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Dos Contra el fondo de estas «: A E stas experiencias r o suscitar e me propongo citar ahora la cuestión de la violencia en el toser político, No és fácil; lo que Sorel escribió hace sese años, «los problemas de la violcacía siguen siendo Muy oscuros»!, es tan cierto ahora como lo cra enton. s. He mencionado la repugnancia gencral a tratara la violencia como a un fenómeno por derecho propía y debo ahora precisar esta afirmación. Si comen. nos una discusión sobre el fenómeno del podes, des cubrimos pronto que existe un acuerdo entro todo: los teóricos políticos, de la izquierda a la derecha, se. gún el cual la violencia no es sino ad nifestación de poder. «Tod, más flagrante ma la la política es una lucha rel, Reslcctons cm Violesice, «Tacroduction to the Fire: 906), Nueva York, 1961, p. 60 [uta cast pd ds va Editoral, Maárid, 2005). a sones 48 A ——— —————— Dos por el poder; el último género de poder es la violen- cia», ha dicho C, Wright Mills, haciéndose eco de la definición del Estado de Max Weber: «El dominio de los hombres sobre los hombres basado en los medios do-la-vial Jegitimada, es decir, supuestamente legitimada»? Esta coinc dencia resulta muy extraña, . porque equiparar el poder político con «la organiza- ción de la violencia» sólo tiene sentido si uno acepta la idea marxista del Estado como instrumento de opre- sión de la clase dominante, Vamos por eso a estudiar a los autores que no creen que el cuerpo político, sus le- yes e instinuciones, sean simplemente superestruc- turas coactivas, manifestaciones secundarias de fuer- zas subyacentes. Vamos a estudiar, por ejemplo, a ertrand de Jouvenel, enyo libro Sobre el poder es qui 24 el más prestigióso y, en cualquier caso, el más inte- resante de los tratados recientes sobre el tema. «Para quien —cscribe- contempla el desplicgue de las épo- cas, la guerra se presenta a sí misma como una activi: dad de los Estados “que pertenece a su esencia”. Esto puede inducimos a preguntar si el final de la ac- tividad bélica significaría cl nal de los Estados. ¿Áca- 2. be Power Elite, Nueva York, 1936, p. meros párrafos de Politics as a Vocaiton sido consciente de su coincidencia con la izquierda, Cita en este con- texto la observación de Trotsky co Bresi-Litovsky: ¿Todo Estado está basado en la violencia», y añade: «Fate es desde luego cie PLiistory af lts Grove Los lr: historia nat de su crecio No Sobre la violencia ruearía la desaparición de la violencia, en las relacio nes entre los Estados, el final del poder? La respuesta, parece, dependerá de lo que entenda- mos por poder. Y el poder resulta ser un instrumento de mando mientras que el mando, nos han dicho, debe su existencia «al instinto de dominación»". Re. cordamos inmediatamente lo que Sartre afirmaba so bre la violencia cuando leemos en Jouvenel que «un hombre se siente más hombre cuando se impone a sí Mismo y convierte a otros en inserumentos de su vo- luntad», lo que le proporciona «incomparable pla- Sen». «El poder —decía Voltaire— consiste cn hacer que otros actúen como yo decida»; es stá presente cuan- de yo tengo la posibilidad «de afirmar mi propia vo- Juntad contra la resistencia» de los demás, dice Max Weber, recordándonos la definición de Clausewitz de” guerra como «un acto de violencia para obligar oponente a hacer lo que queremos que haga», El tér. mino, como ha dicho Strausz-upé, significa «el po- der del hombre sobre el hombre». Volviendo a Jouve- nel, es «mandar y ser obedecido; sin lo cual ño hay poder, y no precisa de ningún otro atributo para exis La cosa sin la cual no puede ser: que la esencia 4. Ibidem, p. 93 5. Toídem, p. bedeurer | cigenen Willen auch :da de Strausz-Tupé, Dos es el mando». Si la esencia del poder es la eficacia del mando, entonces no hay poder más grande que el que emana del cañón de un arma, y sería difícil decir en «qué forma difiere la orden dada por un po de la orden dada por un pistolero». (Son citas de la impor nte obra The Notion of the State, de Alexandre Pas- serin d'Entréves, el único autor que yo conozco que es consciente de la importancia de la distinción entre violencia y poder. «Tenemos que decidir si, y en qué sentido, puede el “poder” distinguirse de la “fuerza” para averiguar cómo el hecho de utilizar la fuerza con- sme a la ley cambia la calidad de la fuerza en sí mis ma y nos presenta una imagen enteramente diferente de las relaciones humanas», dado que la «fuerza, por el simple hecho de ser calificada, deja de ser fuerza». Pero ni siquiera esta distinción, con mucho la más compleja y meditada de las que caben hallarse sobre el tema, alcanza a la raíz del tema. il poder, en el con- cepto de Passerin d'Entrévos, es una fuerza «califica- da» o «institucionalizada». En otras palabras, mien- 7. Escajo mis ejemplos al azar dado que difícilmente importa el autor que se elija. Sólo ocasionalmene se puede escuchar una voz que die RM. Melver declara: «El poder eoactivo es wn cri.erio del )mstituje su esencia [...] Ls cierto que no existe Es ray una fuesza abrumadora [..] Pero el ejercicio de ace un Estado» (en L£e Modera State, Londres, 1926, Puede advertirse cuán fuerte es esta tradición en los Ísrentos ce Roussean para escapar a ella, Buscando un pobiemo de no Esfasis puesto ea le obediencia, y por ello en el mando, permancec inaltezado. si Sobre la violencia minación y de una innata agresividad del animal hu- mano fueron precedidos por geclaraciones filosóficas s. Según John Stuart Mill, «la primera lección de civilización Les] la de la obediencia», y él habla de «los dos estados «le inélinac: ados d es f:Junaos el deseo de ejercer ¡poder sobre lás demás; la.oie [ Al la aversión a que el poder sea ejercido sobreino mis. Ino» ", Si confiáramos en muestras propiasexperien- las Súbre estas cuestiones, deberíamos saber que el to de sumisión, un ardiente desco de obedecer y de ser dominado por un hombre fuerte, es por lo me- nos tan prominente en la psicología humana como el deseo de poder, y, políticamente, resulta quizá más re- levanto. El antiguo adagio «cuán apto es para mandar quien puede tan bien obedecer», que en diferentes versionos ha sico conocido en todos los siglos y en to- das las naciones", puede denotar una verdad psico- lógica: la de que la voluntad de poder y la voluntad de sumisión se “hallan interconectadas. La «pronta sumisión a la tiranía», por emplealtña vez más las pa- labras de Mill, no está en manera alguna siempre cau- sada por una «extremada pasividad». Recíprocamen- te, una fuerte aversión a obedecer 2 menudo por una aversión igual ene acompaña! nente fuerte a domi ons on Kepre tarive Goserrment (1861), Liberal seo! z0bterno 11. John M, Wallace, D Marvell, Cambridge, 1965, pp. 88-89, Debo esta re! bilidad de Gregory Desjardins. -rencia a la arma- Dos a mandar. Históricamente hablando, la antigua a z institución de la economía de la esclavitud sería incx- plicable sobre la base de la psicología de Mill. Su fin expreso era liberar a los ciudadanos de la carga de los asuntos domésticos y permitirles pa ar en la vida pública de la comunidad, donde todos eran iguales; sí fuera cierto que nada es más agradable que dar órde- nes y dominar a otros, cada dueño de una casa jamás habría abandonado su hogar. Sin embargo, existe otra tradición y rio, no menos antiguos y no menos acreditados por el tiempo. Cuando la Ciudad-Estado ateniense llamó a su constitución una isonomía o cuando los romanos hablaban de la cívitas como de su forma de gobierno, pensaban en un concepto del poder y de la ley cuya esencia no se basaba en la relación mando-obediencia. Hacia estos ejemplos se volvieron los hombres de las revoluciones del siglo XVI cuando escudriñaron los archivos de la antigúcdad y constituyeron una forma de gobierno, una república, en la que el dominio de la ley. basándosé en el poder del pueblo, pondría fin al y otro vocabula- dominio del hombre sobre el hombre, al'que-consí- deraron un «gobierno adecuado para esclavos», Tam- bién ellos, TEE continuaron hablando las leyes en vez dex los de obediencia; o obediencia a Í, hombres; pero lo que querían signi el apoyo a as leyes a las que la ciudadanía había otor- gado su consentimiento”. Semejante apoyo nunca es