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En este texto, el autor reflexiona sobre la importancia de la vida, el saber vivir y el amor. El autor enfatiza la necesidad de adquirir conocimientos para vivir una vida digna y cabal, y la importancia de organizarnos para aprovechar lo que tenemos y buscar experiencias para crecer. Además, el autor critica la sociedad consumista y la importancia del placer y la realidad en la vida. Finalmente, el autor afirma que la clave de la vida lograda no está en el conocer, sino en el amor.
Tipo: Apuntes
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En el primer capítulo “Saber vivir”, el autor reflexiona sobre la importancia de la vida: que hago con mi vida y con la vida de quienes me rodean. Es en este capítulo cuando Llano nos enseña la importancia del saber, adquirir conocimientos es fundamental para tener una existencia digna y cabal, pues la existencia de la vida no está inscrita en el genoma, sino que se va formando.
El saber vivir no es simplemente dejar que la vida pase; aprovechando todo lo que se nos ofrece, todos los placeres de los que podemos disfrutar sin pararnos a pensar si eso nos llena o simplemente es vivir y ya está. Conforme hacemos nuestra vida, creando nuestra propia historia, aprendemos de lo que vemos, de lo que vivimos, de lo que se nos ofrece y de lo que conseguimos por nosotros mismos, mediante nuestras acciones; las buenas y las malas, ya que de todas se aprende para realizarnos como personas buenas y enteras. Hay dos posturas que el hombre puede tomar ante la vida: la primera sería el hombre que simplemente vive, dejando pasar el tiempo, sin pararse a pensar en lo que tiene, sin dar ni golpe; y la otra sería la persona que se organiza, aquella que sabe aprovechar lo que se tiene, la que busca experiencias para poder crecer como persona, la que es consciente de lo que tiene. Al fin y al cabo todos buscamos en este mundo el subsistir ante la vida. El tiempo pasa muy deprisa y cuando menos lo esperamos, nuestro tiempo en esta vida ha terminado. Por eso nosotros somos los que decidimos si ante el tiempo que tenemos, queremos una vida lograda, realizada; o una vida malograda, sin sentido.
Conforme vivimos, aprendemos. La cuestión está en saber actuar, pero con la cabeza, no con el sentimiento; algo que es muy costoso y largo.
Para tener una vida lograda debemos aprenderlo y para esto, debemos hacerlo. Sólo se aprende una cosa o una acción a base de esfuerzo en realizarla y cada vez acercarse más as su semejanza. Si uno no se empeña en ser mejor persona y llevar una vida plena y lograda, por mucho que quiera no podrá tenerla, y tampoco podrá enseñar a otras personas a que sus vidas sean logradas. Si uno sabe vivir, será feliz. Cuando me enseñan algo y lo aprendo, voy mejorándolo poco a poco y cada vez seré más experto en ese campo. Por lo tanto creceré más como persona, me llenaré más y seré más feliz. Una vida que no tiene nada de esto, que no aprende, que se conforma con lo que hay, con lo que se le a dado, será un vida carente de sentido y esa persona será infeliz.
siguiente manera: si para hacer algo necesitamos aprenderlo entonces la única manera de aprenderlo es haciéndolo. La única manera de que yo consiga mi vida lograda consiste en que me empeñe en adquirir esa vida plena que pretendo. Si no intento llevar una vida humanamente digna no tendré ni idea de qué es eso de llevar una existencia verdaderamente cabal.
El saber vivir es un conocimiento práctico que procede de su propio ejercicio. Cuando funciona tengo un mensaje esclarecedor, logro la retroalimentación. El saber adquirido potencia mi capacidad de saber más, porque va surgiendo una connaturalizad entre la vida lograda y el conocimiento que a ella me conduce.
Algunas personas parecen no haber nacido para ser felices, todo les sale bien. Tienen buena salud, guapos, inteligentes, etc. Es como si estuvieran bendecidos. De otros se puede decir lo contrario. “Hay algunos que nacen con estrellas y otros estrellados”. Pero algo tan serio como el logro de la propia vida no puede depender del azar, por lo que no tiene mucho sentido la gran proliferación de los horóscopos, adivinos, incluso los intelectuales acuden a que les echen las cartas. Por tanto el logro de la vida no puede depender de la situación de los astros al nacer, del destino. El logro de la vida no es innato, ni se hereda, está abierto a todos los individuos de la especie humana y siempre se puede recuperar cuando parece perdido.
Todos nos encontramos ante la alternativa de la alegría o de la desgracia y todos estamos en condiciones antropológicas de reinsertar la suerte que corramos en una vida rectamente orientada. Es decir, la ventura no está reservada para unos pocos selectos.
La plenitud vital nos la tenemos que ganar nosotros mismos. Nadie me puede sustituir. Puede ser que otros lo hagan mejor, pero mi plenitud vital solo la puedo alcanzar yo. “Yo sólo busco tu felicidad” es una frase que se repite constantemente entre las personas que se aman. Pero en el fondo la felicidad la tengo que buscar yo mismo. La felicidad no puede ser impuesta. Otro aspecto que se da con frecuencia en nuestra sociedad es que la actuación de las personas es el resultado del entrelazamiento de factores externos y ajenos a mi propia libertad. Pero esto no se corresponde con la realidad. De todos modos también se puede afirmar que el curso de mi existencia viene dado también por lo que hacen quienes me rodean. Para actuar bien debemos de tener en cuenta que constantemente nos suceden cosas que no dependen de nosotros mismo, pero si dependen de nosotros cómo las afrontemos.
El logro de la vida no depende, al menos del todo, de la suerte. Es algo que libremente me he de procurar. Aunque los sucesos y circunstancias perturben mis planes y los condicionen. Es un rendimiento que procede de nuestra intimidad, de la manera como soy yo mismo, y tiene que ver en mi íntimo ser como persona. Conseguir la vida lograda abarca toda mi existencia, no solo algunos aspectos.
Cuando decimos que hemos logrado algo queremos decir que lo hemos conseguido, que es acertado, perfecto o casi perfecto, sin fallos, es decir, que hemos logrado la finalidad que nos proponíamos.
Todos aspiramos a vivir una vida completa, entera, lograda. Aunque no todos lo conseguimos. Algunos lograr su vida y otros la pierden, fracasan en ella. Fracasan en si misma, fracasan como personas. Es decir, puedo realizarme a mi mismo, pero también puedo arruinarme como hombre.
La vida está marcada por la incertidumbre y el riesgo. Una vida malograda es una existencia herida y dispersa que ha perdido el norte y la esperanza de recuperarlo. Por tanto ya no se procurar vivir bien, sino sobrevivir. Es una vida empobrecida, se ha ido vaciando de lo más valioso que podía haber en ella. Esta vida se ha dañado en sus puntos esenciales y no se ha podido poner remedio. La raíz de la cuestión es que me he vuelto contra mi mismo, aunque probablemente haya sido con escasa voluntariedad.
La plenitud externa tampoco posee una índole externa, añadida desde fuera. El triunfo en la existencia procede del ejercicio de la propia libertad. Personas que son autores de sus propias vidas, se lanzan, se arriesgan. Van adquiriendo libremente una riqueza interna que potencia sus propias capacidades de perseguir bienes personalmente relevantes, integrarlos en la vida y afrontar las situaciones adversas.
pueda parecer la calidad de vida moral a la que se ha legado, cabe en todo caso sacar fuerzas y recomponer esa estructura personal tan aparentemente deteriorada. Se trata de detectar el error práctico que ha conducido a ese fracaso y rectificarlo, si es preciso desde su raíz. Mi existencia sólo se puede lograr desde ella misma, porque solo en ella se encuentran los recursos necesarios para acertar y encaminarla correctamente. Acepto libremente mi propio ser , voy descubriendo cuáles son las articulaciones básicas que me permiten construir mi vida sobre bases sólidas. De esta manera las perplejidades se van disolviendo en la medida en que la concepción humana lo permite.
A nosotros nos dan la existencia, pero nuestra propia vida nos la tenemos que inventar. Para edificar mi propia vida o por el contrario arruinarla son necesarios los medios, la acción es el medio principal. La clave de la existencia se encuentra en actuar bien, en las acciones nos las jugamos. De todos modos siempre estamos arriesgando, siempre tienes que decidir. Pero no todas las acciones son vitalmente relevantes. La acción que cuenta verdaderamente cuenta para la edificación dela propia vida es la operación, no la producción.
La explicación a lo anterior consiste en que lo importante no consiste en las cosas que hago sino en lo que hago con mi propia vida y con la vida de quienes me rodean. La clave está en los bienes humanos que trato de realizar e integrar, no tanto en las cosas materiales.
El fin de la producción está fuera de mi cuando actuo. Es una actividad de tipo procesual, implica un movimiento y cesa cuando alcanzo su término. No me realizo a mi mismo, sino que realizo otra cosa.
El fin de la operación permanece en mi. Es una acción que afecta a mi modo de ser, me hago a mi mismo. Es decir, la operación no sólo actúa hacia fuera, sino que me va configurando a mi mismo. No hay proceso ni resultado distinto a mi propia
“Todo hombre tiene un precio”, es el título del segundo capítulo en el que autor expresa su descontento con la sociedad consumista, la cual “está más preocupada en conseguir medios que en cultivar fines”. Con ello se refleja que el dinero no es el fin para conseguir la felicidad sino el medio para ello.
dotado de inteligencia y voluntad; como dice la famosa sentencia aristotélica "es en cierto modo todas las cosas". Si atentamos contra la mujer y el hombre, dañamos, en alguna medida, a la entera realidad.
En la gran batalla por la justicia el triunfo hace tímidamente acto de presencia por el modesto sendero de la generosidad. Con ella expando mi vida, me hago in solidum con los demás. Por mínimas que sean las obras de generosidad su anhelo ha de ser magnánimo. La magnanimidad - grandeza de alma- es una de las virtudes que hoy más se echa en falta.
“Placer y realidad” desbanca la idea de que el goce lleve a la felicidad, pues son las operaciones positivas lo que crean una satisfacción. “Una buena formación del carácter es aquella que consiste en que llegue a gustarme lo bueno y a desagradarme lo malo.”
Como dice Platón, es el bien (y no el gusto) "lo que toda alma persigue y por lo cual hace todo". En el terreno político y cultural, las apariencias bastan, y casi siempre me muevo entre ellas y por ellas. En alguna medida me satisfacen, es el ámbito de lo aceptable, de lo plausible, lo que llenan las páginas de los periódicos y las imágenes de los televisores.
La alegría de vivir hay que buscarla en grupos humanos abiertos y generosos, en los que la gente no está patológicamente preocupada por disfrutar al máximo.
Una buena formación del carácter es aquella que consiste en que llegue a gustarme lo bueno y a desagradarme lo malo, porque entonces será señal de que mi libertad está dejando poso en mi propio cuerpo.
En la medida en que consigo un temple personal puedo decir con los clásicos: tengo, no soy tenido.
El dolor sirve de contrapunto al placer y no es incompatible con la alegría. Un aspecto esencial de la ciencia de la vida -del saber vivir- consiste indudablemente en saber sufrir. Hay que aprender que el dolor purifica.
ético, éste es un concepto técnico.
En el “El logro de la excelencia” nos enseña que si no nos comportamos acuerdo con nuestro modo de ser nos estamos dañando a nosotros mismos. La experiencia, consiste en una actualización correcta de mi naturaleza, en una aprendizaje positivo que implica que obre mejor en un futuro inmediato.
La vida lograda es un empeño que se realiza en primera persona; que no está sometida a reglas de tipo técnico; que requiere reflexión, esfuerzo y creatividad; que aprovecha la experiencia de los demás.
Lo que da significado y proyección a la búsqueda de la excelencia no es otra cosa que el amor.
Sin el ejercicio de la virtudes correspondientes, los bienes se hacen invisibles para quien actúa. Se produce una especie de "ceguera ética".
Para el logro de la excelencia, hay que saber, que ésta no la puede conseguir nadie individualmente, que posee una índole comunitaria.
Una tesis de la ética clásica sostiene que todas las virtudes están conectadas entre sí, e incluso que las poseo todas en el mismo grado. La virtud aislada solo puede ser aparente, porque su ejercicio implica la puesta en práctica de las restantes. Una persona que no es sobria tendría grandes dificultades para ser valiente.
La conexión de las excelencias se establece sobre todo a través de la prudencia. Al obrar correctamente añado una dimensión suplementaria a mi propio ser; soy más, lo cual repercute como potencial adicional en mi obrar posterior.
La actualización correcta de mi naturaleza produce un aprendizaje positivo que potencia mi
Hay que tener en cuenta que la sabiduría, la actitud de la que brota la contemplación, es un hábito y no un acto; por eso se puede tener una disposición estable para la contemplación.
Mi fin humano, allí donde mi vida florece porque está realizando su operación más propia, es en la contemplación de la verdad. Pero no se trata de una actividad puramente intelectual, porque lo que constituye la meta del ser humano es una contemplación de la verdad efectivamente amorosa.
Llanos afirma en el “Arte de amar” que “lo que de verdad me salva de la aflicción y de la desgracia no es el conocimiento: es el amor”. El autor aseguro que para “proponer bienes a otro, el primer requisito es que me olvide de mí”.
Lo que de verdad me salva de la aflicción y de la desgracia no es el conocimiento: es el amor. La clave última de la vida lograda no está en el conocer, sino en el querer; en el amor.
La vida del espíritu se acrecienta cuando se comparte. Lo expresa bien machado:
Moneda que está en la mano tal vez se deba guardar, la monedita del alma se pierde si no se da.
El amor viene a ser como el resumen y el resultado de todas las virtudes.
Desde esta perspectiva se aprecia mejor el sentido de la libertad como liberación de sí mismo, al someterse a quien amo y me ama.
Las vivencias empáticas forman el tejido primordial de la convivencia.
más propio de amor. Dice Leonardo Polo que donar es dar sin perder.
El amor triunfa sobre el escepticismo: es fuerte y exigente. No se reduce al sentimentalismo subjetivo ni a la filantropía anónima.
El milagro profano: la felicidad, como ha dicho Nicolás Grimaldi es el milagro de lo profano.
Ser constante en el amor equivale a ser fiel a uno mismo, a vivir auténticamente. Esta autenticidad se configura como amor y, en definitiva, como felicidad. La autenticidad es amor y fidelidad.