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Asignatura: neuro I, Profesor: susana susana, Carrera: Psicología, Universidad: UAM
Tipo: Apuntes
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Para todos los científicos que tanto han estimulado mi cerebro, y para Patty, Myrthe, Roderick y Dorien, que en casa han compuesto mi enriquecido ambiente familiar.
«Muchos de los planteamientos que he avanzado son sumamente especulativos y sin duda algunos resultarán equivocados, pero en cada caso he aportado razonamientos que me han llevado a preferir una conclusión a otra… Los hechos falsos son altamente injuriosos para el progreso de la ciencia, porque siempre perduran mucho; pero las opiniones falsas, respaldadas por algo de evidencia, hacen muy poco daño, porque todos toman el saludable placer de probar sus falsedades…».
CHARLES DARWIN El origen del hombre y la selección en relación al sexo , 1871
Bien sé que el lector no tiene necesidad de saber todo esto, pero yo tengo necesidad de contárselo. JEAN-JACQUES ROUSSEAU (1712-1778)
Este siglo se enfrenta al menos a dos gigantescos interrogantes científicos: cómo se originó el universo y cómo funciona nuestro cerebro. Mi entorno y el azar hicieron que me viese absorbido por el segundo de ellos. Crecí en una familia donde de niño escuchaba conversaciones tan apasionantes sobre temas médicos que me resultó imposible escapar a esa profesión. Mi padre era ginecólogo e investigaba aspectos muy controvertidos de la reproducción, como la esterilidad masculina, la inseminación artificial o la píldora anticonceptiva. A menudo recibía la visita de amigos que, como más tarde supe, también eran pioneros en sus respectivos campos de investigación. Del profesor Dries Querido, que años después fundaría la Facultad de Medicina en Róterdam, recibí de niño mis primeras lecciones de endocrinología. Cuando sacábamos a pasear al perro y éste levantaba la pata, Querido me explicaba que aquel comportamiento se debía al efecto que las hormonas sexuales ejercían sobre el cerebro. El profesor Coen van Emde Boas, primer catedrático de sexología de los Países Bajos, solía venir a vernos con su esposa. Nos contaba historias fascinantes, sobre todo para un niño. Recuerdo que un día nos habló de lo mal que había discurrido la conversación con uno de sus pacientes. Al final de la visita, el hombre acabó soltándole lo que lo tenía tan alterado: había oído decir que el doctor era homosexual. Van Emde Boas le pasó entonces un brazo por los hombros y exclamó: «Pero, tesoro, tú no te lo habrás creído, ¿verdad?». Dejó al paciente de piedra. Todos nos echamos a reír. En casa no había preguntas prohibidas, y los fines de semana mi padre me dejaba hojear sus libros de medicina y observar por el microscopio células vegetales y criaturas unicelulares flotando en agua de charca. Cuando aún era un estudiante de secundaria, mi padre me permitía acompañarlo a las conferencias que daba por todo el país. Jamás olvidaré que, durante la conferencia previa a la fase de prueba de la primera píldora anticonceptiva, fue atacado y hasta abucheado por los sectores religiosos más extremos. Él, sin embargo, siguió exponiendo sus argumentos con calma, al menos aparente, mientras yo lo escuchaba, tenso y sudoroso. Visto en retrospectiva, resultó una experiencia muy útil que me preparó para las virulentas reacciones que años después suscitarían mis propias investigaciones. Por aquel entonces también venía a visitarnos de vez en cuando Gregory Pincus, el científico estadounidense inventor de la píldora anticonceptiva, y me dejaban acompañarlos a los laboratorios farmacéuticos Organon, donde la fabricaban. Aquél fue mi primer contacto con un laboratorio.
consultas permanentemente. Una enfermedad mental afecta todos los ámbitos de la vida de una persona, de ahí que se me haya pedido opinión sobre los problemas más delicados. Por ejemplo, una mañana de domingo vino a verme el hijo de un conocido con unos escáneres bajo el brazo. «Me han dicho que sólo me quedan tres meses de vida, ¿cómo es posible?», me dijo. Después de examinar las pruebas, no entendí cómo había podido venir siquiera a hacerme aquella pregunta: toda la parte frontal del cerebro era un gran tumor y no vivió mucho más. En casos como ése no hay nada que hacer, salvo escuchar, explicar el diagnóstico y los resultados de los exámenes y orientar a las personas desesperadas en la jungla médica. Los únicos que valoraban mis capacidades en su justa medida eran mis hijos, que, siempre que tenían fiebre alta y me veían sentarme en su cama con el estetoscopio y el semblante preocupado, pedían con resolución a un médico «de verdad». Cuando fundé el Banco de Cerebros Neerlandés en 1985 (XX.4) y se hizo público que iba a realizar estudios cerebrales post mórtem, me convertí, para mi sorpresa, en el blanco de todo tipo de preguntas acerca de la última etapa de nuestra vida: la eutanasia, el suicidio asistido, la donación del cerebro y del cuerpo a la ciencia, en suma, todo lo relacionado con la vida y la muerte (XX.3). La investigación y las implicaciones personales y sociales de la disciplina se mezclaban de continuo. Me involucré en la iniciativa de unas madres valientes que, habiendo perdido a un hijo esquizofrénico a causa del suicidio, fundaron una asociación llamada Ypsilon para ayudar a otras familias con los mismos problemas. Durante los congresos internacionales sobre el síndrome de Prader-Willi constaté también que las familias sabían mucho más acerca de esta patología que los propios estudiosos. Aquel foro reunía a padres e investigadores con el fin de impulsar la investigación de por qué sus hijos comían literalmente hasta reventar. Aquellos padres llegados de todos los rincones del mundo con sus hijos extremadamente obesos nos enseñaron mucho acerca del cuadro clínico de la enfermedad y nos alentaron enormemente. Es un ejemplo que deberían seguir muchas otras asociaciones de pacientes. Mi grupo de investigación también tomó parte en el primer estudio sobre el alzhéimer llevado a cabo en los Países Bajos, cuando la epidemia de la enfermedad no era más que un presagio. La constatación de que algunas neuronas eran capaces de resistir perfectamente el envejecimiento y el alzhéimer mientras que otras sucumbían a él se convirtió en el hilo conductor de nuestras investigaciones en busca de estrategias terapéuticas para combatir esta enfermedad. Debido al envejecimiento de la población, todos conocemos a algún familiar que en la última etapa de su vida debe enfrentarse a los estragos de la demencia. La mayoría de nosotros conocemos asimismo el enorme impacto que las enfermedades psiquiátricas tienen en la vida de los pacientes, familiares y cuidadores. Las preguntas que nos plantean a los neurobiólogos sobre ese tipo de trastornos son tan acuciantes que resultan imposibles de soslayar. Mucha gente que no muestra el menor interés por nuestra lucha diaria con los problemas técnicos de la investigación cree erróneamente que ya lo sabemos todo acerca del cerebro y quieren respuestas a los grandes interrogantes: la memoria, la conciencia, el aprendizaje y las emociones, el libre albedrío y las experiencias cercanas a la muerte. Si como investigador no consigues poner coto a esas preguntas, llega un momento en que te arrastran, lo que, dicho sea de paso, resulta además muy interesante. En los debates con el gran público se parte a veces de «hechos» que no tengo la menor idea de dónde salen. Un ejemplo es el mito de que sólo utilizamos el 10% de nuestro cerebro. Se trata de una idea que algunos sostienen, aunque ignoro en qué se basan para decir semejante disparate. Y otro tanto puede decirse de los millones de células nerviosas que supuestamente perdemos cada día al envejecer. Las originales preguntas que estudiantes y legos en la materia me
hacen durante mis conferencias me dan mucho que pensar. Por ejemplo, una joven medio holandesa, medio japonesa quería hacer un trabajo de investigación sobre las diferencias entre los cerebros de europeos y asiáticos. Ciertamente las hay. Por otra parte, mis propias investigaciones sobre el cerebro también han suscitado numerosas preguntas y reacciones violentas que me han exigido dar explicaciones y participar en debates públicos para tratar temas como las diferencias cerebrales entre hombres y mujeres, la orientación sexual, la transexualidad, el desarrollo cerebral y las enfermedades nerviosas como las depresiones o los trastornos alimentarios (II-IV y VI). En los cuarenta y cinco años que llevo en activo, la investigación cerebral ha dejado de ser un campo de estudio minoritario para convertirse en una especialidad que ha ido cobrando un enorme impulso en todo el mundo y que, gracias a la investigación de miles de personas con un gran despliegue de medios técnicos y mucha disciplina, ha cosechado grandes avances en poco tiempo. La neurofobia que la opinión pública demostró en el pasado se ha trocado en un interés desbordante por todo lo relacionado con el cerebro, gracias en parte a la excelente labor de la prensa científica. No he conseguido eludir las preguntas de la sociedad, y por eso mi cerebro se ha visto constantemente estimulado a reflexionar sobre aspectos siempre distintos de nuestra mente, aunque estuviesen al margen de mi línea de investigación, y sobre cómo explicar las respuestas en términos que resultasen inteligibles al gran público. De ese modo se fueron gestando mis opiniones sobre una serie de aspectos relacionados con nuestro cerebro y con la antropogénesis, la forma en que nos desarrollamos y envejecemos, las causas de las enfermedades cerebrales y la vida y la muerte. Con el paso de los años, fui madurando mi visión y mis pequeñas respuestas personales sobre los grandes interrogantes del cerebro, que abordaré a continuación. La pregunta más frecuente que se me hacía era explicar cómo funciona el cerebro. Es evidente que este libro sólo responde a algunos aspectos de esa pregunta imposible. Habla de las diferencias cerebrales entre niños y niñas, lo que pasa en la cabeza de un adolescente, cómo el cerebro asegura la conservación del individuo y de la especie, cómo envejecemos, nos volvemos seniles y morimos, cómo ha ido evolucionando el cerebro, cómo funciona la memoria y cómo se ha formado el comportamiento moral. Pero el libro también trata los problemas que pueden surgir. No sólo se ocupa de los trastornos de la conciencia, las lesiones cerebrales provocadas por la práctica del boxeo, las enfermedades mentales como las adicciones, el autismo y la esquizofrenia, sino que también pasa revista a los nuevos avances terapéuticos y la cura de las enfermedades neurológicas. Por último, se refiere a la relación entre el cerebro y la religión, el alma, la mente y el libre albedrío. Todos estos temas pueden leerse separadamente. En el reducido espacio de cada capítulo no es posible llegar a conclusiones científicas muy profundas sobre tantos y tan variados asuntos; éstos sirven más bien como punto de partida para propiciar un debate sobre quiénes somos, cómo se ha desarrollado nuestro cerebro, cómo funciona y cuáles son las causas de su deterioro. Espero que este libro ofrezca al gran público respuestas sobre algunas de las preguntas más frecuentes y aporte una base a estudiantes y jóvenes investigadores para profundizar en la cultura de la neurociencia, así como un acicate para trascender los límites de sus propias investigaciones y abrirse al diálogo con la gente. La necesidad de hacerlo es evidente, no sólo por las consecuencias que las investigaciones cerebrales tienen para la sociedad, sino también por el apoyo que esperamos recibir de ella para continuar progresando en nuestros estudios.
Debe saberse en general que la fuente de nuestro placer, júbilo, risa y diversión, lo mismo que la de nuestro pesar, ansiedad, dolor y lágrimas, no es otra cosa que el cerebro. Es ese órgano en particular el que nos permite pensar, ver, oír y diferenciar lo feo de lo hermoso, el mal del bien, lo desagradable de lo agradable. También el cerebro es el asiento de la locura y el delirio, de los temores y terrores que nos asaltan, a menudo, por la noche, algunas veces durante el día; que ahí también radica la causa del insomnio y del sonambulismo, de los pensamientos que no saldrán a la luz y que muchas veces son causa de perturbaciones, de los deberes olvidados y de las excentricidades. HIPÓCRATES ( CA. 460-370 A. C.)
Todo lo que pensamos, hacemos y dejamos de hacer sucede en nuestro cerebro. La estructura de esa máquina fantástica determina nuestras posibilidades, nuestras limitaciones y nuestro carácter; somos nuestro cerebro. La investigación cerebral no se reduce, pues, a indagar las causas de las enfermedades mentales, sino que constituye en sí misma una búsqueda de por qué somos como somos, una búsqueda de nuestra propia identidad. El cerebro pesa aproximadamente un kilo y medio y contiene cien mil millones de neuronas (quince veces la población mundial) y hasta diez veces más células gliales. Antes se pensaba que las glías tenían una función meramente de soporte de las neuronas (la voz griega glia significa «pegamento»). Sin embargo, estudios recientes han demostrado que las células gliales, que en los humanos son más numerosas que en cualquier otro organismo, son cruciales para la transmisión de los mensajes químicos y, por consiguiente, para todos los procesos mentales, incluida la formación de la memoria a largo plazo. Este descubrimiento arroja nueva luz sobre el hecho de que el cerebro de Einstein tuviese tantas células gliales. El producto de la interacción de todos esos millones de células nerviosas es nuestra «mente». Del mismo modo que el riñón produce la orina, el cerebro produce la mente, como formuló inimitablemente Jacob Moleschott (1822-1893). Pero ahora sabemos que de lo que aquí se trata es de la actividad eléctrica, el envío de mensajes químicos, los cambios en los contactos celulares y en la actividad de las células cerebrales (I.1 y XV.1). Los escáneres cerebrales no sólo ayudan a detectar enfermedades, sino que además muestran qué áreas del cerebro se activan cuando leemos, pensamos, calculamos, escuchamos música, tenemos experiencias religiosas, nos enamoramos o nos excitamos sexualmente. Observar los cambios que se producen en nuestro cerebro mientras estamos ocupados en esas actividades nos permite entrenarlo para hacerlo funcionar de forma diferente. Con la ayuda de una resonancia magnética funcional, algunos pacientes que padecen dolores crónicos han aprendido a controlar la actividad de la parte frontal del cerebro y, gracias a ello, han logrado reducir su percepción del dolor. Los trastornos de esa eficiente máquina procesadora de información provocan enfermedades
psiquiátricas o neurológicas. De ellas aprendemos mucho acerca del funcionamiento normal del cerebro y, en algunos casos, ya existen terapias eficaces para tratarlas. La enfermedad de Parkinson hace tiempo que se trata con L-dopa, y gracias a una buena terapia combinada puede evitarse la demencia del sida. En poco tiempo se están identificando los factores de riesgo genéticos y de otro tipo ligados a la esquizofrenia. La observación microscópica permite establecer que un paciente esquizofrénico ha sufrido alteraciones en el desarrollo normal del cerebro estando aún en el útero. La esquizofrenia puede tratarse con fármacos: «Si no me tomo las pastillas, me pongo más esquizo que frénico», decía el poeta laureado Kees Winkler, que durante años fue el bibliotecario de nuestro instituto. Hasta hace poco, los neurólogos no podían hacer mucho más que señalar el punto exacto donde se localizaba el defecto que habría de acompañarnos por el resto de nuestra vida. Hoy es posible disolver coágulos que provocan un ictus, detener hemorragias e insertar estents en vasos cerebrales obstruidos. Más de tres mil personas han donado ya su cerebro para la investigación al Banco de Cerebros Neerlandés ( www.hersenbank.nl ). Esto permite hacer nuevos descubrimientos sobre los procesos moleculares que causan enfermedades como el alzhéimer, la esquizofrenia, el párkinson, la esclerosis múltiple y la depresión, y se están investigando nuevas áreas de aplicación para los fármacos. Con todo, esas investigaciones sólo empezarán a dar resultados clínicos en la próxima generación. La estimulación mediante electrodos, implantados en puntos específicos del cerebro, ha comenzado ya a demostrar su eficacia. Las primeras aplicaciones se hicieron con pacientes de párkinson (fig. 22). Es impresionante ver cómo los violentos temblores desaparecen de pronto en cuanto el propio paciente acciona el botón del estimulador. Actualmente, los electrodos profundos también se utilizan para tratar cefaleas en racimo, espasmos musculares y el trastorno obsesivo- compulsivo. Pacientes que se lavaban las manos cientos de veces al día pueden volver a llevar una vida normal gracias a esos electrodos. Incluso se ha conseguido que una persona recuperase la conciencia después de haber pasado seis años en un estado de mínima conciencia. Se está intentando aplicar estos electrodos en el tratamiento de la obesidad y las adicciones. La estimulación magnética de la corteza prefrontal (figura 14) mejora el estado anímico en los pacientes depresivos, mientras que la estimulación de la corteza cerebral hace desaparecer los molestos acúfenos que se originan de manera espontánea en las personas con hipoacusias neurosensoriales. Las alucinaciones que sufren algunos pacientes esquizofrénicos también pueden combatirse mediante la estimulación magnética transcraneal (XI.4). Las neuroprótesis son capaces de reemplazar nuestros sentidos cada vez con más éxito. De momento, más de cien mil personas que se han sometido a un implante coclear pueden oír sorprendentemente bien. En pacientes ciegos se está ensayando el envío de información procedente de cámaras electrónicas a la corteza visual (figura 21). Un hombre de veinticinco años quedó completamente paralítico tras sufrir una lesión medular causada por una herida de arma blanca en el cuello. Se le implantó una placa de 4 x 4 milímetros con noventa y seis electrodos en la corteza cerebral gracias a la cual, al pensar en movimientos, consiguió mover el ratón de su ordenador, leer sus correos electrónicos y ejecutar juegos de ordenador. Mediante la fuerza mental llegó incluso a controlar una prótesis de brazo (XII.5). Se ha intentado reparar lesiones cerebrales trasplantando tejido cerebral fetal a pacientes de párkinson y huntington. La terapia génica ya se ha experimentado en pacientes de alzhéimer. Las
A lo largo de los siglos, el hombre, fascinado por el cerebro, ha intentado comparar sus funciones recurriendo a modelos basados en los últimos avances tecnológicos de cada época. Por ejemplo, en el siglo XV, durante el Renacimiento, cuando en Europa se descubrió la imprenta, el cerebro se describía como un «libro omniabarcante» y nuestro lenguaje, como un «alfabeto viviente». En el siglo XVI, la metáfora empleada para describir el funcionamiento del cerebro era la de «el teatro en la cabeza». En ese mismo período se lo comparaba también con una colección de curiosidades o un museo donde todo podía conservarse y visitarse. El filósofo Descartes (1596-1650) contemplaba el cuerpo y la mente como una máquina:
Yo deseo que considere, después de esto, que todas las funciones que atribuyo a esta máquina, tales como la digestión de los alimentos, el latido del corazón y de las arterias, la alimentación y el crecimiento de los miembros, la respiración, la vigilia y el sueño; la recepción de la luz, de los sonidos, de los olores, de los sabores, del calor y tantas otras cualidades, mediante los órganos de los sentidos exteriores; la impresión de sus ideas en el órgano del sentido común y de la imaginación, la retención o la huella que éstas dejan en la memoria; los movimientos interiores de los apetitos y de las pasiones y, finalmente, los movimientos exteriores de todos los miembros, provocados por acciones de los objetos que se encuentran en la memoria, imitando lo más perfectamente posible los de un verdadero hombre; deseo, digo, que sean consideradas todas estas funciones sólo como consecuencia natural de la disposición de los órganos en esta máquina; sucede lo mismo, ni más ni menos, que con los movimientos de un reloj de pared.
En su conocida metáfora, Descartes comparaba el cerebro con un órgano de iglesia. Creía que el aire que era impulsado hacia los portavientos del órgano se correspondía con las partículas más finas y activas de la sangre, «la sede del alma», que entraba a través de hipotéticas aberturas del cerebro mediante un sistema vascular (los capilares glomerulares de los ventrículos que ahora se conocen como el plexo coroideo). A continuación, unos nervios huecos distribuían el espíritu vital por los músculos. El teclado era la epífisis, que podía enviar el espíritu vital a los ventrículos por una dirección determinada, del mismo modo que los fuelles del órgano impulsan el aire hacia determinados portavientos. Con ello, Descartes pasó a la posteridad involuntaria e injustamente como el fundador del dualismo en el debate del cuerpo y la mente, el cual, empleando su nombre latinizado, pasó a conocerse como la filosofía cartesiana. Digo injustamente porque los antiguos griegos ya hacían la distinción entre cuerpo y mente y, por consiguiente, son los verdaderos fundadores de esta teoría. Si consideramos el cerebro como una máquina biológica racional que procesa información, la metáfora de nuestro tiempo que lo compara con un ordenador no resulta en absoluto inapropiada. Es más, si observamos la impresionante cantidad de componentes que posee nuestro cerebro y vemos cómo están conectados entre sí, la metáfora del ordenador se impone. Hay cien billones de puntos donde las neuronas entran en contacto entre sí o, como lo formuló el premio nobel Ramón y Cajal, se dan la mano, mediante las sinapsis. Las neuronas están unidas por más de cien mil kilómetros de fibras nerviosas. La cantidad exorbitante de células (I.1) y de contactos funciona de una forma tan eficiente que nuestro cerebro apenas tiene el consumo energético de una bombilla de quince vatios. Eso significa que el gasto total de energía del cerebro de una persona a lo largo de una vida de unos ochenta años no supondría más que 1.200 euros, según los precios vigentes, como ha calculado Michel Hofman. Por ese precio es imposible conseguir un ordenador con una vida útil tan larga. ¡Por 12 euros se puede suministrar energía a mil millones de neuronas a lo largo de toda la vida! Una fantástica y eficiente máquina dotada de conexiones paralelas y, además, mejor preparada para el
procesamiento de imágenes y asociaciones que cualquier ordenador. Siempre es un momento impresionante sostener el cerebro de un difunto durante una autopsia. Uno es consciente de que tiene entre sus manos una vida entera. También se percata de inmediato de que el hardware de nuestro cerebro es sumamente soft. En esa masa casi gelatinosa, todo lo que esa persona ha pensado y vivido se halla codificado en los cambios estructurales y moleculares de las sinapsis. Una metáfora mejor nos viene al pensamiento cuando visitamos el complejo de habitaciones subterráneas llenas de aparatos situado en pleno centro de Londres, y desde donde a partir de 1940 Winston Churchill dirigió, junto a su Gabinete de Guerra y un numeroso equipo de ayudantes, las operaciones de la Segunda Guerra Mundial contra Adolf Hitler. Cuartos llenos de mapas, marcados con un vasto entramado de líneas, que reflejaban la información procedente de todos los rincones del mundo, codificada o descodificada de formas distintas. El cerebro se concentra en la información más importante de cada momento, que es supervisada, valorada, procesada y almacenada. Para ello, las numerosas unidades trabajan bien coordinadas. En función de dicha información seleccionada (por la parte delantera del cerebro, la corteza prefrontal, figura 14), se formula, se elabora y se estudia un plan conceptual en el que se tiene en cuenta toda la información disponible. Ese plan es consultado con numerosos especialistas internos e incluso externos, si es preciso, a través de una línea directa con Estados Unidos. Después de valorar todas las opiniones y la información, se elabora el plan definitivo o se renuncia a emprender acción alguna. El plan puede ser ejecutado por la fuerza terrestre (la motriz), la naval (las hormonas), por las unidades infiltradas tras las líneas (el sistema nervioso autónomo) o enviando un bombardeo de las fuerzas aéreas (neurotransmisores astutamente dirigidos hacia una estructura cerebral en concreto). Naturalmente, lo más eficaz es una acción coordinada de todas las fuerzas armadas. Sí, nuestro cerebro funciona como un complejo centro de operaciones provisto de la tecnología más moderna, y no como una centralita telefónica o un ordenador con una conexión de red simple. El centro de operaciones está luchando permanentemente a lo largo de toda la vida, primero para nacer, luego para aprobar los exámenes y conseguir un puesto de trabajo con el que ganarse el sustento, y después para resistir en la competición y mantenerse con vida en un entorno a veces hostil y, por último, para morir de la forma que cada cual escoja. El centro de operaciones está protegido, no a prueba de bombas como el refugio de Churchill, sino por un cráneo capaz de soportar algunos golpes. Por otra parte, Churchill odiaba aquel escondite seguro bajo tierra y durante los ataques aéreos subía al tejado para seguir los combates. Le gustaba el riesgo, una característica innata de algunos cerebros. También podemos imaginar metáforas más pacíficas, como el control del tráfico de un gran aeropuerto. Pero, si ordenamos todas las metáforas de los últimos siglos, en realidad no hemos hecho más que emplear como metáfora los últimos descubrimientos que nuestro cerebro ha ingeniado. El último producto de nuestro cerebro como metáfora para el propio cerebro. En verdad, no parece existir una máquina más compleja y fascinante.