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Este documento explora la importancia de la lógica formal en el análisis del discurso político, destacando la necesidad de la racionalidad y la validez de los argumentos. se examinan ejemplos de razonamiento político irracional, incluyendo el uso de contradicciones y falacias, y se contrasta con el razonamiento lógico basado en principios como la ley de no contradicción y el modus ponens. el texto analiza la relación entre lógica, verdad y validez, y la importancia de la claridad y la coherencia en el discurso político para evitar manipulaciones y falacias. Se discuten las implicaciones del irracionalismo en la política y la importancia de la discusión racional en una democracia.
Tipo: Resúmenes
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Echemos un vistazo al razonamiento político, Lo que piensa y siente acerca de los problemas políticos y qué hacer con respecto a ellos es un cerebro. Y los cerebros
fantasmas, al estilo de los teóricos de la elección racional, cuando hacen uso de utilidades y probabilidades no definidas. O se puede respetar la realidad, pero pensar sobre ella de manera irracional, al estilo de los posmodernos, como cuando Derrida afirmó que «lo que es propio de una cultura es no ser idéntica a sí misma» ( Coles, 2002; 3 1 1 ). Para argumentar correctamente acerca de algo, ya sea real o imaginario, es necesario respetar las regías del argumento racional. Estas reglas son estudiadas por la lógica formal (o matemática), la más abstracta y, por ende, la más general y transportable de todas las ciencias. No necesitamos la lógica para crear ideas, sino para controlar su validez y para detectar peligrosos sinsentidos, tales como «socialismo autoritario», «centralismo democrático» (el mecanismo interno de los partidos co munistas), «sindicato vertical» y «guerra contra el terror». La lógica se ocupa de conceptos, tales como el predicado «es democrático», así como de proposiciones o enunciados, tales como «Solo la democracia protege los derechos humanos». Los conceptos son designados por slmbolos - palabras, por ejemplo- en tanto que las proposiciones son. designadas por oraciones de un lenguaje. Dado que hay vanos miles de lenguajes, el mismo concepto puede ser designado por miles de
enunciados) pueden ser verdaderas o falsas en alguna medida. Por ejemplo, «libertad» no es verdadero ni falso, mientras que podría decirse que «La libertad debe ser conquistada o defendida» es verdadera. Con todo, la lógica se ocupa de la precisión y la validez formal - especialmente de la consecuencia lógica-, no de la verdad. En
y el valor de verdad. Paradójicamente, los supuestos lógicos y sus consecuencias-son vacuos. Nada afirman en particular, razón por la cual se les llama tautologías.
Sin embargo, algunos políticos adoran las tautologías, bien por ignorancia, bien porque no nos comprometen de ningún modo. Por ejemplo, et ex presidente George W. Bush declaró una vez: «Quienes entran en el país de manera ilegal, violan la ley». También inventó el eslogan «guerra contra el terror», que es una contradicción disfrazada, puesto que la propia guerra engendra los peores terrores. La lógica no se ocupa de las oraciones que no representan proposiciones, tales como preguntas, pedidos, lamentos, órdenes y contrafáctícos. Pero, desde luego, las preguntas, pedidos, lamentos y órdenes, aunque carentes de valor de verdad, son indispensables. No se puede decir lo mismo de los enunciados contrarios a los hechos, a pesar de que estén profusamente extendidos en la retórica política. Recuérdese lo que dijo el mismo político citado anteriormente: «Si no hubiéramos invadido lrak, ahora esto sería un criadero de terroristas». Contrariamente a la difundida creencia de que la persona en cuestión tiene tendencia a decir mentiras, esta oración no es ni verdadera ni falsa. Con todo, grosso modo, significa lo mismo que la oración declarativa «Atacamos lrak porque con seguridad se iba a convertir en un criadero de terroristas». A diferencia de la oración contrafáctica correspondiente, ésta expresa una proposición, aunque se trate de una proposición que no es apoyada ni debilitada por ninguna prueba, por lo cual no se le puede asignar un valor de verdad. Solo sabemos que, cinco años después de haber sido invadido, lrak se ha transformado en un terreno de cría para !os «terroristas», también llamados «insurgentes» o, por algunos, «patriotas». la moraleja es que los contrafácticos deben manejarse con cuidado, especialmente en cuestiones de vida o muerte. Las más importantes de todas las reglas lógicas son la ley de no contradicción y la regía de inferencia llamada modus ponens. La primera sostiene que la afirmación conjunta de
Paradójicamente, las contradicciones son extremadamente fértiles, puesto que de ellas se sigue cualquier proposición. En cambio, de la conjunción de «Si A, entonces B>> y B no se sigue nada. Afirmar lo contrario es incurrir en una falacia clásica. Por ejemplo, de la generalización «Los representantes que mantienen su palabra son reelegidos» y del dato
pueda haber una lógica política, del mismo modo que no puede haber una lógica química. Con todo, la lógica deja fuera el razonamiento práctico: nó abarca pautas de inferencia tales como la siguiente: Si esa nación es atacada, tomará represalias. Tomar represalias es malo. Esa nación no debe ser atacada. El anterior es un caso de razonamiento práctico. Relaciona hechos en lugar de enunciados e incluye un juicio de valor, así como un imperativo. Por el momento, basta advertir que el discurso político honesto contiene argumentos tanto prácticos como lógicos. La discusión racional no es privativa de la vida académica: también es una característica de la democracia. En efecto, la contienda política y la administración del bien común suponen debates racionales acerca de medios y fines, incluso para la invención y ejecución de campañas políticas simplificadoras, tales como el llamamiento nazi a la «sangre y tierra». Pero, desde luego, la discusión racional, aunque necesaria, nunca es suficiente. Únicamente los racionalistas ingenuos podrían creer que los conflictos políticos se pueden resolver exclusivamente por medio de la discusión racional: la racionalidad debe guiar la disputa po lítica, aunque solo sea para minimizar los daños, pero no puede reemplazar la contienda. Lamentablemente, los intereses con el respaldo de la fuerza pueden aplastar incluso al más convincente de los argumentos: Dios favorece a los buenos cuando estos superan en número a los malos. La racionalidad se da por sentada en todos los ámbitos, en tal medida que la conducta irracional nos desestabiliza y algunos estrategas militares han aconsejado simular la irracionalidad a fin de confundir y atemorizar al enemigo. Schelhng (1960) llamó a esta
profesor Kissinger, le llamó «teorta del loco». Al jugar con la racionalidad, estas personas, junto con sus correlatos soviéticos, estaban jugando con la supervivencia de la especie humana.
Ocupémonos brevemente el concepto de teoría. Algunos politólogos equiparan la teoría política con la politología normativa (o filosofía política o ingeniería social). Este uso es idiosincrásico y engañoso, puesto que en todas las ciencias maduras lo que se entiende por teoría es un sistema hipotético-deductivo, no una hipótesis aislada ni un conjunto de hipótesis
perteneciente a ella es un supuesto inicial (o postulado), una definición o una consecuencia lógica de uno o más supuestos o definiciones. Sin embargo, la mayor parte de lo que se tiene por teorías en las ciencias políticas son, en realidad, «teorías de una línea», vale decir hipótesis, tales como «Todas las guerras son luchas por recursos económicos». He aquí un ejemplo ad hoc de una miniteoría, un caso de la tesis de Merton de las consecuencias no deseadas (especialmente las perversas) de la acción social: l. la legislación de bienestar social promueve la prosperidad.
proposiciones constituyen un pequeño sistema conceptual, un modelo teórico coherente, aunque algo paradójico.
políticas, como lo hicieron Lasswell y Kaplan (1950: xiii) en su influyente libro. Una doctrina política, por ejemplo el liberalismo o el socialismo, es una ideología y, hasta donde sé, ninguna ideología ha sido organizada como un sistema hipotético-deductivo. De hecho, las ideologías se presentan, por lo común, como colecciones de eslóganes tales como «¡Libertad o muerte!» y «¡Libre comercio o reventar:», mientras que los lemas políticos son llamamientos a la acción, no hipótesis comprobables.