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Texto de de Guy CLaxton - "Tener una idea".
Tipo: Apuntes
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Escuela de Fotografía Creativa – Biblioteca de Apuntes Materia: REALIZACION 1 Autor: Guy Claxton Cerebro de liebre, mente de tortuga Editorial Urano, Barcelona, 1977. Capítulo 5 Tener una idea: El pausado arte de la gestación mental No puedes ir hasta la matriz para formar a un niño; él se encuentra allí y se va formando solo, hasta que está completo […]. Claro que tienes un poco más de dominio sobre la escritura; pero debes permitir que sea ella la que te domine, y si te parece que te lleva por un camino no hollado, no emprendas el regreso. GERTRUDE STEIN Aunque existen muchas metáforas empleadas por los creadores para describir su proceso, ninguna es tan frecuente como la de la gestación. Tener una idea es lo más parecido a tener un hijo, dicen. Es algo que requiere una semilla para originarse, un útero para crecer en un medio seguro, nutritivo pero inaccesible. El progenitor es el anfitrión que hace posibles las condiciones para el crecimiento, pero no es el “fabricante”. Los hijos se “tienen”, no se “hacen”, y lo mismo sucede con las ideas y la inspiración. La gestación tiene sus propios tiempos: tanto psicoanalítica como físicamente es el proceso por excelencia que no puede acelerarse ni controlarse; una vez puesto en marcha, sigue su propio ritmo y, a menos que se produzca un grave contratiempo o una intervención, continúa hasta llegar a término. No son sólo los románticos los que ven así a la mente. Incluso el máximo conductista, B. F. Skinner, en una conferencia pronunciada en el Centro Poético de Nueva York y titulada “Tener un poema”, comenzó su discurso diciendo que su charla tenía la virtud de explicarse a sí misma, ya que estaba a punto de “tener” una conferencia. Siguió a continuación desarrollando su metáfora con detenimiento.
“Cuando se dice que una mujer gesta a un bebé no se está siendo muy creativo con el lenguaje. El verbo se refiere a hacer que el feto llegue a buen término. Y entonces, cuando ya ha dado a luz —como si el parto fuera una propiedad o don que puede otorgarse—, tiende a decirse simplemente que la mujer ha tenido a un bebé, donde tener no parece significar mucho más que tomar posesión de. ” ¿Cuál es exactamente, entonces, la naturaleza de la contribución de una madre? No decide el color de los ojos o la piel del hijo. Le da sus genes, pero ¿son realmente “suyos”, teniendo en cuenta que los ha heredado de sus padres, y, a través de ellos, de todo un linaje involuntario? Ciertamente, no tiene mucho sentido que se sienta orgullosa de los ojos marrones y del pelo castaño que va a transmitirle a su hijo. “Un biólogo — añade Skinner— no tiene ninguna dificultad a la hora de describir el papel de una madre. Esta es un lugar, un hábitat en el cual se desarrolla un importante proceso biológico. Ella aporta calor, protección y alimento, pero no diseña al hijo que saca provecho de tales condiciones. El poeta es también un hábitat, un lugar donde confluyen ciertas causas genéticas y medioambientales.” Y, tal como hemos visto, lo que puede decirse de un poeta es aplicable también a un científico, un novelista, un escultor o un diseñador industrial. Esta analogía nos recuerda que el proceso de creación es eminentemente más orgánico que mecánico. Aun así, la naturaleza de la “incubadora” es fundamental para el desarrollo de la semilla. Una madre no manipula el desarrollo intrauterino de su hijo, pero influye enormemente en él con su estilo de vida y su sensibilidad, con sus ansiedades, sus apetitos y sus actitudes, con su historia y su constitución. Su identidad y el entorno físico y emocional en el que habita afectan a la naturaleza y la calidad del santuario que ella ofrece para albergar una vida en su interior. Éste parece ser, también, el caso de la intuición: existen condiciones que favorecen que el útero mental sea más o menos propicio para el crecimiento y el nacimiento de ideas; y hay modos y grados diferentes por los cuales las personas pueden proporcionar, con mayor o menor habilidad, esas condiciones propicias. Cuanto más claramente sepamos identificar dichas condiciones, mejor podremos favorecer su consecución. En primer lugar, es necesario encontrar la semilla; en este proceso, al creador le hace falta curiosidad, abrirse a lo que es nuevo o desconcertante. Hay que dejarse impregnar. Si no nos llama la atención ningún detalle que se resiste a encajar en los modelos convencionales, o si un comentario oído casualmente no nos desencadena un punto de vista propio que hasta entonces no habíamos sabido explicar, entonces no hay nada a lo que el proceso creativo pueda agarrarse. A. E. Housman aporta nueva luz a esta imagen trillada cuando dice: “Si me obligaran a decir a qué tipo de cosas pertenece la poesía, yo diría que es una secreción; bien natural, como la resina del abeto, bien inerte, como la perla de la ostra. En mi caso, aunque no trabajo el material con tanta maestría como la ostra trabaja la perla, creo que es del segundo tipo”. Para un científico, el estímulo se presenta a menudo en forma de detalle inexplicado o de incongruencia. La semilla imaginativa que finalmente floreció en la teoría de la relatividad hay que buscarla en el intento de un Einstein adolescente de imaginar cómo sería volar montado en un haz de luz. Mientras realizaba una comprobación rutinaria en el gráfico de cinco kilómetros de largo realizado por la impresora de un radiotelescopio, una joven astrofísica de la Universidad de Cambridge observó unas marcas que la desconcertaron. Las podría haber ignorado, o haberlas descrito como ruido cósmico. Pero, con una gran cantidad de horas de trabajo posterior por su parte, esa observación dio como resultado el descubrimiento de un nuevo tipo de estrella. De entre cientos de moscas de la fruta, había una que tenía un ojo anómalo. Un biólogo que se preciara no podía dejar de preguntarse por qué. Cinco años después, las
de que los pliegues del pensamiento se desgasten tanto que ya no permitan una percepción fresca o una mezcla de diferentes corrientes de ideas. Recordemos los experimentos con los envases de agua, en los que las personas se aferraban rápidamente “a una idea fija”. Cuanta más experiencia habían tenido con la regla más compleja, menos probabilidades tenían de darse cuenta de que había otra solución más simple. En estudios realizados con personas creativas, predomina la relación inversamente proporcional entre la edad y la creatividad. En las ciencias físicas y matemáticas, por ejemplo, la edad de máxima creatividad aparece entre los veinticinco y los treinta y cinco años. Veamos ahora un ejemplo aún más concreto: el New York Times publicó en portada el 18 de febrero de 1993 un artículo que informaba sobre el descubrimiento de la primera técnica eficaz para eliminar in vitro el virus del sida de las células humanas, así como para prevenir la infección de células sanas. El inventor de ese método era un joven recién graduado en medicina, Yung Kang Chow, que precisamente a causa de su poca experiencia pudo vencer una idea preconcebida que, hasta ese momento, estaba paralizando inconscientemente a otros investigadores. Chow se cuestionaba: “Quizá por acabar de licenciarme en medicina y no haber aprendido mucho todavía tengo una actitud menos viciada con respecto al problema”. Para poder ver más allá de ideas preestablecidas —factor clave, en muchos casos, de la creatividad— hace falta estar informado, pero no deformado; orientado, pero no dirigido. Tal como hemos visto, la intuición tiende a funcionar mejor en situaciones complejas y poco definidas, en las cuales la información disponible aparece fragmentada o incompleta y en las que sólo pueden progresar aquellos que, en las conocidas palabras de Jerome Bruner, “vayan más allá de la información disponible” y sean capaces de apoyarse en sus propios conocimientos para desarrollar hipótesis o intuiciones fructíferas. Es posible que novelistas y científicos necesiten en algún momento más “datos”, pero la idea creativa llega al poner en contacto, lo más estrechamente posible, la “especificación del problema” con los datos y con nuestro propio almacén de ideas, al permitir que se sientan tan juntos y tan libres como sea posible, se podría extraer todo el alcance de significados y posibilidades tanto de los datos disponibles en un momento dado como de las experiencias pasadas. Una persona intuitiva es aquella que está dispuesta, preparada y capacitada para extraer mucho de muy poco. Si nos empeñamos en tener que contar con una información de alta calidad procedente de fuentes absolutamente fiables antes de estar dispuestos a emitir un juicio, ciertamente reduciremos las posibilidades de equivocarnos en las cosas más obvias, pero no nos libraremos de cometer los llamados “errores de omisión”, que son a menudo menos evidentes. Adoptando esta actitud conservadora, desaprovecharemos un tipo de respuestas más provisionales, más holistas, auspiciadas por el inconsciente. En el otro extremo, una intuición indiscriminada podría llevarnos a admitir cualquier corazonada ante el más ligero estímulo. La cuestión fundamental, por lo tanto, en lo que se refiere a la intuición, es determinar su relación con el consciente y el inconsciente, de manera que ambos tipos de error sean minimizados, y poder estar abiertos a las impresiones de la submente, dispuestos a tenerlas en cuenta, pero sin sobrevalorarlas ni acatarlas sin discernimiento. ¿Existen diferentes grados de disposición a emitir juicios y tomar decisiones basados en informaciones (conscientes) inadecuadas? Y, en el caso de que así sea, entre las personas más dispuestas a hacerlo, ¿las hay que obtengan mejores resultados que otras? Los estudios realizados por Malcolm Westcott en el Vassar College de Estados Unidos ponen de manifiesto que la respuesta a las dos preguntas es claramente
afirmativa. Westcott llevó a cabo una prueba con sus alumnos universitarios. Les mostraba dos palabras o dos números entre los que había alguna relación. Su tarea consistiría en demostrar que captaban dicha relación añadiendo una tercera palabra o número que encajara con ellos. Por ejemplo, se les mostraban los números “2 y 6” y se les pedía que completaran la serie “10 y ¿?”, o las palabras “ratón y rata” y tenían que completar la serie “fin de semana y ¿?”. Los estudiantes tenían una serie de pistas selladas y podían solicitar su apertura, de una en una, antes de aventurar sus respuestas. No había ningún límite en la consulta de estas pistas. En el momento de responder, se les pedía que indicaran el grado de seguridad de sus respuestas, es decir, hasta qué punto estaban seguros de estar respondiendo correctamente. Con ello, Westcott podía analizar tres variables en cada problema: si la solución era correcta o incorrecta; cuántas pistas solicitaban los estudiantes antes de responder; y qué grado de seguridad tenían. El experimento se repitió con varios grupos de personas tanto en Inglaterra como en Estados Unidos, y con diferentes tipos de problemas. Westcott descubrió que había diferencias acusadas y persistentes entre los individuos en las tres variables del experimento, hasta el punto de que podían establecerse cuatro subgrupos claramente diferenciados. Estaban los que normalmente necesitaban muy poca información antes de dar su respuesta y normalmente acertaban. A éstos los denominó “intuitivos con éxito”. Luego estaban los que, necesitando también muy poca información, solían equivocarse: los “intuitivos descontrolados”. El tercer grupo lo formaban aquellos que requerían contar con mucha información antes de mostrarse dispuestos a responder, pero que, cuando lo hacían, normalmente acertaban; a éstos los denominó “cautelosos con éxito”. Y, finalmente, estaban los que hacían uso de toda la información de que podían disponer y, aun así, se equivocaban con frecuencia: los “cautelosos fracasados”. Westcott los sometió también a un test de personalidad para conocer las características de los intuitivos con éxito (así como las de los demás subgrupos), y constató que éstos tienden a ser personas introvertidas a las que les gusta mantenerse al margen del primer plano de la sociedad, que son autosuficientes y que confían en su propio criterio. Prefieren descubrir las cosas por sí mismos y se resisten a ser controlados por los demás. Tienden a rechazar los convencionalismos y se sienten bien en esa posición no convencional. En reuniones sociales guardan la compostura, pero en situaciones de mayor intimidad o soledad son capaces de mostrar sus sentimientos. Les encanta asumir riesgos y no les importa estar expuestos a la crítica y al desafío. Aceptarán o rechazarán las críticas según les convenga, y se mostrarán dispuestos a cambiar en la medida en que lo estimen apropiado. Se describen a sí mismos como “independientes”, “previsores”, “confiados” y “espontáneos”. “ Exploran las incertidumbres y alimentan las dudas en mayor medida que los demás grupos, y conviven con ellas sin miedo. ” Por contraste, los “intuitivos descontrolados” son mucho más sociables. Pero “sus interacciones se caracterizan por considerables tensiones, parecen ser bastante egocéntricos, y sus “planteamientos” afectivos parecen dirigidos hacia ellos mismos”. Estos rasgos se manifiestan con frecuencia en forma de “un anticonvencionalismo ansioso y sistemático unido a unas opiniones rígidas e inamovibles, todo ello sumado a cierto grado de cinismo”. Se describen a sí mismos como “despiertos”, “rápidos”, “testarudos” y “cínicos”. Westcott comenta que estos individuos “parecen esforzarse por captar una realidad que se les escapa, y es probable que intenten diferentes modalidades de ataque [contra la incertidumbre] de una manera bastante caótica”. Los “cautelosos con éxito” se distinguen por “una fuerte inclinación al orden, la certeza y el control”, y muestran un gran respeto ante la autoridad. Se encuentran bien
su curso un proceso mental que no puede ni observarse ni controlarse— se convierte en un factor importante. Los que no sean capaces de soportar la incertidumbre no podrán, en consecuencia, constituirse en el útero que la intuición creativa requiere. Milton Rokeach, después de poner de manifiesto, tal como vimos en el capítulo 4, que la creatividad se ve incrementada cuando se nos obliga a aminorar el ritmo, concluye que “la diferencia entre personas más o menos rígidas puede atribuirse […] a diferencias personales en cuanto a su disposición frente al tiempo […]. La disposición frente al tiempo [es decir, la voluntad de pensar lentamente] posibilita estados cognitivos más amplios, pensamientos más abstractos […] y, consiguientemente, mayor flexibilidad”. Y, aportando una explicación plausible sobre cómo pueden surgir estas diferencias, añade: “Algunas personas, a causa de experiencias pasadas relacionadas con situaciones de frustración producidas por una demora en la satisfacción de sus necesidades, se vuelven incapaces de tolerar nuevas situaciones de frustración. Para aplacar su ansiedad, este tipo de individuos aprende a reaccionar con relativa rapidez ante la aparición de problemas nuevos […]. Esto trae como consecuencia, inevitablemente, una rigidez en el comportamiento”. Tener o no tener buenas dotes intuitivas depende, por tanto, de disposiciones y hábitos cognitivos, pero por debajo de ellos subyacen características emocionales y personales que pueden estar muy asentadas. Alguien a quien le asuste el desconocimiento no podrá permitirse el lujo de esperar y adoptará, como consecuencia, una modalidad de conocimiento (la modalidad-d) que se muestra decidida y atareada, y que en apariencia ofrece un sentido de la dirección y el control, pero que puede no ser la herramienta adecuada para abordar ese problema en concreto. Existen muchas pruebas que confirman la idea extendida de que cuando las personas se sienten amenazadas, presionadas, juzgadas o estresadas tienden a refugiarse en formas de pensar más definidas, más experimentadas y más convencionales; en dos palabras, menos creativas. Algunos experimentos realizados a partir del problema de los envases de agua de Luchins han puesto de manifiesto que la elección de la solución más compleja, aun cuando es posible dar una más simple, se hace más frecuente en situaciones de estrés. En un estudio realizado hace ya muchos años (y que sin duda en la actualidad no sería aprobado por ningún comité ético), se pasó un test de personalidad a una serie de estudiantes y se les dijo que los resultados daban a entender que mostraban algún tipo de “rasgos de personalidad inadaptada” (lo que era falso). A continuación se les avisó de que los resultados que obtuvieran en el experimento de los envases de Luchins, que se les iba a pasar a continuación, servirían para confirmar o desmentir los resultados de los tests de personalidad. Cuanto más amenazados se sentían los individuos, más tenazmente se aferraban a la solución anterior y menos posibilidades tenían de vislumbrar la nueva. Niveles de estrés menos acusados también interfieren en los resultados. Arthur Combs y Charles Taylor hicieron que varias personas descifraran una serie de frases según el sencillo código de transposición habitual en los cómics de espías destinados a niños. Algunas de las frases tenían connotaciones vagamente personales, como por ejemplo: “Mi familia no respeta mis opiniones”, mientras que otras eran completamente neutras: “La Universidad ha estado bastante aburrida este invierno”. Ante algunas de las frases neutras, el responsable del experimento les decía a los sujetos “¿No podríais ir un poco más rápido?”. Los resultados revelaron que los sujetos tardaban mucho tiempo en descifrar las frases de tipo personal, y cometían en ellas gran cantidad de errores, pero que eran las frases neutras presentadas bajo presión temporal las que arrojaban peores resultados. Así, incluso en tareas mecánicas en las que el grado de creatividad requerido es mínimo, una exhortación a la prisa resulta contraproducente.
El efecto perjudicial de la prisa en la calidad del pensamiento queda demostrado también en el siguiente estudio de Kruglansky y Freund. El experimento consistía en predecir cuál sería el rendimiento de un hipotético candidato a un puesto en la dirección de una empresa a partir de una serie de datos personales de ese candidato. Se dividió al grupo de estudiantes en dos mitades. Al primer grupo se le dio la información positiva primero y la negativa después. Al segundo se le dio la misma información pero en el orden inverso. El resultado fue que los primeros predijeron un rendimiento del candidato muy superior a los segundos. Esa tendencia se acentuó todavía más cuando los estudiantes tuvieron que hacer las predicciones en un espacio de tiempo corto. Parece que nos vamos construyendo una imagen intuitiva de una situación a medida que vamos avanzando en su conocimiento, y que lleva su tiempo desmontarla y comenzar de nuevo. Por tanto, si la información que llega en segundo lugar entra en contradicción con la idea que ya nos habíamos hecho, es probable que decidamos inconscientemente reinterpretar dicha información en lugar de modificar del todo nuestra idea. Y cuanta mayor sea la presión a la que nos sentimos sometidos, menores posibilidades tendremos de reorganizar las ideas partiendo de cero. Esta forma de tenacidad constituye un escollo considerable para la intuición, ya que cuando tomamos decisiones en la vida real, lo normal es que la información no nos llegue toda a la vez, sino progresivamente. Decidirse por una idea de forma rápida e intuitiva puede conducir a ignorar o despreciar datos aparecidos con posterioridad si éstos no encajan con una opinión que ya ha sido tomada. Incluso el estrés no relacionado directamente con las tareas de resolución de problemas incrementa esa rigidez. Los pacientes de hospital que esperan a ser intervenidos quirúrgicamente dan respuestas más estereotipadas a los tests de Rorschach (las manchas de tinta), o se muestran mucho menos ágiles y creativos al tener que completar símiles del tipo “enfadado como un…”, “interesante como un …”, “doloroso como un …”. Además, físicamente se muestran más torpes y más olvidadizos. Una de las personas que ha trabajado más intensamente para incrementar el papel de la intuición en todos los aspectos prácticos de la vida real es George Prince, fundador, junto con William Gordon, del famoso programa “Synectics” de potenciación de la creatividad. Prince inició su trabajo con el supuesto de que la gente necesita ejercitarse en el arte de generar más y mejores ideas. “Estaba convencido de que cuando la gente llegaba a nosotros no era muy creativa, y que cuando se iba lo era y mucho.” Pero lentamente fue convenciéndose de que ese no era el meollo de la cuestión. Se dio cuenta de que la especulación, el proceso de expresar y analizar ideas provisionales en público, hacía muy vulnerable a la gente, especialmente en el ámbito laboral, y que con demasiada frecuencia, de maneras sutiles (o no tan sutiles), la gente sentía que su puesto de trabajo no era un lugar seguro. La disposición de la gente para embarcarse en la exploración de los límites de su pensamiento puede quedar suprimida fácilmente ante el más mínimo indicio de competitividad o cuestionamiento. “Actos muy extendidos, como someter a un interrogatorio riguroso a quien plantea una idea, hacer bromas inocentes respecto a una propuesta, o el mismo hecho de ignorar cualquier ocurrencia (cualquier cosa que pueda hacer que la gente con ideas tenga que ponerse en una actitud defensiva), tienden a reducir la capacidad de especulación no sólo en la persona sino en todos los que están a su alrededor.” La descorazonadora conclusión a la que llega Prince es que los adultos, en su puesto de trabajo, son más capaces de “herir sentimientos” de lo que parece, y que todos los trabajadores, a todos los niveles y en todo tipo de profesiones, tienden a sentirse inmersos en una batalla competitiva para mantener e incrementar un sentido de la autoestima eminentemente frágil. Y concluye: “Es la especulación la que siempre sale
ciencia no se producen porque los que defienden las ideas establecidas se vean obligados por el peso de la evidencia a modificar sus planteamientos, sino porque se retiran y acaban muriendo. Los estados de ánimo relajados y abiertos que propician la creatividad tienen más enemigos, además de aquellos que hemos definido como “amenazas”: todas las cosas que nos obligan a esforzarnos demasiado. La búsqueda desesperada de una respuesta interfiere en el proceso de gestación. En un experimento, Carl Viesti pidió a los sujetos que intentaran determinar cuál de entre una serie de tres modelos era el que no encajaba con los demás, mientras él analizaba hasta qué punto sus resultados mejoraban con la práctica. Aunque se les dio tiempo suficiente para examinar cada serie, los sujetos a los que se ofreció un importante premio en metálico obtuvieron peores resultados y aprendieron menos que aquellos a los que sólo se ofreció un regalo simbólico. Viesti llega a la conclusión de que “sin importar su tamaño, las recompensas monetarias no hacen mejorar significativamente los resultados en tareas relacionadas con el aprendizaje introspectivo, y pueden, por el contrario, ser una interferencia negativa”. Resulta revelador que el mismo efecto contraproducente de incentivos haya sido observado en el mundo animal. Los monos y las ratas a los que se hace aprender algo antes de darles de comer descubren menos cosas de su entorno general si están hambrientos que si no tienen mucha hambre. Cuanto más perentoria es la necesidad de alcanzar una meta o de resolver un problema, menor es la atención que los animales o los seres humanos prestan a los modelos generales de su entorno, y mayor es su estricta limitación a aquellos aspectos que les permiten resolver el problema. Estas pautas pueden modificarse sólo hasta cierto punto; si el entorno cambia de repente y es preciso descubrir nuevas variables, esta actitud se revela limitada y estrecha. Ofrecer incentivos puede hacer incrementar la productividad rutinaria, pero no conduce a la creación de las condiciones que generen soluciones y ocurrencias de calidad. No es enseñando muchas zanahorias, ni tampoco dando muchos palos, como se estimula la intuición creativa. La cualidad que anima a la intuición creativa puede compararse con lo que sienten las futuras madres cuando el feto “da pataditas”. A medida que la semilla de una idea crece, es como si el cuerpo que la alberga se fuera dando cuenta gradualmente de los movimientos autónomos de la nueva vida creativa que crece en su interior. Su sensibilidad para captar estas mínimas señales, su capacidad de respuesta ante ellas, son factores que influyen significativamente en el proceso creativo. El resultado final de la gestación mental dependerá concretamente de la capacidad de desarrollar, en esa frontera imprecisa entre el consciente y el inconsciente, un tipo de atención que sea abierta sin ser agobiante, perceptiva sin ser cegadora. Significativamente, las personas más intuitivas son aquellas que parecen ser capaces de contemplar cómo emergen sus nuevas creaciones sin perseguirlas, ordenarlas o tratar de convertirlas en palabras lo más rápido posible. En los años sesenta, el poeta Ted Hughes dio una serie de charlas radiofónicas sobre escritura dirigidas a los jóvenes. En una de ellas hizo una hermosa descripción de esta cualidad para estar atento a nuestra propia mente. En la escuela […] empecé a interesarme mucho en esos pensamientos míos que no podía atrapar. A veces eran apenas lo que llamaríamos pensamientos; era más bien una vaga sensación de algo […] [y] en su mayoría no me resultaban de ninguna utilidad porque nunca conseguía atraparlos. A muchas personas les pasa lo mismo. Sus pensamientos son volátiles; sólo un destello y después desaparecen, o, aunque saben que saben algo o que tienen alguna idea, no pueden desenterrar esas ideas cuando quieren. Su mente, en realidad, les parece
estar fuera de su propio alcance […]. El proceso de pensamiento mediante el cual podemos finalmente penetrar en la vida interior […] es el tipo de pensamiento que hay que aprender y, si no lo hacemos como sea, nuestra mente estará en nuestro interior como los peces en el estanque de alguien que no sabe pescar […]. Tal vez no deba llamarlo pensamiento. Yo estoy hablando de cualquier habilidad o truco que nos permita atrapar las ideas resbaladizas y oscuras, y ponerlas en común, y detenerlas para poder mirarlas con tranquilidad. Hughes prosigue su explicación diciendo que no es que él sea muy hábil en este tipo de “pesca” mental, pero que lo que sabe no lo aprendió en el colegio, sino… pescando, en el sentido literal del término, con caña y sedal. Al pasar horas contemplando una boya roja o amarilla, los constantes impulsos que llaman normalmente nuestra atención se van desvaneciendo, y todo el campo de la conciencia queda ligera pero fijamente centrado en la boya y en todo el universo subacuático suspendido bajo ella, que tal vez en ese preciso instante se esté dirigiendo hacia la superficie, hacia el cebo. Imaginación y percepción operan tanto por encima como por debajo del mundo acuático. Así, la pesca es un ejercicio que cultiva esa modalidad de la mente relajada pero atenta, perceptiva pero imaginativa, que facilita la intuición; y, al mismo tiempo, constituye una metáfora de cómo esa actitud mental media entre la conciencia y la submente. Este modo de recoger y revisar los frutos de la intuición sin dañarlos o querer convertirlos rápidamente en “mermelada” es, como dice Hughes, algo que varía según las personas; no todas tienen la misma habilidad o se sienten tan cómodas para desarrollarla. Es, asimismo, un arte que puede ejercitarse no sólo a través de la pesca sino mediante cualquier forma de contemplación que invite a observar sin interferir en el mundo crepuscular que se extiende entre la conciencia y la submente; entre la claridad y la oscuridad; entre el sueño y la vigilia. En ese ocaso de la mente, si estamos quietos y observamos, se ven en acción a los precursores de la inteligencia consciente, y si tenemos suerte podremos atrapar el destello de una idea original o útil. Como dijo Emerson refiriéndose a la creatividad, en su ensayo sobre la Confianza en uno mismo: “El hombre debería aprender a detectar y observar el destello de luz que atraviesa su mente desde dentro […]. En las palabras de los genios reconocemos los pensamientos que nosotros hemos desestimado; vuelven a nosotros con algo de majestad alienada”. Múltiples estudios demuestran que existen grandes diferencias entre la capacidad de las personas para acceder a este tipo de estados de ensoñación, y la opinión que los demás tienen sobre sus facultades creativas. La gente que posee una imaginación muy desarrollada, que es capaz, por ejemplo, de perderse en un mundo de fantasía o de recordar con todo lujo de detalles pasajes de su infancia, obtiene también buenos resultados en los tests de creatividad. De modo similar, el psicoanalista James Hillman censura el juego de salón posfreudiano consistente en “interpretar” los sueños de alguien. El sueño, afirma Hillman, cuenta a menudo con cierta integridad, con un aura que mezcla significado y misterio, que se pierde al intentar desmembrarlo en las categorías comunes del pensamiento. Indicios y alusiones indirectas forman parte de la naturaleza misma de los sueños. “Una imagen siempre parece más profunda, más poderosa y más bella que la comprensión de esa imagen.” Preguntar por el significado de un sueño es tan erróneo como preguntar por el significado de una pintura, un poema o incluso de una puesta de sol. “Dar a los sueños los significados de una mente racional […], es como dragar y transportar todo el material de un extremo a otro de un puente. Es una actitud interesada respecto al inconsciente, utilizarlo para obtener información, poder y energía, una
aparecía hasta un momento bastante tardío del proceso creativo. Otros, por el contrario, una vez decidida la composición de su obra, se aferraban a ella religiosamente y sus cuadros adoptaban una estructura reconocible al poco de empezar. Las conclusiones del estudio no dejaban lugar a dudas. Las pinturas de los alumnos que tuvieron en cuenta mayor cantidad de objetos, y eligieron los menos habituales, los que “jugaron” más con ellos, los que evitaron ceñirse muy pronto a la forma final, cambiando de opinión sobre la marcha, fueron los que, según el jurado, mostraron mayor originalidad y “valor estético”. Es más, el seguimiento que se hizo de ellos siete años después del experimento evidenció que, de entre los que se habían seguido dedicando al arte, los que habían tenido más éxito fueron aquellos que habían adoptado una modalidad más desenfadada y paciente. Era gente que sin duda había aprendido a abrirse a las llamadas de su intuición, gente a la que no le importaba iniciar un viaje de descubrimiento sin saber de antemano a dónde les conduciría. Están en buena compañía. Picasso dijo de su propia obra: “La pintura no se piensa ni se determina de antemano, sino que sigue la movilidad del pensamiento a medida que se va haciendo”. Las personas poseemos gran variedad de formas de abordar la intuición, y existen también, en consecuencia, gran variedad de formas para intentar mejorar las condiciones que hacen posible, tanto desde dentro como desde fuera, que la intuición pueda florecer. Convertirse en “madre de la invención” es un arte que se puede aprender. Se puede aprender a reconocer y a tomarse más en serio las pequeñas semillas de desconcierto y agudeza que experimentamos, y los destellos de pensamiento que surcan la periferia del ojo de nuestra mente. Se pueden descubrir las situaciones y los estados de ánimo que nos hacen ser más receptivos y creativos, y asegurarnos de reservarles algo de nuestro tiempo. Se debe estar en guardia ante una actitud demasiado involucrada en los problemas. Se puede aprender a no ordenarlos enseguida y a no decidirse antes de tiempo por lo que a primera vista puede parecer una solución. Se puede aprender a cultivar la paciencia. Como inquiere el Tao Te King. ¿Quién es capaz de permanecer inmóvil mientras el barro se endurece? ¿Quién puede quedarse quieto hasta el momento de actuar? Los observantes del Tao no buscan la satisfacción. Al no buscar la satisfacción no se dejan arrastrar por anhelos de cambio. Vacíate de todo. Deja que tu mente descanse en paz. Las mil cosas suben y bajan Mientras el Yo observa su retorno. Crecen y florecen y retornan al origen. Retornar al origen es la calma, la vía de la naturaleza.