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ter intenta comprender algunas repercusiones personales de los descubrimientos que todos ellos hicieron en relación con la eco- nomía moderna, Con mi profesor ayudante Michael Laskawy ten- go una deuda de camaradería intelectual, y también de paciencia en el manejo de las diversas versiones prácticas que comportan in- vestigación y horas de escritura, Este ensayo comenzó como un Curso Darwin, dictado cn la Iniversidad de Cambridge en 1996, El Centro de Estudios Avan- zados de Ciencias del Comportamiento me facilitó el tiempo ne- cesario para escribir cl presente libro. Por último, quiero dar las gracias a Donald Lamm y Alane Mason, de W. W/. Norcon 8e Company, y a Armulí Conrad; y Eli- zaberh Ruge, de Berlin Verlag, que me ayudaron a darle la forma final al manuscrito. RUUAROA SENSE Lo SAS RA de. apelar . Ls A UA as, Pus YAA as e Lo =Ú-. 1. ALADERIVA Hace poco me encontré en Un aeropuerto con alguien a quien no había visto desde hacía quince años. Veinticinco años antes había entrevistado al padre de Rico (corno lo llamaré en adelante), cuando escribí un libro sobre la clase obrera americana titulado The Hidden Injuries of Class. Enrico, su padre, trabajaba entonces como portero, y tenía muchas esperanzas puestas en 5u hijo, que estaba entrando en la adolescencia y era un chico que destacaba en los deportes. Cuando, diez años más tarde, dejé de ver al padre, Rico acababa de completar sus estudios universitarios. En la sala de espera de nuestra compañía aérea, Rico daba la impresión de haber realizado todos los sueños del padre: llevaba un ordenador en un elegante estuche de piel, iba vestido con un traje que yo no podría permitirme y lucía un grueso anillo de sello. Cuando nos conocimos, Enrico llevaba veinte años limpiando lavabos y suelos de un edificio de oficinas del centro. La hacía sin rechistar, pero tampoco pretendía estar encarnando el sueño ame- sicano. Su trabajo tenía un Único objerivo a largo plazo: servir a su familia. Había tardado quince años en ahorrar el dinero necesatio para comprar una casa en un barrio residencial de las afueras de Boston, rompiendo así los lazos que lo mantenían unido a su viejo barrio italiano: una casa en las afueras era mejor para los críos. Luego Hlavia, su esposa, comenzó a trabajar como planchadora en un centro de limpieza en seco; cuando conocí a Enrico en 1970, él y Flavia estaban ahorrando para poder pagar la educación uni- versitaria de sus dos hijos. 13 dió de Enrico y su generación fue Lo que más me sorpr cuán lineal era el tiempo en su vida: año tras año en empleos que mbios en lo cotidiano; en ese tiempo li- resentaban « neal, los logros eran acumulativos. Enrico y Flavia comprobaban ramente rodas las semanas cómo crecía su cuenta de ahorros. Medían su vida doméstica por las diversas mejoras y añadidos que hacían en demás, la época que vivían era predecible. Las sacudidas su Casa, de la Gran Depresión y de la Segunda Guerra Mundial habían quedado atrás; los sindicatos protegían sus puestos de trabajo. Por so, aunque en el momento en que lo conocí Enrico apenas tenía cuarenta años, ya sabía exactamente cuándo iba a jubilarse y con cuánto dinero contaría entonces, El tiempo es el único recurso del cual pueden disponer gratui tamente los que viven en el escalón más bajo de la sociedad. Para acumular tiempo, Enrico necesitaba lo que el sociólogo Max We- ¡aula de hierro», una estructura burocrática que ra- ber llamó una cionalizaba el uso del tiempo; en el caso de Enrico, las normas de antigúedad por las que se regía su pensión estátal proporcionaban ese armazón. Añadiendo a estos recursos su disciplina, el resultado fue más que rentable Enrico diseñó para sí mismo un relato perfectamente claro en el que la experiencia se acumulaba desde el punto de vista marerial y psíquico; su vida, por tanto, tenía sentido en cuanto narración lineal. Aunque un esnob evitaría a Enrico por aburrido, él experi- mentaba las años como una historia dramática que avanzaba repa ración tas reparación, pago de intereses tras pago de intereses | portero sentía que se convertía en el autor de su vida, y, aunque ocupaba los últimos peldaños de la escala social, ese relaro le pro- EN porcionaba una sensación de respeto por su propia per Si bien es clara, la historia de la vida de Enrico no es senc Me sorprendió especialmente cómo vivía a caballo entre el mun- do de su antigua comunidad de inmigrantes y el mundo de su nueva y neurral vida suburbana. Entre sus nuevos vecinos Enric ivía como un ciudadano tranquilo y modesto: no obstan- te, cuando regresaba al viejo barrio, los que seguían allí le brinda- 1 hombre al que le había ido ban mucha más avención por ser y bien, uno de los veteranos dignos que regresaba todos los domin- 14 gos para ira misa, actividad seguida de almucrzo y de tardes de café en las que se hablaba de todo un poco. Se ganó el reconaci- miento de persona única entre aquellos que lo conocían lo sufi- ciente para comprender su historia; de sus nuevos vecinos, en cambio, se ganó un tipo de respeco más anónimo haciendo lo que todo el mundo hacía: mantener limpia la casa y bien cuidado el jardín y vivir sin incidentes. La espesa textura de la experiencia particular de Enrico residía en el hecho de que era reconocido de dos maneras según la comunidad en que se moviera, dos identi- dades que eran el producto del mismo y disciplinado manejo del tiempo. Si el mundo fuera un lugar feliz y justo, los que disfrutan de respeto devolverían por igual la consideración que se les tiene. Así pensaba Fichte en Los fiendamentos del Derecho natural, donde ha- blaba del «efecto recíproco» del reconocimiento; pero la vida real no actúa con tanta generosidad. A Enrico, por ejemplo, no le gustaban los negros, aunque había trabajado pacíficamente muchos años con otros porteros que eran negros; no le gustaban tampoco los inmigrantes no ita- líanos, como los irlandeses, aunque su propio padre sólo cha- purreaba el inglés. Tampoco podía admitir las peleas familiares, y no tenía aliados de clase. Sin embargo, Jo que menos le gustaba era la gente de clase media. Decía que nosotros lo tratábamos como si fuera invisible, un «cero a la izquierda»; el resentimiento del portero se complicaba con su miedo a que, a causa de su falta de educación y su baja categoría social, tuviéramos un secreto de- recho a hacerlo. A su capacidad de resistencia oponía la lastimera autocompasión de los negros, la injusta intrusión de los extranje- ros y los privilegios inmerecidos de la burguesía, Aunque Enrico sentía que había alcanzado cierto honor so- cial, no toleraba la idea de que su hijo Rico repitiera su historia. El sueño americano de movilidad social ascendente era un poderoso motor para mi amigo. «No entiendo una sola palabra de lo que dice», alardeó ante mí Enrico varias veces cuando su hijo llegaba del colegio y se ponía a hacer los deberes de matemáticas, Oj tam- bién a muchos otros padres decir de sus hijos cosas como «No lo entiendo», en tonos más duros, como si los críos los hubieran Y en el flujo de una red de conexiones; tenía que respon- las llamadas, y perseguir a las más raras relaciones. Para 'ndas de personas que der a todas encontrar trabajo se veía supeditado a las ag no estaban en absoluto obligadas a responderle. Como otros con- sultores, aspira a trabajar con contratos que estipulen con exacti- tud lo que le corresponde hacer. Sin embargo, me dijo Rico, la mayoría de estos contratos son una mera ficción. Un consultor suele tener que trabajar de una manera u otra en respuesta a los caprichos o los cambios de ideas de los que pagan. Rico no tiene un papel fijo que le permita afirmar: «Esto es lo que hago; de esto soy responsable.» La falta de control de Jeannette po de contables que ahora dirige se divide entre aquellos que tra- bajan en casa, los que suclen trabajar en el despacho y una falange lados administrativos de bajo nivel, a mil o dos mil kiló- más sutil. El pequeño gru- de em metros de distancia y conectados con ella por ordenador. En su actual empresa. unas reglas estrictas y la vigilancia de los teléfonos y el correo electrónico disciplinan la conducta de los que trabajan desde casa; para organizar el trabajo de los empleados conectados por ordenador, Jeannette no puede hacer juicios prácticos cara a cara y debe trabajar ajustándose a estrictas directrices escritas. En este trabajo aparentemente flexible, no siente que la burocracia sea menor; de hecho, sus propias decisiones cuentan menos que en los días en que supervisaba a trab: jadores que estaban siempre juntos en la misma oficina. Como decía, al principio no estaba muy dispuesto « derramar muchas lágrimas por esta pareja, encarnación del sueño america- no. Sin embargo, cuando las azafatas nos sirvieron la cena y Rico se puse a hablar de cosas más personales, lo sentí más cercano. Su miedo a perder el control tenía raíces mucho más profundas que la preocupación por perder poder en su trabajo. Rico teme que las medidas que necesita tomar y la manera como tiene que vivir para sobrevivir en la moderna economía hayan lanzado a la deriva su vida interior y emocional. Rico me contá que él y Jeannette se habían hecho amigos de mayoría de la gente con la que trabajan, y que con los cambios de los últimos doce años perdieron la mayoría de esas amistades, 18 aunque, como dijo el, «seguimos conectados». Rico busca en las comunicaciones electrónicas el sentido de comunidad que Enrico disfrutaba más cuando iba a las asambleas del sindicato de porte- ros, pero el hijo encuentra que las comunicaciones 0% line son bre- ves y precipitadas. «Es como con los hijos: cuando uno no está ahí, se entera de todo más tarde. En cada una de sus cuatro mudanzas, los nuevos vecinos de Rico han tratado su llegada como un hecho que cierra capítulos pasados de su vida; le preguntan por Silicon Valley o el parque de oficinas de Missouri, pero, según Rico, «ellos no ven otros luga- res», su imaginación no entra en juego. Este es un miedo muy americano. El clásico barrio residencial antes cra una ciudad dor- mitorio; durante la última generación apareció un nueva tipo de barrio residencial, más independiente del núcleo urbano desde el punto de vista económico, pero sin ser tampoco tna ciudad o un pueblo, Un lugar crece de repente al toque de la varita mágica de un promoror inmobiliario, Ñorece y empieza a declinar al cabo de una generación. Esas comunidades no carecen totalmente de una componente social o de barrio, pero en ellas nadie se convierte en un testigo de por vida de la historia de otra persona. El aspecto fugaz de la amistad y de la comunidad local consti- tuyen el fondo de la más aguda de las preocupaciones íntimas de Rico: su familia. «Llegamos a casa a las siewe, preparamos la cena, tratamos de que nos quede una hora para ayudar a los niños con los deberes, y luego nos dedicamos a nuestro papeleo.» Cuando las cosas se ponen duras en su consultoría durante meses enteros, «casi ya no sé quiénes son mis hijos». Le preocupa también la fre- cuente anarquía en la que se hunde su familia, y le preocupa no ocuparse lo suficiente de sus hijos, cuyas necesidades no pueden programarse para que se adapten a las exigencias de su trabajo. Al oírlo, intenté tranquilizarlo; mi mujer, mi hijastro y yo he- mas soportado una vida de alta presión muy similar a la suya, y hemos sobrevivido bastante bien. «Mo eres justo contigo mismo», dije. «El hecho de que te preocupes tanto s ignifica que estás ha- ciendo por tu familia todo lo que puedes.» Aunque mis palabras lo reconfortaron, yo lo había comprendido mal, Yo ya sabía que de niño a Rico le había irrit do la autoridad 19 de su padre: ya entonces me había dicho que se sentía agotado por las reglas inamovibles que gobernaban vida del portero. Alora padre, lo obsesiona el miedo a perder la disciplina ética. atas de cen- que en especial el temor a que sus hijos se vuelvan unas » que anden dando vueltas por las tardes sin nada tro comer que hacer por los aparcamientos de las grandes superficies mien- iras los padres permanecen inaccesibles en sus despachos. s, un ejemplo de deter- Rico quiere ser, para su hijo y sus h minación, de alguien que tiene una meta en la vida; tiene que po- ner un ejemplo. Y el ejemplo objetivo que podría ponerles, su mo- vilidad social ascendente, para ellos cs algo natural, una historia que pertenece a un pasado que ya no es el suyo, una historia ter- minada. Pero su preocupación más honda es no poder ofrecer la sustancia de su vida profesiona] como ejemplo para que sus hijos vean cómo han de comportarse éticamente. Las cualidades del lades del buen carácter. buen trabajo no son las cu Como comprendería más tarde, lu gravedad de este temor procede de la brecha que separa a la generación de Enrico de la de Rico. Los líderes de la economía y los periodistas especializados hacen hincapié en el mercado global y en el uso de las nuevas nologías, dos aspectos que ellos consideran el sello distintivo del capitalismo de nuestro tiempo. Si bien es bastante cierto, no con- templan otra dimensión del cambio: nuevas maneras de organizar el tiempo, y en especial el tiempo de trabajo. El signo más tangible de ese cambio podría ser el lema «nada a largo plazo». En el ámbito del trabajo, la carrera tradicional que avanza paso a paso por los corredores de una o dos instituciones se está debilitando. Lo mismo ocurre con el despliegue de un solo juego de cualificaciones a lo largo de una vida de trabajo. Hoy, un joven americano con al menos dos años de universidad puede es- perar cambiar de trabajo al menos once veces en el curso de su vida laboral, y cambiar su base de cualificaciones al menos us ves ces durante los cuarenta años de trabajo. Un ejecutivo de ATT señala que el lema «nada a largo plazo» está alterando el significado mismo del trabajo: 20 En ATT tenemos que fomentar el concepto de que la fuer- za de rrabajo es contingente, aunque la mayoría de trabajadores contingentes estén dentro de nuestra empresa. Los «puestos de trabajo» se reemplazan con «proyectos» y «campos de trabajo». Las empresas también han subcontratado con pequeñas em- presas e individuos empleados con contratos 4 corto plazo muchas de las tareas que antes sc hacían siempre dentro. En Estados Uni- dos, el sector de la fuerza de trabajo que crece más deprisa, por poner un ejemplo, está formado por personas que trabajan para agencias de trabajo temporal.? «La gente está ávida [de cambio)», afirma James Champy, el gurú de la dirección de empresas, porque «el mercado puede llegar a ser “orientado al consumidor” como nunca antes.»? En esta vi- sión, el mercado es demasiado dinámico para permirir hacer las cosas del mismo modo año tras año, o, simplemente, hacer la mis- ma cosa. El economista Bennett Harrison cree que la fuente de dicha avidez de cambio es el «capital impaciente», el deseo de un rendimiento rápido; por ejemplo, el tiempo medio de manteni- miento de las acciones en las bolsas británica y americana ha baja- do en un 60% en los últimos quince años. El mercado cree que el rendimiento rápido se genera mejor si se instauta un rápido cam- bio institucional. Hay que decir que el orden «a largo plazo» que el nuevo régi- men quiere destruir fue en sí mismo efímero: las décadas de media- dos del siglo Xx. El capitalismo del siglo XIX fue tambaleándose de desastre en desastre en los mercados bursátiles, con una inversión empresarial irracional; los cambios bruscos del ciclo comercial pro- porcionaban poca seguridad. En la generación de Enrico, la gene- ración posterior a la Segunda Guerra Mundial, este desorden se controló hasta cierto punto en la mayoría de las economías avanza- das; unos sindicatos fuertes. las garantías del Estado del bienestar y las empresas a gran escala se combinaron para producir una era de relativa estabilidad. Este periodo aproximado de treinta años defi- ne cl «pasado estable» ahora amenazado por un nuevo régimen. Un cambio en la moderna estructura institucional ha acom- pañado el trabajo a corto plazo, con contrato o circunstancial. Las que los empleados «comprenden [que no pueden depender de empresa] se vuelven comercializables».* Para hacer frente a las reali- dades actuales, el desapego y la cooperación superficial son una armadura mejor que el comportamiento basado en los valores de lealtad y servicio. Es la dimensión temporal del nuevo capitalismo, más que la transmisión de datos con alta tecnología, los mercados bursátiles globales a el libre comercio, lo que más directamente afecta a las vidas emocionales de las personas que ejercen su actividad fuera del lugar de trabajo. Trasladado al terreno de la familia, el lema «nada a largo plazo» significa moverse continuamente, no com- prometerse y no sacrificarse. En un momento del y selo Rico es talló de repente: «No puede usted imaginarse lo estúpido que me siento cuando les hablo a mis hijos de compromiso. Para ellos es una virtud abstracta; no la ven en ninguna parte,» Durante la cena sencillamente no comprendí el porqué del estallido, que no pa recía venir a cuento de nada, pero ahora su significado se me ha vuelto más claro, entendido como un reproche que Rico se hacía a smo. Lo que Rico quiere decir es que los niños no ven que El Í compromiso se practique en la vida, o en la generación de sus pa dies. Rico también detesta el hincapié que se hace en el trabajo de equipo y el debate abierto que caracteriza a un lugar de trabajo fle- xible y progresista uma vez que esos valores se trasladan a la intimi- dad. Si se practica en casa, el trabajo en equipo es destructivo, y relleja una falta de autoridad y de orientación en la educación de los niños. Él y Jeannette me dijo— han visto a demasiados padres discutir hasta la saciedad todos los asuntos familiares por miedo a decir «¡Nol» padres que escuchan demasiado bien, que compren- den todo maravillosamente en lugar de imponer la ley. Y han visto el resultado: demasiados niños desorientados «Las cosas tienen que tener lógica», me dijo Rico. Una y más, al principio no lo entendí, y me explicó lo que quería decir en relación con la actividad de ver la televisión. Quizá de manera excepcional, Rico y Jeannette discuten con sus dos hijos varones la relación entre las películas o relecomedias que los niños ven por televisión y los sucesos de los periódicos. «De lo contrario, todo es 24 sólo un batiburrillo de imágenes.s Sin embargo, la mayor parte de las veces esas conexiones tienen que ver con la violencia y la sexua- ba siempre lidad que los niños ven por televisión. Enrico uril sencillas parábolas para plantear en casa cuestiones relacionadas con el carácter; la fuente de estas parábolas era su trabajo: portero. Por ejemplo: «Puedes darle la espalda a la suciedad, pero no por eso va a desaparecer.» Cuando conocí a Rico en su adolescencia, reaccionaba con cierta vergilenza a esta filosofía casera. Por eso, al reencontrarlo, le pregunté si él también hacía parábolas o extraía reglas éticas de su experiencia en el trabajo. Primero evitó respon der directamente —«En la televisión no se ve mucho de eso», pero luego me respondió: «Bueno, no, yo no hablo de esa manera.» El comportamiento que cosecha buenos resultados, o incluso sólo la supervivencia en el trabajo, le deja a Rico poco que ofrecer en el papel de padre modélico, En realidad, para esta pareja mo- derna, el problema es precisamente el contrario: cómo proteger las relaciones familiares para que no sucumban a los comportamien- tos a corro plazo, el modo de pensar inmediato y, básicamente, el débil grado de lealtad y compromiso que caracterizan al moderno lugar de trabajo. En lugar de los valores cambiantes de la nueva economía, la familia —tal como Rico la concibe debería valorar la obligación, la honradez, el compromiso y la finalidad. Este conflicto entre familia y trabajo plantea algunas cuestio- nes sobre la experiencia de la vida adulta en sí. ¿Cómo pueden persegnirse objetivos a largo plazo en una sociedad a corto plazo? ¿Cómo sostener relaciones sociales duraderas? ¿Cómo puede un ser humano desarrollar un relato de su identidad e historia vital en una sociedad compuesta de episodios y fragmentos? Las condicio- nes de la nueva economía se alimentan de una experiencia que va a la deriva en el tiempo, de un lugar a ouro lugar, de un empleo a otro. Si pudiera establecer el dilema de Rico en términos más am- plios, diría que el capitalismo del corto plazo amenaza con corroer su carácter, en especial aquellos aspectos del carácter que unen a los seres humanos entre sí y brindan a cada uno de ellos una sen sación de un yo sostenible, > ú Al terminar la cena nos quedamos los dos cada cual absorto en sus pensamientos. Un cuareo de siglo antes había imaginado que el capitalismo tardío había conseguido algo parecido a una consumación final; hubiera o no más libertad de mercado y me nos control gubernamental, el «sistema» aún entraba en la expe- riencia cotidiana de la gente como siempre lo había hecho, es de. , por medio del éxito y del fracaso, de la dominación y la sumisión, la alienación y el consumo. Para mí, las cuestiones rela- tivas a la cultura y al carácter caían dentro de esas categorías cono- cidas. Hoy, sin embargo, estos viejos hábitos de pensamiento nu interesarían a la experiencia de ninguna persona. Obviamente, lo que Rico me había contado sobre su familia lo había llevado a pensar en sus valores éticos. Cuando nos retira- mos a fumar en la cola del avión, me señaló que antes cra liberal, en el generoso sentido americano de preocuparse por los pobres y corno los homosexuales y los comportarse bien con las mino negros, La intolerancia de Enrico hacia los negros y extranjeros avergonzaba a su hijo. No obstante, desde que empezó a trabajar dice que se ha vuelto un «conservador cultural». Al igual que la mayoría de la gente de su edad, deresta a los parásitos sociales, encarnados para él en la figura de la madre a cargo de la benefi- cencia, que se gasta en alcohol y drogas los cheques del Estado. También cree sin concesiones en los criterios draconianos y fijos de comportamiento en comunidad, como opuestos a esos valores de «educación liberal de los hijos» que son el paralelo a la reunión abierta en el trabajo. Como ejemplo de este ideal de vida en común, Rico me dijo que aprobaba la propuesta, habitual en algu- nos círculos conservadores, de quitarles los niños a los malos pa- dies y meterles en orfanatos. Yo me indigné, y nos pusimos a discurir cl asunto con vehe- mencia, mientras a nuestro alrededor se alzaban nubes de humo Hablábamos los dos a la vez (y, al repasar mis notas, veo que Rico también disfrutaba un poco provocándome). Él sabe que su conser- vadurismo cultural es sólo eso, una comunidad simbólica idealiza- da. No tiene la esperanza real de encerrar a los niños en orfanatos. guramente ha tenido muy poca experiencia « dulta de conserva- durismo preservador del pasado; por ejemplo, cada vez que se mu- daba lo han tratado como si la vida acabara de empezar y el pasado estuviera destinado al olvido. El conservadurismo cultural que sus- cribe forma un testamento a la coherencia que dl siente que le falta a su vida, En lo que respecta a la familia, sus valores no son una mera cuestión de nostalgia. De hecho, a Rico le desagradaba la expe- riencia real de una estricta norma paternal tal como él la había pa- decido bajo la autoridad de su padre. No tenía intención de regre- sar al tiempo lincal que había organizado la existencia de Enrico y Flavia, incluso si pudiera; me miró con cierto disgusto € ando le dije que, cumo profesor universitario, yo tenía la titularidad para toda la vida. Para él. la incertidumbre y el riesgo son desafíos en el trabajo; como consultor ha aprendido a ser un hábil jugador en equipo. Sin embargo. estas formas de comportamiento flexible no han servido a Rico en su papel de padre o de miembro de una co- munidad; quiere mantener las relaciones sociales y ofrecer una orientación duradera. Es contra los vínculos rotos en el trabajo, contra la amnesia deliberada de sus vecinos y el fantasma de sus hijos convertidos en «ratas de centro comerc l» que postula la idea de valores duraderos. Y por eso, Rico se encuentra atrapado en una trampa. Todos los valores específicos que mencionó son reglas fijas: un padre o una madre dice no; una comunidad exige trabajo; la dependencia es un mal. Los vaivenes de las circunstancias no for- man parte de estas normas éticas; después de todo, es de ese azar variable que Rico quiere defenderse, pero es d cil llevar a la prác- tica esas reglas intemporales. Esa dificultad se manifiesta en el lenguaje que Rico emplea para describir sus mudanzas de los últimos catorce años a lo largo y ancho del país. Aunque muchas de esas mudanzas no han sido por deseo propio, rara vez empleó la voz pasiva al recordar los acontecimientos. No le gusta. por ejemplo, la expresión: «Me des- pidieron en un recorte de plantilla»; en cambio, refiriéndose a este hecho que destrozó su vida en el parque de empresas de Missouri. «Tuve que hacer frente a una crisis y tomar una decisión.» Respecto de esa crisis afirmó: «Creé mis propias opciones; asumo 17 ido mal. «Cambio» sólo significa «a la deriva»; a Rico le preocupa que sus hijos naveguen ética y emo: nente, pero, igual que con sus jefes, tampoco a sus hij jos puede escribirles una carta capaz de oióla: a lo largo del tiempo. Las lecciones que quiere en- señarles son tan intemporales como su propio sentido de la deter- minación, lo cual significa que sus preceptos éticos se aplican a todos los casos y a cualquiera en particular. Las confusiones y an- siedades que provoca el cambio han generado en él esc paso al ex- tremo opuesto; tal vez ésa sca la razón que le impide presentarles a sus hijos su propia vida como un relato ejemplar, y la razón por la cual, al escucharlo, uno no tiene la sensación de que su carácter se desarrolla y sus ideales evolucionan. He contado este encuentro porque las experiencias de Rico con el tiempo, el lugar y el trabajo no son únicas, como tampo- co lo respuesta emocional, Las especiales características del tiempo en el aropiclsno han creado un contlicro entre carác- ter y experiencia, la experiencia de un tiempo desarticulado que amenaza la capacidad de la gente de consolidar su carácter en na- rraciones duraderas, A finales del siglo XV, el poeta Thomas Hoccleve escribió en el Regimiento de los principes: «¡Ay!, ¿dónde está la estabilidad de este mundo?», un lamento que aparece también en Homero, o en Jeremías en el Antiguo 7 nento.? A lo largo de la mayor parte de la historia humana, la gente ha aceptado que la vida cambia de repente por culpa de las guerras, las hambrunas y otras catástrofes, y también que, para sobrevivir, hay que improvisar. En 1940, nuestros padres y abuelos estaban desbordados por la angustia, tras haber resistido el desastre de la Gran Depresión y hacer frente a la sombría perspectiva de una guerra mundial. Lo que hoy tiene de particular la incertidumbre es que existe sin la amenaza de un desastre histórico: y en cambio, está integrada en las prácticas covidl anas de un capitalismo vigoroso. La inestabi- y E empresario de Selxumpeter sirve como 1. Es posible que la corrosión del carácter na «nada a largo plaza» desorienta la acción planificada, disuelve los vínculos de confianza y compromiso y separa la voluntad del comportamiento. Creo que Rico sabe que es, a la vez, un hombre de éxito y un hombre confuso. El comportamiento flexible que le ha traído el éxito está debilitando su propio carácter en modos que no tienen una solución práctica. Si es un Everyman de nuestro tiempo, su universalidad puede residir en ese diléma.