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Tartessos, Apuntes de Antropología

Asignatura: HISTORIA DE LA ANTROPOLOGIA 1º, Profesor: antropologia social, Carrera: Antropología Social y Cultural, Universidad: UNED

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 22/01/2014

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Envuelta en las brumas de la leyenda hasta que la arqueología
comenzó a darle forma, la mítica cultura de Tartessos, el fabuloso
reino de Argantonio, va desvelándose a los investigadores,
aunque todavía esconde muchos de sus misterios
LALEGENDARIA
TARTESSOS
El fabuloso reino de Argantonio
Manuel Bendala Galán
Una cultura llena de enigmas
Sebastián Celestino Pérez
El armamento tartésico
Fernando Quesada
Los vaivenes de la leyenda
Jorge Maier Allende
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Envuelta en las brumas de la leyenda hasta que la arqueología

comenzó a darle forma, la mítica cultura de Tartessos, el fabuloso

reino de Argantonio, va desvelándose a los investigadores,

aunque todavía esconde muchos de sus misterios

LA LEGENDARIA

TA R T E S S O S

El fabuloso reino de Argantonio

Manuel Bendala Galán

Una cultura llena de enigmas

Sebastián Celestino Pérez

El armamento tartésico

Fernando Quesada

Los vaivenes de la leyenda

Jorge Maier Allende

Manuel Bendala Galán Catedrático de Arqueología Universidad Autónoma de Madrid

E

L REY TARTÉSICO DE NOMBRE ARGAN-

tonio, que recibió a los griegos focenses y les ofreció tierras donde establecerse o bie- nes con los que fortificar su ciudad ame- nazada, sirve de referencia en la que personificar, con la aureola de poder y de prestigio con que lo pinta Heródoto, la fase de apogeo de la cultura tar- tésica, que se extiende desde fines del siglo VIII a.C. al siglo VI, en el que entra Tartessos en una fa- se de crísis y de cambio histórico. El proceso ci- mentado en su etapa formativa, férreamente vigila- do por la casta retratada en las estelas de guerre- ros, daría un giro espectacular con la llegada de los colonos orientales, sobre todo los fenicios, a cuya influencia se deberá el carácter orientalizante que

Collar de oro con restos de esmalte (izquierda) y brazalete del mismo metal. Las dos piezas, procedentes del tesoro de El Carambolo (siglo VI a.C., Camas, Sevilla), se cuentan entre las más refinadas del arte tartésico (Museo Arqueológico de Sevilla).

adquiere la cultura tartésica, la única considerada tartésica hasta hace no muchos años.

La llegada de los fenicios

Hoy sabemos que sus raíces son más antiguas, y que sólo por la existencia de la etapa formativa de Tartessos pudo darse con la efectividad que lo hizo la propia colonización de los semitas. Acu- dieron éstos, en efecto, con sorprendente dili- gencia, a sacar partido de las posibilidades que los tartesios habían empezado a poner en valor en las feraces tierras del Mediodía español y sus am- bientes geográficos próximos o accesibles desde ellas, sobre todo en la obtención de metales y de sus productos. Era explotar las posibilidades ex- traordinarias de la región, según eran percibidas en la Antigüedad, tal como dirá después el grie- go Estrabón. Este, hablando de la Turdetania –la antigua Tartessos– destacaba, además de su ri-

El fabuloso reino

de Argantonio

El rey que ofreció a los griegos focenses tierras

donde establecerse y bienes para fortificar su

ciudad amenazada personifica el apogeo de

Tartessos

Detalle de un jarro tartésico de estilo orientalizante (Museo Lázaro Galdiano, Madrid). En la página anterior , el llamado Bronce Carriazo , que representa a una divinidad equiparable a Astarté (Museo Arqueológico, Sevilla). El dibujo que se emplea como pase en el dossier reproduce la estela de Solana de Cabañas, que aparece en la página 72.

T

ARTESSOS ES UN NOMBRE CARGADO

de atractivo, una cultura mitificada en la Antigüedad, que en los tiempos moder- nos se mantuvo con la misma aura de le- yenda porque era difícil salir de la bruma con las pocas luces que arrojaban las ciencias históricas y por una necesidad de fascinación que ha existi- do y existe siempre, se reconozca o no, si los vien- tos de la cultura, en el caso último, prestigian más la racionalidad o la verdad que el sueño o la delectación por el mito. Leyenda y realidad daban a lo tartésico una cor- poreidad doble y contrapuesta, como la de tantos especímenes de la fauna fabulosa con que los an- tiguos poblaron los campos de la Literatura y del Arte. Tartessos era una quimera, un monstruo hí- brido de realidad y fantasía, que, como todos, se resistía a entrar en el rebaño de las criaturas reales, y no digamos en el de los animales domésticos, los que conviven sin violencia, ni mental ni física, con los humanos, que los hacen suyos. Su parte más irreal creció con inusitada enver- gadura cuando los historiadores quisieron domesti- carla, desentrañar sus miste- rios y, de leyenda tal vez de- sazonadora pero general- mente apacible, se convir- tió en una fiera historiográfi- ca, una bestia a veces enfu- recida que enfurecía tam- bién a quienes disputaban sobre el método de hacerla caer en la red de la Historia. Filólogos, paleogeógrafos, historiadores, arqueólogos... acercaban al monstruo sus ar- mas para frenar los zarpazos de su irrealidad. Todos fueron mermando la fuerza turbadora de su anatomía mítica, pero fue cobrando un parti- cular prestigio combativo la concien- cia de que la única manera de batir- la definitivamente era robustecer di- rectamente la parte real de su cuer- po... y el alimento que lograba ese prodigio era la Arqueología. Con ella se podía dar enverga- dura a su cuerpo histórico y con- trarrestar el desequilibrio anató- mico de la fantástica criatura.

Con las cautelas de toda labor de lucha o de doma, la quimera tartésica ha ido creciendo del lado real con enorme vigor en los últimos decenios, empeque- ñeciéndose el peso de su lado mítico, apenas ya un apéndice casi atrofiado de su robusta anatomía ar- queológica e histórica. Perdido el explicable temor de antaño, se contempla ahora su parte fabulosa con un punto de nostalgia, de casi melancólica compli- cidad con su fascinante irrealidad. Pero –¡cuidado!– el cuerpo histórico ha revelado que también contiene un punto de sorpresa, a veces con respuestas tan inesperadas o tan inentendibles como las de su cuerpo legendario. Por todo ello, lo adecuado era poner barrotes forjados también con la Arqueología a una criatura de la Historia y de la le- yenda con la que seguimos conviviendo con proble- mas. La tenemos bien a mano, sometida bajo una clara posición de dominio científico para seguir es- crutándola, pero a sabiendas de que sigue siendo un ser peculiar, que aún no podemos llevar al apacible redil de las criaturas domesticadas de antiguo. Y salgamos ahora del campo de las metáforas pa- ra, lacónicamente, hacer ver al lector que encontra- rá, en los tres artículos que in- tegran este dossier, en primer lugar, una aproximación a la época de esplendor y menos discutida, en la que Tartessos al- canzó, como consecuencia de la colonización fenicia, la fase más brillante de su desarrollo cultural e histórico; a conti- nuación, una lectura sintética de las últimas aportaciones ar- queológicas acerca de cómo se formó la cultura tartésica, en lo que sigue habiendo aspectos os- curos y discutibles, que podrían suscitar un diálogo con coinciden- cias y discrepancias entre los re- dactores mismos de estas páginas; en tercer lugar, uno de los múlti- ples capítulos que pueden anali- zarse dentro de esta cultura, el ar- mamento tartésico y, por último, una sucinta aproximación a la trayectoria historiográfica de Tartessos y una bibliografía co- mentada. Manuel Bendala

La quimera enjaulada

Sumida en la bruma de la leyenda durante siglos, la cultura

tartésica va cobrando perfiles cada vez más reales, gracias a

las aportaciones que la arqueología va sacando a la luz

El hallazgo del tesoro de El Carambolo (Camas, Sevilla) en 1958 fue definitivo para incrementar el interés y la investigación sobre Tartessos. Estaba oculto en una cabaña y pudo servir de ornato a una imagen de culto, tal vez de madera (Museo Arqueológico de Sevilla). Abajo , anverso y reverso de una moneda fenicia de cobre, acuñada en Cádiz.

se hizo imprescindible para la regulación y fijación de precios de un mercado inmenso y en desarrollo imparable, y debió de contribuir poderosamente a la multiplicación de las primeras grandes acuña- ciones monetales en plata, como se supone para las llevadas a cabo por las activas ciudades griegas de Sicilia. Tartessos, en fin, se vio aupada por el empuje de una coyuntura favorable al desarrollo de una eco- nomía de gran rentabilidad, controlada por dirigen- tes de una sociedad muy jerarquizada, de corte aristocrático, que demandaban los conocidos pro- ductos de prestigio de marfil, bronce y metales pre- ciosos que, por su rareza, por la materialización de la más alta tecnología de la época, eran expresión de su exclusividad y de su rango. Los fenicios fue- ron principales agentes de la obtención de esas mercancías tan simbólicas y preciadas, sea por el comercio, sea por la aportación de una tecnología que desarrolló su actividad en talleres directamen- te actuantes en Tartessos, regentados por fenicios o por tartesios adiestrados en las mismas prácticas

artesanales. De unos o de otros, sus productos cons- tituyen la más conspicua expresión del brillo de Tar- tessos en esta etapa de madurez, la prueba mate- rial de lo que había llega- do a ser una especie de antiguo Eldorado en el Oc- cidente del Mediterráneo. Jarros y páteras, cande- labros, armas, adornos de carros y arreos de caballos, todo un repertorio de lujo- sos productos de bronce quedaría amortizado en tumbas y santuarios, testi- monio de un mundo de pompa y ceremonia en el que se reconocían y con el que se presentaban en sociedad los poderosos aristoi que la encabezaban. Y no digamos las joyas, sobre todo las de oro y otros materiales preciosos, que condensaban en su rare- za, en el alarde preciosista de sus técnicas –con costosísimas decoraciones de granulado o de fili- grana– la idea de la pertenencia a una esfera supe- rior. Había cosas, igualmente relacionadas con la ima- gen de los poderosos, de las que no quedan vestigios materiales, como los suntuosos vestidos, de paños tejidos y bordados, que constituían, como acreditan los textos, una de las principales mercaderías de los fenicios. No en vano los llamaron los griegos preci-

Pectoral de oro del tesoro de El Carambolo. Abajo , vista aérea de las excavaciones del complejo de Cancho Roano.

sión de la afamada riqueza de Tartessos en estas fechas centrales de la época orientali- zante, plataforma de magníficos negocios, asociados además a los productos de presti- gio más característicos de entonces, como los objetos suntuarios de bronce ricamente decorados, expresión de la gente de poder –los aristoi , según el término griego de aris- tócratas – en los ambientes privilegiados de los santuarios, las tumbas o los palacios.

Tiempos de expansión y riqueza

El hecho es que la sólida implantación territorial de Tartessos desde su etapa for- mativa, puesta de manifiesto por la am- plia repartición de las estelas de guerre- ros y la difusión de sus otros productos caracte- rísticos hasta muy adentro de la Península, tuvo el complemento de una ágil salida al mar y al co- mercio internacional proporcionada por los feni- cios. Producción y comercialización –con ámbitos de acción repartidos y en progresiva competen- cia– se complementaron eficazmente por la cali- dad de la primera y la sorprendente capacidad de

los mercaderes semitas para servir de agentes a un comercio regular y a una es- cala geográfica extraordinaria para su época. Visto desde fuera, la actividad en torno a Tartessos llenó en este extremo del Mediterráneo el plato de la oferta de una balanza que tenía en el otro extremo el de una demanda cada vez más exigen- te, sobre todo de metales. Ese papel equilibrador, en la medida en que fue capaz de responder con sus pro- ductos al peso ingente de la demanda de las grandes civilizaciones del Mediterráneo oriental, dió a Tartessos la dimensión míti- ca, de verdadero país de fábula, que mu- chos textos conservados le otorgan. El bronce tartésico, por el uso de la mejor materia pri- ma y por el aprovechamiento de experiencias y téc- nicas tan punteras como las desarrolladas en el ám- bito del Bronce Atlántico, debió circular entre sus compradores –según se colige de algunos testimo- nios– con el marchamo de calidad de bronce tarté- sico , verdadera denominación de origen que garan- tizaba el mejor producto. Y lo mismo la plata, que

EL SANTUARIO DE CANCHO ROANO

E

l complejo arquitectónico, orientado al sol naciente, se levantó en una pequeña vagua- da junto al arroyo Cagancha, en el término municipal de Zalamea de la Serena (Badajoz). Su origen se remonta a los inicios del período orien- talizante, cuando sobre una cabaña ovalada se eri- gió el primer edificio, ya con una técnica de clara inspiración mediterránea. Sobre este primer mo- numento se construyó un segundo, del que cono- cemos su planta, en la que se han documentado hasta tres altares de adobe, dos de ellos en forma de piel de bóvido. Por último, a mediados del si- glo V a.C., se decidió clausurar este segundo san- tuario para edificar el ahora visible, muy bien conservado. Se construyó con un sólido basamento de pie- dra y alzados de adobe, y fue enlucido por el ex- terior con arcilla roja, como los suelos de las ha- bitaciones, mientras que el interior fue totalmente encalado. Para realzar aún más el cuerpo principal del santuario, se construyó una terraza de piedra de gran tamaño, también encalada, que lo rodea por completo. Al cuerpo princi- pal se accede por un patio cuadrado, con un pozo en el centro, que aún hoy mantiene su nivel de agua. La entrada al edificio se realiza mediante una es- calera de piedra construida en la es- quina septentrional del patio, que con- duce a una estancia que, a su vez, co- munica con un gran ambiente trans- versal, que cruza todo el edificio y sir- ve de distribuidor a los espacios del

fondo. Se disponen en tres cuerpos independien- tes en la zona meridional, almacenes en los que se hallaron ánforas y orzas que contuvieron cerea- les, aceite, vino, miel y otros productos alimenti- cios, así como una gran cantidad de objetos de bronce –calderos, recipientes rituales, jarros, arreos de caballo, etcétera–; la septentrional consta de una habitación alargada, en cuyo fondo había un telar, a la que abren tres pequeñas es- tancias en las que se halló gran parte de los ma- teriales de importación que caracterizan al yaci- miento: alabastrones, copas griegas, cuentas de pasta vítrea púnica, escarabeos egipcios, marfiles, sellos de lidita, cuentas de ámbar y cornalina y buena parte de las joyas de oro del santuario. En el eje central del edificio se erigió la habitación principal, verdadero lugar sacro del complejo, en cuyo centro se levantó un gran pilar rectangular

que haría las veces de altar. Tal vez lo más sobre- saliente de este espacio principal es que el pilar se alza sobre los respectivos altares de los dos edifi- cios anteriores. Por último, el monumento está rematado, a modo de torres, por dos habitacio- nes: la de la entrada, donde se construyó una es- calera para acceder a la terraza y a la planta su- perior hoy perdida, y la suroriental, tal vez lugar de residencia. Rodea el edificio una serie de estancias peri- metrales, seis por cada lado, donde se deposita- ron ricos ajuares a modo de ofrendas. Todo el complejo monumental está rodeado por un foso excavado en la roca, que en algunos puntos bus- ca los niveles freáticos para mantener siempre una lámina de agua que ensalce la construcción. En la zona oriental, por donde se llega al santua- rio, se construyó una pequeña muralla con dos torres poligonales en el centro que flanquean la única entrada posible a la construcción. El edificio fue intencionadamente in- cendiado, destruido y posterormente sellado con tierra antes de ser aban- donado, echándose en falta tan sólo los elementos sacros, seguramente recuperados para mantener el culto en otro lugar. El continuo cauce de agua del arroyo Cagancha, aún en épocas de fuerte sequía, así como la construcción de pozos en el interior, avalan el papel primordial que debió jugar el agua tanto para la construc- ción como para el culto en el lugar.

Figura de bronce y oro hallada en Cádiz, que representa a una divinidad, siglos VIII-VII a.C. (Museo Arqueológico Nacional, Madrid).

y legitimaba, por el prestigio de la divinidad, la pre- sencia y el quehacer de sus promotores.

Joyas de culto

Ha sido, por lo demás, una sorpresa constatar que la forma de los altares debió de convertirse en signo de una alta significación religiosa, que se repite en los descubiertos después en otros santuarios orien- talizantes –como el recientemente excavado en Co- ria del Río (Sevilla)–, o en ambientes sagrados y fu- nerarios ibéricos, una prueba de la continuidad de aspectos sustanciales de la cultura tartésica en la ibérica que la siguió. Con estos nuevos datos se en- tiende mejor el significado religioso de las joyas del famoso tesoro de El Carambolo, puesto que los dos pectorales que forman parte significativa del mismo se amoldan a esta forma sagrada basada en la piel del bóvido. Creo, con otros investigadores, que las joyas de este singular tesoro no son otra cosa que adornos pa- ra una imagen de culto, seguramente una estatua de madera como las que eran habituales en las etapas arcaicas de las culturas mediterráneas. Ellas forjaron una tradición de prácticas religiosas, que incluían el ornato ritual de las imágenes, que perdurará con gran fuerza en culturas posteriores, antiguas –como la ibérica o la romana– o más recientes, hasta al- canzar nuestros propios días.

Crisis y ocaso de Tartessos

Conviene hablar brevemente de la crisis y ocaso de Tartessos para quitar importancia a un fenóme- no que no fue, en ningún caso, un final que me- rezca el largo informe que parecería propio de la autopsia a un cuerpo muerto para indagar las cau- sas del radical cambio que supone pasar de la vida a la muerte. Lo que entendemos por Tartessos ex- perimentó una crisis notable en el siglo VI a.C. por la combinación de una serie de factores no del to- do conocidos que determinaron un cambio de co- yuntura, un sesgo a la trayectoria histórica anterior. Pero, pese a algunos traumas, puede entenderse en alguna medida como una crisis de crecimiento, y no tanto de acabamiento. La crisis de Tiro, en este caso con el fin de su im- portancia como metrópoli cabeza de un Imperio co- lonial, por los golpes de asirios y babilonios; la im- posición de Cartago como nuevo líder de los semitas de Occidente, que intensificaría el afán de control y de dominio territorial de los fenicios en la nueva eta- pa púnica ; la creciente imposición de la metalurgia del hierro y otros fenómenos determinaron el paso a una etapa distinta. El mundo tartésico se perpetuaría en el turdetano, con un nombre que habla por sí sólo de las diferen- cias y de la continuidad. Las primeras tuvieron entre sus determinantes una cada vez más intensa pene- tración territorial de los púnicos –hasta el punto de que Estrabón llegará a decir que la mayoría de las ciudades de la Turdetania y de las regiones vecinas estaban pobladas por ellos–; y, también, una ascen- dente presencia de célticos en el occidente de las tierras tartésicas. Pero, tanto en el ámbito estricta-

mente púnico como en el turdetano, se observa una rápida recuperación del pulso cultural y económico, y una gran actividad a partir de la inflexión del siglo VI. Lo mismo que ocurriría en la Alta Andalucía y el Sureste de la Península, donde el germen de la cul- tura tartésica, extendido ampliamente en este ámbi- to durante la etapa orientalizante, promovió el pro- ceso formativo de la personal cultura ibérica clásica. En resumen, la trayectoria histórica y cultural tar- tésico-fenicia de la época orientalizante, se transfor- mó en la ibérico-púnica que caracterizó a la España mediterránea –con gran influencia en los demás te- rritorios– hasta los tiempos de la conquista romana.

Boca trilobulada del jarro de Valdegamas (Don Benito, Badajoz). Se asoma a ella una diosa de los animales, representada en forma de busto entre dos leones echados.

samente phoinikés –el nombre por el que los deno- minamos, distinto del de cananeos que a sí mismos se daban–, que quiere decir los hombres de la púr- pura , por haberse hecho especialmente famosos co- mo mercaderes de paños teñidos de rojo, con el tin- te que obtenían de un conocido molusco de la fami- lia de los múrices, las populares cañadillas.

Una sociedad muy jerarquizada

Con todo ello componían el perfil de su clase do- minante, bajo la cual, seguramente con pocos es- calones intermedios, se hallaba una amplia masa social casi desprovista de derechos –campesinos, artesanos, mineros–, base de un sistema calificado por algunos investigadores como de servidumbre comunitaria. Se trataría, más que de una fórmula de esclavismo puro, de un sistema en el que los po- derosos no tendrían la propiedad directa de las per- sonas, sino de los medios de producción y del pro- ducto mismo, que controlaban para el comercio y lo distribuían a los productores para su sustento y mantenimiento. En la cúspide de la estructura social se hallaba la figura de un monarca, como el citado Argantonio, representante de una forma suprema de poder que los estudios modernos tienden a caracterizar como monarquía sacra , esto es, un poder sacralizado que se transmitía en el seno de una dinastía familiar, le- gitimado por prácticas de culto dinástico, conoci- das también en las primeras etapas históricas de otras culturas principales del Mediterráneo, como la etrusca, con la que la tartésica tiene muy estre- chos parangones. Uno de los acontecimientos arqueológicos más importantes de los últimos años, en relación con la cultura tartésica, ha sido el hallazgo y la excavación de un sorprendente edificio en la periferia de Tartes- sos, en tierras del municipio de Zalamea de la Sere- na, en Badajoz, que pudo ser residencia o centro de representación y de culto de un soberano sacraliza- do del mundo tartésico. Se trata del llamado palacio- santuario de Cancho Roano, un edificio singular por su forma y su contenido, referente de una actividad de alto significado político, religioso o simbólico.

De su rica y compleja realidad puede destacarse la existencia de una capilla central que cubre una es- tancia en la que se hallaron altares con una forma característica, de piel de buey abierto o de lingote de cobre de tipo chipriota –que imita el esquema de la piel del buey–; son los elementos más significativos de este ambiente central, especialmente vinculado a ceremonias cultuales, quizá con una dimensión de culto dinástico que aseguraba, remitiéndose al plano de lo divino, el poder del soberano y la continuidad familiar del mismo. Los altares y la estructura del edificio responden a modelos orientales, sirios, fenicios o chipriotas, una expresión particularmente intensa del tono orientalizante general que impregna la cultura de la época y las estructuras sociológicas y políticas que la sustentaban. Se han puesto en relación los altares con prácticas sacrificiales de novillos o bóvidos, bien documentadas entre los fenicios, asociadas, por ejemplo, al culto al dios Baal. Relacionada, entre otras facetas, con la navegación y el comercio, su presencia en un santuario como el de Cancho Roano hace pensar, también, en la posible función que es- tos centros sagrados cumplían en el mundo antiguo, y desde luego en el oriental y fenicio, que es servir de referencia a una actividad económica y comercial que se realizaba al amparo de la protección del dios

HERÓDOTO Y TARTESSOS

A

lgunos de los más importantes textos sobre Tartes- sos se deben a Heródoto, quien menciona la ciu- dad como asombrosa fuente de riquezas al evocar el viaje de un comerciantes de Samos (4, 152): “Acto seguido los samios partieron de la isla y se hicieron a la mar ansiosos de llegar a Egipto, pero se vieron desviados de su ruta por causa del viento de Levante. Y como el aire no amainó, cruzaron las Co- lumnas de Hércules y, bajo el amparo divino, llegaron a Tartessos. Por aquel entonces ese emporio comercial estaba sin explotar, de manera que a su regreso a la patria, los samios con el producto de su flete, obtu- vieron que nosotros sepamos con certeza muchos más beneficios que cualquier otro griego...”. En otra parte de su Historia , al hablar de los viajes de los focenses a Occidente (1, 163) refiere: “Los habitantes de Focea fueron los primeros grie- gos que realizaron largos viajes por mar y son ellos quienes descubrieron el Adriático, Tirrenia, Iberia y Tartessos. No navegaban en naves mercantes, sino en pentecónteras. Y al llegar a Tartessos hicieron gran amistad con el rey de los tartesios, cuyo nombre era Argantonio, que (como un tirano) gobernó Tartessos durante ochenta años y vivió un total de ciento vein- te. Pues bien, los focenses se hicieron tan amigos de este hombre que, primero los animó a abandonar Jo- nia y a establecerse en la zona de sus dominios que prefiriesen, y, luego al no poder persuadirles sobre el caso, cuando se enteró por ellos de cómo progresaba el medio, les dio dinero para rodear su ciudad con un muro”.

Figurilla votiva de guerro sardo, en el que destaca el descomunal yelmo con cuernos. Se ha asociado esta clase de guerreros con los shardana , uno de los Pueblos del Mar con los que tal vez también guardan relación los guerreros de las estelas tartésicas.

neo, como otros aspectos de mayor importancia so- cial como son el sistema económico, la aparición de las incineraciones en el ritual funerario o la aceptación de una nueva religión. Sin embargo, es evidente que puede hablarse de cultura tartésica con anterioridad a la llegada de los primeros colonizadores, ya que rasgos arqueológi- cos como los anteriormente señalados no parecen dejar muchas dudas en este sentido. Por lo tanto, debe situarse el origen de Tartessos en el Bronce Final, lo que algunos han definido como Bronce Fi- nal Tartésico, un momento histórico que actual- mente se intenta concretar cronológicamente, pero que en ningún caso debe llevarse más lejos del si- glo XI a.C., si bien los rasgos más definitorios de la incipiente cultura tartésica solamente se aprecian con claridad a partir del siglo IX a.C., coincidiendo con un importante aumento demográfico de toda la zona afectada.

Teorías dispares

El repentino aumento de población que experi- mentó el territorio tartésico, bien detectado por la Arqueología, ha servido en muchas ocasiones para aventurar las hipótesis más dispares sobre el origen

de la población que lo con- formó: indoeuropeos, cel- tas, norteafricanos o levan- tinos. Quizá la hipótesis más atractiva sea la que elaboró Schulten en los años cuarenta, tras la falta de éxito de una primera valoración, igualmente su- ya, en la que justificaba la existencia de Tartessos gracias a la llegada de gentes minoicas proceden- tes, por consiguiente, del Egeo. En su segunda incursión sobre el tema, Schulten repara en las consecuencias que tuvieron las incursiones de los denominados Pueblos del Mar en todo el Próximo Oriente, así como la poste- rior dispersión de estos pueblos por el Mediterrá- neo, pudiendo haber llegado hasta las costas de la Península Ibérica uno de ellos, concretamente el que las fuentes nombran como tursha , y donde Schulten cree reconocer el origen etimológico de la palabra Tartessos. Todas estas teorías estaban marcadas por un fuerte componente difusionista que hoy práctica- mente ha desaparecido de la bibliografía sobre el tema. Pero en absoluto se puede desechar la exis- tencia de impulsos externos de carácter cultural, seguramente gracias a puntuales contactos comer- ciales, que ayudaron al progreso del foco tartésico. En este sentido, sí es importante señalar las dife- rentes hipótesis que se muestran más proclives a justificar la cultura tartésica gracias a diferentes componentes culturales que pueden tener un ori- gen atlántico o indoeuropeo para unos, o bien una influencia netamente mediterránea. En este caso, las opciones son más variadas, pues los autores se dividen entre los que proponen contactos de proce- dencia egea y quienes sugieren los de origen sirio- fenicio, chipriota o del Mediterráneo central.

Analogías con Sicilia y Cerdeña

Hablar en la actualidad de contactos entre la Península Ibérica y el Mediterráneo previos a la colonización fenicia es algo totalmente superado,

TA

RT

ESSOS

Cádiz

Sevilla Huelva

Territorio de Tartessos Zona de influencia máxima

Los Alcores

Setefilla

Cancho Roano

Tejada San Bartolomé

El Carambolo

tartessos

RíoS eg ura

RíoGu

adalq uivir

Río Sa do

Tres dibujos sintéticos de estelas tartésicas del tipo más complejo, con figuras humanas acompañadas de su armamento y el carro para el viaje al más allá. El de la izquierda corresponde a la Estela de Ategua.

cuando lo ibérico ya había definido claramente sus rasgos socioculturales. Para delimitar el territorio tartésico en sus oríge- nes, se cuenta con dos elementos arqueológicos bien representados, las cerámicas decoradas con retícu- las bruñidas, consistentes en líneas irregulares en zigzag, y las pintadas o tipo Carambolo , que aunque también aparecen dispersas por algunos yacimientos de las zonas limítrofes, sólo se han podido docu- mentar en momentos posteriores. Por el contrario, otro factor a tener en cuenta para centrarnos en el fo- co de la cultura tartésica, es la ausencia de elemen- tos que aparecen precisamente en esas áreas del en- torno geográfico de Tartessos, caso de las estelas de guerrero, las estelas diademadas, la rica orfebrería del Bronce Final o algunos grupos cerámicos bien di- ferenciados en su forma y estilo decorativo de los del núcleo principal. Más difícil, por el momento, es encontrar los ras- gos más importantes que definen una cultura, como son los tipos de asentamiento que ocuparon, el ritual funerario empleado o el sistema religioso imperante. Sin embargo, sí se aprecia claramente un aumento de población, principalmente en Huelva, muy desdi- bujado en la fase inmediatamente anterior. Los po-

blados, siempre de modesto tamaño, se ciñen prin- cipalmente a los valles de los grandes ríos, donde buscaban un buen sistema de comunicación y re- cursos agrícolas importantes. Tampoco parece que sea esta una época precisamente conflictiva si nos atenemos a la ausencia de fortificaciones y a la si- tuación de los poblados a media altura, caso de los documentados en El Carambolo, Huelva, San Barto- lomé, Valencina de la Concepción o Los Alcores.

Cabañas de entramado vegetal

Eran pequeños establecimientos con un escaso número de habitantes, repartidos en cabañas cir- culares u ovaladas con paredes de entramado vege- tal y sin orden aparente; además, en ningún caso se han localizado edificios públicos que sugieran una fuerte actividad colectiva. Tan sólo puede atisbarse una cierta complejidad social, al menos tibiamente jerarquizada, que debió permitir una organización capaz de recibir en las mejores condiciones de equidad a los comerciantes fenicios; de hecho, al- gunos historiadores sólo consideran la existencia de la cultura tartésica a partir de la llegada de los fe- nicios, cuando la población indígena asumiría tan- to las innovaciones técnicas traídas del Mediterrá-

LAS ESTELAS DE GUERRERO

L

as estelas de guerrero o del Suroeste , llamadas indistinta- mente así por las figuraciones que presentan y el marco geográfico que ocupan, son sin duda alguna el elemento más característico del Bronce Final meridional, aunque perduran en el tiempo hasta el Perí- odo Orientalizante, cuando toda la zona queda impregnada por la cul- tura del Mediterráneo Oriental. Por tanto, aparecen hacia el siglo XI y desaparecen en el VII an- tes de nuestra Era, mo- mento en las que se las puede denominar co- mo estelas tartésicas. Las estelas se pueden agrupar en cuatro grandes zonas geo- gráficas diferencia- das: sierra de Gata, Montes de Toledo; valle medio del Guadiana y valle del Guadalquivir; aunque se van perfilando dos zonas bien dibuja- das: el Sureste fran- cés y el Algarve portu- gués. Los monumentos más antiguos coinciden con las zonas

más septentrionales, donde sólo se representan las armas del guerrero sobre soportes rectangulares que sirvieron para tapar tumbas de inhu- mación; las armas no obedecen a ti- pos foráneos, lo que evidencia el in- digenismo del fenómeno. A partir de la zona del Tajo los monumentos su- fren grandes transformaciones: los soportes se erigen para ir hincados en el suelo, aparece dibujada la fi- gura del guerrero y se representan armas de origen atlántico y numero-

sos objetos de adorno de clara pro- cedencia mediterránea; a medida que nos acercamos a la zona más meridional, esos objetos de adorno o de prestigio social –peines, espe- jos, instrumentos musicales, pinzas o imperdibles– aumentan en detri- mento de las armas, momento que además coincide con la introduc- ción de la incineración en el ritual funerario. El mejor ejemplo de esta última fase de las estelas es el monu-

mento de Ategua, en la provincia de Córdoba, donde se puede apreciar la complejidad tanto escénica como social que adquieren estos monu- mentos en el Período Orientalizante. En ella se aprecian tres escenas bien diferenciadas; en la superior, se re- presenta al guerrero con coraza y rodeado de sus armas y objetos de adorno personal; en el centro, la es- cena se centra en la muerte del gue- rrero, tumbado sobre la pira funera- ria y acompañado por los la- mentos de sus seres más que- ridos; el carro asido por el guerrero, símbolo del viaje al más allá, pro- tagoniza la escena inferior de la este- la, donde dos grupos de an- tropomorfos realizan una danza ritual para facilitar la travesía. La composición es- cénica de la este- la no deja duda de la complejidad social que adqui- rió la sociedad tarté- sica en estos momentos.

Broche de bronce para cinturón, procedente de El Acebuchal. A la derecha , figurita de bronce de Astarté hallada, al parecer, en El Carambolo. La diosa, sedente y desnuda, de estilo egiptizante, apoya los pies en un escabel con inscripción fenicia que alude a una Astarté de la cueva****. Ambas piezas se exhiben en el Museo Arqueológico de Sevilla.

da, son las estelas de guerrero o del Suroeste. A través de ellas, se puede vislumbrar la progresión geográfica de las gentes de la periferia hacia el fo- co principal de Tartessos, en cuyo entorno inme- diato aparecen los monumentos más evoluciona- dos y, a la vez, más complejos, ya contemporáne- os a la llegada de los colonizadores mediterráne- os, por lo que se las puede denominar en este úl- timo momento y sin ningún tipo de complejos co- mo estelas tartésicas.

La figura del guerrero

En efecto, los monumentos más antiguos, que aún se utilizarían para tapar cistas de inhumación, aparecen en zonas geográficamente alejadas de Tartessos, fundamentalmente en el entorno de la sierra de Gata y el valle del Tajo, sin que se aprecie entre su decoración la presencia de objetos foráne- os, lo que incide en su marcado carácter indígena. Sólo a partir de esta zona se representaron algunos elementos atlánticos –concretamente las armas– y mediterráneos, caso de las fíbulas acodadas o los carros, frecuentes en los monumentos que apare- cen en torno al valle del Guadiana, momento que, a la vez, coincidió con la generalización de objetos de origen mediterráneo, con la inclusión de la figu- ra del guerrero y con el cambio del soporte, pues a partir de entonces serían auténticas estelas creadas para ir hincadas en la tierra. Con el transcurso del tiempo, las estelas se es- parcieron por las inmediaciones del núcleo tartési- co, otorgando a los objetos de prestigio social ma- yor valor en detrimento de las armas, a la vez que ofrecían escenas de una alta complejidad social, muy en sintonía con la corriente orientalizante que ya había asimilado Tartessos tras la colonización mediterránea. En aquellos monumentos se repre- sentaron los ajuares funerarios de personajes so- cialmente destacados y de carácter guerrero, donde aparecen elementos de importación desde momen- tos que coinciden con el cambio del milenio ante- rior a nuestra era, un dato fundamental que evi- dencia la existencia de contactos con el Mediterrá- neo previos a la colonización. Los personajes representados en las estelas ten- drían, por tanto, capacidad para aportar esa mano

de obra necesaria para el desarrollo de Tartessos –no se sabe si en régimen de esclavitud– a la vez que podrían facilitar otros productos afines al territo- rio donde aparecen las es- telas, caso de la ganadería y sus derivados, sin que por el momento se tenga la más mínima prueba de la importancia minera de estas zonas, que sólo está bien atestiguada en el nú- cleo tartésico. Por tanto, el incremento de población del Suro- este hacia mediados del siglo IX es una conse- cuencia de la aportación demográfica de las zonas limítrofes de Tartessos, es decir, del Algarve, la Ba- ja Extremadura, el Sur de la Meseta y el valle me-

Este conjunto de signos de época tratésica orientalizante está elaborado según J. Untermann. Abajo , vaso ático con bailarines hallado en Huelva, producido en torno al 570 a.C. Es un buen ejemplo de los objetos de prestigio aportados por los griegos y muy ambicionados por los aristócratas tartesios.

confirmándose así las primeras hipótesis lanzadas en los años setenta por Bendala y Almagro Gor- bea, si bien éstos defendían diferentes áreas geo- gráficas para justificar el origen de esas primeras relaciones, el Egeo para el primero y la zona sirio- fenicia para el segundo. Pero últimamente, ba- sándose en las afinidades arqueológicas docu- mentadas, se están considerando otros focos que actuarían de intermediarios de esos contactos; ese el caso del Mediterráneo Central y, más con- cretamente, de Sicilia y Cerdeña, donde cada día son más amplias las analogías arqueológicas con la zona suroccidental de la Península. En este sentido, cobra valor el hallazgo realiza- do en la ría de Huelva, donde se recuperó una gran cantidad de armas de tipo atlántico y otros objetos de adorno personal procedentes de las is- las centrales del Mediterráneo, lo que ha hecho pensar en la importancia estratégica de la zona onubense como catalizadora del comercio entre el Mediterráneo central y las costas atlánticas de Portugal y Francia, donde igualmente se docu- mentan estos objetos. Por tanto, hablar de contactos comerciales a gran escala con el Mediterráneo, dado el tipo y la cantidad de material recuperado, puede parecer cuanto menos una falta de ponderación del hecho y, más aún, cuando buena parte de las actividades comerciales del Suroeste tuvieron un alto compo- nente atlántico, como lo demuestran las armas de bronce o la orfebrería, por poner los ejemplos más estudiados. Por lo tanto, la presencia mediterrá- nea previa a la colonización debería considerarse como puntual y discontinua en el tiempo, apre- ciándose una intensificación en los momentos previos a la llegada de los fenicios. Sin embargo, aunque contribuyeron a introducir paulatinamen- te algunos cambios en la base cultural de los in- dígenas, no fueron lo suficientemente intensos como para garantizar en el área tartésica los avan- ces técnicos que ya se habían desarrollado en Oriente bastantes años atrás. El Mediterráneo Central sí parece que ejerció un papel de cierta importancia en el intercambio comercial con el Sur peninsular, precisamente en torno al siglo IX, época de la que se detecta no só-

lo una alta gama de objetos arqueológicos análogos, sino incluso la presencia física de esas gentes, cuyo mejor exponente es la tumba de Roça do Casal do Meio, hallada cerca de la ciudad portuguesa de Sesimbra y donde aparecieron dos inhumaciones con sus respectivos ajuares bien fechados entre los siglos X y IX y que se corresponden con los que aparecen decorados en las estelas de guerrero; la construcción de la tumba, de falsa cúpula, recuerda poderosamente a las documentadas en el Mediterráneo cen- tral, donde también se ha recuperado algu- nos objetos análogos. Por tanto, el aumento demográfico de la zona tartésica a partir del siglo IX pudo de- berse a la necesidad de adquirir o explotar excedentes agropecuarios ante la intensificación del contacto con el Mediterráneo central y el área atlántica, aunque la eclosión de poblamiento no se produjo hasta el siglo VIII. Entonces, una vez consolidada la colonización, Tartessos necesitó mano de obra para explotar sus recursos mineros, así como los excedentes alimenticios necesarios para soportar ese aumento de población. Estos recursos, hombres y alimentos principal- mente, pero sin descartar otros como pieles o ar- mas, debieron provenir de las zonas periféricas, fundamentalmente de las tierras que se extienden al sur de la cuenca media del Guadiana, zona que desde un primer momento mantuvo una relación más o menos sostenida con el foco tartésico, in- tensificándose a partir del siglo VII, cuando esas relaciones con Tartessos se extendieron hasta el valle del Tajo, donde se han documentado nume- rosos restos de origen tartésico que sirven para avalar esta consideración. Uno de los documentos de mayor relevancia ar- queológica de que se dispone para poder recons- truir los primeros momentos de Tartessos, así co- mo su propia formación como cultura singulariza-

PRIMER SIGNARIO DEL SUROESTE

necrópolis onubense de La Joya, en el Palmarón de Niebla y en otros yacimientos; con todo, el tipo de ritual funerario no favorecía la deposición de armas en las tumbas, como sí ocurriría mucho más tarde, a partir de fines del s. V a.C. en el mundo ibérico. Pese a lo que en alguna ocasión se ha escrito, no hay escudos hoplitas de bronce de tipo griego en la necrópolis de La Joya (se trata de una gran bande- ja circular de bronce), pero en cambio sí existen dos o tres cascos griegos, corintios, de buena cali- dad procedentes de la zona de Huelva-Cádiz y fe- chados en los siglos VII y VI a.C. Aunque suelen ser interpretados como ofrendas de navegantes griegos a dioses de las aguas, también cabe la posibilidad de que algunas de estas piezas fueran regaladas a jefes locales, junto con otros productos de lujo; lo cierto es, sin embargo, que este tipo de casco di- señado expresamente para la táctica de falange ho- plita (formación cerrada y disciplinada de una mili- cia ciudadana) no debía ser adecuado para los ti- pos de combate aristocrático entre campeones que debieron predominar en el mundo tartésico, y lo cierto es que no se ha encontrado hasta ahora un solo ejemplar claro de armas defensivas griegas en tumbas orientalizantes.

Abunda extraordinariamente sin embargo en nu- merosos yacimientos andaluces, fenicios e indíge- nas, y ya desde el s. VIII a.C., un tipo de punta de flecha de bronce conocido como de arpón lateral que probablemente llegó a Iberia a través del mun- do semita, y que indica una cierta importancia del combate a distancia, quizá por parte de tropas de menor status. ¿Hasta qué punto recogió la primitiva panoplia ibérica la tradición tartésica del período Orientali- zante? Es muy difícil precisarlo habida cuenta de la escasez de datos; parece que la más antigua panoplia ibérica contaba con tipos de escudo (co- mo los representados en el monumento escultóri- co de Porcuna) similares a los de las estelas del Suroeste más tardías; también los tipos de lanza ibéricos más antiguos, muy largos y pesados, pa- recen derivar de tipos anteriores; en cambio, las espadas son, como se ha dicho, totalmente dife- rentes, y tampoco parece que la abundancia de puntas de flecha del Orientalizante perdurara en el mundo indígena de la Segunda Edad de Hierro. Hay, pues, más elementos de ruptura que de con- tinuidad en el panorama que hasta ahora, y tenta- tivamente, podemos dibujar.

Sección de la muralla (1) Base de roca virgen. (2) Relleno de tierra. (3) La muralla consta de dos lienzos de mampostería a plomada (las hiladas inferiores con piedras de hasta un metro de largo) que emparedan un relleno de tierra y piedras sueltas. No hay cimentación, lo que presenta problemas de estabilidad. (4) Por eso, a la pared exterior se

adosó otro muro ataludado que sirve de contrafuerte. Su apariencia es similar a la del lienzo principal, aunque con piedras de menor tamaño. (5) El terreno pendiente frente a la muralla puede ser aterrazado y sostenido con muros para evitar el deslizamiento del suelo. (6) Sobre la estructura de

piedra (quizás, cinco o más metros de altura) había un tramo más de adobe. (7) La pared exterior (lienzo principal, talud y alzado en adobe) estaba revocada con barro y enlucida con cal. (8) Al interior de la muralla se adosarían las primeras casas del poblado.

FORTIFICACIÓN TARTÉSICA

Esta muralla está inspirada en la del s. VII a.C. del yacimiento de Puente Tablas (Jaén). Sus bastiones servían de defensas y de contrafuertes para unos lienzos asentados sin cimientos. El revestimiento de barro y cal aseguraraba la unión de los muros (trabados sin argamasa) e impedía la escalada del enemigo aprovechando las grietas en la mampostería.

Conjunto de espadas halladas en la ría de Huelva. Son de tipología atlántica y una magnífica muestra de las relaciones y la importancia de la metalurgia inherentes al mundo tartésico. A la derecha, Estela de Solana de Cabañas , con la panoplia típica del combatiente tartésico (espada, lanza, escudo), junto con el carro para viajar al más allá. El contenido esquematizado de esta estela se ha usado como pase de este dossier.

más punzante del tipo de lengua de carpa similares a las halladas en el depósito de Huelva. A juzgar por las estelas y los hallazgos arqueológicos, el arco y las flechas eran empleados, posiblemente no sólo en la caza sino también en la guerra. El armamento defensivo parece consistir en capa- cetes –posiblemente de cuero, quizá broncíneos– de los que el tipo más reconocible es el decorado con dos largos cuernos ondulados, tipo ya visto por el Mediterráneo desde siglos antes y que aparece re- presentado en figurillas chipriotas y sardas. Junto a estos cascos, el elemento más característico es el es- cudo circular de mediano tamaño (quizá en torno a los 60 cm. de diámetro), hecho de una o varias ca- pas de cuero de distinto diámetro encoladas entre sí y apretadas en húmedo contra un molde de piedra o madera para darles forma, y con una empuñadura simple central. Muchos de estos escudos aparecen dibujados con una escotadura en forma de V cuya función se dis- cute, ya que las interpretaciones oscilan entre las puramente simbólicas y las funcionales; según estas últimas, la escotadura podría haber servido para fa- cilitar la construcción del escudo durante el proceso de secado y contracción del cuero, pero también, en el combate, para facilitar el manejo de lanza (si era lateral) o la visión (si era superior). Este tipo de es- cudo es conocido tanto en el Mediterráneo como en el Bronce Final de las áreas atlánticas. Las estelas no permiten distinguir ningún tipo de protección corporal y los datos arqueológicos son mudos en este sentido, por lo que cabe pensar que si la hubo, debía tratarse de jubones o coletos de cuero o acolchados. Los carros de dos ruedas tirados por caballos que aparecen en muchas de estas este- las, de tipo egeo, no pueden ser considerados en el

contexto peninsular como vehículos de guerra, sino como símbolo del transporte del difunto al más allá. Durante este período previo a los primeros asen- tamientos fenicios aparecen algunas armas metáli- cas de origen oriental, que no debieron ser ni muy numerosas ni significativas desde el punto de vista militar, aunque sí desde el del status ; por ejemplo: los cascos metálicos, con paralelos chipriotas, halla- dos en la ría de Huelva.

Nueva tecnología

El contacto colonial supuso para Tartessos, des- de el punto de vista de la tecnología armamentísti- ca, ante todo la introducción de la metalurgia del hierro. Los escasos datos arqueológicos disponibles indican que los artesanos trataron al principio de reproducir en hierro los tipos de espadas de hoja larga y estrecha propios del Bronce Final (tumbas de Cástulo y Niebla), aunque con escaso éxito: la temprana tecnología del hierro no debía permitir demasiadas alegrías con las láminas de hierro for- jado y lo cierto es que, pese a algunos intentos du- rante el s. VII a.C., estos tipos de espada desapa- recieron. Cuando, siglos más tarde, vuelve a con- tarse con armas abundantes en los ajuares funera- rios, la tradición propia del Bronce Final ha sido desplazada por otra muy diferente de espadas cor- tas y de ancha hoja típica del mundo ibérico de la Segunda Edad de Hierro. Desde otro punto de vista, en el período Orienta- lizante Tartésico, las armas no son abundantes en el registro funerario, aunque tampoco están, como a veces se ha dicho, ausentes: hay algunas en la

El arqueólogo Jorge Bonsor junto a diversas cerámicas tartésicas. Abajo , soportes en forma de carrete de la necrópolis de La Joya; eran elemento característico del lujoso mobiliario litúrgico de las tumbas principales.

te grave problema histórico no siempre fue tratado desde el mismo punto de vista en nuestra historio- grafía y ha sido necesario recorrer un arduo camino para precisar con más o menos nitidez el valor histó- rico de esta que hemos creído conveniente denomi- nar civilización tartésica. Es, por tanto, en este pro- ceso historiográfico sobre el que nos centraremos en las páginas siguientes. Tartessos surge ya como un problema que nos le- garon los historiadores y geógrafos griegos y latinos –entre los que cabría citar a Estesícoro de Himera, Anacreonte, Heródoto, Estrabón, Plinio el Viejo, Ru- fo Festo Avieno, Pomponio Mela, Justino o Pompeyo Trogo, entre otros– al mencionar la existencia de la ciudad, cabeza de un reino en el litoral occidental andaluz, vagamente identificada, pero de una pros- peridad y grandeza como ninguna otra. Así, la prin- cipal línea de investigación, si así puede ser deno-

minada, entre los anticua- rios humanistas fue la de la localización de esta próspe- ra y afamada ciudad del Occidente europeo. A esta confusión se refiere ya uno de los anticuarios sevilla- nos de mayor autoridad en este campo, Rodrigo Caro (1573-1647), al decir en su obra Antigüedades y Principado de la Ilustrissi- ma ciudad de Sevilla y Chorographia de su Con- vento Iuridico, o antigua Chancilleria (1634): “Ay tanta variedad de opiniones en los autores antiguos, sobre qual fuesse las isla de Gades, Tartesso, y Eryt- hia, que no poca turbación, y tiniebla causa en estas letras, pues confunden los nombres de todas tres, dando a las unas lo que no les toca.” Pero quizá lo más relevante de Caro, al margen de que pensara que la ciudad de Tartessos se encontra- ra bajo las aguas del Océano, sea su planteamiento de que Tartessos era no sólo el nombre de una ciu- dad, sino también el de un río, el Betis de los roma- nos, el actual Guadalquivir y, al mismo tiempo, el nombre de toda la región que este caudaloso río ba- ñaba, esto es, la Bética romana, la Andalucía actual, aproximadamente. Así, entre la erudición del Renacimiento y Siglo de Oro, las opiniones son variadas, situando unos la ciudad en Cádiz; otros, en Sanlúcar de Barrameda, Jerez de la Frontera, Medina Sidonia o, incluso, en la antigua población púnico-romana de Carteia. Ello no obedecía sino a la caprichosa interpretación que se hacía de las fuentes clásicas, único apoyo con el que se contaba, pues no auxiliaban en este asunto ni la epigrafía ni la numismática, con más o menos crí- tica según el autor de que se tratase. Eso sí, servía todo ello para engrandecer la antigüedad de cada una de estas ciudades o para utilizarla en disputas sobre los límites de las diócesis eclesiásticas.

Las naves del rey Salomón

Por otra parte, los numerosos comentaristas de los textos bíblicos establecieron una correlación que se ha mantenido durante mucho tiempo. En varios pasajes del Antiguo Testamento se hace referencia a las naves de Tarshish, del rey Salomón, que porta-

Jorge Maier Allende Investigador Real Academia de la Historia

T

ARTESSOS ES UNA CIVILIZACIÓN PRO-

tohistórica fundamental que además actúa como catalizador de las colonizaciones fe- nicia y griega a las que se halla íntima- mente vinculada. A Tartessos corresponden fenóme- nos de gran importancia cultural, como son el origen de la escritura, el desarrollo de una agricultura su- perior y el origen de la ciudad; en definitiva, el de la civilización urbana, con sus implicaciones sociales, políticas, económicas e ideológicas. Por ello, la cuestión de Tartessos ha sido un tema siempre presente en nuestros historiadores y eruditos desde al menos el siglo XVI, especialmente, como es lógico, entre los de origen andaluz. Sin embargo, es-

Los vaivenes

de la leyenda

Esta civilización a la que

conocemos por su sonoro y

famoso nombre griego de

Tartessos es uno de los capítulos

más sugestivos e importantes de

nuestra Historia Antigua, por lo

que durante cuatro siglos ha sido

capaz de generar pasiones

encontradas de muy distinto signo

Cerámica orientalizante del siglo VII a.C., procedente de Lora del Río. Abajo , jarro de bronce tartésico. Se usaba en rituales funerarios del mundo tartésico orientalizante para libaciones u otras funciones rituales. Ambas piezas se hallan en el Museo Arqueológico de Sevilla.

conocimiento de la arqueología protohistórica de la España meridional era francamente pobre.

La revelación de El Carambolo

He aquí pues el nuevo rumbo que habría de seguir la investigación sobre Tartessos: la necesidad de su definición cultural desde un punto de vista material. Se considera que la concienciación de este hecho se produjo a finales de la década de los cincuenta, pe- ro especialmente a raíz del descubrimiento del Teso- ro de El Carambolo (1958) y las consiguientes exca-

vaciones que se desarrolla- ron en este emblemático yacimiento sevillano a car- go de Juan de Mata Carria- zo. Pero el caso es que un grupo de investigadores, entre los que cabría desta- car a Antonio Blanco Frei- jeiro, Juan Maluquer de Motes, Antonio García y Bellido, Emeterio Cuadra- do, Antonio Tovar, Manuel Pellicer y José María Bláz- quez, comenzó desde dis- tintos puntos de vista a definir lo tartésico. Al respecto cobra una especial relevancia la defi- nición de un arte orientalizante que fue posible gra- cias a importantes descubrimientos arqueológicos en Asia Menor y Grecia pero especialmente a partir del estudio de la orfebrería y bronces de Etruria y el La- cio que permitieron definir como tartésicos a sus equivalentes peninsulares, que hasta entonces se habían considerado de importación oriental; el desa- rrollo de las técnicas de excavación, en especial de la estratigrafía, proporcionaron secuencias culturales más fiables, que ayudaron no poco a ir conociendo los materiales cerámicos y a poder contar con crono- logías relativas más seguras, generalizándose los tra- bajos de campo en distintos centros tartésicos y fac- torías fenicias del litoral; los importantes trabajos de Manuel Gómez-Moreno sobre las escrituras ibéricas abrieron el camino al conocimiento de la tartésica. En fin, todas estas iniciativas confluyeron en el Symposio que tuvo lugar en Jerez de la Frontera en 1968, que ponían ciertamente fin a toda una época de investigación y abrían otra nueva más objetiva, empírica y globalizadora, no exenta ni mucho menos de nuevas controversias aunque ya de otra índole, de una civilización clave para la comprensión de los ras- gos culturales de la antigua Iberia.

Para saber más

La bibliografía sobre Tartessos es muy extensa. Pueden consultarse, como obras de conjunto (las más antiguas algo superadas, pero interesantes), los siguientes estudios: J. M. Blázquez, Tartessos y los orígenes de la coloniza- ción fenicia en Occidente , Salamanca, 1975 (2ª. ed.); J. Maluquer, Tartes- sos. La ciudad sin historia , Barcelona, 1970; A. Blanco, Historia de Sevilla , I.1, La ciudad antigua , Sevilla, 1979; M. Bendala, “Tartessos”, en Historia General de España y América , I.1., Madrid, 1985. Reúnen diferentes traba- jos sobre Tartessos, el V Symposium Internacional de Arqueología Peninsu- lar, dedicado a Tartessos y sus problemas (Jerez, 1968), Barcelona, 1969; y el celebrado recientemente para conmemorarlo: Tartessos 25 años des- pués. 1968-1993 , Jerez de la Frontera (1993), 1995. También: Mª. E. Au- bet (ed.), Tartessos. Arqueología protohistórica del bajo Gaudalquivir , Saba- dell, 1989; J. J. Enríquez y A. Velázquez (eds.), La cultura tartésica y Ex- tremadura , Cuadernos Emeritenses, 2, Mérida, 1990. Las fuentes literarias antiguas, aparte de las interesantes pero superadas Fontes Hispaniae Antiquae , están siendo reeditadas y comentadas en la se- rie Testimonia Hispaniae Antiqua , editadas (desde el vol. II) por la Universi- dad Complutense y la Fundación de Estudios Romanos, de Madrid, a partir del año 1994.

Cámara de mampostería de una tumba monumental de la necrópolis tartésica de Setefilla (Lora del Río), excavada por Jorge Bonsor en 1926.

Adolf Schulten (1870-1960), quien había comenza- do a interesarse por Tartessos en 1910, con una in- vestigación promovida por el emperador Guillermo II, que deseaba conocer la ubicación de la Tarshish bí- blica. Para ello, Schulten solicitó la colaboración y asesoramiento de Bonsor. Por otro lado, el interés por Tartessos se revitalizó tras la publicación, en 1909, de El periplo de Hi- milco (siglo VI antes de la Era cristiana), según el po- ema de Rufo Festo Avieno, titulada Ora Maritima. Avieno fue un poeta latino tardío, pero se detectó que había utilizado fuentes más antiguas para su descripción del litoral peninsular. La revisión e interpretación de este texto dio pie para que se tratara de localizar de nuevo la ciudad más antigua de Occidente. Es muy conocido el he- cho de que, tanto Bonsor como Schulten, primero por separado, realizaron prospecciones en la región de la desembocadura del Guadalquivir –donde el Pe- riplo situaba a Tartessos– para después practicar conjuntamente una serie de excavaciones en el Coto de Doñana, que no tuvieron éxito. Bonsor fue el primero que trató de definir arque- ológicamente la civilización tartésica, precisando su cronología, exponiendo su delimitación territorial y su cultura material, así como sus costumbres fune- rarias. Mantuvo la existencia de una cultura indíge- na preexistente en el Valle del Guadalquivir, que se vería influenciada por la colonización fenicia duran- te el Bronce Final, de la que se originaría la civiliza- ción tartésica, que alcanzó su apogeo durante la pri- mera Edad del Hierro y, al final de este período, so- portó las invasiones celta y cartaginesa. La obra de Schulten, por su parte, presentaba Tar- tessos como un gran Estado centralizado, rico y po- deroso, el primer centro cultural de Occidente esta- blecido por una inmigración de tirsenos –uno de los Pueblos del Mar relacionados en las fuentes egip- cias–. Fue una visión filohelénica, contraria a las te- sis semitas, bien acogida por la Revista de Occiden- te –y apoyada personalmente por José Ortega y Gas- set– y muy aceptada en los sectores germanófilos que dominaban por entonces el panorama intelec- tual español. Frente a estas interpretaciones, la tesis de Gó-

mez-Moreno de encontrar las raíces culturales de Tartessos en las primeras culturas metalúrgicas y el fenómeno megalítico andaluz obtuvo eco en el cír- culo de sus colaboradores. Se trataba de otorgar un origen autóctono a la civilización tartésica, hipótesis que representa el precedente de posturas que tienen hoy día alguna vigencia. Tras el fallecimiento de Bonsor en 1930, la in- fluencia de las teorías de Schulten fue aplastante en la arqueología española de la posguerra. Todo ello contribuyó a que la investigación se centrara de nue- vo, como si nada hubiera ocurrido en siglos de in- vestigación, en la localización de la capital de este fabuloso reino. Pero al margen de las investigaciones sobre la ca- pitalidad de Tartessos, basadas en análisis filológico- topográficos y en ideas preconcebidas, se fueron abriendo paso otras que no tenían aún muy en cuen- ta la cultura material conocida o que minusvaloraron el papel del colonialismo fenicio. Tales son los tra- bajos de Antonio García y Bellido Fenicios y Cartagi- neses en Occidente (1942), una obra con gran in- fluencia durante mucho tiempo para el primer caso, o los de Martín Almagro Basch, al estudiar la crono- logía de las últimas etapas de la Edad de Bronce a partir del depósito de armas y otros utensilios de bronce hallados en la ría de Huelva (1940) o al in- terpretar como célticos (1956), tanto los ritos fune- rarios como muchos de los elementos de los ajuares de las necrópolis que Bonsor había excavado en el Bajo Guadalquivir, para el segundo. Si bien estos trabajos tuvieron como fundamento el análisis de materiales arqueológicos, la investiga- ción sobre la civilización tartésica llegó a desvirtuar hasta tal punto la definición de Tartessos que sor- prende la afirmación del profesor Luis Pericot en 1950: “Por desgracia la Arqueología no sirve en ab- soluto para este caso, pues no existe un cultura tar- tésica que haya aparecido en los niveles de excava- ciones”. Es decir, se plantea la necesidad de la defi- nición de Tartessos como cultura arqueológica. Pese a que Bonsor y Luis Siret ya habían iniciado esta lí- nea de investigación, e incluso se habían llevado a cabo excavaciones en un centro tartésico, como era Asta Regia, por Manuel Esteve Guerrero (1942), el

UN ANTICUARIO DEL SIGLO DE ORO

R

odrigo Caro (1573-1647), céle- bre por su Canción a las ruinas de Itálica , nació en Utrera, en una familia oriunda de Carmona, y fue uno de los más distinguidos anticuarios sevilla- nos del Siglo de Oro. Aunque defendió a ultranza a los falsos cronicones de Dextro y Máximo, desarrolló una particular obje- tividad en sus estudios arqueológicos, al considerar los restos de la Antigüedad co- mo inestimables documentos históricos y al tener como preceptiva arqueológica que "quanto importa que los ojos regis-

tren lo que ha de escrivir la pluma". Es- te es uno de los principales valores de su obra más famosa, Antigüedades y Prin- cipado de las Ilustrísima ciudad de Se- villa y Chorographia de su Convento Iuridico o antigua Chancilleria , pues Caro visitó muchos de los lugares que ci- ta, práctica nada habitual en su época, y así pudo enmendar la localización de no pocas poblaciones del Bajo Guadalqui- vir, que amplió años mas tarde en sus Adiciones al libro de las Antigüedades y Principado de Sevilla.