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Tocqueville, Apuntes de Historia del Pensamiento Político

Asignatura: historia del pensamiento politico y social, Profesor: Alberto Carrillo, Carrera: Periodismo, Universidad: US

Tipo: Apuntes

2012/2013

Subido el 22/08/2013

ronda1993
ronda1993 🇪🇸

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Alexis de Tocqueville (1805-1859)
UN ANÁLISIS SOCIOLÓGICO DE LOS ESTADOS UNIDOS
Los Estados Unidos de Norteamérica fueron fundados sobre una base única en su
género. Si bien, al igual que las otras naciones americanas, surgieron del seno de un
imperio europeo, los elementos coloniales que los integraban reflejaban apenas la
estructura social metropolitana. Así, en las colonias norteamericanas predominaban
ciertas capas disidentes de la sociedad europea. Los Estados Unidos se constituyeron
democráticamente, según principios representativos, y con una masa de población
refugiada, que venía huyendo de la intolerancia y la persecución. Por ello constituían, a
la sazón, un gigantesco experimento para los pueblos europeos: se trataba de la puesta
en march-. de una vasta nación bajo los principios políticos del liberalismo y la
Ilustración. Tocqueville, al hacerse a la mar en abril de 1831 con destino al Nuevo
Mundo, estaba perfectamente consciente de la magnitud del fenómeno que iba a
presenciar. El resultado H= sus observaciones, sus vivencias y sus estudios fue el mejor
libro que se haya escrito sobre los Estados Unidos.
Tocqueville se enfrentaba con la sociedad yanqui de la época del presidente Andrew
Jackson (1767-1845), caracterizada por la primera expansión urbana de las ciudades del
Este, por el empuje hacia las tierras vírgenes del Oeste, por la dulcificación de la
religión puritana y por los principios de un vigoroso reformismo, expresado tanto en la
nueva penología como en los albores del movimiento antiesclavista. Los aspectos
negativos de la nueva sociedad americana no podían escapar a ningún observador de la
democracia jacksoniana, pero los dinámicos y progresivos eran tanto o más
preeminentes. Entre éstos, el más destacado era, sencillamente, el de la
representatividad democrática. Salvo los esclavos en los estados meridionales y los
indios, la totalidad de la población poseía el sistema de gobierno más representativo del
mundo y el grado más alto de control, por parte de cada ciudadano particular, de la vida
pública. En Europa era corriente hablar y referirse a las instituciones yanquis sin
conocerlas, y Tocqueville se propuso terminar con esta situación. Pero su interés era
doble; por un lado le interesaba enterarse de la situación e informar sobre ella,
describiéndola; por otro, le seducía la idea de desvelar el que para él fue siempre un
problema central, el del sentido y funcionamiento de la libertad en el seno de la
sociedad humana, y, sobre todo, en el marco de la que él creía corriente irresistible de
los tiempos modernos, la democracia. Por eso su obra lleva el título de la «Democracia
en América»; la democracia (fuerza y categoría histórica general) en un país concreto
(circunstancia espaciotemporal). Y por eso también La Democracia en América no es
únicamente un libro sobre las instituciones políticas de los Estados Unidos, sino una
larga meditación sobre la marcha histórica de las sociedades occidentales. Y lo que da
peso a esa meditación es el espíritu sociológico que la anima.
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Alexis de Tocqueville (1805-1859)

UN ANÁLISIS SOCIOLÓGICO DE LOS ESTADOS UNIDOS

Los Estados Unidos de Norteamérica fueron fundados sobre una base única en su género. Si bien, al igual que las otras naciones americanas, surgieron del seno de un imperio europeo, los elementos coloniales que los integraban reflejaban apenas la estructura social metropolitana. Así, en las colonias norteamericanas predominaban ciertas capas disidentes de la sociedad europea. Los Estados Unidos se constituyeron democráticamente, según principios representativos, y con una masa de población refugiada, que venía huyendo de la intolerancia y la persecución. Por ello constituían, a la sazón, un gigantesco experimento para los pueblos europeos: se trataba de la puesta en march-. de una vasta nación bajo los principios políticos del liberalismo y la Ilustración. Tocqueville, al hacerse a la mar en abril de 1831 con destino al Nuevo Mundo, estaba perfectamente consciente de la magnitud del fenómeno que iba a presenciar. El resultado H= sus observaciones, sus vivencias y sus estudios fue el mejor libro que se haya escrito sobre los Estados Unidos.

Tocqueville se enfrentaba con la sociedad yanqui de la época del presidente Andrew Jackson (1767-1845), caracterizada por la primera expansión urbana de las ciudades del Este, por el empuje hacia las tierras vírgenes del Oeste, por la dulcificación de la religión puritana y por los principios de un vigoroso reformismo, expresado tanto en la nueva penología como en los albores del movimiento antiesclavista. Los aspectos negativos de la nueva sociedad americana no podían escapar a ningún observador de la democracia jacksoniana, pero los dinámicos y progresivos eran tanto o más preeminentes. Entre éstos, el más destacado era, sencillamente, el de la representatividad democrática. Salvo los esclavos en los estados meridionales y los indios, la totalidad de la población poseía el sistema de gobierno más representativo del mundo y el grado más alto de control, por parte de cada ciudadano particular, de la vida pública. En Europa era corriente hablar y referirse a las instituciones yanquis sin conocerlas, y Tocqueville se propuso terminar con esta situación. Pero su interés era doble; por un lado le interesaba enterarse de la situación e informar sobre ella, describiéndola; por otro, le seducía la idea de desvelar el que para él fue siempre un problema central, el del sentido y funcionamiento de la libertad en el seno de la sociedad humana, y, sobre todo, en el marco de la que él creía corriente irresistible de los tiempos modernos, la democracia. Por eso su obra lleva el título de la «Democracia en América»; la democracia (fuerza y categoría histórica general) en un país concreto (circunstancia espaciotemporal). Y por eso también La Democracia en América no es únicamente un libro sobre las instituciones políticas de los Estados Unidos, sino una larga meditación sobre la marcha histórica de las sociedades occidentales. Y lo que da peso a esa meditación es el espíritu sociológico que la anima.

La obra de Tocqueville comienza a un nivel puramente descriptivo, geográfico y termina, en el segundo volumen (publicado cinco años después del primero) con un alto grado de abstracción. El paso paulatino de lo descriptivo a lo conceptual se realiza siempre dentro de un esquema de observación realista. Así, para poder estudiar el sentido de la libertad en la vida moderna, Tocqueville se atiene siempre a un estudio de cuantas instituciones aparentemente extrapolíticas encuentra. En ello se ve el directo influjo de Montesquieu quien, como se expuso páginas atrás, percibió la interdependencia de las diversas zonas de la realidad y propugnó la comprensión de esta interdependencia como condición previa a todo entendimiento cabal de los asuntos humanos. Con la ayuda de esta convicción, elemental para toda mente, sociológicamente orientada, Tocqueville describió las interrelaciones existentes en la vida social yanqui. Tocqueville desveló las relaciones existentes entre la libertad de prensa y el temperamento de la clase media; entre la religión protestante y el sistema federal; entre el igualitarismo y el sistema de gobierno local autónomo. El título de uno de sus capítulos revela este tipo de enfoque. «De la religión considerada como institución política, y cómo se sirve poderosamente al mantenimiento de la república democrática de los americanos». La preocupación original de Tocqueville es política, pero al intentar averiguar aquellas circunstancias que hacen posible la democracia, y cuya naturaleza es las más de las veces extrapolítica, se tiene que adentrar forzosamente en el terreno de la mentalidad, de las convicciones, de los valores económicos, sin olvidar los detalles de la vida cotidiana. Gracias a esto, Tocqueville fue uno de los primeros escritores que pudo describir los rasgos psicosociales del pueblo yanqui. De él se puede decir que surgen tradiciones tales como la que atribuye a los norteamericanos un alto grado de materialismo o, mejor, una excesiva pasión por el confort:

En América, la pasión por el bienestar material no es siempre exclusiva, pero es general; si bien todos no la experimentan del mismo modo, todos la sienten. El cuidado de satisfacer los mínimos deseos del cuerpo y de proveerse las pequeñas comodidades de la vida preocupa universalmente a los espíritus. Algo parecido va ocurriendo cada vez más en Europa. No he encontrado, en América, ciudadano tan pobre que no mirara esperanzada y envidiosamente los goces de los ricos y cuya imaginación no se encendiera ante la perspectiva de los bienes que la fortuna se obstinaba en negarle.

Y, por otra parte, nunca he percibido, entre los ricos de los Estados Unidos, ese soberbio desdén por el bienestar material que se muestra a veces hasta en el seno de las aristocracias más opulentas y disolutas. La mayor parte de estos ricos fueron pobres; han sentido el aguijón de la necesidad; han combatido durante un largo tiempo contra una fortuna adversa y, ahora que la victoria ha llegado, las pasiones que acompañaron la lucha sobreviven. Los ricos siguen ebrios en medio de esos pequeños goces que han perseguido durante cuarenta años.

Pero palabras como las anteriores no son sólo un retrato de la sociedad norteamericana de la época. Tocqueville, como muchos otros después de él, ve en América el gran terreno experimental donde tiene lugar fenómenos que afectarán luego a todos los pueblos europeos. El hedonismo de los «pequeños goces» va infiltrándose «cada vez

La igualdad es un hecho, el igualitarismo, una doctrina; y, para Tocqueville, una pasión humana. Su difusión en las conciencias ha tenido, según él, un papel decisivo en la formación de la mente moderna. El igualitarismo es una tendencia social que fomenta el tipo de igualdad que puede llamarse igualdad material. Hay otros tipos de igualdad, por ejemplo, la jurídica, o sea, la igualdad ante la ley. Ésta es la expresión legal de la igualdad moral propuesta por los humanistas renacentistas, y heredada de los helenistas. Más tarde, los pensadores sociales del siglo xix se dieron cuenta de que uno de los rasgos más característicos de su tiempo era el énfasis que los hombres ponían sobre la igualdad material. Ésta significaba que los hombres eran y debían ser sustancialmente iguales. Para lograrlo, los liberales intentaron crear un sistema en el que predominara por lo menos una forma de igualdad material: la de oportunidades. Un medio para alcanzarla era, supuestamente, la abstención por parte del estado de toda interferencia en la vida privada del ciudadano. Según este principio, el derecho a la vida privada recibió una sanción legal que nunca había tenido. Antes sólo en Pericles hallamos una cierta justificación de su valor así como de la autonomía del individuo. Como corolario a todo ello la supresión del privilegio aristocrático llegó a ser casi completa.

Esta tendencia hacia la igualdad vino acompañada por una tendencia política hacia la libertad. Así, la individualidad de los miembros de la sociedad era salvaguardada por el derecho positivo. La institucionalización de los derechos del ciudadano implicó el reconocimiento de que la igualdad era inseparable de la libertad, y hasta se llegó a identificarlas en algunos casos. Mas esta igualdad tenía que comprenderse «dentro del alcance de la ley, tal cual sugería la idea de isonomía presentada por Isócrates» y no debía confundirse con la «igualdad de condiciones». Era la igualdad discriminatoria y aristocrática «de quienes forman un cuerpo de pares». Sin embargo, Alexis de Tocqueville afirma que la tendencia hacía la igualdad y la tendencia hacia la libertad pueden, en ciertos casos, ser tendencias divergentes. En realidad, dice, el mundo contemporáneo está presenciando ese aconteci- "miento en algunos lugares. Ello ocurre porque la igualdad misma encierra en sí dos tendencias diferentes:

La igualdad en realidad produce dos tendencias: la una lleva a los hombres hacia la independencia, y hasta puede arrastrar todo a la anarquía, y la otra los lleva por un camino más largo y recóndito, hacia la servidumbre.

Entendida de este modo, la igualdad se concibe como una «fuerza social» en cierto sentido independiente de los grupos que la portan, independiente también de aquello que en un principio parecía inseparable de ella, la libertad:

La igualdad puede llegar a establecerse en la sociedad civil sin reinar en la vida política. Uno puede tener el mismo derecho a gozar de los mismos placeres, ejercer las mismas profesiones, asistir a los mismos lugares, en una palabra, vivir la misma vida y perseguir la riqueza por los mismos medios sin tomar parte alguna en el gobierno.

Al darse cuenta de la posibilidad del divorcio entre libertad e igualdad, Tocqueville vislumbra la futura existencia de una sociedad sin auténtica vida política, en la que una enorme masa de hombres similares e iguales giren incansablemente en torno a sí mismos para procurarse pequeños placeres vulgares con los que llenar sus mentes.

Siguiendo esta línea de pensamiento, Tocqueville se adentra en la naturaleza de las modernas masas sociales. Tradicionalmente, las masas eran concebidas según los cánones del prejuicio aristocrático, como la simple mayoría del pueblo vulgar e ignorante. Tocqueville distingue entre pueblo y masa. Esta última no se compone necesariamente de una muchedumbre reunida en un lugar, sino de una mayoría de hombres solitarios que «giran incansablemente en torno a sí mismos», que viven dentro de un hedonismo bajo y son víctimas de un intenso conformismo social. Tocqueville llegó a estas ideas gracias a su análisis de la democracia moderna. Ignorando los aspectos constitucionales y gubernamentales del fenómeno, intentó descubrir el substrato verdadero de la sociedad democrática. Lo primero que uno encuentra en una era democrática, dice Tocqueville, y en especial en la Francia y los Estados Unidos de su tiempo, es una tendencia general hacia la igualdad de condición. El derecho al voto es sólo una expresión externa de esa tendencia, y lo mismo ocurre con la existencia de asambleas deliberantes y todas las demás instituciones del gobierno representativo. Tocqueville cree que todas ellas son deseables y que, andando el tiempo, echarán raíces profundas en la sociedad moderna. El igualitarismo político es, pues, un reflejo de una profunda tendencia estructural, procedente de las clases medias y de las inferiores, y que impone cambios drásticos en la organización tradicional de la sociedad. Pero esa tendencia entraña también la evolución hacia la «estandardización» de las situaciones individuales y la homogeneización de las distinciones sociales. Su origen reside en el desarrollo de lo que Tocqueville llama la «pasión democrática» por excelencia, la pasión por la igualdad de condiciones materiales.

Según Tocqueville, la sociedad está siempre bajo la presión de dos corrientes generales. La una es la fuerza que la lleva hacia la diferenciación —tendencia aristocrática—, la otra la que la lleva hacia la igualación —tendencia democrática—. Esta última es más irracional, y por ello Tocqueville prefiere llamarla pasión. El hombre tolera mal la prominencia social de su prójimo; si esto se combina con el largo sufrimiento de privilegios injustos y de las divisiones clasistas, comprenderemos por qué los menos privilegiados pueden caer en el delirio de esa pasión en cuanto los poderosos muestran signos de debilidad. En esos casos la igualdad llega a ser una idea obsesiva, a la cual se abrazan los hombres ciegamente: destruyen barreras, suprimen diferencias, descargan frustraciones retenidas durante largo tiempo, y dan rienda suelta a su envidia y a sus sentimientos de ofendida inferioridad. Todo esto no sería grave del todo si no fuera que, con ello, desaparece también la libertad en cuyo nombre estalla la rebelión. En su proceso los hombres se vuelven sordos a cualquiera que pretenda disuadirles de la consecuencia última de sus actos. La igualdad se convierte en un valor supremo, en «algo absoluto, como principio de nivelación universal», que todo lo arrastra, incluso la libertad.

Cuando este principio se aplica seriamente en una sociedad comienzan a aparecer algunos rasgos psicológicos en los individuos que la componen. En un principio, el hombre que se encuentra inmerso en una situación de igualdad de condiciones se siente independiente. Ello le proporciona un inmenso sentimiento de seguridad, que se manifiesta en su arrogancia, la cual, a su vez, es proyectada contra cualquier otro hombre que se distinga en cualquier actividad concreta. Y el individuo de mediocres

precisamente ese peligro. En sus últimos años, al contemplar retrospectivamente los sucesos revolucionarios de 1848, llegó a forjar una distinción entre la democracia y el socialismo, con lo cual imaginó dos tipos diferentes de sociedad igualitaria. En ambas predominarían el «espíritu democrático » y las «pasiones democráticas». Mas la democracia dilata la esfera de la independencia individual mientras que el socialismo la constriñe. La democracia da todo su valor a cada hombre, el socialismo hace de cada hombre un agente, un número. La democracia y el socialismo están unidos sólo por medio de una palabra, la igualdad; mas notad la diferencia: la democracia quiere igualdad dentro de la libertad, mientras que el socialismo quiere igualdad dentro de la coacción y la servidumbre.

Estas reflexiones de Tocqueville quizás encierren una comprensión insuficiente del socialismo; pero deben ser registradas en cuanto que representan un comentario aplicable a un socialismo que fuera unido a una tiranía. Pero es evidente que la oposición entre socialismo y democracia es injustificable en términos lógicos. Sin embargo, el descubrimiento de Tocqueville de que la democracia liberal e igualitaria encerraba grandes peligros para la libertad no es pequeña. Tocqueville mostró cómo el hombre originalmente individualista de las nuevas sociedades, especialmente la norteamericana, evolucionaba lentamente hacia un amor excesivo del bienestar, hasta corromper el bienestar mismo. Además, cree Tocqueville que el hombre moderno es víctima, cada vez más, de la opinión de los demás, y la sigue ciegamente. De modo que el individualista que forjó la revolución liberal corre ahora el peligro de convertirse en un sensualista sin personalidad, en un ser sin ansia ni necesidad de vivir libremente.

LA TEORÍA DEL PLURALISMO POLITICOSOCIAL

Uno de los principios del liberalismo maduro es el de la coexistencia en él de una variedad de grupos, partidos y tendencias dentro del cuerpo político. Ello entraña una revisión del principio simplista de Rousseau de la «voluntad general» que deja poco o ningún espacio a los grupos disidentes. El liberalismo de Mili, en lo que tiene de defensa de las minorías, propugna ya este nuevo enfoque y, por lo tanto, lo que hoy se suele llamar pluralismo político. Tocqueville,en su estudio de la sociedad norteamericana, descubrió cómo el pluralismo social era el soporte del político, y cómo el desmoronamiento del primero significaría el fin inevitable del segundo. Al mismo tiempo, le interesaba investigar los mecanismos por los cuales se mantiene el pluralismo en una sociedad democrática sometida a las tendencias niveladoras y homogeneizadoras de las que acabamos de hablar. Según él, esos mecanismos son, en principio, el federalismo y la descentralización.

Pero federalismo y descentralización son esquemas políticos, los cuales, por sí solos, no pueden producir los efectos deseados por Tocqueville. Para que exista un verdadero pluralismo social tienen que medrar toda clase de asociaciones espontáneas, con propósitos diversos —comerciales, recreativos, industriales, científicos— y con un alto

grado de autonomía y sin injerencia estatal. En tal caso, será creada en la sociedad una capa intermedia entre el estado y el individuo, que protejerá a éste, pues el estado no podrá manipular al individuo sin tenérselas que haber antes con las asociaciones de las que sea miembro. En una sociedad aristocrática el individuo está protegido por sus propios privilegios, o por su propio señor (en caso de no ser víctima de este último), pero en una sociedad democrática no hay otra garantía que la del pluralismo social, el cual, a su vez, implica y presupone el político.

Estas reflexiones vinieron a la mente de Tocqueville cuando observó la gran libertad de asociación que había en América, comparada con la de la Francia de su tiempo. El código penal francés de 1810, vigente a la sazón, establecía que toda asociación con más de veinte miembros necesitaba permiso gubernamental. Naturalmente, la clandestinidad se impuso y por lo tanto la ilegalidad y el peligro de revolución. En Norteamérica, en cambio, las asociaciones se formaban con gran facilidad. Cualquier opinión o corriente de protesta se plasmaba inmediatamente en una asociación que luchaba por hacer prevalecer sus pretensiones. El norteamericano, Tocqueville dice, no hace peticiones a la autoridad, sino que se organiza y lucha constitucionalmente para conseguir lo que quiere. A su vez, la existencia de estas asociaciones, crea una barrera contra los excesos del poder central. Una asociación determinada puede no triunfar o conseguir lo que pretende, pero su mera existencia es un freno contra el poder público. Y no sólo contra éste: las asociaciones libres son la contracorriente que mantiene la diversidad necesaria en toda sociedad democrática, cuyas tendencias homogeneizadoras son un peligro muy grave contra la libertad y la iniciativa individuales.

La idea del pluralismo político basado en el pluralismo de las asociaciones voluntarias de toda suerte es para Alexis de Tocqueville todo un programa de acción política. Para él lo que hay que hacer es inculcar en los ciudadanos los hábitos de la cooperación, de la organización voluntaria, del respeto a la ley y de la confianza en sí mismos, no en el estado. La manera de alcanzar estos hábitos no podía ser otra que la costumbre. Había que crear las condiciones políticas de libertad que permitiesen a los ciudadanos de Europa continental el irse dando cuenta paulatinamente de las ventajas de tal sistema. En una palabra, había que combatir el centralismo y la creencia de que el estado es todopoderoso, heredada del absolutismo ilustrado y revigorizada por el régimen republicano que surgió de la Revolución francesa. Porque, para Tocqueville, el verdadero origen de la situación política, económica y administrativa de su tiempo no era la corriente revolucionaria de la burguesía, sino el centralismo absolutista y despótico de las monarquías del siglo XVIII.

LAS RAÍCES DE LA REVOLUCIÓN

El antiguo régimen y la Revolución aparecieron en 1856. A la sazón era normal atribuir esta última a las ideas de la Ilustración, tanto para detractarla como para defenderla. Tocqueville, sin negar que la Ilustración era una de las principales causas de la

eficiencia, sino un cambio general de actitudes. Va más allá de las clases, y entra en conflicto con todas ellas, aunque en grados muy diferentes. La aceptación de este hecho no significa, empero, para Tocqueville, que éste desconociera el conflicto de clases. Al contrario, sorprende la frecuencia con que aparece en su obra —no afectada por la de Marx— la idea de la lucha de clases. A pesar de su individualismo, Tocqueville afirma: «yo hablo de clases: ellas solas deben ocupar la historia». Y refiriéndose a la situación del individuo en la sociedad, añade: «Se pertenece primero a una clase, sólo luego se tiene una opinión.» Las clases y su conflicto son la condición indispensable de toda revolución: si dos clases se enfrentan, el gobierno está irremisiblemente perdido. Gracias a su conocimiento de este fenómeno pudo Tocqueville predecir, aunque nadie le hiciera caso, la revolución de 1848.

Tocqueville odiaba el espíritu revolucionario por lo que tenía de destructivo. Pero lo que él quería era que se dieran los pasos y se llevaran a cabo las reformas necesarias para impedirlo, o mejor, para que se desvaneciera. Mientras continuara «la opresión de los obreros de París», El conflicto sería inminente. Mientras los reaccionarios de Guizot estuvieran en el poder, la revolución y la violencia serían inevitables. Aunque estaba aparentemente de acuerdo con los doctrinarios en su idea que la revolución era a la postre enemiga de la libertad porque acarreaba consigo una época de terror, no les seguía en su odio por la democracia. Ya en su estudio sobre América, Tocqueville había puesto de relieve cómo una democracia estable era precisamente la mayor garantía contra las revoluciones violentas y la mejor solución para que las gentes de diversas clases y grupos pudieran resolver sus conflictos al nivel estrictamente político, y no mediante la guerra civil, y la dictadura de una clase sobre las demás, o de un partido sobre todo el pueblo.