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Textos Larra, Apuntes de Historia del Periodismo

Asignatura: Historia del Periodismo Español, Profesor: Agustín Martínez de las Heras, Carrera: Periodismo, Universidad: UCM

Tipo: Apuntes

2012/2013

Subido el 20/07/2013

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alisalaliolibdjz 🇪🇸

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TEXTOS
El duende y el librero
Diálogo
Mariano José de Larra
–Buenos días, señor librero. ¿Qué le trae a usted por aquí?
–Amigo, lo que a todo el mundo le hace ir y venir: el deseo de ganar la vida y, si se
puede, de agenciarse algunas superfluidades.
–Siéntese usted, que no vendrá usted tan de prisa, y explíqueme en qué puedo
servirle.
–Señor, hablemos claro, y ahorrémonos de palabras; vengo a animar a usted a que
escriba, y a que escriba para el público.
–Hombre, mal pleito trae usted.
–Vaya, no empecemos con la modestia.
–No, señor, no es modestia, es comodidad, pereza, reflexión, todo lo que usted
quiera.
–Pero, es posible...
–Vamos, y ¿qué quería usted que escribiera? Para fastidiar al público siempre se
está a tiempo; además... que... en verdad... no tengo nada que decirle por ahora.
–¡Por Dios! ¿No tiene usted nada que decirle? Y ¿no ve usted los abusos, las
ridiculeces; en una palabra, lo mucho que hay que criticar?
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TEXTOS

El duende y el librero

Diálogo

Mariano José de Larra

–Buenos días, señor librero. ¿Qué le trae a usted por aquí? –Amigo, lo que a todo el mundo le hace ir y venir: el deseo de ganar la vida y, si se puede, de agenciarse algunas superfluidades.

–Siéntese usted, que no vendrá usted tan de prisa, y explíqueme en qué puedo servirle.

–Señor, hablemos claro, y ahorrémonos de palabras; vengo a animar a usted a que escriba, y a que escriba para el público.

–Hombre, mal pleito trae usted. –Vaya, no empecemos con la modestia. –No, señor, no es modestia, es comodidad, pereza, reflexión, todo lo que usted quiera.

–Pero, es posible... –Vamos, y ¿qué quería usted que escribiera? Para fastidiar al público siempre se está a tiempo; además... que... en verdad... no tengo nada que decirle por ahora.

–¡Por Dios! ¿No tiene usted nada que decirle? Y ¿no ve usted los abusos, las ridiculeces; en una palabra, lo mucho que hay que criticar?

–¡Criticar! ¡Ay! Usted está loco; mi librero ha perdido la cabeza: ¿piensa usted que reservo yo la mía para lances de honor? ¿O usted cree que tengo yo gusto en vérmela rota?

–Eso no, usted habla en chanza: el Gobierno vigila sobre la seguridad de los individuos que están a su cuidado, y castigaría a cualquiera...

–Sí, señor, el Gobierno vigila sobre la sociedad; y la sociedad no cesa de conspirar a desbaratar los buenos fines del Gobierno; sí, señor, éste protegería tal vez a quien criticase los vicios y los abusos, porque estos siempre conspiran contra el Gobierno; castigaría también, es cierto; pero, Señor librero, ni el Gobierno podrá evitar que una paliza acabe con mi gana de criticar, ni a mí me importará nada que el Gobierno cuelgue al que me la haya pegado, a no ser que le cuelgue antes de pegármela. ¿Y qué necesidad tengo yo de matarme por los abusos de otros?

–Mejor sabe usted que yo que se puede criticar sin nombrar a nadie, sin que nadie se pueda ofender.

–Es cierto; pero no se puede evitar que haya tontos que se crean el objeto de la sátira del autor, cuando éste tal vez no les ha hecho el honor de acordarse de ellos para tomarlos por modelos; y menos se puede evitar el que muchos de estos tontos quieran echarla de valientes, y vayan todos los días a desafiar al redactor, que tiene entonces que dejar a todas horas la pluma para tomar la espada, y dar satisfacción particularmente a cada individuo de los que componen el público de lo que sólo ha dicho a éste en general; y yo no hago ánimo ahora de empezar mi carrera militar; me ha parecido siempre más cómoda la del bufete, porque aprecio las cabezas de mis semejantes tanto como la mía; y soy de opinión que más bien se hicieron todas para discurrir que para recibir golpes, prueba de ello lo muy fáciles que son de romper, y lo poco que resisten esa clase de ejercicio...

–Conque, es decir, que mi visita es en balde... –Pero, hombre, si pide usted cosas... –Pues yo no creo que usted, con ese genio que Dios le dio tan mordaz, deje de tener algo escrito que valga la pena de leerse; y vengo por ello.

–Una cosa es que yo me divierta en reírme en mi cuarto de todo lo que me choca, y otra cosa es...

–Sí, señor, usted tiene mil razones, pero yo no salgo de aquí sin llevar algo. –Hombre, déjeme usted en paz, no sea usted el diablo, que muchos se lo agradecerán.

–Ahora mucho menos; y más, se ha de proponer usted dar un periódico, hay materia para ello, yo conozco que me puede valer mucho.

–No, no, no, eso no; comprometerme a dar un periódico, no señor; supuesto que usted se empeña saldrán, sí, de la oscuridad unas cuantas hojas que escribí noches pasadas, y Dios quiera que no me tenga que arrepentir. Si como es regular me sigue el humor, publicaré otras cuando me acomode o pueda, por artículos sueltos; si no, allí se quedará donde a mí se me acabe el gusto.

–Conque, por último... –Sí, señor, por último, ha vencido usted, bien a mi pesar: ahí van esos borrones; póngalos usted en limpio, en la inteligencia de que no quiero que nadie sepa que yo soy el que los publico; póngales usted cualquier título, que en el día no se repara mucho en eso, y mientras más desatinado más gusta, es decir, más llama la atención, más se compra; de modo que ya eso del título es especulación del librero; pero entienda usted

Neque enim notare singulos mens est mihi, verum ipsam vitam et mores hominum ostendere.

Phaedr. Fab. Pról. I. III.

No sé en qué consiste que soy naturalmente curioso; es un deseo de saberlo todo que nació conmigo, que siento bullir en todas mis venas, y que me obliga más de cuatro veces al día a meterme en rincones excusados por escuchar caprichos ajenos, que luego me proporcionan materia de diversión para aquellos ratos que paso en mi cuarto y a veces en mi cama sin dormir; en ellos recapacito lo que he oído, y río como un loco de los locos que he escuchado.

Este deseo, pues, de saberlo todo me metió no hace dos días en cierto café de esta corte donde suelen acogerse a matar el tiempo y el fastidio dos o tres abogados que no podrían hablar sin sus anteojos puestos, un médico que no podría curar sin su bastón en la mano, cuatro chimeneas ambulantes que no podrían vivir si hubieran nacido antes del descubrimiento del tabaco: tan enlazada está su existencia con la nicociana, y varios de estos que apodan en el día con el tontísimo y chabacano nombre de lechuguinos, alias, botarates, que no acertarían a alternar en sociedad si los desnudasen de dos o tres cajas de joyas que llevan, como si fueran tiendas de alhajas, en todo el frontispicio de su persona, y si les mandasen que pensaran como racionales, que accionaran y se movieran como hombres, y, sobre todo, si les echaran un poco más de sal en la mollera.

Yo, pues, que no pertenecía a ninguno de estos partidos, me senté a la sombra de un sombrero hecho a manera de tejado que llevaba sobre sí, con no poco trabajo para mantener el equilibrio, otro loco cuya manía es pasar en Madrid por extranjero; seguro ya de que nadie podría echar de ver mi figura, que por fortuna no es de las más abultadas, pedí un vaso de naranja, aunque veía a todos tomar ponch o café, y dijera lo que dijera el mozo, de cuya opinión se me da dos bledos, traté de dar a mi paladar lo que me pedía, subí mi capa hasta los ojos, bajé el ala de mi sombrero, y en esta conformidad me puse en estado de atrapar al vuelo cuanta necedad iba a salir de aquel bullicioso concurso.

Se hablaba precisamente de la gran noticia que la Gaceta se había servido hacernos saber sobre la derrota naval de la escuadra turcoegipcia. Quien decía que la cosa estaba hecha: «Esto ya se acabó; de esta vez, los turcos salen de Europa», como si fueran chiquillos que se llevan a la escuela; quien opinaba que las altas potencias se mirarían en ello, y que la gran dificultad no estaba en desalojar a los turcos de su territorio, como se había creído hasta ahora, sino en la repartición de la Turquía entre los aliados, porque al cabo decía, y muy bien, que no era queso; y, por último, hubo un joven ex militar de los de estos días, que cree que tiene grandes conocimientos en la estrategia y que puede dar voto en materias de guerra por haber tenido varios desafíos a primera sangre y haberle favorecido en no sé qué encrucijada con un profundo arañazo en una mano, no sé si Marte o Venus; el cual dijo que todo era cosa de los ingleses, que era muy mala gente, y que lo que querían hacía mucho tiempo era apoderarse de Constantinopla para

hacer del Serrallo una Bolsa de Comercio, porque decía que el edificio era bastante cómodo, y luego hacerse fuertes por mar.

Pero no le parezca a nadie que decían esto como quien conjetura, sino que a otro que no hubiera estado tan al corriente de la petulancia de este siglo le hubieran hecho creer que el que menos se carteaba con el Gran Señor o, por el pronto, que tenía espías pagados en los Gabinetes de la Santa Alianza; riendo estaba yo de ver cómo arreglaba la suerte del mundo una copa más o menos de ron, cuando un caballero que me veía sin duda fuera de la conversación y creyó que el desprecio de las opiniones dichas era el que me hacía callar, creyéndome de su partido se arrimó con un tono tan misterioso como si fuera a descubrirme alguna conjuración contra el Estado, y me dijo al oído, con un aire de importancia que me acabó de convencer de que también estaba tocado de la politicomanía:

–No dan en el punto, amigo mío; un niño que nació en el año II, y que nació rey, reinará sobre los griegos; las potencias aliadas le están haciendo la cama para que se eche en ella: desengañémonos (como si supiera que yo estaba engañado): el Austria no podrá ver con ojos serenos que un nieto suyo permanezca hecho un particular toda su vida. ¿Qué tal? –Como quien dice: ¿he profundizado? ¿He dado en el blanco?

Yo le dije que sí, que tenía razón, y, efectivamente, yo no tenía noticia alguna en contrario ni motivo para decirle otra cosa, y aun si no se hubiera separado de mí tan pronto, y con tanta frialdad como interés manifestó al acercarse, le hubiera aconsejado que no perdiese momentos y que hiciese saber sus intenciones a las altas potencias, las que no dejarían de tomarlas en consideración, y mucho más si, como era muy factible, no les hubiera ocurrido aún aquel medio tan sencillo y trivial de salir de rompimientos de cabeza con la Grecia.

Volví la cabeza hacia otro lado, y en una mesa bastante inmediata a la mía se hallaba un literato; a lo menos le vendían por tal unos anteojos sumamente brillantes, por encima de cuyos cristales miraba, sin duda porque veía mejor sin ellos, y una caja llena de rapé, de cuyos polvos, que sacaba con bastante frecuencia y que llegaba a las narices con el objeto de descargar la cabeza, que debía tener pesada del mucho discurrir, tenía cubierto el suelo, parte de la mesa y porción no pequeña de su guirindola, chaleco y pantalones. Porque no quisiera que se me olvidase advertir a mis lectores que desde que Napoleón, que calculaba mucho, llegó a ser emperador, y que se supo podría haber contribuido mucho a su elevación el tener despejada la cabeza, y, por consiguiente, los puñados de tabaco que a este fin tomaba, se ha generalizado tanto el uso de este estornudorífico, que no hay hombre, que discurra que no discurra, que queriendo pasar por persona de conocimientos no se atasque las narices de este tan precioso como necesario polvo. Y volviendo a nuestro hombre:

–¿Es posible –le decía a otro que estaba junto a él y que afectaba tener frío porque sin duda alguna señora le había dicho que se embozaba con gracia–, es posible –le decía mirando a un folleto que tenía en las manos–, es posible que en España hemos de ser tan desgraciados o, por mejor decir, tan brutos?

En mi interior le di las gracias por el agasajo en la parte que me toca de español, y siguió–: Vea usted este folleto.

–¿Qué es? –Me irrito; eso es insufrible –y se levantó y dio un golpe tremendo en la mesa para dar más fuerza a la expresión; golpe que hubiera sido bastante a trastornar todos los vasos si alguno hubiera habido.

Mirele de hito en hito, creyéndole muy interesado en alguna desgracia sucedida o un furioso digno de atar por no saber explicarse sino a porrazos, como si los trastos de

–¿Qué dice usted? ¿Merece acaso ese hombre que se hable de él en letras de molde? Eso sería, como él dice, degradar aún más que él y el diarista el arte de la imprenta; además, que si yo me pusiera a escribir, ¿dónde habría papel? Pues qué, ¿es el único que merece semejante tratamiento? Hace mucho tiempo que nos infestan autores insulsos; digo, pues, la leccioncita de modestia... Y, vamos, que siquiera allí hay gracias, hay sales de trecho en trecho; es verdad que, como dice Virgilio, sin que parezca ganas de citar, apparent rari nantes in gurgite vasto. Sí, señor, pocas, pero las hay; también hay majaderías; tan pronto dice que no vale nada la comedia, como que es buena; las décimas son poco mejores que las del antidiarista; y, sobre todo, señores, yo no puedo ver con serenidad que haya hombres tan faltos de sentido que se empeñen en hacer versos, como si no se pudiera hablar muy racionalmente en prosa; al menos, una prosa mala se puede sufrir; pero, en materia de verso, lean lo que dice Boileau:

Il est dans tout autre art des degrés différents, on peut avec honneur remplir les seconds rangs, mais dans l'art dangereux de rimer et d'écrire il n'est point de degré du médiocre au pire.

Y siguió: –Si yo escribiera no dejaría tampoco en paz al autor del Clavel histórico de mística fragancia, o ramillete de flores cogido en el jardín espiritual en el día de San Juan , etc., siquiera por el título estrafalario, por esa hinchada e incomprensible metáfora, que hace cabeza de tanto disparate; y dale que ha de ser en verso, y que hasta los animales van a hablar en verso; y el autor petulante de la tragedia de Luis XVI. ¡Qué bien viene aquí el Quid feret...? de Horacio! ¿Se ha visto nunca modo más arrogante de alabarse a sí mismo en un cartel que forra los edificios de media calle?, y ¿para qué?, para producir versos prosaicos y una tragedia soporífera que debía hallarse en todas las boticas en lugar de opio; no digo nada, el de Orruc Barbarroja , cuyo autor se nos ha querido vender, y no menos petulantemente, por segundo Homero, con decir que es ciego; eso es una lástima; lo siento mucho; pero ¿qué culpa tienen las musas para que las asiente palos talmente de ciego? Pues ¿qué le parece a usted de otro título? No hace mucho tiempo que iba yo por la calle, pensando en cosa de muy poco valor, cuando levanto la cabeza y me hallo con un cartelón más grande que yo, que decía, con unas letras que dificulto se puedan escribir mayores: El té de las damas. ¿Querrán ustedes creer lo que voy a decir? Precisamente yo tengo una mujer demasiado afectada del histérico, y como este mal es tan común en las señoras, vea usted que el deseo mismo me hizo consentir en que sería alguna medicina para algún mal de las mujeres; de modo que me puse tan contento, creyendo haber encontrado la piedra filosofal, y sin leer más, ni dónde se vendía siquiera, pensando hallarlo en los cafés, me dirigí al primero que encontré, interiormente regocijado de ver los adelantos que hace la Medicina; pregunté por un té que acababa de descubrirse, exclusivamente para las señoras; respondiome el mozo: «Señor, yo le sacaré a usted té; pero hasta la presente, el que tenemos en estas casas puede servir, y ha servido siempre, para señoras y para caballeros». Creí, pues, hallarlo en alguna lonja, donde se rieron en mis hocicos; salí de aquí, y me sucedió otro tanto en una droguería, en una botica, y, por último, desesperado de encontrarlo, volví a

mi cartel y distinguí, ¡necio de mí!, con la mayor admiración, que era un libro. ¡Oh, cabeza redonda, exclamé, la que produjo este título! En España, donde las señoras ni toman té, si no es cuando se desmayan y no hay por casualidad a mano manzanilla, flores cordiales, salvia o cosa semejante de las que dicen que son buenas para tales casos, ni, por consiguiente, hablan reunidas al tomarle; pues ya que quería poner un título de cosa de comer o de beber, ¿por qué no dijo El chocolate de las damas? ¡Como si fuera preciso que para hablar unas señoras estuviesen tomando algo! ¡Pues no andan por ahí mil títulos rodando, que, a lo menos, no hacen reír y no puede equivocarse lo que pueda dar de sí la obra, como Tertulias en Chinchón , Noches de invierno , y caso que fuese para hablar de personas muertas, llamáralas primero Tertulias en los infiernos o Noches en el otro mundo , y no El té de las damas , título que, después de habernos abierto el apetito, nos deja con una cuarta de boca abierta!

»Pues qué, ¿le parece a usted que si yo me pusiera a escribir dejaría a nadie en paz? No, señor; tengo ya llenas las medidas; y volviendo a la “Carta”, mire usted un asunto tan bonito, si podía haber criticado al señor diarista el no pasar la vista por los anuncios que le dan, para redactarlos de modo que no hagan reír, como cuando nos dice que se venden “zapatos para muchachos rusos” “pantalones para hombres lisos”, “escarpines de mujer de cabra” y “elásticas de hombre de algodón”. Cuando anuncia que el sombrerero Fulano de Tal, deseando acabar cuanto antes con su corta existencia, se propone dar sus sombreros más baratos; que “una señora viuda quisiera entrar en una casa en clase de doncella, y que sabe todo lo perteneciente a este estado”. Y hay más; aquí creo que he de traer una apuntacioncita que he tenido la curiosidad de hacer de varios avisos; lean ustedes:

»“El lunes 8 del corriente, por la tarde, se perdió un librito encuadernado en papel de poesías alemanas, titulado Charitas. 20 de octubre”.

»“En la posada de la Gallega Vieja, Red de San Luis, número 20, hay un coche que caben seis asientos para Vitoria, Bilbao, Bayona, etc.: 8 de noviembre.”

»“En la calle del Baño, número 16, cuarto segundo, se venden desde hoy hasta el 12 del corriente, desde las diez de la mañana hasta el anochecer, pinturas originales de los pintores más clásicos y de varios tamaños, a precios equitativos.”

»“Un matrimonio sin hijos, que saben servir perfectamente bien, y tienen quien les abonen, desean colocarse con un sacerdote u otros cualesquiera señores. 4 de octubre.”

»“El día 2 del corriente se han perdido unos papeles desde la calle del Carmen hasta la iglesia del Buen Suceso, que contienen unas fees de matrimonio y bautismo de las parroquias de Santa Cruz y San Ginés.”

»“El miércoles 10 del corriente se extraviaron del palco bajo número 8, en el teatro de la Cruz, unos anteojos dobles, su autor Lemiere, metidos en una caja de tafilete encarnado. 16 de octubre.”

»“Se venden medias negras inglesas de estambre lisas, de hombre y mujer de superior calidad. Ídem.”

»Y sería nunca acabar; esto sólo es de octubre y noviembre. Lo del dinero está bien criticado, que yo también he tenido que poner algún aviso que otro y lo sé por mí, que no me lo han contado; y aunque no me duele el dinero cuando es preciso gastarlo, no hallo la razón por qué he de mantener con mi sueldo al señor diarista, y que el tal señor se quede riendo de mí y de cuantos tenemos la desgracia de haber perdido lo que nos hacía falta.

–Dice usted muy bien, señor don Marcelo; ha hablado usted mucho y muy bueno.

pobre anciana se le acercaba, pidiéndole alguno de aquellos cuartos que tanto despreciaba; y, efectivamente, vi que creyó cumplir con lo que debe a la humanidad el que tiene dinero, regalándola con un seco y repetido «Perdone usted, hermana»; y dándola un empellón al levantarse, añadió: «Vamos; ya se habrá empezado la sinfonía, y en esta ópera es preciso sacar todo el jugo posible a los doce reales y dos cuartos. También es desgracia que haya tanto pobre; a mí me parte el corazón; por todas partes no halla usted sino pobres».

Al fin, dije para mí, el otro tenía la cabeza huera, pero éste tiene el corazón en la lengua.

Púseme a mirar en seguida con bastante atención a otro mozalbete muy bien vestido, cuya fisonomía me chocó, y el mozo, que gusta de hablar a veces conmigo porque le suelo dar algunos cuartos siempre que tomo algo, y que conoce mi curiosidad, se acercó y me dijo:

–¿Está usted mirando a aquel caballero? –Sí, y quisiera saber quién es. –Es un joven, como usted ve, muy elegante, que viene a tomar todos los días café, ponche, ron en abundancia, almuerzos, jamón, aceitunas; que convida a varios, habla mucho de dinero y siempre me dice, al salir, con una cara muy amistosa y al mismo tiempo de imperio: «Mañana le pediré a usted la cuenta», o «pasado mañana te daré lo que te debo». Hace ya medio año que sucede esto; yo, todavía no he visto la cruz a la moneda, y le busco, y le hablo, y nada, no consigo nada, y lo peor es que tiene uno más vergüenza que él, porque no me atrevo a decirle: «Págueme usted, o no le sirvo», y resulta que se luce con mi bolsillo; ¡oh!, y si fuera el único; pero hay muchos que, a trueque de conde, marqués, caballero, y a la capa de sus vestidos, nunca pagan si no es con muy buenas palabras. Y ¿qué ha de hacer usted?

–¡Bravo! ¿Y aquel otro que está ahora hablando con él? –Sí, señor, ya sé... aquel, ¿eh?... Si supiera usted; sólo a usted se lo diría; pero, de todos modos, no le diré cómo se llama, ni quién es, que aunque usted me ve de mozo de café, también tengo mi poquito de miramiento y no quiero ajar la opinión de nadie.

–Diga usted, que si él no cuida de la suya, ¿por qué se la ha de conservar usted, importándole mucho menos?

–Pues aquel sujeto, ahí donde usted le ve tan bien vestido, suele traerme los días que hay apretura para ver la ópera algunos billetes, que le vendo por una friolera: al duplo o al triplo, según es aquélla; da una gratificación por una o dos docenas a quien se las proporciona a poco más del justo precio, y viene a sacar veinte, cuarenta o sesenta reales en luneta; estoy seguro que la Semíramis le ha valido más de tres onzas; luego suena que yo soy el vendedor, porque saca con mi mano el ascua, y él gana mucho y no pierde su opinión, y yo, de quien dicen que no la tengo porque se le figura a la gente que un hombre mal vestido o que sirve a los otros por precisión está dispensado de tener honor, gano poco de dinero y no gano nada en crédito.

En esto salía yo ya, y al pasar por un pasillo me quedaba todavía que observar; tuve que hacer la vista gorda porque un mozo, creyendo que nadie le veía, estaba echando un poco de agua en una cafetera de leche, sin duda para quitarle la parte mantecosa, que siempre fastidia al paladar; y al tiempo de salir de un billar contiguo, que atravesé con mucha prisa por el humo del tabaco, la bulla y las malísimas trazas de los que pasan el día en dar tacazos a una bola al ronco y estrepitoso ruido del bombo, acompañado del continuo gritar «El 1, el 2, etc., y en herir los oídos de las personas sensatas con palabras tan superfluas como indecentes, tropecé, por desgracia, con un buen hombre a

quien los años no dejan andar tan de prisa como él quisiera, y que, a pesar de eso, sé yo que no deja de ir hace la friolera de unos cuarenta años a su partida de billar o a ser espectador de la de los demás cuando el pulso no le permite jugar a él mismo; el tropezón fue fuerte por su natural torpeza, y no pude menos de exclamar, en la fuerza del dolor: «¿A qué vendrán estos hombres, cargados con tantos años como vicios, al billar, como si no hubiera iglesias en Madrid, o no tuviesen casa y mujer, sobrina o ama de quien despedirse para la otra vida?»

Seguí quejándome hasta mi casa, sin ninguna gana de reír de mis observaciones como otros días, aunque siempre convencido de que el hombre vive de ilusiones y según las circunstancias, y sólo al meterme en la cama, después de apagar mi luz, y al conciliar el sueño, confesé, como acostumbro: «Éste es el único que no es quimera en este mundo».

El Duende Satírico del Día , n.º I, 26 de febrero de 1828.

[Nota editorial: Otras eds.: Artículos , ed. de Enrique Rubio, Madrid, Cátedra, 1982, pp. 111-126; Fígaro. Colección de artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres , ed. Alejandro Pérez Vidal, Barcelona, Crítica, 2000, pp. 650-662; Artículos de costumbres , ed. Luis F. Díaz Larios, Madrid, Austral, 1998, pp. 65-81; Artículos varios , ed. E. Correa Calderón, Madrid, Castalia, 1984, pp. 153-167; Artículos de costumbres , ed. José R. Lomba y Pedraja, Madrid, Espasa-Calpe, 1981, pp. 7-19; Artículos , ed. Carlos Seco Serrano, Barcelona, Planeta, 1981, pp. 3-15.]

Un periódico del día, o el «Correo literario

y mercantil»

Mariano José de Larra

Decir que no tiene mérito sería caminar con más parcialidad que el Correo Literario , y Dios sabe que quiero demasiado a los señores redactores por el citado favor que me han hecho para hacerles una injusticia tan notoria; porque si es cierto que no cuesta trabajo el escribir mucho y malo, también lo es que debe ser cosa muy difícil llenar tres veces cada semana un pliego de palabras que formen oraciones, y no decir nada al cabo de un mes. Esta habilidad no es común; tal vez a hacerlo de intento no se conseguiría, y por descontado es un gran mérito en esto hacer lo que pocos harían. Es preciso nacer con ello, porque no se aprende.

Me parece que tengo probado hasta la evidencia no sólo que el Correo no es inútil, sino también que tiene mérito. Esto es lo que el público se ha empeñado en no creer, y lo peor será que, como ponga pies en pared, por más, señores redactores, que pruebe yo lo contrario, se va a salir con la suya.

Pero para mayor ampliación de esto mismo procederé al examen de los números que han salido hasta el momento en que escribo, y empezaré por aquellos artículos que no pertenecen a una clase determinada.

Número 1. Reflexiones preliminares.– Éste es el prólogo del periódico, y es el primer periódico que tiene prólogo. Esta novedad promete, y es lástima que no cumpla, aunque todavía no es tarde, y puede que aún no hayamos entrado en materia.

Hemos visto con mucho gusto las obligaciones de un periodista; pero no es el público quien debe saberlas mejor; y a este propósito, supuesto, señores redactores, que no han leído ustedes su primer número, les contaré un cuentecito que parece hecho a la medida de ustedes.

Un obispo de París acababa de publicar una pastoral bastante buena, en la cual, a pesar de ser el autor, o no había tenido la menor parte, o se podía esto sospechar por la poca conformidad que guardaban sus costumbres y modo de pensar con lo que en ella decía. Encontró el señor obispo un día a uno de los genios que ha producido la Francia y le preguntó: «¡Hola! Señor..., ¿ha leído usted mi pastoral?». «Y Vuestra Señoría Ilustrísima, ¿la ha leído?», le respondió el autor de la Merope.

Número 2. El cometa del año 1832.– El Correo llega muy arde con sus noticias, y cuando traía ésta en su valija ya nos la había dado la Gaceta hacía días. Lo peor es que como sólo nos da una copia literal de aquélla, dicen, con razón, algunos aficionados, que nos ha costado doce cuartos el saber que no nos acabamos tan pronto. Se quejan de esto; pero, señores redactores, ¿no vale más dinero la seguridad que se nos da de que tenemos que vivir mucho más, aunque sea con el trabajo de leer periódicos como el Correo?

Número 4. Medicina.– Véase la nota anterior, pues que este artículo está en el mismo caso, hasta con su refrán: «Ni firmes carta que no leas, ni bebas agua que no veas», y han dado en la gracia de añadir por ahí: «Ni tampoco mientras vivas al Correo te suscribas». De modo que no se oye otra cosa.

Número ídem.– Tanto las noticias estadísticas de Rusia como las relativas a los turcos han gustado generalmente. Con respecto a estas últimas, se lee con horror el procedimiento de los turcos para con los griegos. No nos acordamos de lo que nosotros, siendo cristianos, hemos hecho con los esclavos y con los americanos.

Número 5. Adelantos de la industria.– Se leen los términos inequívocas , perfectibilidad. Necesito aprender otro castellano más claro que el que sé, que no basta a sacarme de estos apuros.

Número 6. Historia natural.– Veo estas frases: y no por ninguna violencia; movimientos voluntarios sin violencia alguna. Y digo lo mismo.

Número 7. Industria española .– Sobre haber este año otras cosas que el pasado en su Exposición... ¡Válgame Dios, y qué artículo tan señor mayor y tan venerable, con más años que Matusalén! ¡Ay!, que cuando acabé de leerle, con tantos años como se me habían pasado en el discurso de su lectura, me entró un miedo de haber llegado a viejo, que involuntariamente me miré al espejo, y aún creí verme con canas. Verdad es que el público, en esta circunstancia, necesitaba un artículo como la maza de Hércules. ¡Pero, señores redactores, tengan ustedes misericordia y economicen más el tiempo, que es cosa preciosa! A este paso, ¿qué más año 32? Esto ya pasa de Correo ; esto es ir en posta y ganando horas.

Número 8. Exposición de los productos de la industria .– Hablando del serenísimo señor infante D. Francisco de Paula, dice que S. A. R. quedó muy complacida. El uso manda que se diga complacido , y la razón lo apoya, que es lo peor, señor redactor.

Cimentar el amor de la patria.– El amor de la patria es el amor que siente la patria hacia algún objeto; pero cuando se quiere decir lo que el señor redactor, entonces se pone «el amor a la patria», que quiere decir, para que lo entienda el señor redactor, el amor que tienen a la patria los individuos que la forman. Pero ahora iría un correo, con la prisa que lleva, a entretenerse en quitar esas chinitas del camino.

Número 9. Abbas Mirza, y sus barbas faltó aquí. Por Dios, señores redactores, que se nos vuelva el periódico barbería; dennos ustedes cosas más entretenidas que las barbas de ese buen señor, y pelillos a la mar. ¡Que no haya encontrado el señor redactor persa quien le pele las suyas antes de poner el tal artículo barbón! ¿Saben ustedes que es peliagudo?

Número ídem. Sobre la lengua de las artes.– Dice: «La obra más admirable de poesía, de escultura y de pintura, o los sistemas más acabados de física, de metafísica y de moral, no suponen ni tanta inteligencia, ni tanta sagacidad, ni tanto genio como los telares de hacer medias, de tejer paños o las máquinas de hilar el estambre. La demostración de matemáticas más complicada, como, por ejemplo, la de uno de los porismos de Euclides, no lo es tanto como el mecanismo de algunos relojes y de las diferentes operaciones interesantes y variadas de diversas artes».

Señor redactor, vamos despacio. Usted da a entender que es más fácil ser un buen poeta, escultor, pintor, físico, metafísico y moralista que un artista, un fabricante de paños, etc. Si usted llama poeta a todo aquel

Que de rodilla en rodilla nace a ser poetastro de Castilla,

y por este estilo de los demás, convengo con usted; pero yo no sé si hay más Homeros, Virgilios, Corneilles, Ercillas, Rafaeles, Mengses, Fidias, Praxiteles, Álvarez, Euclides, Newtones, Looks, Condillacs, etc., que artífices aplicados a las artes y maquinistas serviles. Usted mismo se contradice; sin el auxilio de esas matemáticas y esa física que huella con sus pies; en una palabra, de esos hombres grandes que las han sacado de la oscuridad, ¿qué paso hubieran podido dar esos artistas, esos mismos relojeros que usted cita? La mecánica, ¿no es una parte pequeñísima de la física, que se apoya toda en las matemáticas?

señor Barbarroja , una tragedia de tantas campanillas? Señor Viejo, vamos, que estos dos olvidos no me parecen un grano de anís. Cuando la Camila ha merecido dos días de examen, siendo también el Barbarroja una tragedia original española, ¿por qué no hemos de saber si es buena o mala? ¿Merece acaso más el señor Solís que en la Arcadia asturiana Merisio Optalmio? Pues para haber hecho lo que la Gaceta , que nos ha dicho que fue coronada de aplausos (y sin meternos en honduras y si esto es o no es así, que en ello habría sus dares y tomares), para repetirlo, como saben ustedes, aunque fuera mentira, ¿se necesitaba tanto? No sé cómo ha de responder usted a esto; no será con tanta facilidad como a las objeciones de aquel otro que... Vaya, vamos claros: ¿a que era también otro sobrinito buscapié, ¡criaturita! , aquel señor Viejo, para cuya respuesta se volvía usted todo picias? Porque, en resumidas cuentas, Horruc será lo que quieran, pero la calidad de original no se la pueden ustedes disputar.

Se conoce por el examen que hace de todos los dramas, que el señor Viejo Verde, como entiende de mundo, no quiere reñir con nadie, ni con autores, ni con actores; yo creo que el decir, particularmente de estos últimos, muchos defectos que tienen, sería un paso dado hacia el buen gusto.

Lo mismo sucede con respecto a las óperas, y el capítulo de las consideraciones hace callar faltas que debieran manifestarse para formar el gusto del público que está en pañales, y perdóneseme esta expresión, y para que se corrigiesen los que los reconociesen por suyos. A pesar de esto, y prescindiendo de lo que calla el Correo , se puede asegurar que en lo que dice hay muy poco o nada que pueda dar pábulo a la crítica; y por más que chillen veinte barbilampiños despreciables, que nunca las han visto más gordas, ni han conocido más teatros que el del Príncipe, ni oído más música que el bolero y las manchegas, ni más cantor que a Munné, las alabanzas dadas a Galli, a la Albini, a la Cesari, a Passini, a Valencia, son tan justas y merecidas, como justo y merecido sería poner una pella en la boca de todo el que habla de música sin acreditar los motivos que tuviese para hablar.

Esto nos metería en una discusión un poco amarga, y tal vez me haría tomar una tintura de mal humor, que por hoy quiero evitar, y concluiré con esta pregunta: ¿De qué proviene que para decidir en materias, particularmente de poesía, medicina y música, el amor propio insensato de los hombres les hace creer que no se necesita haber estudiado ni profundizado nada? Aquel coronelito y aquel marqués, que no saben lo que es un compás, ni una semifusa, ni... ¿por qué hablan de óperas? ¿Por qué no callan? Porque tienen huera la cabeza, porque creen que se dan tono con este estilo tan despreciable, porque han pescado cuatro frases de moda a uno que pasa por inteligente, porque son unos importantes; ¡y quién sabe si hablan mal porque no tienen dinero para ir al teatro, y sólo van a fuerza de trampas, y quieren!..., etc. En fin, esta reunión es la que compone parte del verdadero público ilustrado y juicioso, y la que está confundida con él. ¡Y para gustar a esta multitud gárrula, nacida y criada en la más crasa ignorancia, petulante, intolerantísima y malcontentadiza, se molesta nadie, y aprende, y trabaja, y suda!... Pero dejémoslo, que ya vuelve el mal humor.

Quisiera acabar diciendo al señor Viejo Verde, y perdónenme sus canas, que habla mal el castellano, y con muchísimos galicismos, que es lo peor, aunque el defecto general del lenguaje es de todo el periódico, y muy fácil le es convencerse de esta verdad cogiendo cualquier número, donde hallará las faltas apiñadas, como son: arribar por «llegar», afición a la filarmonía, sobrepujarse a sí mismo, apreciar al sempiterno bolero, pescar a todo un director, disuadirle a no ejecutarlo, cuartetos endecasílabos , etc. Y confieso que no sé cómo algunos han venido a decirme que éstas son fruslerías.

CORRESPONDENCIA

Número 2. «Un periódico que no es más que profundo se verá acometido de una pulmonía mortal.» No me gusta que el señor Anfriso el del Miño, que por lo demás será un excelente sujeto, pronostique una pulmonía mortal al periódico. Es enfermedad que sólo puede acometer a los entes que gozan de pulmones, y en las cuatro caras de cada uno de sus números no le he advertido la menor señal de esta entraña. Díganme ustedes, señores redactores, si hacen ánimo de ponérselos, porque entonces callaré y anularé todo lo dicho.

«De muy lueñe», antigua expresión de gitanos, y el público de Madrid me parece gente más decente.

Desea buena fortuna al Correo mientras exista. A ver si discurre el señor Anfriso, porque en no existiendo ya no la necesita.

Número 6. Sobre la obra de Jurisprudencia del señor Andino.– Parece que el señor Anfriso quiere hacer algún peso en la valija del Correo. En este artículo sería de desear que un sujeto que se pone a hablar de elocuencia, que da que sospechar si habrá leído el Capmany y el Blair , hablase mejor él. No es decir que todo lo que dice, palabra por palabra, no esté en el Diccionario de la Lengua; pero reúne estas palabras castizas y de buena elección de un modo que, a mi corto entender, no me parece el mejor: períodos desiguales, oraciones truncadas imitando el estilo francés; unos no se pueden acabar sin tomar aliento varias veces; otros son de un solo renglón; otros, debiendo seguir, se ven cortados por un punto importuno que debiera ser coma, y que separa la cabeza del resto del cuerpo; y, por último, ¿dice algo? Díganle ustedes, señores redactores, con todo el modo posible, que cuando escriba no se quede con las ideas, ya que pone las palabras, sino que lo ponga todo, a no ser que tenga pocas y no quiera deshacerse de ellas, pues en este caso habrá que tener alguna consideración con el señor Anfriso, y entonces llorarán ustedes amargamente con su seguro servidor, q.b.s.m.

Número 7. Sobre toros.– Empieza: «Ya que aunque es lunes hoy no hay toros, hablaremos algo que sea relativo a ellos.»

¡Qué brillante salida ha hecho el señor corresponsal! Ya que... sin embargo ; para que se le escape el sentido, le tiene cogido por todas partes. Este buen señor será de aquellos que dicen «veremos a ver»

«El quinto toro no fue cosa.» En estilo familiar podría pasar este modo de explicarse; en un papel público, el toro no es cosa, y si se le pusiese cerca él mismo le convencería de que no es cosa, sino de que es un animal, y no de los que más se parecen a las cosas.

Número 8. Sobre el perrito Cupido.– El señor Anfriso sabe ser pesado. Se conoce que se esfuerza por ser gracioso. Es lástima que no lo consiga, porque los que más perdemos somos los que hemos de leer sus artículos. El estilo de éste me parece mucho mejor que aquel sobre el señor Andino.

«Esbelto el prado.» Señor Anfriso, ¿se llaman airosos, ligeros, etc., en una palabra, esbeltos, los prados por el Miño? Por el Manzanares, las ninfas son las esbeltas.

Enantes. Ahora se dice antes, y este adverbio viejísimo le habrá sacado de aquel baúl tan antiguo que tiene. O somos nosotros los que hablamos, o nuestros abuelos. Es preciso seguir los tiempos, y si el señor Anfriso no quiere perder el derecho a ese adverbio, puede tenerle en su baúl o irse a hablar a un cementerio; pero, por Dios, que no lo saque nunca, que los que no lo entienden dirán que habla como la gente ordinaria, para cuyo uso ha quedado, la cual, por no decir nada bien, dice enenantes.

«Dijo, y se ausenta.» ¡Bravo! Dice, y se ausenta , o dijo, y se ausentó , debía decir. ¡Ah, señor Anfriso, qué falta le hacían a usted unas palmetitas!

precisión. ¿Pues no ve usted, hombre, que soy una de las víctimas?». Y mientras que ustedes le aplican, vamos a otra cosa.

MISCELÁNEAS CRÍTICAS Número 10. Dorar la píldora.– «El artículo de usted, señor redactor, puede pasar: hay cosas peores en el periódico. No ha gustado porque, aunque no está del todo mal escrito, necesitaba cierta gracia, cierta verdad, que las alusiones fuesen más claras, que no se insultase por personalidades hijas de la desgracia, cosa muy vil... En fin..., no está malo, pero podría estar mejor.»

Esto es dorar la píldora, señor redactor; y todo esto se dice porque sería una desvergüenza decirle a usted la verdad en estos términos:

«Es malísimo: no tiene de bueno sino la ocurrencia, pero está detestablemente desarrollada. ¿Acaso usted le doró la píldora al dómine? Usted le engañó, le aduló. ¿Usted le doró la píldora al importuno? Usted le insultó. La etimología de su frase es insulsa y vulgar, sin novedad, sin gracia, inoportuna. ¿Dice usted que somos niños grandes? Eso será usted; los demás creemos que de un niño a un hombre va la diferencia, no sólo de la estatura y la fuerza, sino la reflexión, el juicio, la instrucción, la experiencia y las pasiones que pasada la niñez, o se desarrollan o nacen nuevas. Y qué, ¿esto no es nada? Ha creído usted decir un dicho gracioso, y no es más que oropel, y de poco brillo. ¿Qué es aquello de una reputación tan europea? Ya podría pasar llamar europea la reputación de Galli; pero el que este adjetivo europea tenga sus grados... yo no sé si puede haber una cosa más europea que otra; pero me parece que usted mismo se reiría si le dijera yo que extraño que un hombre tan ultramarino, de un talento tan americano y de unos estudios tan madrileños ponga artículos tan africanos en un periódico tan berberisco.

¡Qué lástima que aquel amigo que llegó al último del artículo no hubiese llegado al principio, y nos hubiera quitado un artículo tan escrito ¡Porque ha de saber usted que los artículos más cortos los lee el público más pronto; pero los artículos que lee con más gusto son los mejores.»

Número 6. El mismo señor redactor ha dado en este artículo de los importantes, que ha gustado más que la píldora, una prueba del talento que tiene acreditado. Tampoco es malo el del calor, número 10. Sólo en éste no me gustan dos cosas:

«No he llegado a la mitad de la calle del Príncipe, que hallo a una señorita», etc. Es un galicismo atroz.

En español se dice: «No bien he llegado, apenas he llegado, no he llegado aún, o todavía»; o sólo: «no he llegado a la calle del Príncipe, cuando hallo», etc. Hay, a escoger, modos buenos de decir las cosas. Otro cuentecico, señores redactores, y así les doraré la píldora, que todo divierte.

Hallábase una compañía de la legua representando en un pueblo de provincias, y tardando demasiado en alzar el telón, se levantó el señor letrado que presidía y dijo: «Tan y mientras que los señores cómicos se visten, que toque la música». A lo que respondió un chulo del patio: «Ínterin o entre tanto, señor Tan y Mientras».

«Como si el tal calor, al echarse agosto encima, fuese alguna cosa del otro jueves.» Cuando en una conversación familiar oigo decir a un hombre soez, que habla por costumbre y porque hablaban sus padres, una cosa del otro jueves, callo; pero cuando en un papel público lo veo en boca de un redactor que sabe lo que se dice, me entran ganas de preguntar: ¿quién es el otro jueves? Y ¿de qué color son sus cosas?

Número 8. Características de los necios.– ¿Y por qué no puso el redactor la última característica, que es «escribir artículos de esta especie»? Sobre dejarse la mejor, es una parcialidad de las muchas.

Sería preciso fijar el verdadero sentido de la palabra necio para poner un artículo tan insolentemente tonto; pero en eso no se detiene el señor redactor.

«Cuidar mucho los puntos y comas en una esquela.» ¡Conque en viendo una esquela con buena ortografía es necio el que la escribió! ¡Luego todo hombre que esté acostumbrado, como debe estarlo, a escribir correctamente, ha de poner un cuidado particular en escribir mal sus esquelas, para que los que las lean le llamen ganso, ignorante, etc.! ¿Puede darse una clase de escrito en que se autorice la alteración de la pureza del lenguaje y la buena puntuación?

«Leer todos los artículos de un periódico precisamente en el orden en que están escritos.»

Ésta es una cosa bien insignificante, y es necio quien la repara. «Preguntar individualmente, al entrar en una casa, por todos los individuos de la familia.»

Esto será pesadez, cariño, interés, etc., no necedad. «Estrenar ropa en domingo.» Además de que sería más necia la afectación ridícula de no estrenar nunca nada en domingo, pues que todos los días de la vida son iguales; es decir, señor redactor, que la clase más útil y numerosa de la sociedad, de cuyo trabajo depende usted y todos los holgazanes que no hacen más que escribir o pasear, es necia; sí que lo es, puesto que mantiene al resto de sus semejantes. El artista, el labrador, el comerciante, el oficinista, ocupados diariamente en sus faenas, que les impiden estrenar ropa hasta el día que aguardan para tener el descanso, que usted no altera en toda su vida, ¿se pueden caracterizar de necios por una cosa exterior de tan poca importancia? Porque yo creo que un periódico no se escribe para veinte individuos, que porque gozan rentas insultan con sus vicios y holgazanería a los que más las merecen y menos las disfrutan.

«El no suscribirse al Correo Literario y Mercantil .» Además de las razones que ya tengo dadas, amigo mío, vamos a cuentas, porque el tal papel ni es correo, ni es literario, ni es mercantil. ¿Lo entiende usted?

Si algo tiene de estas tres cosas, es de correo, por lo deprisa que se escribe y por el descuido de la lengua, que no le tendrían mayor los postillones conductores de la confianza pública. Lo de literario, ello letras tiene, y si esto basta, literario es, y muy literario.

En lo de mercantil, ¿qué se le puede pedir en punto de comercio, dirán ustedes? Nada; trae los cambios, el papel moneda, precios de granos, como la Gaceta , y, sobre todo, el temporal, asunto principal del comercio; como que no tardará mucho el Consulado en encargarse del almanaque.

Yo, señor editor, no me tengo por tan necio como se quiere suponer, por no ser suscriptor, y si lo soy, me consuela el que somos tantos los españoles necios, que cubrimos la faz de nuestra patria; y lo peor es que los pocos hombres de talento, es decir, los que le dan su dinero, se nos van a pasar muy pronto. Confiese usted que nos ha querido comprometer con la negra honrilla; pero, amigo, ni por esas. No tenernos vergüenza, somos muy brutos los españoles porque no nos dejamos engañar.

Número 12. Costumbres de Madrid.– Este articulito, pesado por no tener gracia, tiene extravagancias muy particulares, y comenzaremos el examen acostumbrado.