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tristan e isolda libro catalan
Tipo: Esquemas y mapas conceptuales
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consigo a Blancaflor. No fue largo el tiempo del solaz para los jóvenes esposos; no había transcurrido un año cuando llegaron noticias a Rivalín de que su viejo enemigo, el duque Morgan, se había sublevado y saqueaba sus burgos y ciudades. Rivalín publicó su bando, reunió sus huestes, confió la reina encinta a su mariscal Roald, al que por su fidelidad todos llamaban el Feguardante, y marchó a guerrear a los confines de sus reinos. Roald condujo a la reina al castillo de Kanoel, donde fue recibida con los honores que correspondían a su rango. La guerra fue dura. Rivalín y sus barones causaron grandes pérdidas en las tropas de sus enemigos, pero en uno de los combates Rivalín perdió la vida. Meses y semanas esperó Blancaflor su regreso. Al fin nadie pudo ocultarle la triste noticia. Ni una lágrima escapó de sus ojos, ni un grito, ni un lamento, pero sus miembros se tornaron débiles y flojos; parecía como si su alma, en su deseo, quisiera arrancarse de su cuerpo. Roald no sabía cómo consolarla: —Reina —le decía—, no queráis acumular los duelos sobre vuestro país; todos cuantos nacen están condenados a una misma muerte. Dios reciba en su seno el alma del rey, nuestro señor, y vele por la salud de los vivos. Pero la reina no lo escuchaba. Durante tres días esperó reunirse con su señor. Al cuarto, dio a luz un hijo al que tomó en sus manos diciéndole: —Hijo, ¡cuánto he deseado verte! ¡Eres la más hermosa criatura que nunca mujer llevó en su seno! Triste te he traído al mundo, triste es la primera fiesta que puedo hacerte, por ti siento tristeza de morir. Y como has llegado al mundo en medio de la tristeza, tu nombre será Tristán. Mientras decía estas palabras lo besaba. Poco después entregaba su alma. Roald el Feguardante recogió al huérfano y lo confió a una dama noble, viuda de un caballero muerto en la guerra, que se encargó de amamantarlo. Cuando el infante cumplió siete años, y no necesitó ya cuidados de mujeres, Roald lo confió a Governal, que se convirtió en su maestro y mejor amigo. Aprendió a leer y a escribir y en poco tiempo conoció las artes que convienen a un caballero. Governal le enseñó
a correr y a franquear de un salto los más anchos fosos, a manejar la lanza, la espada, el escudo y el arco y a lanzar discos de piedra. También se acostumbró a detestar toda felonía, a socorrer a los débiles y a guardar la palabra dada. Le enseñaron diversas formas de canto y pronto supo tocar a la perfección el arpa, la rota y la cítara. Era admirable en la caza y corría el ciervo, el gamo, el corzo y el jabalí como pocos jóvenes en el país. Al llegar a los quince años, un buen día Governal lo llamó aparte y le dijo: —Tristán, ya eres un perfecto doncel; sólo una cosa te falta: buscar tierras lejanas y mostrar tu habilidad en cortes extranjeras. Mucho puedes aprender viajando y así conseguir precio y renombre. Pide a Roald que te permita abandonar Carlion durante uno o dos años para probar aventura. Tristán se alegró al escuchar los deseos de Governal. —Maestro —le dijo— diríase que habéis leído en mi corazón. Me gustaría ir a Cornualla, donde mi padre fue a tomar mujer, según lo que me habéis contado. Acudió en busca de Roald, quien, con gran tristeza, lo bendijo y le dejó marchar en busca de aventuras. Hicieron los preparativos para el viaje. Herraron rocines y acémilas. El Feguardante entregó a Tristán un palafrén de buen andar con una silla de alto precio. Tristán marchó, acompañado de su fiel ayo Governal, llevando el arpa colgada del arzón de la silla. Seis donceles de su edad, un cocinero y dos mozos de cuadra fueron con él. Largo tiempo cabalgaron a través de eriales, matorrales, landas y oteros. Atravesaron bosques y vadearon ríos de aguas profundas hasta llegar a los confines de Cornualla. Entonces Tristán ordenó detenerse a sus compañeros y les dijo: —Pronto llegaremos hasta el señor de este país, pero os pido que ninguno sea tan imprudente u osado como para declararle quién soy ni de dónde venimos. Todos asintieron y reemprendieron la marcha hasta acercarse a una villa rupestre, donde encontraron a unos segadores que conducían una carreta de heno. Tristán quiso informarse acerca del lugar en el que se hallaban.
El montero mayor era cortés, prudente y de noble conducta. Vio la belleza del joven, sus ricos ropajes, su noble estatura. —Amigo —le respondió—. Primero cortaré la cabeza, luego dividiré el animal en cuatro partes que llevaremos colgadas de los arzones al rey Marcos, nuestro señor. Tal es la costumbre de nuestro país. Desde los tiempos de los más antiguos monteros, así lo hicieron siempre las gentes de Cornualla. Pero si tú conoces una costumbre mejor puedes mostrárnosla. —Señor, puesto que me lo permitís, os mostraré cómo se deshace el ciervo, según la usanza de nuestro país. Tristán se hincó de rodillas y desolló el ciervo antes de deshacerlo; luego despedazó la cabeza, dejando intacto el hueso sacro, según conviene; separó las extremidades, el morro, la lengua, las criadillas y la vena del corazón. Entretanto, monteros y lacayos de jauría lo contemplaban arrobados. —Señores —les dijo—, el ciervo está despedazado. Ahora preparad la encarna y el cebo. —¡Nunca oímos hablar de tales cosas! —le respondieron. Tristán tomó las entrañas y los despojos de la cabeza y dio la encarna a los perros. Más tarde enseñó a los monteros cómo debían preparar la porción destinada al cebo. Se dirigió al bosque y cortó grandes ramas. En cada una de ellas enristró los pedazos bien divididos y los confió a los diferentes monteros: a uno la cabeza, a otro la grupa y los grandes filetes, a éste los hombros, a aquél las ancas y a este otro los romos. Les indicó cómo debían colocarse de dos en dos, para cabalgar en buen orden, según la nobleza de los pedazos enristrados en las horquillas. —Ofreceréis las piezas al rey —les dijo Tristán—. Los lacayos os precederán y anunciarán a toque de cuerno vuestra llegada al castillo. —Las usanzas de tu país son nobles —le respondieron—. Acompáñanos a la corte pues nuestro rey, que es gentil y cortés, se alegrará al verte. Mientras cabalgaban, los monteros buscaron la manera de averiguar quién era este joven y de qué país procedía que tenía tan nobles costumbres.
—Parecéis cortés y bien enseñado —le dijo el montero mayor—. Debéis de ser hijo de un gran noble extranjero. —Mi nombre es Tristán. Mi padre no era un noble caballero: soy hijo de un mercader de Leonís a quien sus viajes llevaron a países diferentes y le enseñaron las más nobles costumbres. —Noble y cortés debe de ser tu país —le respondió el montero extrañado— cuando los hijos de mercaderes poseen tan bellas costumbres y son tan diestros en el arte de montería. Llegaron a las puertas del castillo. Tristán tomó una trompa de caza y la tocó. Todos los monteros lo imitaron hasta que Marcos, sorprendido por tan insólita costumbre, acudió a las murallas. El montero mayor se llegó hasta él y le explicó la habilidad del joven que les había enseñado a despedazar noblemente el ciervo. El rey lo recibió con alborozo, ordenó a su chambelán que lo albergase junto a Governal y a todos sus compañeros y lo confió al cuidado de su senescal, Dinas de Lidán, un caballero joven, fiel y prudente, mesurado y cortés con sus amigos pero fiero y aguerrido en la batalla. El rey tenía entonces unos cuarenta años. Era alto, fornido, fuerte y bien plantado, de mirada fiera y altiva, de porte majestuoso. Vestía un manto bermejo y ceñía corona de oro adornada con pedrería. Era gentil, cortés y dadivoso. ¡Nunca se vio rey menos tacaño! Tan limosnero era que no pasaba semana sin que regalase corceles, palafrenes, mantos de escarlata bordados y ricos pellizones. No pasó mucho tiempo sin que sintiese gran afecto por el noble extranjero. Tal vez fuese la voz de la sangre que lo inclinaba, sin saberlo, hacia él. Tres años vivió Tristán con el rey Marcos. Durante el día lo acompañaba a la caza. Marcos le había confiado sus aves cetreras, sus halcones, neblíes y sus gavilanes y el cuidado de sus arcos y aljabas. Le dio autoridad sobre sus chambelanes, sus mariscales, lacayos, cocineros y servidores. Todos lo apreciaban y admiraban. Al caer la tarde, Tristán distraía las veladas del rey con su arpa o su rota. Sentado a sus pies sobre un tapiz sarraceno, cantaba lays y los acompañaba con sus manos finas, delgadas y blancas como el armiño. Marcos se complacía escuchando el bello lay de Gaelent, al que un hada había amado, o las desgraciadas aventuras de Dido,
En aquellos tiempos Cornualla debía pagar a Irlanda, cada cinco años, un tributo deshonroso. La costumbre se había impuesto tras una guerra desgraciada cuando Marcos era todavía un niño. Reinaba entonces en Irlanda Gormón, hombre poderoso y fuerte, temerario en la guerra, ávido de riquezas y victorias, despiadado para sus enemigos. Había acrecentado su poder y su renombre al tomar por esposa a la hermana del más fiero y temido barón que nunca existió, el Morholt. Por su tamaño descomunal, su altura que alcanzaba la de cuatro hombres, la fuerza de sus músculos, la anchura de sus hombros, más parecía gigante que hombre. Se había enfrentado con reyes poderosos, había conquistado grandes dominios y reunido gran haber y nunca había sido derrotado. Tal era su fama y su fiereza que ningún barón osaba arriesgar su cuerpo luchando contra él. El rey Gormón le había encomendado recoger el tributo de los diversos países a los que había sojuzgado sin que, hasta el momento, nadie hubiera logrado sacudir tan duro yugo. A la entrada de mayo, cuando se cumplía el término de los cinco años, el Morholt se hacía a la mar en dirección a Tintagel para reclamar los trescientos jóvenes y las trescientas doncellas, todos de quince años, que debían ser entregados. Un gran clamor se levantó en la ciudad al llegar la noticia de que una nave irlandesa había arribado al puerto. Las gentes gritaban por las calles. Damas y caballeros hacían duelo y decían a sus hijos: «Hijos, ¡en mala hora nacisteis y en mala hora os engendramos si habíais de ser esclavos en Irlanda! ¡Más os valdría que se abriese la tierra y os engullese en su seno antes que ser siervos en tierra extraña! Mar, ¿cómo consentiste que la nave llegase al puerto y no
la hiciste perecer entre tus olas?». Corría de boca en boca que pronto se echarían las suertes para saber quiénes serían conducidos como esclavos a Irlanda. El rey Marcos había enviado sus cartas selladas y sus mensajeros para convocar a todos los barones de su reino. Desde días atrás había perdido su alegría: pasaba el tiempo encerrado en la cámara real, pensativo y taciturno. Nada lograba distraerlo: ni tablas, ni dados, ni ajedrez, ni juglares con sus bellos sones, ni aves de cetrería o grandes monterías. El Morholt llegó a la sala abovedada en la que Marcos estaba reunido con sus barones. Su voz retumbó en la cámara: —Rey Marcos, mi señor, el rey Gormón de Irlanda, me envía a recoger el tributo que debes satisfacer cada cinco años. En el plazo de dos días reunirás los trescientos jóvenes y las trescientas doncellas que embarcarán en mi nave para llevarlos como siervos a Irlanda. Si alguno de tus barones, de igual nobleza que yo, osase declarar que mi señor levanta este tributo contra todo derecho y justicia, yo lo desafío a luchar conmigo en la isla de San Sansón, a pocas leguas de aquí. Cabizbajos y avergonzados, los barones callaban. Se reprochaban su cobardía, sin atreverse a entrar en lid contra el Morholt. Señores, ¿quién habría sido lo suficientemente audaz o temerario como para medir sus armas contra el poderoso barón cuya sola vista espantaba? ¡El oprobio caiga sobre todos ellos! Contemplaban su espada que tantas cabezas de intrépidos campeones había hecho rodar. ¿De qué serviría tentar a Dios aceptando reto tan desigual? Los barones se miraban los unos a los otros. ¡Ni uno sólo osó afrontar al fiero irlandés ni aceptar su reto para liberar a Cornualla de tan infamante servidumbre! Tristán escuchaba las palabras del Morholt y pensaba en remediar esta infamia. Se acercó en secreto a Governal y le dijo: —Maestro. Ningún caballero se atreve a medirse con el irlandés para defender la libertad de Cornualla. Si tú accedes, yo lo haré: si venzo conquistaré gran renombre, si perezco no tendría oprobio muriendo a manos de tan temible guerrero. —Hijo —contestó Governal suspirando—, nadie logró nunca derrotar al Morholt y tú eres aún muy joven para enfrentarte con un
Tintagel. Era de oro, labrado con piedras preciosas y llevaba grabadas las armas de Leonís y de Cornualla. Al amanecer el tercer día, se armaron los combatientes. Governal vistió a Tristán con una loriga de acero colado, cubrió sus piernas de grebas de hierro, enlazó su yelmo, fijó a sus pies las espuelas de oro y lo revistió del escudo. El rey Marcos le ciñó la espada y le entregó un corcel bien enjaezado. Luego lo abrazó encomendándolo a Dios. Entre tanto las gentes del Morholt armaron a su señor. Los cornualleses escoltaron a Tristán hasta la marina donde habían preparado dos barcas: en cada una de ellas embarcaría uno de los combatientes con sus monturas. El Morholt tomó el primero una barca, ató al mástil una rica vela de púrpura, cogió el remo y se dirigió a la isla. Atracó la barca a la orilla mientras Tristán tocaba tierra y con el pie empujaba la suya hacia el mar. —¿Qué haces?, joven insensato —le dijo el irlandés—. ¿No ves que el mar arrastra tu barquilla? —Morholt —respondió Tristán—, sólo uno de los dos regresará con vida: una barca será suficiente. El Morholt contemplaba conmovido la juventud y valentía de su adversario. Le ofreció su amistad y grandes riquezas si desistía del combate, arrepentido de matar a tan buen caballero. Pero Tristán no podía acceder si no lograba devolver a Cornualla su libertad y eximirla del deshonroso tributo. Montaron en sus corceles. El Morholt se cubrió con el escudo, bajó la lanza, espoleó su montura y la empujó contra Tristán que lo recibió lanza en ristre, el cuerpo cubierto por el escudo. Tan fuerte fue el choque que las lanzas volaron en pedazos y los dos caballeros cayeron a tierra heridos. Se incorporaron y, sacando la espada, prosiguieron el combate. El Morholt era fuerte y robusto como nunca se vio hombre igual. Tristán esquivaba diestramente sus golpes y le replicaba con valor. Allá en la orilla los cornualleses batían palmas en señal de duelo mientras que los irlandeses, sentados ante sus tiendas, reían festejando ya su victoria segura. Tristán blandió la espada y asestó sobre la cabeza de su adversario tan duro golpe que le hendió el yelmo, atravesó el almófar y la cofia y un pedazo de su espada quedó clavada en la cabeza del gigante. Enfurecido, el Morholt logró alcanzar con su espada el costado
izquierdo de Tristán, hiriéndole en la cadera. El esfuerzo y la herida hicieron sucumbir al gigante, que cayó a tierra muerto. Tristán embarcó y se dirigió hacia la costa. Era la hora de nona cuando los cornualleses vieron aparecer a lo lejos la vela púrpura del irlandés: «El Morholt», exclamaron y un clamor de angustia y aflicción resonó en la playa. De repente, en la cresta de una ola, pudieron apreciar al caballero que se erguía en la proa: era Tristán. Todas las barcas volaron a su encuentro. Los jóvenes se tiraban al mar para recibirlo. Tristán saltó a la playa: las madres se arrodillaban a su paso y besaban sus calzas. —Señores irlandeses —gritó a los compañeros del gigante—, el Morholt luchó con todas sus fuerzas hiriéndome duramente. Pero su cuerpo quedó en la isla. ¡Id a recogerlo y decidle a vuestro rey que éste es el tributo de los cornualleses! Las gentes de Tintagel los despidieron entre gritos de alborozo, risas y algaradas: «¡Marchaos y nunca más piséis nuestras costas! ¡En mala hora acudisteis a Cornualla!». En medio de los cantos de alegría, del tañido de las campanas, de la algarabía de trompas y bocinas, llegó Tristán hasta el rey que había salido a su encuentro. Entonces se desplomó en sus brazos mientras la sangre brotaba de sus heridas. Los hombres del Morholt regresaron a Irlanda. Antaño, cuando el Morholt abordaba en el puerto de Weiseforte, se alegraba al ver a sus hombres reunidos que lo aclamaban. La reina Iseo, su hermana, y su sobrina, Iseo la Brunda, una muchacha de catorce años bella como el alba al apuntar el día, acudían a su encuentro. La reina y su hija conocían la virtud de cada planta y preparaban bálsamos y brebajes capaces de curar todas las heridas y de reanimar a los enfermos en los que ya aparecía el color de la muerte. Mas ¡de qué servirían ya sus recetas mágicas, sus filtros, sus ungüentos y las hierbas recogidas a la hora propicia! El Morholt yacía muerto, cosido a una piel de ciervo, el fragmento de la espada de Tristán aún clavado en su cráneo. Condujeron el cadáver al castillo. Los caballeros acudieron a su encuentro. Las gentes se lamentaban: «¡Por nuestro mal se reclamó el tributo!», decían. La rubia Iseo lavó el cadáver y extrajo de su cabeza el pedazo de acero que guardó en una arqueta de marfil, tan preciosa como un relicario. Inclinada
Entretanto en Tintagel los criados del rey Marcos habían conducido a Tristán a una bella cámara, adornada con tapices preciosos y hermosas pinturas. Acudieron los más prestigiosos médicos del reino. Le dieron brebajes de hierbas diversas, le pusieron ungüentos y bálsamos; pero, a pesar de todos sus esfuerzos, no pudieron curar la herida que había recibido en la cadera. Comprendieron que el Morholt lo había atacado con una espada emponzoñada y que nada podían sus pócimas y remedios contra el veneno. La herida empeoraba: supuraba una sangre negra y corrompida. Tal era su hedor que ni parientes ni amigos podían resistir su compañía, salvo el rey Marcos, su fiel ayo Governal y Dinas de Lidán. Al conocer su estado, los barones decían entristecidos: «Tristán, amigo. ¡Caro comprasteis la libertad de Cornualla!», y lamentaban su juventud y valentía que tan mal fin habían de tener. La angustia y el dolor impedían a Tristán encontrar reposo. Rechazaba todo alimento. De día en día disminuían sus fuerzas. Su rostro se volvió pálido, su cuerpo adelgazó: nadie que lo hubiera conocido antes podría reconocerlo. Pidió al rey que lo llevasen a una pequeña cabaña junto a la costa allí, recostado ante el mar que había traído al Morholt, esperaba la muerte. Un día que se entretenía mirando los acantilados que se extendían más allá del puerto, pensó buscar remedio en un país lejano, allende el mar, donde tal vez encontrase curación su herida. Llamó a Governal y lo envió al rey rogándole que acudiese a su lado. Marcos escuchó los deseos de su sobrino achacándolos a delirio. Pero Tristán persistía en su propósito y al final el rey accedió a preparar una barquilla con alimentos y un tonel de agua dulce.
Cuando estuvo aparejada, lo llevaron hasta ella. Tristán se hizo a la mar en la nave, sin más compañía que su arpa. Governal empujó la barquilla con sus brazos temblorosos. El rey contempló, con lágrimas en los ojos, cómo Tristán se alejaba, arrastrado por las olas, en la barca sin vela ni remos. Siete días y siete noches navegó sin rumbo por las aguas. Entretenía su tristeza tocando el arpa. Al fin, las olas lo empujaron hacia la costa. Esa noche, unos pescadores que habían salido del puerto para echar las redes oyeron una dulce melodía que parecía surgir de las aguas. Escucharon sorprendidos y, con los primeros rayos del alba, descubrieron la barquilla errante. «Una música celestial —se decían— rodeaba la nave de San Borondón cuando bogaba hacia las Islas Afortunadas por el mar más blanco que leche». Remaron hasta aproximarse a la nave que iba a la deriva: no parecía existir vida en ella salvo los sones del arpa. Al alcanzarla descubrieron a Tristán, recostado sobre su lecho, el arpa entre las manos. Lo vieron tan pálido y enfermo que se compadecieron y lo llevaron hasta el puerto, donde la reina y su hija podrían curarlo. Tristán les preguntó qué tierras eran y en qué reino había abordado. ¡Por desgracia aquel país era Irlanda! ¡Las olas lo habían empujado hacia el puerto de Weiseforte donde yacía, en el campo de los muertos, el Morholt y donde la reina Iseo deseaba su venganza! Tristán se sobresaltó al pensar que alguno de los compañeros del Morholt pudiera reconocerlo. Los pescadores lo condujeron ante el rey, y contaron su extraordinaria habilidad con el arpa. El rey quiso informarse de su nombre y procedencia: —Señor —le respondió—, mi nombre es Tantrís. Soy un juglar y embarqué en una nave de mercaderes; viajaba hacia España, donde pensaba aprender el arte de leer en las estrellas; los piratas nos abordaron, robaron cuanto encontraron y mataron a todos los hombres. Sólo yo logré escapar, malherido, en esta barquilla que me ha traído a tu reino. Durante días y noches anduve a la merced de las olas salvajes que me empujaron hacia estas costas. Todos lo creyeron. Ninguno de los compañeros del Morholt pudo reconocer en él al joven caballero que había luchado en la isla de San Sansón: el veneno de la herida había ennegrecido su tez y
Tristán regresó a Tintagel curado de la herida que había recibido en el combate contra el Morholt. El rey lo honró como a su mejor guerrero y más sabio consejero. Nada se hacía en palacio sin que Marcos consultase a Tristán y cuando salían a cabalgar, Tristán marchaba a su derecha. Hacía tiempo que el rey había llegado a la edad de hombre y nunca había querido tomar mujer que le diese herederos. En vano lo exhortaban sus consejeros; ahora, al regresar su sobrino, decidió más que nunca envejecer sin hijos y dejar su reino a Tristán. Había en la corte cuatro barones felones que odiaban a Tristán por su valentía, su nobleza y porque gozaba de la confianza del rey. Eran Andret, Ganelón, Godoine y Denoalen. El duque Andret era sobrino de Marcos como Tristán. Poseía grandes alodios, bellos castillos y numerosas tierras ricas. Era fuerte y bien plantado, de pelo rojizo y piel pecosa, fanfarrón y amigo de chanzas y zumbas. Al escuchar los felones el relato de Tristán pensaron que era brujo y que por arte de nigromancia había logrado curarse. —¡Ved! —decía Andret a sus compañeros—. ¡Demasiadas maravillas! ¿Qué magia pudo curarlo de la fatal herida del Morholt? ¿Qué encanto usó para engañar a la hija del rey de Irlanda, su mortal enemiga? Es un hechicero y así ha logrado hacerse con el corazón del rey. Así convencieron a la mayoría de los barones que incitaron al rey a tomar esposa que le diese herederos, amenazándole con retirarse a sus tierras y hacerle la guerra si no aceptaba sus consejos. El rey rechazó sus propósitos con firmeza, diciéndoles que nunca tendría su reino mejor heredero que Tristán. Marcos se resistía y juraba en
su corazón que, mientras viviera su sobrino, ninguna hija de rey entraría en su lecho. Tanto maquinaron los barones que Tristán advirtió sus manejos y temiendo que alguien pudiera pensar que él, por codicia, había influido en el ánimo de su tío, acudió a él y le dijo: —Tío, deberías seguir el consejo de tus barones que buscan tu gloria y buen nombre. Un rey no puede ser cura ni canónigo. Deberías tener una reina que realzase tu corte y te diese un hijo que un día pudiera sucederte en el gobierno de tu reino. Evitarías así los manejos de los envidiosos y, a tu muerte, el país no tendría que soportar las luchas y querellas de la sucesión. Al ver que el rey no accedía a seguir su consejo, Tristán lo amenazó con dejar la corte y marchar a tierras extrañas a servir a otros señores. Tanto dijo, insistió y rogó que el rey accedió a convocar a sus barones. No hubo noble ni señor que no acudiera el día señalado. Todos rogaron al rey que tomase mujer. Marcos los despachó malhumorado, declarando que en el plazo de quince días los volvería a reunir para comunicarles quién debía ser la reina de Cornualla. Llegó el día. El rey aguardaba, solo en su cámara, la llegada de sus barones. «¿Dónde hallaré hija de rey tan lejana e inasequible que me permita fingir tomarla por esposa?», se preguntaba angustiado. En ese momento entraron por la ventana dos golondrinas que dejaron caer sobre las manos del rey un cabello de mujer más suave que la seda y brillante como un rayo de sol. Marcos lo tomó. Al poco rato llegaron los barones y Tristán. Todos venían con un partido para proponer al rey: uno hablaba de la hija del rey de Northumberland, el otro prefería una sobrina del rey Arturo cuya belleza era de todos celebrada, este otro pensaba en la hija del duque de Bretaña. El rey los acalló diciendo: —Señores, he meditado vuestro consejo y accederé a seguirlo si os comprometéis a buscar la princesa que he elegido. Todos asintieron y preguntaron quién podría ser. —He elegido a la bella a quien este cabello pertenece. Sólo ella aceptaré como reina de Cornualla. —¿A quién pertenece? —dijeron los barones—. ¿Quién os lo trajo? ¿De qué país?