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Asignatura: Ps. PENSAMIENTO, Profesor: Butler Butler, Carrera: Psicología, Universidad: UNED
Tipo: Apuntes
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Cuerpos que i mportan, Deshacer el gén ero y Vida preca rio,
Sigmund Freu d, Simo ne de Beauvoir, Claude l.éví-Strauss,
Fo uca ult, Bu tler ofrece aquí una t eo ría origina l, polém ica y
Judith Butler
El género en disputa
El feminismo y la subversión de la identidad
Moníque Wittig: desintegración corporal y sexo fic- ticio.................................... .. 224 Inscripciones corporales, subversiones performati-
PREFACIO (1999)
Conclusión: De la parodia a la política.. .. 277 Notas 289 Índice analítico y de nombres 311
Hace diez años terminé el manuscrito de la versión in-
publicación. Nunca imaginé que e] texto iba a tener tantos lectores, ni tampoco que se convertiría en una «interven-
como uno de los textos fundadores de la teoría queer. La vida del texto ha superado mis intenciones, y seguramente
el que fue acogido. Mientras lo escribía comprendí que yo misma mantenía una relación de combate y antagonista a ciertas formas de feminismo, aunque también comprendí
ces en la tradición de la crítica inherente, cuyo objetivo es revisar de forma crítica el vocabulario básico del movimien- to de pensamiento en el que se inscribe. Había y todavía hay una justificación para esta forma de crítica y para diferenciar entre la autocrítica, que promete una vida más democrática e integradora para el movimiento, y la crítica, que tiene como objetivo socavarlo completamente. Es evidente que siempre se puede malinterpretar tanto la primera como la
nero en disputa.
(^8) EL GÉNERO EN DISPUTA PREFACIO (l999) (^9)
En 1989 mi atención se centraba en criticar un supuesto heterosexual dominante en la teoría literaria feminista. Mi intención era rebatir los planteamientos que presuponían los límites y la corrección del género, y que limitaban su signifi- cado a las concepciones generalmente aceptadas de mascu- linidad y feminidad. Consideraba y sigo considerando que toda teoría feminista que limite el significado del género en las presuposiciones de su propia práctica dicta normas de género excluyentes en el seno del feminismo, que con fre- cuencia tienen consecuencias homofóbicas. Me parecía -y me sigue pareciendo- que el feminismo debía intentar no idealizar ciertas expresiones de género que al mismo tiempo originan nuevas formas de jerarquía y exclusión; concreta- mente, rechacé los regímenes de verdad que determinaban
sas o carentes de originalidad, mientras que otras eran ver-
nueva forma de vida con género que más tarde sirviese de modelo a los lectores del texto, sino más bien abrir las posi- bilidades para el género sin precisar qué tipos de posibilida- des debían realizarse. Uno podría preguntarse de qué sirve finalmente «abrir las posibilidades», pero nadie que sepa lo que significa vivir en el mundo social y lo que es «imposi- ble», ilegible, irrealizable, irreal e ilegítimo planteará esa pregunta. La intención de El género en disputa era descubrir las formas en las que el hecho mismo de plantearse qué es posi- ble en la vida con género queda relegado por ciertas presu- posiciones habituales y violentas. El texto también pretendía destruir todos los intentos de elaborar un discurso de ver- dad para deslegitimar las prácticas de género y sexuales mi- noritarias. Esto no significa que todas las prácticas minorita-
rias deban ser condenadas o celebradas, sino que debemos
más me inquietaba eran las formas en que el pánico ante ta- les prácticas las hacía impensables. ¿ Es la disolución de los binarios de género, por ejemplo, tan monstruosa o tan temi- ble que por definición se afirme que es imposible, y heurís- ticamente quede descartada de cualquier intento por pensar el género? Algunas de estas suposiciones se basaban en lo que se denominó el «feminismo francés», y eran muy populares en- tre los estudiosos de la literatura y algunos teóricos sociales. Al tiempo que rechacé el heterosexismo existente en el nú- cleo del fundamentalismo de la diferencia sexual, también
planteamientos. Así, en El género en disputa mi trabajo aca- bó síendcrun estudio de traducción cultural. Las teorías es- tadounidenses del género y la difícil situación política del fe- minismo se vieron a la luz de la teoría postestructuralista.
lismo se presenta como un formalismo, alejado de los pro- blemas del contexto social y el objetivo político, no ha ocu- rrido lo mismo con sus apropiaciones estadounidenses más
tructuralismo al feminismo, sino de exponer esas teorías a una reformulación específicamente feminista. Mientras que algunos defensores del formalismo postestructuralista mani- fiestan su descontento por la confesada orientación «temáti- ca» que recibe en obras corno El género en disputa, las críti- cas del postestructuralismo en el ámbito de la izquierda cultural se han mostrado escépticas ante la afirmación de que todo lo políticamente progresista pueda proceder de sus premisas. No obstante, en ambas concepciones el postes-
(^12) EL GÉNERO EN DISPUTA (^) PREFACIO (1999) 13
une con el feminismo en el feminismo lésbico, El género en
problemática entre los dos términos. En este escrito, el les- bianismo no supone un regreso a lo que es más importante
muestra un mundo ginocéntrico. El lesbianismo no es la rea- lización erótica de una serie de creencias políticas (la sexua- lidad y la creencia están relacionadas de una forma mucho más compleja y con frecuencia no coinciden). Por el contra- rio, el texto plantea cómo las prácticas sexuales no normati- vas cuestionan la estabilidad del género como categoría de
ta: qué es una mujer, qué es un hombre? Si el género ya no se entiende como algo que se consolida a través de la sexua- lidad normativa, entonces ¿hay una crisis de género que sea específica de los Contextos queer? La noción de que la práctica sexual tiene el poder de de- sestabilizar el género surgió tras leer «The Traffic in Wo- men», de Gayle Rubin, y pretendía determinar que la sexua- lidad normativa consolida el género normativo. En pocas palabras, según este esquema conceptual, una es mujer en la medida en que funciona como mujer en la estructura hete- rosexual dominante, y poner en tela de juicio la estructura posiblemente implique perder algo de nuestro sentido del lugar que ocupamos en el género. Considero que ésta es la primera formulación de «el problema del género» o «la disputa del género» en este texto. Me propuse entender par- te del miedo y la ansiedad que algunas personas experimen- tan al «volverse gays», el miedo a perder el lugar que se ocu- pa en el género o a no saber quién terminará siendo uno si se acuesta con alguien ostensiblemente del «mismo» género.
Esto crea una cierta crisis en la ontología experimentada en el nivel de la sexualidad y del lenguaje. Esta cuestión se ha agravado a medida que hemos ido reflexionando sobre va- rias formas nuevas de pensar un género que han surgido a la luz del transgénero y la transexualidad, la paternidad y la maternidad lésbicas y gays. y las nuevas identidades lésbicas masculina y femenina. ¿Cuándo y por qué, por ejemplo, al- gunas lesbianas masculinas que tienen hijos hacen de «papá» y otras de «mamá»? ¿Qué ocurre con la idea, propuesta por Kate Bomstein, de que una persona transexual no puede ser definida con los sustantivos de «mujer» u «hombre», sino que para referirse a ella deben utilizarse verbos activos que atestigüen la trans- formación permanente que «es» la nueva identidad o, en
ser de la identidad de género? Aunque algunas lesbianas afirman que la identidad lésbica masculina no tiene nada que ver con «ser hombre», otras sostienen que dicha identi- dad no es o no ha sido más que un camino hacia el deseo de ser hombre. Sin duda estas paradojas han proliferado en los últimos años y proporcionan pruebas de un tipo de disputa
lidad que pretendía recalcar? Es evidente que no estoy afirmando que ciertas formas de práctica sexual den como resultado ciertos géneros, sino que en condiciones de he- terosexualidad normativa, vigilar el género ocasionalmen- te se utiliza como una forma de afirmar la heterosexuali- dad. Catharine MacKfunon plantea este problema de una manera parecida a la mía pero, al mismo tiempo, con algu- nas diferencias decisivas e importantes. MacKinnon afirma: «Suspendida como si fuera un atributo de una persona, la
14 EL^ GÉNERO^ EN DISPUTA^ PREFACIO^ (999)^15
desigualdad sexual adopta la forma de género; moviéndose
xualidad. El género emergecomola forma rígidade la sexua-
solida el género. Pero lo que crea y consolida el género no es la nonnatividad heterosexual, sino que es la jerarquía del gé- nero la que se esconde detrás de las relaciones heterosexua-
en una tautología. Quizá MacKinnon solamente pretenda precisar los mecanismos de autorreproducción de la jerar- quía del género, pero no es esto lo que afirma. ¿Acaso basta con la «jerarquía del género» para explicar las condiciones de producción del género? ¿Hasta qué pun- to la jerarquía del género sirve a una heterosexualidad más o menos obligatoria, y con qué frecuencia la vigilancia de las normas de género se hace precisamente para consolidar la hegemonía heterosexual? Katherine Franke, teórica contemporánea del área jurí- dica, emplea de forma innovadora las perspectivas feminista y queer para observar que, al presuponer la primacía de la je- rarquía del género para la producción del género, MacKin- non también está aceptando un modelo presuntamente he- terosexual para pensar sobre la sexualidad. Franke propone un modelo de discriminación de género diferente al de Mac- Kinnon, quien afirma de manera convincente que el acoso sexual es la alegoría paradigmática de la producción del gé- nero. No toda discriminación puede interpretarse como acoso; el acto de acoso puede ser aquel en el que una perso- na es «convertida» en un determinado género; pero también
hay otras formas de establecer el género. Así pues, según Franke, es importante distinguir provisionalmente entre dis- criminación de género y discriminación sexual. Por ejemplo, los gays pueden recibir un trato discriminatorio en el ámbi- to laboral porque su «apariencia» no coincide con las nor- mas de género aceptadas. Y es posible que acosar sexual- mente a los gays no obedezca al propósito de consolidar la jerarquía del género, sino al de promover la normatividad del género. Al mismo tiempo que critica el acoso sexual, MacKin- non establece otro tipo de regulación: tener un género signi- fica haber establecido ya una relación heterosexual de su- bordinación. En un nivel analítico, hace una ecuación en la que resuenan algunas formas dominantes del argumento ho- mofóbíco. Una postura de este tipo recomienda y perdona
bres que son hombres serán heterosexuales, y las mujeres que son mujeres serán heterosexuales. Hay otra serie de
ca esta forma de regulación del género. Por tanto, existe una diferencia entre las posturas sexista y feminista sobre la rela- ción entre género y sexualidad: la postura sexista afirma que una mujer únicamente revela su condición de mujer duran-
se convierte en su placer (la esencia emana y se confirma en la subordinacíón sexualizada de la mujer); la posición femi- nista argumenta que el género debería ser derrocado, supri- mido o convertido en algo ambiguo, precisamente porque
ma postura acepta el poder de la descripción ortodoxa de la primera y reconoce que la descripción sexista ya funciona como una ideología poderosa, pero se opone a ella.
18 EL GÉNERO EN DISPUTA^ PREFACIO (1999) 19
guiente, expulsado, y que esa intemalidad es una metáfora
de la metáfora de una psique interna en su primera discu- sión sobre la melancolía del género, ese énfasis no se intro- dujo en el pensamiento de la performatividad misma," Tan-
recientes sobre cuestiones relacionadas con el psicoanálisis han intentado encontrar la manera de vivir con este proble- ma, lo que muchos han visto como una ruptura problemáti- ca entre los primeros y los últimos capítulos de esta obra. Aunque yo negaría que todo el mundo interno de la psique no es sino un efecto de un conjunto estilizado de actos, sigo
la «íntemelided» del mundo psíquico. Algunos rasgos del mundo, entre los que se incluyen las personas que conoce- mos y perdemos, se convierten en rasgos «internos» del yo, pero se transforman mediante esa interiorización; y ese mundo interno, como lo denominan los kleínianos, se forma precisamente como consecuencia de las interiorizaciones que una psique lleva a cabo. Esto sugiere que bien puede haber una teoría psíquica de la perfonnatividad que requie- re un estudio más profundo. Aunque este texto no da respuesta a la pregunta sobre si la materialidad del cuerpo es algo totalmente construido, ése
síguiente, la cual espero que resulte esclarecedora para mis lectoras y lectores. 10 Algunos especialistas han analizado la
trasladada a las cuestiones de la raza." En este punto me gustaría aclarar que tras el discurso sobre el género se es- conden permanentemente las presuposiciones raciales de
no deberían ser tratados como simples analogías. Por consi- guiente, la pregunta que hay que plantear no es si la teoría de la performatividad puede trasladarse a la raza, sino qué le ocurre a dicha teoría cuando trata de lidiar con la raza. Mu- chos de estos debates se han ceñido al lugar que ocupa la «construcción», en la cuestión de si la raza se construye de la misma forma que el género. Considero que ninguna de las explicaciones de la construcción servirá, y que estas catego- rías síempre actúan como fondo la una de la otra y se articu-
la sexualización de las normas de género raciales se puede interpretar bajo distintas ópticas a la vez, y el análisis permi- tirá distinguir con total claridad los límites del género en su carácter de categoría de análisis exclusiva." Aunque he enumerado algunas de las tradiciones y de los debates académicos que han alentado este libro, no es mi intención ofrecer toda una apología en estas breves páginas. Hay un elemento acerca de las condiciones en que se escri-
mente desde la academia, sino también desde los movimien- tos sociales convergentes de los que he formado parte, y en
de Estados Unidos, donde viví durante catorce años antes de escribirlo. A pesar de la dislocación del sujeto que se efectúa en el texto, detrás hay una persona: asistí a numerosas reu- niones, bares y marchas, y observé muchos tipos de géneros; comprendí que yo misma estaba en la encrucijada de algu- nos de ellos, y tropecé con la sexualidad en varíos de sus bordes culturales. Conocí a muchas personas que intenta- ban defmir su camino en medio de un importante movi- miento en favor del reconocimiento y la libertad sexuales, y sentí la alegría y la frustración que conlleva formar parte de
ese movimiento tanto en su lado esperanzador como en su disensión interna. Estaba instalada en la academia, y al mis- mo tiempo estaba viviendo una vida fuera de esas paredes; y
empezó con un momento de transición, sentada en Reho- borh Beach, reflexionando sobre si podría relacionar los di- ferentes ámbitos de mi vida. El hecho de que pueda escribir de un modo autobiográfico no altera, en mi opinión, el lugar que ocupo como el sujeto que soy, aunque tal vez dé el lec-
por el momento el problema de que ese alguien esté dado en el lenguaje). Una de las experiencias más gratificantes ha sido saber que el texto se sigue leyendo fuera de la academia hasta el día de hoy. Al mismo tiempo que Queer Nation hizo suyo el libro, y que en algunas de sus reflexiones sobre la teatrali- dad de la autopresentación de los queer resonaban las tácti- cas de Act-Up, el libro fue una de las obras que llevaron a los miembros de la Asociación Psicoanalítica de Estados Unidos y de la Asociación Psicológica de Estados Unidos a reevaluar parte de su doxa vigente sobre la homosexualidad. Las nociones del género performativo se incorporaron de diversas maneras en las artes visuales, en las exhibiciones de Whitney, y en la Otis School for the Arrs de Los Ángeles, entre otros. Algunos de sus planteamientos sobre la cuestión de «la mujer» y la relación entre la sexualidad y el género también incorporaron la jurisprudencia feminista y el traba- jo académico del ámbito jurídico antidiscriminetorio de la obra de Vicki Schultz, Katheríne Franke y MaryJo Frug. A mi vez, me he visto obligada a revisar algunas de las posturas que adopto en El género en disputa a consecuencia de mis propios compromisos políticos. En el libro tiendo a
entender el reclamo de «universalidad» como una forma de exclusividad negativa y excluyente. No obstante, me perca- té de que ese término tiene un uso estratégico importante precisamente como una categoría no sustancial y abierta cuando colaboré con un grupo extraordinario de activistas, primero como integrante de la directiva y luego como di- rectora de la Comisión Internacional de Derechos Huma- nos de Gays y Lesbianas (1994-1997), organización que re- presenta a las minorías sexuales en una gran variedad de temas relacionados con los derechos humanos. Fue ahí don- de comprendí que la afirmación de la universalidad puede ser proléptica y perfonnativa, invoca una realidad que ya no existe, y descarta una coincidencia de horizontes culturales que aún no se han encontrado. De esta forma llegué a un se- gundo punto de vista de la universalidad, según el cual se
futuro." Más recientemente he tenido que relacionar mi obra con la teoría política y, una vez más, con el concepto de universalidad en un libro del que soy coautora y que es- cribí junto con Ernesto Laclau y Slavoi Zizek sobre la teoría de la hegemonía y sus implicacíones para la izquierda teóri- camente activista. Otra dimensión práctica de mi pensamiento se ha pues- to de manifiesto en relacíón con el psicoanálisis entendido en su carácter de labor tanto académica como clínica. Ac- tualmente colaboro con un grupo de terapeutas psicoanalf- ticos progresistas en una nueva revista, Studies in Gender and Sexuality, cuyo objetivo es llevar el trabajo clínico y del ámbito académico a un diálogo productivo sobre cuestiones de sexualidad, género y cultura. Tanto los críticos como los amigos de El género en dispu- ta han llamado la atención sobre lo difícil de su estilo. Sin
ro era algo que se daba por sentado y que al mismo tiempo se vigilaba terminantemente. Se presuponía que era una ex- presión natural del sexo o una constante cultural que ningu- na acción humana era capaz de modificar. También llegué a entender algo de la violencia de la vida de exclusión, aquella que no se considera «Vida», aquella cuya encarcelación con- duce a la suspensión de la vida, o una sentencia de muerte sostenida. El empeño obstinado de este texto por «desnatu- ralizar» el género tiene su origen en el deseo intenso de con- trarrestar la violencia normativa que conllevan las morfolo- gías ideales del sexo, así como de eliminar las suposiciones dominantes acerca de la heterosexualidad natural o presun- ta que se basan en los discursos ordinarios y académicos so- bre la sexualidad. Escribir sobre esta desnaturalización no obedeció meramente a un deseo de jugar con el lenguaje o de recomendar payasadas teatrales en vez de la política «real», como algunos críticos han afirmado (como si el tea-
seo de vivir, de hacer la vida posible, y de replantear lo posi- ble en cuanto tal. ¿Cómo tendría que ser el mundo para que mi tío pudiera vivir con su familia, sus amigos o algún otro tipo de parentesco? ¿Cómo debemos reformular las limita- ciones morfológicas idóneas que recaen sobre los seres hu- manos para que quienes se alejan de la norma no estén con- denados a una muerte en vida?"
procura ampliar las opciones del género por algún motivo. Preguntan con qué objetivo se engendran esas nuevas confi- guraciones del género, y cómo deberíamos distinguirlas.
prescriptiva del pensamiento feminista. Es evidente que lo
«normativo» tiene al menos dos significados en este encuen- tro crítico, pues es una de las palabras que utilizo con fre- cuencia, sobre todo para describir la violencia mundana que ejercen ciertos tipos de ideales de género. Suelo utilizar «normativo» de una forma que es sinónima de «concernien- te a las normas que rigen el género»; sin embargo, el ténni- no «normativo» también atañe a la justificación ética, cómo se establece, y qué consecuencias concretas se desprenden de ella. Una de las preguntas críticas que se han planteado
emitir juicios acerca de cómo ha de vivirse el género basán- donos en las descripciones teóricas que aquí se exponen? No es posible oponerse a las formas «normativas» del géne- ro sin suscribir al mismo tiempo cierto punto de vista nor- mativo de cómo debería ser el mundo con género. No obs- tante, quiero puntualizar que la visión normativa positiva de este texto no adopta la forma de una prescripción (ni puede hacerlo) como: «Subvirtamos el género tal como lo digo, y la vida será buena». Quienes hacen tales afirmaciones, o quienes están dis- puestos a decidir entre expresiones subversivas y no subver- sivas del género, basan sus juicios en una descripción. El gé- nero aparece de tal o cual forma, y a continuación se elabora un juicio normativo sobre esas apariencias y sobre la base de lo que parece. Pero ¿qué determina el dominio de las apa- riencias del género mismo? Podemos sentirnos tentados a es-
del género incluye cuestiones sobre lo que hace inteligible el género, una exploración sobre sus condiciones de viabilidad,
ta a la pregunta de qué expresiones de género son aceptables y cuáles no, ofreciendo motivos convincentes para distinguir
de esta forma entre tales expresiones. Sin embargo, la pregun-
normativa, una operación fugitiva de «qué sucederá» bajo la rúbrica de «qué sucede». Así, la descripción misma del cam- po del género no es en ningún caso anterior a la pregunta de
No me propongo formular juicios sobre 10 que distingue 10 subversivo de lo no subversivo. No sólo creo que tales jui- cios no se pueden hacer fuera de contexto, sino que también pienso que no se pueden formular de forma que soporten el
postuladas que experimentan cambios temporales y revelan su falta de unidad esencial), De la misma forma que las me- táforas pierden su carácter metafórico a medida que, con el paso del tiempo, se consolidan como conceptos, las prácti- cas subversivas corren siempre el riesgo de convertirse en clichés adormecedores a base de repetirlas y, sobre todo, al repetirlas en una cultura en la que todo se considera mer- cancía, y en la que la «subversión» tiene un valor de merca- do. Obstinarse en establecer el criterio de lo subversivo siempre fracasará, y debe hacerlo. Entonces ¿qué está en juego cuando se usa el término? Uno de los temas que más me preocupan son los siguien- tes tipos de preguntas: ¿qué constituye una vida inteligible y
lidad normativos deciden por adelantado lo que pasará a for- mar parte del campo de lo «humano» y de lo «vivíble»? Di- cho de otra forma, ¿cómo actúan las suposiciones del género normativo para restringir el campo mismo de la descripción que tenemos de lo humano? ¿Por qué medio advertimos este poder demarcador, y con qué medios lo transfonnamos?
El debate del travestismo que El género en disputa pro- pone para exponer la dimensión construida y performativa del género no es ciertamente un ejemplo de subversión. Considerarlo un paradigma de la acción subversiva o, inclu- so, como un modelo de la acción política sería un error, pues se trata de algo bastante diferente. Si pensamos que vemos a un hombre vestido de mujer o a una mujer vestida de hom- bre, entonces estamos tomando el primer término de cada una de esas percepciones como la «realidad» del género: el género que se introduce mediante el símil no tiene «reali-
una realidad aparente se vincula a una irrealidad, creemos saber cuál es la realidad, y tomamos la segunda apariencia del género como un mero artificio, juego, falsedad e ilusión. Sin embargo, ¿cuál es el sentido de «realidad de género» que origina de este modo dicha percepción? Tal vez creemos saber cuál es la anatomía de la persona (a veces no, y con se- guridad no hemos reparado en la variación que hay en el ni- vel de la descripción anatómica). O inferimos ese conoci- miento de la vestimenta de dicha persona, o de cómo se usan esas prendas. Éste es un conocimiento naturalizado, aunque se basa en una serie de inferencias culturales, algu- nas de las cuales son bastante incorrectas. De hecho, si sus-
dad, entonces ya no podremos emitir un juicio acerca de la anatomía estable basándonos en la ropa que viste y articula el cuerpo. Ese cuerpo puede ser preoperatorio, transicional o postoperatorio; ni siquiera «ver» el cuerpo puede dar res- puesta a la pregunta, ya que ¿cuáles son las categorías me- diante las cuales vemos? El instante en que nuestras percep- ciones culturales habituales y serias fallan, cuando no conseguimos interpretar con seguridad el cuerpo que esta-
de autoría colectiva. No considero que el postestrueturalismo conlleve la de- saparición de la escritura autobiográfica, aunque sí llama la atención sobre la dificultad del «yo» para expresarse me- diante el lenguaje, pues este «yo» que los lectores leen es, en parte, consecuencia de la gramática que rige la disponibili-
guaje que me estructura, pero tampoco estoy determinada por el lenguaje que hace posible este «yo». Éste es el víncu- lo de autoexpresión, tal como lo entiendo. Lo que significa que usted, lectora o lector, no me recibirá nunca separada de la gramática que permite mi disponibilidad con usted. Si trato esa gramática como algo de claridad meridiana, enton- ces no podré despenar su interés por esa esfera del lenguaje que establece y desestablece la inteligibilidad, yeso equival- dría precisamente a tergiversar mi propio proyecto tal como lo he descrito para los lectores aquí. No es mi intención ser difícil, sino dirigir la atención hacia una dificultad sin la cual ningún «yo» puede aparecer. Dicha dificultad adopta una dimensión concreta cuan- do se enfoca desde una perspectiva psicoanalítica. En mi
trado cada vez más en el psicoanálisis. El intento habitual de polarizar la teoría de la psique desde la teoría del poder me parece contraproducente, pues una parte de lo que es
tan opresivo acerca de las formas sociales del género tiene su origen en las dificultades psíquicas que generan. En Me-
que Foucault y el psicoanálisis podrían pensarse juntos.
tarismo eventual de mi idea de performatividad sin que con
una presentación dotada de género pudiera interpretarse directamente a partir de su exterior. Ambos postulados han tenido que ser perfilados con el paso del tiempo. Además, mi teoría a veces oscila entre entender la performatividad como algo lingüístico y plantearlo como teatral. He llegado a la conclusión de que ambas interpretaciones están rela- cionadas obligatoriamente, de una forma quiástica, y que replantear el acto discursivo como un ejemplo de poder permanentemente dirige la atención hacia ambas dimensio-
medl (y por tanto teatral, que se presenta ante un público, y sujeto a interpretación), y lingüístico, que provoca una se- rie de efectos mediante su relación implícita con las con- venciones lingüísticas. Si queremos saber cómo se relaciona una teoría lingüística del acto discursivo con los gestos cor- porales sólo tenemos que tener en cuenta que el discurso mismo es un acto corporal con consecuencias lingüísticas
tación corpórea ni del lenguaje, y su condición de palabra y obra es ciertamente ambigua. Esta ambigüedad tiene con- secuencias para la declaración pública de la homosexuali-
el lenguaje como condición de la seducción corporal y la amenaza de daño. Si ahora tuviera que volver a escribir este libro, incluiría una discusión sobre el transgénero y la intersexualidad, so- bre cómo se activa el dimorfismo de género ideal en ambos
tipos de discursos, sobre las diferentes relaciones que estos temas establecen con la intervención quirúrgica. También incluiría una discusión sobre la sexualidad racializada y, con- cretamente, sobre cómo los tabúes en contra del mestizaje (y la romantización del intercambio sexual interracial} son bá-
género adopta. Sigo albergando la esperanza de que las mi- norías sexuales formen una coalición que trascienda las ca-
bisexualidad, que combata y suprima la violencia impuesta por las normas corporales restrictivas. Desearía que dicha
xualidad y en sus implicaciones en distintas dinámicas del poder discursivo e institucional, y que nadie se apresurara a restar poder a la jerarquía y a negar sus dimensiones políti-
miento de la propia condición como minoría sexual es una ardua tarea en el marco de los discursos dominantes del de-
cesidad para sobrevivir. La movilización de las categorías de identidad con vistas a la politización siempre está amenaza-
un instrumento del poder al que nos oponemos. Ésa no es razón para no utilizar la identidad, y para no ser utilizados por ella. No hay ninguna posición política purificada de po-
de acción como interrupción eventual y cambio total de los regímenes reguladores. No obstante, aquellos a quienes se considera «irreales» siguen aferrados a lo real, un aferra- miento que tiene lugar de común acuerdo, y esa sorpresa performativa produce una inestabilidad vital. Este libro está escrito entonces como parte de la vida cultural de un com-
bate colectivo que ha tenido y seguirá teniendo cierto éxito en la mejora de las posibilidades de conseguir una vida lle- vadera para quienes viven, o tratan de vivir, en la marginali- dad sexual."
JUDITH BUTLER
Junio de 1999
pareció corroborarse de algún modo cuando leí a Sartre para quien todo deseo -aceptado problemáticamente corno
Para ese sujeto masculino del deseo, los problemas se con- vertían en un escándalo con la intromisión repentina la ac- ción imprevista, de un «objeto» femenino que incomprensi, blemen~e devuelve la mirada, la modifica y desafía el lugar y la autondad de la posición masculina. La dependencia radi-
la de pronto que su autonomía es irreal. No obstante esta panicular inversión dialéctica del poder no me interesaba tant.o como o~as. Aparentemente, el poder era algo más que un intercambio entre sujetos o una relación de inversión
recre centrarse en la producción de ese mismo marco bina- rio para reflexionar acerca del género. Me pregunté enton-
Otro,. ~a re!aclon binaria entre «hombres» y «mujeres», y la estabilidad Interna de esos términos? ¿Qué restricción está operando aquí? ¿Están esos términos libres de problemas sólo en la medida en que se amoldan a una matriz heterose- xual para conceptualizar el género y el deseo? ¿Qué ocurre con el sujeto y con la estabilidad de las categorías de género cuando el régimen epistémico de aparente heterosexualidad se descubre como lo que produce y reifica estas categorías presuntamente ontológicas? ¿Cómo puede ponerse en duda un régimen epistémi- c%ntológico? ¿Cuál es la mejor forma de problematizar las categorías de género que respaldan la jerarquía de los géne- ros y la heterosexualidad obligatoria? Considérese el destino del «problema de la mujer», esa configuración histórica de una innombrada indisposición femenina que a duras penas
podía ocultar la idea de que ser mujer es una indisposición natural. Por más seria que sea la visión médica del cuerpo de las mujeres, la expresión también es risible: la risa frente a las categorías serias es indispensable para el feminismo. In- dudablemente, el feminismo sigue necesitando sus propias
el título del filme de John Waters que retrata a Divine (tam- bién héroe/heroína de Hairsproy), cuya representación de las mujeres propone de manera implícita que el género es un tipo de caracterización persistente que pasa como realidad. Su actuación desestabiliza las diferenciaciones mismas entre lo natural y lo artificial, la profundidad y la superficie, lo in- terno y lo externo, a través de las cuales se activa el discurso sobre los géneros. ¿Es el travestismo la imitación del género o bien resalta los gestos significativos a través de los cuales se determina el género en sí? ¿Ser mujer es un «hecho natu- ral» o una actuación cultural? ¿Esa «naturalidad» se deter- mina mediante actos performativos discursivamente restrin- gidos que producen el cuerpo a través de las categorías de sexo y dentro de ellas? A pesar de Divine, las prácticas de género en las culturas gay y lésbíca suelen tematizar «lo na- tural» en contextos paródicos que ponen de manifiesto la construcción performativa de un sexo original y verdadero. ¿Qué otras categorías fundacionales de la identidad --el marco binario del sexo, el género y el cuerpo-e- pueden ver- se como producciones que producen el efecto de lo natural, lo original y lo inevitable? Considerar que las categorías fundacionales del sexo, el género y el deseo son efectos de una formación específica del poder requíere una forma de cuestionamiento crítico que Foucault, reformulando a Nietzsche, denomina «genea- logía». La crítica genealógica se niega a buscar los orígenes
del género, la verdad interna del deseo femenino, una iden- tidad sexual verdadera que la represión ha mantenido ente- rrada; la genealogía indaga sobre los intereses políticos que
y razonamientos de origen diverso y difuso. La labor de este cuestionamiento es centrar -y descentrar- esas institucio- nes definitorias: el falogocentrismo y la heterosexualidad obligatoria. Justamente porque «femenino» ya no parece ser una no- ción estable, su significado es tan problemático y vago como «mujer». Y puesto que ambos términos adquieren sus signifi- cados problemáticos únicamente como conceptos relativos, esta búsqueda se basa en el género y en el análisis de relaciones que sugiere. Además, que la teoría feminista deba determinar los asuntos de identidad primaria para seguir con la labor de la política no está tan claro. Por el contrario, deberíamos pre- guntar: ¿qué alternativas políticas son consecuencia de una crítica radical de las categorías de identidad? ¿Qué nueva forma de política emerge cuando la identidad como terreno común ya no limita el discurso sobre las políticas feministas?
identidad común --como la base para una política feminis- ta- puede impedir que se ponga en duda la construcción política y la reglamentación de la identidad en sí?
Este libro está dividido en tres capítulos que incluyen una genealogía crítica de las categorías de género en ámbitos discursivos muy distintos. El capítulo 1, «Sujetos de sexo/gé- nero/deseo», replantea la posición de las «mujeres» como
ro. La heterosexualidad obligatoria y el falogocentnsmo se entienden como regúnenes de poder/discurso que habitual- mente contestan de maneras distintas a las grandes pregun- tas del discurso de género: ¿cómo construye el lenguaje las categorías del sexo? ¿Se opone «lo femenino» a la repre~en tación dentro del lenguaje? ¿Se considera que ellenguale es
femenino» el único sexo representado dentro de un lengua- je que agrupa lo femenino y lo sexual? (El razonamiento es de Monique Wittig.) ¿Dónde y cómo confluyen la heterose- xualidad obligatoria y el falogocentrismo? ¿Dónde están los puntos de ruptura entre ellos? ¿Cómo cn:a el lenguaje en sí la construcción ficticia de «sexo» que sosnene estos diversos regímenes de poder? Dentro de un lenguaje de ,aparente he- terosexualidad, ¿qué tipos de continuidades existen supues- tamente entre sexo, género y deseo? ¿Están diferenciad?s estos términos? ¿Qué tipos de prácticas culturales crean dis- continuidad subversiva y disonancia entre sexo, género y de- seo y cuestionan sus supuestas relaciones? El capítulo 2, «Prohibición, psicoanálisis y la producción de la matriz heterosexual», incluye una lectura selectiva del estructuralismo, de los análisis psicoanaliticos y feministas del tabú del incesto como el dispositivo que intenta estable- cer las identidades de género diferenciadas e internamente coherentes dentro de un marco heterosexual, En cierto dis- curso psicoanalítico, el tema de la homosexualidad está rela- cionado con formas de ininteligibilidad cultural y, en el caso del lesbianismo, con la desexualización del cuerpo femeni- no. Por otra parte, el uso de la teoría psicoanalitíca para re- visar las «identidades» de género complejas tiene lugar me- diante un análisis de la identidad, la identificación y la