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pregunta 3, Exámenes de Historia del Arte

Asignatura: Iconografia i iconologia, Profesor: Xesqui Castañer, Carrera: Història de l'Art, Universidad: UV

Tipo: Exámenes

2013/2014

Subido el 02/06/2014

sifakis
sifakis 🇪🇸

3.7

(12)

5 documentos

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Pregunta 3
Durante el siglo XX hubo tres grandes rupturas con el mundo anterior, que explican la
aparición de la cultura actual. La primera, en los inicios de siglo, fue la ruptura de las
vanguardias con los códigos del clasicismo y el arte burgués, que dio lugar a la
aparición del arte contemporáneo. La segunda llegó con la revolución de Mayo del 68,
que fracturó las normas de la vida cotidiana, los valores en los que se asentaba la
burguesía y las relaciones entre los sexos. La tercera ruptura, la económica, se inició en
los años setenta con los procesos de desregulación en todos los ámbitos. Todas estas
convulsiones han llevado a la cultura a una nueva situación.
Lipovetsky y Serroy han bautizado esto como cultura-mundo. El estado actual de la
cultura en la era de la globalización, está marcado por cuatro valores universales del
futuro: el hipercapitalismo, la hipertecnología, el hiperindividualismo y el
hiperconsumo.
El hipercapitalismo ha traído la inseguridad colectiva (crisis) e individual (paro) y su
principal consecuencia para la cultura ha sido la de su homogeneización. La
hipertecnología, junto a los grandes progresos que ha supuesto, ha creado
ciberdependencia y ansiedad por la novedad. El hiperindividualismo ha traído cambios
en los modelos consumistas: de los productos familiares (el coche, el electrodoméstico,
el televisor) se ha pasado a los personales (el ordenador, el teléfono móvil, el
videojuego). Pero es el hiperconsumo, omnipresente, tentacular e ilimitado, el
protagonista de la nueva cultura, el que ha desencadenado un proceso de desorientación
con una superoferta imposible de controlar que desemboca en compras compulsivas y
endeudamientos y transforma al consumidor en un ser cada vez menos dueño de sí
mismo (y a quienes no pueden serlo, en presas de frustración y de fracaso). La cultura-
mundo, inseparable ya de la industria cultural, muestra actualmente una vocación
planetaria, extendida instantáneamente a través de los cibermedios. Este nuevo modelo
de la actual sociedad del hiperconsumo se caracteriza por el triunfo del mercado en
todos los ámbitos. El mercado ha colonizado los modos de vida, los métodos por los
que se rigen las sociedades (cada vez se hace más evidente que estamos gobernados por
los mercados más que por los gobiernos) y ha impuesto una cultura que se caracteriza
por la sobreabundancia (supermultiplicación de opciones, segmentación extrema de
mercados, renovación acelerada de productos), el consumo bulímico y, a través de los
cibermedia, la contracción del espacio y el tiempo: el planeta se ha convertido en un
microuniverso de acceso instantáneo.
La nueva cultura ha desvanecido más que ninguna otra los límites entre la alta cultura y
la cultura comercial, las fronteras que separaban el cultivo del espíritu de la banalidad
con la que hoy se rellena el ocio de los ciudadanos. Una cultura en la que lo comercial
es reconocido como cultural, mientras que manifestaciones auténticamente culturales
como el arte y la literatura se han insertado en el comercio y sólo obedecen a las reglas
de la economía. A diferencia de los clásicos, los artistas y escritores de hoy tienen como
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Pregunta 3

Durante el siglo XX hubo tres grandes rupturas con el mundo anterior, que explican la aparición de la cultura actual. La primera, en los inicios de siglo, fue la ruptura de las vanguardias con los códigos del clasicismo y el arte burgués, que dio lugar a la aparición del arte contemporáneo. La segunda llegó con la revolución de Mayo del 68, que fracturó las normas de la vida cotidiana, los valores en los que se asentaba la burguesía y las relaciones entre los sexos. La tercera ruptura, la económica, se inició en los años setenta con los procesos de desregulación en todos los ámbitos. Todas estas convulsiones han llevado a la cultura a una nueva situación.

Lipovetsky y Serroy han bautizado esto como cultura-mundo. El estado actual de la cultura en la era de la globalización, está marcado por cuatro valores universales del futuro: el hipercapitalismo, la hipertecnología, el hiperindividualismo y el hiperconsumo.

El hipercapitalismo ha traído la inseguridad colectiva (crisis) e individual (paro) y su principal consecuencia para la cultura ha sido la de su homogeneización. La hipertecnología, junto a los grandes progresos que ha supuesto, ha creado ciberdependencia y ansiedad por la novedad. El hiperindividualismo ha traído cambios en los modelos consumistas: de los productos familiares (el coche, el electrodoméstico, el televisor) se ha pasado a los personales (el ordenador, el teléfono móvil, el videojuego). Pero es el hiperconsumo, omnipresente, tentacular e ilimitado, el protagonista de la nueva cultura, el que ha desencadenado un proceso de desorientación con una superoferta imposible de controlar que desemboca en compras compulsivas y endeudamientos y transforma al consumidor en un ser cada vez menos dueño de sí mismo (y a quienes no pueden serlo, en presas de frustración y de fracaso). La cultura- mundo, inseparable ya de la industria cultural, muestra actualmente una vocación planetaria, extendida instantáneamente a través de los cibermedios. Este nuevo modelo de la actual sociedad del hiperconsumo se caracteriza por el triunfo del mercado en todos los ámbitos. El mercado ha colonizado los modos de vida, los métodos por los que se rigen las sociedades (cada vez se hace más evidente que estamos gobernados por los mercados más que por los gobiernos) y ha impuesto una cultura que se caracteriza por la sobreabundancia (supermultiplicación de opciones, segmentación extrema de mercados, renovación acelerada de productos), el consumo bulímico y, a través de los cibermedia, la contracción del espacio y el tiempo: el planeta se ha convertido en un microuniverso de acceso instantáneo.

La nueva cultura ha desvanecido más que ninguna otra los límites entre la alta cultura y la cultura comercial, las fronteras que separaban el cultivo del espíritu de la banalidad con la que hoy se rellena el ocio de los ciudadanos. Una cultura en la que lo comercial es reconocido como cultural, mientras que manifestaciones auténticamente culturales como el arte y la literatura se han insertado en el comercio y sólo obedecen a las reglas de la economía. A diferencia de los clásicos, los artistas y escritores de hoy tienen como

objetivo ganar dinero y ser célebres. Buscan más la popularidad mediática que la gloria inmortal porque es la celebridad lo que hace subir la cotización de sus obras. Lo que parecía que debía escapar al mercantilismo (el mundo de la creación y la belleza), se hace cada vez más comercial y mediático, sustentado por las estrategias del espectáculo y la seducción. La nueva cultura llega envuelta, además, en la retórica de la simplicidad, no exige apenas esfuerzo para ser comprendida. Ha nacido para divertir, para proporcionar una evasión fácil.

La cultura ha adquirido mayor protagonismo cuando se ha revelado como una de las producciones más rentables de todas las economías (en EE.UU, la más rentable), hasta el punto de ser uno de los objetivos prioritarios de las industrias nacionales. En este sentido, la cultura-mundo ha venido a liquidar definitivamente el viejo antagonismo entre cultura y economía. Como añadido, el maridaje entre la hipertecnología y el liberalismo económico ha dado como resultado un productivismo desenfrenado y una comercialización ilimitada de productos culturales de consumo, lo que ha hecho saltar las alarmas de las economías más débiles y las ha llevado a elaborar normas para protegerse de la colonización de los productos culturales extranjeros. Europa tuvo que aprobar leyes, primero de excepción cultural y más tarde de diversidad cultural, para frenar la invasión de productos audiovisuales norteamericanos comercializados a través de viejas y nuevas pantallas.

La globalización del mercado del arte parece que, en primera instancia, disminuye la libertad para expresar la subjetividad y los principios del artista, al ver éste su creatividad supeditada a la comercialización. Tanto el espectador como el coleccionista o “consumidor de arte” ejercen hoy un papel que crea cierta controversia, pues el artista actual, ante el mercado globalizado, depende del cliente, y si no responde a la demanda del mercado corre el riesgo de quedar relegado. De este modo, la libertad creativa se enfrenta al peligro de verse mermada, incluso anulada, respondiendo a la producción de arte como un tipo de creación en serie, a expensas de un consumo estandarizado y, por ello, poco crítico y original.

Sin embargo, ante este problema, el arte no deja de buscar otros caminos en el cambiante mundo globalizado, consolidándose como un mecanismo más en la dinámica cultural actual de intercambio internacional, pero convirtiéndose en un lenguaje común que refleja y critica las cambiantes condiciones políticas actuales.

Filósofos como Adorno y Horkheimer, proponen el término industria cultural para hacer referencia a una “parte” del capitalismo tardío que consiste en la fabricación de productos en serie (mercantilización del arte) favoreciendo la desdiferenciación de los productos, es decir, que los mismos se convierten en mercancías para un mercado (un público) determinado, segmentado y con efectos predecibles. Por lo tanto, “cuanto más sólidas se tornan las posiciones de la industria cultural, tanto más brutalmente puede obrar con las necesidades del consumidor, producirlas, guiarlas, disciplinarlas, y suprimir incluso la diversión. Para el progreso cultural no existe aquí ningún límite”