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Tema 5 DERECHOS HUMANOS. ugr. Curso 1
Tipo: Resúmenes
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El filósofo ilustrado Immanuel Kant escribió un elocuente alegato en defensa de la paz mundial. Su artículo, titulado La paz perpetua , resultó tan inspirador que se considera uno de los precedentes intelectuales del reconocimiento internacional de los derechos humanos. Vamos a reflexionar sobre algunas de las ideas más interesantes expuestas en este texto. El texto de Kant Kant rechaza la existencia de los ejércitos permanentes , pues introducen una constante sensación de amenaza en los demás Estados y además generan la tentación de una carrera armamentística. Kant rechaza también que los poderosos puedan mandar a otras personas que vayan a la guerra a cambio de un sueldo, le resulta una tremenda instrumentalización de los seres humanos. Más adelante añade, en este mismo sentido, que la Constitución debe establecer como requisito el consentimiento de la ciudadanía para declarar una guerra, porque es la ciudadanía la que va a morir en ella y la que va a vivir todo el dolor y la pobreza que conlleva. Para un poderoso, en cambio, "la guerra no perturba en lo más mínimo su vida regalada", "la guerra, para él, es una especie de diversión". También rechaza el imperialismo que motiva muchas guerras, que responden al interés de un Estado de inmiscuirse por la fuerza en el gobierno de otro, violando los derechos de un pueblo libre e independiente. Una vez que la guerra ya ha comenzado, Kant rechaza terminantemente, que los Estados lleguen hasta un punto que haga imposible la paz futura, " una guerra de exterminio, que llevaría consigo el aniquilamiento de las dos partes y la anulación de todo derecho, haría imposible una paz perpetua, como no fuese la paz del cementerio de todo el género humano. ( .. .) Semejante guerra debe quedar, pues, absolutamente prohibida, y prohibido también, por tanto, el uso de los medios que a ella conducen". Kant parece profetizar con estas palabras el terrible uso de la bomba atómica. Para alcanzar la paz permanente, Kant propone que todos los Estados firmen "una especie de Constitución " y que funden "una Sociedad de Naciones", que sin embargo, no hay que confundir con un Estado mundial. El filósofo se opone a la idea de que un Estado se transforme en un imperio mundial por que “ un despotismo sin alma aniquila primero todos los gérmenes del bien y acaba, por último, en el caos”. Por suerte, aunque los poderosos suelen aspirar a conquistar el mundo e imponer su “paz”, esto es en la práctica muy complicado porque existen distintos idiomas y distintas religiones. Estas diferencias suelen dar lugar a odio y a divisiones, pero con la cultura y la progresiva unión entre las personas gracias a principios comunes, las diferencias servirán para alentar el equilibrio en el poder y la competencia inspiradora propia de las inteligencias de paz.
La idea de Kant se opone a un mundo dominado por un estado gendarme, porque la única autoridad en esa unión federativa de estados debe ser dicho derecho de gentes ( derecho universal) y no la ley del más fuerte. En ese mundo de paz las personas podrían moverse por el mundo, gracias a un derecho a la ciudadanía mundial, “fundase este derecho en la común posesión de la superficie de la Tierra”, “ deben tolerar mutuamente su presencia, ya que originalmente nadie tiene mejor derecho que otro a estar en determinado lugar del planeta”. Kant considera que este derecho público de la humanidad no es una fantasía jurídica, sino algo que viene exigido por la relación cada vez más estrecha que ha ido estableciéndose entre todos los pueblos de la tierra, hasta el punto de que una violación del derecho cometida en un lugar, tiene efectos en todo s los demás. El derecho de la humanidad nos permite abrigar "la esperanza de una continua aproximación al estado pacífico". El filósofo critica la imagen idealizada del "valor del guerrero" que se ha construido en muchas culturas y épocas, "se han hecho guerras con el exclusivo objeto de mostrar ese valor. "Se ha dado a la guerra misma una dignidad interior", y hasta ha habido filósofos que la han elogiado como una honra de la Humanidad". Lejos de ser algo de lo que enorgullecernos, la guerra no solo mata, sino que además nos hace peores personas. El filósofo destaca que el deseo de comerciar puede ser un freno para las guerras. A veces los intereses económicos conducen a los políticos a fomentar la paz con negociaciones, aunque en realidad la paz no les importe. Las alianzas comerciales son más duraderas que las que se forman expresamente para la guerra. Así, curiosamente, la codicia de las personas puede contribuir al logro de la paz permanente. "Desde luego, esa garantía no es bastante para poder vaticinar con teórica seguridad el porvenir; pero en sentido práctico, moral, es suficiente para obligarnos a trabajar todos por conseguir ese fin, que no es una mera ilusión". Kant critica a los políticos que presumen de ser "prácticos" y dicen que la moral es solo "teoría " y que la naturaleza de las personas es egoísta, de modo que la paz es imposible. El "práctico" nos dirá que alguien que tiene poder no va a dejar que nadie le imponga leyes. Y, por lo mismo, un Estado no se someterá a ninguna autoridad externa en sus relaciones con los demás Estados. El "práctico" dirá que, si una parte del mundo se siente más poderosa que otra, no dejará de agrandar su poder a costa de expoliar y dominar a la otra. De acuerdo con esta visión "práctica" , todos los planes para desarrollar un derecho internacional o una ciudadanía mundial no son más que ideales vacuos. Según Kant, los políticos que creen que actuar de forma ética es una cosa de idealistas, son los que atentan contra la "justicia y hacen imposible toda mejora y progreso". Estos hábiles políticos presumen de pragmatismo, pero en realidad solo tienen sus técnicas de negocios y su poder fáctico (y no les durará siempre). Están muy dispuestos a sacrificar a la ciudadanía y a pensar solo en su propio beneficio: serían capaces de sacrificar al mundo entero. Hay que reconocerles que son "como verdaderos juristas" (Kant matiza que no se refiere a los legisladores que desean hacer un derecho mejor), son meros aplicadores irreflexivos de normas que han ascendido a políticos. Creen que su misión no es "la de meditar sobre legislación, sino la de cumplir los mandatos actuales de la ley: toda
Para que podamos hablar de un derecho de gentes (derecho internacional público) es necesario que exista una entidad que pueda hacer efectivo realmente ese derecho. "Es un deber, y al mismo tiempo una esperanza, que contribuyamos todos a realizar un Estado de Derecho público Universal, aunque sólo sea en aproximación progresiva, la idea de la «paz perpetua»". "No es una fantasía vana, sino un problema que hay que ir resolviendo poco a poco, acercándonos con la mayor rapidez a este fin, ya que el movimiento del progreso será en el futuro más rápido y eficaz que en el pasado". La actualidad de la Paz Perpetua Las temáticas expuestas en el texto de Kant resultan de plena actualidad. Vamos a concluir este epígrafe con unas reflexiones de Martha Nussbaum en su libro Las fronteras de la justicia sobre estos mismos temas que Kant introduce, pero en relación con el contexto actual. Nussbaum señala que hoy en día no es sostenible la idea de que los Estados son entes autosuficientes y aislados, cerrados a las demás sociedades. Por eso esa visión del derecho centrada en el Estado, que procede del contractualismo liberal (Kant va más allá del pensamiento de su tiempo), no responde adecuadamente al mundo actual , con estructuras como la Unión Europea, que tiene gran influencia sobre las decisiones internas de los Estados, con un mercado globalizado que teje complejas interdependencias, así como con un medio ambiente cuyo cuidado debe realizarse conjuntamente, dado que los problemas cruzan las fronteras. En un mundo como el descrito, los derechos no pueden ser solo fruto del Estado. Sin una fortísima acción internacional no es posible hablar en serio de derechos, pues desde el Estado no cabe una redistribución económica mundial. Además, el derecho estatal se encuentra inerme ante el avance de la globalización económica, que logra pasar por encima de los derechos. Nussbaum destaca lo equivocadas que están las posiciones que sostienen que los Estados pobres o má s afectados por las crisis son culpables de su propia situación. Hemos oído este tipo de argumentos en relación con Grecia o con España durante esta recesión. Han dicho que no hemos sido muy ahorrativos, que hemos despilfarrado y vivido por encima de nuestras posibilidades. Este tipo de argumentos no son algo nuevo: han sido esgrimidos contra todos los países empobrecidos. Son argumentos erróneos porque parecen ignorar el funcionamiento de la economía global, la deuda externa y el fenómeno del colonialismo , también se ignora el impacto negativo que tienen las empresas multinacionales sobre los países más pobres. La economía global está tan interrelacionada que no se puede responsabilizar en exclusiva a un país de su situación económica. Es obvio que hoy vivimos en un mundo globalizado que requiere un derecho global. El desarrollo internacional de los derechos humanos tiene capacidad de influir sobre el reconocimiento interno de los derechos. Hoy en día muchos países del mundo tienen gobiernos que no representan los intereses de su población. Incluso aunque el gobierno de un país no sea una tiranía, es posible que muchos segmentos de su población (como las mujeres o las minorías raciales) estén totalmente excluidos del gobierno. Frente a este
panorama, la población busca en las relaciones internacionales ayuda para derrocar a un régimen injusto, o para obtener la plena inclusión. Las mujeres, por ejemplo, recurren muchas veces a las agencias y acuerdos internacionales para promover reformas internas. En este sentido, entidades como la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y muchas otras son instrumentos importantes para que la ciudadanía de los diferentes Estados pueda luchar por sus derechos. La autora precisa que los países más poderosos no deben actuar como amos del derecho internacional. En el mundo actual hay Estados con escasísima autonomía y hay otros muy poderosos, que actúan como llaneros solitarios de las fronteras. En el caso de los Estados más pobres, las políticas económicas del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, los acuerdos comerciales internacionales, y en general el orden económico global, tienen una influencia decisiva sobre sus niveles de bienestar. Nussbaum enfatiza que en "la filosofía de los derechos humanos universales" son las personas las que están en el centro y no los intereses de los Estados. En este sentido, la "filosofía de los derechos humanos" va más allá de la extensión del paradigma contractualista según la cual los Estados equivalen a los individuos que firman un contrato social. El sujeto mundial de la justicia son las personas y no los Estados, somos las personas quienes sentimos dolor y placer en nuestros cuerpos y quienes necesitamos comer. Según la autora, tampoco las ideas de pueblo o de nación ocupan el centro de la noción de los derechos universales. Un pueblo es, según Rawls , un ente en el que se dan simpatías comunes que no tienen porqué implicar una lengua y una historia en común. Para Rawls hay un pueblo cuando a esas simpatías se añade la voluntad de permanecer en unión. Nussbaum considera que las simpatías comunes pueden ser más fuertes entre las mujeres de todo el mundo que las que puedan tener las mujeres con los hombres en los países donde existe un machismo feroz. De hecho, en opinión de la autora, es más probable que surja el resentimiento y la falta de simpatía mutua entre personas que viven cerca y en condiciones de desigualdad que entre personas que viven a gran distancia y raramente se ven. Los derechos humanos universales se centran en los seres humanos por encima de los intereses de los pueblos de los que forman parte. Sin embargo para la "filosofía de los derechos humanos", los Estados sí son relevantes. Es decir, aunque la justicia debe tener como sujeto a las personas de todo el mundo, Nussbaum sostiene que existe un deber moral de abstenerse de intervenir en otros países. Este deber se asienta en el desprecio a la dominación colonial y el reconocimiento a la importancia del Estado como expresión de la autonomía humana, allá donde su organización responda mínimamente ante su ciudadanía. Así, la tradición de derecho natural, que vinculaba los derechos internacionales a los individuos, reconocía no obstante la importancia del Estado como manifestación de la autonomía moral de las personas. Grocio consideró que la capacidad de unirnos a otras personas para darnos leyes es un aspecto fundamental de la libertad humana. Hoy por hoy, los Estados son las instituciones más poderosas que están controladas por su ciudadanía. Las organizaciones de ámbito superior, incluso la Unión Europea, presentan serios problemas en su aspecto democrático. Este deber de respeto ha de compatibilizarse con la promoción de los derechos humanos en el mundo, aplicándose la vía de la negociación salvo en casos extremos. Estados Unidos, comenta la autora, recibe fuertes críticas internacionales por su reconocimiento de
mundial de la riqueza y han de existir poderes coercitivos a nivel mundial compatibles con la soberanía y libertad de los Estados. Se ha de avanzar hacia un Tribunal Penal internacional más poderoso que se enfrente a las violaciones graves de derechos humanos, necesitamos mecanismos efectivos para garantizar la protección del medio ambiente, regulaciones del comercio global que frenen los desmanes de la globalización, regulación laboral mundial con un sistema efectivo de sanciones , una fiscalidad global que permita la transferencia de riqueza, y una amplia variedad de normas internacionales, acordadas por los Estados e incorporadas a sus sistemas de derecho nacional por medio de la acción judicial y legislativa.
¿Qué derecho tenemos a impedirles entrar? Peter Singer, en su libro Ética práctica, en el capítulo "Los de dentro y los de fuera", nos invita a reflexionar acerca de los derechos de las personas refugiadas y también acerca de las migraciones y de la existencia de las fronteras. Singer nos sitúa en un futuro postapocalíptico en el que el mundo está enfrentándose al daño causado por una guerra nuclear muy reciente. En ese futuro hipotético la radioactividad causará la muerte o importantes problemas de salud a las personas que no vivan en un refugio nuclear. Expone el autor: "los afortunados, por supuesto, son los que fueron lo suficientemente precavidos como para comprar una participación en los refugios nucleares construidos por los especuladores inmobiliarios cuando la tensión internacional comenzó a subir. La mayoría de estos refugios fueron diseñados como pueblos subterráneos, cada uno de los cuales podía alojar a 10000 personas y satisfacer sus necesidades durante veinte años. (.. .) cuentan con sofisticados sistemas de seguridad que les permiten dejar entrar en el refugio a cualquier persona que elijan , dejando fuera al resto". "Los miembros de uno de estos refugios han recibido con gran alegría la noticia de que no será necesario que permanezcan en los refugios mucho más de ocho años. Sin embargo, la noticia también ha provocado las primeras fricciones serias entre ellos: ya que en la entrada que conduce hasta el pueblo, hay miles de personas que no invirtieron en un refugio. Se puede ver y oír a estas personas, a través de cámaras de televisión instaladas en la entrada. Suplican que les dejen entrar ya que saben que si pueden entrar en un refugio con rapidez, conseguirán escapar a la mayoría de las consecuencias causadas por la exposición a la radiación. Al tener que durar sólo ocho años, las provisiones podrán mantener a más del doble de la población actual del refugio” Singer explica que el refugio cuenta con pistas de tenis, piscinas y un gran gimnasio Y señala que, si todos hicieran aerobic en el salón de su casa, podría ofrecerse un lugar donde dormir a aquellos a los que se puede alimentar repartiendo las provisiones. Tras describir esta situación hipotética, el autor expone varias posiciones en liza: Los que se autodenominan "corazones sensibles" (tildados de "extremistas") proponen que el refugio admita a otras diez mil personas, tantas como sea razonablemente posible alimentar y alojar hasta que sea seguro salir, lo cual significaría abandonar todo lujo en
cuanto a la comida y las instalaciones. Los partidarios de esta posición indican que el destino de los que se queden fuera será mucho peor. Los que se oponen a la entrada argumentan que las personas de fuera son de una clase inferior, ya que, o no fueron lo suficientemente previsores, o no eran lo suficientemente ricos para invertir en un refugio; por esta razón consideran que provocarán problemas en el refugio, siendo una carga para los servicios públicos y causando un aumento de la delincuencia. Hay otro pequeño grupo que apoya a los que se oponen a la entrada de los de fuera con el argumento de que permitir la entrada sería injusto para los que han pagado su participación en el refugio. Los opositores a la entrada son pocos, pero cuentan con mucho apoyo por parte de numerosas personas que sólo señalan que les gusta mucho jugar al tenis y nadar y no quieren dejar de hacerlo. Hay un tercer grupo, autodenominado "moderados", que defiende que, como acto excepcional de caridad y benevolencia, podría dejarse entrar a algunos (unos 500), pero no a tantos como para que la calidad de vida del refugio cambie de forma significativa. Proponen convertir una cuarta parte de las pistas de tenis en dormitorios, y ceder un pequeño espacio público abierto que de todas formas no ha tenido mucho uso. Admitir a ese pequeño grupo demostraría que el pueblo no es insensible a las desgracias de los desafortunados del mundo. Singer concluye el relato con la siguiente pregunta: "Se celebra un referéndum y hay tres propuestas: dejar entrar a 10.000; dejar entrar a 500 y no dejar entrar a nadie. ¿Por cuál de ellas votarías?" Tras presentarnos este relato de ficción, el filósofo nos conduce al mundo actual, con sus más de 15 millones de refugiados que, casi en su totalidad, se encuentran acogidos temporalmente por los países más pobres del mundo. Singer recuerda que el artículo 14 de la Declaración de Derechos Humanos de las Naciones Unidas de 1948, “En caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país”. Este artículo se diseñó para solucionar los desplazamientos causados por la Segunda Guerra Mundial por motivos de raza, religión, nacionalidad u opinión política, pero está muy lejos de aplicarse de manera efectiva hoy en día. De acuerdo con el estatuto de los refugiados de 1951 una persona refugiada es la que se encuentra fuera del país de su nacionalidad debido al fundado temor de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas. Singer señala que en nuestro tiempo se ha popularizado la distinción entre "refugiados reales" y "refugiados económicos" y la idea de que estos últimos no deberían recibir ningún tipo de ayuda. Este es, señala, un modo de culpar a las víctimas del egoísmo global. "Esta distinción es muy dudosa, ya que la mayoría de los refugiados sale de su país con gran riesgo y peligro para su vida: cruzan mares en barcos que hacen agua, sometidos al ataque de los piratas, o hacen largos viajes a través de fronteras armadas, para llegar con lo puesto a los campos de refugiados. La distinción entre alguien que huye de la persecución política y alguien que huye de una tierra inhabitable debido a una sequía prolongada tiene difícil justificación cuando ambos tienen la misma necesidad de refugio". Aunque la ONU no
ampliamente apoyado, mientras que la obligación de acoger refugiados que se encuentran en campamentos lejanos no lo es. Los gobiernos democráticos occidentales actúan de una manera muy parecida a la que sugiere Walzer, es decir, con un humanitarismo tibio. Mantienen que las comunidades tienen derecho a decidir a quién acogerán, las peticiones de reunión familiar tienen prioridad, y luego las de los extranjeros pertenecientes al grupo étnico nacional (si el estado tiene una identidad étnica). Si los números son relativamente reducidos, se concede el derecho de asilo, pero en cualquier caso acogerlos se considera un ejercicio de caridad: los refugiados no pueden reivindicar que se les acoja. El presupuesto principal de este punto de vista es la idea de que la comunidad tiene derecho a determinar quiénes pueden entrar en su territorio. Sin embargo, una postura ética imparcial sostendría que la política de inmigración debería ponderar los intereses de todos los afectados dándoles a todos igual consideración y priorizando aquellos que sean fundamentales. En el caso de los refugiados ser acogidos es a menudo cuestión de vida o muerte. En otros casos, afecta a sus posibilidades de tener una vida medianamente digna. Con respecto a los residentes del país de acogida, se verán afectados de distinta forma, dependiendo, entre otros factores, del número de refugiados acogidos, de cómo se integren en la comunidad, de la situación de la economía nacional, de si tendrán que competir con los refugiados para lograr un trabajo, de si trabajan en sectores que ganen dinero satisfaciendo las necesidades de los nuevos habitantes, de si serán usuarios de las tiendas y restaurantes exóticos que tal vez aparezcan y de sí se beneficiarán del aprendizaje de las distintas ideas y formas de vivir. Singer se pregunta qué ocurriría si un país como Australia acogiese al doble de refugiados anuales. Señala que eso supondría mejorar de forma directa la vida de los refugiados y que también generaría, probablemente, una carga inicial para la seguridad social del país receptor. Algunos residentes se mostrarían desconcertados por los cambios en su vecindario y otros les ofrecerían clases del idioma del lugar, alojamiento, formación profesional y ayuda para la inserción laboral. Pero, señala Singer, al cabo de un año el impacto inicial sobre las arcas públicas habría desaparecido por completo, pues eso es lo que ha pasado en situaciones anteriores como la descrita. Sin embargo, el argumento para doblar el número de refugiados no implica que el número doble de acogidos haya que volver a doblarlo, y volver a doblarlo, hasta el infinito. En algún punto de este proceso, quizás cuando el número de refugiados sea cuatro veces mayor, o quizás cuando sea 64 veces mayor, las consecuencias podrían cambiar el resultado del análisis racional de intereses. De lo que se trata es de que las medidas mejoren las vidas de muchas personas sin causar a otras daños comparables. Podría llegar un momento en el que la competencia por los recursos diese lugar a conflictos sociales y a un incremento grande del racismo. Sin embargo, sostiene Singer, la cifra actual de refugiados acogidos puede aumentar mucho antes de que se produzca esa situación. Singer considera que el statu quo es el resultado de un sistema de egoísmo nacional perpetrado por la conveniencia política (no da votos la política migratoria justa) "y no de un intento estudiado de establecer las obligaciones morales de los países desarrollados en un mundo con 15 millones de refugiados. No sería difícil para los países del mundo
desarrollado aunar esfuerzos para cumplir con sus obligaciones morales con respecto a los refugiados. (... ) Los políticos podrían fácilmente aumentar gradualmente el número de refugiados, controlando los efectos del incremento mediante estudios rigurosos. De esta forma, cumplirían con sus obligaciones geopolíticas y morales y, al mismo tiempo, beneficiarían a sus propias comunidades". Concluye el capítulo con la siguiente pregunta: "¿Cuál habría sido tu voto en el referéndum celebrado ( ... ). Creo que la mayoría de nosotros estaría dispuesta a sacrificar no sólo una cuarta parte, sino todas las pistas de tenis, para satisfacer las necesidades de los de fuera. Pero si hubieras votado por los "Corazones Sensibles" en esa situación, es difícil imaginar cómo es posible no estar de acuerdo con la conclusión de que las naciones ricas deberían acoger a muchísimos más refugiados de los que acogen actualmente. La situación de los refugiados no es mucho mejor que la de las personas que se encontraban fuera en peligro de radiación nuclear y, con toda seguridad, los lujos que tendríamos que sacrificar no serían mayores." La desgracia de que te consideren "un ilegal" La filósofa Hannah Arendt en su obra los Orígenes del Totalitarismo expone el desplazamiento masivo de refugiados que se produjo tras la Primera Guerra Mundial. Dicho fenómeno evidenció la necesidad de una protección internacional efectiva de los derechos humanos. Esta toma de conciencia contribuyó al surgimiento de la ONU y a la promulgación de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Arendt explica que la política antidemocrática del nazismo y de la URSS señaló a grupos de personas como escoria de la tierra 0udíos, trotskistas, etc.) "y estas personas fueron recibidas en todas partes como escoria de la Tierra: aquellos a quienes la persecución había calificado de indeseables se convirtieron en los indeseables de Europa". Los Estados se mostraron incapaces de reconocer los derechos recogidos en sus Constituciones a quienes habían perdido los derechos de sus países de origen. "El periódico oficial de las SS declaró explícitamente en 1938 que, si el mundo no estaba todavía convencido de que los judíos eran la escoria de la tierra, pronto lo estaría, cuando mendigos no identificados, sin nacionalidad, sin dinero ni pasaporte, cruzaran sus fronteras" La incapacidad de los países democráticos para acoger a estas personas inocentes “era como una demostración práctica de las cínicas afirmaciones de los movimientos totalitarios, según las cuales no existían nada tal como los derechos humanos inalienables”, incluso el término “derechos humanos” se convirtió para todo el mundo en verborrea idealista. La Sociedad de Naciones (precedentes fallidos de la ONU) demostró no tener capacidad alguna para hacer cumplir aquellos derechos que en su día recogió la Declaración de los Derechos del Hombre. Los derechos nacieron, en aquella Declaración, unidos a la soberanía nacional. El fenómeno masivo de los refugiados enseñó que si te quedabas sin Estado, te quedabas sin derechos. Algunas voces intelectuales insistían, con “esfuerzos de idealistas bien intencionados” en “considerar como “inalienables” aquellos derechos humanos que eran disfrutados solamente por los ciudadanos de los países más prósperos y civilizados”.
también tienen seguridad física y alimento (si se lo proporciona un organismo benéfico estatal o privado), y tienen libertad de opinión. Pero ninguna de estas libertades cambiaba su situación de "ilegales". "La prolongación de sus vidas es debida a la caridad y no al derecho", "su libertad de movimientos, si la tienen, no les da el derecho de residencia, del que disfruta incluso el delincuente encarcelado, y su libertad de opinión es la libertad del loco, porque nada de lo que piense puede importar a nadie". "Estos últimos puntos son cruciales. La privación fundamental de los derechos humanos se manifiesta primero y sobre todo en la privación de un lugar en el mundo que haga significativas las opiniones y efectivas las acciones". Hablamos de algo aún más fundamental que la libertad y la justicia, hablamos de que una persona es puesta en una situación en la que "el trato que reciba de los otros no depende de lo que haga o de lo que no haga". Esa es la situación extrema de las personas privadas de derechos humanos. "Los privilegios en algunos casos, las injusticias en la mayoría de éstos, los acontecimientos favorables y desfavorables, les sobrevienen como accidentes y sin ninguna relación con lo que hagan, hicieron o puedan hacer". La situación de las personas refugiadas nos conduce a tomar conciencia de la existencia de un derecho "a tener derechos" (y esto significa vivir dentro de un marco donde uno es juzgado por las acciones y las opiniones propias) y de un derecho a pertenecer a una comunidad. "Incluso los esclavos de la Grecia clásica todavía pertenecían a algún tipo de comunidad humana; su trabajo era necesitado, utilizado y explotado, y esto les mantenía dentro de la Humanidad. Ser un esclavo significaba, después de todo, poseer un carácter distintivo, un lugar en la sociedad más que la abstracta desnudez de ser humano y nada más que humano". Arendt señala: "el Hombre, así, puede perder todos los llamados Derechos del Hombre sin perder su cualidad esencial como hombre, su dignidad humana, pero la pérdida de la comunidad misma le arroja de la Humanidad". "El mundo no halló nada sagrado en la abstracta desnudez del ser humano. Y a la vista de las condiciones políticas objetivas es difícil señalar cómo podrían haber contribuido a hallar una solución al problema los conceptos del hombre en que se habían basado los derechos humanos; que está creado a la imagen de Dios (en la fórmula americana), o que alberga dentro de sí mismo las sagradas exigencias de la ley natural (en la fórmula francesa)". Parece como si un ser humano que no es nada más que un ser humano hubiera perdido las verdaderas cualidades que hacen posible a otras personas tratarle como a un semejante. A estas personas no se les permitía tomar parte en la comunidad humana. El mundo era de un modo cuando nacieron y permanecería idéntico con su muerte, nada podía cambiar gracias a su existencia. Los derechos humanos se pierden cuando perdemos todo lugar en la sociedad: sin una profesión, sin una nacionalidad, sin un proyecto de vida. La propia individualidad absolutamente única pierde todo su significado cuando no se pertenece a nada. Resulta terrorífico que una civilización global e interrelacionada sea capaz de obligar a millones de personas a vivir en semejantes condiciones de exclusión. En aquel tiempo los Estados se encontraron con centenares de miles de personas que reclamaban su derecho de asilo. El derecho de asilo se remontaba a la Edad Media, cuando regía el principio de que quien está en un territorio, pertenece al mismo. Antes de la crisis
de refugiados que expone Arendt "los países civilizados ofrecían el derecho de asilo a aquellos que, por razones políticas, habían sido perseguidos por sus Gobiernos, y esta práctica, aunque nunca oficialmente incorporada a Constitución alguna, había funcionado bastante bien a través del siglo XIX". El problema era que ese derecho estaba pensado para casos excepcionales. Además las personas refugiadas ya no tenían el mismo perfil que antes. Los refugiados de antes lo eran por tener unas "convicciones políticas o religiosas que no estaban fuera de la ley en el país de refugio". Los nuevos refugiados, sin embargo, eran perseguidos por un pretexto político pero no eran intelectuales o activistas que luchaban contra una tiranía. Las nuevas personas refugiadas eran y parecían ser nada más que seres humanos inocentes, y esa fue su mayor desgracia. Ante la avalancha de personas se intentaron dos soluciones: repatriar a estas personas o nacionalizarlas en el país en que se habían refugiado. Las dos soluciones resultaban tan complicadas que se optó por meterlos en campos de internamiento. Las medidas de repatriación fracasaron porque en la mayoría de las ocasiones no era posible devolverlos a su país de origen: bien por unos elementales principios éticos o bien porque era más sencillo mandarlos a cualquier país vecino. La misma policía, de forma ilegal, ayudaba a los refugiados a pasar al territorio de otro país para quitarse de en medio el problema, y en ese otro país los refugiados eran mandados a la cárcel por entrar ilegalmente. Se realizaron conferencias internacionales para intentar regular la situación de los apátridas, pero el problema es que nadie quería hacerse cargo de ellos. Así que todos los Estados metían a los refugiados en campos de internamiento. La nacionalización también fracasó, por el mismo motivo por el que fracasó el derecho al asilo. Habla peticiones de nacionalización a escala tan masiva que la administración no podía estudiarlas. "En lugar de nacionalizar al menos a una pequeña proporción de los recién llegados, los países comenzaron a cancelar sus anteriores nacionalizaciones del mismo origen". Esto produjo una situación de profunda inseguridad en todas las personas extranjeras residentes (aunque estuvieran nacionalizadas, se les privaba de derechos civiles constantemente) y eliminó la esperanza en una vida normal futura para las personas refugiadas. Los Estados, que se vieron incapaces de controlar el problema de los refugiados, dieron mucho poder a la policía, que recibió autoridad para actuar con gran independencia de las leyes. Los países democráticos acortaron distancias en este aspecto con las potencias totalitarias, aun sin desearlo: "En definitiva se organizaran campos de concentración para los mismos grupos en todos los países, aunque existieran considerables diferencias en el trato a los internados". La afluencia de personas refugiadas condujo a marcadas diferencias de estatus entre las personas, y esto generó un clima menos democrático que afectó también a la población nacional. La Convención sobre los derechos de los trabajadores migratorios La Convención internacional sobre la protección de los derechos de todos los trabajadores migratorios y de sus familiares intenta proteger a las personas migrantes de las violaciones de sus derechos. Las migraciones mueven a millones de personas. Con frecuencia los trabajadores migrantes se encuentran en situación de vulnerabilidad en el Estado en el que
"No es la falta de alimento la única dificultad a la que se enfrentan los pobres. Para ofrecer una imagen más amplia, Roben McNamara, cuando era presidente del Banco Mundial, sugirió el término "pobreza absoluta". La pobreza con la que estamos familiarizados en los países industrializados es una pobreza relativa, lo que quiere decir que algunos ciudadanos son pobres, en relación con la riqueza de que disfrutan sus vecinos". "El problema no consiste en que el mundo no pueda producir lo suficiente para alimentar y proporcionar vivienda a su gente. Las personas que viven en los países pobres consumen un promedio de 180 kilos de cereal al año, mientras que el promedio norteamericano ronda los 900 kilos. La diferencia se basa en el hecho de que en los países ricos utilizamos la mayor parte de nuestro cereal para alimentar a los animales para de este modo, convertirlo en carne, leche y huevos. Estos datos sobre la alimentación animal no significan que podamos resolver fácilmente el problema del hambre en el mundo restringiendo los productos animales, pero demuestran que el problema es principalmente de distribución y no de producción. El mundo produce suficiente comida para todos. Además, las mismas naciones más pobres podrían producir mucho más si utilizaran mejores técnicas agrícolas. "Los granjeros pobres no se pueden permitir comprar mejores semillas, ni fertilizantes, ni la maquinaria necesaria para abrir pozos y bombear agua. Sólo si transferimos parte de la riqueza de los países ricos a los pobres se podrá cambiar esta situación. Que esta riqueza existe es evidente. Frente al cuadro de pobreza absoluta que nos ha dibujado McNamara, se podría plantear una situación de "riqueza absoluta". Los que son absolutamente ricos no lo son necesariamente en comparación con sus vecinos, sino que lo son teniendo en cuenta cualquier definición razonable de las necesidades humanas. Esto significa que tienen más ingresos de los que necesitan para satisfacer de forma adecuada todas las necesidades básicas de la vida. Después de adquirir (bien directamente o mediante sus impuestos) comida, vivienda, ropa, servicios sanitarios básicos y educación, a los absolutamente ricos les queda todavía dinero para gastar en lujos. Los absolutamente ricos eligen su alimento por el gusto de su paladar, y no para detener el hambre; se compran ropa nueva para variar, y no para abrigarse; se mudan de casa para vivir en un barrio mejor o tener una habitación de juegos para los niños, y no para resguardarse de la lluvia; y después de todo esto les queda todavía dinero para gastar en equipos de sonido, video-cámaras y vacaciones en el extranjero" Singuer concluye: "Si éstos son los hechos, no podemos evitar llegar a la conclusión de que al no dar más de lo que damos, la gente de los países ricos está permitiendo que la de los países pobres sufra una pobreza absoluta con la consiguiente desnutrición, enfermedad y muerte". El desarrollo La Declaración sobre el derecho al desarrollo, de las Naciones Unidas, define el desarrollo como un proceso que tiende al mejoramiento constante del bienestar de toda la población y de todos los individuos (aquí tendríamos que cuestionarnos si el "desarrollo constante" es factible en una naturaleza de recursos limitados y también podríamos cuestionarnos si el desarrollo, tal y como hoy se entiende, genera un mejoramiento constante del bienestar de toda la población).
La Declaración da cuenta de las vulneraciones de los derechos. Esta situación se opone al desarrollo y a la completa realización del ser humano y de los pueblos. La Declaración afirma que los derechos son interdependientes, de modo que el desarrollo requiere la protección de todos los derechos, sin que el respeto de ciertos derechos humanos pueda justificar la denegación de otros. Esto incluye tanto los llamados "civiles y políticos", como los "económicos, sociales y culturales". Ahora bien, en la promoción de estos derechos, la ONU enfatiza el derecho de los pueblos a la libre determinación, que es el derecho a determinar libremente su condición política y a guiar su desarrollo, con soberanía plena sobre todos sus recursos y riquezas naturales. Este derecho forma parte del derecho al desarrollo de los pueblos. Las violaciones de los derechos pueden ser producto de la injerencia externa, y por eso la Declaración recuerda el "colonialismo, el neocolonialismo, el apartheid, todas las formas de discriminación racial, la dominación y la ocupación extranjeras, la agresión y las amenazas contra la soberanía nacional y las amenazas de guerra". Para que pueda lograrse el desarrollo es necesario realizar esfuerzos para establecer un nuevo orden económico Internacional, basado en relaciones de cooperación, el interés común y la Igualdad soberana (y no en la dominación). El texto afirma que la paz y la seguridad son elementos esenciales para la realización del derecho al desarrollo. Todos los Estados deben promover la paz y deben hacer cuanto esté en su poder por lograr el desarme completo. El texto sostiene que el sujeto central de las políticas de desarrollo es la persona humana, aunque los pueblos también son importantes. Los Estados deben adoptar, en el plano nacional, todas las medidas necesarias para la realización del derecho al desarrollo y garantizarán la Igualdad de oportunidades para todos en cuanto al acceso a los recursos básicos, la educación, los servicios de salud, los alimentos, la vivienda, el empleo y la justa distribución de los Ingresos. Deben adoptarse medidas eficaces para lograr que la mujer participe activamente en el proceso de desarrollo. Deben hacerse reformas económicas y sociales adecuadas con objeto de erradicar todas las injusticias sociales. Mediante la cooperación internacional los Estados deben colaborar de manera decidida y activa con el acceso a los recursos básicos, los derechos y la justicia en otros países. La infancia Las niñas y niños son titulares de todos los derechos reconocidos por la Declaración Universal de los Derechos Humanos y los tratados y convenciones que los desarrollan. Además, debido a su vulnerabilidad y necesidad de especial protección y cuidado, los menores de edad tienen garantizados los derechos específicos recogidos en la Convención sobre los Derechos del Niño (1989). La Convención ha sido ampliada con los Protocolos Facultativos de la misma, relativos a la participación de niños en conflictos armados, a la venta de niños, la prostitución infantil y la utilización de niftos en la pornografía. Como expone Amnistía Internacional, la Convención es el tratado de derechos humanos más ratificado de la historia. Los países firmantes deben incluir todos los aspectos de la Convención en sus leyes nacionales. Esto indica el alto grado de obligatoriedad que implica
trasfondo de la guerra en la antigua Yugoslavia, resistencia a una reparación adecuada a las menores que sufrieron violaciones consideradas crímenes de guerra. En Asia aparece en conflictos armados, relaciones familiares y matrimonios precoces, violaciones y tráfico de personas con fines de explotación sexual. En el mundo muchos niños y niñas son reclutados como soldados por fuerzas armadas regulares o irregulares. El reclutamiento de menores es una práctica habitual en muchos conflictos. Unas veces son secuestrados en la calle o mientras juegan. Otras, sacados de las aulas o forzados a salir de sus casas y aldeas a punta de pistola en presencia de sus padres. Los menores aportan ventajas a los grupos armados: son fanáticos en su adhesión y obedecen sin rebelarse, son fácilmente reemplazables, resultan muy útiles como señuelos, detectores de la posición enemiga o guardaespaldas de sus comandantes. También se les usa a menudo como porteadores de munición, agua o alimentos y como cocineros. Y en el caso de las niñas, además de todo lo anterior, también se las utiliza como objeto sexual. El reclutamiento y la utilización de menores de 18 años en los conflictos armados es una grave violación de derechos humanos, y sus responsables deben comparecer ante la justicia internacional.