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Pese a que vivimos en unos tiempos de exaltación de las diferencias, estas, en la práctica, se toleran mal. La diferencia es buena cuando es la propia, pero deja de serlo cuando es la de otro. Más aún cuando ese otro, en lugar de permanecer lejos para no molestar, se atreve a invadir lo nuestro. La dificultad de aceptar al otro como es se da a todos los niveles, desde el más cotidiano al del entendimiento entre culturas o ideologías distintas. La historia occidental no ha cesado de dar ejemplos de rechazo a gitanos, judíos, musulmanes, negros, leprosos y muchos etcétera. Sin ir tan lejos, el día a día es una continua carrera de obstáculos que se interponen a la convivencia familiar, laboral y urbana. Los defectos del vecino, esté fuera o dentro de casa, resultan los más insoportables. El mundo se vuelve pequeño y estrecho cuando alguien solicita que le hagamos sitio para sentarse a nuestro lado. Damos ejemplos incontables de eso que Kant llamó la “sociabilidad insociable” del ser humano: somos y no somos sociables, necesitamos a los demás y los detestamos por mil razones distintas y a menudo vergonzantes. Lo grave es que la intolerancia trascienda el nivel individual y entre en la vida colectiva. En tal caso, el objeto de la intolerancia se tipifica y adquiere una realidad que no se discute: es el desprecio a los gitanos, los islámicos, los negros, los magrebíes. (VICTORIA CAMPS, Los valores de la educación )
Se dice que los niños, cuando pasan a ser adolescentes, a partir de los doce o trece años, pierden gran parte de cuanto hasta ese momento les había servido como referencia (valores, ideas, criterios...) y eso les acarrea cierta desorientación y pérdida de seguridad en sí mismos. Los modelos de comportamiento que, hasta entonces habían encarnado sus padres y profesores, pasan a ser sustituidos por los que tiene su grupo o su pandilla: escala de valores, intereses, creencias, aspiraciones, principios, criterios para enjuiciar el comportamiento, etc. La aprobación o el rechazo que le tribute ese grupo, que sólo aceptará si se comporta como se espera de él, hará aumentar o disminuir la confianza en sí mismo. El joven que quiere sentirse miembro de un colectivo procurará, sino ajustar su personalidad, al menos simular la conducta que aprueban los de su “tribu”. Quienes rodean al adolescente pueden apreciar entonces algunos cambios de su personalidad: se comporta de otra forma, varía su actitud, su forma de vestir, habla de otra manera... La influencia del grupo puede ser positiva si propone nuevos valores y estimula positivamente al joven o puede ser negativa si el adolescente se deja llevar fácilmente por los otros. La búsqueda del aprecio del grupo puede inducirlo a traicionar sus verdaderos principios y a conducirlos a una inversión de valores: tomar por bueno lo que éticamente es rechazable (droga, violencia, delincuencia...)
La lectura nos hace más felices y nos ayuda a afrontar mejor la existencia. Los lectores están más contentos y satisfechos que los no lectores, en general son menos agresivos y más optimistas”. Quienes lo dicen son los responsables de un análisis reciente elaborado por la Universidad de Roma III a partir de entrevistas a 1.100 personas. Aplicando índices como el de la medición de la felicidad de Veenhoven y escalas como la Diener para registrar el grado de satisfacción con la vida, los investigadores han llegado a estas conclusiones que demuestran, como dice Nuccio Ordine, autor del manifiesto La utilidad de lo inútil , que “nutrir el espíritu puede ser tan importante como alimentar el cuerpo” y que necesitamos, mucho más de lo que pensamos, esas experiencias y conocimientos que no se traducen en beneficios económicos. ¿Cómo nos sentimos y qué cambios experimentamos cuando nos sumergimos en una historia? ¿Tiene un efecto transformador? [...] La ciencia cada vez tiene más recursos para contestar a estas preguntas. Artículos en revistas especializadas dan cuenta de los resultados de resonancias magnéticas que revelan la alta conectividad que se produce en el surco central del cerebro, región del motor sensorial primario, y en la corteza temporal izquierda, el área asociada al lenguaje, mientras leemos un libro y tras acabarlo. El estrés se reduce y la inteligencia emocional sale ganando, así como el desarrollo psicosocial, el autoconocimiento y el cultivo de la empatía, según un equipo de neurocientíficos de la Universidad de Emory, en Atlanta, que siguieron las reacciones de 21 estudiantes durante 19 días consecutivos. La lectura puede incluso modificar comportamientos a través de la identificación con los protagonistas de la literatura, sostiene Keith Oatley, novelista y profesor de Psicología Cognitiva de la Universidad de Toronto.[...] El convencimiento de los beneficios de la lectura es el motor de School of Life, centro londinense de biblioterapia que prescribe libros para ayudar a superar conflictos (ruptura, duelo…). Como dice el filósofo Santiago Alba Rico, autor de Leer con niños , un ensayo que estimula en los padres el placer de compartir relatos con sus hijos, la lectura, como el enamoramiento, es un “vicio virtuoso”. Cuando conocemos los bienes que nos proporciona, no podemos dejar de practicarla. [...] (Emma Rodríguez, El País, 24/1/16)
Sueño que un día no muy lejano, los humanos aceptemos la total continuidad orgánica que nos une con el resto de los animales y seamos capaces de actuar en consecuencia. Que respetemos sus derechos; que no los torturemos, esclavicemos y maltratemos atrozmente con ciego desdén a su dolor. Que comprendamos de una maldita vez que son seres sintientes y no objetos. Dentro de unas décadas, nuestros hijos mirarán hacia atrás y se horrorizarán al ver cómo tratamos hoy a los animales, del mismo modo que hoy nos espantamos al recordar los desmanes de la esclavitud y de la segregación racial. Por eso he pedido prestadas las famosas palabras de Martin Luther King en aquella multitudinaria marcha de 1963. Seguro que ya hay lectores torciendo el gesto por mi osadía al unir la cuestión racial y el maltrato animal. Y sin embargo son problemas muy parecidos. En ambos casos son pura barbarie, ignorancia y rancios prejuicios. Los racistas que creen que un negro es inferior a ellos son como los energúmenos que piensan que un animal es una cosa con la que se puede cometer cualquier salvajada.[...] Es sobre todo una cuestión de ética, pura justicia elemental y desarrollo cívico. El progreso social pasó por la Declaración de los Derechos del Hombre del siglo XVIII; después, por la inclusión de la mujer en esos derechos; y ahora tendrá que pasar por el reconocimiento de los derechos de los demás seres vivos. Sólo así podremos crecer y progresar. (Rosa Montero, El País , 10/1/2016)
Uno de los mejores tebeos editados en España en los últimos años se titulaba La casa. Crónica de una conquista y su autor es Daniel Torres, un veterano dibujante que había estado largo tiempo sin publicar. El cómic, de casi 600 páginas, está basado en un trabajo de documentación impresionante y repasa la historia de la vivienda desde el neolítico hasta el siglo XXI. Una de las cosas que quedan más claras en sus viñetas es que la privacidad ha resultado una conquista muy difícil, una lucha contra el espacio que, salvo para los muy ricos, se ha prolongado durante siglos y que todavía está pendiente en muchas sociedades. Virginia Woolf también contó aquella revolución en uno de sus libros más célebres, Una habitación propia. Todo esto, en el Occidente permanentemente conectado, se ha terminado. Lo más grave del final de la privacidad es que en algunos casos se ha producido de manera inconsciente, pero en muchos otros de manera totalmente consciente. Estamos regalando sin darnos cuenta algo que ha costado siglos conquistar. Las fotos realizadas con FaceApp circularon ampliamente por redes sociales: con una ingeniosa aplicación, gracias a la inteligencia artificial se mostraba cómo sería nuestro rostro en la vejez. Todo fue bien hasta que se descubrió que el usuario firmaba una especie de pacto mefistotélico con los autores del juguetito a los que tal vez no entregaba su alma, pero sí sus datos. Esa noticia se conoció poco antes de que fuese detenido en Bulgaria un informático de 20 años que había logrado los datos fiscales de todos los adultos del país que hubiesen declarado alguna vez a Hacienda. De todos. El hacker ni siquiera era una lumbrera: al parecer el robo masivo de información fue bastante sencillo. Todo ello ocurre mientras los cuatro gigantes de la era digital, Amazon, Apple, Google y Facebook, son investigados en el Congreso de EE UU entre otras cosas por las dudas sobre su tratamiento de los datos. Se trata de ejemplos de las últimas semanas. Nos dirigimos a una sociedad de paredes de vidrio en la que todo lo que hemos escrito, dicho, incluso a veces pensado (nuestros gustos de compra), todos los datos que hemos compartido con nuestros amigos o con nuestra Administración pueden ser publicados y, desde luego, son utilizados sistemáticamente con fines comerciales o políticos. Ya no existen habitaciones propias. (Guillermo Altares, El País , 31 julio de 2019)