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tocqueville htp, Apuntes de Ciencia de la administración

Asignatura: administracion publica, Profesor: Gema Durán, Carrera: Derecho + Ciencia Política y Administración Pública, Universidad: UAM

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 04/12/2014

milugz
milugz 🇪🇸

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26 J. P. Mayer Ser que necesiten cierta transposición: sí fuesen sus- ceptibles de ello, ésta sería la Prueba de que no sólo los problemas de Tocqueville, sino también sus ten- tativas de solución, nos afectan. J.-P. MAYER [Del tomo 1, 1] INTRODUCCION Entre los temas nuevos que, durante mi estancia en los Estados Unidos, llamaron mi atención, ninguno atrajo más vivamente mis miradas que la igualdad de las condiciones. Descubrí sin esfuerzo la influencia que ejerce este primer hecho sobre la marcha de la socie: dad; da al espíritu público una cierta dirección, cier- to giro a las leyes; a los gobernantes, nuevas máxi- mas, y hábitos especiales a los gobernados. Pronto me di cuenta de que ese mismo hecho ex- tiende su influencia mucho más allá de las costumbres políticas y de las leyes, y que no consigue menos as- cendiente sobre la sociedad civil que sobre el gobier- no: crea opiniones, hace surgir sentimientos, sugiere usos y modifica todo lo que no produce. Así, pues, a medida que estudiaba la sociedad ame- ricana veía cada vez con más intensidad, en la igual. dad de condiciones, el hecho generador del que pare- cía emanar cada hecho particular, y lo encontraba sin cesar ante mí, como un punto central al que iban a parar todas mis observaciones. Entonces trasladé mi pensamiento hacia muestro he- misferio, y me pareció que distinguía allí algo análogo al espectáculo que me ofrecía el muevo mundo. Vi la igualdad de condiciones que, sin haber alcanzado como en Estados Unidos sus límites extremos, se aproxi- maba a ellos cada día más; y aquella misma demo- 28 La democracia en América cracia, que reinaba sobre las sociedades americanas, me pareció que en Europa avanzaba rápidamente hacia el poder. En ese momento concebí la idea del libro que van a leer, Una gran revolución democrática se opera entre nos- otros; todos la ven, pero no todos la juzgan de la misma manera. Unos la consideran como una cosa nueva, y, tomándola por un accidente, esperan poder detenerla todavía, mientras que otros la juzgan irre- sistible, porque les parece el hecho más continuado, más antiguo y más permanente que en la historia se CONOZCA. Me traslado por un momento a lo que era Francia hace setecientos años; la encuentro repartida entre un número pequeño de familias que poseen la tierra y gobiernan a los habitantes; el derecho al mando se transmite entonces de generación en generación, con las herencias; los hombres no poseen más que un solo medio de actuar unos sobre otros: la fuerza; no se descubre más que un solo origen del poder: la pro- piedad territorial. Pero he aquí el poder político del clero, que acaba de nacer y pronto se extiende. El clero abre sus filas a todos, al pobre y al rico, al plebeyo y al señor; la igualdad empieza a penetrar, por medio de la Iglesia, en el seno del gobierno, y el que hubiese vegetado como siervo en una eterna esclavitud se coloca como sacerdote en medio de los nobles, y a menudo llega a sentarse por encima de los reyes. Si la sociedad se hace con el tiempo más civilizada y más estable, las diferentes relaciones entre los hom- bres se hacen más complicadas y más numerosas. La necesidad de leyes civiles se hace sentir vivamente. Nacen entonces los legistas; salen del recinto oscuro de los tribunales y del reducto polvoriento de los es- critorios y van a sentarse en la corte del príncipe, al Introducción 29 lado de los barones feudales cubiertos de armiño y de hierro. Los reyes se arruinan en las grandes empresas; los nobles se agotan en las guerras privadas; los plebeyos se enriquecen en el comercio. La influencia del dinero empieza a dejarse sentir en los asuntos de Estado. El negocio es una nueva fuente que se abre ante el poder, y los financieros se convierten en un poder político que se desprecia y se adula, Poco a poco, las luces se extienden; se ve despertar la afición a la literatura y a las artes; el espíritu se convierte entonces en un elemento de éxito; la cien- cia es un medio de gobierno, la inteligencia una fuerza social; los letrados llegan a los asuntos públicos. Sin embargo, a medida que se descubren nuevos ca- minos para llegar al poder se ve descender el valor del nacimiento. En el siglo x1, la nobleza era de un pre- cio inestimable; se compra en el xtIr; el primer esta- blecimiento tiene lugar en 1270, y la igualdad se in- troduce por fin en el gobierno por la misma aristo- cracia. Durante los setecientos años que acaban de trans- currir ha ocurrido, a veces, que para luchar contra la autoridad real o para arrebatar el poder a sus rivales, los nobles han concedido poder político al pueblo. Todavía con más frecuencia se ha visto a los reyes hacer participar en el gobierno a las clases inferiores del Estado, con el fin de rebajar a la aristocracia. En Francia, los reyes se han mostrado como los más activos y más constantes niveladores. Cuando han sido ambiciosos y fuertes, han trabajado en elevar al pueblo a nivel de los nobles; y cuando han sido mo- derados y débiles, han permitido que el pueblo se colocase por encima de ellos mismos. Unos han ayu- dado a la democracia con su talento, los otros con sus vicios. Luis XI y Luis XIV tuvieron cuidado en igualarlo todo por debajo del trono, y Luis XV bajó finalmente hasta el polvo a sí mismo y a su corte. 32 La democracia en América fuerzos de una generación? ¿Se piensa que, después de haber destruido el feudalismo y vencido a los re- yes, la democracia retrocederá ante los burgueses y los ricos? ¿Se va a parar ahora, cuando se ha hecho tan fuerte, y tan débiles sus adversarios? ¿Dónde vamos, pues? Nadie sabría decirlo 3 porque ya nos faltan los términos de comparación: las condi ciones son más iguales en nuestros días, entre los cris. tianos, que lo fueron nunca en ningún tiempo y en ningún país del mundo; de esta forma, la grandeza de lo ya realizado impide la previsión de lo que pue- de hacerse todavía. Todo el libro que sigue ha sido escrito bajo la im- presión de una especie de terror religioso, producido en el alma del autor por el panorama de esta revolu- ción irresistible que avanza, desde hace tantos siglos, a través de todos los obstáculos y a la que todavía hoy se ve avanzar en medio de las ruinas que ha causado. No es necesario que el mismo Dios hable para que descubramos signos seguros de su voluntad; basta con examinar cuál es la marcha habitual de la naturaleza y la tendencia continua de los acontecimientos; sé, sin que el Creador alce la voz, que los astros siguen en el espacio las curvas que su dedo ha trazado. Si largas observaciones y meditaciones sinceras con- dujesen a los hombres de nuestros días a reconocer que el desarrollo gradual y progresivo de la igualdad es, a la vez, el pasado y el porvenir de su historia. este solo descubrimiento daría a ese desarrollo el carácter sagrado de la voluntad del soberano señor. Querer detener a la democracia parecería entonces luchar con- tra Dios mismo, y no les quedaría a las naciones más remedio que acomodarse al estado social que les im- pone la providencia. Los pueblos cristianos me parece que ofrecen, en nuestros días, un espantoso espectáculo: el movimier- to que los arrastra es ya lo bastante fuerte como para Introducción 33 que no se pueda detenerlo, y todavía no es lo bastante rápido como para que se desespere de poder dirigirle: su suerte está entre sus manos, pero pronto se les escapará. Instruir a la democracia, reanimar si es posible sus creencias, purificar sus costumbres, regular sus movi- mientos, sustituir poco a poco la ciencia de los nego- cios 2 su inexperiencia, el conocimiento de sus ver- daderos intereses a sus ciegos instintos; adaptar su gobierno a los tiempos y a los lugares; modificarlo según las circunstancias y los hombres: tal es el pri- mer deber impuesto, en nuestros días, a los que diri- gen la sociedad. Hace falta una ciencia política nueva en un mundo completamente nuevo. Pero esto es en lo que apenas pensamos: situzdos en medio de un río rápido, fijamos obstinad+mente los ojos en algunos restos que todavía se perciben en la orilla, mientras la corriente nos arrastra y nos lan- za a empellones hacia los abismos No hay pueblos en Europa en los que la gran revo- lución social que acabo de describir haya hecho más rápidos progresos que entre nosotros; pero siempre ha caminado al azar, Nunca los jefes del Estado han pensado en prepa: rar nada de antemano para ella; se ha hecho a pesar de ellos, o con su consentimiento. Las clases más po- derosas, las más inteligentes y las más morales de la nación, no han intentado en absoluto apoderarse de ella con el fin de dirigirla. La democracia, pues, ha sido abandonada a sus instintos salvajes: ha crecido como esos niños privados de los cuidados parernales, que se educan por sí mismos en las calles de nuestras ciudades y que no conocen de la sociedad más que sus vicios y sus miserias. Todavía se fingía ignorar su existencia cuando se apoderó, de improviso, del po- der. Cada cual entonces se sometió con servilismo a sus menores deseos; se la adoró como a la imagen 3 34 La democracia en América de la fuerza; cuando, luego, se debilitó por sus pro- pios excesos, los legisladores concibieron el impru- dente proyecto de destruirla en lugar de intentar ins- truirla y corregirla, y, sin querer enseñarla a gober- har, no pensaron más que en arroiarla del gobierno. De ello ha resultado que la revolución democrática se ha operado en lo material de la sociedad, sin que se efectuase en las leyes, las ideas, los hábitos y las cos- tumbres el cambio que hubiese sido necesario para ha- cer útil esa revolución. Con lo que tenemos la democra- cia, menos aquello que debe atenuar sus vicios y hacer resaltar sus ventajas naturales; y viendo va los males que lleva consigo, ignoramos todavía los bienes que puede ofrecer. Cuando el poder real, apoyado en la aristocracia, gobernaba apaciblemente los pueblos de Europa, la sociedad, en medio de sus miserias, gozaba de varias clases de felicidad, que difícilmente se pueden conce- bir y apreciar desde nuestros días. El poder de algunos súbditos elevaba barreras in- superables a la tiranía del príncipe; y los reyes, sin- tiéndose además revestidos ante los ojos de la multi- tud de un carácter casi divino, hallaban en el respeto mismo que hacían nacer la voluntad de no abusar de su poder, Colocados a una distancia inmensa del pueblo, los nobles, sin embargo, ponían en la suerte del pueblo esa especie de interés bonachón y tranquilo que el pastor pone en su rebaño; y, sin ver en el pobre a un igual suyo, velaban por su destino como por un depó- sito que la providencia había Puesto entre sus manos. Sin concebir ni por asomos la idea de otro estado social que el suyo, sin imaginarse el poder llegar nun- ca a igualar a sus jefes, el pueblo recibía sus benef- cios y no discutía en absoluto sus derechos. Les amaba cuando eran clementos y justos, y se sometía sin pena y sin bajeza a sus rigores como a males inevitables que le mandaba el brazo de Dios. El uso y las cos- Introducción tubres, además, habían establecido límites a la tiranía y fundado una especie de derecho en medio mismo de la fuerza, El noble no pensaba en absoluto que se le quisiesen arrancar privilegios que creía legítimos; el siervo mi- raba su inferioridad como un efecto inmutable de la naturaleza; se concibe que pudiera establecerse una especie de benevolencia recíproca entre esas dos cla- ses, tan diferentemente tratadas por la suerte. Enton- ces se veían, en la sociedad, desigualdad, miserias, pero las almas no estaban degradadas. : No es el uso del poder o el hábito de la obedien- cia lo que deprava a los hombres, sino el uso de una autoridad que consideran ilegítima y la obediencia a un poder que contemplan como usurpado y como opresor. De un lado, estaban los bienes materiales, la fuer- za, el ocio, y con ellos la busca del lujo, los refina- mientos del gusto, los placeres del espíritu, el culto de las artes; del otro, el trabajo, la tosquedad y la ignorancia. Pero en el seno de aquella multitud ignorante y tosca se encontraban pasiones enérgicas, sentimientos generosos, creencias profundas y virtudes primitivas. El cuerpo social así organizado podía poseer es- tabilidad, autoridad y, sobre todo, gloria. Pero he aquí que las filas se confunden; las ba- rreras elevadas entre los hombres se derriban; se dividen las propiedades, el poder se reparte, las luces se extienden, las inteligencias se igualan; el estado social se convierte en democrático, y el imperio de la democracia se establece así, apaciblemente, en las instituciones y en las costumbres. Concibo entonces una sociedad donde todos, con- siderando la ley como obra suya, la amarían y se someterían a ella sin pena; donde la autoridad del gobierno fuese respetada como necesaria y no como divina; el amor que se tendría al jefe del Estado no 38 La democracia en América La sociedad está tranquila, no porque tenga la con- ciencia de su fuerza y de su bienestar, sino al contra- río, porque se cree débil y enferma; tiene miedo a morir al hacer un esfuerzo: cada cual siente el mal, pero nadie tiene el valor y la energía necesarios para buscar lo mejor; se tienen deseos, nostalgias, penas y alegrías que no producen nada visible ni duradero, semejantes a pasiones de viejo que no conducen más que a la impotencia, Así hemos abandonado lo que el estado antiguo podía presentar de bueno, sin adquirir lo que el es- tado actual podría ofrecer de útil; hemos destruido una sociedad aristocrática, y, deteniéndonos compla- cientemente en medio de los restos ruinosos del an- tiguo edificio, parecemos querer quedarnos en ellos para siempre. Lo que ocurre en el mundo intelectual no es menos deplorable. Perturbada en su camino o abandonada sin apoyo a sus pasiones desordenadas, la democracia de Francia ha derribado todo lo que encontraba a su paso, des- quiciando todo lo que no destruía. No se ha apode- rado poco a poco de la sociedad, con el fin de esta- blecer en ella, apaciblemente, su imperio; no ha de- jado de caminar en medio de los desórdenes y de la agitación de un combate. Animado por el calor de la lucha, empujado más allá de los límites naturales de su opinión por las opiniones y los excesos de sus adversarios, cada uno pierde de vista el objeto mis- mo de sus solicitudes y mantiene un lenguaje que no responde a sus verdaderos sentimientos y a sus ins- tintos secretos. De ahí la extraña confusión de la que nos vemos forzados a ser testigos. Busco en vano en mis recuerdos, no encuentro nada que merezca excitar más dolor y más piedad que lo que pasa ante nuestros ojos; parece que se haya roto, en nuestros días, el lazo natural que une las opinio- Introducción 39 nes a los gustos y los actos a las creencias; la sim- patía que se manifestó en cualquier tiempo entre los sentimientos y las ideas de los hombres parece des- truida, y se diría que todas las leyes de la analogía moral han sido abolidas. Todavía encontramos entre nosotros cristianos lle- nos de celo, cuya alma religiosa gusta de alimentarse con las verdades de la otra vida; éstos lucharán, sin duda, a favor de la libertad humana, fuente de toda grandeza moral. Al cristianismo, que ha hecho a todos los hombres iguales ante Dios, no le repugnará ver a todos los hombres iguales ante la ley. Pero, por un concurso de extraños acontecimientos, la religión se encuentra momentáneamente comprometida en me- dio de los poderes que la democracia derriba, y le ocurre a menudo que rechaza la igualdad que ama, y que maldice la libertad como a un adversario, siendo así que, llevándola de la mano, podría santificar sus esfuerzos. Al lado de estos hombres religiosos descubro otros cuyas miradas están vueltas hacia la tierra más que hacia el cielo; partidarios de la libertad, no sólo por- que ven en ella el origen de las más nobles virtudes, sino sobre todo porque la consideran como la fuente de los más grandes bienes, desean sinceramente ase- gurar su imperio y hacer saborear a los hombres sus beneficios: comprendo que éstos van a apresurarse a llamar a la religión en su ayuda, porque deben sa- ber que no se puede establecer el reino de la libertad sin el de las costumbres, ni fundar las costumbres sin las creencias; pero han visto a la religión en las filas de sus costumbres, y eso es bastante para ellos: los unos la atacan y los otros no se atreven a de- fenderla. Los siglos pasados han visto a almas bajas y ve- nales preconizar la esclavitud, mientras que espíritus independientes y corazones generosos luchaban sin esperanza por salvar la libertad humana. Pero se en- 40 La democracia en América cuentran a menudo, en huestros días, hombres natu- ralmente nobles y orgullosos, cuyas Opiniones están en oposición directa con sus gustos, y que alaban el servillismo y la bajeza que nunca han conocido por S! mismos. Hay otros, por el contr: de la libertad como si pudi iy siempre han desconocido. Percibo a hombres virtuosos y apacibles, a quienes Sus costumbres puras, sus hábitos tranquilos. su sol. tura y sus, luces sitúan, naturalmente, a la Siba de las poblaciones que los rodean. Llenos de un amor Sincero por la patria, están dispuestos a hacer por ella grandes sacrificios; sin embargo, la civilización encuentra en ellos, frecuentemente, a unos adversa- rios; confunden sus abusos con sus beneficios, yen su espíritu la idea del mal está indisolublemente uni- da a la de lo nuevo. Cerca de allí veo a Otros que, en nombri e del pro- greso, se esfuerzan por materializar a] hombre, quie- ren encontrar lo útil sin Preocuparse de lo justo, a la ciencia lejos de las creencias y al bienestar separado de la virtus éstos se dicen los campeones de la civi- lización moderna Y se ponen insolentemente a su ca- beza, usurpando un puesto que se les deja y del que les rechaza su indignidad. ¿Dónde estamos, pues? ¡Los hombres religiosos combaten la libertad, y los. amigos de la libertad atacan a las religiones; 'es- Píritus nobles y generosos alaban la esclavitud y al mas bajas y serviles preconizan la independencia; ciudadanos honestos e ilustrados son enemigos de todos los Progresos, mientras que hombres sin patrio- tismo y sin costumbres presumen de ser los apósto- les de la civilización y de las luces! ¿Todos los siglos se han parecido, pues, al nues- tro? ¿El hombre ha tenido siempre ante los ojos, Introducción bas como en nuestros días, un mundo donde nada se en- cadena, donde la virtud carece de genio y el genio de honor; donde el amor al orden se confunde con el amor a los tiranos y el culto santo de la libertad con el desprecio hacia las leyes; donde la conciencia no arroja más que una dudosa claridad sobre las acciones huma- nas; donde nada parece ya prohibido, ni permitido, ni honrado, ni vergonzoso, ni verdadero, ni falso? ¿Pensaré que el Creador ha hecho al hombre para dejarle debatirse hasta el infinito en medio de las mi- serias intelectuales que nos rodean? No desearía creer- lo: Dios prepara a las sociedades europeas un porve- mir más resuelto y más tranquilo; ignoro sus desig- nios, pero no dejaré de creer en El porque no pueda penetrarlos, y me gustaría más dudar de mis luces que de su justicia. Existe un país en el mundo en el que la gran re- volución social de que hablo parece haber casi alcan- zado sus límites naturales; se ha operado de una manera sencilla y fácil, o más bien se puede decir que ese país contempla los resultados de la revolución democrática que se opera entre nosotros, sin haber tenido la revolución misma. Los emigrantes que fueron a instalarse en América a principios del siglo xvir desprendieron, en cierta manera, el principio de la democracia de todos aque- llos contra los que luchaba en el seno de las viejas sociedades de Europa, y lo trasplantaron solo a las orillas del nuevo mundo. Allí pudo crecer en libertad y, avanzando con las costumbres, desarrollarse apa- ciblemente en las leyes. Me parece fuera de duda que, tarde o temprano, llegaremos, como los americanos, a la igualdad casi completa de las condiciones. No saco de ahí la con- clusión de que estemos llamados a extraer necesaria- mente, de un estado social parecido, las consecuencias políticas que han extraído los americanos. Estoy muy lejos de creer que hayan encontrado la única forma 44 La democracia en América currir a los textos originales y a las obras más autén- ticas y más estimadas ?. He indicado mis fuentes en notas, y cualquiera puede comprobarlas. Cuando se ha tratado de opiniones, de usos políticos, de obser- vaciones de costumbres, he intentado consultar a los hombres más ilustrados. Si resultaba que la cosa era importante o dudosa, no me contentaba con un tes- tigo, sino que no me determinaba más que sobre el conjunto de testimonios Ahora es preciso, hecesariamente, que el lector me crea bajo palabra. Muchas veces hubiera podido citar, en apoyo de lo que digo, la autoridad de nombres que le son conocidos, o que por lo menos son dignos de serlo; pero me he guardado de hacerlo. El extran- jero se entera a menudo, junto al hogar de su hués- ped, de importantes verdades, que éste ocultaría quizá a la amistad; se descansa con él de un silencio obli- gado; no se teme su indiscreción, porque está de paso. Cada una de esas confidencias era registrada por mí inmediatamente después de recibida, pero no salieron nunca de mi cartera; prefiero más perjudicar el éxito de mis relatos que añadir mi nombre a la lis- ta de esos viajeros que devuelven penas y molestias a cambio de la generosa hospitalidad que recibieron. Sé que, a pesar de mis cuidados, nada será más fácil que criticar este libro, si es que alguien llega a pensar en criticarlo. Los que quieran mirar en ella más de cerca encon- 2 Los documentos legislativos y administrativos me han sido proporcionados con una cortesía cuyo recuerdo siempre exci. tará mi gratitud. Entre los funcionarios americanos que han favorecido así mis trabajos, citaré, sobre todo, a Edward Li vingston, entonces secretario de Estado (ahora ministro pleni. potenciario en París). Durante mi estancia en el seno del com. greso, Livingston quiso entregarme la mayor parte de los docu. mentos que posee, relativos al gobierno federal. Livingston es uno de esos hombres raros a quienes se ama leyendo sus es. critos, a quienes se admira y se honra incluso antes de cono. cerlos, y a quienes uno es feliz debiéndoles agradecimiento. Introducción 47 trarán, creo, en la obra entera, un pensamiento madre que encadena, por así decir, todas sus partes. Pero la diversidad de los temas que he tenido que tratar es muy grande, y el que pretenda oponer un hecho aislado al conjunto de hechos que cito, una idea se- parada al conjunto de las ideas, lo conseguirá sin esfuerzo. Quisiera, pues, que se me concediera la gra- cia de leerme con el mismo espíritu que presidió mi trabajo, y que se juzgase este libro por la impresión general que deja, como me he definido yo mismo, no por esa razón, sino por el conjunto de las razones. Tampoco hay que olvidar que el autor que quiere hacerse comprender está obligado a llevar cada una de sus ideas a todas sus consecuencias teóricas, y a menudo hasta los límites de lo falso y de lo imprac- ticable; porque si a veces es necesario apartarse de las reglas de la lógica en las acciones, no se sabría hacerlo igual en los discursos, y el hombre encuentra casi tantas dificultades para ser inconsecuente en sus palabras, como de ordinario las encuentra para ser consecuente en sus actos. Acabo señalando yo mismo lo que un gran número de lectores considerará el defecto capital de la obra. Este libro no se coloca precisamente al servicio de nadie; al escribirlo no he creído servir ni combatir a ningún partido; he intentado ver, no de otra ma- nera, sino más lejos que los partidos; y mientras ellos se ocupan de mañana mismo, yo he querido pensar en el porvenir.