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ultimo deseo no bajes, Apuntes de Historia del Derecho Español

Asignatura: Història del Dret Espanyol, Profesor: Juana Verónica Ramírez Rangel, Carrera: Dret, Universidad: UV

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 27/09/2014

raulob
raulob 🇪🇸

3.6

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DAI SIJIE
BALZAC Y LA JOVEN COSTURERA CHINA
TÍTULO ORIGINAL: BALZAC ET LA PETITE TAILLEUSE CHINOISE
TRADUCCIÓN: MANUEL SERRAT CRESPO
PUBLICACIONES Y EDICIONES SALAMANDRA, S.A. – NARRATIVA
ISBN: 84—7888—650—8
1A EDICIÓN, FEBRERO DE 2001 12A EDICIÓN, NOVIEMBRE DE 2005
BARCELONA—ESPAÑA
ESCANEADO POR SRP
CONTRATAPA
Dos adolescentes chinos son enviados a una aldea perdida en las montañas del Fénix del
Cielo, cerca de la frontera con el Tíbet, para cumplir con el proceso de «reeducación» implantado
por Mao Zedong a finales de los años sesenta. Soportando unas condiciones de vida infrahumanas,
con unas perspectivas casi nulas de regresar algún día a su ciudad natal, todo cambia con la
aparición de una maleta clandestina llena de obras emblemáticas de la literatura occidental. Así
pues, gracias a la lectura de Balzac, Dumas, Stendhal o Romain Roland, los dos jóvenes descubrirán
un mundo repleto de poesía, sentimientos y pasiones desconocidas, y aprenderán que un libro puede
ser un instrumento valiosísimo a la hora de conquistar a la atractiva Sastrecilla, la joven hija del
sastre del pueblo vecino.
Con la cruda sinceridad de quien ha sobrevivido a una situación límite, Dai Sijie ha escrito
este relato autobiográfico que sorprenderá al lector por la ligereza de su tono narrativo, casi de
fábula, capaz de hacernos sonreír a pesar de la dureza de los hechos narrados. Además de valioso
testimonio histórico, Balzac y la joven costurera china es un conmovedor homenaje al poder de la
palabra escrita y al deseo innato de libertad, lo que sin duda explica el fenomenal éxito de ventas
que obtuvo en Francia el año pasado, con más de cien mil ejemplares vendidos apenas dos meses
después de su publicación.
«Estamos ante un verdadero regalo [...] Novela sutil, impregnada de una extraña belleza, que
ningún amante de la buena literatura se debería perder.» Territorios «Un exquisito texto que les
recomiendo [...] lo que Dai Sijie propone es recobrar el recuerdo de esa embriaguez sin resaca que
proporcionan las buenas historias.» El País «... una simplicidad y una eficacia narrativas que hacen
de Balzac y la joven... un libro subyugante.» Cultural «Les recomiendo encarecidamente que lean
Balzac y la joven costurera china, de Dai Sijie, donde se explica cómo el arte puede ser fuente de
vida, de inteligencia y felicidad.» La Vanguardia
PRIMERA PARTE
El jefe del pueblo, un hombre de cincuenta años, estaba sentado con las piernas cruzadas en medio
de la estancia, cerca del carbón que ardía en un hogar excavado en la propia tierra; inspeccionaba
mi violín. En el equipaje de los dos «muchachos de ciudad» que éramos para él Luo y yo, era el
único objeto del que parecía emanar cierto sabor extranjero, un olor a civilización capaz de
despertar las sospechas de los aldeanos.
Un campesino se acercó con una lámpara de petróleo para facilitar la identificación del
objeto. El jefe levantó verticalmente el violín y examinó las negras efes de la caja, como un
aduanero minucioso que buscara droga. Advertí tres gotas de sangre en su ojo izquierdo, una grande
y dos pequeñas, todas del mismo color rojo vivo.
Luego, alzó el instrumento a la altura de sus ojos y lo sacudió con frenesí, como si aguardara
que algo cayese del oscuro fondo de la caja de resonancia. Tuve la impresión de que las cuerdas
iban a romperse de pronto y los puentes, a saltar en pedazos.
Casi toda la aldea estaba allí, bajo el tejado de aquella casa sobre pilotes perdida en la cima
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DAI SIJIE

BALZAC Y LA JOVEN COSTURERA CHINA

TÍTULO ORIGINAL: BALZAC ET LA PETITE TAILLEUSE CHINOISE TRADUCCIÓN: MANUEL SERRAT CRESPO PUBLICACIONES Y EDICIONES SALAMANDRA, S.A. – NARRATIVA ISBN: 84—7888—650— 1 A EDICIÓN, FEBRERO DE 2001 12A EDICIÓN, NOVIEMBRE DE 2005 BARCELONA—ESPAÑA ESCANEADO POR SRP CONTRATAPA Dos adolescentes chinos son enviados a una aldea perdida en las montañas del Fénix del Cielo, cerca de la frontera con el Tíbet, para cumplir con el proceso de «reeducación» implantado por Mao Zedong a finales de los años sesenta. Soportando unas condiciones de vida infrahumanas, con unas perspectivas casi nulas de regresar algún día a su ciudad natal, todo cambia con la aparición de una maleta clandestina llena de obras emblemáticas de la literatura occidental. Así pues, gracias a la lectura de Balzac, Dumas, Stendhal o Romain Roland, los dos jóvenes descubrirán un mundo repleto de poesía, sentimientos y pasiones desconocidas, y aprenderán que un libro puede ser un instrumento valiosísimo a la hora de conquistar a la atractiva Sastrecilla, la joven hija del sastre del pueblo vecino. Con la cruda sinceridad de quien ha sobrevivido a una situación límite, Dai Sijie ha escrito este relato autobiográfico que sorprenderá al lector por la ligereza de su tono narrativo, casi de fábula, capaz de hacernos sonreír a pesar de la dureza de los hechos narrados. Además de valioso testimonio histórico, Balzac y la joven costurera china es un conmovedor homenaje al poder de la palabra escrita y al deseo innato de libertad, lo que sin duda explica el fenomenal éxito de ventas que obtuvo en Francia el año pasado, con más de cien mil ejemplares vendidos apenas dos meses después de su publicación. «Estamos ante un verdadero regalo [...] Novela sutil, impregnada de una extraña belleza, que ningún amante de la buena literatura se debería perder.» Territorios «Un exquisito texto que les recomiendo [...] lo que Dai Sijie propone es recobrar el recuerdo de esa embriaguez sin resaca que proporcionan las buenas historias.» El País «... una simplicidad y una eficacia narrativas que hacen de Balzac y la joven ... un libro subyugante.» Cultural «Les recomiendo encarecidamente que lean Balzac y la joven costurera china , de Dai Sijie, donde se explica cómo el arte puede ser fuente de vida, de inteligencia y felicidad.» La Vanguardia

PRIMERA PARTE

El jefe del pueblo, un hombre de cincuenta años, estaba sentado con las piernas cruzadas en medio de la estancia, cerca del carbón que ardía en un hogar excavado en la propia tierra; inspeccionaba mi violín. En el equipaje de los dos «muchachos de ciudad» que éramos para él Luo y yo, era el único objeto del que parecía emanar cierto sabor extranjero, un olor a civilización capaz de despertar las sospechas de los aldeanos. Un campesino se acercó con una lámpara de petróleo para facilitar la identificación del objeto. El jefe levantó verticalmente el violín y examinó las negras efes de la caja, como un aduanero minucioso que buscara droga. Advertí tres gotas de sangre en su ojo izquierdo, una grande y dos pequeñas, todas del mismo color rojo vivo. Luego, alzó el instrumento a la altura de sus ojos y lo sacudió con frenesí, como si aguardara que algo cayese del oscuro fondo de la caja de resonancia. Tuve la impresión de que las cuerdas iban a romperse de pronto y los puentes, a saltar en pedazos. Casi toda la aldea estaba allí, bajo el tejado de aquella casa sobre pilotes perdida en la cima

de la montaña. Hombres, mujeres y niños rebullían en su interior, se agarraban a las ventanas, se apretujaban ante la puerta. Como nada caía del instrumento, el jefe aproximó la nariz al agujero negro y lo olisqueó un buen rato. Varios pelos gruesos, largos y sucios que sobresalían del orificio izquierdo comenzaron a temblequear. Y seguían sin aparecer nuevos indicios. Hizo correr sus callosos dedos por una cuerda, luego por otra... La resonancia de un sonido desconocido dejó petrificada, de inmediato, a la multitud, como si aquella vibración la forzara a una actitud casi respetuosa. —Es un juguete —dijo el jefe con solemnidad. El veredicto nos dejó, a Luo y a mí, mudos. Intercambiamos una mirada furtiva, aunque inquieta. Me pregunté cómo iba a acabar aquello. Un campesino tomó el «juguete» de las manos del jefe, martilleó con el puño el dorso de la caja y luego lo pasó a otro. Durante un rato, mi violín circuló entre la multitud. Nadie se ocupaba de nosotros, los dos muchachos de ciudad, frágiles, delgados, fatigados y ridículos. Habíamos caminado todo el día por la montaña y nuestras ropas, nuestros rostros y nuestros cabellos estaban cubiertos de barro. Parecíamos dos soldaditos reaccionarios de una película de propaganda, capturados por una horda de campesinos comunistas tras una batalla perdida. —Un juguete de imbéciles —dijo una mujer con voz ronca. —No —rectificó el jefe—, un juguete burgués, llegado de la ciudad. Me invadió el frío pese a la gran hoguera en el centro de la estancia. Escuché al jefe añadir: —¡Hay que quemarlo! La orden provocó de inmediato una viva reacción en la muchedumbre. Todo el mundo hablaba, gritaba, se empujaba: cada cual intentaba apoderarse del «juguete», para tener el placer de arrojado al fuego con sus propias manos. —Jefe, es un instrumento de música —explicó Luo con aire desenvuelto—. Mi amigo es un buen músico, no bromeo. El jefe cogió el violín y lo inspeccionó de nuevo. Luego me lo tendió: —Lo siento, jefe —dije molesto—, no toco muy bien. De pronto, vi a Luo guiñándome un ojo_._ Extrañado, tomé el violín y comencé a afinarlo. —Escuchará usted una sonata de Mozart, jefe —anunció Luo, tan tranquilo como antes. Pasmado, creí que se había vuelto loco: desde hacía unos años, todas las obras de Mozart o de cualquier otro músico occidental estaban prohibidas en nuestro país. En los zapatos empapados, mis pies mojados estaban helados. Temblaba del frío que me invadía de nuevo. —¿Qué es una sonata? —preguntó el jefe, desconfiado. —No sé —comencé a farfullar—. Es algo occidental. —¿Una canción? —Más o menos —respondí, evasivo. Inmediatamente, una alarmada expresión de buen comunista reapareció en la mirada del jefe, y_._ su voz se volvió hostil: —¿Cómo se llama tu canción? —Parece una canción, pero es una sonata. —¡Te pregunto su nombre! —gritó, mirándome directamente a los ojos. Las tres gotas de sangre de su ojo izquierdo me dieron miedo. —Mozart... —vacilé. —¿Mozart qué? —Mozart piensa en el presidente Mao —prosiguió Luo en mi lugar. ¡Qué audacia! Pero fue eficaz: como si hubiera oído algo milagroso, el rostro amenazador del jefe se suavizó. Sus ojos se fruncieron con una amplia sonrisa de beatitud. —Mozart siempre piensa en Mao —dijo. —Sí, siempre —confirmó Luo. Cuando tensé las crines de mi arco, unos cálidos aplausos resonaron de pronto a mi alrededor, y casi me intimidaron. Mis dedos entumecidos comenzaron a recorrer las cuerdas, y las

contemplar cada día el retrato de Mao desde hacía años, algunos habían advertido ya que aquellos dientes estaban muy amarillos, casi sucios, pero todos callaban. Y ahora resultaba que un eminente dentista sugería, así, en público, que el Gran Timonel de la Revolución llevaba dentadura postiza; aquello superaba todas las audacias, era un crimen insensato e imperdonable, peor que la revelación de un secreto de defensa nacional. Su condena, desafortunadamente, fue tanto más dura cuanto que se había atrevido a poner los nombres de la pareja Mao al mismo nivel que la mayor de las basuras: Jiang Jieshi. Durante largo tiempo, la familia Luo vivió en el mismo rellano que la mía, en el tercer y último piso de un edificio de ladrillo. Luo era el quinto hijo de su padre, y el único de su madre. No es exagerado decir que fue el mejor amigo que he tenido en mi vida. Nos criamos juntos y pasamos toda clase de pruebas, a veces muy duras. Nos peleábamos muy raramente. Recordaré siempre la única vez que nos pegamos o, más bien, que me pegó: fue durante el verano de 1968. Él tenía unos quince años y yo, apenas catorce. Era por la tarde; una gran reunión política se celebraba en el hospital donde trabajaban nuestros padres, en una cancha de baloncesto al aire libre. Los dos sabíamos que el padre de Luo era el objeto de esta reunión y que le esperaba una nueva denuncia pública de sus crímenes. Hacia las cinco, nadie había regresado aún, y Luo me pidió que lo acompañara allí. —Identificaremos a los que denuncian y pegan a mi padre —me dijo—, y nos vengaremos de ellos cuando seamos mayores. La cancha de baloncesto, atestada, bullía de cabezas morenas. Hacía mucho calor. El altavoz aullaba. El padre de Luo estaba arrodillado en el centro de una tribuna. Un gran cartel de cemento, muy pesado, colgaba de su cuello por medio de un alambre que se hundía y casi desaparecía en su piel. En este cartel habían escrito su nombre y su crimen: REACCIONARIO. Incluso a treinta metros de distancia, tuve la impresión de ver en el suelo, bajo la cabeza de su padre, una gran mancha negra formada por el sudor. La voz amenazadora de un hombre gritó por el altavoz: —¡Reconoce que te has acostado con esta enfermera! El padre inclinó la cabeza, cada vez más abajo, tan abajo que hubiera podido creerse que el cuello había sido aplastado por el alambre del cartel de cemento. Un hombre le acercó un micrófono a la boca y se oyó un «sí» muy débil, casi tembloroso, escapando de ella. —¿Cómo ocurrió? —aulló el inquisidor por el altavoz—. ¿La tocaste tú primero, o fue ella? —Fui yo. —¿Y luego? Se hizo un silencio de algunos segundos. Después, la multitud, gritó como un solo hombre: —¿Y luego? Aquel grito, repetido por dos mil personas, resonó como un trueno y revoloteó por encima de nuestras cabezas. —Seguí adelante... —dijo el criminal. —¡Qué más! ¡Detalles! —Pero, cuando la toqué —confesó el padre de Luo—, caí... entre nubes y niebla. Nos marchamos mientras los gritos de aquella multitud de inquisidores fanáticos volvían a desencadenarse. Por el camino, sentí de pronto que las lágrimas corrían por mi rostro y advertí cuánto quería yo a aquel viejo vecino, el dentista. Entonces, Luo me abofeteó sin decir palabra. El golpe fue tan sorprendente que estuvo a punto de enviarme al suelo. En el año 1971, el hijo de un neumólogo y su compañero, hijo de un gran enemigo del pueblo que había tenido la suerte de tocar los dientes de Mao, eran sólo dos «jóvenes intelectuales» entre el centenar de muchachos y chicas enviados a aquella montaña, llamada «el Fénix del Cielo». Un nombre poético y un chusco modo de sugerir su terrible altura: los pobres gorriones y los pájaros ordinarios del llano nunca podrían elevarse hasta ella; sólo podía alcanzarla una especie vinculada con el cielo, potente, legendaria, profundamente solitaria.

Ninguna carretera accedía a ella, sólo un estrecho sendero que iba elevándose entre las enormes masas de rocas, los picos, montes y crestas de todos los tamaños y formas. Para distinguir la silueta de un coche, oír un bocinazo, signo de civilización, o para olfatear el aroma de un restaurante era preciso caminar durante dos días por la montaña. Un centenar de kilómetros más lejos, a orillas del río Ya, se extendía el pequeño burgo de Yong Jing; era la ciudad más cercana. El único occidental que había puesto los pies en ella era un misionero francés, el padre Michel, en los años cuarenta, cuando estaba buscando un nuevo paso para llegar al Tíbet. «El distrito de Yong Jing no carece de interés, especialmente una de sus montañas, la que llaman el Fénix del Cielo —escribió ese jesuita en su cuaderno de viaje—. Una montaña conocida por su cobre amarillo, empleado en la fabricación de las antiguas monedas. Dicen que, en el siglo I, un emperador de la dinastía Han ofreció esta montaña a su amante, uno de los jefes eunucos de su palacio. Cuando posé mis ojos en sus picos, de vertiginosa altura, que se levantaban a mi alrededor, vi un estrecho sendero que ascendía por las sombrías fisuras de las rocas en desplome y parecía volatilizarse en la bruma. Algunos culíes, cargados como bestias de tiro, con grandes bultos de cobre sujetos a la espalda por correas de cuero, bajaban por aquel sendero. Pero me dijeron que la producción de este mineral estaba en declive desde hacía mucho tiempo, principalmente a causa de la falta de medios de transporte. Hoy, la particular geografía de esta montaña ha llevado a sus habitantes a cultivar opio. Por otra parte, me han aconsejado que no ponga los pies en ella: todos los que cultivan opio están armados. Tras la cosecha, pasan el tiempo asaltando a los transeúntes. Me limité, pues, a mirar de lejos aquel lugar salvaje y aislado, oscurecido por la exuberancia de gigantescos árboles, plantas trepadoras y vegetación lujuriante, que parecía el lugar ideal para que un bandido brotase de las sombras y saltara sobre los viajeros.» El Fénix del Cielo comprendía unas veinte aldeas dispersas por los meandros del único sendero, u ocultas en los sombríos valles. Normalmente, cada aldea acogía a cinco o seis jóvenes procedentes de la ciudad, pero la nuestra, encaramada en la cima y la más pobre de todas, sólo podía encargarse de dos: Luo y yo. Nos instalaron precisamente en la casa sobre pilotes donde el jefe del poblado había inspeccionado mi violín. El edificio, que pertenecía a la aldea, no había sido concebido como vivienda. Debajo de la casa, levantada del suelo por unas columnas de madera, estaba la pocilga donde vivía una gran cerda, también patrimonio común. La casa propiamente dicha era de madera vieja en bruto, sin pintura, y servía de almacén para el maíz, el arroz y las herramientas estropeadas; era también un lugar ideal para las citas secretas de los adúlteros. Durante varios años, nuestra residencia de reeducación no tuvo muebles, ni siquiera una mesa o una silla, tan sólo dos camas improvisadas, colocadas contra una pared en una pequeña habitación sin ventanas. Sin embargo, aquella casa se convirtió rápidamente en el centro de la aldea: todo el mundo acudía, incluso el jefe, con su ojo izquierdo manchado siempre por tres gotas de sangre. Y todo ello gracias a otro «fénix», muy pequeño, casi minúsculo y más bien terrenal, cuyo dueño era mi amigo Luo. En realidad, no era un verdadero fénix sino un gallo orgulloso con plumas de pavo real, de color verdoso estriado con rayas de azul oscuro. Bajo el cristal algo mugriento, bajaba rápidamente la cabeza, y su pico puntiagudo de ébano golpeaba un suelo invisible mientras la aguja de los segundos giraba lentamente por la esfera. Luego levantaba la cabeza, con el pico abierto, y sacudía su plumaje, visiblemente satisfecho, saciado de haber picoteado unos imaginarios granos de arroz. ¡Qué pequeño era el despertador de Luo, con su gallo moviéndose a cada segundo! Gracias a su tamaño, sin duda, había podido escapar a la inspección del jefe del poblado, cuando llegamos. Era apenas como la palma de una mano, pero con un timbre muy bonito, lleno de dulzura. Antes de nuestra llegada, en la aldea nunca había habido un despertador, ni un reloj de pulsera, ni de pared. La gente había vivido siempre según la salida y la puesta del sol. Nos sorprendió comprobar el poder, casi sagrado, que el despertador ejercía sobre los campesinos. Todo el mundo venía a consultarlo, como si nuestra casa sobre pilotes fuera un templo.

—Me siento deprimido —me dijo—. ¿Querrías tocar una melodía con el violín? Me apresuré a hacerlo. Al tocar, sin estar realmente lúcido, pensé de pronto en nuestros padres, en los suyos y en los míos: si el neumólogo o el gran dentista que tantas hazañas había logrado hubieran visto aquella noche el fulgor de la lámpara de petróleo oscilando en nuestra casa sobre pilotes; si hubieran oído aquella melodía de violín, mezclándose con los gruñidos de la cerda:.. Pero no había nadie. Ni siquiera los campesinos de la aldea. El vecino más próximo estaba, por lo menos, a un centenar de metros. Fuera, llovía. Pero esta vez no era la lluvia fina habitual sino una lluvia pesada, brutal, cuyo golpeteo en las tejas oíamos por encima de nuestras cabezas. Sin duda aquello contribuía a deprimir aún más a Luo: estábamos condenados a pasar toda nuestra vida en reeducación. Normalmente, un joven nacido en una familia normal, obrera o intelectual revolucionaria, que no hacía tonterías, tenía, según los periódicos oficiales del Partido, el cien por cien de posibilidades de concluir su reeducación en dos años, antes de volver a la ciudad y reunirse con su familia. Pero, para los hijos de las familias catalogadas como «enemigas del pueblo», la posibilidad del regreso era ínfima: tres sobre mil. Matemáticamente hablando, Luo y yo estábamos jodidos. Nos quedaba la ilusionante perspectiva de convertirnos en viejos y calvos, morir y acabar envueltos en el sudario blanco local, en la casa sobre pilotes. Realmente había por qué sentirse deprimido, torturado, incapaz de cerrar los ojos. Aquella noche, toqué primero. un fragmento de Mozart; luego, uno de Brahms y una sonata de Beethoven, pero ni siquiera éste consiguió levantarle la moral a mi amigo. —Prueba con otro —me dijo. —¿Qué quieres escuchar? —¡Algo más alegre! Reflexioné, busqué en mi pobre repertorio musical, pero no encontré nada. Luo comenzó entonces a canturrear un estribillo revolucionario. —¿Qué te parece esto? —me preguntó. —Genial. Inmediatamente, lo acompañé al violín. Era una canción tibetana cuya letra se había modificado para convertirla en un elogio a la gloria del presidente Mao. A pesar de ello, el ritmo había conservado su alegría, su fuerza indomable. La adaptación no había llegado a destrozarla por completo. Cada vez más excitado, Luo se puso de pie en la cama y comenzó a danzar girando sobre sí mismo, mientras grandes gotas de lluvia caían en el interior de la casa por las descoyuntadas tejas del techo. «Tres sobre mil —pensé de pronto—. Tengo tres oportunidades sobre mil, y nuestro melancólico fumador, disfrazado de bailarín, tiene menos aún. Tal vez algún día, cuando me haya perfeccionado en el violín, un grupito de propaganda local o regional, como por ejemplo el del distrito de Yong Jing, me abra las puertas y me contrate para tocar conciertos rojos. Pero Luo no sabe tocar el violín, ni siquiera jugar a baloncesto o a fútbol. No tiene ninguna baza para participar en la competencia, terriblemente dura, de los "tres sobre mil". Peor aún, ni siquiera puede soñarlo.» Su único talento consistía en contar historias, un talento agradable, es cierto, aunque marginal, ¡ay!, y sin mucho porvenir. No estábamos ya en la época de las Mil y Una Noches. En nuestras sociedades contemporáneas, sean socialistas o capitalistas, ser narrador ya no es, por desgracia, un oficio. El único hombre del mundo que apreció realmente su talento, hasta remunerarlo con generosidad, fue el jefe de nuestra aldea, el último de los aficionados a las hermosas historias orales. La montaña del Fénix del Cielo estaba tan alejada de la civilización que la mayoría de la gente no había tenido la posibilidad de ver una película en toda su vida, y ni siquiera sabía qué era el cine. De vez en cuando, Luo y yo contábamos algunas películas al jefe, que babeaba por oír más. Cierto día, se informó de la fecha de proyección mensual en la ciudad de Yong Jing, y decidió enviarnos, a Luo y a mí. Dos días para ir, dos para volver. Teníamos que ver la película la misma noche de nuestra llegada a la ciudad. Una vez de regreso a la aldea, teníamos que contar al jefe y a todos los aldeanos la película entera, de la A a la Z, de acuerdo con la exacta duración de la sesión. Aceptamos el desafío pero, por prudencia, asistimos a dos proyecciones consecutivas en el

campo de deportes del instituto de la ciudad, provisionalmente transformado en cine al aire libre. Las muchachas de la población eran encantadoras, pero permanecimos esencialmente concentrados en la pantalla, atentos a cada diálogo, a los trajes de los actores, a sus menores gestos, a los decorados de cada escena e, incluso, a la música. Al regresar a la aldea, tuvo lugar ante nuestra casa sobre pilotes una sesión de cine oral sin precedentes. Naturalmente, asistieron todos los aldeanos. El jefe estaba sentado en primera fila, en el centro, con la larga pipa de bambú en una mano y nuestro despertador del «fénix terrenal» en la otra, para comprobar la duración del relato. La emoción del estreno se apoderó de mí, me vi reducido a exponer mecánicamente el decorado de cada escena. Pero Luo demostró ser un narrador genial: contaba poco, pero representaba sucesivamente cada personaje, cambiando de voz y de gestos. Dirigía el relato, cuidaba el suspense, planteaba preguntas, hacía reaccionar al público y corregía las respuestas. Lo hizo todo. Cuando hubimos o, mejor dicho, cuando hubo terminado la sesión, justo en el tiempo estipulado, nuestro público, feliz, excitado, no se lo creía. —El mes que viene —declaró el jefe con una sonrisa autoritaria— os mandaré a otra proyección. Seréis pagados como si trabajarais en los campos. Al principio, aquello nos pareció un juego divertido; nunca hubiéramos imaginado que nuestra vida, la de Luo al menos, fuese a cambiar de tal forma. La princesa de la montaña del Fénix del Cielo llevaba un par de zapatos rosa pálido, de tela flexible y sólida a la vez, a través de la cual se podían seguir los movimientos de sus dedos cada vez que pedaleaba en la máquina de coser. Era un calzado ordinario, barato, hecho a mano y, sin embargo, en aquella región donde casi todo el mundo iba descalzo, llamaba la atención, parecía refinado y precioso. Sus tobillos y sus pies tenían una hermosa forma, puesta de relieve por unos calcetines de nailon blanco. Una larga trenza, de tres o cuatro centímetros de grueso, le caía sobre la nuca, seguía por la espalda, superaba las caderas y terminaba en una cinta roja, flamante, de satén y seda trenzados. Se inclinaba hacia la máquina de coser, cuya base lisa reflejaba el cuello de su camisa blanca, su rostro oval y el fulgor de sus ojos, sin duda los más hermosos del distrito de Yong Jing, si no de toda la región. Un inmenso valle separaba su aldea de la nuestra. Su padre, el único sastre de la montaña, no se quedaba muy a menudo en su casa, en aquella vieja y gran morada que les servía, a la vez, de tienda y vivienda. Era un sastre muy solicitado. Cuando una familia quería hacerse ropa nueva, iba primero a comprar tejido a un almacén de Yong Jing (la ciudad donde asistimos a la proyección de cine) y luego iba a su tienda para discutir con él la hechura, el precio y la fecha adecuados para la fabricación de los vestidos. El día fijado, iban a buscarlo al amanecer, respetuosamente, acompañados por varios hombres robustos que, por turnos, cargarían a la espalda la máquina de coser. Tenía dos. La primera, que llevaba siempre con él de aldea en aldea, era una vieja máquina en la que ya no se leía ni la marca ni el nombre del fabricante. La otra era nueva, made in Shanghai, y la dejaba en casa, para su hija, «la Sastrecilla». Nunca llevaba a su hija con él durante esas giras, y aquella decisión, prudente pero implacable, hacía reventar de decepción a los numerosos jóvenes campesinos que aspiraban a conquistada. Llevaba una vida de rey. Cuando llegaba a una aldea, la animación que provocaba nada tenía que envidiar a una fiesta folclórica. La casa de su cliente, donde resonaba el ruido de su máquina de coser, se convertía en el centro del pueblo y era la ocasión, para esta familia, de exhibir su riqueza. Se le ofrecían las mejores comidas y, a veces, si su visita era a finales de año y estaban preparando la fiesta de Año Nuevo, incluso mataban un cerdo. Alojándose, sucesivamente, en casa de sus distintos clientes, pasaba a menudo una o dos semanas seguidas en una aldea. Cierto día, Luo y yo fuimos a ver al Cuatrojos, un amigo de nuestra ciudad, instalado en otra aldea. Llovía; avanzábamos a pequeños pasos por el sendero escarpado, resbaladizo, envuelto en una bruma lechosa. Pese a nuestra prudencia, caímos varias veces de bruces en el barro. De pronto,

en aquel lugar. Advertí un libro abandonado en una mesa, y me pasmó aquel descubrimiento en una región poblada por analfabetos; hacía una eternidad que no tocaba las páginas de un libro. Me acerqué enseguida, pero el resultado fue más bien decepcionante: era un catálogo de colores de tejidos, editado por una fábrica de tintes. —¿Lees? —le pregunté. —No mucho —me respondió ella sin ningún complejo—. Pero no me toméis por idiota, me gusta mucho charlar con la gente que sabe leer y escribir, jóvenes de la ciudad. ¿No os habéis fijado? Mi perro no ha ladrado cuando habéis entrado, conoce mis gustos. Parecía no desear que nos marcháramos enseguida. Se levantó de su taburete, encendió un fogón metálico instalado en el centro de la estancia, puso una marmita al fuego y la llenó de agua. Luo, que seguía con la mirada cada paso que daba, le preguntó: —¿Qué nos ofreces, té o agua hirviendo? —Más bien lo último. Era señal de que le gustábamos. En esta montaña, si alguien te invitaba a beber agua quería decir que iba a cascar unos huevos en el líquido hirviente y a añadir azúcar para hacer una sopa. —¿Sabes, Sastrecilla? —le dijo Luo—, tú y yo tenemos un punto en común. —¿Nosotros dos? —Sí, ¿quieres que apostemos? —¿Que apostemos qué? —Lo que quieras. Estoy seguro de que puedo demostrarte que tenemos un punto en común. Ella reflexionó un instante. —Si pierdo, te alargaré el pantalón gratuitamente.. —De acuerdo —le dijo Luo—. Ahora, quítate el zapato y el calcetín del pie izquierdo. Tras un instante de vacilación, muy curiosa, lo hizo. Su pie, más tímido que ella, aunque muy sensual, nos reveló primero su línea bien recortada; luego, un hermoso tobillo y unas uñas relucientes. Un pie pequeño, bronceado, ligeramente diáfano, con venas azuladas. Cuando Luo puso su pie, sucio, ennegrecido y huesudo, junto al de la Sastrecilla vi, efectivamente, una similitud: su segundo dedo era más largo que los demás. Puesto que el camino de regreso era muy largo, partimos hacia las tres de la tarde para llegar a la aldea antes de que cayera la noche. En el sendero, le pregunté a Luo: —¿Te gusta la Sastrecilla? Prosiguió su camino, con la cabeza gacha, sin responderme enseguida. —¿Te has enamorado? —le pregunté de nuevo. —¡Es demasiado sencilla, al menos para mí! Un brillo se desplazaba penosamente por el fondo de una larga galería exigua, de un negro intenso. De vez en cuando, el minúsculo punto luminoso oscilaba, caía, volvía a equilibrarse y avanzaba de nuevo. A veces, la galería descendía súbitamente y el fulgor desaparecía durante largo rato; entonces sólo se oía el chirriar de un pesado cesto arrastrado por el suelo pedregoso y unos gruñidos lanzados por un hombre a cada uno de sus esfuerzos; resonaban en la completa oscuridad, con un eco que llegaba a prodigiosa distancia. De pronto reapareció el fulgor, como el ojo de una bestia cuyo cuerpo, devorado por la oscuridad, caminase con paso flotante, como en una pesadilla. Era Luo, que tenía una lámpara de aceite fijada en la frente con una tira de cuero, trabajando en una pequeña mina de carbón. Cuando el corredor era demasiado bajo, se arrastraba a cuatro patas. Iba completamente desnudo, ceñido por una correa de cuero que penetraba profundamente en su carne. Equipado con ese horrendo arnés, arrastraba un gran cesto en forma de barca, cargado con grandes bloques de antracita. Cuando llegó a mi altura, lo relevé. Con el cuerpo desnudo también, cubierto de carbón

hasta el menor pliegue de mi piel, empujaba el cargamento en vez de tirar, como él, con un arnés. Antes de salir de la galería había que trepar por una larga pendiente escarpada, pero el techo era más alto. Luo me ayudaba con frecuencia a subir, a salir del túnel y a veces a verter el contenido de nuestro cesto sobre un montón de carbón que había fuera. Una nube opaca de polvo se levantaba y nos envolvía cuando nos tendíamos en el suelo, completamente agotados. Antaño, la montaña del Fénix del Cielo, como ya he dicho, era famosa por sus minas de cobre. (Tuvieron incluso el honor de entrar en la historia de China como generoso regalo del primer homosexual chino oficial, un emperador.) Pero aquellas minas abandonadas desde hacía tiempo estaban en ruinas. Las de carbón, pequeñas y artesanales, seguían siendo patrimonio común de todos los aldeanos, y eran explotadas aún, proporcionando combustible a los montañeses. Como los demás jóvenes de la ciudad, Luo y yo no pudimos escapar a esta lección de reeducación que iba a durar dos meses. Ni siquiera nuestro éxito en materia de «cine oral» nos sirvió para retrasar el plazo. A decir verdad, aceptamos participar en aquella prueba infernal por deseo de «mantenernos en carrera», aunque nuestras posibilidades de regresar a la ciudad fuesen irrisorias y representasen sólo una probabilidad de «tres sobre mil». No imaginábamos que aquella mina iba a dejar en nosotros una huella tan oscura e indeleble, física y, sobre todo, moralmente. Hoy todavía, esas terribles palabras, «la pequeña mina de carbón», me hacen temblar de miedo. A excepción de la entrada, donde había un tramo de unos veinte metros cuyo techo bajo era aguantado por vigas y pilares hechos con groseros troncos de árbol, sumariamente escuadrados y rudimentariamente dispuestos, el resto de la galería, es decir, más de setecientos metros de corredor, no disponía de protección alguna. Las piedras podían, a cada instante, caer sobre nuestras cabezas, y los tres viejos campesinos mineros, que se encargaban de excavar las paredes del yacimiento, nos contaban sin cesar accidentes mortales que se habían producido en el pasado. Cada cesto que sacábamos del fondo de la galería se convertía, para nosotros, en una especie de ruleta rusa. Cierto día, durante el ascenso habitual por la larga pendiente, mientras los dos empujábamos el cesto cargado de carbón, oí que Luo decía a mi lado: —No sé por qué, desde que estoy aquí se me ha metido una idea en la cabeza: tengo la impresión de que voy a morir en esta mina. La frase me dejó sin voz. Proseguimos nuestro camino, pero me sentí de pronto empapado en sudor frío. A partir de aquel instante, me contagió su miedo de morir allí. Vivíamos con los campesinos mineros en un dormitorio, una humilde cabaña de madera adosada al flanco de la montaña, encajónada bajo una arista rocosa que sobresalía. Cada mañana, cuando despertaba, escuchaba las gotas de agua que caían de la roca sobre el tejado hecho de simples cortezas de árbol, y me decía con alivio que no había muerto aún. Pero cuando abandonaba la choza, nunca estaba seguro de que fuese a regresar por la noche. La menor ocurrencia, por ejemplo una frase fuera de lugar de los campesinos, una broma macabra o un cambio de tiempo, adquiría, a mi modo de ver, una dimensión de oráculo, se convertía en el signo anunciador de mi muerte. A veces, trabajando, llegaba a tener visiones. De pronto, tenía la impresión de caminar por un suelo blando, respiraba mal y, en cuanto advertía que podía ser la muerte, creía ver desfilando mi infancia a una velocidad de vértigo por mi cabeza, como se decía siempre de los moribundos. El suelo, como de caucho, comenzaba a estirarse bajo mis pies, a cada uno de mis pasos; luego, estallaba por encima de mí un ruido ensordecedor, como si el techo se derrumbara. Como un loco, reptaba a cuatro patas mientras el rostro de mi madre se aparecía sobre fondo negro ante mis ojos, muy pronto sustituido por el de mi padre. La cosa duraba unos segundos y la visión furtiva desaparecía: yo estaba en el corredor de la mina, desnudo como un gusano, empujando mi cargamento hacia la salida. Miraba al suelo: a la luz vacilante de mi lámpara de aceite, veía una pobre hormiga que trepaba lentamente, impulsada por la voluntad de sobrevivir. Cierto día, hacia la tercera semana, oí de pronto que alguien lloraba en la galería; sin embargo, no vi a nadie, ni la menor luz. No era un sollozo de emoción, ni el gemido de dolor de un herido sino, más bien, llantos

aquella torpeza emanaba cierta dulzura femenina, cierta sinceridad infantil. Lentamente, se la leí a Luo: Luo, contador de películas: No te burles de mi caligrafía. Nunca estudié en un colegio, como tú. Bien sabes que la única escuela cerca de nuestra montaña es la de la ciudad de Y ong Jing, y son necesarios dos días para llegar. Mi padre me enseñó a leer y a escribir. Puedes colocarme en la categoría de «terminados los estudios primarios». Hace poco he oído decir que contabas maravillosamente las películas, con tu compañero. He ido a hablar con el jefe de mi pueblo y está de acuerdo en enviar dos campesinos a la pequeña mina, para sustituiros durante dos días. Y vosotros vendréis a nuestra aldea para contarnos una película. Quería subir a la mina para anunciaros la noticia, pero me han dicho que allí los hombres van desnudos y que es un lugar prohibido para las muchachas. Cuando pienso en la mina, admiro vuestro valor. Sólo espero que la galería no va y a a derrumbarse. Os he conseguido dos días de descanso, es decir, dos días menos de riesgo. Hasta pronto. Saluda a tu amigo el violinista. La Sastrecilla 8—07— He terminado y a mi nota, pero pienso en algo divertido que debo contarte: desde vuestra visita, he visto a varias personas que tienen también el segundo dedo del pie más largo que el pulgar, como nosotros. Me decepciona, pero así es la vida. Decidimos elegir la historia de La pequeña florista. De las tres películas que habíamos visto en la cancha de baloncesto de la ciudad de Yong Jing, la más popular era un melodrama norcoreano cuyo personaje principal se llamaba «la chica de las flores». Se la habíamos contado a los campesinos de nuestra aldea y, al finalizar la sesión, cuando pronuncié la frase final imitando la voz en off, sentimental y fatal, con una ligera vibración en la garganta: «Dice el proverbio: un corazón sincero podría lograr que incluso una piedra floreciese. Y sin embargo, ¿no era bastante sincero el corazón de la chica de las flores?», el efecto fue tan grandioso como durante la auténtica proyección. Todos nuestros oyentes lloraron; ni siquiera el jefe del poblado, por muy duro que fuera, pudo contener la cálida efusión de las lágrimas que brotaban de su ojo izquierdo, marcado aún por las tres gotas de sangre. Pese a sus recurrentes accesos de fiebre, Luo, que se consideraba ya convaleciente, partió conmigo hacia la aldea de la Sastrecilla con el ímpetu de un auténtico conquistador. Pero, por el camino, tuvo una nueva crisis de paludismo. A pesar de los rayos del sol, que le cubrían el cuerpo con su fulgor, me dijo que sentía que el frío lo invadía de nuevo. Y cuando estuvo sentado junto al fuego que conseguí encender con ramas de árboles y hojas muertas, el frío, en vez de disminuir, se le hizo insoportable. —Sigamos —me dijo levantándose. (Sus dientes rechinaban.) A lo largo del sendero, oímos el rumor de un torrente, gritos de monos y otros animales salvajes. Poco a poco, Luo conoció la enojosa alternancia del frío y el calor. Cuando lo vi caminar vacilando hacia el profundo acantilado que se extendía bajo nuestros pies, cuando vi algunos terrones desprenderse a su paso y caer a tanta profundidad que era preciso esperar mucho tiempo antes de percibir el ruido de su caída, lo detuve e hice que se sentara en una roca para esperar a que su fiebre pasara. Cuando llegamos a casa de la Sastrecilla, supimos que, por fortuna, su padre estaba otra vez de viaje. Como la visita precedente, el perro negro vino a olisquearnos sin ladrar. Luo entró con el rostro más colorado que un fruto bermejo: deliraba. La crisis de paludismo

había causado en él tales estragos que la Sastrecilla quedó impresionada. Hizo anular, de inmediato, la sesión de «cine oral» e instaló a Luo en su alcoba, en su lecho rodeado por una mosquitera blanca. Se enrolló la larga trenza en lo alto de la cabeza haciéndose un gran moño. Luego se quitó los zapatos rosados y, con los pies desnudos, corrió afuera. —Ven conmigo —me gritó—. Conozco algo muy eficaz para eso. Era una planta vulgar que crecía a orillas de un pequeño arroyo, no lejos de su aldea. Parecía un arbusto de apenas treinta centímetros de altura, con flores de un rosa vivo cuyos pétalos, que evocaban los de las flores del melocotonero, aunque más grandes, se reflejaban en las aguas límpidas y poco profundas del riachuelo. La parte medicinal de la planta eran sus hojas angulosas y puntiagudas, en forma de patas de ánade, y la Sastrecilla recogió muchas. —¿Cómo se llama esta planta? —le pregunté. —«Trozos de cuenco roto.» Las majó en un mortero de piedra blanca. Cuando estuvieron reducidas a una especie de pasta verdosa, untó con ella la muñeca izquierda de Luo que, aunque deliraba aún, recobró cierta lógica de pensamiento. Permitió que la Sastrecilla le vendase la muñeca, enrollándole una larga tira de lino blanco. Al anochecer, la respiración de Luo se apaciguó, y se quedó dormido. —¿Tú crees en esas cosas...? —me preguntó la Sastrecilla con voz vacilante. —¿En qué cosas? —Las que no son del todo naturales. —A veces sí, a veces no. —Parece que tienes miedo de que te denuncie. —En absoluto. —¿Y entonces? —A mi entender, no podemos creerlas por entero, ni negarlas por completo. Pareció satisfecha de mi posición. Lanzó una ojeada a la cama donde dormía Luo y me preguntó: —¿Qué es el padre de Luo? ¿Budista? —No lo sé. Pero es un gran dentista. — ¿Qué es un dentista? —¿No sabes lo que es un dentista? El que cuida los dientes. —¿De verdad? ¿Quieres decir que puede quitar los gusanos ocultos en las muelas que duelen? —Eso es —le respondí sin reírme—. Te diré incluso un secreto, pero debes jurar que no vas a contárselo a nadie. —Te lo juro... —Su padre —le dije bajando la voz— quitó los gusanos de las muelas del presidente Mao. Tras un instante de respetuoso silencio, me preguntó: —Si hago que vengan unas brujas para velar esta noche por su hijo, ¿se enojará? Vistiendo largas faldas negras y azules, con los cabellos salpicados de flores y pulseras de jade en las muñecas, cuatro ancianas llegadas de tres aldeas distintas se reunieron, hacia medianoche, alrededor de Luo, cuyo sueño seguía siendo agitado. Sentada cada una de ellas en una esquina de la cama, lo observaban a través de la mosquitera. Era difícil decir cuál era la más arrugada, la más fea, la que asustaría más a los malos espíritus. Una de ellas, sin duda la más retorcida, tenía en las manos un arco y una flecha. —Te garantizo —me dijo— que el mal espíritu de la pequeña mina que ha hecho sufrir a tu compañero no se atreverá a venir aquí esta noche. Mi arco procede del Tíbet y mi flecha tiene punta de plata. Cuando la lanzo, es semejante a una flauta voladora, silba en el aire y atraviesa el pecho de los demonios, sea cual sea su poder. Pero su avanzada edad y la hora tardía no ayudaron mucho. Poco a poco, comenzaron a bostezar. Y pese al té fuerte que nuestra anfitriona les hizo beber, el sueño se apoderó de ellas. La propietaria del arco se durmió también. Dejó su arma en la cama y luego sus párpados fláccidos y

pandilla de tres. Por eso, que nos ocultara la existencia de aquella misteriosa maleta nos sorprendió mucho más. Su familia vivía en la ciudad donde trabajaban nuestros padres; su padre era escritor y su madre poetisa. La reciente caída en desgracia de ambos ante las autoridades concedía «tres posibilidades sobre mil» a su amado hijo; ni más ni menos que a Luo y a mí. Pero ante esta situación desesperada, que él debía a sus progenitores, el Cuatrojos, que tenía dieciocho años, era casi constantemente presa del miedo. Con él, todo adquiría el color del peligro. Reunidos en su casa, alrededor de una lámpara de petróleo, teníamos la impresión de ser tres malhechores tramando alguna fechoría. Tomemos las comidas como ejemplo: si alguien llamaba a su puerta mientras estábamos envueltos por el olor y el humo de un precioso plato de carne cocinado por nosotros mismos, y que sumía a los tres hambrientos que éramos en un voluptuoso placer, eso le producía siempre un pánico extraordinario. Se levantaba, escondía de inmediato el plato de carne en una esquina, como si fuera producto de un robo, y lo sustituía por un pobre plato de verduras adobadas, espumosas y hediondas; comer carne le parecía un crimen propio de la burguesía de la que su familia formaba parte. Al día siguiente de la sesión de cine oral con las cuatro brujas, Luo se sintió algo mejor y quiso regresar a la aldea. La Sastrecilla no insistió demasiado para que nos quedáramos en su casa, imagino que estaba muerta de cansancio. Tras el desayuno, Luo y yo reemprendimos el solitario camino. En contacto con el aire húmedo de la mañana, nuestros rostros ardientes sintieron un agradable frescor. Luo fumaba al caminar. El sendero descendía lentamente, luego volvía a subir. Ayudé al enfermo con la mano, pues la pendiente era empinada. El suelo estaba blando y húmedo; por encima de nuestras cabezas, se entrecruzaban las ramas. Al pasar ante la aldea del Cuatrojos, lo vimos trabajar en un arrozal; labraba la tierra con un arado y un búfalo. No se veían surcos en el arrozal irrigado, pues un agua calma cubría el barro puro, muy abonado, de cincuenta centímetros de profundidad. Con el torso desnudo, en calzones, nuestro labrador se desplazaba hundiéndose hasta las rodillas en el barro, tras el búfalo negro que arrastraba penosamente el arado. Los primeros rayos del sol herían sus gafas con su brillo. El búfalo era de un tamaño normal pero tenía una cola de insólita longitud que removía a cada paso, como si lo hiciera adrede para tirar el barro y otras suciedades al rostro de su amable dueño, tan poco experimentado. Y a pesar de sus esfuerzos por esquivar los coletazos, un segundo de descuido bastó para que la cola del búfalo le golpeara de lleno el rostro y mandara sus gafas por los aires. El Cuatrojos lanzó un taco, las riendas escaparon de su mano derecha y el arado de su mano izquierda. Se llevó las dos manos a los ojos, lanzó gritos y aulló algunas vulgaridades, como si bruscamente hubiera quedado ciego. Estaba tan encolerizado que no oyó nuestras llamadas, llenas de afecto y alegría por encontrarle. Sufría una grave miopía y ni siquiera forzando los ojos era capaz de reconocemos a veinte metros de distancia ni de distinguirnos de los campesinos que trabajaban en los arrozales vecinos y le tomaban el pelo. Inclinado sobre el agua, metió en ella las manos y palpó el barro a su alrededor, como un ciego. Sus ojos, que habían perdido toda expresión humana, saltones, como hinchados, me daban miedo. El Cuatrojos había debido de despertar el instinto sádico de su búfalo. Éste, arrastrando el arado, giró y volvió sobre sus pasos. Parecía tener la intención de pisotear las arrancadas gafas, o de romperlas con la puntiaguda reja del arado. Me quité los zapatos, arremangué mis pantalones y entré en el arrozal dejando a mi enfermo sentado junto al sendero. Y, aunque el Cuatrojos no quiso que me mezclara en su búsqueda, ya complicada, fui yo quien, tanteando en el barro, pisé sus gafas. Por fortuna, no estaban rotas. Cuando el mundo exterior volvió a resultarle claro y neto, el Cuatrojos se sorprendió al ver en qué estado había dejado a Luo el paludismo. —¡Estás hecho polvo, palabra! —le dijo. Puesto que el Cuatrojos no podía abandonar su trabajo, nos propuso descansar en su casa

hasta que regresara. Su vivienda estaba en medio del pueblo. Poseía tan pocas cosas personales y estaba tan preocupado por demostrar su total confianza en los campesinos revolucionarios, que nunca cerraba la puerta con llave. La casa, un antiguo almacén de granos, estaba construida sobre pilotes, como la nuestra, pero con una terraza sostenida por gruesos bambúes, en la que ponían a secar los cereales, las verduras y las guindillas. Luo y yo nos instalamos en la terraza para aprovechar el sol. Luego, éste desapareció detrás de las montañas y empezó a hacer frío. Una vez seco el sudor, la espalda, los brazos y las flacas piernas de Luo se volvieron glaciales. Encontré un viejo jersey del Cuatrojos, se lo puse en la espalda y le enrollé las mangas alrededor del cuello, como una bufanda. Sin embargo, siguió quejándose de tener frío. Regresé a la habitación, me acerqué a la cama y cogí una manta, y, de pronto, se me ocurrió mirar si había otro jersey en alguna parte. Debajo de la cama, descubrí una gran caja de madera, como un embalaje para las mercancías de poco valor, una caja del tamaño de una maleta, aunque más profunda. Varios pares de zapatillas deportivas, pantuflas estropeadas, cubiertas de barro y suciedad, estaban amontonados encima. Cuando la abrí a la luz de los rayos en los que bailaba el polvo, resultó que estaba efectivamente llena de ropa. Hurgando en busca de un jersey más pequeño que los demás, que pudiera sentar bien al cuerpo delgaducho de Luo, mis dedos dieron de pronto con algo suave, flexible y liso, que me hizo pensar enseguida en unos zapatos de mujer, de gamuza. Pero no; era una maleta elegante, de piel muy gastada pero delicada. Una maleta de la que brotaba un lejano aroma de civilización. Estaba cerrada con llave por tres lugares. Su peso era bastante asombroso con respecto a su tamaño, pero me resultó imposible saber qué contenía. Esperé a que cayera la noche, cuando el Cuatrojos quedó liberado por fin de su combate contra el búfalo, para preguntarle qué tesoro ocultaba tan minuciosamente en aquella maleta. Ante mi sorpresa, no respondió. Mientras estuvimos en la cocina, permaneció sumido en un desacostumbrado mutismo y se guardó mucho de pronunciar la menor palabra sobre su maleta. Durante la comida volví a poner la cuestión sobre el tapete. Pero tampoco habló entonces. —Supongo que son libros —dijo Luo rompiendo el silencio—. El modo como la ocultas y la aseguras con cerraduras basta para revelar tu secreto: sin duda contiene libros prohibidos. Un fulgor de pánico pasó por los ojos del Cuatrojos, y desapareció enseguida tras los cristales de las gafas mientras su rostro se transformaba en una máscara sonriente. —Estás soñando, amigo —dijo. Acercó la mano a Luo y la posó en su sien: —¡Dios mío, qué fiebre! Por eso deliras y tienes visiones tan idiotas. Escucha, somos buenos amigos, nos divertimos mucho juntos, pero si empiezas a decir tonterías sobre libros prohibidos, la jodimos... Tras aquel día, el Cuatrojos compró en casa de un vecino un candado de cobre y tomó siempre la precaución de cerrar su puerta con una cadena que pasaba por el aro metálico de la cerradura. Dos semanas más tarde, los «trozos de cuenco roto» de la Sastrecilla habían acabado con el paludismo de Luo. Cuando se quitó la venda que rodeaba su muñeca, descubrió en ella una ampolla, grande como un huevo de pájaro, transparente y brillante. Fue arrugándose poco a poco y , cuando ya sólo quedó una cicatriz negra en su piel, las crisis cesaron por completo. Hicimos una comida en casa del Cuatrojos para festejar su curación. Aquella noche dormimos todos allí, los tres apretados en su cama, bajo la cual seguía estando la caja de madera, como pude comprobar, aunque ya no la maleta de cuero. La redoblada atención del Cuatrojos y su desconfianza para con nosotros, pese a nuestra amistad, acreditaban la hipótesis de Luo: la maleta estaba sin duda llena de libros prohibidos. Hablábamos a menudo de ello, Luo y y o, sin conseguir imaginar de qué tipo de libros se trataba. (Por aquel entonces, todos los libros estaban prohibidos, salvo los de Mao y sus partidarios, y las obras puramente científicas.) Establecimos una larga lista de libros posibles: las novelas clásicas

nieve: cargados con un inmenso cuévano a la espalda, transportaban arroz hasta el almacén del distrito, situado a veinte kilómetros de nuestra montaña, a orillas de un río que tenía sus fuentes en el Tíbet. Eran los impuestos anuales de su aldea, y el jefe había dividido el peso total de arroz por el número de habitantes; la parte de cada uno era de unos sesenta kilos. Cuando llegamos, el Cuatrojos acababa de llenar su cuévano y se preparaba para partir. Le tiramos bolas de nieve, pero volvió la cabeza en todas direcciones sin conseguir vernos, a causa de su miopía. La ausencia de gafas hacía sobresalir sus pupilas, que me recordaban a las de un perro pequinés, turbias y atontadas. Tenía el aire extraviado, fatigado, antes incluso de haberse cargado a la espalda su cuévano de arroz. —Estás majara —le dijo Luo—. Sin gafas no podrás dar ni un paso por el sendero. —He escrito a mi madre. Me enviará un par nuevo lo antes posible, pero no puedo esperarlas con los brazos cruzados. Estoy aquí para trabajar. Ésa es, al menos, la opinión del jefe. Hablaba muy deprisa, como si no quisiera perder el tiempo con nosotros. —Espera —dijo Luo—, tengo una idea: llevaremos tu cuévano hasta el almacén del distrito y, al regresar, nos prestarás algunos de los libros que has escondido en tu maleta. Lo uno por lo otro, ¿vale? —Que te den por el culo —dijo malignamente el Cuatrojos—. No sé de qué estás hablando, no tengo libros escondidos. Colérico, se cargó a la espalda el pesado cuévano y partió. —Con un solo libro bastará —gritó Luo—. ¡Trato hecho! Sin respondernos, el Cuatrojos se puso en marcha. El desafío que se lanzaba superaba los límites de su capacidad física. Se empeñó, rápidamente, en una especie de prueba masoquista: la nieve era espesa y, en algunos lugares, se hundía hasta los tobillos. El sendero resbalaba más que de costumbre. Clavaba sus ojos desorbitados en el suelo, pero era incapaz de distinguir las piedras que sobresalían y sobre las que hubiera podido poner los pies. Avanzaba a ciegas, titubeante, con unos andares danzarines de borracho. Cuando el sendero empezó a bajar, buscó con el pie un punto de apoyo, tanteando, pero su otra pierna no pudo soportar sola el peso del cuévano, cedió y cayó de rodillas en la nieve. Intentó mantener el equilibrio en esta posición, sin que el cuévano se volcara; luego, empujando la nieve con las piernas, apartándola a fuerza de muñecas, se abrió camino, metro tras metro, y acabó por levantarse. A lo lejos, lo contemplamos zigzaguear por el sendero y minutos más tarde caer de nuevo. Esta vez, el cuévano golpeó una roca en su caída, rebotó y cayó al suelo. Nos acercamos a él y le ayudamos a recoger el arroz que se había derramado. Nadie hablaba. No me atrevía a mirarlo. Se sentó en el suelo, se quitó las botas llenas de nieve, las vació e intentó calentarse los pies entumecidos, frotándolos con las manos. No dejaba de mover la cabeza, como si fuera demasiado pesada. —¿Te duele la cabeza? —le pregunté. —No, tengo un zumbido en los oídos, pero ligero. Rugosos y duros, unos cristales de nieve llenaban las mangas de mi abrigo cuando acabamos de poner el arroz en el cuévano. —¿Vamos? —le pregunté a Luo. —Sí, ayúdame a cargar el cuévano —contestó—. Tengo frío, un poco de peso en la espalda me calentará. Luo y yo nos relevamos cada cincuenta metros para llevar los sesenta kilos de arroz hasta el depósito. Estábamos muertos de cansancio. Al regresar, el Cuatrojos nos pasó un libro delgado y gastado, un libro de Balzac. «Ba—er—za—ke.» Traducido al chino, el nombre del autor francés formaba una palabra de cuatro ideogramas. ¡Qué magia eso de la traducción! De pronto, la pesadez de las dos primeras sílabas, la resonancia guerrera y agresiva, y también algo vulgar, del nombre desaparecía. Los cuatro caracteres, muy elegantes, pues cada uno se componía de pocos trazos, se reunían para

formar una belleza insólita de la que emanaba un sabor exótico, sensual, generoso como el perfume embriagador de un licor conservado durante siglos en una bodega. (Años más tarde, supe que el traductor era un gran escritor al que habían prohibido, por razones políticas, publicar sus propias obras y que se había pasado la vida traduciendo las de los autores franceses.) ¿Vaciló mucho el Cuatrojos antes de elegir este libro para prestárnoslo? ¿Fue el puro azar lo que dirigió su mano? ¿O lo tomó, sencillamente, porque en su maleta de los tesoros preciosos era el libro más delgado, el que se hallaba en peor estado? ¿Fue la mezquindad lo que motivó su elección? Una elección cuyas razones siguieron siéndonos oscuras y que trastornó nuestra vida o, al menos, el período de nuestra reeducación en la montaña del Fénix del Cielo. Aquel librito se llamaba Úrsula Mirouët. Luo lo leyó la misma noche en que el Cuatrojos nos lo pasó, y lo terminó al amanecer. Apagó entonces la lámpara de petróleo y me despertó para tenderme la obra. Me quedé en la cama hasta que cayó la noche, sin comer, sin hacer otra cosa que permanecer sumido en aquella historia francesa de amor y milagros. Imaginen a un joven virgen de diecinueve años, que dormitaba aún en los limbos de la adolescencia y sólo había conocido la cháchara revolucionaria sobre el patriotismo, el comunismo, la ideología y la propaganda. De pronto, como un intruso, aquel librito me hablaba del despertar del deseo, de los impulsos, de las pulsiones, del amor, de todas esas cosas sobre las que el mundo, para mí, había permanecido hasta entonces mudo. Pese a mi total ignorancia de aquel país llamado Francia (algunas veces había oído el nombre de Napoleón en boca de mi padre, y eso era todo), la historia de Úrsula me pareció tan cierta como las de mis vecinos. Sin duda, el sucio asunto de herencia y dinero que caía sobre la cabeza de aquella muchacha contribuía a reforzar su autenticidad, a aumentar el poder de las palabras. Al cabo de una jornada, me sentía en Nemours como en mi casa, en mi hogar, junto a la humeante chimenea, en compañía de aquellos doctores, aquellos curas... Incluso la parte sobre el magnetismo y el sonambulismo me parecía creíble y deliciosa. Sólo me levanté tras haber leído la última página. Luo no había regresado aún... Sospechaba que se había lanzado al camino, en cuanto había amanecido, para dirigirse a casa de la Sastrecilla y contarle la hermosa historia de Balzac. Permanecí de pie unos momentos, en el umbral de nuestra vivienda, comiendo un pedazo de pan de maíz mientras contemplaba la silueta oscura de la montaña que teníamos enfrente. La distancia era demasiado grande para poder distinguir las luces de la aldea de la Sastrecilla. Imaginé a Luo contándole la historia, y me sentí de pronto invadido por un sentimiento de celos, amargos, devoradores, desconocidos. Hacía frío, temblé bajo mi corta chaqueta de piel de cordero. Los aldeanos comían, dormían o llevaban a cabo secretas actividades en la oscuridad. Pero allí, ante mi puerta, no se oía nada. Yo solía aprovechar aquella calma que reinaba en la montaña para hacer ejercicios de violín, pero ahora me parecía deprimente. Regresé a la habitación. Intenté tocar el violín, pero éste soltó un sonido agudo, desagradable, como si alguien hubiera tocado precipitadamente las escalas. Supe de pronto lo que quería hacer. Decidí copiar, textualmente, mis pasajes preferidos de Úrsula Mirouët. Era la primera vez en mi vida que deseaba copiar un libro. Busqué papel por todos los rincones de la habitación, pero sólo pude encontrar unas hojas de papel de carta, destinadas a escribir a nuestros padres. Opté entonces por copiar el texto directamente en la piel de oveja de mi chaqueta. Ésta, que los aldeanos me habían regalado cuando llegué, estaba hecha por fuera de una maraña de lana de cordero, unas veces larga, otras corta, y tenía la piel desnuda en su interior. Pasé largo rato eligiendo el texto, dada la limitada superficie de mi chaqueta, cuya piel, en algunos lugares, estaba estropeada, agrietada. Copié el capítulo donde Úrsula viaja sonámbula. Hubiera querido ser como ella: poder ver, dormido en mi cama, lo que hacía mi madre en su apartamento, a quinientos kilómetros de distancia; presenciar la cena de mis padres, observar sus actitudes, los detalles de su comida, el color de sus platos, sentir el olor de los manjares, oírles conversar... Más aún, como Úrsula, habría visto, en sueños, lugares donde nunca había puesto los pies... Escribir con bolígrafo sobre la piel de un viejo cordero de las montañas no era cosa fácil: era