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Asignatura: a, Profesor: CAT A, Carrera: Psicología, Universidad: UAM
Tipo: Apuntes
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© FOTOLIA / NATALYAIVANIA
¿S
e ha preguntado alguna vez por qué los ojos de los humanos poseen globos ocu- lares blancos? En el resto de los animales, por lo general, no sucede así: sus globos oculares contienen iris y pupila del mismo color. De esa manera ocultan a sus víctimas, o en su caso enemigos, la dirección de su mirada. ¿Por qué los humanos son diferentes? ¿Existe alguna ra- zón por la que revelen hacia dónde miran? El motivo se resume en dos palabras: comunicarse mejor. Una capacidad que supone una ventaja para la convivencia, aunque se anteponga a la seguridad individual. Ese pequeño detalle ejemplifica cómo la natu- raleza programa desde un inicio al hombre para una vida en comunidad. A diferencia de lo que han destacado numerosos grandes pensadores —entre ellos, Sigmund Freud ( 1856 - 1938 ) y Ar- thur Schopenhauer ( 1788 - 1880 )—, el ser humano
no es un solitario egoísta innato que adquiere, a lo sumo bajo la presión de las coacciones cultu- rales, un estilo de vida social. La neurobiología social, la biología evolutiva y la psicología mues- tran que, por naturaleza, dispone de necesidades sociales y culturales, y cuenta con toda una serie de habilidades que le posibilitan desarrollar co- munidad y cultura. Muchas de nuestras necesidades sociales se hallan tan profundamente arraigadas que nues- tro desarrollo y salud corren peligro en caso de no satisfacerse. La soledad nos enferma: los sol- teros poseen una menor esperanza de vida que los casados; también su riesgo de caer enfermos, sobre todo en lo que se refiere a patologías psi- quiátricas, es mayor. Por el contrario, los lazos sociales estables fomentan el desarrollo inte- lectual, en especial entre los niños pequeños. No resulta extraño, pues, que casi todos los hu-
© DREAMSTIME / PHILIP SOBRAL
PREDISPOSICIÓN SOCIAL El blanco de nuestros ojos revela al resto de los congé- neres a dónde miramos. No sucede igual en la mayoría de los animales.
sus propias reglas y tradiciones. La diversidad cultural que la humanidad ha producido a lo largo de su historia brinda la mejor prueba de ello. La enorme gama de conductas humanas se aprecia aún más si se observa el desarrollo de los modos individuales de comportamiento, caso del ejercicio de la violencia a lo largo de la historia. Norbert Elias ( 1897 - 1990 ), en su libro El pro- ceso de la civilización , de 1939 , mostró el modo en que nuestro comportamiento a lo largo de la evolución histórica sufre una cada vez mayor regulación: vamos renunciando a numerosas libertades, pero al mismo tiempo ganamos en seguridad. Esto último puede traducirse en nú- meros. Durante largo tiempo, en torno al veinte por ciento de los varones moría en conflictos bélicos; también en las supuestamente pacíficas fases prehistóricas de la humanidad. En la actua- lidad, el riesgo se sitúa en torno a un escaso dos por ciento, es decir, la amenaza de ser víctima de un asesinato se ha reducido de un modo drás- tico. Otro ejemplo: en la Inglaterra del siglo XIV, 24 de cada 100. 000 ciudadanos eran víctimas de actos violentos; en los años sesenta del siglo XX la cifra pasó a 0 , 6 habitantes. Por desgracia, esa tendencia puede invertir- se de forma rápida. La época nazi y las guerras de las exrepúblicas yugoslavas exponen abun- dantes testimonios de cómo probos ciudada- nos pueden, bajo determinadas circunstancias, convertirse en brutales asesinos. La naturaleza nos proporciona libertad de movimientos en las dos direcciones: nuestra conducta puede evolu- cionar bajo un punto de vista moral, pero tam- bién caer de nuevo en un estado literalmente salvaje. La naturaleza humana proporciona las condiciones necesarias para ambas posibilida- des; la responsabilidad de qué camino tomar se encuentra, en último término, en nosotros mismos.
No debemos decantarnos por una de las par- tes si queremos comprender cómo funciona la comunidad. Ni por el lado de la cultura, como sucedió con frecuencia en el pasado, ni por el de la naturaleza, como pasa en ocasiones hoy en día, en razón de una sobreestimación de los nuevos conocimientos científicos. Necesitamos las dos partes: la naturaleza y la cultura, la empatía y el egoísmo. Solo se en- tienden determinados fenómenos sociales si se reconocen sus fundamentos naturales. Asi- mismo, el desarrollo de características y habi-
lidades naturales serían un completo misterio si no se entendiesen las condiciones sociales y culturales bajo las que esas capacidades pueden desplegarse. No tiene sentido enfrentar el egoísmo con la empatía. Está claro que una sociedad sin altruis- mo y empatía no funciona, pero, como se ha visto antes, también necesitamos de la otra cara de la moneda: de la disposición para competir, imponerse y arriesgar. De lo contrario, nuestra sociedad no se perfeccionaría. ¿Por qué deberíamos interesarnos por el funcionamiento de la sociedad? Una de las ra- zones yace en la gran importancia práctica de ese conocimiento, ya que gracias a él ganamos fórmulas para desarrollar estrategias que mejo- ran el funcionamiento de la comunidad y que impiden el fracaso de las relaciones sociales. Existe una serie de pruebas de que el apego en la primera infancia desempeña una función de- cisiva para el desarrollo social y el intelectual. Los niños que gozan de un apego seguro de sus padres poseen ventajas decisivas respecto de aquellos que han carecido de ese vínculo du- rante su infancia. El conocimiento de los procesos moleculares y neuroquímicos subyacentes proporciona hoy en día puntos de partida para una terapia de esos desajustes que tienen consecuencias gra- ves en el desarrollo intelectual y social de los niños. Cuanto mejor comprendamos la compleja interacción de las disposiciones individuales y los mecanismos sociales, más posibilidades ten- dremos de suprimir las perturbaciones de ese juego conjunto. El requisito para ello consiste en que una definición demasiado precipitada de la pre- sunta «esencia del ser humano», sea egoísmo o altruismo, obstruya la búsqueda de las ver- daderas correlaciones. Solo se descubrirá cómo funciona la comunidad cuando tengamos pre- sente la parte empática así como la parte egoísta del ser humano. Al fin y al cabo, parece como si la naturaleza nos hubiese equipado muy bien para tal propósito.
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GLOSARIO Altruismo Desinterés, abnegación. Egoísmo ético Se basa en el principio del filósofo Thomas Hobbes (1588- 1679), el cual afirma que el fin supremo del ser humano es la autoconservación. De allí se de- riva la máxima de conducta: «Es bueno lo que me beneficia». Egoísmo psicológico Teoría según la cual todos los esfuerzos humanos tienden en última instancia a preservar o a incrementar la propia felicidad.
SI NO SE DIESE UNA LOCURA RAYANA EN EL EXTREMO, TODAVÍA ESTARÍAMOS ABURRIDOS EN LAS CUEVAS Y SOBRE LA COPA DE LOS ÁRBOLES