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Reino Pamplona, Apuntes de Historia de la Edad Media

Asignatura: Historia Medieval de España, Profesor: Utrilla Utrilla, Carrera: Historia, Universidad: UniZar

Tipo: Apuntes

2017/2018

Subido el 30/01/2018

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La CANA ro dol rca ha mo. Eaton Isma eS RABADE TITS E RAMIREZ Madrid, » y Hist de Eaña 2005” TELE ¿ i E RAMEZ IV. CONFIGURACIÓN DE UN ESPACIO POLÍTICO La Navarra nuclear y su soporte territorial Uno de los elementos esenciales a la hora de contemplar la for- mación histórica del territorio de la Navarra actual es la ordena- ción del poblamiento y el soporte humano sobre el que van a ir produciéndose los distintos fenómenos de gestación política. Los primeros atisbos de cierta autoridad sobre las personas y de deter- minada capacidad de convocatoria en este sector del Pirineo occi- dental se refieren a una aristocr: acia local fuertemente cohesiona- da, reflejo de rquizada, partícipe de-las- pautas” fundamentales de la ordenación social del occidente medieval y abierta a las corrientes que circulan por toda la franja pirenaica, y la cordillera cantábrica y el valle del Ebro. En el contexto de una aristocracia de la tierra, de vieja raj- gambre, la ciudad de Pamplona no perdió nunca el carácter de cabeza del territorio, reforzado sin duda por la sede episcopal co- nocida al menos desde el 589; cualquier cuadro administrativo o de representación del poder soberano —romano o visigodo— sin duda se instalaría allí y entraría en relación directa con los gru- pos dominantes. 20 ¿ i 1 i Primeros cuadros de una organización político-familiar El solar de una incipiente monarquía, capaz de hacer cuajar el poso de varios siglos de maduración social en un reino plenamente occidental y cristiano ya en el siglo x, fue el sector de las cuencas prepirenaicas: Lumbier/Aoiz y Pamplona. Ahí se observan, precisa- mente, los primeros testimonios junto al ejemplo del conde Casio del valle del Ebro— de linajes de la tierra con un dominio político es- pecífico. Las referencias francas (s. VI) a un control local sobre la ciu- dad de Pamplona, el oppidiwn navarrorum, no ofrecen indicios toda- vía de qué linajes lo ejercían, si bien la presencia del rey Rodrigo en «tierras de Pamplona» en el 711 se enmarcaba en el contexto de la sublevación de los partidarios locales de Witiza. No resulta extra- ño comprobar cómo, más tarde, el conde Casio, que controlaba toda la zona media del Ebro, llega a un rápido acuerdo con los mu- sulmanes de Muza (713), oficialmente abanderados de Witiza, cómo reconoce su soberanía e, incluso, cómo se convierte al islam adoptando el nombre de Qasi, dando así lugar al linaje Banu Qasi. Distintos ensayos de un poder político: francos y musulmanes La capitulación de Pamplona se produciría antes de 718, con promesa de acatamiento y acogida de la soberanía musulmana, re- flejada en el pago anual de los correspondientes tributos, símbolo del control islámico. En este caso no tiene lugar ninguna conver- sión religiosa, aunque noticias posteriores indican que los Banu Qasi eran parientes cercanos de los jefes pamploneses y que, al menos hasta la segunda mitad del siglo IX, actuarían en plena sin- tonía. La presencia musulmana en las cuencas prepirenaicas, sin embargo, permite conocer las primeras elites locales con cierta Te- levancia, o al menos los magnates más capacitados para actuar frente a los recién llegados. - Tras el conocido intento musulmán de conquistar las Galias y su derrota en Poitiers (732), sobrevinjeron reacciones de diversa índole en el Pirineo. En Pamplona se dejó de abonar inmediata- mente el tributo anual debido a Córdoba, en tanto que los francos -ya de Ja mano de Pipino el Breve iniciaron un vasto proyecto de reorganización de los territorios más meridionales de las Galias. Se trata de sendos esfuerzos de fortalecimiento del poder que, en el bando musulmán, potenció la formación de diversos clanes mu- ladíes en el valle del Ebro, especialmente el de los Banu Qasi. Para mediados del siglo vii, también los asturianos realizaban correrías por la Bureba y La Rioja. En este contexto de mutuas intervenciones, Carlomagno deci- dió aceptar una petición de ayuda expresada por el valí de Zara- goza, Sulayman al-Arabí, cabeza de una rebelión contra el'emira- to cordobés. La conocida expedición, que cruzó el Pirineo en dos columnas, una de ellas por territorio vascón y por el llamado op- pidum navarrorum, fracasaría ante la hostilidad final del valí de Zaragoza y tendría que volver por el mismo camino, destruyendo a su paso las murallas de Pamplona, núcleo de obediencia musul- mana. Es en esta retirada cuando tiene lugar la famosa batalla de Roncesvalles (778), recordada insistentemente en los cantares de gesta y las posteriores tradiciones jacobeas y acelerador indiscuti- ble de la infiltración franca en la parte más oriental del Pirineo, que culminaría con el dominio de Barcelona en 801. Para los años iniciales del siglo rx también en la cercana cabecera del río Ara- gón se había instalado un conde franco, Oriol, que pronto fue re- emplazado por el linaje loca] de Aznar Galindo (809). El descalabro sufrido por Carlomagno y la posterior reacción musulmana dan noticia de un tal Jimeno el Fuerte, o «el Tiñoso», señor de Pamplona, renovador del vasallaje musulmán después de la batalla, y de un ta] Ibn Belascot, situado por «las tierras vasco- nas, hásta la Cerretania», relacionado con lo que los árabes llaman el grupo de los sirtanyyin, o cerretanos. Más tarde aparecerán los bashkunish y los galasqyyn de las fuentes árabes, los primeros re- lacionados con los jefes musulmanes y los segundos encabezados a principios del siglo IX por Velasco al-Galasqui. Los Qasíes, por otra parte, presentarían en el siglo siguiente una interesante convi- vencia de antropónimos: Mutarrif, Muza, Ismail, Yusuf, Said, Abd Allah, junto a Fortún, Lope, Íñigo o García, evidenciando las raí- ces locales y su pervivencia en la tierra, junto a una evidente acul- turación islámica. A la vista de lo expuesto, resulta evidente comprobar que, fren- te a un ámbito de completa sintonía con el mando musulmán en la ¡ Un reino en proyecto ¡La segunda mitad del siglo ¡X presenta para algunos autores 'una novedad fundamental en la situación pamplonesa: la quiebra ide ese principio de solidaridad entre Íñigos y Qasfes, representada por la figura de García Íitiguez, sucesor de su padre, Íñigo Arista (851). Según este planteamiento, en un largo proceso de casi trein- a años, la aristocracia pamplonesa tejería y destejería sus alianzas Icon los parientes Qasíes. Coincidía en Asturias un rey especial- ¿mente interesado en la expansión territorial, Ordoño L, con quien ¡se fortalecieron ahora unos lazos políticos extensivos a la mopar- ¿quía franca. Fruto de esta nueva alianza sería una primera victoria conjunta en Clavijo y Albelda (859), tras la cual algunas plazas 1- ¡bereñas pasaron al control de los Íñigos; detrás vendría la violen- :ta reacción cordobesa, que se saldó con la prisión del hijo de García, ¡Foctún, en 860. Sin embargo, otro enfoque más preciso considera : ¿que García Ífiiguez no plantearía giro alguno en la política familiar ide sintonía con la de los Qasfes, con quienes no rompió verdade- ' ramente, a pesar de los ocasionales acercamientos a los asturianos, ' siempre al compás de las luchas entre muladíes y cordobeses. Has- : ¿ta 871, por lo menos, no se produjeron posibles quiebras en la re- ' lación con los musulmanes, todavía en el contexto de las rebelto- ' ¡nes muladíes del norte peninsular, favorecidas por Alfonso YII de ¡ Asturias, que provocaron una guerra sin cuartel entre los jefes-mu- ¡ - ladíes, el poder cordobés y el cristiano. o] La muerte de García Íñiguez (882) ofreció el relevo a su hijo ' Fortún Garcés, liberado en Córdoba en 880, después de veinte años de exilio, Aparecían ya, sin embargo, los primeros síntomas ; de agotamiento del linaje Arista, vencido quizá por la menor con- ¡ E sideración hacia un jefe largamente ausente. Otras familias ofre- ; cían ahora, además, proyectos más llamativos. Desde el año 869 ¡ se vislumbraban las primeras manifestaciones del prestigio as- l cendente de los Jimeno, de la cuenca vecina de Lumbiex-Aoiz, | portadores, como luego se demostró, dé una nueva concepción * del territorio. En estas fechas, el propio rey asturiano ya había ¡ casado con una pamplonesa, pero no del linaje Arista, sino, y ' quizá como muestra de hacia dónde se encaminaba el mayor ¡ prestigio social, de la faroilia Jimena. V. La EXPANSIÓN DEL TERRITORIO Y SU REFORMULACIÓN CONCEPTUAL Gestación del reino de Pamplona El periodo que se inicia a las puertas del siglo x, y que al- canza hasta el último cuarto del X1, corresponde a la configura- ción de la monarquía, en una intensa etapa donde va aparecien- do una serie de rasgos propios de su realeza y unos determinados modos de gobierno, junto a una distinta organización espacial y diferentes relaciones con los demás reinos cristianos. Sancho Garcés 1 fue investido del poder sobre las gentes de la tierra; los textos posteriores dirían que «surgió un rey en Pamplona», sin duda con la conciencia de que había puesto las bases ideológicas, sociales y territoriales de la realeza. Las nuevas elites dirigentes aportaban ahora una concepción diferente del poder, dispuestas a una verdadera construcción política según las pautas de las mo- narquías cristianas; fruto del acuerdo entre los barones, el inten- so reordenamiento del territorio, su expansión y articulación po- lítica y religiosa, hará cuajar a lo largo de veinticinco años una auténtica realeza, con pleno sentido soberano y conciencia regia. Desde las bases de la «Navarra nuclear» o «primordial», se abri- ría paso hacia las tierras aragonesas y riojanas, los espacios de su natural expansión. 915 Sancho Garcés iniciará enseguida el avance hacia el territorio más prometedor en sus relaciones con la monarquía asturiano-leonesa, esto es, la cuenca del río Ega, y la salida riojana que ofrecían las tierras de Deyo y Monjardín. Ésta será la comarca atacada yal canzada tan sólo dos años después de haber sido alzado entre los barones, para iniciar enseguida (908-918) un largo acoso sobre La Rioja, de común acuerdo con Ordoño 11 de León (914-924). El paulatino control sobre el bajo Arga, en torno a Falces y Caparro- so, sería atajado por el propio emir cordobés en la llamada «Cam- paña de Muez» (920), donde Sancho Garcés y sus aliados leone- ses fueron estrepitosamente vencidos, al tiempo que se perdían algunas plazas conquistadas en La Rioja. Ese mismo año, sin embargo, caería en manos pamplonesas la ciudad de Nájera, verdadera entidad urbana en su más pleno sentido, situada en el eje del Ebro. Pronto se convertiría en sede habitual y preferente de Sancho Garcés y sus descendientes. La posterior reacción del emir, en una nueva campaña, la de Pam- plona del año 924, convencido ya del fracaso de los Banu Qasi, se tradujo en una intensa correría por todo el territorio, hasta el corazón mismo de las cuencas de Pamplona y Lumbier, donde arrasaría la cabeza misma del pequeño reino. No halló a su paso enfrentamiento alguno, ni pudo someter ninguna plaza a la obe- diencia musulmana. La notoria ampliación del territorio pamplonés, más que du- plicado y ahora articulado desde Nájera, lo había convertido en una especie de «bisagra» en las tierras del Ebro, frente a los do- miníios castellanos; tres hijas de Sancho Garcés casarían con tres reyes sucesivos de León, síntoma inequívoco del prestigio que la corte vecina reconocía a la que iba tomando cuerpo en Pamplo- na. Los ojos del pamplonés se volvieron también hacia el con- dado franco de Aragón; hijo él mismo de una pallaresa, en ple- no eorazón del Pirineo carolingio, no podía eludir el interés por el ámbito de expansión natural de la cuenca de Lumbier, abierta hasta el presente por el curso del río Aragón y alimentada espi- ritualmente desde los focos de Leire y San Juan de la Peña. Ha- cia 921, el primogénito de Sancho Garcés casaría con la herede- ra del condado de Aragón, preparando la futura unión con el nuevo reino. Articulación de una monarquía cristiana A la muerte de Sancho Garcés 1 (925) quedaban puestas las ba- ses de una realeza que se desarrollará sólidamente a lo largo del si- glo x con una estabilidad indiscutible, de la mano sobre todo de su viuda, la excepcional reina Toda, atenta y hábil salvaguarda del proyecto dinástico y de su evolución en sintonía con la monarquía leonesa. Con ella misma como regente y Jimeno Garcés como tu- tor (925-931) del pequeño García Sánchez 1 (925-970), se preser- vó una Corona que la astuta Toda no dudó en poner bajo la pro- tección del mismo califa, siquiera de forma ocasional (934). Junto a las relaciones de parentesco con la monarquía astur- leonesa, conviene tener en cuenta que la posesión pamplonesa de La Rioja brindaba un punto de conexión esencial, sobre todo des- de la instauración del califato en 929. Así, además de los matri- monios antes aludidos, una de las hijas de Sancho Garcés ] casaría en segundas y terceras nupcias con condes del ámbito castellano, mientras, en la segunda generación, se sucederían bodas con la misma casa castellana. El becho, del que se derivó un intrincado árbol genealógico de vinculaciones con Castilla, brindó la ocasión para una intensa presencia pamplonesa también allí, interviniendo en sus asuntos internos cuando fue oportuno, al compás de las ten- siones con el califato cordobés y de las difíciles sucesiones de la monarquía vecina. Ramiro 11 contó con ayuda pamplonesa en nu- merosas ocasiones, incluidas las batallas de Simancas y Alhan- dega (939). A Toda, precisamente, le tocaría intervenir. primero, de mediadora entre sus dos yernos, el rey de León y el conde de Castilla (943-247), para más tarde defender y apuntalar en el tro- no leonés a Sancho 1, el Craso, hijo de Ramiro 11 de León y nieto suyo; pero el oponente era, también, nieto de la pamplonesa, razón de que recurriera de nuevo (960) a Ja ayuda califal. apresando, in- cluso, al conde Fernán González. La tradicional alianza entre Pamplona, León y Castilla se reto- maría al año siguiente, a la muerte de Abd al-Rahman 11; la pre- sión musulmana sería mucho más dura bajo el mandato de al-Ha- kem 11 (961-976), cuya supremacía resultó evidente enseguida. La virulenta actitud de Almanzor, ya en el último cuarto del siglo. im- puso un mayor sacrificio, pero brindó la ocasión de comprobar el m7