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Asignatura: civil i, Profesor: Feliciano Barrios, Carrera: Derecho, Universidad: UCLM
Tipo: Ejercicios
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Para Jose. Gracias por estar siempre a mi lado. Por ser quien eres. Por embarcarte junto a mí en cualquier aventura.
Nos cuidábamos más por ella que por mí, pero ahora que estaba en Cáceres… a tomar por el culo la dieta. —¿En serio estoy más gordo? —me miré—. Pues me pienso poner tibio a queso y perrunillas. —Estás mejor ahora, te habías quedado asqueroso. —Amor de madre —sentencié con un suspiro mientras miraba a mi hermano. Mi madre había comprado una torta del casar y la casa me recibió oliendo… a muerto, porque seamos sinceros, está buenísima pero huele a algo en descomposición. Mi hermano no perdió tiempo y se coló en la cocina para meterle mano, armado con churruscos de pan; yo tenía la intención de hacer lo mismo pero acababa de llegar y… saludar mientras masticaba pan con queso… como que no. Mis sobrinos fueron pasando en rueda de reconocimiento por mis brazos. El mayor, Eduardo, estaba irreconocible… bigotillo de adolescente incluido. —¡Sebas! —le grité a su padre—. ¡Dale una cuchilla a este crío, por el amor de Dios, que tiene más bigote que mamá! Me gané una colleja con la mano abierta, bien merecida, lo admito. La familia de mi madre siempre fue tendente al vello facial… Sonia, otra de mis sobrinas, también había crecido mucho, pero para convertirse en una princesita tímida a la que le daba corte acercarse a darme un beso. —¿No te acuerdas de tu tío? —Sí —dijo con la boquita pequeña—. Pero me da vergüenza. Claro que se acordaba de mí. Teníamos una especie de adoración mutua, como si ella fuera la niña de mis ojos y yo su primer amor platónico. La cogí en volandas y la cubrí de besos. —Te traje una muñeca de esas que te gustan pero no se lo digas a tu hermana, que a ella le traje chocolate. La vergüenza se le pasó después de cuatro arrumacos. Los pequeños mareaban a mi padre en el patio interior. Papá había sido fiero… de esos padres a los que te da un miedo atroz enfrentarte al llegar con un suspenso en las notas. Pero…, azares del destino, se había convertido en un abuelo huevón que se dejaba hacer chichinas por sus nietos. En aquel momento tenía a Estefanía, la pequeña, agarrada de una pierna y a su hermano Guillermo, en la otra. Hacía un frío de narices, pero allí estaban ellos, jugando al raso. —¡Corre, yayo, corre! —Eso, corre, yayo —repetí. Los enanos corrieron en busca de la cantidad ingente de chocolate que solía traer cuando venía de visita y mi padre me preguntó si en Suiza no vendían maquinillas de afeitar, porque nunca le han gustado las barbas.
—Claro que sí. Tendrías que ver lo suavitas que tengo las pelotas. Me libré de otra colleja porque fui rápido. Después de que mi madre estudiara el equipaje para hacerse con los suvenires (queso y chocolate pagados a precio de oro, como todo en Ginebra), nos sentamos en la mesa de la cocina. —¿La niña no ha venido? —preguntó mi madre de soslayo. La niña…, muchos pensarán que era un sobrenombre cariñoso y bueno, en cierta medida es verdad pero… escondía muchas connotaciones detrás de sus seis letras. Sé que todos la querían, pero acepto que siempre tuvo un carácter un poco especial, muy celosa de mi tiempo y de mis atenciones, que solía dejarla en evidencia delante de mi familia. —No, mamá. Esta vez he venido solo —le aclaré—. Ya te lo dije por teléfono. —Me dijiste que te quedabas solo, pero pensé que ella vendría contigo para saludar a la familia. —Tiene mucho trabajo. —Su madre está que trina. Pero no te preocupes que ya le he dejado bien claro que no es culpa tuya, que tiene una hija más despegá que despegá. Hice una mueca que provocó carcajadas en mis sobrinos. —La yaya es una brujilla… —¡La yaya es bruja! Los pequeños entonaron a coro que mi madre era una bruja y yo me gané una mirada que prometía otra colleja para luego. —Entonces… —empezó a decir con la boca llena mi hermano—, ¿te quedas en el pueblo unos meses? —No, qué va. Me voy a Madrid a casa de Estela. Aquí Lucía no encontraría trabajo de lo suyo. —¿Y qué tiene eso que ver contigo? —Hombre…, digo yo que después de tantos años algo tiene que ver, ¿no? Mi hermano se encogió de hombros a la vez que acercaba el pan que mi madre había colocado en el lado opuesto de la mesa. «La niña» no era santo de su devoción, supongo. —Entonces, ¿cuál es tu plan? —me preguntó. —El plan es: yo me instalo en Madrid temporalmente y compruebo si va saliendo trabajo de lo mío mientras mantengo los clientes de allí. Si en seis meses veo que la cosa marcha, ella se viene. Tiene la posibilidad de pedir un traslado o… incluso de cambiar a una empresa española. —Pues muy bien —sentenció mi padre, aunque sonó a posmubié. —¿Y… por qué ahora? No es que no esté encantada de teneros más cerca. Seguro
chica… Ser padre no tendría que venirme grande pero entonces… ¿por qué no había desaparecido ese nudo? Me dije a mí mismo que era el vértigo, la sensación de encontrar tan extraño lo que había sido tan conocido. Los cambios siempre daban miedo. Había vuelto a España después de diez años viviendo, se podría decir que bien, en Ginebra. Siendo completamente sincero, mudarme a Suiza tampoco me hizo especial ilusión, pero Lucía me convenció de que el futuro que nos esperaba era mucho más prometedor allí. «Si nos quedamos», me decía, «terminaré trabajando en una gestoría, como mi padre y tú dando clases de pintura a un montón de jubilados». Qué graciosa la tía, ella en una oficina y yo enseñando a pintar flores en jarrones chungos. —Si nos vamos, yo podré trabajar en banca de inversión y tú especializarte en lo que quieras… como en diseño gráfico. El diseño gráfico no es que me encantara pero parecía tener futuro y los ordenadores se me daban bien, así que… bueno, no sé si ella hubiera acertado en sus predicciones si nos hubiéramos quedado en España, pero sí sé que estuvo en lo cierto en cuanto a Ginebra. Ella ganaba dinero a espuertas y yo… encontré mi camino después de perderme un par de veces. Tuve que aprender francés, relacionarme con un montón de gente que me caía regulín y hacer de Lucía mi mundo entero. Tampoco me sacrifiqué…, no tenía otro plan que me pareciera prioritario. Así que si conseguí sentir que Suiza era de alguna manera mi casa, podía volver a España, plantar los cojones encima del teclado del ordenador y empezar de nuevo pero esta vez en nuestro hogar. «Estoy asustado por el cambio», me dije. «No tiene nada que ver con el tema de tener hijos», me repetí a pesar de que siempre pensé que no los tendríamos. Pero nos queríamos. Era… algo normal.
Un ratito antes de cenar, Sebas y yo nos tomamos una cerveza delante de la chimenea que mamá había encendido en mi honor. Los niños no dejaban de atosigarnos, cruzando la habitación corriendo, gritando los típicos «mírame, papá» y «mira lo que hago». Yo estaba encantado, pero él parecía estar a punto de alcanzar el estado opuesto al Nirvana. —Ve y dile a mamá que vea lo que haces, que es una maravilla —le decía por turnos a sus hijos. —Mamá me ha dicho que venga a enseñártelo a ti. Mira, papá. Pero ¡mírame! Que no me ves. Mira lo que hago. —Míralo, Sebas, por favor, míralo —me burlaba bajo mano. —Ya verás, ya. Estás a punto de saber lo que es ser padre. Y entonces hablaremos — suspiró. Cuando los niños salieron en tropel hacia la cocina en busca de algo para picar, se
volvió hacia mí y con aire serio y un hilo de voz añadió: —No te líes, Héctor, no te líes. Ser tío es una cosa. Ser padre es otra… Piénsatelo bien. —¿Qué dices? —le pregunté con una mezcla de miedo y alivio. —Todo cambia. La cama, la casa, las horas de sueño, la vida, las ganas… Pero sobre todo la cama. Adiós muy buenas. La fierecilla se cansa y se acurruca. —Eres un pedazo de abono. —Me reí—. No quiero saber nada de eso de mi cuñada. —No, ahora en serio. Ser padre es la experiencia más increíble de la vida pero… todo cambia. —Igual porque tienes cuatro, loco de mierda. —¿Sabes que tienes un acentillo francés así como amaneradito cuando pronuncias algunas palabras? —me pinchó—. Déjalo, Héctor. Aún te queda mucho por vivir. —Oye, ¿a qué viene este discurso? —A que dices que «si Lucía quiere ser madre» es el momento, pero no has dicho nada de si Héctor también lo desea. La última vez que sacamos el tema de los niños me dijiste que si pensabas en ser padre se te ponía del tamaño de un gusanito. Lucía es una monada, pero te mete un dedo en el culo y te da vueltas. Mi hermano Sebas había sido siempre más bruto que un arado. Se había abierto la cabeza tres veces en un año por tres sitios diferentes. Se pegaba en el patio del colegio. Dejaba a sus novias con un: «Ya me he cansado» y se declaró a la que ya era su mujer diciendo: «Tú, yo y un rebaño de críos. No tengo ninguno, pero domino la técnica a la perfección». Y debía ser verdad, porque desde que se había casado no había dejado de traer niños al mundo. Pero… debajo de toda esa apariencia ruda, había un tío que se fijaba en las pequeñas cosas, que escarbaba en las palabras hasta encontrar la emoción que las había empujado fuera de los labios. Y a mí me conocía como la palma de su mano. —No te líes, Héctor. De verdad. Tú no quieres críos. —No es que no los quiera, es que… —sentencié. —Es que no los quieres con ESTAS condiciones. —¿Qué condiciones? —SUS condiciones. —Pues ya es muy tarde para planteárselo. —Me acerqué el botellín de cerveza a la boca. —No lo es. Tómate estos meses como…, como una prueba de fuego. Vive a tu aire. Vuelve a ilusionarte como un crío, hostia. Cuando hablas siempre parece que estás siguiendo al pie de la letra un plan que nunca fue tuyo. En eso tenía cierto grado de razón. El cosquilleo de vivir se había ido apagando poco a poco y lo que había quedado era normalidad, es decir, básicamente lo que yo
El café de Alejandría
los detalles que me hicieron tan feliz. Solía entrar en la cafetería animada, deseando poner en marcha la cafetera para prepararme uno muy largo. Encendía todas las luces, respiraba hondo y sonreía como si estuviera sonando una canción de fondo, la iluminación fuera dorada y preciosa, y una cámara estuviera captando el momento. A veces la barra de El café de Alejandría, la cafetería donde trabajaba, se convertía en el escenario de los Sofía Music Awards, los premios «Sofía» a la mejor interpretación o el Festival de Cine de Sofía. Eso no significaba que no hubiera días en los que entrara pisando fuerte, como un mamut, farfullando que todo olía siempre como a posos del café, a viejo, polvoriento y cerrado y que «no tenía el chichi para farolillos». Pero es que las vidas tienen días buenos y días malos. El cansancio, dormir poco, la mala contestación de un cliente o que una niña de diez años me preguntara qué bebida tiene menos calorías podía darme risa o ganas de apuñalar con un bolígrafo. Alguna que otra vez en mis años como camarera me metí en problemas por mandar a tomar por el culo a alguien con muy buen oído. Pero esos días malos no eran habituales porque… aunque había quien opinaba que podía aspirar a más, tenía lo que quería. El café no era mío, claro está. Era una casi treintañera a quien la crisis pilló recién licenciada. Ni créditos para jóvenes emprendedores ni suerte. Mi generación tuvo más ganas que fe. Más cojones que apoyo. No es una queja; podría haber nacido en otra época bastante peor como… la Edad Media. Así que contando que vivo en una época donde teóricamente todos somos iguales, puedo ponerme lo que me dé la gana, mi padre no elige marido por mí y hay agua corriente…, coño, qué bonita es la vida, ¿no? A decir verdad, no las tenía todas conmigo cuando entré a trabajar en El café de Alejandría, este pequeño lugar al que dedico horas y vida. Me habían llenado la cabeza de ideas grandilocuentes sobre el futuro y yo pensaba que aquel trabajo era solo de paso. Pero ¿sabes qué asignatura falta en todas las carreras? «Cómo evitar los pedos vaginales en clase de yoga». No, espera, olvídalo. Eso no. Bueno, eso sí, pero me refería a «la vida real». Y en la vida real lo importante es estar más a gusto que un arbusto y ser fiel a aquello que te produce felicidad y a mí, qué sorpresa, siempre me
hizo feliz «el Alejandría». También ayudó el hecho de que después de licenciarme terminase trabajando en un par de franquicias hasta casi los veintiséis, momento en el que encontré aquel anuncio tan extraño… «Se necesita camarera con experiencia y magia». No recuerdo los años previos al Alejandría con especial emoción, la verdad, no sé si porque mis trabajos anteriores me mostraron negocios sin alma o porque el que no tenía alma era mi ex, con el que estuve desde los veinte hasta…, hasta justo antes de entrar a trabajar en el café. Cambié la decepción de una ruptura poco amable por un trabajo que me haría feliz durante años. Éramos, en total, ocho en el equipo. Cuatro personas que nos repartíamos el horario de mañana y de tarde de lunes a viernes, tres chicos que cubrían los fines de semana y el jefe, Lolo, que siempre estaba allí… Creo que vivía en el almacén, porque no sé de dónde cojones salía, pero cuando me tocaba abrir, siempre aparecía como por arte de magia en el sitio más inesperado. Una vez lo encontré dormido en los baños y casi se me aflojó el grifo y me hice pis encima del susto. Hablo en serio cuando digo que creí que vivía allí. Todos nosotros (dueño con somnolencia incluido) éramos muchas cosas además de camareros. No me refiero solo al hecho de que de vez en cuando nos tocara el papel de psicólogos, que también, pero El café de Alejandría (o «el Alejandría», como lo conoció todo el mundo) nunca fue una cafetería al uso. Tenía aquel rincón de la música, donde teníamos un tocadiscos y algunos vinilos a la venta, poquito y de lo mejor, se empeñaba en decir Lolo. En otra de las esquinas, un salón de lectura con estanterías repletas de libros sobre una pared de ladrillo rojizo a la vista. Allí éramos prescriptores, críticos musicales al estilo de finales de los ochenta, articulistas, tertulianos y curábamos muchas heridas con un buen café. Fuimos especialistas en saber qué necesitaban nuestros parroquianos y lo preparábamos con mimo, una pizca de conversación y ganas de relacionarnos. Y con la botella de Tía María a mano, también. Muchas veces la charla se reducía a literatura: recomendábamos a Miller, a Verne o a Woolf a gente que se empeñaba en leer solamente a Auster, a Murakami o… el Marca. O al revés. Mi especialidad eran, por ejemplo, las causas perdidas y defendía con vehemencia lo mismo a las últimas tribus del Amazonas como al pop comercial catalogado de «malo» por una panda de modernos. Los clientes eran personas de confianza y todos escuchaban, opinaban y respetaban los turnos de palabra. Porque… la clientela era otra de las peculiaridades de la cafetería. Todos éramos… especiales. Como si alguien hubiera hecho un casting. Una pandilla de tarados, aseguraba Oliver, mi mejor amigo. Así que El café de Alejandría fue un psiquiátrico por horas y un circo con trapecistas y payasos en el que nunca sabías qué papel ibas a tener que interpretar, si el de doctor o el de loco, el de artista o el de titiritero. Mi madre decía que era una vergüenza que, después de tanto estudiar, me contentara
que podías llevarte de su biblioteca siempre y cuando te comprometieras a devolverlos o a cambiarlos por otros. Además de mi pasión por pasar tiempo en el Alejandría (a veces, terminado el turno, me sentaba a tomar un café como si fuese una clienta más) escondía otras como mi gata Holly, la música de los años ochenta o la lectura. Podría decir que los libros son mis mejores amigos, pero caería en un tópico que me hubiese empujado al suicidio por ingesta del «café latte con aroma de calabaza» que servíamos y que engordaba como la furia cocinera de una abuela (y de vez en cuando daba cagaleras). Me gusta leer por lo que nos gusta hacerlo a mucha gente… porque al abrir los libros siempre encontramos un viaje y una vida que suplantamos y que nos probamos como un vestidito en Zara, sin el inconveniente de que a mí jamás me sube la pu(ta)ñetera cremallera a la primera. Sí, puedo decir que durante años consagré mi vida a los libros y al café. Haciendo balance… la vida real me había reportado:
quejándome de mi talla o culpando al tamaño de mi culo o al de mis jamones por las cosas que me sucedían… o que no me sucedían. Pasaba de dramas. Era feliz con lo poco que tenía, que me parecía mucho. ¿Qué necesidad tenía de meterme en ese berenjenal que los optimistas llaman amor? No buscaba a un hombre a cualquier precio. En realidad, creo que ni siquiera buscaba a un hombre. El día que me di cuenta de que estar constantemente a la caza del amor había jodido mi existencia fue el más feliz de mi vida. Ni siquiera puede compararse al día que Oliver me concedió el deseo de que mi tarta de cumpleaños estuviera hecha de croquetas de jamón, porque aceptar que la búsqueda del amor me hacía sentir desgraciada me quitó un enorme peso de los hombros. Fue como si los astros se alinearan. Como si los donuts no engordaran. Como si mi sueldo se triplicara. La presión desapareció y de pronto resurgí yo, en plan Madre de Dragones, haciéndole gestos obscenos al puto Cupido para indicarle por dónde se podía meter sus flechas. Por donde amargan los pepinos, más o menos. No fue cuestión de una hora o dos, pero de verdad que deseché de mi vida la necesidad de romance. Desde hacía cosa de dos años no buscaba que me quisieran. Es peligroso buscar que a una la quieran porque es fácil disculpar algunos actos que nos hacen sentir miserables en favor de un bien más grande: EL AMOR. Uhhhh, ohhhh. Amorrrr. Que Camilo Sesto o Lolita cantaran cuanto quisieran al amor que yo estaba de puta madre yendo a mi aire. Era el mejor amante que había tenido, me quería de la hostia, pero no porque me hubiera convertido en una ególatra hedonista y narcisista, sino porque me cuidaba y me daba caña como el mejor de los novios. Vale, no tenía pene pero…, joder, ahora que lo pienso lo que estoy diciendo suena francamente mal. Centrémonos: no quería tener hijos. No quería casarme. No quería todo lo que mi madre quería para mí. Mi único objetivo era que mi vida fuera emocionantemente tranquila y poder encontrar magia cada día. Hacer muchas cosas, no parar quieta, viajar muy lejos, despedirme de la vida con el pelo lleno de canas y la sensación de haberme pegado el colocón del siglo sin necesidad de drograrme. Siempre quise acabar arrugada como una pasa de tanto reír, aunque según mi madre yo tendré menos arrugas porque «llegada una edad, te ajamonas o te amojamas» y tengo muy clara cuál de las dos opciones es la mía. Pues oye, ni tan mal. Pero no buscar el amor no significaba no desear que un día me tocase. Es solo que…, que había relegado una necesidad a la categoría de deseo, donde soñar despierta no me hacía daño y no me empujaba a infravalorarme, a pensar que las demás lo tenían y yo no porque no lo merecía o porque no era como debiera ser. No buscarlo significaba no correr dando bandazos, vivir el presente con lo que tenía en ese momento, no con lo que pudiera experimentar en el futuro. Claro que quería enamorarme pero no iba a buscarlo. Quería que fuera él quien me encontrara. Que la magia viniera a por mí.
Él
de monedas en mitad del desierto. Como si lo único que necesitara en aquel momento fuera un café. A veces nos da por pensar que el Alejandría era una especie de rincón cósmico al que se sentían atraídas personas que necesitan algo de él. El ambiente, el cuarto de baño, un café o un lugar donde cargar el teléfono móvil. Da igual si prosaico o poético, pero Héctor entró aquí buscando algo. O a alguien. Nos llamó la atención nada más abrir la puerta. Las campanitas sonaron alegremente mientras mi compañero Abel y yo charlábamos sobre una serie americana que nos encantaba. Compartía con Abel cada turno desde hacía cuatro años y nos habíamos convertido en algo así como hermanos de café. En el trabajo no dábamos pie con bola si no estábamos juntos. El día que nos cambiaban el turno a alguno de los dos era como un día perdido. Me daba paz interior, en plan zen, y era mi compañero de fechorías… Por eso aquel día los dos seguimos con la mirada los pasos del cliente nuevo hasta una mesa libre frente a la cristalera. Y a los dos se nos notó en la cara que nos gustaba lo que veíamos. Héctor solo tuvo que pedir un café con leche para que lo nombráramos «Dios del día». Era una tontería que hacíamos para mantenernos entretenidos: nombrábamos al cliente guapo del día entre susurros y risitas, y le servíamos unas galletitas en el platito junto a la taza, como un premio que solo nosotros entendíamos. Y quizá fueron aquellas galletitas las que lo fidelizaron, quién sabe. O quizá fuimos nosotros. Abel y yo teníamos una norma: si un cliente venía dos días seguidos, presuponíamos que volvería un tercero. Por lo tanto, lo tratábamos como si esperáramos su regreso como el de un amigo, para que se sintiera en casa. Le preguntábamos su nombre y, discretamente, nos acercábamos a él, como habíamos hecho con el resto de la «familia», hasta que se sintiera parte del Alejandría. Como con Ramón, el abogado que odiaba su trabajo y que venía a desayunar para poder hablar de cosas triviales con alguien amable; con Vero, la estudiante de oposiciones que no se concentraba en el silencio de una biblioteca pero a la que le cundía muchísimo desplegar sus apuntes sobre la mesa de la esquina; o con Rafael, el jubilado que cuidaba a sus nietos y venía a
leer el periódico mientras esperaba a que salieran del colegio. Así fue como Abel se decidió a preguntarle el nombre. Mi compañero de turno sostenía que Héctor no era guapo y que afeitado debía de ser un tío más, tirando a una normalidad que lo haría invisible entre un montón de gente, pero es que Abel era muy exigente con los cánones de belleza. Yo en cambio siempre creí que Héctor tenía algo especial. No sé si sería la manera en la que se apartaba el pelo de la cara o cómo fruncía el ceño para todo. No sé si sería la ropa con la que se vestía, siempre tan… elegantemente desaliñada. Héctor era una especie de caballero de antaño, de los que vivían sin un duro en el bolsillo pero siempre vestían de punta en blanco. La puntera de sus botas marrones estaba mucho más que desgastada, pero eran unos zapatos bonitos que lustraba a menudo y se notaba. Su abrigo gris se veía bueno y cuidado, pero era muy antiguo… mucho. Las camisas que lucía siempre estaban un poco arrugadas, como si por mucho que las planchara nunca quedaran impecables. El pelo no es que estuviera enmarañado… es que no dejaba de tocárselo ni un instante. Tenía una especie de manía… siempre lo peinaba con los dedos, tirando suavemente de él desde las raíces mientras respiraba hondo y a mí me encantaba aquel gesto. Lo tenía de un precioso color tabaco, como el tono de su barba, corta pero espesa, que cubría mentón, mejillas, barbilla… Los ojos azules, con un pequeño aro grisáceo cerca de la pupila; la nariz, rotunda pero elegante, suave en sus formas pero masculina. Alto y grande por naturaleza, aunque probablemente a los veinte fue lo más desgarbado que ha parido madre. Héctor era el tipo de tiarrón que nunca pasará de moda, porque por mucho que se lleven los hipsters, los raperos, los intelectuales o los agentes de bolsa… él estará ahí, en medio, sin importarle nada más. Está claro que fijarnos… nos fijamos en él. Así que cuando, el segundo día, se sentó en la misma mesa, la que está junto al ventanal de la cafetería, empujé a Abel fuera de la barra para que le tomara nota. A mí me suele gustar ver los toros desde la barrera. Al notar que alguien se acercaba Héctor despegó los ojos de su cuaderno y le pidió un café con leche sin demasiada ceremonia. —¿Te gusta dulce? —¿Perdón? —respondió frunciendo el ceño en un gesto que ahora sé que usaba mucho. —Perdona, no sé tu nombre. —Héctor. —Encantado, Héctor. ¿Te gusta el café dulce? Te lo digo porque la especialidad del día es café latte con espuma de dulce de leche y está riquísimo. —Ehm… —vaciló—. Vale. Cuando Abel regresó a la barra con el pedido de Héctor supe que no se iba a terminar aquel café, porque es una cochinada tan rica como densa. Estaba convencida