





Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Prepara tus exámenes
Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Prepara tus exámenes con los documentos que comparten otros estudiantes como tú en Docsity
Encuentra los documentos específicos para los exámenes de tu universidad
Estudia con lecciones y exámenes resueltos basados en los programas académicos de las mejores universidades
Responde a preguntas de exámenes reales y pon a prueba tu preparación
Consigue puntos base para descargar
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Comunidad
Pide ayuda a la comunidad y resuelve tus dudas de estudio
Ebooks gratuitos
Descarga nuestras guías gratuitas sobre técnicas de estudio, métodos para controlar la ansiedad y consejos para la tesis preparadas por los tutores de Docsity
Asignatura: historia del pensamiento politico y social, Profesor: Alberto Carrillo, Carrera: Periodismo, Universidad: US
Tipo: Apuntes
1 / 9
Esta página no es visible en la vista previa
¡No te pierdas las partes importantes!






La III parte del Espíritu de las leyes comienza con un capítulo intitulado «De las leyes en relación con la naturaleza del clima», que va seguido de otros dedicados al mismo tema. Luego hay otro cuyo título es «De las leyes en su relación con la naturaleza del terreno», y acaba dicho libro con un capítulo dedicado a «las leyes en su relación con los principios que forman el espíritu general, las costumbres y las maneras de una nación». Esta tercera parte es la que mejor representa la aplicación de los criterios sociológicos de Montesquieu a la realidad por él conocida.
El brevísimo primer capítulo de esta III parte dice textualmente:
Si es cierto que el carácter del espíritu y las pasiones del corazón son extremadamente diferentes en los diversos climas, las leyes deberán ser relativas tanto a la diferencia de esas pasiones como a la diferencia de estos caracteres.
Tal postulado significa, simplemente, una negación de la creencia en la invariabilídad del espíritu humano. La idea tradicional afirmaba que el hombre era fundamentalmente el mismo a través de todos los tiempos y lugares. Montesquieu la pone en tela de juicio; la naturaleza humana es variable, y esa variación está en relación con el medio físico (clima y país) y con el medio social (lo que él llama, con el lenguaje de su época, «espíritu general», «costumbres» y «maneras», y que hoy los sociólogos llaman cultura y estructura social, con no muy diversas intenciones de significación). La enumeración de factores que determinan el orden social y los caracteres de los individuos es, por ser la primera llevada a cabo, bastante imperfecta y hasta simplista. Ello no puede quitar a Montesquieu el honor de haber planteado la cuestión coherentemente por vez primera, si dejamos de lado, por su carácter incipiente, aportaciones como la de Jean Bodin.
Montesquieu presta primero atención al medio físico, en general, no sólo al clima y al terreno del que hablan sus cabezas de capítulo. No tiene interés excesivo el reproducir aquí cómo razona acerca de las maneras en que la calidad de vida humana es afectada por los accidentes del terreno, la abundancia o escasez de las vías fluviales, la proximidad del mar, la presencia del frío o del calor. Pero aunque sus teorías de causación climática no sean siempre acertadas conviene también decir que su lectura directa nunca huelga, pues su estilo preciso y aforístico depara vislumbres no superados. Baste decir que en lo que toca al clima Montesquieu utiliza los esquemas bipolares de oposición frío-calor, clima moderado-clima extremado, y en lo que toca al territorio el esquema (de carácter, en realidad, económico) esterilidad-fertilidad. Combinados todos ellos nos dan los caracteres psicosociales o el modo de ser de las gentes de un país. Ahora bien, el determinismo climático y geográfico de Montesquieu no es absoluto ni vulgar. En primer lugar, los hombres reaccionan frente al clima de dos modos diversos. Física y fisiológicamente el clima les afecta en forma directa. Socialmente, tienen que adaptarse a él, y ello les fuerza a construir sus casas de maneras diversas, a cultivar
diferentes vegetales, y a adquirir hábitos adecuados a cada caso. Aunque esta reacción es más importante, a la postre, que la primera, Montesquieu le presta una atención más limitada. La primera la explica en términos de contracción y expansión de las fibras nerviosas, según las hipótesis fisiológicas de su tiempo. Así las gentes de climas cálidos y meridionales, cuyos nervios están dilatados, son sensibles, perezosos, y tímidos, y los que viven en el septentrión frío son duros, valientes y trabajadores.8 Por mucho que tales ideas sean inexactas, Montesquieu puso en claro que la influencia de la situación climática sobre el hombre es importante, aunque su magnitud y lugar dentro del conjunto de factores que determinan nuestro temperamento sean de índole diversa a la imaginada por él.
El ejemplo que toma Montesquieu para ilustrar su idea del influjo del clima sobre la sociedad es el de la esclavitud. Según él la institución de la esclavitud «choca a la razón». Sin embargo, hay países donde parece menos irracional. Montesquieu no puede aceptar la idea tradicional de que el alma humana está corrompida por un pecado original; por otro lado se da cuenta de que la idea de que todos los hombres son racionales y libres es incompatible con la presencia en muchos lugares de instituciones como la de la esclavitud. Entonces, como buen sociólogo, Montesquieu busca causas externas tanto a lo sobrenatural como a la conciencia supuestamente pura y racional de los individuos aislados, puesto que, moral aparte, la esclavitud no es «útil ni al amo ni al esclavo». La esclavitud proviene en realidad de la diferencia de mentalidad entre dos pueblos, de sus respectivos sistemas de prejuicios, los cuales son, por naturaleza, irracionales. La esclavitud tiene su origen en «el desprecio que una nación concibe por otra, fundado sobre la diferencia de las costumbres». El desconocimiento del hombre, la consideración de los otros hombres como seres extraños, dice Montesquieu, citando a López de Gomara, hace posible la esclavitud. Según ella un grupo humano considera al otro como infrahumano. Otro origen de la esclavitud es la religión, la cual da a quienes la profesan el derecho a reducir a la servidumbre a quienes no la profesan, para laborar así más fácilmente en pro de su propagación.
Mas esta causa podría reducirse a la anterior, en tanto en cuanto la religión es, para el escritor ilustrado, un mito que no ha sido elaborado por la razón, o sea, un conjunto de prejuicios. Ahora bien, la causa principal de la esclavitud es una combinación de la falta de libertad política y del derecho a vender. Al faltar la libertad política los hombres no valen mucho, y pueden ser enajenados en grupo o individualmente. Cuanto más libertad hay en una sociedad, más dura es la esclavitud, hasta que por fin desaparece. Otra causa, en fin, sería el hecho de que en los países meridionales, donde más abunda, «el calor debilita el valor y agota el cuerpo», haciendo a los individuos presa fácil de los mercaderes de hombres.
Visto este ejemplo del enfoque sociológico de Montesquieu al analizar una institución social dada, veamos, con brevedad, algunos de los factores que determinan para él las situaciones sociales más dispares; entre los que sobresalen los siguientes:
I. El volumen de la población." Después de invocar, significativamente, a Lucrecio, Montesquieu considera la relación que existe entre las leyes sociales y el número de los habitantes. Las cosas más diversas pueden estar determinadas
Hasta este instante hemos dedicado más atención a la teoría política que a cualquier otro de los aspectos particulares de la social; ello se debe al enfoque y énfasis mismo de los autores sobre la filosofía política. Es más, hasta Bodin se consideraba que cuerpo político y cuerpo social eran uno solo. Jean Bodin comienza a concebir el estado como una institución social entre otras, ayudado por el lúcido análisis maquiaveliano. Gracias a ello, el renacentista francés entiende el estado como algo especial, por muy importante que sea, dentro de un marco más general. Montesquieu continúa por esa línea —que culminará con Tocqueville y Marx, y es la aceptada hoy— que es la que afirma que el estado es una institución política particular, que no sólo no se identifica con toda la sociedad, sino que tampoco agota la vida política de un pueblo. En consecuencia, Montesquieu cree que el espíritu de las leyes pertenece a toda la comunidad humana, y que no tiene que ir vinculado de necesidad al cuerpo político. Por «espíritu» no entiende Montesquieu nada trascendental. No hace falta tampoco pensar en el sentido francés de la palabra esprit, cuya sutileza no encuentra traslación castellana, sino atenerse a la definición que él nos da, y que en seguida reproduciremos. Antes de ello, tengamos en cuenta de nuevo que para Montesquieu las leyes sociales —que no son solamente las promulgadas, claro— dependen «de la naturaleza de las cosas», o sea, del ambiente físico, de las instituciones sociales preexistentes, de esa naturaleza humana que existe en el fondo de cada hombre, modificada por su pasión y su situación personal. Por otra parte, la filosofía montesquieuana elimina o descarta la razón como factor único en la determinación de la ley social, por no decir que suprime la posibilidad de un legislador sobrenatural y que relativiza por completo la antigua visión del derecho natural como algo inalterable en el tiempo y el espacio. ¿Cuál será entonces la sustancia, o como dirá Montesquieu, el espíritu de las leyes?
Las leyes se entenderán como resultado de haces de factores, que convergen en puntos determinados. Las leyes son efectos de las relaciones e interrelaciones múltiples de un gran conjunto de causas físicas y sociales. Dichas relaciones o rapports, define Montesquieu, forment tous ensemble ce que Vori appelle «l'esprit des lois». Quien intente develar la sustancia de las leyes sociales deberá ir elucidando, uno a uno, cada uno de los factores que, combinado con los demás, determina una situación normativa concreta. Sin embargo, el hombre es un ser moral e intelectual, capaz por su parte de controlar situaciones e imponer su voluntad, haciéndolas, con ello, aún más complejas. El hombre puede imponer la razón sobre su mundo físicosocial. Por ello no nos tiene que sorprender que Montesquieu afirme que «la ley, en general, es la razón humana, en tanto que gobierna a todos los pueblos de la tierra». Ahora bien, la ley como razón no es tampoco la razón inalterable de los griegos, válida para cualquier comunidad humana, sino una razón altamente relativizada. Las leyes promulgadas o legales tienen que ser apropiadas a cada país, a cada temperamento, o cada situación y es puro azar que las de un lugar sirvan para otro.14 Esta concepción es fruto de un deber ser racionalista mezclado con el determinismo antes aludido. Es evidente que todo ello redunda en una cierta vaguedad en la concepción de Montesquieu, pues nunca se nos dice hasta qué punto es importante cada uno de los factores a los que se refiere.
Montesquieu cree en una razón común a todos los hombres, de la que emana la ley pero que es modificada en cada caso por factores tan dispares como son las creencias, el
clima y las múltiples instituciones sociales en el seno de las cuales tiene que operar. Al relativizar así la fuerza de la razón como poder creador de leyes, Montesquieu introduce un cierto escepticismo en lo que se refiere a la capacidad humana de crear un mundo jurídico justo. Su crítica es doble: por un lado ataca al iusnaturalismo tradicional por su carga teológica y por otro rechaza el materialismo y el mecanicismo burdos de ciertas escuelas ilustradas de la época. Ni el hado divino —la Providencia— ni el determinismo ciego de la materia agotan la realidad social: «Quienes han dicho que una ciega fatalidad han producido todos los efectos que percibimos, han dicho una gran absurdidad», afirma Montesquieu15 ¿Cómo se entiende desde perspectiva puramente determinista que existan seres a veces clarividentes como son los hombres?
Los griegos, sobre todo por boca de Aristóteles, habían establecido una clasificación de regímenes y estados según sus constituciones. Tratábase, se recordará, de su división en monarquías, aristocracias y democracias. (En lenguaje aristotélico estricto, monarquías, aristocracias y politeyas, con sus correspondientes formas de constitución degenerada: tiranías, oligocracias y pseudodemocracias.) En su Espíritu de las Leyes Montesquieu propone una nueva taxonomía, destinada nada menos que a sustituir a la establecida hasta entonces por la propuesta en la Política de Aristóteles.
Montesquieu clasifica los gobiernos en republicanos, monárquicos y despóticos:
El gobierno republicano es aquel en el cual el pueblo todo, o sólo una parte de él, posee la potencia soberana; el monárquico, aquel en el que manda uno solo, mas según leyes fijas y establecidas; mientras que, en el despótico, uno solo, sin ley ni regla, arrastra todo por su voluntad y por sus caprichos.
A su vez, las repúblicas se subdividen en democracias y aristocracias:
Cuando, en la república, el pueblo en peso detenta el poder soberano, se trata de una Democracia. Si el poder soberano está en manos de una parte del pueblo, se llama Aristocracia.
La distinción tradicional griega era más inteligible pues estaba basada en el número de quienes participaban en el gobierno, uno, unos cuantos, muchos. La de Montesquieu, menos comprensible, no es por ello arbitraria. Montesquieu apunta a ciertos elementos que habían sufrido cierto olvido antes que él, y que son los del funcionamiento interno del gobierno.
En primer lugar es posible subsumir democracia y aristocracia bajo un tipo general de gobierno, porque ambas se rigen mediante mecanismos parlamentarios, poseen un sistema procesal y una distinción clara entre las diversas funciones del gobierno. Mientras que en una monarquía no despótica, ejecución y legislación están en manos del rey y su consejo juntos, legítimamente reunidos. El criterio de Montesquieu, por lo tanto, no es numérico, sino que consiste en averiguar si hay o no confusión de poderes
de los despotismos asiáticos es la que llevará más tarde al mismo Marx a hablar de «un modo asiático de explotación del hombre» ligado estrictamente al régimen político cuyas características psicológicas —el miedo— y mecanismo —obediencia ciega— con tanta justeza describió el barón de Montesquieu.
El régimen que interesaba a Montesquieu era el republicano, en el sentido que para él tiene este término, es decir, el que con mayor propiedad habría que llamar hoy constitucional. En él cabe desde una república aristocrática a una democracia popular, siempre que se rijan por un principio de legalidad general y otro de división de poderes. A Montesquieu lo que le preocupa es cómo debe organizarse el gobierno para asegurar la existencia de la libertad. Al meditar sobre ello, Montesquieu perfecciona la naciente teoría de la división de los poderes del estado, según sus propios criterios. Su tarea no consiste simplemente en reelaborar la aportación de Locke a la ciencia política, como pudiera hacer creer una superficial lectura de su obra.
Montesquieu, en su capítulo «De la constitución de Inglaterra», dice:
Hay en cada estado tres clases de poder: el legislativo, el ejecutivo de las cosas que dependen del derecho de gentes y el ejecutivo de las que dependen del derecho civil.
En virtud del primero el príncipe o el magistrado promulga leyes para un tiempo o para siempre, y corrige o abroga las ya hechas. Por el segundo poder hace la paz o la guerra, envía o recibe embajadas, establece la seguridad, previene las invasiones. Por el tercero castiga los delitos o juzga las diferencias entre los particulares. Llamaremos a este último el poder de juzgar y al otro simplemente el poder ejecutivo del estado.
Estos poderes pueden ir juntos o separados, según múltiples combinaciones. Así, en muchos países europeos el príncipe se atribuye los dos primeros y deja a los subditos el tercero, con lo que se modera el gobierno. Los turcos, en cambio, dice Montesquieu, tienen todos los poderes en manos de un solo hombre, el sultán. Si, en las repúblicas, los poderes no están divididos, como ocurre en Italia, la libertad es más escasa que en las monarquías moderadas. La cuestión, pues, no reside en la forma externa de gobierno, sino en la medida en que existe una genuina división de poderes en el estado.
Montesquieu idealizó la constitución inglesa, exagerando la división de poderes, cuando en aquel país no lo estaban tanto. Afirma que en Inglaterra cada poder posee autonomía; que el poder legislativo está dividido en dos cámaras, una popular y otra de nobleza hereditaria; que el ejecutivo ^ e l rey— sólo puede vetar las decisiones de las cámaras, y que éstas sólo pueden pronunciar inconstitucionales las decisiones ejecutivas. Por lo tanto, existe en la Inglaterra que nos presenta el Espíritu de las leyes todo un sistema de equilibrio mutuo que restringe los posibles desmanes de cada rama gubernamental. Esto no era cierto del todo, pues, por ejemplo, el rey escogía sus ministros de entre los
miembros del Parlamento, los cuales tenían allí intereses muy directos. Sin embargo, Montesquieu presenta un esquema sencillo que ha de ser seguido e imitado por todos los constitucionalistas liberales hasta nuestros días. La idea es que la división de poderes es en realidad una división de poder único y soberano y que, gracias a ella, cada poder parcial frena a los demás. Y el objeto de ello es la libertad.
Todo el sistema político que Montesquieu propugna va encaminado al establecimiento de un régimen de libertad. Según él, la libertad no consiste en hacer lo que se quiera, sino en poder hacer lo que debe quererse, y en no estar forzado a hacer lo que no debe quererse. Es la libertad, pues, prácticamente una virtud, y la virtud es precisamente el motivo político propio de las repúblicas, como lo es el honor en las monarquías y el miedo en los despotismos. Ahora bien, tampoco hay libertad en las repúblicas si no son moderadas. La única garantía para que exista libertad política es la existencia de la moderación. Montesquieu es el enemigo del extremismo en todas sus formas. «La virtud misma necesita límites», dirá," alejándose así de toda concepción platónica del estado como institución creada por y para la virtud. El estado, parece indicar Montesquieu, es para la vida, y como ella, sus funciones son complejísimas; no pueden llevarse a cabo con justicia, sino con un espíritu de mesura, cautela y respeto hacia todos los ciudadanos (comienza con él a correr esta palabra) a los que puede afectar. Para que ello sea así hay una solución, «que el poder frene el poder».
Ahora bien, frente a una distribución política del poder hay otra que abarca a toda la sociedad, y que es también necesaria para la existencia de la libertad, es una distribución o división de poderes que corre paralela a la anterior, y que no es horizontal como cuando los tres poderes del gobierno son iguales entre sí en autoridad y majestad. Se trata de una división clasista del poder. Al interpretar a su manera la organización política de los romanos, Montesquieu hace explícita esta idea. La armonía del poder en Roma estribaba en que su constitución —en la primera época— era a la vez monárquica, aristocrática y popular." En los regímenes moderados modernos, ella está basada en la existencia del rey, de la nobleza, y del pueblo. El rey es el jefe común, los nobles privilegiados, lo son hereditariamente, y deben estar representados en una cámara alta, para frenar sabiamente las decisiones del pueblo, no siempre caracterizadas por la mesura. El pueblo puede expresar su voluntad en una cámara baja poderosa, capaz a su vez de frenar las decisiones injustas de la nobleza. No otro era el mecanismo que regía la lucha de los órdenes durante la vida de la república romana. Montesquieu considera que esa lucha era conveniente para la libertad, donde la mayoría de autores creían que las tensiones que dividían a Roma fueron causa de su ruina. La lucha entre patricios y plebeyos, según Montesquieu, dio vida al estado con su equilibrio de fuerzas.
Las divisiones sociales son necesarias para la existencia de la libertad. Puesto que la diferencia entre pobres y ricos es inevitable, hay que aceptarla e institucionalizarla políticamente; querer que una clase ahogue al resto es algo injusto y de carácter