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Señores, ¿os gustaría oír una bella historia de amor y muerte? Es de Tristán y de la reina Isolda. Escuchad cómo con gran alegría y dolor se amaron y luego murieron en un mismo día, él por ella, ella por él.
En tiempos antiguos, el rey Marcos reinaba en Cornualles. Rivalén, rey de Leonís, al saber que los enemigos de Marcos le hacían la guerra, cruzó el mar para ir en su ayuda. Lo sirvió con la espada y con sus consejos, tal como habría hecho un vasallo, y con tal fidelidad que Marcos le dio en recompensa a la bella Blancaflor, su hermana, a quien el rey Rivalén amaba con intenso amor.
La tomó por esposa en la iglesia de Tintagel. Pero apenas la hubo desposado, le llegó la noticia de que su antiguo enemigo, el duque Morgan, había atacado Leonís y reducía a ruinas sus aldeas, campos y ciudades. Rivalén aparejó las naves a toda prisa y se llevó a Blancaflor, que estaba encinta, hacia su lejana tierra.
Desembarcó delante de su castillo de Kanoel y confió la reina al cuidado de su mariscal Rohalt, a quien, por su gran lealtad, todos llamaban Rohalt el Mantenedor de la Fe. Luego, habiendo reunido a sus barones, Rivalén partió a la guerra.
Blancaflor lo estuvo esperando largo tiempo, pero el rey no regresó jamás. Un día, la reina se enteró de que el duque Morgan lo había matado a traición. No lloró; no hubo gritos ni lamentos, pero sus miembros se debilitaron hasta quedar inútiles; su alma concibió un fuerte deseo de separarse del cuerpo. Rohalt se esforzaba en consolarla:
—Mi reina —le decía—, nada se gana arrastrando luto tras luto; ¿acaso no debe morir todo aquel que ha nacido? ¡Que Dios acoja a los muertos y proteja a los vivos!
Pero ella no quiso escucharlo. Tres días esperó para ir a reunirse con su amado señor. Al cuarto día, dio a luz a un niño y, tomándolo en brazos, le dijo:
—Hijo mío, durante mucho tiempo he deseado tenerte; ahora estoy viendo a la más hermosa criatura que haya nacido de mujer. Triste te doy a luz y triste es la primera caricia que te hago. Por tu causa tengo una tristeza que me matará. Y como has venido al mundo con tristeza, te llamarás Tristán.
Cuando hubo dicho estas palabras, besó a su hijo y, acto seguido, expiró.
cruz, el animal, a pocos pasos de Tristán, dobló los jarretes y exhaló un bramido. Un montero lo remató con una estaca. Mientras los monteros, alineados en círculo, avisaban de la captura llamando con el cuerno, Tristán vio con asombro que el maestro montero hacía un profundo corte en el cuello del ciervo, como si quisiera separarlo del cuerpo.
—¿Qué hacéis, señor? —exclamó Tristán—. ¿Acaso se debe descuartizar a un animal tan noble como si fuera un cerdo degollado? ¿Es ésta la costumbre del país?
—Hermano —respondió el montero—, ¿de qué te sorprendes tanto? Sí, primero separo la cabeza del ciervo, después cortaré el cuerpo en cuatro partes y las llevaremos colgadas del arzón de nuestras sillas al rey Marcos, nuestro señor. Así lo hacemos nosotros, así lo hicieron siempre los hombres de Cornualles, desde los tiempos de los más antiguos monteros. Sin embargo, si conoces alguna costumbre mejor, enséñamela. Toma este cuchillo, hermano, y con placer aprenderemos.
Tristán se arrodilló y desolló el ciervo antes de descuartizarlo; luego despedazó la cabeza dejando intacto, como es debido, el hueso sacro; después cortó las extremidades, el morro, la lengua, las criadillas y la vena del corazón.
Los monteros y lacayos de jauría, inclinados sobre él, lo miraban embelesados.
—Amigo mío —dijo el maestro montero—, tus costumbres son muy buenas. ¿En qué tierras las aprendiste? Dinos tu nombre y tu país.
—Señor, me llaman Tristán, y aprendí estas costumbres en mi país, Leonís. —Tristán —dijo el montero—, que Dios recompense al padre que tan noblemente te educó. Sin duda será un caballero rico y poderoso.
Pero Tristán, que sabía cuándo convenía hablar y cuándo callar, respondió con astucia:
—No, señor, mi padre es un mercader. En secreto abandoné su casa en una nave que partía para comerciar en países lejanos, pues quería saber cómo se comportan los hombres de otras tierras. Pero si me aceptáis entre vuestros monteros, señor, os seguiré gustoso y os enseñaré otros placeres de la montería.
—Buen Tristán, me asombra que exista una tierra en la que los hijos de los mercaderes saben lo que en otros lugares ignoran los hijos de caballeros. Pero si lo deseas, acompáñanos y sé bienvenido. Te llevaremos junto al rey Marcos, nuestro señor.
Tristán terminó de despedazar el ciervo. Dio a los perros el corazón, los despojos de la cabeza y las entrañas, y enseñó a los cazadores cómo debe
prepararse la porción que corresponde a los perros y la que sirve para cebos. Después clavó en sendas horcas los trozos bien divididos y los entregó a los distintos monteros: a uno la cabeza, a otro la grupa y los grandes filetes, a éste los hombros, a aquél las ancas y al otro el grueso de los lomos. Les enseñó cómo debían colocarse de dos en dos para cabalgar en buen orden, según la nobleza de las piezas de montería ensartadas en las horcas.
Entonces emprendieron el camino charlando, hasta que por fin distinguieron un hermoso castillo. Estaba rodeado de prados, jardines, fuentes, pesquerías y tierras de labor. En el puerto entraban numerosas naves. El castillo se erguía sobre el mar, fuerte y bello, bien preparado contra cualquier asalto y todas las máquinas de guerra; y su torre del homenaje, que antaño edificaron unos gigantes, estaba hecha con bloques de piedra grandes y bien tallados, dispuestos como un tablero de ajedrez en verde y azul.
Tristán preguntó el nombre de aquel castillo. —Lo llaman Tintagel, buen amigo. Tintagel —repitió Tristán—, ¡que Dios te bendiga a ti y a tus moradores! Fue en este castillo donde tiempo atrás, con gran alegría, su padre Rivalén se había casado con Blancaflor. Pero esto, ¡ay!, Tristán no lo sabía.
Cuando llegaron al pie de la torre del homenaje, el sonido de los cuernos de los monteros atrajo hasta la puerta a los nobles y al mismo rey Marcos.
El montero mayor le contó al rey lo que había ocurrido, y éste admiró aquella cabalgata, el ciervo tan bien despedazado y el hermoso sentido que tienen las costumbres de montería. Pero admiró sobre todo al gallardo muchacho extranjero y sus ojos no podían apartarse de él. ¿De dónde procedía aquella ternura? El rey interrogaba su corazón y no podía comprenderlo. Señores, la causa de aquella ternura era su sangre que se emocionaba y hablaba dentro de él, así como el amor que antaño sintió por su hermana Blancaflor.
Una noche, después de levantar las mesas, un juglar galés maestro en su arte, avanzó entre los señores reunidos y cantó canciones acompañándose con el arpa. Tristán estaba sentado a los pies del rey y, mientras el juglar preludiaba una nueva melodía, habló de este modo:
—Maestro, tu canción es hermosa entre todas; fue compuesta hace años por los bretones para celebrar los amores de Gaelent. La melodía es dulce, como dulces son sus palabras. Maestro, eres hábil con la voz, acompaña bien tu canción con el arpa.
El galés cantó y después respondió: —Muchacho, ¿qué sabes tú del arte de los instrumentos? Si los mercaderes
—Señores de Leonís, he reconquistado este país y he vengado al rey Rivalén con la ayuda de Dios y la vuestra. Así he restablecido el derecho de mi padre. Pero hay dos hombres, Rohalt y el rey Marcos de Cornualles, que ayudaron al huérfano y al joven errante, y también a ellos debo llamarles padre. ¿No debo, pues, restablecer igualmente su derecho? Un hombre de bien tiene dos cosas propias: su tierra y su cuerpo. Así pues, a Rohalt, aquí presente, cedo mi tierra: padre, vos la mantendréis y vuestro hijo la mantendrá después de vos. Al rey Marcos cedo mi cuerpo: abandonaré este país e iré a servir a mi señor Marcos en Cornualles. Este es mi pensamiento; pero vosotros sois mis leales, señores de Leonís, y me debéis consejo; así pues, si alguno de vosotros quiere indicarme otra resolución, que se levante y hable.
Pero todos los señores lo alabaron entre lágrimas, y Tristán, llevándose consigo sólo a Gorvenal, aparejó la nave para ir a la tierra del rey Marcos.
Cuando llegó Tristán, Marcos y todos sus caballeros estaban en gran duelo, pues el rey de Irlanda había fletado una armada para atacar Cornualles si Marcos seguía negándose, como había hecho durante quince años, a pagar un tributo que antaño habían pagado sus antepasados. Pues según antiguos tratados de alianza, los irlandeses podían reclamar a Cornualles trescientas libras de cobre el primer año, trescientas libras de plata fina el segundo, y al tercero trescientas libras de oro. Pero cuando llegaba el cuarto año, se llevaban a trescientos muchachos y trescientas doncellas de quince años, elegidos por sorteo entre las familias de Cornualles. Aquel año, el rey había mandado a Tintagel, para que llevara su mensaje, a un caballero gigante llamado el Morholt, con cuya hermana se había casado, y que nadie había podido jamás vencer en batalla. Entonces, el rey Marcos con cartas selladas, convocó a su corte a todos los nobles de su tierra para que le dieran consejo.
Cumplido el plazo, cuando los caballeros estuvieron reunidos en la sala abovedada del palacio y Marcos se hubo sentado bajo el dosel, el Morholt habló de esta manera:
—Rey Marcos, escuchad por última vez el mandato del rey de Irlanda, mi señor. Debéis pagar urgentemente el tributo que le debéis. Os habéis negado durante demasiado tiempo a ello, y ahora ordena que me entreguéis en el día de hoy a trescientos muchachos y trescientas doncellas de quince años de edad, echados a suertes entre las familias de Cornualles. Mi nave, que está
anclada en el puerto de Tintagel, se los llevará para que sean siervos nuestros. Sin embargo (y sólo os exceptúo a vos, rey Marcos, tal como es debido), si alguno de vuestros nobles quiere intentar mediante batalla que el rey de Irlanda levante el tributo, aceptaré el desafío. ¿Quién de vosotros, señores de Cornualles, quiere luchar para anular el tributo?
Los nobles señores se miraban unos a otros con disimulo y luego bajaban la cabeza. El uno se decía: «Mira, desdichado, la estatura del Morholt de Irlanda, es más fuerte que cuatro hombres robustos. Mira su espada: ¿acaso no sabes que por sortilegio hizo rodar la cabeza de los más valerosos campeones, en todos los años que el rey de Irlanda lleva enviando a este gigante a lanzar sus desafíos por las tierras de sus vasallos? Infeliz de ti, ¿quieres buscar la muerte? ¿Por qué tentar a Dios?».
El otro pensaba: «Hijos míos queridos, ¿acaso os he criado para que hagáis las tareas de los siervos, y a vosotras, amadas hijas, para que hagáis las de las rameras? Pero mi muerte no podría salvaros».
Y todos permanecían callados. El Morholt dijo otra vez: —¿Quién de entre vosotros, señores de Cornualles, quiere aceptar mi reto? Le ofrezco batalla justa: dentro de tres días a partir de hoy, llegaré en barca a la isla de San Sansón, fuera de las aguas de Tintagel. Allí, vuestro caballero y yo combatiremos los dos solos, y el honor de haber intentado presentar batalla recaerá sobre toda su familia. —Los caballeros seguían callados y el Morholt parecía un gran halcón encerrado en una jaula con pajarillos: cuando entra él, todos se quedan mudos—. Pues bien, señores de Cornualles, puesto que este partido os parece el más noble, ¡echad a suertes a vuestros hijos y yo me los llevaré! Pero no creía yo que este país estuviera habitado sólo por siervos.
Entonces Tristán se arrodilló a los pies del rey y le dijo: —Mi señor rey, si os place concederme este don, yo presentaré batalla. El rey Marcos trató en vano de que desistiera. Tristán era un caballero joven y de poco le serviría su valor. Pero Tristán dio su palabra al Morholt, y el Morholt la aceptó.
Llegado el día, Tristán se colocó sobre una colcha de seda roja y se hizo armar para la noble aventura. Se revistió con una cota de malla y su yelmo de acero bruñido. Los caballeros lloraban de piedad y de vergüenza. «¡Ay, Tristán —se decían—, valeroso caballero, por qué no emprenderé yo en vez de ti esta batalla! ¡Mi muerte causaría menos dolor en esta tierra!».
Sonaron las campanas y todos, los nobles y la gente humilde, ancianos, niños y mujeres, llorando y rezando, escoltaron a Tristán hasta la costa. Aún
Ellas lo acogían con ternura y, si había recibido alguna herida, lo curaban, pues sabían hacer esos bálsamos y brebajes que reaniman a los heridos que ya se van pareciendo a los muertos. Pero ¿de qué le servirían ahora las recetas mágicas, las hierbas recogidas a la hora propicia, los filtros? El Morholt yacía muerto, cosido en una piel de ciervo, y el pedazo de espada enemiga aún estaba clavado en su cráneo. Isolda la Rubia se lo sacó para guardarlo en un cofrecillo de marfil, precioso como un relicario. Inclinadas sobre el gran cadáver, madre e hija repetían sin cesar el elogio del muerto y sin descanso lanzaban la misma imprecación contra el asesino, pronunciando por turnos entre las mujeres el canto fúnebre. Aquel día, Isolda la Rubia aprendió a odiar el nombre de Tristán de Leonís.
En Tintagel, Tristán se estaba consumiendo: una sangre venenosa manaba de sus heridas. Los médicos dedujeron que el Morholt había clavado en su carne una pica envenenada, y como los brebajes y la triaca no lograban sanarlo, lo confiaron al cuidado de Dios. De sus heridas se desprendía un hedor tan odioso que huían de él hasta sus amigos más queridos, excepto el rey Marcos, Gorvenal y Dinas de Lidán. Sólo ellos podían permanecer a su lado, pues su amor sobrepasaba su asco. Por fin, Tristán pidió que lo trasladaran a una cabaña construida en la orilla del mar y, acostado frente a las olas, esperó la muerte. Pensaba: «Rey Marcos, ¿acaso me habéis abandonado, a mí que salvé el honor de vuestra tierra? No, ya sé, mi buen tío, que daríais la vida por mí, pero ¿qué puede hacer el afecto que me tenéis? Debo morir. Sin embargo, es dulce ver el sol, y mi corazón aún es valeroso. Quiero tentar el mar venturoso… Quiero que él me lleve lejos, a mí solo. ¿A qué tierra? No lo sé, pero quizá en otro país encuentre a alguien que me cure. Y tal vez, buen tío, algún día os volveré a servir como arpista, montero y vasallo».
Tanto suplicó Tristán que el rey Marcos accedió a su deseo. Lo llevó a una barca sin remos ni vela, y Tristán quiso que sólo depositaran su arpa junto a él. ¿Para qué quería las velas, si sus brazos ya no habrían podido izarlas? ¿Para qué los remos? ¿Para qué la espada? Como un marinero que durante una larga travesía lanza por la borda el cadáver de un antiguo compañero, así, con brazos temblorosos, Gorvenal empujó mar adentro la barca en la que yacía su querido hijo, y el mar se lo llevó.
Lo arrastró lentamente durante siete días y siete noches. A veces, Tristán tañía el arpa para mitigar su tristeza. Por fin, sin que él se diera cuenta, el mar lo acercó a una orilla. Aquella noche, unos pescadores que habían salido del puerto para lanzar sus redes al agua y que estaban remando oyeron una dulce melodía, hermosa y fuerte, que corría rozando las olas. Se quedaron inmóviles escuchando, con los remos suspendidos sobre el agua. Al primer albor divisaron la barca errante.
«Así —pensaban— era la música sobrenatural que envolvía la nave de San
Borondón cuando singlaba hacia las islas Afortunadas sobre un mar blanco como la leche».
Los pescadores remaron hasta alcanzar la barca: iba a la deriva y no parecía llevar más cosa viva que la voz del arpa. Pero a medida que se acercaban, la melodía se iba debilitando hasta que cesó, y cuando abordaron la barca, las manos de Tristán habían caído inertes sobre las cuerdas aún vibrantes. Lo recogieron y regresaron a puerto para entregar al herido a su piadosa señora, pensando que tal vez ella sabría sanarlo.
Pero por desgracia aquel puerto era Weisefort, donde yacía el Morholt, y su señora era Isolda la Rubia. Sólo ella, hábil en filtros, podía salvar a Tristán, pero sólo ella, entre todas las mujeres, deseaba su muerte. Cuando Tristán, reanimado por sus artes, volvió en sí, comprendió que las olas lo habían llevado a una tierra peligrosa. Pero por más que fuera valeroso en la defensa de su vida, supo ser astuto y usar hábiles palabras. Contó que era un juglar que había embarcado en una nave mercante con rumbo a España para aprender el arte de leer en las estrellas. Unos piratas habían asaltado la nave y él había resultado herido y había huido en aquella barca. Todos creyeron sus palabras: ninguno de los compañeros del Morholt reconoció al gallardo caballero de la isla de San Sansón, pues el veneno había deformado sus rasgos hasta afearlo. Pero al cabo de cuarenta días, cuando Isolda, la de los cabellos de oro, ya casi lo hubo curado, cuando en sus miembros empezaba ya a renacer la gracia de la juventud, comprendió que debía huir. Se escapó, pues, y después de muchos peligros un día compareció de nuevo ante el rey Marcos.
En la corte del rey Marcos había cuatro caballeros, los más traidores de todos los hombres, que odiaban intensamente a Tristán por su valor y por el gran amor que le profesaba el rey. Os diré sus nombres: Andret, Ganelón, Gondoine y Denoalén; el duque Andret era, como Tristán, sobrino del rey Marcos. Al saber que el rey pensaba morir sin hijos para dejar su reino a Tristán, la envidia de los caballeros traidores se irritó, y azuzaban con mentiras a los hombres importantes de Cornualles contra Tristán.
—En su vida hay cosas extraordinarias —decían los traidores—; pero vosotros, caballeros, que sois hombres sensatos, sin duda sabréis explicarlas. Que triunfara sobre el Morholt es sin duda meritorio, pero ¿con qué embrujos pudo bogar él solo por el mar, cuando ya estaba casi muerto? ¿Quién de entre
se acordó de Isolda la Rubia. Sonrió y habló de este modo:
—Rey Marcos, obráis muy mal. ¿Acaso no veis que las sospechas de esos barones me avergüenzan? Pero de nada sirve la burla que habéis urdido: yo iré a buscar a la Bella de los Cabellos de Oro. Sabed que dicha búsqueda es peligrosa y que me resultará más difícil regresar de su país que de la isla en la que maté al Morholt. Pero quiero aventurar una vez más mí vida y mi cuerpo por vos, amado tío. A fin de que vuestros caballeros conozcan si os amo con amor leal, comprometo mi fe con este juramento: o moriré en la empresa o traeré a este castillo de Tintagel a la reina de rubios cabellos.
Aparejó una hermosa nave, que aprovisionó con trigo, vino, miel y los mejores víveres. Además de Gorvenal, mandó embarcar a cien caballeros elegidos entre los más valerosos, y los vistió con ropas de telas bastas, de forma que parecieran mercaderes. Pero bajo el puente de la nave ocultaban ricos vestidos de paño de oro, de seda y escarlata, como corresponde a los mensajeros de un rey poderoso.
Cuando la nave se hizo a la mar, el piloto preguntó: —Señor, ¿hacia qué tierra navegamos? —Amigo mío, pon rumbo hacia Irlanda, al puerto de Weisefort. El piloto se estremeció. ¿Acaso no sabía Tristán que desde la muerte del Morholt el rey de Irlanda perseguía las naves de Cornualles? Los marineros que capturaba eran ahorcados. Sin embargo, el piloto obedeció y arribó a la tierra peligrosa.
En un primer momento, Tristán supo convencer a los habitantes de Weisefort de que sus compañeros eran mercaderes de Inglaterra que habían venido para traficar en paz. Pero como aquellos mercaderes tenían extraños modales, se pasaban el día jugando a nobles juegos de mesa y al ajedrez, y parecían conocer mejor el manejo de los dados que la medida del trigo, Tristán tuvo miedo de ser descubierto y no sabía cómo emprender su búsqueda.
Una mañana, al despuntar el día, oyó una voz tan espantosa que habríase dicho el grito de un demonio. Jamás había oído a una bestia aullar de aquella manera tan horrible y tan extraordinaria. Llamó a una mujer que pasaba por el puerto y así le habló:
—Decidme, señora, ¿de dónde viene esa voz que acabo de oír? Os ruego que me digáis la verdad.
—Señor, os lo diré sin mentir. Viene de una bestia feroz, la más horrible que existe en el mundo. Cada día baja de su cueva y se aposta ante una de las puertas de la ciudad. Nadie puede entrar ni salir si no entrega una doncella al dragón, y, cuando éste la tiene entre sus garras, la devora en menos tiempo del
que se necesita para rezar un padrenuestro.
—Señora —respondió Tristán—, no os burléis de mí. Pero decidme si sería posible que un hombre nacido de mujer matara a la bestia en batalla.
—No lo sé, mi señor. Lo cierto es que veinte caballeros probados intentaron ya esa aventura, pues el rey de Irlanda, mediante la voz de su heraldo, proclamó que daría a su hija Isolda la Rubia a quien matara al monstruo. Pero el monstruo los mató a todos.
Tristán se alejó de la mujer y regresó a su nave. Se armó en secreto y habría sido bello ver salir de aquella nave de mercaderes un corcel de guerra tan hermoso, montado por un caballero tan gallardo. Pero el puerto estaba desierto, pues apenas acababa de despuntar el alba, y nadie vio al valeroso caballero cabalgando hasta la puerta que la mujer le había indicado. De repente aparecieron en el camino cinco hombres que espoleando a sus caballos, sueltos los frenos, huían hacia la ciudad. Tristán agarró a uno de ellos cuando pasaba, y le tiró tan fuerte del pelo rojo, que lo derribó sobre la grupa del caballo y lo obligó a detenerse.
—Dios os salve, señor —le dijo Tristán—, ¿por qué camino viene el dragón?
Y cuando el caballero le hubo mostrado la ruta, Tristán lo soltó. El monstruo se estaba acercando. Tenía cabeza de víbora, los ojos rojos como carbones ardientes, dos cuernos en la frente, orejas largas y peludas, garras de león, cola de serpiente y el escamoso cuerpo de un grifo.
Tristán lanzó su corcel contra él con tal fuerza que el caballo se erizó de pánico, pero a pesar de todo saltó contra el dragón. La lanza de Tristán chocó con las escamas y saltó hecha trizas. Entonces el caballero desenvainó la espada, la levantó, y asestó un golpe contra la cabeza del dragón, pero sin siquiera herirle en el cuero. Mas el monstruo había acusado el ataque: lanzó sus garras contra el escudo, las hundió en él, e hizo saltar las ataduras. Tristán, con el pecho descubierto, lo requirió una y otra vez con la espada y lo golpeó en el flanco con tanta violencia que el aire retumbó. Pero fue en vano, no podía herirlo. Entonces el dragón vomitó por la boca un doble chorro de llamas venenosas. La cota de Tristán se volvió negra como carbón apagado, su caballo se derrumbó, muerto. Sin embargo, Tristán se levantó al instante y hundió su buena espada en la garganta del monstruo. La penetró toda entera y le rompió el corazón en dos partes. El dragón lanzó por última vez su horrible grito y murió.
Tristán le cortó la lengua y se la metió en el jubón. Después, aún aturdido por el humo acre, se acercó para beber de un estanque que vio brillar a poca distancia. Pero el veneno destilado por la lengua del dragón se calentó al entrar
remedios. Al día siguiente, Isolda la Rubia le preparó un baño y ungió suavemente su cuerpo con un bálsamo que había elaborado su madre. Detuvo la mirada sobre el rostro del herido, vio que era hermoso y se puso a pensar: «¡Ciertamente, si su valentía iguala su belleza, mi campeón librará dura batalla!».
Mientras, Tristán, reanimado por el calor del agua y la fuerza de las plantas aromáticas, miraba a Isolda, y pensando que había conquistado a la reina de cabellos de oro, sonrió. Isolda se dio cuenta de ello y pensó: «¿Por qué está sonriendo el forastero? ¿Habré hecho algo inconveniente? ¿Habré olvidado alguno de los servicios que una doncella debe procurar a su invitado? Tal vez se ha reído porque me olvidé de bruñir sus armas, deslustradas por el veneno».
Entonces Isolda fue hasta el lugar donde estaba la armadura de Tristán, y pensó: «Este yelmo es de buen acero, nunca le fallará en caso de necesidad. Y esta cota es fuerte, ligera, digna de ser llevada por un valiente».
Tomó la espada por la empuñadura y pensó: «Ciertamente es ésta una bella espada, la que conviene a un caballero valeroso».
Sacó la hoja ensangrentada de la rica vaina para limpiarla, y entonces vio que la espada tenía una amplia mella. Se fijó en la forma de la brecha: ¿no sería la hoja que se rompió en la cabeza del Morholt?
Isolda vacilaba, volvió a mirar, quería salir de dudas. Corrió a la habitación donde guardaba el trozo de acero que sacó del cráneo del Morholt, juntó el trozo con la brecha: apenas se notaba la señal de la rotura.
Entonces se lanzó sobre Tristán y, volteando la gran espada sobre la cabeza del herido, exclamó:
—¡Tú eres Tristán de Leonís, tú mataste al Morholt, mi amado tío! ¡Muere pues tú también!
Tristán hizo un gesto para detener el brazo de Isolda, pero fue en vano. Su cuerpo estaba tullido pero su espíritu seguía siendo ágil, de modo que habló con astucia:
—Sea como vos queréis: moriré. Pero para ahorraros largos remordimientos, escuchadme. Hija de rey, debéis saber que vos no tenéis sólo el poder, sino también el derecho de matarme. Sí, tenéis derecho sobre mi vida, porque por dos veces me la habéis conservado y devuelto. Una primera vez, no hace mucho tiempo: era yo el juglar herido al que salvasteis al expulsar de mi cuerpo la ponzoña con la que me había envenenado la lanza del Morholt. No os ruboricéis, muchacha, por haber curado aquellas heridas, ¿acaso no las había recibido en combate leal? ¿Acaso maté al Morholt a traición? ¿No me había desafiado él? ¿No tenía derecho a defender mi cuerpo?
Por segunda vez me salvasteis al ir a buscarme a la marisma. ¡Ah, por vos luché, doncella, contra el dragón! Pero dejemos eso: yo sólo quería demostraros que, por haberme librado por dos veces del peligro de muerte, tenéis derecho sobre mi vida. Matadme, pues, si pensáis que con ello vais a ganar loor y gloria. Sin duda, cuando estéis entre los brazos del valeroso senescal, os será dulce recordar a vuestro huésped herido, el que arriesgó su vida por conquistaros y os conquistó, y a quien vos matasteis sin defensa en este baño.
Isolda exclamó: —Estoy oyendo palabras extraordinarias. ¿Por qué quiso conquistarme el vencedor del Morholt? Ya veo, sin duda: tal como el Morholt trató de llevar en su nave a las doncellas de Cornualles, vos, en represalia, quisisteis hacer alarde y llevaros como sierva a aquella a quien el Morholt amaba entre todas las demás muchachas.
—No, princesa —repuso Tristán—. Lo que ocurrió es que un día dos golondrinas volaron hasta Tintagel para llevar hasta allí uno de vuestros cabellos de oro. Yo creí que venían a anunciar paz y amor. Por eso vine a buscaros más allá de los mares. Por eso me enfrenté al monstruo y a su veneno. Mirad este cabello cosido entre los hilos de oro de mi ropa. El color de los hilos de oro se ha deslucido, pero el oro del cabello no se ha empañado.
Isolda tiró la gran espada y tomó entre sus manos la ropa de Tristán. Vio en ella el cabello y permaneció en silencio largo rato. Después besó a su huésped en los labios en señal de paz y lo revistió con ricas telas.
El día de la reunión de los caballeros, Tristán mandó en secreto a Perinís, el criado de Isolda, a su nave, para decir a sus compañeros que se congregaran en la corte ataviados como corresponde a los mensajeros de un rey poderoso, pues esperaba llegar aquel mismo día al término de su aventura. Gorvenal y los cien caballeros, que, creyendo que habían perdido a Tristán, llevaban tristes cuatro días, se alegraron por la noticia.
Entraron de uno en uno, se sentaron formando en una hilera en la sala en la que ya se estaban reuniendo los nobles de Irlanda, y la pedrería relucía en sus ricas vestiduras de escarlata, seda y púrpura. Los irlandeses se decían entre ellos:
—¿Quiénes serán esos magníficos caballeros? ¿Alguien los conoce? ¡Fijaos en esos mantos suntuosos, adornados con piel de marta y galones de oro y plata! ¡Ved cómo relucen en el pomo de sus espadas y en las hebillas de sus pellizas los rubíes, los berilos, las esmeraldas y otras piedras preciosas que nosotros ni siquiera sabemos nombrar! ¿Quién vio jamás tanto esplendor? ¿De dónde vienen tales caballeros? ¿Quién es su señor?
muerte y os libré del monstruo, y de este modo he conquistado a Isolda la Rubia, la bella. Y puesto que la conquisté, me la llevaré en mi nave. Pero a fin de que por las tierras de Irlanda y Cornualles no se extienda nunca más el odio, sino el amor, sabed que el rey Marcos, mi amado señor, se casará con ella. Ved aquí a cien caballeros de alto linaje que jurarán por las reliquias de los santos que el rey Marcos os manda paz y amor, que su deseo es honrar a Isolda como a su amada esposa, y que todos los hombres de Cornualles la servirán como a su reina y señora.
Con gran alegría trajeron los relicarios con las reliquias de los santos y los cien caballeros juraron que Tristán había dicho la verdad.
El rey tomó a Isolda de la mano y preguntó a Tristán si la conduciría lealmente hasta su señor Marcos. Tristán lo juró ante sus cien caballeros y ante los nobles de Irlanda.
Isolda la Rubia temblaba de vergüenza y de angustia. ¡Así era como Tristán, después de haberla conquistado, la rechazaba! El hermoso cuento del cabello de oro era sólo una mentira, y ahora iba a entregarla a otro… Pero el rey puso la mano derecha de Isolda en la mano derecha de Tristán, y Tristán la retuvo como señal de que la tomaba en nombre del rey de Irlanda.
Así, por el amor del rey Marcos, por astucia y por fuerza, Tristán cumplió la búsqueda de la reina de cabellos de oro.
Cuando se acercó el tiempo de entregar a Isolda a los caballeros de Cornualles, su madre recogió hierbas, flores y raíces, las mezcló con vino y preparó un poderoso brebaje. Cuando lo hubo elaborado gracias a su ciencia y su magia, lo vertió en un frasco y le dijo en secreto a Brangel:
—Hija mía, tú seguirás a Isolda hasta el país del rey Marcos, y sé que la amas con lealtad. Toma pues este frasco de vino y recuerda mis palabras. Ocúltalo de manera que ningún ojo lo vea ni ningún labio lo pruebe. Pero cuando llegue la noche de bodas y el momento en que se deja solos a los esposos, vierte este vino de hierbas en una copa y ofrécesela para que beban juntos de ella el rey Marcos y la reina Isolda. Ten cuidado, hija mía, de que sólo ellos puedan probar este brebaje, pues tiene una virtud: que aquellos que lo beban juntos se amarán con todos los sentidos y con todo su pensamiento, para siempre, en la vida y en la muerte.
Brangel prometió a la reina que cumpliría su voluntad. La nave, hendiendo las profundas olas, se llevaba a Isolda. Pero cuanto más se alejaba de Irlanda, más tristemente se lamentaba la doncella. Sentada bajo el pabellón en el que estaba encerrada con su criada Brangel, lloraba al recordar su país. ¿Adónde la llevaban aquellos extranjeros? ¿Hacia quién? ¿Con qué destino? Cuando Tristán se acercaba a ella y quería consolarla con dulces palabras, ella se irritaba, lo rechazaba, y el odio inundaba su corazón. Había venido él, el raptor, el asesino del Morholt. Con astucia la había separado de su madre y de su país, y ni siquiera se la había quedado para él. ¡Se la llevaba como una prisionera a través de las olas, hacia una tierra enemiga!
—¡Pobre de mí! —exclamaba—. ¡Maldito sea el mar que se me lleva! ¡Antes querría morir en la tierra en que nací que vivir en tierra extraña!
Un día los vientos cayeron, las velas colgaban deshinchadas a lo largo del mástil. Tristán mandó desembarcar en una isla y, cansados del mar, los cien caballeros de Cornualles y los marineros bajaron a la orilla. Sólo Isolda permaneció en la nave con una joven sirvienta. Tristán se acercó a la reina para tratar de tranquilizar su corazón. El sol era ardiente y pidieron de beber. La joven criada buscó alguna bebida, hasta que descubrió el frasco que la madre de Isolda había confiado a Brangel.
—¡He encontrado vino! —exclamó. Pero no era vino: era la pasión, la áspera alegría y la angustia sin fin, era la muerte. La muchacha llenó una copa y la presentó a su señora. Ésta bebió largos tragos y luego la ofreció a Tristán, quien la vació.
En aquel momento entró Brangel y los vio mirarse en silencio, como extraviados, como hechizados. Tomó la copa, corrió a la popa y la lanzó al mar, gimiendo:
—¡Desdichada de mí! ¡Maldito sea el día en que nací y maldito el día en que subí a esta nave! ¡Isolda, amiga, y vos, Tristán, lo que acabáis de beber es vuestra muerte!
La nave singlaba de nuevo hacia Tintagel. A Tristán le parecía que una zarza vivaz, de agudas espinas y flores olorosas, echaba raíces en la sangre de su corazón y enlazaba con sólidas ataduras el hermoso cuerpo de Isolda con su propio cuerpo y su pensamiento y su deseo todo. Iba pensando: «Andret, Denoalén, Ganelón y Gondoine, vosotros me acusabais de codiciar la tierra del rey Marcos. ¡Pues no, todavía soy más vil, pues no es su tierra lo que codicio! Buen tío, vos que me amasteis cuando era un huérfano, antes incluso de reconocer en mí la sangre de vuestra hermana Blancaflor, que me llorasteis con ternura mientras vuestros brazos me llevaban hasta la barca sin remos ni