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Asignatura: Geografia del Turismo en España, Profesor: antonio bermejo, Carrera: Administració i Direcció d'Empreses, Universidad: UV
Tipo: Apuntes
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Muchos son los puntos oscuros en la biografía de William Shakespeare. Hijo de un próspero comerciante, nació en 1564 en Strafford-on-Avon. Debió de hacer estudios en la escuela de su ciudad natal, pero parece que su padre lo sacó de ella para colocarlo de aprendiz. Sabemos seguro que se casó a los dieciocho años y que tuvo varios hijos. Diez años más tarde (en 1592), lo encontramos en Londres cosechando sus primeros triunfos como actor y autor. Se dice –pero nada es seguro– que se había escapado a la capital, donde comenzó guardando los caballos a la puerta de los teatros, para hacerse luego actor y comenzar su obra defendiendo dramas de otros autores.
Debió de pertenecer a varias compañías, antes de entrar en la protegida por el lord Chambelán. A partir de entonces, comienza su éxito y su fortuna. Pronto posee su propia compañía, que se instala en el Teatro del Globo a partir de 1599.
En aquellos años, partiendo de los géneros usuales del “teatro isabelino”, Shakespeare ha ido enriqueciendo su arte en más de una docena de obras de diverso tipo, con predominio de las piezas históricas y de la comedia, elevada esta a calidades eminentes como en La fierecilla domada o El sueño de un noche de verano. En conjunto, lo que domina en su producción hasta 1600, y salvo alguna muestra trágica (como Romeo y Julieta), es un tono risueño.
A partir de 1600, su obra se hace más grave. Vienen sus comedias llamadas “sombrías” (por ejemplo, A buen fin no hay mal principio), a la vez que Julio César o Hamlet (1602) preludian resueltamente su época de las grandes tragedias: Otelo, El rey Lear, Macbeth... ¿Se debe este período a amarguras personales, a alguna honda crisis? Bien pudo ser, pero, desgraciadamente, nada sabemos de su vida íntima de aquellos años (1602-1607). En todo caso, esta evolución resulta coherente con la índole de los tiempos (el paso del reinado de Isabel al de Jacobo I, años difíciles) y con un consiguiente giro en los gustos del público. También es posible, simplemente, que Shakespeare se considerara llegado a una madurez capaz de emprender las más altas empresa dramáticas.
Pero, en 1608, la “etapa sombría” termina; vuelve a la comedia, al final feliz. Sus últimas obras respiran una grandiosa serenidad y una paz superior que culmina con La tempestad (1611).
Shakespeare se retira entonces y pasa sus últimos años en su ciudad natal, en donde le llega la muerte el día en que había de cumplir cincuenta y dos años (el 23 de abril de 1616). Ese mismo día muere en España Cervantes.
Shakespeare no es só1o un gran dramaturgo, sino también uno de los más grandes poetas líricos y narrativos ingleses. No hemos de detenernos, sin embargo, en este sector de su producción: nos limitaremos a citar su largo poema Venus y Adonis (inspirado en Ovidio y muy del gusto de la época), y a destacar que sus sonetos – más de ciento cincuenta – figuran entre lo más hermoso de la lengua inglesa y suponen una de las cimas de la poesía amorosa de todos los tiempos.
Su obra dramática se compone de treinta y siete piezas, entre tragedias, comedias y dramas; producción escasa, si se compara con la de algunos dramaturgos coetáneos españoles. Pero la limitación en cantidad le hizo ganar en intensidad dramática y en perfección poética. En los apartados siguientes examinaremos los aspectos de contenido de cada uno de los géneros que cultivó. En este, aludiremos a los principales rasgos formales de su construcción teatral.
El sistema dramático de Shakespeare desborda totalmente los moldes y reglas del arte clásico (su única coincidencia con él es mantener los cinco actos del modelo clásico). En efecto, no encontraremos en su obra ni unidades ni uniformidad de estilo; las formas métricas serán variadas, e incluso se mezclarán la prosa con el verso en una misma obra.
Interesa insistir, especialmente, en la mezcla de lo trágico con lo cómico , con un aspecto particular: la utilización del “clown” por Shakespeare. Las compañías inglesas de la época contaban con un actor cómico así llamado, que representaba el papel de gracioso o el de fool (loco y bufón). Pues bien, el genio de Shakespeare elevó este papel a una altura insospechada: en sus “gracias” llegará a encerrar sentencias de singular hondura filosófica, dentro de una visión cínica y desengañada de la vida. Así podría verse en El rey Lear, donde el bufón desempeña una función importantísima. En Hamlet, veremos a dos clowns (los famosos sepultureros); pero el mismo Hamlet, al fingir la locura, no hace sino asimilar el papel del clown o fool y alzarlo a un nivel superior.
Esta inclusión de una veta cómica hasta en las más estremecedoras tragedias es la base de lo que se ha llamado el comic relief, un contrapunto cómico que realza los temas y episodios más graves, oponiéndoles como un espejo irónico o deformante. Esta faceta, tan alejada de la “pureza” clásica, constituye, sin duda, una de las aportaciones más originales de Shakespeare.
Partió Shakespeare de una fórmula ya consagrada: la comedia novelesca y de enredo, de raíces terencianas e italianas. Nos encontraremos, pues, con intrigas amorosas que se entrecruzan, salpicadas de dificultades, de celos, de malentendidos provocados por parecidos entre personajes o por disfraces, etc.
Pero el genio de Shakespeare enriquece tal materia, convencional en principio, dándole una inconfundible hondura humana. Los tipos estereotipados,
–como en el historiador latino– el enfoque es predominantemente moral. Julio César, una de sus obras más vivas, es una meditación sobre la tiranía; el personaje verdaderamente trágico es Bruto, un “idealista puro”, casi diríamos un “intelectual”, lanzado a pesar suyo a la acción por imperativos morales de justicia.
Aparte de las que ya hemos citado entre los dramas (insistamos en que la frontera entre dramas y tragedias es difícil de establecer aquí), sabemos que Shakespeare había cultivado ya en su primera época este género, del que es muestra famosa Romeo y Julieta. Y luego, preludiada por Hamlet, vendría la época de la madurez trágica, con Otelo, El rey Lear, Macbeth y alguna más.
De Hamlet, sin duda su obra más famosa, si no la más perfecta, nos hemos de ocupar especialmente. Demos breve noticia de los demás títulos.
Romeo y Julieta (1597) se inspira en una historia italiana, aunque con el probable influjo de La Celestina (traducida al inglés desde 1530). Sus protagonistas, amantes por encima de la implacable enemistad entre sus familias, han traspasado todas las épocas como modelos de un amor juvenil que salta por encima de convenciones y barreras y sucumbe como consecuencia de aquellas.
Otelo (1604), basado en una “novella” italiana (de Cinthio), es la tragedia de los celos. El protagonista, hombre de natural violento, se ve arrastrado por las sospechas que hace nacer en él Yago. Piedad suscitan tanto Desdémona, la víctima inocente, como el ofuscado Otelo. Pero, sin duda, la máxima creación de la obra es Yago: resentido, de una habilidad diabólica para manipular a los demás personajes; él es el verdadero motor de la tragedia.
El rey Lear (1604-1605), basado en una leyenda céltica, es el drama de la ingratitud filial. Lear, vilipendiado y abandonado por sus dos herederas, se ve arrastrado a la desesperación, la locura y la muerte, sin que pueda impedirlo el tierno amor de su tercera hija, a la que él había desheredado. Pero en su compleja trama, aquel tema inicial se ensancha en los más intensos enfrentamientos entre fidelidad y deslealtad, amor y odio, pureza y degradación; en suma, un enfrentamiento entre el Bien y el Mal en que éste alcanza toda su fuerza destructora (y autodestructora). La intensidad de la tragedia, que raya con lo insostenible, supone la más alta cima, sin duda, del teatro shakespeariano.
Macbeth (1606?) desarrolla un suceso de la historia de Escocia. Lady Macbeth, impulsando a su marido al asesinato del rey Duncan, se ha convertido en paradigma de la funesta ambición, destructora y autodestructora. Toda la tragedia está traspasada por el horror: horror del crimen, horror de los remordimientos, horror del desenlace; y todo rodeado por un ambiente estremecedor.
Profundamente inserto en el ambiente teatral de su tiempo, Shakespeare logró, sin embargo, transformar y marcar con su potente genio los géneros y materias que tocó.
Alzó a una insuperable dignidad géneros populares que tenían mucho de convencional. Si los asuntos de sus obras no son, en principio, originales (pues están tomados de crónicas medievales, de relatos italianos o de dramas anteriores), él les dio, en su tratamiento, una profundidad y un sentido nuevos, universales.
Su hondo conocimiento del corazón humano le permitió pulsar las más variadas cuerdas de la emoción y conectar con la diversa sensibilidad del más amplio público, y esto en todos los tiempos y lugares.
Pero, por encima de todo, Shakespeare es el gran troquelador de prototipos universales de una pasión o de un carácter. Así, Otelo quedó para siempre como encarnación de los celos; Macbeth, de la ambición; Hamlet, de la duda paralizadora; Romeo y Julieta, del amor juvenil desgraciado... Pero, a la vez –y he aquí lo asombroso–, son personas vivas, de carne y hueso. Y esto no sólo es válido para sus grandes héroes, sino también para los personajes secundarios.
La tragedia de Hamlet, príncipe de Dinamarca (compuesta hacia 1601) se basa en una leyenda nórdica transmitida por viejas crónicas y sagas, hasta llegar a obras que Shakespeare conoció (como las Histoires tragiques, 1580, del francés F. Belleforest). Y hay referencias de un Hamlet no conservado, atribuido a Thomas Kyd.
La obra se inscribe en un género típico del teatro isabelino: la tragedia de la venganza. Se tratará, en efecto, de la exigencia que se le presenta al protagonista de vengar la muerte de su padre. De las convenciones del género tomó Shakespeare los elementos esenciales; pero, una vez más, los reelaboró con su genio portentoso, alcanzando cimas –u honduras– inolvidables.
Ante todo, la originalidad no estará en la acción, sino en los personajes. El drama se interioriza : lo que más nos interesa es lo que pasa por dentro de Hamlet (sin que dejen de pasar cosas “por fuera”). Son sus dudas, sus vacilaciones y su angustia lo que estará en el centro de la tragedia. Por eso dedicaremos enseguida un apartado especial al protagonista.
Pero, antes, citemos otros componentes temáticos que se entrelazan con el tema central:
Anticipemos algunas ideas sobre otros actores del drama.
La madre , Gertrudis, y el nuevo rey , Claudio, son los responsables del crimen y, por tanto, de la fuente o desencadenante de la tragedia. Ella representa la infidelidad, pero llegará a cargarse de un desgarrador patetismo (final del acto III). Claudio encarna plenamente la ambición y la perfidia; es capaz de todo para eliminar los obstáculos o las amenazas (hasta hacer matar a Hamlet) ; también le torturan las inquietudes, pero es incapaz de arrepentimiento, aunque lo desea patéticamente (acto III, esc. 3ª).
En un plano muy distinto está Ofelia , con su delicadeza, su dulzura, su lirismo. Es por excelencia el personaje puro (frente a tanta degradación) ; es la encarnación del amor (frente a los odios). Y será víctima del mecanismo desatado por la inquietud, a la vez que su locura –locura real ahora– y su muerte darán un impulso decisivo a las fuerzas que conducen a la catástrofe en la que su hermano desempeñará un papel fundamental.
Laertes , por su parte, es el hijo fiel y el hermano a quien el destino otorga también el papel de vengador (vengador contra vengador). De carácter fogoso y cegado por el dolor y la furia, será fácilmente arrastrado a la complicidad con el rey. Pero, al final, vencerá lo que en él hay de noble, aunque demasiado tarde.
En todos estos casos, se trata de criaturas vivas, dotadas de espesor humano, de rasgos individualizadores, en lo que se muestra la fuerza de Shakespeare para animar a sus personajes.
De menor relieve serán otras figuras. En polos opuestos estarán Horacio , el fiel amigo, y los arteros Rosencrantz y Guildenstern. Aunque episódicos, serán inolvidables los dos sepultureros. Y Polonio , ridículo como algún otro personaje, introduce el típico “contrapunto cómico”. El papel de todos ellos, y de otros como Fortimbrás , se precisará en la lectura.
Antes nos hemos referido a la concepción de la vida del protagonista. Conviene insistir en la carga de ideas que ofrece la obra.
Hay una “filosofía” o visión del mundo que va desgranándose en frases subrayables a lo largo de la obra y que halla expresiones imborrables en algunos pasajes que destacaremos en la guía de lectura.
He aquí las ideas principales. El mundo es un caos sin sentido, dominado por las pasiones y los engaños. Los hombres intentan vanamente ser felices; son “pobres juguetes de la Naturaleza”, arrastrados por fuerzas que los desbordan. El tiempo lo destruye todo a su paso: belleza, afectos... Y así, la vida está marcada
por la caducidad y la inconsistencia. La muerte– omnipresente en toda la obra– sería deseable, pero el más allá parece terriblemente incierto.
Advirtamos que es arriesgado atribuirle a Shakespeare esta concepción de la vida: son las ideas de su protagonista; por tanto, no deben considerarse sino como elementos integrantes de la “atmósfera” dramática de la obra. Lo cierto, sin embargo, es que nos ponen ante una concepción desengañada de la vida que se corresponde muy bien con aquella época incierta (y que anticipa, para nosotros, lo que será la concepción de ciertos escritores barrocos).
En cualquier caso, Hamlet es considerado como el prototipo del drama de ideas. Pero debe subrayarse que las ideas aparecen aquí perfectamente encarnadas en los personajes y en la acción. Y se trata, por lo demás, de una obra de acción densa como reflejará un esquema de su desarrollo.
Será útil tener presente desde ahora un esquema del contenido de los cinco actos de que consta la obra. Advirtamos, sin embargo, que la división en actos y escenas no se debe a Shakespeare, sino a sus editores. Tal división se hizo pensando en la que establecían ciertos preceptistas. El desarrollo de la obra coincide en parte y, en parte, desborda tal estructura, así como otros postulados de la preceptiva clásica. Dejando los detalles para su momento, he aquí un sucinto cuadro.
Acto I. Corresponde fielmente al planteamiento:
Aspecto central es la aparición de la Sombra del padre y la revelación de su asesinato. Otros aspectos son la boda de la madre y Claudio, o la cuestión de Noruega (Fortimbrás), pero destaca el tema del amor de Hamlet y Ofelia, de lo que se habla en una escena que divide este acto en dos.
Acto II. Es, en cierto, modo, un "puente" entre el I y el III.
El elemento dominante es la "locura" de Hamlet. Con la aparición de los comediantes, se prepara la representación teatral que ocupará un puesto esencial del acto III.
Acto III. Constituye, en buena medida, un clímax.
Su centro es la representación teatral: la reacción del rey confirma su culpabilidad. Otro momento "fuerte" es el diálogo de Hamlet con su madre. En esa escena, Hamlet mata a Polonio, creyendo que era el rey. Antes ha habido otros momentos importantes: el famoso monólogo, el diálogo entre Hamlet y Ofelia, la ocasión desaprovechada de realizar la venganza...
interesa el encadenamiento de las acciones, pero no su exacto desarrollo cronológico. Incluso es difícil “encajar” ciertas acciones en el tiempo: mientras algunas –las principales– se suceden con aparente rapidez, otros personajes hacen largos viajes (y hasta una guerra en Polonia...). Téngase en cuenta, en especial, al estudiar los actos IV y V.
Si, en muchos aspectos, Shakespeare se sale de los moldes de la tragedia “clásica”, en otros su obra responde a las más puras raíces de la tragedia. Veamos rasgos de lo uno y lo otro.
El destino o la fatalidad (la ananké de los griegos, el fatum de los romanos) tiene un peso abrumador en la obra. “El destino me llama a voces”, dice Hamlet en el acto I. Y ya hemos aludido al encadenamiento inexorable de causas y efectos que arrastran al protagonista. Una manifestación de este tema es el papel que desempeñan los augurios funestos (desde el comienzo) y otros presagios de la catástrofe, hasta los angustiosos presentimientos de Hamlet cerca ya del final (acto V, esc. 3ª).
También hallaremos en la obra el característico pathos trágico: el hondo patetismo y el sufrimiento que marca al mundo humano de Hamlet y que, como sabemos, alcanza proporciones angustiosas en el protagonista. En nombre de ese pathos, Shakespeare no retrocedía ante lo que los autores neoclásicos (no así los griegos) considerarían “excesos” (p.e., la acumulación de muertes). Pero ya señalamos que el teatro isabelino se orientaba a sacudir la sensibilidad de un público acostumbrado a espectáculos fuertes y hasta truculentos, a la violencia y a la sangre.
Tampoco se evita –en nombre de la “verosimilitud”– la presencia de lo sobrenatural ( o “lo maravilloso”). No hará falta señalar el papel de la Sombra, o espectro del rey asesinado.
En franca oposición con la preceptiva clásica está, como se sabe, la presencia de elementos cómicos. Es el llamado comic relief (literalmente, “respiro o alivio cómico”), que constituye un original contrapunto de la acción trágica. Concierne esta veta cómica a ciertos personajes ridículos (Polonio, p.e.); mayor alcance adquiere con los dos sepultureros (dos clowns), que se enfrentan con los temas más graves como oponiéndoles un espejo deformante, irónico.
Pero donde esta veta humorística cobra una dimensión asombrosa es precisamente en la locura de Hamlet. Él mismo dice en cierto momento que desempeña el papel de bufón, con lo que dicho papel –ya lo apuntamos– queda elevado a una superior altura. Y con ello se da entrada a ese humor amargo, con perfiles de sátira desengañada, que constituye la máxima expresión de la convivencia entre lo trágico y lo cómico.
Aparte lo señalado sobre el arte de la construcción dramática y el diseño de personajes, hemos de atender al puro arte de la palabra en el diálogo (y en los monólogos).
En los diálogos , se apreciará la variedad de registros que Shakespeare utiliza (desbordando, una vez más, el ideal clásico de la “unidad de estilo”). El lenguaje más solemne alternará con el familiar y hasta con el crudo exabrupto.
Es notable la variedad de tonos que puede observarse en la expresión de los sentimientos : desde la máxima intensidad (en ciertas manifestaciones del odio o de la amargura) a la mayor delicadeza (pensemos en Ofelia, por ejemplo).
Volvamos a aludir a la convivencia del tono cómico con el trágico. Y nunca se pondrá bastante de relieve, en las expresiones de la locura (la fingida de Hamlet y la real de Ofelia), lo que podríamos llamar una poética del absurdo, de una originalidad tal que se anticipa al irracionalismo poético de nuestro siglo.
Subrayemos también el arte del monólogo. Los monólogos aparecen situados certeramente en el desarrollo dramático. Sin olvidar el soliloquio del rey (III, III), merecerán toda nuestra atención los varios monólogos de Hamlet: el del acto III (Ser o no ser...) es uno de los grandes momentos de la dramaturgia universal.
En conjunto, cabe señalar dos grandes vectores en el arte de la palabra que resplandece en la obra: la profundidad de pensamiento y la belleza de la expresión. Lo primero –relacionado con lo dicho sobre la “filosofía” de Hamlet– se manifiesta en troquelaciones famosas: se dice que Hamlet es la obra que más citas ha proporcionado a los ingleses; en ella abundan, en efecto, frases lapidarias, como máximas o aforismos, que se irán subrayando en la lectura.
Ello es inseparable de la belleza de la expresión. El lirismo está omnipresente: los parlamentos aparecen continuamente esmaltados con las más deslumbrantes imágenes. Es inagotable la capacidad creadora de ese gran poeta que es Shakespeare.
Hay una frase de Horacio que, con otra traducción, se convirtió en proverbial: "Algo huele a podrido en Dinamarca." ¿Con qué sentido figurado o en qué ocasiones cabe usarla?
¿De qué diferente modo se refiere el espectro al tío y a la madre de Hamlet? Primera reacción de éste: intensidad de sus palabras. Sigue un dialogo de Hamlet con sus amigos. Lo primero que se advierte es el cambio de tono; o, mejor, los cambios (véase cómo pasa del humor absurdo a lo serio). ¿Cómo explicarlo? Nótese, de paso, que Hamlet anuncia su fingimiento de la locura. Importante: las palabras con que termina el acto ("¡El mundo está fuera de quicio!", etc.) dan al crimen cometido una dimensión tremenda. ¿Qué alcance da Hamlet a la misión que le ha deparado el destino? No dejemos pasar por alto otra frase célebre de Hamlet a Horacio: "Hay algo más en el cielo y la tierra...", etc. ¿Qué significa aquí y con qué sentido más amplio puede usarse?
Júzguese su desarrollo gradual, la presentación de los diversos hilos de la trama, los efectos de suspensión o intriga... ¿Qué rasgos típicos de la tragedia shakespeariana debemos destacar? ¿Y qué sabemos hasta ahora del carácter del protagonista? ¿Con qué impresión queda el espectador (o el lector) al acabar este acto?
En el primero, el rey comenta el cambio sufrido por Hamlet. ¿Qué disposiciones toma? ¿Qué adivinamos tras de su inquietud? En los instantes siguientes, se mezclan dos cuestiones: o Por una parte, las noticias referentes a Fortimbrás (más adelante se verá qué lugar ocupa este personaje en la trama). o Por otra parte, las disquisiciones de Polonio sobre la locura de Hamlet. La pedantería de Polonio introduce una veta cómica en la tragedia. Dentro de ello, ¿qué frases curiosas hay? ¿Y qué propone a los reyes? (En la escena 1 del acto III asistiremos al diálogo entre Hamlet y Ofelia.)
Aparece Hamlet. Y asistimos, primero, a un diálogo con Polonio. Nótese la mezcla de frases absurdas y de palabras cargadas de intención (el mismo Polonio lo advierte: ¿en qué frases?). La misma mezcla de despropósitos y de observaciones profundas aparece – y aún más interesante– en la conversación con Rosencrantz y Guildenstern. Coméntense las frases sobre la Fortuna, el mundo, las ambiciones... Destáquese sobre todo lo que Hamlet dice sobre sí mismo. Se anuncia luego la llegada de los comediantes y se hacen algunas alusiones a la situación del teatro en la época, comentando ciertas "trabas" y una "reciente innovación": se trata de una orden de 1600 que limitaba a dos los teatros de Londres, con lo que muchos cómicos se vieron lanzados a una vida errante. Conversación entre Hamlet y el Cómico 1.º ¿Por qué le hace recitar aquel parlamento sobre la muerte de Príamo? (Puedes precisar esta historia consultando un diccionario mitológico o enciclopédico.) ¿Qué impresión produce en Hamlet el relato del dolor de Hécuba?, ¿por qué? (Al final de la conversación, no se nos escapará una amarga frase sobre lo que se merecen los hombres.) El acto II termina con un nuevo soliloquio de Hamlet.
o Destáquese el tema de la indecisión, rasgo principal de su carácter, raíz de su drama íntimo y causa de la demora en la realización de la venganza. Así pues, se toca aquí el centro de la obra. o Nos descubre ahora cuál es su propósito al hacer que los comediantes representen El asesinato de Gonzago (con lo que se anuncia una escena capital del acto siguiente). o Las dudas de Hamlet sobre las revelaciones del espectro se relacionan, en fin, con lo que acabamos de señalar sobre su carácter vacilante.
Acto III
En primer lugar, Rosencrantz y Guildenstern dan cuenta de lo infructuoso de sus pesquisas. ¿Cuál va a ser el paso siguiente del rey y de Polonio? Ante unas palabras de este sobre la doblez humana, ¿qué sentimiento experimenta el rey? Sigue el famoso monólogo de Hamlet "To be or not to be..." ¿Qué función desempeña este monólogo en este momento y dentro del desarrollo de la obra? a. Enúnciese el tema central del texto y las ideas que de él se derivan. ¿Qué relaciones pueden establecerse entre lo que dice aquí Hamlet y lo que ha dicho en algunos momentos anteriores? ¿En qué medida son reveladores sus pensamientos de su personalidad y de su estado de ánimo?
Comienza la representación. La escena es una muestra' memorable de lo que se ha llamado teatro dentro del teatro. Tras el prólogo, no pasará inadvertida una amarga reflexión de Hamlet sobre el amor. Por lo demás, aparece un Actor Reina; debe recordarse que no había actrices en el teatro inglés –estaba prohibido– y que los papeles femeninos eran desempeñados por hombres o muchachos. Argumento de la obra representada y sentimiento que expresa al Actor Rey. Su relación con la historia "real" (es decir, la de la obra de Shakespeare). Reflexiones de la madre y de Hamlet. Reacción del rey. Palabras de Hamlet a Horacio. Llegan Rosencrantz y Guildenstern. ¿Qué comentan? ¿Qué comunican a Hamlet? La escena termina con otro breve soliloquio del protagonista: ¿entre qué sentimientos contradictorios se debate ahora?
La decisión del rey (pero sólo más tarde, en la escena III del acto IV, sabremos hasta dónde llegan sus intenciones). Los remordimientos del rey y la imposibilidad de arrepentimiento. Señálese el dramatismo interior de sus palabras. A Hamlet se le presenta la ocasión de ejecutar su venganza; pero, una vez más, la paraliza el pensamiento ("Hay que reflexionar"). ¿Indecisión? ¿Crueldad calculadora?
La conversación de Hamlet con su madre comienza con la significativa repetición de una frase: véase el cambio de sentido. Hamlet cree que es el rey quien se esconde tras el tapiz. Y ahora no le falta decisión, pero su impulso vengador queda también frustrado. ¿Cómo se manifiesta en ello el fatum trágico? (Piénsese en las consecuencias que desencadenará este error de Hamlet.) La escena crece en intensidad. Dureza de Hamlet con su madre. Nueva aparición de la Sombra: ¿qué dice y qué consecuencias produce su intervención? ¿Cómo sigue el diálogo? ¿Qué sospechas manifiesta Hamlet al final? Nótese el efecto de suspensión con que termina el acto.
¿Cuáles han sido los momentos esenciales de la acción'? ¿Es oportuno aplicarle a este acto el concepto de clímax? ¿En qué punto queda la situación? ¿Cómo se ha desarrollado el personaje de Hamlet? Densidad de pensamiento (en el monólogo y en diversos momentos del diálogo).
(Como se apreciará, la aparición de Fortimbrás y los suyos –escena IV– divide este acto en dos partes bien claras: las escenas I-III giran en torno a Hamlet y las consecuencias que para él tiene la muerte de Polonio; en cambio, en las escenas V-VII, Hamlet desaparece y la acción se centra en la locura de Ofelia y la furia de Laertes.)
Hamlet sigue con el mismo juego, como se verá. ¿Qué confirman las últimas palabras del rey? Ello conlleva otro efecto de suspensión.
La locura de Ofelia: una locura real frente a la locura fingida de Hamlet. En toda la escena se valorarán la dulzura y el lirismo de la figura de Ofelia. La cólera de Laertes será un nuevo elemento de la acción. También a él se le impone la venganza. Ya se verá su papel en el desenlace. Reaparición de Ofelia. A lo ya anotado se añadirá cómo, en sus palabras, se mezclan también locura y sentido. El efecto es ahora de un intenso patetismo.
Explicación del rey a Laertes. Interrumpe un mensajero: ¿qué anuncia? El rey se confabula con Laertes: ¿qué traman? Véase la vileza del rey y la complicidad ciega del joven. Noticia de la muerte de Ofelia (muerte marcada también por el lirismo, por la belleza). El hecho redobla el deseo de venganza de Laertes.
Finalmente, será Fortimbrás quien ponga el colofón a la obra. Ahora vemos qué papel se le reservaba (¿plenamente justificado?). Por lo demás, su presencia da un empaque heroico-trágico al final: véase qué tipo de honras fúnebres ordena para Hamlet.