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Asignatura: Movimiento Literarios y Análisis de Textos en Prensa, Profesor: Grupo R, Carrera: Periodismo, Universidad: UCM
Tipo: Apuntes
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Selección, prólogo y notas Xavier Fähndrich Richon
Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados.
Edición no venal. Diciembre de 2002.
ª de la edición: Estrategia Local, S.A. ª del prólogo y notas: Xavier Fähndrich Richon Transcripción del texto: Victoria Gándara Martínez Diseño y maquetación: Frédéric Wolf Montes Impreso en: Alsograf, S.A. Depósito Legal: B-29.009-
Estrategia Local, S.A. Plaça de Castella, 3, 1er. 08001 Barcelona
La obra periodística de Mariano José de Larra sigue teniendo una gran vigencia a pesar de tener más de 160 años. Aunque la mayoría de sus artículos son conocidos y están sobradamen- te divulgados, este volumen presenta una selec- ción de aquellos que a pesar del paso del tiempo siguen siendo de tremenda actualidad, desde el punto de vista del arte de gobernar y de las cau- sas que convierten a éste en una función ardua y compleja para los responsables de la cosa públi- ca.
El objetivo principal de nuestra colección es la divulgación de nuestros clásicos sobre gobier- no y gestión pública. La prolífica obra de Larra
y su compromiso con las nacientes ideas libera- les y de progreso permiten encontrar en sus artí- culos finas observaciones del ayer que invitan a reflexionar sobre la gestión pública de hoy.
“Vuelva usted mañana y otros artículos políti- cos” reúne 7 de los artículos menos conocidos de Larra (a excepción tal vez del que da título a la obra). La selección obedece criterios de actualidad, de proximidad, y de relación con temas de gestión pública, especialmente en el ámbito local. No se han tenido en cuenta otros criterios, como la calidad literaria o de valor histórico de los artículos, ya que éste no es ni el proceder ni la finalidad de esta colección.
Esta edición presenta la versión íntegra de los artículos y ha respetado totalmente la ortografía y sintaxis del autor. Las notas que acompañan al texto original son breves invitaciones al debate y a la reflexión sobre algunos retos de la gestión pública del siglo XXI que ya fueron objeto de interés periodístico e intelectual en el siglo XIX.
Mariano José de Larra fue un romántico. Su vida es una copia casi exacta de la imagen tópi- ca de los escritores y poetas románticos: un alma angustiada por su extrema sensibilidad y lucidez frente a un mundo hostil que obliga a llevar una existencia monótona, lejos de una vida ideal soñada como la perfecta armonía del individuo y la sociedad. La insatisfacción produ- cida por el choque entre el mundo deseado y la realidad está presente en la vida y obra de Larra. No obstante, este talante romántico que influyó patente en su actitud vital y su obra lite- raria, aparece más atenuado en su trabajo periodístico (a excepción tal vez de sus dos últi- mos artículos: El Día de difuntos y La Nochebuena). Como periodista, Larra es toda- vía un hijo y seguidor de la ilustración y de los enciclopedistas franceses. Sus artículos son fruto de la observación directa, de la formula- ción de leyes y modelos para explicar la reali- dad, así como de la voluntad reformista y modernizadora de la sociedad.
Mariano José de Larra fue un político liberal. Sus escritos periodísticos están elaborados a
partir de una profunda convicción política en defensa de la libertad, los derechos individuales y el progreso. Su temperamento apasionado, su espíritu crítico y su compromiso con los princi- pios de la verdad y la razón hicieron que siem- pre se encontrara en la oposición, incluso en aquellos períodos con gobiernos liberales. Larra no soportaba la dejadez, la necedad, la falta de civismo, la incultura, la holgazanería... y tantos otros vicios que describió e intentó combatir tanto a través de su actividad intelectual como desde la política. Llegó a ser elegido diputado por Ávila en 1836 en las filas del partido pro- gresista, pero el Motín de la Granja acabó con su carrera política a los pocos meses.
Entre 1836 y 1837, Larra cosechó una serie de fuertes desengaños. En poco más de un año, a su creciente desilusión intelectual tuvo que sumar la muerte de su mejor amigo, el fracaso liberal y la ruptura con su amante. Éste último golpe fue la gota que colmó el vaso y provocó su suicidio. Tenía 28 años. La muralla que Larra creó a través de su alter ego Fígaro –su pseudó- nimo preferido- se redujo a cero. Su personaje de periodista cínico y burlón, que durante un
bres es un intento real de despertar las concien- cias de sus compatriotas frente a los obstáculos que suponen para el advenimiento de una socie- dad más culta, más justa y más libre. Los escri- tos periodísticos de Larra defienden personas, actitudes e ideas liberales en una sociedad del Antiguo Régimen todavía muy apegada a la tra- dición, a la religión y a las costumbres. Eso le valió más de un problema con la censura.
Vuelva Usted mañana es tal vez el artículo más conocido y citado de Larra. La crítica que en él se hace de la holgazanería y la falta de civismo coincide con la percepción actual de muchos ciudadanos de cómo funcionan las cosas en nuestro país. Encontramos la misma agudeza, mordacidad y actualidad en el resto de artículos seleccionados: El ministerial, Quién es el público y dónde se le encuentra, Jardines Públicos, Los calaveras, La diligencia y En este país.
conserva tan intacto como nuestra ruina; en el segundo vienen temblando por esos caminos, y preguntan si son los ladrones que los han de des- pojar los individuos de algún cuerpo de guardia establecido precisamente para defenderlos de los azares de un camino, comunes a todos los paí- ses. Verdad es que nuestro país no es de aquellos que se conocen a primera ni segunda vista, y si no temiéramos que nos llamasen atrevidos, lo compararíamos de buena gana a esos juegos de manos sorprendentes e inescrutables para el que ignora su artificio, que estribando en una grandí- sima bagatela, suelen, después de sabidos dejar asombrado de su poca perspicacia al mismo que se devanó los sesos por buscarles causas extrañas. Muchas veces la falta de una causa determinante en las cosas nos hace creer que debe de haberlas profundas para mantenerlas al abrigo de nuestra penetración. Tal es el orgullo del hombre, que más quiere declarar en alta voz que las cosas son incomprensibles cuando no las comprende él, que confesar que el ignorarlas puede depender de su torpeza. Esto no obstante, como quiera que entre
nosotros mismos se hallen muchos en esta igno- rancia de los verdaderos resortes que nos mue- ven, no tendremos derecho para extrañar que los extranjeros no las puedan tan fácilmente pene- trar. Un extranjero de éstos fue el que se pre- sento en mi casa, provisto de competentes cartas de recomendación para mi persona. Asuntos intrincados de familia, reclamaciones futuras, y aún proyectos vastos concebidos en París de invertir aquí sus cuantiosos caudales en tal cual especulación industrial o mercantil, eran los motivos que a nuestra patria le conducían. Acostumbrado a la actividad en que viven nuestros vecinos, me aseguró formalmente que pensaba permanecer aquí muy poco tiempo, sobre todo si no encontraba pronto objeto seguro en que invertir su capital. Parecióme el extranje- ro digno de alguna consideración, trabé presto amistad con él y lleno de lástima traté de persua- dirle a que se volviese a su casa cuanto antes, siempre que seriamente trajese otro fin que no fuese el de pasearse. Admiróle la proposición, y fue preciso explicarme más claro. «Mirad, le dije Mr. Sans-délai, que así se llamaba; vos
logró sofocar mi inoportuna jovialidad, no fue bastante a impedir que se asomase a mis labios una suave sonrisa de asombro y de lástima que sus planes ejecutivos me sacaban al rostro, mal de mi grado. «Permitidme, Mr. Sans-délai, le dije entre socarrón y formal, permitidme que os convide a comer para el día en que llevéis quin- ce meses de estancia en Madrid. —¿Cómo? — Dentro de quince meses estáis aquí todavía. —¿Os burláis? —No por cierto. —¿No me podré marchar cuando quiera? ¡Cierto que la idea es graciosa! —Sabed que no estáis en vues- tro país activo y trabajador. — ¡Oh!, los españo- les que han viajado por el extranjero han adqui- rido la costumbre de hablar mal de su país por hacerse superiores a sus compatriotas. —Os ase- guro que en los quince días con que contáis no habréis podido hablar siquiera a una sola de las personas cuya cooperación necesitáis. — ¡Hipérboles! Yo les comunicaré a todos mi actividad. —Todos os comunicarán su inercia.» Conocí que no estaba el señor de Sans- délai muy dispuesto a dejarse convencer sino por la experiencia, y callé por entonces, bien seguro de que no tardarían mucho los hechos en
hablar por mí. Amaneció el día siguiente, y salimos entrambos a buscar un genealogista, lo cual sólo se pudo hacer preguntando de amigo en amigo y de conocido en conocido: encontrámosle por fin, y el buen señor, aturdido de ver nuestra precipi- tación, declaró francamente que necesitaba tomarse algún tiempo; instósele, y por mucho favor nos dijo definitivamente que nos diéramos una vuelta por allí dentro de unos días. Sonreíme y marchámonos. Pasaron tres días; fuimos. «Vuelva usted mañana, nos respondió la criada, porque el señor no se ha levantado todavía. — Vuelva usted mañana, nos dijo al siguiente día, porque el amo acaba de salir. —Vuelva usted mañana, nos respondió el otro, porque el amo está durmiendo la siesta. —Vuelva usted maña- na, nos respondió el lunes siguiente, porque hoy ha ido a los toros.» ¿Qué día, a qué hora se ve a un español? Vímosle por fin, y «Vuelva usted mañana, nos dijo porque se me ha olvidado. Vuelva usted mañana, porque no está en lim- pio.» A los quince días ya estuvo; pero mi amigo le había pedido una noticia del apellido Díez, y él había entendido Díaz, y la noticia no servía.