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Este texto relata la experiencia de wendy, una madre que vive el desespero de ver a su hija jo sufrir de anorexia. Aunque el cambio en el comportamiento de jo fue gradual, su adelgazamiento se descontroló rápidamente, llevándola a una situación crítica. La historia describe los intentos infructuosos de wendy y su esposo por hacer que jo coma, así como la resistencia de ella a comer alimentos preparados por ellos. La historia termina con la hospitalización de jo y el inicio de su lenta recuperación.
Tipo: Apuntes
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“El cambio en nuestra hija Jo, fue tan gradual que realmente no nos lo tomamos demasiado en serio”, admitió Wendy, de 42 años, “Empezó una dieta que parecía completamente normal para una adolescente. Pero su adelgazamiento estaba fuera de control. Ella cambió de bien construida, una chica feliz y atlética de 16 años a pálida, irritable esqueleto andante. Y cuanto más intentamos que coma, ella más se rebela.
“Nadie estaba cerca cuando ella estaba comiendo. Ella se cerraba en la cocina y entonces se iba de puntillas a su habitación, que siempre permanecía cerrada, y estrictamente fuera de los límites. Ella también insiste en cocinar para los demás. Pero intentamos que acepte comida nuestra. Cualquier intento se encontró con ataques de histeria. Ella siempre parece irse –cocinando, limpiando la mesa- a menudo antes que los demás hayan terminado –y fregando-. Hace tiempo ella rechazó creer que tenía un problema. Todos nosotros pudimos ver como nuestra hija lentamente se mataba de hambre”.
“Finalmente ella estaba tan débil que tuvo que ser ingresada en el hospital con la ayuda de los doctores. Mi marido y yo tuvimos que arrastrarla literalmente y ella tuvo un ataque en el coche. Aquel momento terrible se quedará en mi mente para siempre. Jo cogió miedo y pánico y yo me sentí muy culpable. Pero nosotros estábamos desesperados. Pensamos que en el hospital podría descubrir que ella realmente no quería liberarse de la anorexia”.
Cuando la dejamos allí se calmó en un enfadado silencio. El doctor nos dijo que lo mejor que habíamos podido hacer era dejarla. En ese punto, Jo empezó a sollozar incontrolablemente. “No me dejes mamá”, suplicaba. “Por favor no me dejes”. Dar la espalda a sus gritos fue lo más difícil que había hecho nunca. Ellos consiguieron fortalecerla alimentándola y entonces pidieron que la vieran en un hospital psiquiátrico, quien le recomendó ayuda especializada.
“La recuperación de Jo ha sido lenta. Vivir con ella es como vivir pendiente de un hilo donde la más leve palabra puede provocar sollozos y gritos y salvajes acusaciones. Al principio solo sentía esa terrible culpa. Entonces sentí una terrible frustración y no era capaz de ayudarla. No pienso que Jo se libere nunca de su anorexia pero ella está aprendiendo a mantenerlo bajo control”.