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Textos Horacio latin, Apuntes de Literatura Latina

Textos Horacio literatura latina

Tipo: Apuntes

2018/2019

Subido el 03/12/2019

cecigalle
cecigalle 🇪🇸

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bg1
Horacio en la literatura española:
1. Marqués de Santillana, Comedieta de Ponza,
estr.16.
¡Benditos aquellos que con el azada
sustentan sus vidas e viven contentos
e, de cuando en cuando, conoscen morada
e sufren pascientes las lluvias e vientos!
Ca éstos non temen los sus movimientos,
nin saben las cosas del tiempo pasado,
nin las del presente se facen cuidado,
nin las venideras do han nascimientos.
2. Garcilaso, Ode ad florem Gnidis:
Si de mi baja lira
tanto pudiera el son, que en un momento
aplacase la ira
del animoso viento,
y la furia del mar y el movimiento;
y en ásperas montañas
con el süave canto enterneciese
las fieras alimañas,
los árboles moviese,
y al son confusamente los trajese;
no pienses que cantado
sería de mí, hermosa flor de Gnido,
el fiero Marte airado,
a muerte convertido,
de polvo y sangre y de sudor teñido;
ni aquellos capitanes
en las sublimes ruedas colocados,
por quien los alemanes
el fiero cuello atados,
y los franceses van domesticados.
Mas solamente aquella
fuerza de tu beldad sería cantada,
y alguna vez con ella
también sería notada
el aspereza de que estás armada;
y cómo por ti sola,
y por tu gran valor y hermosura
convertido en vïola,
llora su desventura
el miserable amante en su figura.
Hablo de aquel cativo,
de quien tener se debe más cuidado,
que está muriendo vivo,
al remo condenado,
en la concha de Venus amarrado.
Por ti, como solía,
del áspero caballo no corrige
la furia y gallardía,
ni con freno la rige,
ni con vivas espuelas ya le aflige.
Por ti con diestra mano
no revuelve su espada presurosa,
y en el dudoso llano
huye la polvorosa
palestra como sierpe ponzoñosa.
Por ti su blanda musa,
en lugar de la cítara sonante,
tristes querellas usa,
que con llanto abundante
hacen bañar el rostro del amante.
Por ti el mayor amigo
le es importuno, grave y enojoso;
yo puedo ser testigo,
que ya del peligroso
naufragio fui su puerto y su reposo.
Y agora en tal manera
vence el dolor a la razón perdida,
que ponzoñosa fiera
nunca fue aborrecida
tanto como yo dél, ni tan temida.
No fuiste tú engendrada
ni producida de la dura tierra;
no debe ser notada
que ingratamente yerra
quien todo el otro error de sí destierra.
Hágate temerosa
el caso de Anaxárete, y cobarde,
que de ser desdeñosa
se arrepintió muy tarde,
y así su alma con su mármol arde.
Estábase alegrando
del mal ajeno el pecho empedernido
cuando, abajo mirando,
el cuerpo muerto vido
del miserable amante allí tendido,
y al cuello el lazo atado
con que desenlazó de la cadena
el corazón cuitado,
y con su breve pena
compró la eterna punición ajena.
Sentió allí convertirse
en piedad amorosa el aspereza.
¡Oh tarde arrepentirse!
¡Oh última terneza!
¿Cómo te sucedió mayor dureza?
Los ojos se enclavaron
en el tendido cuerpo que allí vieron;
los huesos se tornaron
más duros y crecieron
y en sí toda la carne convertieron;
las entrañas heladas
tornaron poco a poco en piedra dura;
por las venas cuitadas
la sangre su figura
iba desconociendo y su natura,
hasta que finalmente,
en duro mármol vuelta y transformada,
hizo de sí la gente
no tan maravillada
cuanto de aquella ingratitud vengada.
3. Fray Luis, "Al licenciado Juan de Grial"
Recoge ya en el seno
el campo su hermosura; el cielo aoja
con luz triste el ameno
verdor, y hoja a hoja
las cimas de los árboles despoja.
Ya Febo inclina el paso
al resplandor Egeo; ya del día
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Horacio en la literatura española:

  1. Marqués de Santillana, Comedieta de Ponza , estr.16. ¡Benditos aquellos que con el azada sustentan sus vidas e viven contentos e, de cuando en cuando, conoscen morada e sufren pascientes las lluvias e vientos! Ca éstos non temen los sus movimientos, nin saben las cosas del tiempo pasado, nin las del presente se facen cuidado, nin las venideras do han nascimientos.
  2. Garcilaso, Ode ad florem Gnidi s: Si de mi baja lira tanto pudiera el son, que en un momento aplacase la ira del animoso viento, y la furia del mar y el movimiento; y en ásperas montañas con el süave canto enterneciese las fieras alimañas, los árboles moviese, y al son confusamente los trajese; no pienses que cantado sería de mí, hermosa flor de Gnido, el fiero Marte airado, a muerte convertido, de polvo y sangre y de sudor teñido; ni aquellos capitanes en las sublimes ruedas colocados, por quien los alemanes el fiero cuello atados, y los franceses van domesticados. Mas solamente aquella fuerza de tu beldad sería cantada, y alguna vez con ella también sería notada el aspereza de que estás armada; y cómo por ti sola, y por tu gran valor y hermosura convertido en vïola, llora su desventura el miserable amante en su figura. Hablo de aquel cativo, de quien tener se debe más cuidado, que está muriendo vivo, al remo condenado, en la concha de Venus amarrado. Por ti, como solía, del áspero caballo no corrige la furia y gallardía, ni con freno la rige, ni con vivas espuelas ya le aflige. Por ti con diestra mano no revuelve su espada presurosa, y en el dudoso llano huye la polvorosa palestra como sierpe ponzoñosa. Por ti su blanda musa, en lugar de la cítara sonante, tristes querellas usa,

que con llanto abundante hacen bañar el rostro del amante. Por ti el mayor amigo le es importuno, grave y enojoso; yo puedo ser testigo, que ya del peligroso naufragio fui su puerto y su reposo. Y agora en tal manera vence el dolor a la razón perdida, que ponzoñosa fiera nunca fue aborrecida tanto como yo dél, ni tan temida. No fuiste tú engendrada ni producida de la dura tierra; no debe ser notada que ingratamente yerra quien todo el otro error de sí destierra. Hágate temerosa el caso de Anaxárete, y cobarde, que de ser desdeñosa se arrepintió muy tarde, y así su alma con su mármol arde. Estábase alegrando del mal ajeno el pecho empedernido cuando, abajo mirando, el cuerpo muerto vido del miserable amante allí tendido, y al cuello el lazo atado con que desenlazó de la cadena el corazón cuitado, y con su breve pena compró la eterna punición ajena. Sentió allí convertirse en piedad amorosa el aspereza. ¡Oh tarde arrepentirse! ¡Oh última terneza! ¿Cómo te sucedió mayor dureza? Los ojos se enclavaron en el tendido cuerpo que allí vieron; los huesos se tornaron más duros y crecieron y en sí toda la carne convertieron; las entrañas heladas tornaron poco a poco en piedra dura; por las venas cuitadas la sangre su figura iba desconociendo y su natura, hasta que finalmente, en duro mármol vuelta y transformada, hizo de sí la gente no tan maravillada cuanto de aquella ingratitud vengada.

  1. Fray Luis, "Al licenciado Juan de Grial" Recoge ya en el seno el campo su hermosura; el cielo aoja con luz triste el ameno verdor, y hoja a hoja las cimas de los árboles despoja. Ya Febo inclina el paso al resplandor Egeo; ya del día

las horas corta escaso; ya Éolo al mediodía soplando espesas nubes nos envía; ya el ave vengadora del Íbico navega los nublados y con voz ronca llora, y el yugo al cuello atados, los bueyes van rompiendo los sembrados. El tiempo nos convida a los estudios nobles, y la fama, Grial, a la subida del sacro monte llama, do no podrá subir la postrer llama. Alarga el bien guiado paso y la cuesta vence y solo gana la cumbre del collado y do más pura mana la fuente, satisfaz tu ardiente gana. No cures si el perdido error admira el oro y va sediento en pos de un bien fingido, que no ansí vuela el viento, cuanto es fugaz y vano aquel contento. Escribe lo que Febo te dicta favorable, que lo antiguo iguala y pasa el nuevo estilo; y, caro amigo, no esperes que podré atener contigo; que yo, de un torbellino traidor acometido y derrocado del medio del camino al hondo, el plectro amado y del vuelo las alas he quebrado.

  1. Fernando de Herrera, Canción : Al varón firme y justo, no el culpado gobierno y la fiereza, no el tirano robusto y toda su dureza, muda de la segura fortaleza. Nunca peligro alguno le turba: ni el desnudo hierro alzado, ni el piélago importuno, ni del Tonante airado el rayo de tres puntas arrojado. La terrible ruïna que al corazón más áspero quebranta, de su valor no es digna, que osado en furia tanta, el libre cuello sin temor levanta. De esta suerte el ardiente pecho del gran Pelayo abrió camino a su vencida gente, y de llanto contino bañó la faz del vencedor indigno. Tal el insigne y fuerte Conde, y el Cid en armas generoso, no dudando la muerte, al árabe animoso domaron, y su orgullo temeroso. Y aquel gran caballero que contra el caro hijo rindió el hierro,

y movió al señor fiero, con el impio destierro, a proseguir airado el crudo yerro. Por esta mesma vía el noble pecho y corazón constante, y la fe que debía, mostró en igual semblante al rey dudoso el cordobés pujante.

  1. Francisco Medrano, Oda V, "A Luis Ferri": ¿Ves, Fabio, ya de nieve coronados los montes? ¿ves el soto ya desnudo? ¿y, con el yelo agudo, los arroyos parados? Llégate al fuego, y quítame delante esos leños mayores. ¡Oh, qué brasa! ¡y qué a sabor las asa Nise! ¡y el Alicante qué tal es! Come bien, que están süaves las batatas, y bebe alegremente: que no serás prudente si necio ser no sabes. Remite a Dios, remite otros cuidados, que Él sabe y puede encarcelar los vientos cuando más turbulentos los mares traen hinchados. Huye saber lo que será mañana: salga la luz templada o salga fría, tú no pierdas el día, no, que jamás se gana. Y mientras no con rigurosas nieves tu edad marchita el tiempo y tus verdores, coge de tus amores, coge las rosas breves. Ahora da lugar la noche escura y larga al instrumento bientemplado, y al requiebro aplazado ocasión da segura. Baja a la puerta (de su madre en vano guardada) con pie sordo la doncella, y por debajo de ella te deja asir la mano. "Suelte," risueña, "que esperar no puedo", dice, y turbada, "¡Suelte, no me ofenda!": quitarle has tú la prenda del mal rebelde dedo.
  2. Espronceda A la Luna Salve, tranquila plateada luna, que de la noche la grandeza ensalzas, tus rayos ora derramando alegras mares y tierra.

Triste te admiro, desdichado amante, entre las ramas escuchando ahora, dulce jugando con sonantes alas, céfiro flébil [...]

Romance a la mañana Ya sale la bella aurora de esplendores mil velada,

cuando la noche humana se acabe ya del todo, y venga esa otra luz, rencorosa y extraña, que antes que tú conozcas, yo ya habré conocido.

Huellas durmientes en el Palatino

Aquí los veintisiete niños y veintisiete doncellas entonaron el Canto Secular. Aquí la noche (a esa del tres de junio me refiero) se coronó de música. Aquí Horacio lloraría de júbilo (y de vértigo) al contemplar su gloria. Aquí olvidaron inmóviles procónsules triunfales —entornados los párpados, las caras encendidas de minio, indiferentes— su condición humana. Aquí un césar bromeó con su muerte. Aquí se amaron centurias de parejas, superpuestas como en selladas cajas, siglo a siglo. Y pasaron más cosas. Y quedaron quietas aquí sus huellas —¡cuántas huellas, cuántas huellas durmientes, madre, Virgen! Y sesudos doctores consiguieron clasificar muchísimas. Aquí, con comprensible (y culta) obstinación, los gatos italianos se desviven por dejar vero rastro de sus vidas.