¡Un momento!
Él dejó inmediatamente de cantar. Los pasos rápidos reverberaban en el suelo mojado. — Vamos —dijo, cogiéndome del brazo. — ¡Espere! —gritó un hombre—. ¡Necesito hablar con usted! Pero él andaba cada vez más rápido. — No se dirige a nosotros —dijo—. Vamos al hotel. Se dirigía a nosotros: no había nadie más en aquella calle. Mi corazón se disparó, y el efecto de la bebida desapareció de inmediato. Recordé que Bilbao quedaba en el País Vasco, y que los atentados terroristas eran frecuentes. Los pasos se fueron acercando. — Vamos —dijo él, acelerando todavía más el paso. Pero era tarde. La figura del hombre, mojado de la cabeza a los pies, se interpuso en nuestro camino. — ¡Paren, por favor! —dijo el hombre—. Por el amor de Dios. Yo estaba aterrorizada, buscando la manera de huir, un coche policial que apareciese milagrosamente. De un modo instintivo, agarré su brazo, pero él me apartó las manos. — Por favor —dijo el hombre—. Supe que usted estaba en la ciudad. Necesito su ayuda. ¡Es mi hijo! El hombre comenzó a llorar, y se arrodilló en el suelo. — Por favor —decía—. ¡Por favor! Él respiró hondo, bajó la cabeza y cerró los ojos. Durante unos instantes permaneció en silencio, y todo lo que se oía era el ruido de la lluvia mezclado con los sollozos del hombre arrodillado en la calle. — Vete al hotel, Pilar —dijo finalmente—. Y duerme. No regresaré hasta el amanecer.
El amor está lleno de trampas. Cuando quiere manifestarse, muestra apenas su luz, y no nos permite ver las sombras que esa luz provoca. — Mira la tierra a nuestro alrededor —dijo—. Vamos a acostarnos en el suelo, a sentir los latidos del corazón del planeta. — Más adelante —respondí—. No puedo ensuciar la única chaqueta que traje. Caminamos a través de los olivares. Después de la lluvia del día anterior en Bilbao, el sol de la mañana me producía una sensación de sueño. Yo no tenía gafas oscuras: como pensaba regresar a Zaragoza el mismo día, no había traído nada. Tuve que dormir con una camisa que él me prestó, y compré una camiseta en la esquina del hotel para, al menos, poder lavar la que estaba usando. — Debes de estar asqueado de verme con la misma ropa—dije, bromeando, para ver si un asunto tan banal me traía de vuelta a la realidad. — Yo estoy feliz porque tú estás aquí. No había vuelto a hablar de amor desde que me había entregado la medalla, pero estaba de buen humor, y parecía que había vuelto a los dieciocho años. Andaba a mi lado, sumergido también en la claridad de esa mañana. — ¿Qué tienes que hacer allí? —pregunté, señalando las montañas de los Pirineos, en el horizonte. — Detrás de aquellas montañas está Francia —respondió, sonriendo. — Yo estudié geografía. Sólo quiero saber por qué tenemos que ir hasta allí. Él se quedó un rato callado, sonriendo apenas. — Para que veas una casa. Quien sabe se interesa por ella. — Si estás pensando en convertirte en agente inmobiliario, olvídalo. No tengo dinero. A mí tanto me daba ir a un pueblo de Navarra como a Francia. Lo único que no quería era pasar los días de fiesta en Zaragoza. «¿Te das cuenta? —oí que le decía mi cerebro a mi corazón—. Estás contenta de haber aceptado la invita- ción. Has cambiado, y no lo percibes.» No, no cambié nada. Sólo me aflojé un poco. — Fíjate en las piedras del suelo. Eran redondas, sin aristas. Parecían guijarros marinos. Aunque el mar nunca había estado allí, en los cam- pos de Navarra. — Los pies de los trabajadores, los pies de los peregrinos, los pies de los aventureros moldearon estas pie- dras—dijo él—. Las piedras cambiaron, y también los viajeros. — Todo lo que sabes ¿te lo enseñaron los viajes? — No. Fueron los milagros de la Revelación. No entendí, y no intenté profundizar. Estaba concentrada en el sol, en el campo, en las montañas del hori- zonte. — ¿Hacia dónde vamos ahora? —pregunté. — Hacia ningún lugar. Estamos aprovechando la mañana, el sol, el bello paisaje. Tenemos por delante un largo viaje en coche. Vaciló un instante, y luego preguntó: — ¿Guardaste la medalla?
— Ciertas personas viven peleadas con alguien, peleadas con ellas mismas, peleadas con la vida. Así, em- piezan a montar una especie de pieza teatral en su cabeza, y escriben el guión según sus frustraciones. — Yo conozco a mucha gente así. Sé de lo que estás hablando. — Y lo peor es que no pueden representar esa pieza de teatro solas —prosigue—. Entonces comienzan a convocar a otros actores. Es lo que hizo ese sujeto. Quería vengarse de algo, y nos escogió a nosotros. Si hubiésemos aceptado su prohibición, ahora nos sentiríamos arrepentidos y derrotados. Habríamos pasado a formar parte de su vida mezquina y de sus frustraciones. La agresión de ese señor era visible, y resultó fácil evitar entrar en su juego. Hay otras personas que nos «convocan» cuando comienzan a comportarse como víctimas, quejándose de las injusticias de la vida, pidiendo que los demás estén de acuerdo, den consejos, participen. Me miró a los ojos. — Cuidado —dijo—. Cuando se entra en ese juego, siempre se sale perdiendo. Él tenía razón. A pesar de eso, no me sentía muy cómoda allí dentro. — Ya recé. Ya hice lo que quería. Ahora podemos salir. Salimos. El contraste entre la oscuridad de la capilla y el fuerte sol de fuera me ciega por momentos. Cuando mis ojos se acostumbran, descubro que ya no está el viejo. — Vamos a almorzar —dice él, andando hacia la ciudad.
Bebo dos vasos de vino en el almuerzo. Nunca bebí tanto en mi vida. Me estoy volviendo alcohólica. «Qué exageración.» Él charla con el camarero. Descubre que existen varias ruinas romanas en las cercanías. Trato de seguir la conversación, pero no consigo ocultar el mal humor. La princesa se ha convertido en sapo. ¿Qué importancia tiene esto? ¿A quién necesito probarle algo si no busco nada, ni hombre ni amor? «Ya lo sabía —pienso—. Sabía que iba a desequilibrar mi mundo. El cerebro avisó, pero el corazón no quiso seguir su consejo.» Tuve que pagar un precio alto para conseguir lo poco que tengo. Debí renunciar a tantas cosas que deseaba apartarme de tantos caminos que se me presentaban… Sacrifiqué mis sueños en nombre de un sueño mayor: la paz de espíritu. No quiero apartarme de esa paz. — Estás tensa—dice él, interrumpiendo la conversación con el camarero. — Sí, lo estoy. Creo que aquel viejo fue a llamar a la policía. Creo que esta ciudad es pequeña, y ellos saben dónde estamos. Creo que esa obstinación tuya por almorzar aquí puede acabar con nuestras vacaciones. Hace girar el vaso de agua mineral. Debe de saber que no es ése el motivo, que en realidad estoy avergon- zada. ¿Por qué hacemos esto con nuestras vidas? ¿Por qué vemos la paja en el ojo ajeno y no vemos las montañas, los campos y los olivares? — Escucha: no va a pasar nada de eso—dice él—. El viejo ya ha regresado a su casa, y ya no se acuerda del episodio. Confía en mí. «No estoy tensa por eso, tonto», pienso. — Escucha más tu corazón —prosigue. — Eso es exactamente lo que hago: escucho —respondo—. Y prefiero salir de aquí. No me siento cómoda. — No bebas más durante el día. No ayuda nada. Hasta este momento me he estado controlando. Ahora es mejor decir todo lo necesario. — Crees que lo sabes todo —digo—. Que entiendes de instantes mágicos, de niños interiores. No sé qué haces a mi lado. Él se ríe. — Te admiro —dice—. Y admiro la lucha que estás librando contra tu corazón. — ¿Qué lucha? — Nada —responde. Pero sé a qué se refiere. — No te hagas ilusiones —contesto—. Si quieres, podemos hablar de eso. Estás engañado con respecto a mis sentimientos. Él deja de mover el vaso y me mira a la cara. — No lo estoy. Sé que tú no me amas. Eso me deja todavía más desorientada. — Pero voy a luchar por eso —continúa—. Hay cosas en la vida por las que vale la pena luchar hasta el fin. Sus palabras me dejan sin respuesta. — Tú vales la pena—dice. Yo aparto la mirada, y finjo estar interesada en la decoración del restaurante. Me estaba sintiendo sapo, y vuelvo a ser princesa. «Quiero creer en sus palabras —pienso, mientras miro un cuadro con pescadores y barcos—. No van a cambiar nada, pero por lo menos no me sentiré tan débil, tan incapaz.» — Disculpa mi agresividad —digo. Él sonríe. Llama al camarero y paga la cuenta.
En el camino de regreso me siento más confusa. Puede ser el sol, pero no, es otoño y el sol no calienta na- da. Puede ser el viejo, pero el viejo ha salido de mi vida hace ya algún tiempo. Puede ser todo eso nuevo. Zapato nuevo molesta. La vida no es diferente: nos coge desprevenidos y nos obliga a caminar hacia lo desconocido cuando no queremos, cuando no lo necesitamos. Trato de concentrarme en el paisaje, pero ya no logro ver los olivares, el pueblo del monte, la capilla con un viejo en la puerta. Nada de eso me resulta familiar. Recuerdo la borrachera de ayer, y la canción que él me cantaba: Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese no sé… ¿qué sé yo? Viste, salí de tu casa, por Arenales… ¿Por qué Buenos Aires si estábamos en Bilbao? ¿Qué calle es ésta, Arenales? ¿Qué quería él? — ¿Qué canción es esa que cantabas ayer? —pregunto. — Balada para un loco —dice—. ¿Por qué no me lo has preguntado hasta hoy? — Por nada —contesto. Pero sí, hay un motivo. Sé que él cantó esa canción porque es una trampa. Me hizo memorizar la letra, y yo tengo que memorizar la materia para el examen. Podría haber cantado una canción conocida, que yo hubiese oído miles de veces, pero prefirió algo que no hubiese escuchado nunca. Es una trampa. Así, cuando más adelante suene esa música en la radio, o en un disco, me acordaré de él, de Bilbao, de la época en que el otoño de mi vida se transformó de nuevo en primavera. Recordaré la excita- ción, la aventura, y la criatura que renació sabe Dios de dónde. Él pensó todo esto. Él es sabio, tiene experiencia ha vivido, sabe conquistar a la mujer que desea. «Me estoy volviendo loca», me digo. Siento que soy alcohólica porque he bebido dos días seguidos Siento que él sabe todos los trucos. Siento que me domina y me gobierna con su dulzura. «Admiro la lucha que estás librando con tu corazón», me dijo en el restaurante. Pero se engaña. Porque ya luché y vencí a mi corazón hace mucho tiempo. No me voy a enamorar de lo im- posible. Conozco mis límites, y mi capacidad de sufrimiento. — Háblame de algo —digo, cuando emprendemos el regreso hacia el coche. — ¿De qué? — De cualquier cosa. Conversa conmigo. Empieza a contarme algo acerca de las apariciones de la Virgen María en Fátima. No sé de dónde ha saca- do ese tema, pero consigue distraerme con la historia de los tres pastores que conversan con Ella. Al rato mi corazón se tranquiliza. Sí, conozco bien mis límites, y sé dominarme.
Llegamos de noche, con una niebla tan fuerte que costaba distinguir dónde estábamos. Yo divisaba apenas una pequeña plaza, un farol, algunas casas medievales mal iluminadas por la luz amarilla, y una fuente. — ¡La niebla! —dijo, excitado. Yo no entendía. — Estamos en Saint-Savin —explicó. El nombre no me decía nada. Pero estábamos en Francia, y eso me excitaba. — ¿Por qué este lugar? —pregunté. — Por la casa que quiero venderte —contestó él, riendo—. Además, prometí que volvería el día de la Inma- culada Concepción. — ¿Aquí? — Aquí cerca. Detuvo el coche. Al bajar, me cogió de la mano y empezamos a caminar entre la niebla. — Este lugar entró en mi vida de un modo inesperado —dijo. «Tú también», pensé. — Aquí, un día, sentí que había perdido mi camino. Y no era así: en realidad lo había reencontrado. — Dices cosas muy enigmáticas —dije. — Fue aquí donde entendí la falta que hacías en mi vida. Volví a mirar alrededor. No podía entender por qué. — ¿Qué tiene esto que ver con tu camino? — Vamos a conseguir una habitación, pues los dos únicos hoteles de este pueblo sólo funcionan en el vera- no. Después cenaremos en un buen restaurante, sin tensión, sin miedo a la policía, sin necesidad de volver corriendo al coche. »Y cuando el vino suelte nuestras lenguas, conversaremos mucho. Nos reímos juntos. Yo ya estaba más relajada. Durante el viaje, me había dado cuenta de las tonterías que estaba pensando. Al cruzar la cadena de montañas que separa Francia de España, pedí a Dios que lavase mi alma de toda tensión y miedo. Ya me había cansado de hacer ese papel infantil, igual al de muchas de mis amigas, que temían el amor im- posible pero no sabían exactamente qué era el «amor imposible». Si seguía así, perdería todo lo bueno que me podían dar aquellos días junto a él.
juegan a los dados, y por accidente resultas escogido. A partir de ese momento, ganar o perder es sólo cues- tión de oportunidad. Los dioses juegan a los dados, y liberan el Amor de su jaula. Esa fuerza que puede crear o destruir, según la dirección en que esté soplando el viento en el momento en que sale de su prisión. Por ahora el viento soplaba hacia el lado de él. Pero los vientos son tan caprichosos como los dioses y, en el fondo de mi ser, empezaba a sentir algunas ráfagas.
Como si el destino quisiera mostrarme que la historia del Otro era verdadera —y el universo siempre conspi- ra a favor de los soñadores—, encontramos una casa para pernoctar, en la que había una habitación con dos camas separadas. Mi Primera Providencia fue tomar un baño, lavarme la ropa y ponerme la camiseta que había comprado. Me sentí nueva, y eso me dio más seguridad. «A lo mejor a la Otra no le gusta esta camiseta», pensé, riéndome para mis adentros. Después de cenar con los dueños de la casa —los restaurantes también estaban cerrados durante el otoño y el invierno—, él pidió una botella de vino, prometiendo comprar otra al día siguiente. Nos pusimos la chaqueta, Pedimos dos vasos prestados y salimos. — Vamos a sentarnos en el borde de la fuente—dije. Nos quedamos allí, bebiendo para alejar el frío y la tensión. — Parece que el Otro ha vuelto a encarnarse en ti —bromeé—. Tu humor ha empeorado. Él se rió. — Dije que conseguiríamos una habitación y la conseguimos. El universo siempre nos ayuda a luchar por nuestros sueños, por locos que parezcan. Porque son nuestros sueños, y sólo nosotros sabemos cuánto nos cuesta soñarlos. La niebla, que el farol teñía de amarillo, no nos dejaba ver bien el otro lado deja plaza. Respiré hondo. No se podía postergar más el tema. — Quedamos en hablar del amor —dije—. No podemos seguir eludiendo el asunto. Tú sabes cómo he pasa- do estos días. »Por mí, este tema no habría surgido. Pero ya que se presentó, no puedo dejar de pensar en él. — Amar es peligroso. — Sé de eso —respondí—. Ya conocí el amor. Amar es como una droga. Al principio hay una sensación de euforia, de entrega total. Después, al día siguiente, quieres más. Todavía no te has enviciado, pero te ha gus- tado la sensación, y te parece que puedes mantenerla bajo control. Piensas en la persona amada durante dos minutos y la olvidas durante tres horas. »Pero al poco tiempo te acostumbras a esa persona, y pasas a depender totalmente de ella. Entonces pien- sas en ella durante tres horas y la olvidas durante dos minutos. Si no está cerca, experimentas las mismas sensaciones que los viciosos cuando no consiguen droga. En ese momento, así como los viciosos roban y se humillan para conseguir lo que necesitan, tú estás dispuesto a hacer cualquier cosa por el amor. — Qué ejemplo tan horrible—dijo él. Era realmente un ejemplo horrible, que no combinaba con el vino ni con la fuente ni con las casas medieva- les que rodeaban la pequeña plaza. Pero era verdad. Si él había dado tantos pasos por culpa del amor, necesi- taba conocer los riesgos. — Por eso, sólo debemos amar a quien podemos tener cerca —concluí. Él se quedó un largo rato mirando la niebla. Parecía que ya no volvería a pedir que navegásemos por las pe- ligrosas aguas de una conversación sobre el amor. Yo estaba actuando con dureza, pero no había alternativa. «Cerramos el asunto», pensé. La convivencia de tres días —y encima viéndome usar la misma ropa todo el tiempo— fue suficiente para hacerle cambiar de idea. Mi orgullo de mujer se sintió herido, pero mi corazón latió más aliviado. «¿Será esto lo que quiero?» Porque ya empezaba a sentir las tempestades que traen consigo los vientos del amor. Ya empezaba a notar una grieta en la pared de la presa. Nos quedamos un largo rato bebiendo, sin conversar de cosas serias. Hablamos de los dueños de la casa y del santo que había fundado aquel pueblo. Me contó algunas leyendas sobre la iglesia del otro lado de la pla- za, que yo apenas podía distinguir a causa de la niebla. — Estás distraída —dijo en cierto momento. Sí mi mente estaba volando. Me gustaría estar allí con alguien que me dejase el corazón en paz, alguien con quien pudiese vivir aquel momento sin miedo de perderlo al día siguiente. Así el tiempo pasaría más despacio; podríamos quedarnos en silencio, ya que tendríamos el resto de la vida para conversar. Yo no tendría que estar preocupándome de temas serios, decisiones difíciles, palabras duras.
Estamos en silencio, y eso es una señal. Por primera vez estamos en silencio, aunque sólo ahora me he da- do cuenta, cuando él se ha levantado para buscar otra botella de vino. Estamos en silencio. Oigo el ruido de sus pasos mientras regresa a la fuente donde estamos juntos desde hace más de una hora, bebiendo y mirando la niebla.
Por primera vez estamos en silencio de verdad. No es el silencio incómodo del coche, cuando viajábamos de Madrid a Bilbao. No es el silencio de mi corazón asustado, cuando estábamos en la capilla cerca de San Mar- tín de Unx. Es un silencio que habla. Un silencio que me dice que ya no necesitamos seguir explicándonos cosas el uno al otro. Sus pasos han cesado. Me está mirando, y debe de ser bonito lo que ve: una mujer sentada en el borde de una fuente, en una noche de niebla, a la luz de un farol. Las casas medievales, la iglesia del siglo XI y el silencio.
La segunda botella de vino ya casi está por la mitad cuando decido hablar. — Esta mañana ya estaba convencida de que soy alcohólica. Bebo el día entero. En estos tres días he bebi- do más que todo el año pasado. Él me pasa la mano por la cabeza sin decir nada. Siento la caricia, y no hago nada por apartarlo. — Cuéntame un poco de tu vida —le pido. — No tengo grandes misterios. Existe mi camino, y hago lo posible por recorrerlo con dignidad. — ¿Cuál es tu camino? — El camino de quien busca el amor. Se queda un momento jugueteando con la botella casi vacía. — Y el amor es un camino complicado —concluye. — Porque en ese camino las cosas nos llevan al cielo o nos tiran al infierno —digo, sin tener la certeza de que se está refiriendo a mí. Él no dice nada. Quizá esté todavía sumergido en el océano del silencio, pero el vino me suelta de nuevo la lengua, y siento necesidad de hablar. — Dices que algo aquí, en esta ciudad, cambió tu rumbo. — Creo que me cambió. No estoy totalmente seguro, por eso quería traerte aquí. — ¿Es una prueba? — No. Es una entrega. Para que ella me ayude a tomar la mejor decisión. — ¿Quién? — La Virgen. La Virgen. Tendría que haberme dado cuenta. Me quedo impresionada de ver cómo tantos años de viajes, de descubrimientos, de nuevos horizontes, no lo han liberado del catolicismo de la infancia. Al menos en eso, yo y nuestros amigos habíamos evolucionado mucho: ya no vivíamos con el peso de la culpa y de los pecados. — Es impresionante que, después de todo lo que has pasado, sigas conservando la misma fe. — No la he conservado. La perdí y la recuperé. — Pero ¿en Vírgenes? ¿En cosas imposibles y fantasiosas? ¿No tuviste una vida sexual activa? — Normal. Me enamoré de muchas mujeres. Siento un poco de celos, y me sorprendo de mi propia reacción. Pero la lucha anterior parece haberse apaci- guado, y no quiero volver a despertarla. — ¿Por qué ella es «la Virgen»? ¿Por qué no nos presentan a Nuestra Señora como una mujer normal, igual a las demás? Él termina de beber lo poco que queda en la botella. Me pregunta si quiero que vaya a buscar una más, y di- go que no. — Quiero que me respondas ahora mismo. Cada vez que planteamos ciertos temas, tú empiezas a hablar de otra cosa. — Ella fue normal. Tuvo otros hijos. La Biblia nos cuenta que Jesús tuvo otros dos hermanos. »La virginidad en la concepción de Jesús se debe a otro hecho: María inicia una nueva era de gracia. Allí comienza otra etapa. Ella es la novia cósmica, la Tierra, que se abre al cielo y se deja fertilizar. »En ese momento, gracias a su coraje para aceptar el propio destino, ella permite que Dios venga a la Tierra. Y se transforma en la Gran Madre. No logro seguir sus palabras. Él lo percibe. — Ella es el rostro femenino de Dios. Ella tiene su propia divinidad. Sus palabras salen tensas, casi forzadas, como si estuviese cometiendo un pecado. — ¿Una Diosa? —pregunto. Espero un poco, para que me lo explique mejor, pero no sigue adelante con la conversación. Hace pocos mi- nutos, yo pensaba con ironía en su catolicismo. Ahora, sus palabras me parecen blasfemia. — ¿Quién es la Virgen? ¿Qué es la Diosa? —Soy yo quien retoma el tema. — Es difícil de explicar —dice él, cada vez más incómodo—. Llevo conmigo alguna cosa escrita. Si quieres, puedes leerla. — Ahora no voy a leer nada, quiero que me lo expliques —insisto. Él levanta la botella de vino, pero está vacía. Ya no nos acordamos de qué fue lo que nos trajo hasta la fuen- te. Algo importante está presente; como si sus palabras estuviesen obrando un milagro. — Sigue hablando —insisto. — Su símbolo es el agua, la niebla alrededor. La Diosa usa el agua para manifestarse.
»— No puede ser —dice él—. Nadie puede ser árbol y fruto al mismo tiempo, hija mía. Ve allí y échale agua bendita. »Para el cura, sólo Dios puede existir desde el principio, y Dios, como todo indica, es hombre. Él hace una larga pausa. — Bernadette echa agua bendita en «Aquello». La Aparición sonríe con ternura, nada más. »El día 16 de julio, la mujer aparece por última vez. Poco después, Bernadette entra en un convento, sin sa- ber que había cambiado por completo el destino de aquella pequeña aldea al lado de la gruta. De la fuente sigue brotando agua, y los milagros se suceden. »La historia recorre primero Francia, y luego el mundo entero. La ciudad crece y se transforma. Los comer- ciantes llegan y empiezan a ocupar el lugar. Se abren hoteles. Bernadette muere y es enterrada lejos de allí, sin saber nada de lo que pasa. »Algunas personas, para poner a la Iglesia en dificultades, ya que a esas alturas el Vaticano admite las apa- riciones, comienzan a inventar milagros falsos, que luego son desenmascarados. La Iglesia reacciona con rigor: a partir de determinada fecha, sólo acepta como milagros los fenómenos que son sometidos a una serie de rigurosos exámenes realizados por juntas médicas y científicas. »Pero el agua sigue brotando, y continúan los milagros.
Creo oír algo cerca de nosotros. Siento miedo, pero él no se mueve. Ahora la niebla tiene vida y tiene histo- ria. Me quedo pensando en todo lo que ha dicho, y en la pregunta cuya respuesta todavía no he entendido: ¿cómo sabe todo eso? Me quedo pensando en el rostro femenino de Dios. El hombre que está a mi lado tiene el alma llena de con- flictos. Hace poco me escribió que quería entrar en un seminario católico; pero cree que Dios tiene un rostro femenino. Él está inmóvil. Yo sigo sintiéndome en el vientre de la Madre Tierra, sin tiempo y sin espacio. La historia de Bernadette parece representarse delante de mis ojos, en la bruma que nos envuelve. Entonces él vuelve a hablar. — Bernadette ignoraba dos cosas importantísimas —dice—. La primera era que, antes de que la religión cristiana llegase aquí, estas montañas estaban habitadas por celtas, y la Diosa era la principal devoción de esa cultura. Generaciones y generaciones habían entendido el rostro femenino de Dios, y compartido Su amor y Su gloria. — ¿Y la segunda? — La segunda era que, poco antes de que Bernadette tuviese esas visiones, las altas autoridades del Vati- cano se habían reunido en secreto. »Casi nadie sabía qué pasaba en esas reuniones, y era evidente que el sacerdote de la aldea de Lourdes no tenía la menor idea. La alta cúpula de la Iglesia Católica estaba decidiendo si debía declarar el dogma de la Inmaculada Concepción. »El dogma terminó siendo declarado mediante la bula papal Ineffabilis Deus. Pero sin aclarar, ante el gran público, qué significaba eso. — ¿Y cuál es tu relación con todo esto? —pregunto. — Soy Su discípulo. He aprendido con Ella—dice, sin saber que está revelando también la fuente de todo lo que sabe. — ¿Tú La ves? — Sí.
Volvemos a la plaza y atravesamos los pocos metros que nos separan de la iglesia. Veo la fuente, la luz del farol y la botella de vino con los dos vasos en el borde. «Ahí deben de haber estado dos enamorados — pienso—. En silencio, mientras conversaban sus corazones. Y cuando los corazones terminaron de decirlo todo, empezaron a compartir los grandes misterios.» Por una vez, no se ha terminado planteando ninguna conversación sobre el amor. No importa. Siento que es- toy ante algo muy serio, y tengo que aprovechar para entender todo lo posible. Por un instante recuerdo los estudios, Zaragoza, el hombre de mi vida que pretendo encontrar…, pero eso ahora me parece lejano, envuel- to en la misma bruma que se extiende por Saint-Savin. — ¿Por qué me has contado toda esa historia de Bernadette? —pregunto. — No lo sé exactamente —responde él, sin mirarme directamente a los ojos—. Quizá porque estamos cerca de Lourdes. Quizá porque pasado mañana es el día de la Inmaculada Concepción. Quizá porque quería mos- trarte que mi mundo no es tan solitario y loco como puede parecer. »Otras personas forman parte de él. Y creen lo que están diciendo. — Nunca dije que tu mundo fuera loco. Loco puede ser el mío: pierdo el tiempo detrás de cuadernos y estu- dios que no me harán salir de un sitio que ya conozco. Sentí que estaba más aliviado: yo lo comprendía. Esperé a que siguiera hablando de la Diosa, pero se volvió hacia mí. — Vamos a dormir —dijo—. Hemos bebido mucho.
Él se durmió en seguida. Yo me quedé despierta un largo rato, pensando en la neblina, en la plaza allá fuera, en el vino y en la conversación. Leí el manuscrito que me había prestado y me sentí feliz; Dios —si realmente existiera— era Padre y Madre. Después apagué la luz, y me quedé pensando en el silencio junto a la fuente. Fue en aquellos momentos en los que no conversábamos cuando percibí lo cerca que estaba de él. Ninguno de los dos había dicho nada. No es necesario hablar del amor, porque el amor tiene su propia voz, y habla por sí mismo. Aquella noche, en la orilla de la fuente, el silencio permitió que nuestros corazones se acercasen y se conociesen mejor. Así, mi corazón oyó lo que decía su corazón, y se sintió feliz. Antes de cerrar los ojos, decidí hacer lo que él llamaba el «ejercicio del Otro». «Estoy aquí, en esta habitación —pensé—. Lejos de todo aquello a lo que estoy acostumbrada, conversando sobre cosas por las que jamás me interesé, y durmiendo en una ciudad que jamás había pisado. Puedo fingir, por unos instantes, que soy diferente.» Empecé a imaginar cómo me gustaría estar viviendo aquel momento. Me gustaría sentirme alegre, curiosa, feliz. Viviendo intensamente cada instante, bebiendo con sed el agua de la vida. Confiando de nuevo en los sueños. Capaz de luchar por lo que quería. Amando a un hombre que me amaba. Sí, ésa era la mujer que me gustaría ser, y que de repente aparecía y se transformaba en mí. Sentí que inundaba mi alma la luz de un Dios de una Diosa, en quien había dejado de creer. Y sentí, que, en aquel momento, la Otra dejaba mi cuerpo, y se sentaba en un rincón de la pequeña habitación. Yo miraba a la mujer que había sido hasta ese momento: débil, tratando de dar una impresión de fortaleza. Con miedo a todo, pero diciéndose a sí misma que no era miedo, sino la sabiduría de quien conoce. la reali- dad. Levantando paredes en las ventanas por donde entraba la alegría del sol, para que no dañase los mue- bles viejos. Vi a la Otra sentada en el rincón del cuarto: frágil, cansada, desilusionada. Controlando y esclavizando aque- llo que debía estar siempre en libertad: los sentimientos. Tratando de juzgar el amor futuro por el sufrimiento pasado. El amor es siempre nuevo. No importa que amemos una, dos, diez veces en la vida: siempre estamos ante una situación que no conocemos. El amor puede llevarnos al infierno o al paraíso, pero siempre nos lleva a algún sitio. Es necesario aceptarlo, pues es el alimento de nuestra existencia. Si nos negamos, moriremos de hambre viendo las ramas del árbol de la vida cargadas, sin coraje para estirar la mano y coger los frutos. Es necesario buscar el amor donde esté, aunque eso signifique horas, días, semanas de decepción y tristeza. Porque en el momento en que salimos en busca del amor, el amor también sale a nuestro encuentro. Y nos salva. Cuando la Otra se apartó de mí, mi corazón volvió a conversar conmigo. Me contó que la grieta en la pared del dique dejaba pasar un torrente, que los vientos soplaban en todas direcciones y que él se sentía feliz por- que yo le escuchaba de nuevo. Mi corazón me decía que estaba enamorada. Me dormí contenta, con una sonrisa en los labios.
Cuando me desperté, la ventana estaba abierta, y él miraba hacia las montañas que se veían allá fuera. Me quedé unos minutos sin decir nada, preparada para cerrar los ojos si él volvía la cabeza. Como si percibiese lo que yo estaba pensando, dio media vuelta y me miró a los ojos. — Buenos días —dijo. — Buenos días. Cierra la ventana, está entrando mucho frío. La Otra había aparecido sin previo aviso. Todavía trataba de cambiar la dirección del viento, descubrir defec- tos, decir que no, que no era posible. Pero sabía que era tarde. — Tengo que cambiarme de ropa —dije. — Te espero abajo —respondió él. Entonces me levanté, alejé a la Otra del pensamiento, abrí de nuevo la ventana y dejé entrar el sol. El sol que todo lo inundaba: las montañas cubiertas de nieve, el suelo cubierto de hojas secas, el río que no veía pero que oía. El sol me dio en los senos, me iluminó el cuerpo desnudo, y yo no sentía frío porque un calor me consumía, el calor de una chispa que se transforma en llama, de una llama que se transforma en hoguera, de una hogue- ra que se transforma en incendio imposible de controlar. Yo sabía. Y quería. Sabía que a partir de ese momento iría a conocer los cielos y los infiernos, la alegría y el dolor, el sueño y la desesperación, y que ya no podría contener nunca más los vientos que soplaban desde los rincones escondi- dos de mi alma. Sabía que a partir de aquella mañana me guiaba el amor, aunque ese amor hubiese estado presente desde la infancia, desde que lo había visto por primera vez. Porque nunca lo había olvidado, aunque me hubiese considerado indigna de luchar por él. Era un amor difícil, con fronteras que yo no quería cruzar.