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COMPILACIÓN DE RELATOS DE TERROR
Tipo: Apuntes
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Para Barbara, a quien un buen escalofrío le gusta casi tanto como una buena fiesta.
antologías hasta ahora aparecidas en lengua castellana, aunque algunas de ellas muy estimables ciertamente, se han limitado sin embargo a seguir los esquemas de las antologías norteamericanas de los años cincuenta y sesenta, de tal modo que los relatos que las componen casi son intercambiables de una a otra, si no son en algunos casos los mismos. Las nuevas corrientes del terror, ese «terror urbano» que está imponiéndose cada vez más sobre el «terror sobrenatural» como otro imperativo de nuestras condiciones modernas de vida, esos «nuevos terrores» de pesadillas tecnológicas o basados en las neurosis del hombre actual y que han sustituido a los antiguos mitos terroríficos de honda raigambre medieval, esos psicópatas que han ocupado claramente el lugar de los viejos monstruos, el moderno terror cotidiano que ha usurpado su puesto al viejo terror gótico, todo ello aún sigue siendo casi desconocido para los lectores de habla hispana. Cubrir este hueco es lo que pretenden las series de antologías que se inician con ésta, y que seguirán incluyéndose en sucesivos números de esta colección. A través de las selecciones de los más importantes antologistas del género en este momento (Kari Edward Wagner, Ramsell Campbell, Charles L. Grant, etc.), se irá ofreciendo una muestra representativa y válida de los más importantes relatos de terror que están apareciendo en nuestros días. Habrá, por supuesto, relatos de corte clásico, otros kafkianos, muestras de fantasía pura, terror macabro, terror psicológico... Las vertientes del terror son casi infinitas, y ése es uno de sus mayores atractivos. Para este primer volumen de las antologías se ha escogido una de las más celebradas de estos últimos años: la que preparó Karl Edward Wagner para DAW Books (Dónala A. Woliheim es uno de los mayores especialistas norteamericanos de la ciencia ficción, la fantasía y el terror, y es autor también de varios excelentes relatos del género), reuniendo los mejores relatos de terror publicados en lengua inglesa en 1980. Se trata, pues, de una antología a la vez moderna y representativa. Contiene desde el más puro homenaje lovecraftiano ( El hombre negro con un cuerno ), pasando por el terror que podríamos llamar clásico ( Los gatos de Pére Lachaise, Sin ton ni son. El hueco ), gótico ( La catacumba ), y las nuevas versiones de antiguos mitos ( Pisadas ), hasta ese otro terror que podríamos llamar «experimental» ( De guardia. El Rey ). Sin olvidar, por supuesto, el extenso y magnífico relato del indiscutido maestro del género en la actualidad y que abre la antología: El mono, de Stephen King, un auténtico best-seller del relato corto, muy en la línea de su autor. Y recuérdenlo: este volumen es sólo un principio. Seguirán más: estén atentos a ellos. Mientras los esperan, que ustedes se estremezcan bien. DOMINGO SANTOS
Uno de los hitos para los aficionados al terror durante los años sesenta fue una serie de revistas editadas con ostentoso vulgaridad y seleccionadas por Robert A. W. Lowndes para algo llamado Health Knowledge, Inc. Los títulos que tuvieron una vida más prolongada de sus varias series fueron Magazine of Horror y Startling Mystery Stories; en su mayor parte reeditaban historias de otro modo inaccesibles de fuentes tales como las míticas Weird Tales y Strange Tales, con alguna ocasional historia original, normalmente ilegible, firmada por alguien de quien nadie nunca había oído hablar. Ramsey Campbell, que por aquel entonces tenía ya un libro en su haber, era uno de tales oscuros escritores, y otro era Stephen King, que vendió a esas revistas sus primeras dos historias (por un precio conjunto de sesenta y cinco dólares). Nacido el 21 de septiembre de 1946 en Portland, Maine, King empezó a escribir a la edad de doce años. El éxito no fue instantáneo. Tras graduarse en la universidad, trabajó en una lavandería por sesenta dólares a la semana antes de encontrar un trabajo docente en una escuela superior por seis mil cuatrocientos dólares al año. Sus primeras novelas consiguieron tan sólo cartas de rechazo, pero en las revistas para hombres, particularmente Cavalier , King encontró un mercado dispuesto a recibir los relatos cortos de horror, y decidió probar fortuna con la novela de horror popular. Allí King tuvo algo más de suerte: su primera novela. Carrie , fue publicada en 1974, seguida por Salem's Lot (La hora del vampiro), The Shining (El resplandor), la colección de relatos Night Shift (En el umbral de la noche), The Stand (La danza de la muerte), The Dead Zone (La zona muerta), y Firestarter (Ojos de fuego). Su éxito fue tal que es muy poco probable que King tenga que volver alguna vez a su trabajo en la lavandería. El mono se publicó como una separata inserta en el número de Gallery de noviembre de 1980... uno de los lugares más inusuales para que puedan perseguirlo los coleccionistas de primeras ediciones. Mientras lo leía, he intentado recordar qué le ocurrió al monito de cuerda que yo tenía cuando era un chiquillo. He intentado recordarlo intensamente... Cuando Hal Shelbum lo vio, cuando su hijo Dennis lo sacó de una deteriorada caja de Ralston-Purina que había sido arrinconada bajo un montón de trastos en una buhardilla, brotó en él una sensación tan grande de horror y desánimo que por un momento creyó que iba a lanzar un grito. Apretó un puño contra su boca, como para empujarlo de vuelta y tragárselo... y entonces se limitó a toser tras su puño. Ni Terry ni Dennis se dieron cuenta de aquello, pero Petey miró a su alrededor, momentáneamente curioso. —¡Eh, qué bonito! —dijo Dennis con deferencia. Era un tono que Hal raramente obtenía ya de su hijo. Dennis tenía doce años. —¿Qué es? —preguntó Petey, y miró de nuevo a su padre antes de que sus ojos
Sus palabras brotaron más agudas de lo que hubiera deseado, y había arrancado el mono de entre las manos de Dennis antes de darse cuenta de lo que hacía. Dennis miró a su alrededor y luego a él, sorprendido. Terry miró también hacia atrás por encima de su hombro. Y Petey alzó los ojos. Por un momento todos permanecieron en silencio, y el viento silbó de nuevo, muy suavemente esta vez, como una desagradable invitación. —Quiero decir que lo más probable es que esté roto —dijo Hal. Solía estar roto... excepto cuando deseaba estar arreglado. —Bueno, pero no hacía falta que me lo quitaras —dijo Dennis. —Dennis, cállate. Dennis parpadeó, y por un momento pareció casi inquieto. Hal no le había hablado de forma tan cortante desde hada mucho tiempo. Desde que había perdido su trabajo en la National Aerodyne en California hacía dos años y se habían mudado a Texas. Dennis decidió no seguir adelante con aquello... por ahora. Se volvió de espaldas a la caja de Ralston-Purina y de nuevo empezó a revolver trastos, pero todo lo que había era pura basura. Juguetes rotos mostrando sus tripas de relleno y muelles. El viento era más fuerte ahora, ululando en vez de silbar. La buhardilla empezó a crujir suavemente, haciendo un ruido como de pasos. —Por favor, papá —pidió Petey, apenas lo suficientemente alto como para que su padre le oyera. —Sí —dijo éste—. Terry, vámonos. —No he terminado con este... —He dicho vámonos. Ahora le tocó a ella mostrarse asombrada. Habían tomado dos habitaciones contiguas en un motel. Aquella noche a las diez, los chicos estaban durmiendo en su habitación y Terry estaba dormida en la habitación de los adultos. Había tomado dos Valium en el camino de vuelta desde la vieja casa en Casco, para librarse de la migraña. Últimamente tomaba mucho Valium. Había empezado aproximadamente en la época en que la National Aerodyne había despedido a Hal. Durante los últimos dos años él había estado trabajando para la Texas Instruments... Eran cuatro mil dólaresmenos al año, pero al menos era un trabajo. Él le había dicho a Terry que tenían suerte. Ella había asentido. Había muchos especialistas en software cobrando el desempleo, había dicho él. Ella había asentido. El empleo en Amette era exactamente igual de bueno que el puesto en Fresno, había dicho él. Ella había asentido, pero él tuvo la impresión de que su asentimiento era una mentira. Y él estaba perdiendo a Dennis. Podía sentir al chico alejándose, alcanzando una prematura velocidad de escape. Adiós, Dennis. Hasta otra, desconocido. Fue bueno compartir este tren contigo. Terry deda que el chico fumaba marihuana. Podía olerlo a veces. «Tienes que hablar con él, Hal.» Y él había asentido, pero hasta ahora no lo había hecho. Los chicos estaban durmiendo. Terry estaba durmiendo. Hal se metió en el cuarto de baño, cerró la puerta, se sentó en la tapa del inodoro y miró al mono. Odiaba su aspecto, su blando y lanudo pelaje marrón, pelado en algunos lados.
Odiaba su sonrisa... Ese mono sonríe exactamente igual que un negro, había dicho en una ocasión el tío Will, pero no sonreía como un negro, no sonreía como nada humano. Su sonrisa era todo dientes, y si se le daba cuerda, sus labios se movían, sus dientes parecían hacerse más grandes, convertirse en los dientes de un vampiro, los labios se contorsionaban y los platillos sonaban. Estúpido mono, estúpido mono a cuerda, estúpido, estúpido... Lo dejó caer. Sus manos estaban temblando y lo dejó caer. La llave chasqueó contra las baldosas del cuarto de baño cuando golpeó el suelo. El sonido pareció muy fuerte en el silencio y la quietud. Se quedó sonriendo con sus lóbregos ojos ambarinos, ojos de muñeco, llenos con una alegría idiota, sus platillos de latón preparados como para puntuar con sus golpes una marcha interpretada por alguna sombría banda infernal, y en el fondo estampada la frase Made in Hong Kong. —No puedes estar aquí —susurró—. Te tiré al pozo cuando yo tenía nueve años. El mono le sonrió desde el suelo. Hal Shelburn se estremeció. Afuera, en la noche, un negro soplo de viento sacudió el motel. Bill, el hermano de Hal, y Collette, la esposa de Bill, se encontraron con ellos en la casa del tío Will y la tía Ida al día siguiente. —¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez que una muerte en la familia es una forma realmente asquerosa de renovar las relaciones familiares? —le preguntó Bill con el principio de una sonrisa. Había sido bautizado así en honor al tío Will. Will y Bill, campeones del rodayo, acostumbraba a decir el tío Will, y revolvía el pelo de Bill. Era una de sus frases... como que el viento puede silbar pero no puede entonar una canción. El tío Will había muerto hacía seis años, y la tía Ida había vivido desde entonces allí sola, hasta que la semana anterior un ataque al corazón se la había llevado. Todo muy repentino, había dicho Bill cuando llamó desde larga distancia para darle a Hal la noticia. Como si él pudiera saberlo, como si cualquiera pudiera saberlo. Había muerto sola. —Sí —dijo Hal—. He pensado en ello. Miraron juntos el lugar, la vieja casa donde habían terminado de crecer los dos. Su padre, un marino mercante, había desaparecido como si hubiera sido borrado de la faz de la Tierra cuando ellos eran pequeños; Bill decía que lo recordaba vagamente, pero Hal no tenía ni el menor recuerdo de él. Su madre había muerto cuando Bill tenía diez años y Hal ocho. Entonces se trasladaron a casa del tío Will y de la tía Ida desde Hartford, y fueron criados allí, y fueron a la universidad allí. Bill se había quedado y ahora era un rico abogado en Portland. Hal observó que Petey se estaba alejando hacia las zarzamoras que crecían en el lado oriental de la casa, formando una tupida maraña. —Apártate de ahí, Petey —dijo. Petey le devolvió una interrogadora mirada. Hal sintió que su sencillo amor hacia el muchacho le inundaba... y entonces, repentinamente, pensó de nuevo en el mono. —¿Por qué, papá? —El viejo pozo está en algún lugar por aquí —dijo Bill—. Pero que me condene si
que por unos pocos centímetros estuvo a punto de tropezar con las tablas que cubrían el pozo, quizá a unos centímetros de caer diez metros hasta el lodoso fondo del pozo. Había agitado los brazos para mantener el equilibrio, y más espinas habían ensartado sus antebrazos. Era ese recuerdo lo que le había hecho llamar secamente a Petey para que volviera atrás. Era el día en que Johnny McCabe había muerto;, su mejor amigo... Johnny había estado trepando por los travesaños de madera de la escalera de cuerda que conducía hasta su casa en la copa del árbol, en el patio de atrás. Los dos habían pasado muchas horas ahí arriba aquel verano, jugando a los piratas, viendo imaginarios galeones allá afuera en el lago, disparando sus cañones, preparándose para el abordaje. Johnny había estado trepando a su casa en la copa del árbol como había hecho miles de veces antes, y el travesaño justo debajo de la puerta trampilla en el fondo de la casa en el árbol se había partido bajo sus manos, y Johnny había caído diez metros hasta el suelo y se había roto el cuello, y la culpa era del mono, el mono, el maldito y odioso mono. Cuando sonó el teléfono, cuando tía Ida abrió mucho la boca y luego formó una O de horror, cuando su amiga Milly de más abajo de la calle le dio la noticia, cuando tía Ida dijo «Sal al porche, Hal, tengo que darte una mala noticia...», había pensado con mórbido horror: ¡El mono! ¿Qué ha hecho el mono ahora? No había habido ningún reflejo de su rostro atrapado en el fondo del pozo aqueldía. Únicamente los guijarros cayendo a la oscuridad y el olor del lodo húmedo. Había mirado al mono tirado allá en la resistente hierba que crecía entre las zarzas, sus platillos en suspenso, sus sonrientes y enormes dientes entre sus entreabiertos labios, su pelaje, desgastado aquí y allá hasta formar manchas peladas, sus inmóviles ojos. —Te odio —le había susurrado. Rodeó con su mano aquel detestable cuerpo, sintiendo crujir el lanudo pelaje. El mono le sonrió mientras lo mantenía delante de su rostro. —¡Adelante! —le desafió, echándose a llorar por primera vez aquel día. Lo sacudió. Los inmóviles platillos se agitaron levemente. Destruía todo lo bueno. Absolutamente todo. —¡Adelante, hazlos sonar! ¡Hazlos sonar! El mono simplemente sonreía. —¡Vamos, hazlos sonar! —Su voz se alzó histéricamente—. ¡Salta, salta y hazlos sonar! ¡Vamos, atrévete! ¡Te desafío a que lo hagas! Sus ojos amarillo amarronados. Sus enormes y regocijados dientes. Entonces lo arrojó al pozo, loco de pesar y de terror. Lo vio girar sobre sí mismo una vez mientras caía, un simiesco acróbata haciendo un truco, y el sol se reflejó por última vez en aquellos platillos. Golpeó el fondo con un golpe sordo, y eso debió desencadenar su mecanismo, pues de repente los platillos empezaron a sonar. Su rítmico, deliberado y cantarín sonido ascendió hasta sus oídos, resonando con extraños ecos en la garganta de piedra del pozo muerto: jang-jang-jang-jang... Hal aplastó sus manos sobre su boca y, por un momento, pudo verle allí abajo, quizá tan sólo con los ojos de la imaginación... Tendido allá en el lodo, los ojos resplandeciendo hacia arriba, mirando al pequeño círculo de su rostro infantil asomado sobre el borde del
pozo (como si silueteara su forma para siempre), los labios abriéndose y contrayéndose en torno a aquellos sonrientes dientes, los platillos sonando, el alegre mono de cuerda. Jang-jang-jang-jang , ¿quién ha muerto? Jang-jang-jang-jang , ¿es Johnny McCabe, cayendo con los ojos desorbitados, trazando su propia pirueta acrobática mientras cae a través del brillante aire veraniego de vacaciones con el roto peldaño aún sujeto en sus manos para golpear contra el suelo con un único y amargo crujido de algo que se rompe? ¿Es Johnny, Hal? ¿O eres tú? Gimiendo, Hal había colocado las tablas sobre el agujero, clavándose astillas en las manos, sin importarle, sin darse siquiera cuenta hasta más tarde. Y aún podía oírlo, incluso a través de las tablas, ahora ahogado y, en cierto modo, peor aún: estaba ahí abajo en aquella oscuridad de piedra, golpeando sus platillos y contorsionando su repulsivo cuerpo, y el sonido ascendía como el sonido de un hombre enterrado prematuramente, arañando en busca de una salida. Jang-jang-jang-jang , ¿quién ha muerto esta vez? Tambaleante, se abrió camino a través de las zarzas, de vuelta a casa. Los espinos trazaron nuevos surcos de sangre en su rostro, los lampazos se aferraron a las vueltas de sus téjanos, y en una ocasión cayó cuan largo era, sus oídos tintineando aún, como si el mono le estuviera siguiendo. El tío Will lo encontró más tarde, sentado en un neumático viejo en el garaje y sollozando, y pensó que Hal estaba llorando por su amigo muerto. Así era, pero también lloraba como secuela de su terror. Había arrojado al mono al fondo del pozo por la tarde, a primera hora. Aquel anochecer, mientras el ocaso se arrastraba a través de un brillante manto de nieblas bajas, un coche avanzando demasiado rápido para la reducida visibilidad había arrollado en la carretera al gato de la isla de Man de tía Ida y luego prosiguió su camino. Hubo intestinos esparcidos por todas partes y Bill vomitó, pero Hal simplemente había vuelto su rostro, su pálido y crispado rostro, mientras oía a tía Ida sollozar (esto, añadido a las noticias de la muerte del chico McCabe, había ocasionado un ataque de llanto casi histérico, y pasaron dos horas antes de que el tío Will consiguiera calmarla por completo) como si estuviera a kilómetros de distancia. En su corazón había una fría y exultante alegría. No había sido su tumo. Había sido el gato de tía Ida, no él, ni su hermano Bill o su tío Will (dos campeones del rodayo). Y ahora el mono ya. No estaba, permanecía en el fondo del pozo, y un zarrapastroso gato de la isla de Man con sus orejas llenas de garrapatas no era un precio demasiado grande a pagar. Si el mono deseaba tocar sus infernales platillos, que lo hiciera. Podía tocarlos y tocarlos para los insectos y los escarabajos, todas las cosas oscuras que tenían su hogar en la garganta de piedra del pozo. Se pudriría allá abajo en la oscuridad, y sus repulsivos engranajes y ruedas y muelles se oxidarían en las tinieblas. Moriría ahí abajo. En el lodo y la oscuridad. Las arañas tejerían su sudario. Pero... había vuelto. Lentamente, Hal tapó de nuevo el pozo, como había hecho aquel otro día, y en sus oídos resonó el eco fantasmal de los platillos del mono: Jang-jang-jang-jang, ¿quién ha muerto, Hal? ¿Es Terry? ¿Dennis? ¿Es Petey, Hal? ¿Es tu favorito, verdad? ¿Es él? Jang-jang- jang... —¡Deja eso!
problemas sobre mí. Comes cada día. Tus posaderas están cubiertas. Después de once años... no necesito... ni una mierda... de tí. Puntuó cada frase tirando del muchacho hacia delante, hasta que sus narices estuvieron casi tocándose, y luego lo empujó contra la puerta. No lo hacía con la suficiente violencia como para hacerle daño, pero Dennis estaba asustado... Su padre no había alzado la mano sobre él desde que se habían mudado a Texas, y ahora empezó a llorar con los fuertes, roncos y saludables sollozos de un cuerpo joven. —¡Adelante, pégame! —le gritó a Hal, su rostro crispado y moteado por el flujo de la sangre—. ¡Pégame si quieres! ¡Sé cuánto me odias! —No te odio. Te quiero mucho. Dennis. Pero soy tu padre y tienes que mostrarme respeto o voy a tener que zurrarte para conseguirlo. Dennis intentó soltarse, pero Hal tiró del muchacho hacia sí y lo abrazó. Dennis luchó por un momento, y luego apoyó su rostro contra el pecho de Hal y lloró como si estuviera exhausto. Era la especie de llanto que Hal no había oído a ninguno de sus hijos desde hacía años. Cerró los ojos, dándose cuenta de que él también se sentía exhausto. Terry empezó a golpear al otro lado de la puerta. —¡Ya basta, Hal! ¡Sea lo que sea lo que le estás haciendo, ya basta! —No lo estoy matando —dijo Hal—. Tranquilízate, Terry. —Pero tú... —Todo va bien, mamá —dijo Dennis, la voz ahogada contra el pecho de Hal. Pudo sentir su perplejo silencio por un momento, y luego ella se apartó de la puerta. Hal miró de nuevo a su hijo. —Siento lo que te dije, papá —dijo Dennis, a disgusto. —Cuando volvamos a casa, la próxima semana, aguardaré dos o tres días y luego voy a registrar todos tus cajones, Dennis. Si hay en ellos algo que no quieras que yo vea, será mejor que te desembaraces de ello. De nuevo el ramalazo de culpabilidad. Dermis bajó los ojos y se secó los mocos con el dorso de la mano. —¿Puedo irme ahora? —dijo nuevamente hosco. —Por supuesto —dijo Hal, y le dejó marchar. Tenemos que ir de camping en la primavera, solos los dos. Pescar un poco, como el tío Will acostumbraba a hacer con Bill y conmigo. Acercarme un poco a él. Intentarlo. Se sentó en la cama, en la vacía habitación, y miró al mono. Nunca te acercarás de nuevo a él, Hal, parecía decir su sonrisa. Nunca más. Nunca más. El simple hecho de mirar al mono le hizo sentirse agotado. Lo dejó a un lado y se puso una mano sobre los ojos. Aquella noche, en el cuarto de baño, Hal estaba limpiándose los dientes y pensando: Estaba en la misma caja. ¿Cómo podía estar en la misma caja? El cepillo de dientes se desvió hacia arriba, lastimando sus encías. Dio un respingo. El tenía cuatro años, y Bill seis, la primera vez que vio el mono. Su desaparecido padre había comprado una casa en Hartford, había terminado de pagarla y era completamente de ellos antes de que muriera o desapareciera o lo que fuese. Su madre
trabajaba como secretaria en la Holmes Aircraft, la fábrica de helicópteros en las afueras de Westville, y una serie de muchachas habían pasado por la casa para cuidar a los chicos, excepto que por aquel entonces tan sólo era a Hal a quien tenían que cuidar durante el día... Bill estaba ya en la escuela, en primer grado. Ninguna duraba mucho tiempo. O se quedaban embarazadas y se casaban con sus amigos, o se iban a trabajar a Holmes, o la señora Shelbum descubría que habían dado cuenta de su jerez para cocinar o de la botella de coñac que guardaba en el aparador para las ocasiones especiales. La mayoría eran chicas estúpidas que lo único que parecían desear era comer o dormir. Ninguna deseaba leerle a Hal del modo que lo hada su madre. Aquel largo verano, la niñera fue una voluminosa y zalamera chica negra llamada Beulah. Adulaba a Hal cuando la madre de Hal estaba por los alrededores, y a veces le pellizcaba cuando su madre no estaba. Sin embargo, Hal sentía un cierto aprecio hacia Beulah, que de vez en cuando le leía algún espeluznante relato de una de sus revistas románticas o de detectives. («La muerte avanzaba solapadamente hacia la voluptuosa pelirroja», entonaba Beulah amenazadoramente en el soñoliento silencio de la sala de estar, y se metía otro cacahuete salado en la boca, mientras Hal estudiaba solemnemente las mal impresas figuras de los dibujos a página entera y bebía su leche.) Y ese aprecio hizo que las cosas fueran peores. Descubrió el mono en un frío y nuboso día de marzo. Caía una esporádica aguanieve afuera en las ventanas, y Beulah estaba dormida en el sofá, con un ejemplar de My Story abierto boca abajo sobre su admirable seno. De modo que Hal se dirigió al cuarto trastero para echar una ojeada a las cosas de su padre. El cuarto trastero era un lugar para guardar cosas que ocupaba toda la longitud del segundo piso por el lado izquierdo, un espacio extra que nunca había sido terminado. Uno entraba en el cuarto trastero utilizando una pequeña puerta —una especie de puertecilla como de conejera— en el lado de Bill de la habitación de los chicos. A ambos les gustaba meterse allí dentro, pese a que hacía frío en invierno y demasiado calor en verano, tanto como para salir con un cubo lleno del sudor brotado de sus poros. Largo y estrecho, y en cierto modo misterioso, el cuarto trastero estaba lleno de fascinantes cosas viejas. No importaba cuántas cosas mirara uno allí dentro, nunca parecía posible mirartodo lo que había. Él y Bill habían pasado varias tardes de sábado enteras allí arriba, apenas hablándose, sacando cosas de cajas, examinándolas, dándoles vueltas y más vueltas hasta que sus manos pudieran absorber cada única realidad, luego devolviéndolas a su sitio. Ahora Hal se preguntaba si él y Bill no habrían estado intentando, de la mejor manera posible, ponerse en contacto con su desvanecido padre. Había sido marino mercante y el lugar estaba lleno con fajos de mapas, algunos señalados con precisos círculos (y el orificio de la punta del compás en el centro de cada uno de ellos). Había veinte volúmenes de algo llamado Guía para la Navegación Barron. Unos binoculares torcidos que hacían que los ojos ardieran y que falseaban de forma curiosa las cosas si se miraba por ellos demasiado rato. Había recuerdos turísticos de una docena de puertos de escala —muñecas de hula-hula de caucho, un sombrero hongo de cartón negro con una retorcida banda que decía PICA A UNA CHICA Y TE HAGO
despertar incluso a los muertos. Jang-jang-jang-jang... Hal avanzó hacia él, dispuesto a pararlo como fuera, quizá poniendo su mano entre los platillos hasta que se acabara la cuerda ( pero estaba rota, ¿no? ) y se detuviera por sí mismo. Los platillos entrechocaron una última vez —¡jang!— y luego se separaron lentamente hasta su posición original. El latón relucía en las sombras. Los sucios y amarillentos dientes del mono sonreían en su improbable sonrisa. La casa estaba de nuevo silenciosa. Su madre se dio la vuelta en su cama e hizo eco al ronquido de Bill. Hal volvió a su cama y se tapó con las sábanas, su corazón latiendo aún apresuradamente, y pensó: Mañana lo devolveré al cuarto trastero. No lo quiero. Pero a la mañana siguiente olvidó por completo devolver el mono a su lugar original, debido a que su madre no fue a trabajar: Beulah había muerto. Su madre no quiso decirles exactamente lo ocurrido. —Fue un accidente. Sólo un terrible accidente —fue todo cuanto dijo. Pero aquella tarde Bill compró un periódico, camino de vuelta a casa desde la escuela, y llevó hasta su habitación, escondida bajo su camisa, la página cuatro. ( Dos muertos a tiros en un apartamento, decían los titulares .) Leyó vacilantemente el artículo a Hal, siguiéndolo con el dedo, mientras su madre preparaba la cena en la cocina, Beulah McCaffery, de 19 años, y Sally Tremont, de 20, fueron muertas a tiros por el amigo de la señorita McCaffery, Leonard White, de 25 años, a resultas de una discusión sobre quién iba a salir a recoger el encargo que habían hecho de un menú chino. La señorita Tremont murió en el Hartford, donde había sido trasladada urgentemente; Beulah McCaffery murió en el acto. Era como si Beulah hubiera desaparecido dentro de una de sus propias revistas de detectives, pensó Hal Shelbum, y sintió que un frío estremecimiento recorría su espina dorsal y luego rodeaba su corazón. Entonces se dio cuenta de que los disparos se habían producido aproximadamente al mismo tiempo que el mono... —¿Hal? —Era la voz de Terry, soñolienta—. ¿Vienes a la cama? Escupió la pasta dentífrica al lavabo y se enjuagó la boca. —Sí —dijo. Antes había puesto el mono en su maleta y la había cerrado con llave. Iban a volar de vuelta a Texas dentro de dos o tres días, pero antes quería librarse definitivamente de aquella maldita cosa. Fuera como fuese. —Fuiste muy duro con Dennis esta tarde —dijo Terry, en la oscuridad. —Dennis necesita que alguien empiece a mostrarse un poco duro con él, creo. Está deslizándose. Simplemente, no quiero que empiece a caer. —Psicológicamente, pegar al chico no es la forma... —¡Por el amor de Dios, Terry! ¡No le pegué! —... más productiva de afirmar la autoridad paterna. —No empieces de nuevo con la mierda esa de las sesiones de grupo —dijo Hal, furioso. —No comprendo por qué no deseas discutir eso —su voz era fría.
—También le dije que quería ver todas esas drogas fuera de casa. —¿Has hecho eso? —Ahora sonaba aprensiva—. ¿Cómo se lo tomó? ¿Qué dijo? —¡Vamos, Terry! ¿Qué podía decir? ¿«Lárgate y déjame en paz»? —Hal, ¿qué ocurre contigo? Tú no eres así... ¿Qué es lo que va mal? —Nada —dijo, mientras pensaba en el mono encerrado en su Samsonite. ¿Lo oiría si empezaba a hacer sonar sus platillos? Sí, seguro que lo oiría. Apagado, pero audible. Haciendo sonar el sino de alguien, como lo había hecho para Beulah, Johnny McCabe, Daisy la perra del tío Will, Jang-jang-jang , ¿eres tú, Hal? —Lo que ocurre es que he estado un poco tenso últimamente. —Espero que sólo sea eso, porque no me gustas así. —¿No? —Y las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas; ni siquiera lo deseó—. Entonces es mejor engullir unos cuantos Valiums y todo vuelve a estar bien, ¿eh? Oyó que contenía la respiración y luego exhalaba su aliento temblorosamente. Entonces se echó a llorar. Hal hubiera podido consolarla (quizá), pero no parecía haber consuelo en él. Había demasiado terror. Todo iría mejor cuando el mono hubiera desaparecido de nuevo, desaparecido definitivamente. Por Dios, desaparecido definitivamente. Permaneció tendido en la cama, despierto hasta muy tarde, hasta que el amanecer empezó a teñir el aire de gris allá afuera. Pero pensó que sabía lo que tenía que hacer. Fue Bill quien encontró el mono la segunda vez. Aproximadamente un año y medio después de que Beulah McCaffery resultara muerta en el acto. Era verano. Hal acababa de terminar su jardín de infancia. Volvía de jugar con Stevie Arlingen y su madre le dijo: —Lávate las manos, Hal. Vas sucio como un cerdo. Estaba en el porche, tomando un té helado y leyendo un libro. Eran sus vacaciones; tenía dos semanas. Hal metió sus manos bajo el chorro de agua fría y dejó sus huellas de suciedad en la toalla. —¿Dónde está Bill? —Arriba. Dile que ordene su lado de la habitación. Parece una pocilga. Hal, que gozaba siendo el mensajero de noticias desagradables en tales cuestiones, se apresuró escaleras arriba. Bill estaba sentado en el suelo. La pequeña puerta conejera que conducía al cuarto trastero estaba abierta de par en par. Tenía el mono entre sus manos. —No funciona —dijo Hal inmediatamente—. Está roto. Se sentía aprensivo, aunque apenas recordaba su vuelta del cuarto de baño aquella noche, y al mono empezando a tocar repentinamente sus platillos. Aproximadamente una semana después de aquello, había tenido un mal sueño acerca del mono y de Beulah —no podía recordar exactamente cuál había sido— y se había despertado gritando, creyendo por un momento que el suave peso sobre su pecho era el mono, que iba a abrir los ojos y lo vería sonriéndole ante él. Por supuesto, el suave peso era tan sólo su almohada, que él mantenía aferrada en su pánico. Su madre acudió rápidamente con un vaso de agua y dos tranquilizantes infantiles con ligero sabor a naranja. Ella pensaba que era la muerte de Beulah lo que había ocasionado la pesadilla. Así era, pero no en la forma que ella creía.
permanecía erguido en el estante de Bill, y parecía mirarle fijamente. Había derribado la foto autografiada de Bill Boyd, boca abajo sobre la cama de Bill. El mono saltaba y sonreía y hacía sonar sus platillos a la vez. Hal se le acercó lentamente. No deseaba hacerlo, pero era incapaz de permanecer alejado. Los platillos se apartaban y luego volvían a juntarse con un estruendoso tintineo, para apartarse de nuevo. Cuando se acercó, pudo oír el mecanismo girando en las entrañas del mono. Bruscamente, soltando un grito de revulsión y terror, lo barrió del estante del mismo modo que uno barrería un enorme y asqueroso bicho. El mono golpeó contra la almohada de Bill y luego cayó al suelo, los platillos golpeando uno contra el otro, jang-jang-jang , los labios abriéndose y cerrándose mientras permanecía allí tendido sobre su espalda, en un cuadrado de luz de un sol de finales de abril. Entonces, repentinamente, Hal recordó a Beulah. Aquella noche, el mono también había hecho sonar sus platillos. Le dio un puntapié con su zapato Buster Brown, tan fuerte como pudo, y esta vez el grito que escapó de sus labios era un grito de furia. El mono de cuerda se deslizó por el suelo, golpeó contra la pared, y se quedó allá inmóvil. Hal permaneció de pie, mirándolo, los puños apretados y el corazón saltando en su pecho. El mono le sonreía insolentemente, con el sol reflejándose en un destello en uno de sus ojos de cristal. Patéame cuanto quieras, parecía decirle. No soy más que ruedas dentadas y engranajes y un tomillo sin fin o dos. Patéame cuanto gustes. No soy real, únicamente un divertido mono de cuerda, eso es todo lo que soy. ¿Y quién está muerto? ¡Ha habido una explosión en la fábrica de helicópteros! ¿Qué es lo que ha subido volando hacia el cielo como una enorme y ensangrentada pelota, con los ojos allá donde no deberían en absoluto estar? ¿Es la cabeza de tu madre, Hal? ¡Allá abajo, en la esquina de Brook Street! ¡El coche iba demasiado rápido! ¡El conductor estaba borracho! ¡Y ahora hay un chico de la Patrulla menos! ¿Puedes oír el sonido crujiente cuando las ruedas pasan por encima del cráneo de Bill y sus sesos brotan por sus orejas? ¿Sí? ¿No? ¿Quizá? A mí no me lo preguntes, yo no lo sé. No puedo saberlo. Todo lo que sé es golpear esos platillos entre sí: jang-jang-jang. ¿Y quién está muerto, Hal? ¿Tu madre? ¿Tu hermano? ¿O eres tú, Hal? ¿Eres tú? Corrió de nuevo hacia él, con la intención de saltar sobre él, de aplastar su asqueroso cuerpo, de patearlo hasta que ruedas y engranajes saltaran por todos lados y sus horribles ojos de cristal rodaran por el suelo. Pero justo cuando lo alcanzaba, sus platillos empezaron a sonar de nuevo, muy suavemente... ( jang ), cuando, en algún lugar dentro de él, un muelle se expandió una última y minúscula vez... y una astilla de hielo pareció abrirse camino a través de las paredes de su corazón, empalándolo, congelando su furia y dejándole de nuevo enfermo de terror. El mono casi pareció darse cuenta de ello... ¡Cuan jubilosa parecía su sonrisa! Lo cogió sujetando uno de sus brazos entre el índice y el pulgar de su mano derecha como si fueran unas pinzas, la boca crispada en un gesto de asco, como si estuviera recogiendo un cadáver. Su sarnoso pelaje de imitación parecía caliente, casi febril, contra su piel. Abrió de un golpe la puertecilla que conducía al cuarto trastero y encendió la bombilla. El mono le sonreía mientras Hal se arrastraba hasta el fondo del área de almacenamiento entre cajas apiladas sobre cajas, pasado el montón de libros de navegación, los álbumes de fotografías con sus emanaciones de viejos productos químicos
y los recuerdos y los trajes viejos, y Hal pensó: Si empieza a tocar sus platillos ahora y se mueve en mi mano, gritaré, y si grito, hará algo más que sonreír, empezará a reír, a reírse de mí, y entonces me volveré loco y me encontrarán aquí, babeando y riendo, loco, me volveré loco, oh por favor querido Dios, por favor querido Jesús, no dejéis que me vuelva loco... Llegó al fondo del cuarto trastero y echó dos cajas a un lado, volcando una de ellas. Arrojó el mono de vuelta a su caja de Ralston-Purina en el rincón, y el mono se acurrucó allí, confortablemente, como si estuviera finalmente en casa, los platillos separados, sonriendo con su sonrisa simiesca, como si el chiste estuviera aún en Hal. Hal reptó hacia atrás, sudando, sintiendo a la vez frió y calor, todo él fuego y hielo, esperando que los platillos empezaran a sonar de nuevo y que, cuando sonaran, el mono saltara de su caja y se deslizara como un escarabajo hacia él, su cuerda zumbando, sus platillos resonando alocadamente y... ...y nada de aquello ocurrió. Apagó la luz y cerró de golpe la pequeña puerta conejera y se apoyó contra ella, jadeando. Finalmente empezaba a sentirse un poco mejor. Se dirigió escaleras abajo sobre piernas de caucho, buscó una bolsa vacía, y empezó a recoger cuidadosamente todos los trozos de cristal de la rota botella de leche, preguntándose si iba a cortarse con ellos y desangrarse hasta morir, si era eso lo que los resonantes platillos habían proclamado. Pero tampoco ocurrió aquello. Encontró un trapo y secó toda la leche, luego se sentó a la espera de que su madre y su hermano regresaran a casa. Su madre llegó primero, preguntando: —¿Dónde está Bill? Con una voz pálida y lenta, seguro ahora de que Bill debía estar muerto, Hal empezó a explicar lo de la reunión de la Patrulla, sabiendo que, por muy larga que hubiera sido la reunión, Bill debería haber llegado a casa hada al menos media hora. Su madre se le quedó mirando con curiosidad y empezó a preguntar qué era lo que iba mal, entonces la puerta se abrió y entró Bill... sólo que no era en absoluto Bill, no realmente. Era el fantasma de Bill, pálido y silencioso. —¿Qué ocurre? —exclamó la señora Shelburn—. Bill, ¿qué ocurre? Bill se echó a llorar, y supieron la historia a través de sus lágrimas. Había sidoun coche, dijo. Él y su amigo Charlie Silverman volvían juntos a casa después de la reunión, y el coche apareció por la esquina de Brook Street demasiado rápido, y Charlie se había quedado como helado, y Bill había tirado de la mano de Charlie una vez, pero ésta se le había escapado de entre los dedos y el coche... Bill empezó a gemir muy fuerte, entre histéricos sollozos, y su madre lo apretó contra ella, acunándolo, y Hal miró afuera, al porche, y vio a dos policías de pie allí. El coche patrulla en el que habían traído a Bill a casa estaba junto al bordillo. Entonces empezó a llorar él también... pero sus lágrimas eran lágrimas de alivio. Ahora le tocó a Bill tener pesadillas..., sueños en los cuales Charlie Silverman moría una y otra vez. y sus botas de cowboy Red Ryder saltaban de sus pies, y él se empotraba contra el capó del viejo Hudson Homet que el borracho conducía. La cabeza de Charlie Silverman y el parabrisas del Hudson se encontraban con un ruido explosivo, y ambos reventaban al unísono. El conductor borracho, que era propietario de una tienda de dulces en Milford, sufría un ataque al corazón poco después de haber sido llevado a la cárcel