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Asignatura: a, Profesor: CAT A, Carrera: Psicología, Universidad: UAM
Tipo: Apuntes
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urante los campeonatos de tenis de W imbledon de 1981, los jueces hubieron de resol ver un problema insólito. Algunosju gadore s , en especial Jimmy C onnors, emitían b roncos gruñidos al golpear la pelota. Sus contrincantes protes taban y pedían que cesaran esos rui dos voluntarios que les distraían hasta destrozar su ritmo. Cuando los jueces hablaron con Connors y demás jugadores sonoros, recibieron una explicación distinta. Según aquél , había quienes rugían adrede. El no, pues carecía de con trol sobre sus gruñidos, que sólo sobre venían en los raquetazos violentos. Idéntica explicación ofreció el resto : estaban convencidos de que algunos jugadores sí emitían ruidos volunta rios con el fin de distra er al contra rio, pero uno por uno negaban poseer control consciente sobre tales expre siones guturales. Así las cosas, los jueces afinaron su observación, durante el desarro llo de los partidos, para poder estable cer qué gr uñidos eran intencionados y cuáles no. Les resultó prácticamente imposible. L o único evidente para todos era que los s onidos, fueran vo luntarios o espontáneos en los raque taza s , acababan con la concentración del an t agonista. En el dilema de los jueces apare cen problemas que se les plantean a cuantos se disponen a estudiar las emisiones de voz, o vocalizaciones, de monos y primates. Los tatas o mo nos verdes de Africa orien tal , por ejemplo, se avisan unos a otros ante situaciones muy dispares. Así, emi ten fuertes gritos de alarma si avis tan a un depredador, chillan sonidos que semejan las palabras urr y chá ter si salen al encuentro de otros gru pos , lanzan gruñidos de amenaza y un tipo de cháter distinto cuando se
pelean con individuos de su propio grupo, y gruñen sin estruendo durante las interacciones sociales relajadas. En ninguna de esas situaciones pode mos afirmar que el mono intenta comunicarse deliberadamente con otro; pero tampoco sabemos si el ani mal carece de control sobre su voca lización y si sus gritos forman parte del comportamiento en curso. Nos hemos propuesto determinar si los monos poseen palabras para designar objetos ("depredador", por ejemplo) y si comprenden que deter minados sonidos representan fenó menos de su entorno. En otras pala bras, ¿piensan los monos? Nos hemos esforzado también por averiguar si alcanzan estados mentales (conoci mien to , creencia o deseo) y ,lo que qui zá sea más importante, concedido que los tengan, si acaso reconocen que los demás también los poseen.
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os pioneros en los trabajos de cam po con monos y primates daban por supuesto que eran escasas, si las había, las semejanzas entre la comu nicación gutural animal y el lenguaje humano. Partíase de que el habla hu mana quedaba bajo control volunta rio, podía desligarse de la emoción ( podemos hablar de miedo sin estar asustados) e intervenían áreas cor ticales superiores del cerebro ; las vocalizaciones de monos y primates, por contra, eran en buena medida in voluntarias , producíanse sólo en cir cunstancias muy emocionales y se encontraban bajo un control cortical limitado. Las palabras humanas re presentaban objetos y acontecimien tos del mundo exterior; los gritos de monos y primates indicaban exclu sivamente el estado emocional o el comportamiento inminente de un individuo. La primera señal de que tal plan
teamiento podría ser falso se mani festó, a través de dos fuentes distin tas, en las postrimerías de los años sesenta. Allen y Beatrix Gardiner, de la Universidad de Nevada en Reno, anunciaron en 1969 que Washoe, un chimpancé, había aprendido más de trein ta signos realizados con las manos ; el primate recurría a tales sig nos para referirse a determinados objetos, pedir algo o "simplemente ha blar". (Más tarde se demostraría que el número de signos que un primate puede aprender es mucho mayor.) Para unos, Washoe no se distinguía del oso de circo que se sube a una bi cicleta: el entrenamiento le había per mitido adquirir una habilidad que cae fuera del alcance del comportamiento ordinario de un chimpancé. Otros se sorprendieron por la cuantía de sig nos del repertorio y se preguntaban si una tal comunicación era comple tamente extraña entre chimp a ncés u otros primates no humanos. Dos años antes, Thomas Struhsa ker, entonces en la Universidad de California en Berkeley, había publi cado que los monos verdes de Africa oriental emitían llamadas sonoras distintas según los depredadores ame nazantes; tres en particular: leopar dos , águilas y serpientes. Cada lla mada desencadenaba su peculiar respuesta de huida, adapta tiva según parecía, de los tatas de las inmedi a ciones. Los gritos de alarma que denunciaban la presen c ia de un leo pardo prov ocaban que los monos ver des treparan a los árboles, donde que daban a salvo del ataque de los felinos. Las alarmas que avisaban del vuelo próximo del águila les inducía a mirar hacia arriba o correr hacia los ma torrales ; al oído de las alarmas de serpientes, se erguían sobre las patas traseras y observaban el herbaje. Lo mismo que Washoe , los tatas parecían
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emplear signos distintos para indi car objetos diferentes o diversas for mas de peligro. Hubo, sin embargo, interpretacio nes más sc épticas. En vez de aludir a clase s de depredadores, esas alar mas podían constituir meras señales generales de alerta que hacían que los animales mir a ran a su alrededor. Localizado el depredador, la respues ta consiguiente obedecía a lo visto, no
plicación, las expr esiones de aviso no denotarían tan t o diferencia de de predadores cuanto intensidad relati
va del miedo que despertaban los leo pardos, las águilas y las serpientes; si esta interpretación fuera la correcta, se debilitaría bastante la analogía entre las llamadas de alarma de los tatas y las palabras humanas. En 1977, éramos en ton ces becarios posdoctorales en el labora torio de Peter Marler en la Universidad Roc kefeller, diseñamos experimentos para comprobar tales hipóte sis. R ea lizamos nuestra investigación en la misma zona donde Struhsaker había llevado a cabo su estudio original: el Parque acional de Amboseli, en
LA C ONDUC T A DE L OS PRIM AT ES 57
Kenia meridional, al pie del monte Kilimanjaro. Allí, los monos verdes viven en grupos de 10 a 30 individuos; cada grupo comprende de uno a ocho machos adultos , de dos a ocho hem bras adultas y su descendencia. El grupo se reserva un área aproximada de 4 hectáreas, defendida con agre sividad ante la incursión de otros. A semejanza de lo que ocurre en muchas otras especies de monos del Viejo Mundo (papiones, macacos bun der o macacos japoneses), las hem bras de tatas permanecen a lo largo de su vida en el grupo en el que nacie
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tía. Cuando alteramos nuestras cin tas para hacer variar el nivel de exci tación del emisor, haciendo que la s llamadas fueran más largas o cortas , más fuertes o suaves, el cambio no se notó en las respuestas cualitativa mente distintas de cada llamada de alarma. Por último, al haber disparado las alarmas cuando no había depreda dores reales en los alrededores, qui
tesis según la cual las respuestas de los monos dependían de lo que habían visto y no de lo que habían oído. En resumen , cada tipo de aviso de alar ma, presentado por separado, des en cadenaba la misma respuesta que se tendría ante un depredador natural determinado. Por lo que llegamos a la conclusión de que las llamadas de
representacionales, o semánticas.
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ero hay razones sólidas para an dar con cautela a la hora de tra zar para l elismos entre las vocaliza ci ones de los monos y las palabras humanas. Decimos que las alarmas de los monos verdes son señales se mánticas apoyándonos en la manera en que dichos signos funcionan en su vida cotidiana. Cuando un tata oye el aviso de alarma de águila, se com porta como si él mismo hubiera visto el ave amenazadora; conduct a que nos sugiere que, en la mente del mono, la llamada "representa a", o "evoca imágenes de" tal depredador, pese a que el mono no haya visto al águila. Se trata, no obstante, de una infe rencia precipitada. Para los perros de
podía haber evocado imágenes de co mida ; ahora bien, ese hecho no de muestra que los perros entendieran la relación referencial entr e camp a nillas y comida de la misma man e ra que nosotros entendemos la re lación entre la palabra "silla" y un determi nado tipo de mueble, por ejemplo. La llamada del mono dejaría de ser mero sonido para convertirse en pa labra, si se produjera cierta trans formación. Tal como sugiere el psi cólogo David Premack , este cambio se daría en el caso exclusivo de que las propiedades adscritas a la lla mada no fueran las de un sonido sino las de l objeto que denota. El lenguaje humano ofrece algu nos ejemplos excelentes: si compara mo el sentido de las palabras "felo nía" y "traición", dejamos de lado sus diferencias acústicas ; las suponemos similares porque tienen afinidad de significado. Decimos, por cont ra , que "traición" y "tracción " son palabras
LA COND U CTA P¡¡ LOS PRIMA TES
muy distint as, a pesar de su sonido compartid o; la razón y ace en que pos een un significado diferente. En la enunciación de tale s juicio s, reconocemos la re lación referenci al entre las palabras y los objetos que
consideram os s imilare s o diferente s en razón de su s ignificad o, no de sus propiedades acústicas. Por tanto , pre cisábamos determinar si las llama das de los monos verde s merecían la calificación estricta de pal a bras para poder afirmar que los monos com prend en el signifi cado de sus voc ali zacion es. Para inve s tigar de qu é mod o los monos verde s comp a ran las vocali zaciones , nos servimos de la técnica de habituación - deshabitua ción , un método e mple ado en el estudio de la percepción del habl a en los niño s. Se basa en la observación de que los suje tos expuestos al mismo es tímulo una y otra vez se desentienden gradual mente del mi s mo hasta dejar d e re s ponder: se habitúan. P ero si los indi viduos que se han habituado a un estímulo perc i ben ot ro que juzgan diferente, la intensidad de s u res puesta aumenta de form a notable. Así, la técnica de habitu ac ión -des habituación revela si , para el sujeto en cue stión , dos estímulos son simi l ares o dis ti nt os. Nos iOlportaba comprobar si los monos verdes comparan vocalizacio nes en razón de sus propiedades acús tica s o en virtud del significado que parecía. Par a ello, tom a mo s por es t í mulos dos llamadas qu e los monos emit e n durante en cuentros territo riales con grupos vecinos. Profieren la primera vocalización (un sonido largo y este ntóreo, onomat opéyica
g rupo ; parece alertar a los miembros de ambos grupo s de que se ha visto un te rcero por las inmediac iones. La segund a vo calizac ión, un s onid o ás
se emite cuando el encuentro entre grupos alca n za su punto máximo de
superponen en buena parte ( ambos proporcionan información sobre otro grupo ), per o son muy dis tint os de s de el punto de vi sta acústi co. Pres en tados , p ar a su comparación , en un experimento de habituación-desha
se reputarán distinto s si los mon os basan el cotejo en la s pr opiedad es acústicas, per o similares si lo fun dan e n el significado. Empezamos por seleccion ar un sujeto. El primer día del ensayo, lo
..,
de e stablecer la intensidad umbral de la res puesta de dicho individuo. El resultado se convirtió en condición de control. El segundo día, el sujeto
tido hasta ocho veces a intervalos de un os 20 minutos. Puesto que no ha bía otro grupo presente, pensamos que el individuo se habituaría pronto a esa emisión. Por último , trans curridos unos 20 minutos desde el
la hembra.
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a id ea de nuestro experim e nto era que el suj eto en cuestión perci
vez en ausencia de cualquier llamada previa (situación de control) y otra tras
(situación de prueba). Si , para nues
paraban las vocal izaciones en razón de su significado ), entonces la habituación
viduo. Y apenas habría diferencia entre la intensidad de la respuesta en con di ciones de control y la desencadenada en condiciones de prueba. Pero si los suj e tos consideraban
tos ( es decir, si los monos compara ban las llamada s sobre la base de sus propiedades acústicas y no de su sig nificado), entonces la habituación al
viduo. En este caso, habría poca dife rencia en la intensidad de la respuesta en tre las condiciones de control y de prueba. Nos interesaba comprobar otro fac tor de la respuesta del mono. Por e tu dios anteriores, sabíamos que los monos verdes, igual que otros muchos mamíferos y aves, toman nota de la identidad del emisor cuando respon den al aviso. ¿Transferirían nu stros sujetos la habituación a un indivi duo hacia otro? En una segunda batería de ensa yos incluimos una modificación: emi tíamos las llamada de dos miembro del grupo. Comenzamos también por establecer, el primer día, la intensi da d umbral de respuesta de un sujeto
bamos si se había también habituado
En una tercera prueba examinamos
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3, ESTUDIOS DE HABITUACION, donde se manifiesta que los monos mente distintos, pero ambos describen el encuentro con otro grupo. verdes distinguen entre gritos por razón de su significado, en vez de Cuando un sujeto oye por primera vez un cháterregistrado (izquier apoyarse exclusivamente en sus propiedades acústicas, Cháters y da)' mira fijamente al origen del sonido, Si luego oye al mismo indivi urrs difieren en su naturaleza sonora y tienen significados ligera- (^) duo (amarillo) emitir una serie de urrs, de los que se muestran algu
qué efecto producía el cambio de lo que parecía el referente de la lla mada, manteniendo la identidad del emisor. Repetimos el procedimiento descrito para nuestros primeros expe rimentos, si bien las vocalizaciones de alarma eran ahora las correspon dientes al leopardo y águila , no los urrs y los cháters. Por último, y con el fin de averiguar si los sujetos se habituarían a individuos y a tipos de llamadas, comprobamos si la habi tuación a la llamada de alarma de águila del individuo A haría que los sujetos se habituaran a la alarma de leopardo emitida por B, De acuerdo con los resultados obte nidos, nos es lícito afirmar que los monos verdes comparan las vocali zaciones en razón de su significado y no sólo de sus propiedades acústicas. Cuando se les exponía a urrs y chá ters del mismo individuo, se habi tuaban a los dos tipos de avisos; esto es, el sujeto habituado al urr del indi viduo A dejaba de responder al chá ter de A. Pero cuando los sujetos oían dos llamadas cuyos referentes eran distintos, no transferían la habitua ción a las dos clases de avisos: si un sujeto dejaba de responder a la lla mada de leopardo del individuo X, respondía con intensidad n"ormal a las alarmas de águila del individuo X. La identidad del animal emisor influía también en la comparación de las vocalizaciones , Aunque urrs y chá ters tenían referentes similares, la habituación al urr del individuo A no provocaba habituación al cháter del individuo B, Por último, cuando las llamadas tenían referen tes dis tin tos y procedían, además, de emisores dis tintos, no se transfería o desplazaba la habituación.
Esta serie de experimentos abor daba la cuestión del significado y la referencia de una manera más directa que el método seguido en nuestras investigaciones anteriores sobre las expresiones guturales de alarma en los monos verdes. Se solicitaba ahora que compararan dos vocalizaciones , decidieran si eran similares o dife rentes y revelaran los criterios que emplean en su cotejo. De acuerdo con lo observado , cuando un mono verde oye vocalizar a otro, el receptor se forma una representación de lo que significa la llamada. Si el receptor oye una segunda vocalización poco después, compara las dos llamadas , no sólo según sus propiedades acús ticas , sino también según sus signi ficados. Si aceptamos que la llamada se con vierte en palabra cuando las propie dades que se le adscriben no son las de un sonido, sino las que el objeto denota, urrs y cháters parecen haberse convertido en palabras. Por tanto , los tatas parecen poseer un sistema semántico rudimentario en el que algunas llamadas, como las alarmas de leopardo y de serpiente, tienen significado muy distinto; otras lla madas, así urrs y cháters, remiten a un referente común y representan matices de significado dentro de una clase general.
or lo que sabemos de la ecología y el comportamiento social de los monos verdes , podemos colegir la razón de que necesi ten una tal comu nicación y hayan quizá desarrollado las capacidades cognitivas subya centes, Es evidente que, si la estra tegia de huida varía con la clase de depredador amenazante, la distinta
sonoridad de la respectiva llamada de alarma constituye un valor adap tativo. Además, suelen recurrir a esas expresiones guturales cuando no se ven entre sí, práctica que favorece la evolución de llamadas cuyo signifi ca do puede deducirse sólo de pecu liaridades acústicas y no dependen de claves contextuales, a diferencia de lo que ocurre con el observador directo , Más aún: la respuesta apropiada ante una vocalización puede diferir mucho de un individuo a otro, Mien tras el emisor de una alarma de águila puede estar en el suelo mirando al cielo, sus compañeros saldrán corrien do hacia los matorrales o bajarán prestos de los árboles. Estas circuns tancias favorecen a los emisores que han adquirido capacidad para comu nicarse acerca de tales aconteci mientos y hacerlo de una manera bas tante independiente de su propio
4, LA IDENTIDAD DEL EMISOR es importan te para el que oye, Cuando un individuo (ro-
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introducía rodajas de manzana en un pozal del suelo , o bien un depredador (en este caso , un técnico que portaba una red de las usadas para capturar monos ) hacía gestos amenazadores y después se escondía detrás de una pared del ruedo. En el caso "ignorante ", madre e hijo se sentaban de nuevo j untos, aunque con un divisor de acero por medio. Sólo la madre podía ver el cuenco que se llenaba de comida y al depredador que se escondía. En ambos casos, y una vez colocado el alimento o escon dido el depredador, se soltaba , to bogán abajo, al monito. En la condición ignorante, la madre había observado a su hijo que lo tenía cerca , si bien aislado; podía verosí milmente determinar si éste veía cuanto se desarrollaba en el ruedo. Pretendíamos saber si la madre, igual que los humanos en situaciones simi lares, llegaría a la conclusión de que , por culpa del aislamiento, su pequeño no habría visto la comida o al depre dador. Si los monos son sensibles a los estados ment al es de los demás , las madres debie r an haber emitido más llamadas o haber hecho algún ade mán inequívoco en el caso de hijo ignorante , de fo rm a mucho más re suelta que en el caso de hijo informa do. Ahora bien , si los monos no se pe rcatan del estado mental de su audiencia, el comportamiento de la
madre debería ser siempre el mismo , hubieran visto o no sus hijos la comida y el peligro. Las madres contaban con medios suficientes para determinar el grado de conocimiento de la realidad que poseía su hijo. El ignorante, además de estar aislado detrás del divisor , se comportaba de manera distinta en cuanto se le soltaba. En las pruebas de comida, los monos informados en contraban rápidamente las tajadas de manzana, mientras que los ignoran tes casi nunca acertaban. En las prue bas con el depredador , los informa dos permanecían cerca de su madre después de ser soltados, mientras que los ignorantes vagaban por la jaula, ajenos a la proximidad del depreda dor. Sin embargo , pese a tantas seña les, no observamos diferencia alguna en el comportamiento de la madre en las dos condiciones: en ningún caso avisó a su cría. Es obvio que estos resultados nega tivos no respaldan una distinción entre incapacidad para atribuir un estado mental a los demás y fracaso de la puesta en práctica de tal capa cidad. Cabe la posibilidad de que los monos reconozcan la diferencia entre su propio conocimiento y el de los demás, aunque esta información no tenga un correlato en su conducta. Pero si los macacos bunder y japo neses pueden distinguir en los demás ignorancia y creencias falsas, su apa
rente incapacidad de sacar alguna consecuencia de dicha información no deja de ser sorprendente.
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as investigaciones en chimpan cés sugieren que estos primates, a diferencia de los monos, pueden poseer una teoría mental rudimen taria. En 1978 , Premack y Guy C. Woodruff, entonces en la Universidad de Pennsylvania, acometieron varios ensayos; en ellos mostraron a "Sarah", una hembra chimpancé, cintas de vídeo de experimentadores que inten taban resolver varios problemas. En un caso, se veía al experimentador esforzándose por poner en marcha un tocadiscos cuyo cable no estaba conectado a un enchufe. Después de cada cinta de vídeo, los investigado res ofrecían a Sarah varias fotogra fías, en una de las cuales se ilustraba la solución al problema; siempre esco gía la fotografía correcta. Premack y Woodruff vieron en el comportamiento de Sarah la prueba de que ella reconocía que las cintas de vídeo representaban un problema y de ahí infería finalidad en los expe rimentadores humanos. Hubo más. Cuando se le presentaron las cintas donde intervenía su experimentador favorito y otras donde participaba un experimentador por el que sentía menos simpatía, Sarah eligió las solu ciones correctas para el experimen tador favorito y las incorrectas para
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el otro. Años después, el grupo de Da niel J. Povinelli obtení a r esultados equiparables en expe ri mentos que requerían que los chimpancés distin guieran entre una condición humana informada y otra ignorante. En la Reserva tanzana del Río Gom be, Jane Goodall observó en cierta ocasión que un macho adolescente de chimpancé, Figan, engañaba a otros para así aprovecharse de una provi sión escondida de alimento. Mientras el grupo se congregaba en la zona de a provisionamiento , Figan se irguió de repente y se dirigió rápidamente al bosque de suerte tal que todos los demás le siguieron. Al poco, girando sobre sí mismo, dejó a sus compañe ros y volvió para comerse las bana nas. Ni que decir tiene que se corre el peligro de sacar de quicio esas anéc dotas, pues cabe explicar el compor tamiento de Figan sin apelar a nin guna teoría de la mente. Lo que no empece que la bibliogra fía especializada almacene un impre sionante número de casos en los que se ha observado cómo los chimpan cés engañan a sus compañeros en con textos dispares y mediante un amplio repertorio de gestos, posturas y expre siones faciales. Por su número y varie dad, tales anécdotas ganan en poder persuasivo y sugieren, al menos, la posibilidad de una teoría de la mente en los primates.
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a incapacidad de atribuir conoci miento a los demás limita las acciones de una especie. Fijémenos en algunas iniciativas que los ani males no pueden emprender si care cen de una teoría de la mente. Cuando las crías de monos verdes empiezan a emitir llamadas de alarma o a res ponder a las alarmas de los demás, cometen muchos errores. Algunos, como la alarma de águila que emite un manito en respuesta al vuelo de una paloma, resultan inocuos ; otros, así el error del manito que levanta la vista al cielo ante una alarma de ser piente, son más graves y aumentan el riesgo. En estas condiciones, cabría espe rar que los adultos se decidieran a ayudar a sus crías para conocer lo relativo a los depredadores. No lo hacen, por sorprendente que nos parezca. En el gran número de obser vaciones y experimentos que hemos realizado, nunca vimos que los adul tos estimularan de forma selectiva a los pequeños que han proferido los avi sos de alarma adecuados, ni que corri gieran a quienes respondían de for ma impropia ante una vocalización de riesgo. Las crías de tata aprenden
LA CONDUCTA DE LOS PRIM AT ES
p or mera ob servación, sin tutela ex plí cita. Esta confianza en el apren dizaje observacional, muy extendida en el reino animal, hunde su origen último en la incapacidad de los adul tos en percatarse de que el conoci miento de sus hijos es distinto del suyo propio. El estudio de la comunicación ani mal va ligado a la investigación de cómo piensan los animales. Por lo que hemos aprendido con los monos verdes, podemos afirmar que las voca lizaciones de los primates no son meros alaridos involuntarios, sino avisos emitidos selectivamente por individuos que tienen en cuenta a su audiencia y variables a tenor de la situación u objeto cambiante del entorno. Lo mismo que las palabras, las llamadas de los monos denotan objetos o acontecimientos distintos; los propios monos pueden, a buen seguro, reconocer incluso la relación referencial entre una llamada y el objeto o el acontecimiento que ésta designa.
E
mpezamos a comprender con ma yor precisión la diferencia que media entre la comunicación y la cog nición de los monos y las peculiares de los seres humanos. Aunque la co municación humana sirve, en buena medida , para condicionar el conoci miento, las creencias y los motivos que subyacen al comportamiento, care cemos de pruebas de que los monos se comuniquen nunca con la inten ción de influir sobre el estado men tal de otro animal. Los monos, y quizá también los primates, no pueden comunicarse con la intención de modi ficar los estados mentales de los de más porque , según se aprecia, no reco nocen que existan dichos estados mentales.
MACHl AVELLIAN INTELLI GE NCE: S OC IAL EXPERTISE ANO THEEVOLUTION OF INTEL LECT IN MONKEYS, ApES AND HUMANS. Dirigido por R. Byrne yA. Whiten. Ox ford University Press. 1988. How MONKEYS SEE mE WOR LD : INsroE THE MINO OF ANOTHER SPECIES. Dorothy L. Cheney y Rob ert M. S eyfart h. Univer sity of Chicago Pre ss. 1990. 'fRUTI! ANO DECEPTION IN ANrMAL COM MUNlCATION. D.L. Cheney y R. M. Sey farth en Cognitive elhology: The minds of olher animals. C. A. Ri stau. Lawrence ErJbaurn A ssociates. 1991.
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