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Textos Horacio literatura latina
Tipo: Apuntes
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Horacio en la literatura española:
que con llanto abundante hacen bañar el rostro del amante. Por ti el mayor amigo le es importuno, grave y enojoso; yo puedo ser testigo, que ya del peligroso naufragio fui su puerto y su reposo. Y agora en tal manera vence el dolor a la razón perdida, que ponzoñosa fiera nunca fue aborrecida tanto como yo dél, ni tan temida. No fuiste tú engendrada ni producida de la dura tierra; no debe ser notada que ingratamente yerra quien todo el otro error de sí destierra. Hágate temerosa el caso de Anaxárete, y cobarde, que de ser desdeñosa se arrepintió muy tarde, y así su alma con su mármol arde. Estábase alegrando del mal ajeno el pecho empedernido cuando, abajo mirando, el cuerpo muerto vido del miserable amante allí tendido, y al cuello el lazo atado con que desenlazó de la cadena el corazón cuitado, y con su breve pena compró la eterna punición ajena. Sentió allí convertirse en piedad amorosa el aspereza. ¡Oh tarde arrepentirse! ¡Oh última terneza! ¿Cómo te sucedió mayor dureza? Los ojos se enclavaron en el tendido cuerpo que allí vieron; los huesos se tornaron más duros y crecieron y en sí toda la carne convertieron; las entrañas heladas tornaron poco a poco en piedra dura; por las venas cuitadas la sangre su figura iba desconociendo y su natura, hasta que finalmente, en duro mármol vuelta y transformada, hizo de sí la gente no tan maravillada cuanto de aquella ingratitud vengada.
las horas corta escaso; ya Éolo al mediodía soplando espesas nubes nos envía; ya el ave vengadora del Íbico navega los nublados y con voz ronca llora, y el yugo al cuello atados, los bueyes van rompiendo los sembrados. El tiempo nos convida a los estudios nobles, y la fama, Grial, a la subida del sacro monte llama, do no podrá subir la postrer llama. Alarga el bien guiado paso y la cuesta vence y solo gana la cumbre del collado y do más pura mana la fuente, satisfaz tu ardiente gana. No cures si el perdido error admira el oro y va sediento en pos de un bien fingido, que no ansí vuela el viento, cuanto es fugaz y vano aquel contento. Escribe lo que Febo te dicta favorable, que lo antiguo iguala y pasa el nuevo estilo; y, caro amigo, no esperes que podré atener contigo; que yo, de un torbellino traidor acometido y derrocado del medio del camino al hondo, el plectro amado y del vuelo las alas he quebrado.
y movió al señor fiero, con el impio destierro, a proseguir airado el crudo yerro. Por esta mesma vía el noble pecho y corazón constante, y la fe que debía, mostró en igual semblante al rey dudoso el cordobés pujante.
Triste te admiro, desdichado amante, entre las ramas escuchando ahora, dulce jugando con sonantes alas, céfiro flébil [...]
Romance a la mañana Ya sale la bella aurora de esplendores mil velada,
cuando la noche humana se acabe ya del todo, y venga esa otra luz, rencorosa y extraña, que antes que tú conozcas, yo ya habré conocido.
Huellas durmientes en el Palatino
Aquí los veintisiete niños y veintisiete doncellas entonaron el Canto Secular. Aquí la noche (a esa del tres de junio me refiero) se coronó de música. Aquí Horacio lloraría de júbilo (y de vértigo) al contemplar su gloria. Aquí olvidaron inmóviles procónsules triunfales —entornados los párpados, las caras encendidas de minio, indiferentes— su condición humana. Aquí un césar bromeó con su muerte. Aquí se amaron centurias de parejas, superpuestas como en selladas cajas, siglo a siglo. Y pasaron más cosas. Y quedaron quietas aquí sus huellas —¡cuántas huellas, cuántas huellas durmientes, madre, Virgen! Y sesudos doctores consiguieron clasificar muchísimas. Aquí, con comprensible (y culta) obstinación, los gatos italianos se desviven por dejar vero rastro de sus vidas.