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Asignatura: lengua castellana, Profesor: araceli lopez, Carrera: Comunicación, Universidad: UAX
Tipo: Apuntes
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Este segundo tema versa sobre la norma lingüística. En él trataremos de definir este concepto (que ya empezamos a delimitar en el tema 1, y que, como veremos, posee, en realidad, dos acepciones diferentes), reflexionaremos sobre el término más adecuado para denominarlo y estudiaremos cómo funciona realmente la norma
También trataremos de familiarizarnos con la historia de nuestro idioma (para ver de qué manera se llegó a conformar en él la norma actual) y con los principales instrumentos de normativización con que cuenta actualmente el español: la Real Academia Española de la Lengua y los medios de comunicación.
Prestaremos, asimismo, ya por último, especial atención al andaluz , a su estatus y a las intentonas de abogar por su normalización a las que asistimos periódicamente, con el fin de enfrentarnos a estas cuestiones desde unos conocimientos teóricos fundamentados que ayuden a dar peso a nuestro juicio crítico.
Como se trata de un tema bastante extenso, lo vamos a dividir en dos partes. En esta primera trataremos sobre cómo funciona la norma en la comunicación lingüística y dejaremos para la segunda parte el estudio de su papel en la evolución histórica de las lenguas hacia su constitución como lenguas de cultura.
Desglosados uno por uno, estos son los principales objetivos de esta primera parte del tema 2:
Coseriu, Eugenio (1990), «El español de América y la unidad del idioma», I Simposio de Filología Iberoamericana (Sevilla, 26 al 30 de marzo de 1990). Zaragoza: Libros Pórtico, 43-75.
Demonte Barreto, Violeta (2001), «El español (ab)suelto. Algunos ejemplos del léxico y la gramática», II Congreso Internacional de la Lengua Española. El español de la sociedad de la información [en línea] (http://cvc.cervantes.es/obref/congresos/ valladolid/ponencias/unidad_diversidad_del_espanol/1_la_norma_hispanica/ demonte_v.htm)
López García, Ángel (1995), «La unidad del español: historia y actualidad de un problema», en M. Seco y G. Salvador (coors.), La lengua española hoy. Madrid: Fundación Juan March, 77-85.
Pascual, José Antonio y Emilio Prieto de los Mozos (1998), «Sobre el estándar y la norma», en Conrad Kent y M.ª Dolores de la Calle (eds.): Visiones salmantinas
Como consecuencia de lo primero, y dado que las ciencias naturales no tienen nada que ver con normas prescriptivas sobre el comportamiento de los objetos que estudian, sino que poseen un carácter exclusivamente descriptivo, lo científico se oponía, para muchos autores, no ya al dictado prescriptivo de normas, sino incluso al reconocimiento de la actuación de normas en la comunicación lingüística. De ahí que en vez de sobre normas se haya querido hablar, en la lingüística estructuralista, sobre interrelaciones del sistema, y en la escuela generativista, de principios innatos.
Como consecuencia de lo segundo, del reconocimiento de la variación, se adoptó una actitud relativista de acuerdo con lo cual el lingüista debería limitarse a describir todas las variedades posibles, sin entrar a hacer valoraciones sobre su estatus. Sin embargo, como acabamos de ver, y como adelantamos ya en el tema 1, las valoraciones no son necesariamente impuestas por el lingüística, sino propias de los hablantes. Y, en tal caso, como es natural, el estudio está obligado a explicar tales valoraciones. En efecto, los lingüistas no pueden olvidar que los hablantes rigen su comportamiento por determinadas normas y que ellos mismos valoran unas normas con respecto a otras. Como ya trajimos a colación en el tema 1, tanto la existencia de normas como el hecho de que estas sean siempre plurales y constituyan, en consecuencia, alternativas dotadas de diferentes grados de prestigio, son realidades inherentes al lenguaje (recuérdese a este respecto la cita de Rafael Cano 2009 que reproducíamos en ese tema).
Por más que algunos lingüistas traten de sostener lo contrario, la lingüística no es una ciencia natural con un objeto ahistórico sometido, por tanto, a leyes universales deterministas. Ya hemos visto en el tema 1 que una de las características universales del lenguaje es su historicidad , es decir, el hecho de que el lenguaje existe en forma de lenguas diversas. Por esta razón, es imposible postular leyes universales (por ejemplo gramaticales) que sirvan para todas ellas, ya que cada una posee un sistema diferente (recuérdese la distinción entre nivel universal y nivel histórico que hicimos en el tema 1).
En vez de objetos naturales que obedecen ciegamente determinadas leyes inviolables , como la ley de la gravedad, por ejemplo, los hablantes obedecen , en la construcción de sus discursos, a normas históricas , que, a diferencia de las leyes naturales, son perfectamente violables.
Debido al carácter arbitrario del signo lingüístico (que hemos estudiado en el tema 1), la comunicación lingüística requiere que quienes intervengan en ella hayan aprendido un código , esto es, un conjunto de normas sobre cómo interpretar tales y cuales signos. Así que, para empezar, la existencia de normas está dictada por el tipo de semanticidad propio del lenguaje humano.
Además, como hemos visto también en el tema 1, el lenguaje posee otra característica universal, que hemos llamado, siguiendo a Coseriu, alteridad. Esta característica se refiere al hecho de que el lenguaje es algo compartido con otros , que empleamos siempre de acuerdo, precisamente, con las normas intersubjetivas que compartimos con los hablantes de nuestra misma comunidad lingüística. Y es que, solamente porque nos atenemos a tales normas, es posible el éxito de una comunicación basada en la transmisión de signos arbitrarios.
En español, por ejemplo, hay una norma de acuerdo con la cual la palabra mesa significa, entre otras acepciones posibles, ‘mueble, por lo común de madera, que se compone de una o de varias tablas lisas sostenidas por uno o varios pies, y que sirve para comer, escribir, jugar u otros usos’, y no otra cosa. Este significado es, obviamente, arbitrario, convencional. No hay nada que exija que tales muebles deban recibir el nombre de mesa y no otros como jurre , pola , etc. De hecho, precisamente porque las relaciones entre signos y referentes son arbitrarias, los mismos referentes se denominan en otras lenguas table, Tisch, tavola , etc. Pues bien, si en lugar de atenernos a esta norma sobre el significado de la palabra mesa en español, decidiéramos usar esta misma palabra para designar otros referentes, como ‘botellas’, ‘peces’ o lo que fuera, estaríamos actuando contra la alteridad del lenguaje y no conseguiríamos, de ninguna manera, comunicarnos con los demás, que estarían esperando que nos ciñéramos a la norma común, y no a otra inventada, es decir, estarían esperando que respetáramos la sistematicidad del lenguaje.
Acabamos de ver cómo rechazar el estudio de la norma por parte de la lingüística sería completamente absurdo, puesto que equivaldría a tratar de estudiar el lenguaje como algo que no es, en desacuerdo con rasgos que definen lo que sí es, como la semanticidad arbitraria, la historicidad y la alteridad, que hemos visto que son condiciones sine qua non para la existencia del fenómeno lingüístico.
Además, tampoco tiene sentido renunciar a toda valoración sobre las diferentes modalidades lingüísticas. Claro que estas valoraciones no han de ser impuestas por los lingüistas o los gramáticos normativos, sino que más bien se trata de describir las valoraciones que efectivamente operan en el comportamiento comunicativo de los
En la tradición gramatical española, hay, sin embargo, una excepción a este panorama general de reconocimiento de que la descripción gramatical entraña la propuesta de normas. En el Esbozo de una nueva gramática de la lengua española , publicado por la RAE en 1973, se afirma explícitamente que se trata de una obra sin carácter normativo, pero no por voluntad de cientificismo, sino…
«Por su carácter de simple proyecto, el presente Esbozo carece de toda validez normativa».
Conclusión : De acuerdo con estos argumentos, se comprenderá que la perspectiva de esta asignatura no puede ser otra que la de combinar descripción y prescripción , pero no desde una actitud normativista , sino debido al hecho de que las normas que se aconsejen serán , precisamente, las que los propios hablantes cultos juzgan como más apropiadas para la distancia comunicativa en la que se mueven los profesionales de la información y los medios de comunicación.
Para entender mejor por qué es imposible describir de manera adecuada cómo funciona la comunicación lingüística sin tener en cuenta el concepto de norma , es necesario constatar la existencia de dos acepciones diferentes de este término.
En latín, norma hacía referencia, en un principio, a la ‘escuadra usada por los artífices para arreglar y ajustar los maderos, piedras y otras cosas’.
De ahí pasó a denominar también ‘la justeza con la que deben encajar las piezas’.
Y, en tercer lugar, la ‘regla sobre la manera como se debe hacer o está establecido que se haga cierta cosa’.
De estos significados procede el uso de norma como sinónimo de canon, modelo, guía, ejemplo.
En lingüística, este uso de norma equivale a la norma de corrección o norma prescriptiva : ‘modelo idiomático con respecto al cual debe ajustarse la conducta lingüística de los hablantes instruidos’ = canon lingüístico , ejemplaridad idiomática.
devenido costumbre , a lo que es: normal en determinadas comunidades, grupos sociales o situaciones de comunicación. En esta acepción, el término procede de la palabra normal , préstamo del francés no documentado hasta el s. XIX, en el sentido de ‘lo que se tiene como corriente, ordinario y usual’.
En lingüística se establece, como tecnicismo, con la etiqueta de norma consuetudinaria = tecnicismo acuñado por Coseriu en un artículo de 1952, titulado “Sistema, norma y habla”
Esta otra norma sería hábito, tradición idiomática. Designa, por tanto, a todo hecho lingüístico que, pese a ser constante, es extrafuncional o asistemático. Se trata, por tanto, de un concepto relativo entre la abstracción del sistema (la lengua como una red o estructura de elementos relacionados por oposición) y la concreción del habla (de acuerdo con el esquema y la terminología de niveles de análisis de las lenguas como constructos históricos que ya vimos en el tema1).
Ahora bien, ¿cómo funcionan esta norma consuetudinaria y el sistema en los actos lingüísticos concretos? La siguiente cita, en la que
lo explica de una manera muy clara:
«En los actos concretos del individuo, junto a lo anecdótico y personal , ha de estar implicado lo distintivo y funcional , es decir, el sistema , so pena de caer en la incomunicación. Pero también ha de estar implicado en ellos lo regular y lo constante , la norma , so pena de que el hablante quede comunicado, pero desarraigado de su comunidad ( la norma es el aspecto más evidente del peso de lo social en el lenguaje ). Precisamente por esto, no es la lengua como sistema la que constriñe la actuación individual, sino la norma (Coseriu), en cuanto que es hábito colectivo hecho tradición idiomática (pero que el hablante no siempre conoce en su totalidad). El sistema de Coseriu es un sistema de posibilidades abierto a la función comunicativa (y opera en la conciencia del individuo: de hecho, según Coseriu, cuando el hablante no conoce la norma se guía por el sistema, es el fenómeno de la analogía). El sistema “vigila” que se mantengan las distinciones comunicativas y hace posible que las torsiones creadoras del individuo, despegadas de toda norma, sigan comunicando» (Méndez 1999, “La norma idiomática del español: visión histórica”, Philologia Hispalensis, XIII, 109-132).
nos enfrentamos a cualquier discurso. Normalmente, además de con respecto a su concordancia o no con respecto a una determinada norma (del nivel histórico), también emitimos valoraciones que tienen que ver, por una parte, con principios universales del lenguaje y, por otra, con aspectos del tipo de discurso en particular o de la situación en concreto en que nos hallemos.
Así pues, para ofrecer una imagen completa de la evaluación de un enunciado o hecho de habla es preciso recuperar la distinción que ya establecimos en el tema 1 entre los niveles universal, histórico y actual del lenguaje, que en el apartado siguiente asociaremos con los distintos tipos de saberes que conforman la competencia de los hablantes.
En el tema 1, hemos visto que resulta muy útil, a la hora de organizar la complejidad del lenguaje, distinguir, siguiendo a Coseriu, tres niveles de análisis diferentes:
De acuerdo con estos tres distintos niveles de análisis del lenguaje propuestos por Coseriu, es posible distinguir también distintos tipos de saberes correspondientes, en los que cabe articular la competencia del hablante. Cada uno de estos saberes comprende distintos tipos de facultades que ha de dominar cada hablante competente:
La buena o mala puesta en práctica de tales saberes por parte de un hablante solamente se puede juzgar en sus actuaciones particulares. Es decir, a la hora de evaluar un determinado enunciado, no tenemos en cuenta únicamente su corrección (o nivel de adecuación con respecto a la norma que trata de realizar), sino también otros aspectos, relacionados con competencias universales o discursivas.
Veámoslo en la siguiente tabla:
Con la ayuda de algunos ejemplos, que tomamos prestados –como también la propuesta teórica– de Coseriu, se verá más claro qué tipo de juicio emitimos en relación con cada uno de estos saberes.
A primera vista, un enunciado como Las cinco vocales del español son cuatro: a, e y u nos resulta extraño. Averigüemos por qué. Si lo observamos más de cerca, vemos que, en realidad, no incurre en ninguna incorrección idiomática. La palabra vocal es
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femenino en español y concuerda en femenino con el determinante plural las. El verbo ser está correctamente conjugado en plural. El orden de palabras, la puntuación, el uso de las mayúsculas y las tildes son correctos. Entonces, ¿qué falla? Pues que de acuerdo con nuestro conocimiento del mundo cinco cosas no pueden equivaler nunca a cuatro y cuatro cosas no se pueden enumerar únicamente mediante tres elementos. Así pues, el problema de este enunciado, sus defectos de construcción, no tienen que ver con lo lingüístico, sino con lo elocucional: se trata de un enunciado que resulta incongruente cuando se lo evalúa desde el punto de vista del nivel universal del hablar.
Sí habría habido incorrecciones idiomáticas si hubiéramos escrito Los cinco vocales están cuatros , por ejemplo. En ese caso, habríamos emitido un enunciado tanto incongruente como incorrecto.
En cuanto a los juicios de valor que tienen que ver con el nivel del discurso, es posible construir enunciados que respeten o que infrinjan tres aspectos distintos: la adecuación con respecto al referente, la conveniencia con respecto a los interlocutores y la oportunidad con respecto al momento. Veamos un ejemplo de infracción de cada uno de estos aspectos.
Si vamos de copilotos en un coche y le decimos al conductor: en la próxima intersección que sea número primo gira hacia el lado contrario al que deberías girar cuando quieres entrar en una rotonda en Escocia, no parece que estemos emitiendo un enunciado adecuado con respecto al referente, ¿verdad?, en este caso proporcionar unas indicaciones lo más claras posibles de una determinada dirección (aunque sí sería adecuado emplear esa designación si estuviéramos implicados un determinado pasatiempos o juego de inteligencia).
Un ejemplo de enunciado inconveniente con respecto a los interlocutores puede ser interpelar de la siguiente manera a una profesora de Universidad: Illa, perdona que ayer no viniera a casa, pero es que me quedé encerrao por dentro en el keli.
Por último, un ejemplo de enunciado inoportuno con respecto al momento del habla podría ser formular la siguiente pregunta delante de unos niños de cuatro y cinco años, aunque dirigida a otro adulto: ¿Has metido ya debajo de la cama el regalo del ratoncito Pérez?
En honor a la verdad, a los juicios de congruencia/incongruencia , corrección/ incorrección y adecuación/inadecuación (relacionados todos ellos exclusivamente con el componente social del lenguaje), los juicios de suficiencia o insuficiencia que tienen que ver con el componente biológico. La siguiente tabla muestra ya el panorama completo:
Segunda confusión común
Por lo general, en la lengua cotidiana, los términos correcto/incorrecto se emplean para evaluar, exclusivamente, si un determinado enunciado se ajusta o no a la norma prescriptiva. Por ello se tiende a pensar que hay únicamente una pauta de corrección posible. Sin embargo, esto no es así.
En efecto, si tenemos en mente el modelo de la cadena variacional que vimos al final del tema 1, recordaremos cómo en situaciones informales, de máxima inmediatez comunicativa, lo esperable es que los hablantes dejen aflorar sus rasgos diatópicos más fuertes, algunos rasgos diastráticos carentes de prestigio y los rasgos diafásicos más característicos de la lengua coloquial. En tales situaciones, algunos hablantes de modalidades dialectales distintas a la que se emplea comúnmente en el lugar en que se desarrolla una determinada
interacción (por ejemplo, un hablante asturiano que está de vacaciones en Málaga), tratan de imitar la modalidad dialectal de ese lugar (la modalidad andaluza de Málaga) y, normalmente, no suelen ser capaces de realizar correctamente las normas de esa modalidad. En este caso, los enunciados de nuestro hablante asturiano serían incorrectos con respecto a la norma que trata de seguir, que en este caso sería la andaluza.
Otro ejemplo: pensemos en una persona de más de 50 años que tratara de hablar de acuerdo con la norma del la modalidad juvenil del español peninsular de hoy en día pero que incurriera en continuas infracciones con respecto a tal norma. Los enunciados
de esa persona serían, en ese caso, incorrectos con respecto a la norma juvenil que estuviera tratando de realizar.
A diferencia de lo correcto, lo ejemplar no es una propiedad de los discursos, sino de las técnicas históricas del hablar, en concreto, de alguna de las normas que conforman una determinada lengua. Un juicio de ejemplaridad no es, por tanto, una evaluación de un enunciado particular, sino una comprobación de índole histórica que trata de averiguar, en un estado de lengua sincrónico determinado, qué modalidad constituye la norma ejemplar, esto es, qué norma es considerada por los hablantes como modelo de prestigio para la distancia comunicativa.
Dado que se trata del modelo de prestigio para la distancia comunicativa, lo ejemplar constituye la pauta de corrección solo para los discursos que pretenden realizar esa técnica, no para los demás, que poseen otros criterios de corrección diferentes, dependiendo de la norma que traten de realizar.
Una vez que hemos establecido la distinción entre lo correcto y lo ejemplar y que ha quedado claro
podremos entender mejor por qué dos ideologías lingüísticas enemigas, como la postura excesivamente conservadora y la postura
excesivamente tolerante, están equivocadas.
i. La ideología lingüística conservadora o purista se caracteriza por una defensa de la unidad idiomática estricta. Sus partidarios abogan por una reducción de lo correcto a lo ejemplar, de manera que exista un único criterio de corrección para todas las actuaciones lingüísticas.
ejemplar, sino que consideran todos los usos igualmente correctos):
Sin embargo, como hemos visto al principio de este tema (y como vimos también en el tema 1), las valoraciones lingüísticas no proceden de los lingüistas, sino de los propios hablantes, por lo que pretender que todo uso va a ser juzgado de la misma forma, independientemente del prestigio que le confiera la sociedad, constituye también una quimera.
Por otra parte, sería necesario que los liberales o tolerantes admitieran la utilidad de la norma ejemplar en relación con
Una lengua histórica no es una realidad homogénea. Si deseamos estudiar sistemas homogéneos, hemos de dividir el diasistema lingüístico en variedades sintópicas, sinstráticas y sinfásicas (es decir, en normas de zonas geográficas relativamente homogéneas, normas de grupos sociales relativamente homogéneos y normas propias de situaciones de comunicación relativamente homogéneas). Pero en este caso ya no estaríamos ante lenguas reales, sino ante lenguas funcionales , constructos homogéneos a los que metodológicamente conviene reducir la heterogeneidad lingüística para su estudio.
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De acuerdo con esto, aunque lengua y dialecto suelen presentarse como realidades enfrentadas, en una relación que podríamos representar gráficamente de la siguiente manera:
lo cierto es que los dialectos no se enfrentan a las lenguas , no tienen con ellas una relación excluyente, sino que necesariamente están contenidos en las lenguas. Ya vimos que una lengua está formada por un sistema o conjunto de reglas nucleares esenciales, que se llevan a cabo mediante convenciones normales o habituales en ciertas zonas (normas dialectales o variedades diatópicas, es decir, dialectos), en ciertos grupos sociales (normas o variedades diastráticas) y en ciertas situaciones (normas o variedades situacionales):
Y, en el uso, tal como explica el modelo de la cadena variacional que ya hemos estudiado, lo que se oponen no son la lengua por una parte y los dialectos por otra, sino la norma ejemplar de la lengua (que no equivale, obviamente, a la totalidad de la lengua) frente al resto de normas (diatópicas, diastráticas o diafásicas) que no son modélicas para la distancia comunicativa.
En relación con la variación diatópica, la norma ejemplar sería una especie de norma común o modo de hablar supra-dialectal. Por lo general, que una modalidad lingüística tenga o no estatus de lengua depende, precisamente, entre otras cosas, de que posea una norma ejemplar, pero esa norma ejemplar NUNCA constituye la totalidad de la lengua:
LENGUA : «Sistema de comunicación y expresión verbal propio de un pueblo o nación, o común a varios». «Sistema lingüístico que se caracteriza por estar plenamente definido, por poseer un alto grado de nivelación, por ser vehículo de una cultura diferenciada y, en ocasiones, por haberse impuesto a otros sistemas lingüísticos» (DRAE).
Como podemos observar, la definición de lengua del DRAE destaca:
i. La posesión de un sistema lingüístico diferenciado y un alto grado de nivelación, es decir, el hecho de que una lengua posee normas establecidas mediante gramáticas, ortografías y difundidas mediante la enseñanza y los medios comunicación.
ii. Su imposición en la diacronía (es decir, en el transcurso del tiempo), frente a otros sistemas (como veremos más adelante que fue el caso del castellano en su conversión a español).
su origen es simultáneo al del dialecto que más tarde devino fuente de la nueva norma ejemplar, se denominan dialectos primarios o dialectos históricos:
DIALECTOS HISTÓRICOS : nombre que reciben los dialectos del latín que no han llegado a alcanzar la categoría de lenguas: aragonés y leonés. Las circunstancias sociopolíticas y culturales les impidieron alcanzar un uso culto que les diera categoría de lengua, porque los núcleos históricos (Aragón, León) que hubieran podido afianzarlos perdieron poder y sus variedades fueron quedando reducidas al ámbito campesino y retrocedieron frente al castellano, que desempeñó el papel de lengua culta.
Para diferenciarlos de los anteriores, se llaman dialectos secundarios del español los dialectos surgidos, secundariamente, una vez implantado el castellano como lengua común:
DIALECTOS SECUNDARIOS : dialectos no derivados directamente del latín, sino del castellano: andaluz, canario, murciano, ¿español de América?
Hasta aquí hemos estado manejando el término de norma ejemplar para hacer referencia al modelo de lengua (a la vez prescriptiva y consuetudinaria) que sirve de referencia para los discursos propios de la distancia comunicativa y que funciona como variedad supra-dialectal por encima de las variedades diatópicas que comprende una misma lengua histórica.
Otras denominaciones posibles habrían sido lengua oficial, lengua nacional, lengua común o estándar.
En todos estos sintagmas el primer problema es, sin duda, el sustantivo lengua , porque da la impresión de que, efectivamente, la variedad ejemplar constituye la totalidad de la lengua, que es algo que ya hemos dicho que conviene evitar pensar, puesto que las lenguas son, necesariamente, conjuntos de diferentes variedades. Con todo, aun sustituyendo el sustantivo lengua por los marbetes norma o variedad , algunos adjetivos como oficial , nacional o común siguen resultando problemáticos. Vamos a ver, entonces, por qué habría que descartar la mayoría de ellos como sinónimos válidos de ejemplar , y por qué solamente conviene considerar, como tal sinónimo, el término estándar.
Lengua oficial es un término ambiguo, y, por tanto, inapropiado. Puede hacer referencia a dos realidades diferentes:
Lengua oficial 1 : lengua por la que se rige la vida pública y administrativa de un pueblo, lengua en la que se redactan y promulgan las leyes que regulan la vida de un Estado.
En este sentido,
«Es oficial una lengua, independientemente de su realidad y peso como lengua social, cuando es reconocida por los poderes públicos como medio normal de comunicación en y entre ellos y en su relación con los sujetos privados con plena validez y efectos jurídicos» (Sentencia del Tribunal Constitucional citada por F. González Ollé, “El largo camino hacia la oficialidad del español en España”, La lengua española, hoy, Madrid, Fundación Juan March, 1995, págs. 39-61).
Pero otra posible acepción del término, en la que subrayo la palabra estilo para llamar la atención sobre el hecho de que tal “lengua” no equivale a la totalidad de un sistema o diasistema lingüístico, sino que se trata únicamente de una de sus formas o normas posibles, es la siguiente:
Lengua oficial2: estilo de lengua de la administración y la vida política y jurídica; aparece en todos los textos redactados por distintas fuentes con carácter oficial a veces se filtra a la prensa En este sentido, podríamos decir que el siguiente recorte de prensa presenta, precisamente, una filtración de este estilo administrativo:
En el primer sentido del término, quizá podríamos pensar que se está haciendo referencia al modelo propio de la distancia comunicativa (puesto que se alude a la “vida pública”) y admitir, por tanto, la sinonimia de oficial y ejemplar. Sin embargo, en absoluto debemos confundir lo ejemplar con el estilo administrativo al que remite la segunda acepción. Así pues, para evitar esta posible confusión, es mejor descartar este término como posible nombre de la norma ideal o modélica para la distancia. El término oficial podría inducir a pensar, además, que es necesaria una sanción gubernamental de algún tipo para disfrutar de una norma ejemplar. Y este, como veremos más adelante, no tiene por qué ser siempre el caso.
La siguiente tabla resume las ventajas y los inconvenientes que presenta el uso del término nacional como sinónimo de ejemplar :
Es cierto que la norma ejemplar es la única norma común a toda la comunidad lingüística, porque, como hemos dicho, neutraliza los rasgos diastráticos y diatópicos.
Sin embargo, aunque es común en la función que le es propia, no lo es en su disponibilidad y acceso por parte de todos los hablantes. Que la norma ejemplar sea una norma accesible a todos los hablantes es más bien una pretensión que una realidad. Se trata, en efecto, únicamente de un desiderátum , en la medida en que no todos los hablantes llegan a desarrollar la competencia lingüística necesaria como para dominar el estándar en toda su plenitud, aunque ese es precisamente uno de los objetivos principales de la enseñanza obligatoria.