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textos larra, Apuntes de Literatura

Asignatura: Literatura, Profesor: julian a, Carrera: Periodismo, Universidad: UCM

Tipo: Apuntes

2014/2015

Subido el 12/08/2015

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TRABAJOS SOBRE LOS TEXTOS DE LARRA EN EL PERIODO CRÍTICO DE SUS
DOS ÚLTIMOS AÑOS DE VIDA.
EN EL PROCESO EN QUE ESTAMOS DE RECONSTRUIR LA PROFUNDIDAD
LITERARIA QUE ALCANZA LA CREACIÓN PERIODÍSTICA DE MARIANO JOSÉ DE
LARRA EN RELACIÓN A CÓMO AVANZA SU ACTUALIDAD Y CÓMO LA VA
ASUMIENDO EL PERIODISTA ESCRITOR, PRONPONGO LA LECTURA
COMPRENSIVA DE ESTOS 4 TEXTOS DE 1835 Y 1836. EN PRINCIPIO LO QUE SE
VALORA PARA EL CURSO ES EL COMENTARIO DE TEXTO NORMAL, REALIZADO
DE MODO ORDENADO SEGÚN LOS 4 PASOS PROPUESTOS DE (A) RESUMIR EL
CONTENIDO, (B) DEFINIR LA ESTRUCTURA, (C) DEFINIR EL TEMA Y (D)
DEFINIR LA ENUNCIACIÓN. TODO EL TRABAJO DEBERÍA ESTAR TERMINADO
PARA FINALES DE MARZO, QUE ES EL MOMENTO EN QUE APLICARÍAMOS SUS
RESULTADOS A LA EXPERIENCIA Y EVOLUCIÓN IDEOLÓGICA Y EXPRESIVA DE
BENITO PÉREZ GALDÓS EN LA MISMA DIRECCIÓN, AUNQUE CON RESULTADOS
DIFERENTES.
EN PRINCIPIO CREO QUE LO MEJOR ES PRESENTAR TRABAJOS CORTOS SOBRE
LA ESTRUCTURA DE ESTOS TEXTOS, PUES SE SUPPONE QUE ESTUDIANDO LA
CONSTRUCCIÓN, PREVIAMENTE SE HA DE SABER CÓMO EVOLUCIONA EL
CONTENIDO DE LA EXPOSICIÓN DE LARRA. PARA HABLAR DE ESAS PARTES
QUE CONSIDERAMOS “CONSTRUCTIVAS” DEL TEXTO QUE SE ESTUDIE,
SIEMPRE HABRÁ QUE HACER REFERENCIA A LOS NÚMEROS QUE IDENTIFICAN
CADA UNO DE LOS PÁRRAFOS DE LOS TEXTOS EN QUE SE ESTÉ TRABAJANDO.
UNA VEZ APROBADA LA ESTRUCTURA, SE PASARÁ AL TEMA O MENSAJE Y A LA
ENUNCIACIÓN (QUE VEREMOS EN CLASE).
Un periódico nuevo
Mariano José de Larra
[Nota preliminar: Reproducimos la edición digital del artículo ofreciendo la posibilidad de
consultar la edición facsímil de La Revista Española, Periódico Dedicado a la Reina Ntra. Sra.,
n.º 460, 26 de enero de 1835, Madrid.]
Noble Espagne, où la littérature est réduite à la liberté du monologue de Figaro.
F. Soulié: «La librairie à Paris», Livre des Cent-et-un
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TRABAJOS SOBRE LOS TEXTOS DE LARRA EN EL PERIODO CRÍTICO DE SUS

DOS ÚLTIMOS AÑOS DE VIDA.

EN EL PROCESO EN QUE ESTAMOS DE RECONSTRUIR LA PROFUNDIDAD

LITERARIA QUE ALCANZA LA CREACIÓN PERIODÍSTICA DE MARIANO JOSÉ DE

LARRA EN RELACIÓN A CÓMO AVANZA SU ACTUALIDAD Y CÓMO LA VA

ASUMIENDO EL PERIODISTA ESCRITOR, PRONPONGO LA LECTURA

COMPRENSIVA DE ESTOS 4 TEXTOS DE 1835 Y 1836. EN PRINCIPIO LO QUE SE

VALORA PARA EL CURSO ES EL COMENTARIO DE TEXTO NORMAL, REALIZADO

DE MODO ORDENADO SEGÚN LOS 4 PASOS PROPUESTOS DE (A) RESUMIR EL

CONTENIDO, (B) DEFINIR LA ESTRUCTURA, (C) DEFINIR EL TEMA Y (D)

DEFINIR LA ENUNCIACIÓN. TODO EL TRABAJO DEBERÍA ESTAR TERMINADO

PARA FINALES DE MARZO, QUE ES EL MOMENTO EN QUE APLICARÍAMOS SUS

RESULTADOS A LA EXPERIENCIA Y EVOLUCIÓN IDEOLÓGICA Y EXPRESIVA DE

BENITO PÉREZ GALDÓS EN LA MISMA DIRECCIÓN, AUNQUE CON RESULTADOS

DIFERENTES.

EN PRINCIPIO CREO QUE LO MEJOR ES PRESENTAR TRABAJOS CORTOS SOBRE

LA ESTRUCTURA DE ESTOS TEXTOS, PUES SE SUPPONE QUE ESTUDIANDO LA

CONSTRUCCIÓN, PREVIAMENTE SE HA DE SABER CÓMO EVOLUCIONA EL

CONTENIDO DE LA EXPOSICIÓN DE LARRA. PARA HABLAR DE ESAS PARTES

QUE CONSIDERAMOS “CONSTRUCTIVAS” DEL TEXTO QUE SE ESTUDIE,

SIEMPRE HABRÁ QUE HACER REFERENCIA A LOS NÚMEROS QUE IDENTIFICAN

CADA UNO DE LOS PÁRRAFOS DE LOS TEXTOS EN QUE SE ESTÉ TRABAJANDO.

UNA VEZ APROBADA LA ESTRUCTURA, SE PASARÁ AL TEMA O MENSAJE Y A LA

ENUNCIACIÓN (QUE VEREMOS EN CLASE).

Un periódico nuevo

Mariano José de Larra

[ Nota preliminar : Reproducimos la edición digital del artículo ofreciendo la posibilidad de consultar la edición facsímil de La Revista Española, Periódico Dedicado a la Reina Ntra. Sra. , n.º 460, 26 de enero de 1835, Madrid.]

Noble Espagne, où la littérature est réduite à la liberté du monologue de Figaro.

F. Soulié: «La librairie à Paris», Livre des Cent-et-un

-[pág. 1475]-

1.-–¿Por qué no pone usted un periódico suyo? ¿Cuándo sale Fígaro? ¡Es idea peregrina! Ya he visto en los demás periódicos la publicación del permiso para el periódico nuevo. ¿Saldrá por fin en febrero, en marzo? ¿Cuándo? ¿Nos hará usted reír, por supuesto?

2.- He aquí las preguntas que por todas partes se me dirigen, que me cercan, me estrechan, me comprometen, y a las cuales me veo más apurado para responder, que se ven hace tres días... Iba a hacer una mala comparación; y si me la había de suprimir algún amigo de estos que miran de continuo por mi tranquilidad, suprímomela yo.

3.- ¿Por qué no he de publicar un periódico también?, he dicho efectivamente para mí. En todos los países cultos y despreocupados de literatura entera, con todos sus ramos y sus diferentes géneros, ha venido a clasificarse, a encerrarse modestamente en las columnas de los periódicos. No se publican ya infolios corpulentos de tiempo en tiempo. La moda del día prescribe los libros cortos, si han de ser libros. Y si hemos de hablar en razón, si sólo se ha de escribir la verdad, si no se ha de decir sino lo que de cierto se sabe, convengamos en que todo está dicho en un papel de cigarro. Los adelantos materiales han ahogado de un siglo a esta parte las disertaciones metafísicas, las divagaciones científicas; y la razón, como se clama por todas partes, ha conquistado el terreno de la imaginación, si es que hay razón en el mundo que no sea imaginaria. Los hechos han desterrado las ideas. Los periódicos, los libros. La prisa, la rapidez, diré mejor, es el alma de nuestra existencia, y lo que no se hace deprisa en el siglo XIX, no se hace de ninguna manera; razón por la cual es muy de sospechar que no hagamos nunca nada en España. Las diligencias y el vapor han reunido a los hombres de todas las distancias; desde que el espacio ha desaparecido en el tiempo, ha desaparecido también en el terreno. ¿Qué significaría, pues, un autor formando a pie firme un libro, detenido él solo en medio de la corriente que todo lo arrebata? ¿Quién se detendría a escucharle? En el día es preciso hablar y correr a un tiempo, y de aquí la necesidad de hablar de corrido, que todos desgraciadamente no poseen. Un libro es, pues, a un periódico, lo que un carromato a una diligencia. El libro lleva las ideas a las extremidades del cuerpo social con la misma lentitud, tan a pequeñas jornadas como éste lleva la gente a las provincias. Así sólo puede explicarse la armonía, la indispensable relación que existe entre la ilustración del siglo y la escasez de los libros nuevos. De otra suerte sería preciso inferir que la civilización mata las artes y las letras. Y decimos las artes, porque aquella misma rapidez de existencia ha lanzado sobre el terreno de la pintura y la litografía, y ha levantado al lado de las antiguas moles de arquitectura gótica de los tiempos lentos, las modernas construcciones de las ratoneras que por casas habitamos en el día.

4.- Convencidos de que el periódico es una escuela indispensable, si no un síntoma de la vida moderna, esperarían tal vez aquí nuestros lectores una historia de esta invención; una seria disertación sobre los primeros periódicos, y acerca de si debieron o no su primer nombre a una moneda veneciana que limitaba su precio. Nada de eso. Sólo diremos que los primeros periódicos fueron «gacetas»; no nos admiremos, pues, si fieles a su origen, si reconociendo su principio, los periódicos han conservado la afición a mentir, que los distingue de las demás publicaciones desde los tiempos más remotos; en lo cual no han hecho nunca más que administrar una herencia. Es su mayorazgo; respetamos éste como los demás, pues que estamos a esta altura todavía.

5.- Inapreciables son las ventajas de los periódicos; habiendo periódicos, en primer lugar, no es necesario estudiar, porque a la larga, ¿qué cosa hay que no enseñe un periódico? Sabe usted por un periódico la hora a que empieza el teatro, y algunas veces la función que se representa, es decir, siempre que la función que se representa es la misma que se anuncia; esto, al fin, sucede algunas veces. Por los periódicos sabe usted de día en día lo que sucede en Navarra, cuando sucede algo; verdad es que esto no es todos los días; pero para eso muchas veces sabe usted también lo que no sucede; no se sabe ciertamente la pérdida del enemigo, pero ésa siempre debe ser mucha; y en cambio se sabe que llegó la noche, porque la noche llega siempre; no es como la libertad, ni como las cosas buenas, que no llegan nunca; y se sabe que los caballos de los

17.- Gracia y Justicia. He dicho muchas veces que no soy ministerial: haré por lo tanto justicia seca. ¡Ojalá que me dejen también hacer gracias! 18.- De literatura. En cuanto se publique un libro bueno lo analizaremos; por consiguiente, no seremos pesados en esta sección.

19.- De teatro español. No diremos nada mientras no haya nada que decir. Felizmente va largo.

20.- De actores. Aquí seremos malos de buena fe: seremos actores hablando de actores. 21.- De música. Buscaremos un literato que sepa música, o un músico que sepa escribir; entretanto, Fígaro se compondrá como se han compuesto hasta el día los demás periódicos. Felizmente pillaremos al público acostumbrado; y él y nosotros estamos iguales.

22.- Modas. En esta sección hablaremos de empréstitos, de intrigas, de favor..., en una palabra, lo que corre... à la dernière siempre.

23.- De costumbres. Por supuesto: malas; lo que hay; escribiremos cómo otros viven sobre el país. Fígaro hablará bajo este título, de paciencia, -pág. 1477- de tinieblas, de mala intención, de atraso, de pereza, de apatía, de egoísmo. En una palabra, de nuestras costumbres. 24.- Anuncios. Queriendo hacer lo más corta posible esta parte del periódico, sólo anunciará las funciones buenas, los libros regulares, las reformas los adelantos, los descubrimientos. Ni se pondrán las pérdidas, ni menos todo lo que se vende entre nosotros. Esto sería no acabar nunca. 25.- He aquí el periódico de Fígaro. Ya está concebida la idea. Sin embargo, no es eso todo. Es preciso pedir licencia; pero para pedir licencia es preciso poder presentar fianzas. Si yo las tuviera no sería yo el que me pusiera a escribir tonterías para divertir a otros; o «tener empleo con sueldo...», pero si tuviera empleo, y jefe, y horas fijas, y once, y expedientes, y la cesantía al ojo, no tendría yo humor de escribir periódicos..., o «ser catedrático...», pero si fuera catedrático sabría algo, y entonces no servía para periodista... 26.- Está decidido que no sirvo para pedir licencia. Otro al canto: un testaferro; un sueldo al testaferro; seguridades contra seguridades, fianzas, depósito, licencia, en fin. He aquí ya a Fígaro con licencia; no esa licencia tan temida, esa licencia fantasma, esa licencia que nos ha de volver al despotismo, esa licencia que está detrás de todo, acechando siempre el instante, y el ministro, y el... No, sino licencia de imprimirse a sí mismo. 27.- Ya no falta más que imprenta. Corro a una... –Aquí es imposible; no hay letra. Corro a otra: –Aquí, le diré a usted francamente, no hay prensas. A otra: –Aquí no queremos periódicos: hay que trabajar de noche; Dios ha hecho la noche para dormir. –Sí, pero no el impresor –contesto furioso. –¿Qué quiere usted? Luego es trabajo en que no se gana; como no hay cajistas en España, piden un sentido; se hacen valer; el público no quiere pagar caro, el oficial no quiere trabajar barato. 28.- –¿Conque es imposible imprimir un periódico? –Poco menos, señor; y si acaso se lo imprimen a usted, será caro y mal. Pondrán unas letras por otras. –Eso, ¡pardiez!, no será imprimir mi periódico, sino otro del cajista. –Pues eso, señor, sucederá; en habiendo un día de formación no tendrá usted cajistas; y si usted se enfada algún día por una errata, le dejarán plantado, y si no se enfada también. 29.- ¿Es posible? ¿Conque no hay Fígaro? ¡Oh! ¡Habrá Fígaro , habrá Fígaro! Venceremos las dificultades... ¡Ah!, se me olvidaba. ¡Papel! A una fábrica, a otra, a otra... Éste es chico, éste caro, éste grande, éste moreno, éste con demasiada cola...

–Mire usted, como usted le quiere no lo hay –me dicen por fin–. Es preciso mandarlo hacer. –Pues lo mando hacer; para dentro de ocho días. –Señor, la fábrica está a sesenta leguas; hay que hacer los moldes, y luego el papel, y luego secarlo, y si llueve... y luego traerlo... y el ordinario echa quince días o veinte... y... 30.- –¿Y no hay quien le eche a usted a los infiernos? –grito desesperado–. ¡País de obstáculos! 31.- Es preciso resignarse, esperar... Al fin lo habrá todo... demasiado va a haber luego... ésta es la idea que me detiene, por fin: que cuando haya editor, redactores, impresor, cajistas, papel... entonces también habrá censor... Eso sí, eso siempre lo hay... ni hay que mandarle hacer, ni hay que esperar... Aquí acabo de perder la cabeza, enciérrome en mi casa, ¡voto va! Pues ha de haber Fígaro , sí señor, por lo mismo ha de haber Fígaro , y ha de hablar de todo, absolutamente de todo.

32.- Diciendo esto llego a mi casa, me siento en mi bufete para tomar disposiciones. –¿Qué hace usted? –le digo a mi escribiente, de mal humor. –Señor –me responde–, estoy traduciendo, como me ha mandado usted, este monólogo de su tocayo de usted, en el Mariage de Fígaro de Beaumarchais, para que sirva de epígrafe a la colección de sus artículos que va usted a publicar. –¿A ver cómo dice? –«Se ha establecido en Madrid un sistema de libertad que se extiende hasta a la imprenta; y con tal que no hable en mis escritos, ni de la autoridad, ni del culto, ni de la política, ni de la moral, ni de los empleados, ni de las corporaciones, ni de los cómicos, ni de nadie que pertenezca a algo, puedo imprimirlo todo libremente, previa la inspección y revisión de dos o tres censores. Para aprovecharme de esta hermosa libertad anuncio un periódico...» 33.- –Basta –exclamo al llegar aquí mi escribiente–, basta; eso se ha escrito para mí; cópielo usted aquí al pie de este artículo; ponga usted la fecha en que eso se escribió. –1784. –Bien. Ahora la fecha de hoy. –22 de enero de 1835. –Y debajo: Fígaro. Revista Española , n.º 460, 26 de enero de 1835.

[Nota editorial: Otras eds.: Fígaro. Colección de artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres , ed. Alejandro Pérez Vidal, Barcelona, Crítica, 2000, pp. 298-305; Artículos varios , ed. E. Correa Calderón, Madrid, Castalia, 1984, pp. 445-453; Artículos , ed. Carlos Seco Serrano, Barcelona, Planeta, 1981, pp. 324-331.]

-pág. 1480 [1478]-



Literatura

llevaderas unas cadenas de que podíamos hacer cirineos a tantos pueblos sometidos, y el metal precioso de la conquista nos las doraba. ¿Qué mucho que la España de entonces trocase su libertad interior por el dominio en lo exterior, si hemos visto en los tiempos modernos a una gran nación que se decía harto más adelantada, a una nación que parecía haber sacudido para siempre toda especie de tiranos por medio de la más sangrienta Revolución, si la hemos visto, decimos, coronar a un nuevo déspota, que no necesitó para ceñirse con una mano la corona imperial sino alargar con la otra a los republicanos más ardientes laureles perecederos y el oropel de una pasajera conquista? 2.- En España causas locales atajaron el progreso intelectual, y con él indispensablemente el movimiento literario. La muerte de la libertad nacional, que había llevado ya tan funesto golpe en la ruina de las Comunidades, añadió a la tiranía religiosa la tiranía política ; y si por espacio de un siglo todavía conservamos la preponderancia literaria, ni esto fue más que el efecto necesario del impulso anterior, ni nuestra literatura tuvo un carácter sistemático investigador, filosófico; en una palabra, útil y progresivo. Imaginación toda, debía prestar más campo a los poetas que a los prosistas; así que aun en nuestro Siglo de Oro es cortísimo el número de escritores razonados que podemos citar. Fuera de los escritos místicos y teológicos, y de los tratados sutilmente metafísico- morales de que podemos presentar una biblioteca antigua desgraciadamente más completa que ninguna otra nación, si queremos encontrar prosistas nos habremos de refugiar en la historia. Solís, Mariana y algunos otros ilustraron en verdad la musa de Tácito y de Suetonio. Nos es fuerza empero confesar que aun ésos se ofrecieron más bien como columnas de la lengua que como intérpretes del movimiento de su época; influidos por las creencias populares, no dieron un solo paso adelante; adoptaron los cuentos y las tradiciones fabulosas como verdaderas causas políticas; trataron más bien de lucir su claro ingenio en estilo florido que de desentrañar los móviles de los hechos que se veían llamados a referir. Más parecieron sus escritos una recopilación de materiales y fragmentos descosidos, una copia selecta de arengas verosímiles que una historia razonada. No sabiendo deslindar la crónica de la historia, la historia de la novela, llenaron muchos tomos sin llegar a hacer un solo libro.

3.- La novela, hija toda de la imaginación, se vio mejor representada entre nosotros, y en una época en que no era sospechado siquiera el género en el resto de Europa, pues que hasta los mismos libros de caballerías tuvieron su origen en la península española. En ella podemos citar escritores excelentes, si contados. El Ingenioso Hidalgo , último esfuerzo del ingenio humano, bastaría a adjudicarnos la palma, aunque no tuviéramos otras que presentar en lugar privilegiado, si no tan eminente. Pero esta época fue de corta duración, y después de Quevedo la prosa volvió al olvido de que momentáneamente la habían sacado unos pocos, sólo al parecer para dar una muestra al mundo literario de lo que era permitido hacer en ese género a la lengua y al ingenio español.

4.- Poco después, la literatura se refugió al teatro, y no fue por cierto para predicar ideas de progreso; no supo siquiera sostenerse; no hizo más que decaer.

5.- A fines del siglo pasado volvió a brillar un destello de esperanza, una apariencia de resurrección, que se hubiera acaso llevado a cabo si los disturbios políticos no se hubieran apresurado a sofocar el germen sembrado durante el feliz reinado de Carlos III. Dado ya el impulso, sin embargo, era forzoso que algunos efectos siguieran a la causa. La larga paz que disfrutaba la Europa, el embrutecimiento y la servidumbre en que habían caído los pueblos, habían hecho menos recelosos a los tiranos; si bien los más perspicaces oían ya el rumor sordo de la próxima tempestad, no era seguramente en España donde debía de esperarse el estallido; era tan distinta nuestra predisposición, que al verificarse aquél, ningún miedo de contagio infundió en el Gobierno español. Al contrario, él mismo había sido una de las causas de la propagación de las ideas nuevas, apoyando la rebelión de las primeras colonias americanas que se separaron de su metrópoli. A fines, pues, del siglo pasado apareció en España una juventud menos apática y más estudiosa que la de las anteriores generaciones; pero juventud que, al volver los ojos atrás para buscar modelos y maestros en sus antecesores, no vio sino una inmensa laguna; desesperando entonces de unir el cabo interrumpido y de continuar un movimiento paralizado dos siglos antes, creyó no poder hacer cosa mejor que saltar el vacío en vez de llenarle, y agregarse al movimiento del pueblo vecino, adoptando sus ideas tales cuales las encontraba. Viose entonces un fenómeno raro en la marcha de las naciones: entonces nos hallamos en el término de la jornada sin haberla andado.

6.- Ayala, Luzán, Huerta, Moratín el padre, Meléndez Valdés, Jovellanos, Cienfuegos y algunos otros restauraron las bellas letras, es verdad; pero ¿cómo? Introduciendo en nuestro siglo XVIII el gusto francés, bien como en el XVI habían otros introducido el italiano. Fueron imitadores, sin saberlo las más veces, repugnándolo casi siempre. El espíritu de análisis, disecador , digámoslo así, y el espíritu filosófico francés hicieron sentir su influencia en nuestra regeneración literaria. Los agentes de ella, queriendo con todo creerse independientes, quisieron salvar de nuestro antiguo naufragio la expresión ; es decir, que al adoptar las ideas francesas del siglo XVIII, quisieron representarlas con nuestra lengua del siglo XVI. Una vez puros, se creyeron originales. Así que, en poesía, vimos conservado el saber poético de nuestros buenos tiempos: parecíanos oír todavía la lira de Herrera y de Rioja; y en prosa fue declarado delito toda innovación en el lenguaje de Cervantes. Iriarte, Cadalso y otros se declararon a todo trance puristas, y persiguieron toda novedad con las armas de la sátira, al paso que Meléndez, Jovellanos, Huerta y Moratín sostenían la misma opinión con el ejemplo. 7.- Éste es el lugar de hacer una observación esencialísima en la materia. Hemos dicho que la literatura es la expresión del progreso de un pueblo; y la palabra, hablada o escrita, no es más que la representación de las ideas, es decir, de ese mismo progreso. Ahora bien: marchar en ideología, en metafísica, en ciencias exactas y naturales, en política, aumentar ideas nuevas a las viejas, combinaciones de hoy a las de ayer, analogías modernas a las antiguas y pretender estacionarse en la lengua, que ha de ser la expresión de esos mismos progresos, perdónennos los señores puristas, es haber perdido la cabeza. Quisiéramos, sin ir más lejos en la cuestión, ver al mismo Cervantes en el día, forzado a dar al público un artículo de periódico acerca «de la elección directa», «de la responsabilidad ministerial», «del crédito» o «del juego de bolsa», y en él quisiéramos leer la lengua de Cervantes. Y no se nos diga que el sublime ingenio no hubiera nunca descendido a semejantes pequeñeces, porque esas pequeñeces forman nuestra existencia de ahora, como constituían la de entonces las comedias de capa y espada; y porque Cervantes, que las escribía para vivir cuando no se escribían sino comedias de capa y espada, escribiría, para vivir también, artículos de periódico. Lo más que pueden los puristas exigir es que al adoptar voces y giros, frases nuevas, se respete, se consulte, se obedezca en lo posible el tipo, la índole, las fuentes, las analogías de la lengua. 8.- He aquí verdades que no comprendieron los padres de nuestra regeneración literaria; quisieron adoptar ideas peregrinas, exóticas, y vestirlas con la lengua propia; pero esta lengua, desemejante de la túnica del Señor, no había crecido con los años y con el progreso que había de representar; esta lengua, tan rica antiguamente, había venido a ser pobre para las necesidades nuevas; en una palabra, este vestido venía estrecho a quien le había de poner. Acaso sea ésta una de las trabas que nuestros literatos tuvieron entonces para entrar más adentro en el espíritu del siglo. De esto sería una prueba la inculpación que a Cienfuegos se ha hecho de haber respetado poco la lengua. ¿Qué mucho, si Cienfuegos era el primer poeta que teníamos filosófico, el primero que había tenido que luchar con su instrumento, y que le había roto mil veces en un momento de cólera o de impotencia? Si nuestras razones no tuvieran peso suficiente, habría de tenerlo indudablemente el ejemplo de esas mismas naciones, a quienes nos vemos forzados a imitar, y que, mientras nosotros hemos permanecido estacionarios en nuestra lengua, han enriquecido las suyas con voces de todas partes. Porque nunca preguntaron a las palabras que quisieron aceptar: «¿De dónde vienes?», sino: «¿Para qué sirves?». Y medítese aquí que el estar parado cuando los demás andan, no es sólo estar parado, es quedarse atrás, es perder terreno. 9.- Además de esta causa, que opuso tantas trabas a nuestros adelantos, había otra, a saber: que el número de los que adoptaban el gusto francés, e importaban una nueva literatura, era reducido; eran entonces solamente unas cuantas avanzadas de la multitud, estacionaria todavía, tanto en literatura como en política. No queremos rehusarles por eso la gratitud que de derecho les corresponde; quisiéramos sólo abrir un campo más vasto a la joven España; quisiéramos sólo que pudiese llegar un día a ocupar un rango suyo , conquistado , nacional , en la literatura europea. 10.- No es nuestra intención en esta reseña general entrar a analizar el mérito de los escritores que nos han precedido; esto fuera molesto, inútil a nuestro propósito, y poco lisonjero acaso para algunos que viven todavía. Después que algunos hombres caros a las musas hubieron, no levantado nuestra literatura, sino introducido en España la francesa, después que nos impusieron el yugo de los preceptistas del siglo ostentoso y compasado de Luis XIV, las turbulencias políticas vinieron a atajar ese mismo impulso, que llamaremos bueno a falta de otro



Antony. Drama nuevo en cinco actos, de Alejandro

Dumas

Artículo primero Mariano José de Larra

[ Nota preliminar : Reproducimos la edición digital del artículo ofreciendo la posibilidad de consultar la edición facsímil de El Español. Diario de las Doctrinas y los Intereses Sociales , n.º 236, jueves 23 de junio de 1836, Madrid; paginación en color azul.]

-[pág. 1]- -[pág. 2]- -[pág. 3]-

Consideraciones acerca de la moderna escuela francesa.- Estado de la España. Inoportunidad de estos dramas entre nosotros.

1.- Por hoy y hasta mañana seremos graves: la primera impresión de este drama, más importante de lo que a primera vista parece, no nos deja disposición alguna para la risa con que suele Fígaro anatematizar los dislates que se agolpan en nuestra escena; no renunciamos sin embargo a ese derecho; no hacemos sino suspenderlo. Antony merece ser combatido con todas las armas: ojalá no sean todas de poco efecto contra tan formidable enemigo.

2.- Hace años que, secuaces mezquinos de la antigua rutina, mirábamos con horror en España toda innovación: encarrilados en los aristotélicos preceptos, apenas nos quedaba esperanza de restituir al genio su antigua e indispensable libertad; diose empero en política el gran paso de atentar al pacto antiguo, y la literatura no tardó en aceptar el nuevo impulso; nosotros, ansiosos de sacudir las cadenas políticas y literarias, nos pusimos prestamente a la cabeza de todo lo que se presentó marchando bajo la enseña del movimiento. Sin aceptar la ridícula responsabilidad de un mote de partido, sin declararnos clásicos ni románticos, abrimos la puerta a las reformas, y por lo mismo que de nadie queremos ser parciales, ni mucho menos idólatras, nos decidimos a amparar el nuevo género con la esperanza de que la literatura, adquiriendo la independencia, sin la cual no puede existir completa, tomaría de cada escuela lo que cada escuela poseyese mejor, lo que más en armonía estuviese en todas con la Naturaleza, tipo de donde únicamente puede partir lo bueno y lo bello.

3.- Pero mil veces lo hemos dicho: hace mucho tiempo que la España no es una nación compacta, impulsada de un mismo movimiento; hay en ella tres pueblos distintos: 1.º Una multitud indiferente a todo,

embrutecida y muerta por mucho tiempo para la patria, porque no teniendo necesidades, carece de estímulos, porque acostumbrada a sucumbir siglos enteros a influencias superiores, no se mueve por sí, sino que en todo caso se deja mover. Ésta es cero, cuando no es perjudicial, porque las únicas influencias capaces de animarla no están siempre en nuestro sentido. 2.º Una clase media que se ilustra lentamente, que empieza a tener necesidades, que desde este momento comienza a conocer que ha estado y que está mal, y que quiere reformas, porque cambiando sólo puede ganar. Clase que ve la luz, que gusta ya de ella, pero que como un niño no calcula la distancia a que la ve; cree más cerca los objetos porque los desea; alarga la mano para cogerla; pero que ni sabe los medios de hacerse dueño de la luz, ni en qué consiste el fenómeno de luz, ni que la luz quema cogida a puñados. 3.º Y una clase, en fin, privilegiada, poco numerosa, criada o deslumbrada en el extranjero, víctima o hija de las emigraciones, que se cree ella sola en España, y que se asombra a cada paso de verse sola cien varas delante de las demás; hermoso caballo normando, que cree tirar de un tílburi y que, encontrándose con un carromato pesado que arrastrar, se alza, rompe los tiros y parte solo.

4.- Ahora bien: pretender gustar escribiendo a un público de tal manera compuesto es empresa en que quisiéramos ver enredados por algunos años a esos fanales del saber extranjero, así como quisiéramos ver a los más célebres estadistas ensayar sus fuerzas en este escollo de reputaciones de todos géneros. Darnos una literatura hermana del antiguo régimen y fuera ya del círculo de la revolución social en que empezamos a interesarnos es tiempo perdido, pues sólo podría satisfacer ya a la última clase, y ésa no es la que se alimenta de literatura.

5.- Darnos la literatura de una sociedad caduca que ha corrido los escalones todos de la civilización humana, que en cada estación ha ido dejando una creencia, una ilusión, un engaño feliz, de una sociedad que, perdida la fe antigua, necesita crearse una fe nueva; y darnos la literatura expresión de esa situación a nosotros, que no somos aún una sociedad siquiera, sino un campo de batalla donde se chocan los elementos opuestos que han de constituir una sociedad, es escribir para cien jóvenes ingleses y franceses que han llegado a figurarse que son españoles porque han nacido en España; no es escribir para el público.

6.- La vida es un viaje: el que lo hace no sabe adónde va, pero cree ir a la felicidad. Otro que ha llegado antes y viene de vuelta se aboca con el que está todavía caminando y dícele: «¿Adónde vas? ¿Por qué andas? Yo he llegado adonde se puede llegar; nos han engañado; nos han dicho que este viaje tenía un término de descanso. ¿Sabes lo que hay al fin? Nada.»

7.- El hombre entonces que viajaba, ¿qué responderá? «Pues si no hay nada, no vale la pena de seguir andando.» Y sin embargo es fuerza andar, porque si la felicidad no está en ninguna parte, si al fin no hay nada, también es indudable que el mayor bienestar que para la humanidad se da está todo lo más allá posible. En tal caso, el que vino y dijo al que viajaba: «Al fin no hay nada», ¿no merece su execración?

8.- Rara lógica: ¡enseñarle a un hombre un cadáver para animarle a vivir! 9.- He aquí lo que hacen con nosotros los que quieren darnos la literatura caduca de la Francia, la última literatura posible, la horrible realidad; y hácennos más daño aún, porque ellos al menos, para llegar allá, disfrutaron del camino y gozaron de la esperanza; déjennos al menos la diversión del viaje y no nos desengañen antes: si al fin no hay nada, hay que buscarlo todo en el tránsito; si no hay un vergel al fin, gocemos siquiera de las rosas, malas o buenas, que adornan la orilla.

10.- ¡Desorden sacrílego! ¡Inversión de las leyes de la Naturaleza! En política, don Carlos fuerte en el tercio de España, y el Estatuto en lo demás; y en literatura, Alejandro Dumas, Víctor Hugo, Eugenio Sue y Balzac.

11.- Con indignación lo decimos; sepamos primeramente adónde vamos; busquemos luego el camino, y vamos juntos, no cada uno por su lado; no quieran haber llegado los unos, cuando están los otros todavía en la posada; porque si hay algún obstáculo en el tránsito, unidos lo venceremos, al paso que en fracciones el obstáculo irá concluyendo con los que fueren llegando desbandados.

12.- Lamennais lo ha dicho antes y mejor que nosotros: 13.- «Una roca obstruye la vía pública que recorremos: ningún hombre solo puede remover la roca; pero Dios ha calculado su peso de suerte que no pueda detener jamás a los que transitan juntos.»

14.- Antony , como la mayor parte de las obras de la literatura moderna francesa, es el grito que lanza la humanidad que nos lleva delantera, grito de desesperación, al encontrar el caos y la nada al fin del viaje. La escuela francesa tiene un plan. Ella dice: «Destruyamos todo y veamos lo que sale; ya sabemos lo pasado, hasta el presente es pasado ya para nosotros: lancémonos en el porvenir a ojos cerrados; si todo es viejo

estar mal casada, y que no se da mujer que quiera a su marido. El marido es en el día el coco, el objeto espantoso, el monstruo opresor a quien hay que engañar, como lo era antes el padre. Los amigos, los criados, todos están de parte de la triste esposa. ¡Infelice! ¿Hay suerte más desgraciada que la de una mujer casada? ¡Vea usted, estar casada! ¡Es como estar emigrada, o cesante, o tener lepra! La mujer casada en la literatura moderna es la víctima inocente aunque se case a gusto. El marido es un tirano. Claro está: se ha casado con ella, ¡habrá bribón! ¡La mantiene, la identifica con su suerte! ¡Pícaro! ¡Luego, el marido pretende que su mujer sea fiel! Es preciso tener muy malas entrañas para eso. El poeta se pone de parte de la mujer, porque el poeta tiene la alta misión de reformar la sociedad. La institución del matrimonio es absurda según la literatura moderna, porque el corazón, dice ella, no puede amar siempre, y no debe ligarse con juramentos eternos; la perfección a que camina el género humano consiste en que una vez llegado el hombre a la edad de multiplicarse, se una a la mujer que más le guste, dé nuevos individuos a la sociedad; y separado después de su pasajera consorte, uno y otra dejen los frutos de su amor en medio del arroyo y procedan a formar, según las leyes de más reciente capricho, nuevos seres que tornar a dejar en la calle, abandonados a sus propias fuerzas y de los cuales cuide la sociedad misma, es decir, nadie. Porque si la literatura moderna no quiere cuidar de sus hijos, ¿por dónde pretende que quieran tomarse ese cuidado los demás? «¡He aquí, dicen, la Naturaleza!» Mentira. En el aire, en la tierra, en el agua, todo ser viviente necesita padres hasta su completa emancipación; y los animales todos se reúnen en matrimonios hasta la crianza de sus hijos.

3.- Adela, sin embargo, individuo del nuevo orden de cosas, no puede amar a su marido; confianza que hace desde luego a su hermana, en cuya compañía vive. ¿Por qué? No sabemos. Pero motivos tendrá; asuntos son esos de familia en que nadie debe meterse.

4.- Pero no se da corazón que no ame, y en el día con violencia inaudita; las pasiones se han avivado con el trascurso de los tiempos, y en el siglo de las luces una pasión amorosa es siempre un volcán que se consume a sí propio abrasando a los demás.

5.- ¿Y quién es el hombre que hubiera hecho la felicidad de Adela, se entiende, no casándose con ella? Antony; ¿quién podía ser sino Antony? ¿Y quién es Antony? Antony es un ejemplo de lo que debían ser todos los hombres. Es el ser más perfecto que puede darse. Empiece usted por considerar que Antony no tiene padre ni madre. ¡Facilillo es llegar a ese grado de perfección! Hijo de sus obras, vulgo inclusero, es la personificación del hombre de la sociedad, como la hemos de arreglar algún día. Los que hemos tenido la desgracia de conocer padre y madre no servimos ya para el paso; somos elementos viejos, de quienes nada se puede esperar para el porvenir. El que quiera, pues, corresponder a la era nueva vea cómo se compone para no nacer de nadie. Lo demás es anularse, es en grande para la sociedad lo que es en pequeño entre nosotros haber admitido empleo de Calomarde.

6.- Antony ha recibido, sin embargo, de los padres que no tiene, una figura privilegiada; ha entrado en el mundo con gran talento, porque todo hombre en la nueva escuela nace hombre grande. Ha recibido una educación esmerada: ¿quién se la ha dado? El autor del drama, sin duda. Todo lo ha estudiado, todo lo ha aprendido, todo lo sabe, y ama mucho, como hombre que sabe mucho; pero este ser, tipo de perfecciones, está en lucha con la sociedad vieja que encuentra establecida a su advenimiento al mundo. Quiere ser abogado, quiere ser médico, quiere ser militar y no puede. ¿Por qué?, preguntarán ustedes. ¿Quién se lo impide? Las preocupaciones de esta sociedad injusta y opresora que halla establecida, sin que se haya contado con él: para que estuviese el mundo bien organizado era preciso que nada antes de Antony se hubiese arreglado de ninguna manera, y que el mundo hubiese esperado para organizarse a que las generaciones futuras viniesen a dar su voto sobre el modo más justo de disponer de los bienes de la sociedad. Antony encuentra todos los puestos ocupados por hombres que han tenido padres, y, según el autor, está todo tan mal arreglado, que un inclusero no puede ser nada. Mentira, pero mentira de mala fe. Desde que hay mundo, en toda sociedad, el camino del predominio ha estado siempre abierto al talento: en la antigüedad, de la plebe han salido hombres a mandar a los demás; en los tiempos feudales, en los del despotismo más injusto, un soldado oscuro, un intrigante plebeyo han salido, siempre que han sabido, de la turba popular para empuñar el cetro del mando. Han alcanzado la corona con el sable y títulos de nobleza con la inteligencia. En los siglos de más desigualdad, un porquero ha cogido las llaves de San Pedro y ha dominando a la sociedad. La teocracia, aristocracia la más injusta, ha sacado siempre sus prohombres - [pág. 4]- del lodo. ¿Quién eran al nacer Richelieu, Mazarino, el cardenal Cisneros? Y si la cuna ha bastado a familias enteras de reyes, el talento ha sobrepuesto a la cuna millares de plebeyos. La inteligencia ha sido en todos tiempos la reina del mundo, y ha vencido las preocupaciones. Pero si acudimos a la sociedad moderna, de quien se queja todavía Dumas, ¿dónde cabrán los ejemplos? ¡Dumas se atreve a sentar que el hombre de nada no puede ser nada, a causa de las preocupaciones sociales! Hable Napoleón, Bernadotte, Iturbide, los mariscales de Francia, la revolución del 91, la revolución de julio, el Ministerio

francés, el Ministerio español, la Europa en fin entera, donde los periódicos y la pluma llevan al poder; hablen por ella Talleyrand, Chateaubriand, Lamartine, Thiers; hable el Asia, donde no hay jerarquías; hable la América entera. Hable, en fin, el autor mismo del drama, el mulato Dumas, que ocupa uno de los primeros puestos en la consideración pública. ¿Quién le ha colocado a esa altura? ¿Qué preocupación le ha impedido usufructuar su industria y sobreponerse a los demás? ¿La literatura, la sociedad le han desechado de su seno por mulato? ¿Quién le ha preguntado su color? ¿Pretendía por ventura que sólo por ser mulato, y antes de saber si era útil o no, le festejase la sociedad? Esa sociedad, sin embargo, de quien se queja, recompensa sus injustas invectivas con aplausos e hincha de oro sus gavetas. ¿Y por qué? Porque tiene talento, porque acata en él la inteligencia. ¡Y esa inteligencia se queja y quiere invertir el orden establecido! Decirnos que un inclusero no puede ser nada en la sociedad moderna, la cual no le pregunta a nadie «quién es su padre», sino «cuáles son sus obras»; que no pregunta: «¿tienes apellido?», sino «¿tienes frac?», «¿cuál es tu alcurnia?», sino «¿cuál es tu educación?» , es el colmo de la mala fe.

7.- Una vez expuesta la posición de Antony y de Adela, sigamos el análisis de este diálogo amoroso en cinco actos. Antony se hace anunciar a Adela, quien luchando con su deber le cierra la puerta; pero al salir de su casa sus caballos se desbocan, Antony se arroja a contenerlos, y la lanza del coche, encontrándose con su pecho, le arroja sin sentido en el suelo. Si Adela acierta a no ser persona de coche, o si los coches no tienen lanza, se queda el drama en exposición. En el teatro los acontecimientos deben ser deducción forzosa de algo, la acción ha de ser precisa; lo demás no es convencer, pintando lo que sucede, sino hacer suceder para pintar lo que se quiere convencer. Adela da asilo en su casa al herido, y una escena amorosa pone de manifiesto los sentimientos de estos dos héroes. Pero Adela, siguiendo los caprichos de esta injusta sociedad, dice a Antony, ya vendado, que un hombre enamorado de una mujer casada no puede vivir en su casa a mesa y mantel. Preocupación: ¡cuánto mejor y más natural es vivir en casa de su querida que con una patrona o en una casa de huéspedes! Antony se desespera; pero para vencer a esa sociedad injusta, cuyas leyes despóticas no nos dejan vivir con nuestra Adela aunque sea mujer de otro, se arranca el vendaje exclamando: «¿Con que estando bueno me tengo que marchar a mi casa? Pues bien, ¿y ahora, me quedaré?»

8.- Ya tenemos aquí un medio ingenioso de permanecer en donde nos vaya bien. Efectivamente, ¡ingeniosa alegoría en que no ha pensado el autor! En quitándonos la venda social, en rompiendo la máscara del honor, podemos hacer nuestro gusto.

9.- Antony permanece en la casa del hombre que quiere deshonrar; huésped de su enemigo, le hace la guerra en su terreno; la Naturaleza lo manda así, porque la delicadeza es otra preocupación social. Pero Adela, sin duda para manifestarnos lo interesante y lo digna de lástima que es una mujer que resiste a una pasión, trata de salvarse del peligro corriendo a reunirse con su esposo, plan que lleva a cabo con resolución.

10.- Pero la Naturaleza, dios protector de Antony, lo tiene todo previsto, y el camino de Estrasburgo felizmente no se hizo sólo para las mujeres que huyen de sus amantes. También los amantes pueden ir a Estrasburgo. Antony toma caballos de posta, llega antes a una posada, la toma entera: para una pasión todo es poco; y cuando llega Adela, ni hay caballos para ella ni cuarto; el viajero que ha madrugado más le cede uno, y cuando Adela va a recogerse, éntrasele al amante por la ventana, y el telón, más delicado que el autor, tiene la buena crianza de correrse a ocultar un cuadro que representaría si no, probablemente, una vista interior de una pasión tomada desde la alcoba , cuadro tanto más inútil cuanto que será raro el espectador que necesite de semejantes indirectas para formar de los transportes de Adela y de Antony una idea bastante aproximada. Pero ¿qué importa? ¿No sucede eso en el mundo? ¿No es natural? ¿Pues por qué se ha de andar el autor con escrúpulos de monja en punto tan esencial? Ya sabemos lo que son viajes, lo que son posadas y lo que es trajinar en este mundo. Siempre deduciremos que estas pasiones fuertes no son plato de pobre. Si esa sociedad tan mal organizada no hubiera procurado a Antony dinero suficiente para tomar la posada y la posta, y todo lo que toma en este acto, se hubiera tenido que quedar en París haciendo endechas clásicas. El romanticismo y las pasiones sublimes son bocado de gente rica y ociosa, y así es que bien podemos exclamar al llegar aquí: ¡pobres clásicos!

11.- En el cuarto acto, Adela ha sucumbido, y de vuelta a París asiste a una sociedad, donde las injustas preocupaciones del mundo le preparan amargas críticas; y a este acto, en realidad, sin meternos a escudriñar la intención del autor al escribirlo, le concederemos la cualidad de ser tan moral en su resultado como es en los medios inmoral el anterior. Las que el autor llama preocupaciones son más fuertes que él en este acto, y las humillaciones que sufre Adela responden victoriosamente al drama entero.

12.- En el quinto, el marido, avisado sin duda de la pasión de su mujer, debe llegar de un momento a otro; Antony, sin embargo, en vez de hacer lo que a todo amante delicado inspira en tal circunstancia el amor mismo, en vez de ocultar su desgraciada pasión con una prudencia suficiente, se encierra con Adela, de



«Horas de invierno»

Mariano José de Larra

[ Nota preliminar : Reproducimos la edición digital del artículo ofreciendo la posibilidad de consultar la edición facsímil de El Español. Diario de las Doctrinas y los Intereses Sociales , n.º 420, domingo 25 de diciembre de 1836, Madrid; paginación en color azul.]

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1.- El editor de esta colección, que bastan a recomendar los autores de cuyas obras se echa mano para ella, tiene harto acreditado su buen gusto para que su publicación pudiera confundirse en el sinnúmero de otras del mismo género y que con títulos semejantes duermen en nuestras librerías. Conocido por producciones originales y artículos muy recomendables insertos en El Artista , se ha lanzado cuerpo y alma en la traducción. Esto es un efecto natural de nuestra decadencia, del poco premio, del ningún estímulo, del peligro, del escalón que ocupa, en fin, en las jerarquías europeas la sociedad española. Nada nos queda nuestro sino el polvo de nuestros antepasados, que hollamos con planta indiferente; segunda Roma en recuerdos antiguos y en nulidad presente, tropezamos en nuestra marcha adondequiera que nos volvamos con rastros de grandeza pasada, con ruinas gloriosas, si puede haber ruinas que hagan honor a un pueblo; pero así tropezamos con ellas como tropieza el imbécil moscardón con el diáfano cristal, que no acierta a distinguir de la atmósfera que le rodea. Es demasiado cierto que sólo el orgullo nacional hace emprender y llevar a cabo cosas grandes a las naciones, y ese orgullo ha debido morir en nuestros pechos. Juguete hace años de la intriga extranjera, nuestro suelo es el campo de batalla de los demás pueblos; aquí vienen los principios encontrados a darse el combate; desde Bonaparte, desde Trafalgar, la España es el Bois de Boulogne , de los desafíos europeos. La Inglaterra, el gran cetáceo, el coloso de la mar, necesitó medir sus fuerzas con el grande hombre, con el coloso de la tierra, y uno y otro exclamaron: «Nos falta terreno, ¿dónde reñiremos?». Y se citaron para España. Ventilada la cuestión, aniquilado el vencido, acudieron los amigos del vencedor y reclamaron la parte en el despojo. El huésped que había prestado su casa para la acerba entrevista reclamó siquiera el premio de su cooperación; y ¿qué le quedó? Lo que puede quedarle al campo de batalla: los cadáveres, el espectáculo de los buitres, y un letrero encima: «Aquí fue la riña».

2.- La América devolvió a su conquistadora con creces y con usura el principio democrático cuyo germen le había lanzado imprudentemente la Europa de Luis XVI y Carlos IV. El grito resonó desde las columnas de Hércules hasta las orillas del Rhin; los pueblos solevantaron sus cabezas e hicieron vacilar los tronos que pesaban sobre ellos. La degradada Italia intentó dar de mano aquí y allí a sus muelles ocupaciones artísticas, y espasmos políticos se hicieron sentir hasta en el Etna, que pareció querer vomitar otra cosa que llamas fatuas y tibias cenizas. El Norte hubo de desenvainar la espada de Waterloo, y lanzó contra el principio democrático el credo de la Santa Alianza. Pero ¿dónde pelearemos?, se dijeron. Nuestras campiñas son fértiles, nuestros pueblos están llenos: ¿dónde hay un palenque vacío para la disputa? Y también se citaron en España. Pero esta vez no hubo necesidad de combate: los buitres, citados por el rumor de la próxima pelea, vinieron, y no pudiendo repartirse los muertos, se repartieron los vivos.

3.- Más tarde, el derecho divino y la legitimidad por la gracia de Dios han necesitado reunir sus últimas fuerzas para dar combate al derecho del hombre y la legitimidad por la gracia del pueblo, y esta última vez no ha sido necesario ya traer los principios al palenque; ellos han nacido en su terreno: el Norte y los Torys, el Mediodía y los Whigs han acudido al primer silbido del Watman, del hombre de la noche, y las provincias vírgenes de España han visto su velo desgarrado, y profanado su seno que habían respetado los romanos y los godos, los hijos de Carlos Martel y los nietos de Omar, por las sangrientas manos de los liberales y de

los carlistas. De tradición antigua es la España el palenque de las disputas ajenas: la España no ha visto limpio su suelo de las armas extranjeras sino cuando ha empuñado el tizón de la discordia y cuando le ha lanzado con la atrevida mano de Carlos I en los demás pueblos, porque antes de ese corto período de conquista, ¿dónde sino en España ventilaron sus cuestiones Roma y Cartago, la cruz y la media luna, la Europa y el Asia? 4.- Es una verdad eterna: las naciones tienen en sí un principio de vida que creciendo en su seno se acumula y necesita desparramarse a lo exterior; las naciones como los individuos, sujetos a la gran ley del egoísmo, viven más que de su vida propia de la vida ajena que consumen, y ¡ay del pueblo que no desgasta diariamente con su roce superior y violento los pueblos inmediatos, porque será desgastado por ellos! O atraer, o ser atraído. Ley implacable de la naturaleza: o devorar, o ser devorado. Pueblos e individuos, o víctimas o verdugos. Y hasta en la paz, quimérica utopía no realizada -[pág. 2]- todavía en la continua lucha de los seres, hasta en la paz devoran los pueblos, como el agua mansa socava su cauce, con más seguridad, si no con tanto estruendo como el torrente.

5.- El pueblo que no tiene vida sino para sí, el pueblo que no abruma con el excedente de la suya a los pueblos vecinos, está condenado a la oscuridad; y donde no llegan sus armas, no llegarán sus letras; donde su espada no deje un rasgo de sangre, no imprimirá tampoco su pluma ni un carácter solo, ni una frase, ni una letra.

6.- Volvieran, si posible fuese, nuestras banderas a tremolar sobre las torres de Amberes y las siete colinas de la ciudad espiritual, dominara de nuevo el pabellón español el golfo de México y las sierras de Arauco, y tornáramos los españoles a dar leyes, a hacer Papas, a componer comedias y a encontrar traductores. Con los Fernández de Córdoba, con los Espínolas, los Albas y los Toledos, tornaran los Lopes, los Ercillas y los Calderones.

7.- Entre tanto (si tal vuelta pudiese estarnos reservada en el porvenir, y si un pueblo estuviese destinado a tener dos épocas viriles en una sola vida) renunciemos a crear, y despojémonos de las glorias literarias como de la preponderancia política y militar nos ha desnudado la sucesión de los tiempos.

8.- Ni ¿de qué suerte crear entre nosotros? ¿Cómo? ¿Y para qué? El genio, como el cedro del Líbano, nace en las alturas, y crece y se hace fuerte a los embates de la tempestad, no en los bajos ni en la confusión de las vertientes cenagosas que se desprenden a inundarlos de la montaña. El genio ha menester del laurel para coronarse; y ¿dónde ha quedado entre nosotros un vástago de laurel para coronar una frente? El genio ha menester del eco, y no se produce eco entre las tumbas.

9.- Escribir y crear en el centro de la civilización y de la publicidad, como Hugo y Lherminier, es escribir. Porque la palabra escrita necesita retumbar, y como la piedra lanzada en medio del estanque, quiere llegar repetida de onda en onda hasta el confín de la superficie; necesita irradiarse, como la luz, del centro a la circunferencia. Escribir como Chateaubriand y Lamartine en la capital del mundo moderno es escribir para la humanidad; digno y noble fin de la palabra del hombre, que es dicha para ser oída. Escribir como escribimos en Madrid es tomar una apuntación, es escribir en un libro de memorias, es realizar un monólogo desesperante y triste para uno solo. Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta. Porque no escribe uno siquiera para los suyos. ¿Quiénes son los suyos? ¿Quién oye aquí? ¿Son las academias, son los círculos literarios, son los corrillos noticieros de la Puerta del Sol, son las mesas de los cafés, son las divisiones expedicionarias, son las pandillas de Gómez, son los que despojan, o son los despojados?

10.- ¿Será el teatro el refugio de nuestra gloria? ¿El teatro, sin actores y sin público, el teatro nacional, que, por último insulto, para mengua eterna y degradación sin fin del país, es ya una sucursal de la ópera y un llena-huecos para las noches en que está ronca la primera dama? Porque es preciso imprimirlo; habrá quien no lo sepa: el teatro nacional no tiene ya empresa y disección propia; el teatro nacional ha sido confiado a la dirección misma de la ópera, que ha tenido la bondad de recogerlo moribundo de manos de los actores que no pueden soportar en él «¡la dura carga que en sus hombros pesa!». ¡Caso no ocurrido hasta la presente en país alguno, escándalo de que la desdichada patria de Moreto y de Alarcón estaba reservada a dar ejemplo!

11.- Y después de estas reflexiones, ¿querremos violentar las leyes de la naturaleza y pedir escritores a la España? Hay una armonía en las cosas del mundo que no consiente el desnivel; cuando en política tenga Talleyranes o Periers, cuando en armas tenga Soults, cuando en su Cámara tenga Thiers, cuando en ciencias tenga Aragos, entonces tendrá en literatura Chateaubrianes y Balzacs.

12.- Lloremos, pues, y traduzcamos, y en ese sentido demos todavía las gracias a quien se tome la