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Algo para que estudies tranquilo, Ejercicios de Matemáticas

Un documento que te ayuda a hacer algo con los deberes

Tipo: Ejercicios

2025/2026

Subido el 15/05/2026

marina-rios-18
marina-rios-18 🇪🇸

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A las víctimas In memoriam

Nota Los documentos que encabezan los capítulos son auténticos. Cfr .: Reimund Schnabel, Macht ohne Moral-Eine Dokumentation über SS , Röderberg-Verlag, Frankfurt, 1957 [Traducción al castellano: Poder sin moral. Historia de las SS , Seix Barral, Barcelona, 1966].

I

Guardia del gueto 6 Litzmannstadt, 1 de diciembre de 1941 Asunto: uso de arma de fuego. El día 1 de diciembre de 1941, desde las 14 hasta las 16 horas, permanecí en el puesto de guardia número 4 de la Hohensteinerstrasse. Hacia las 15 horas vi a una judía que trepaba por la empalizada del gueto, sacaba la cabeza por entre los palos e intentaba robar nabos de un carretón que estaba estacionado allí. Hice uso de mi arma de fuego. La judía cayó mortalmente herida por mis dos disparos. Clase de arma: carabina 98. Munición empleada: dos cartuchos. Firmado: NAUMANN Guardia de reserva

a Compañía - Batallón Gueto Diciembre de 1991 Siempre me cuesta dormir la noche que he tocado en un concierto. Me vuelve una y otra vez a la memoria, como si se tratara de una grabación que se repite. Pero es que este concierto, además, había sido muy peculiar, celebrado el mismo día en que había muerto Mozart, doscientos años atrás. Habíamos tocado en Cracovia, ciudad de buenos músicos, en una sala, habilitada como auditorio, de la bellísima Casa Veneciana. El tiempo era muy frío, y eso nos había impedido pasear por la ciudad, plagada de obras de arte. Al mediodía, cuando el sol levantó la niebla, apenas si fui a dar una vuelta por la Ryneck Glowny, antes de regresar al hotel. En la primera parte, a pesar de que el concierto estaba dedicado a Mozart,Virgili Stancu, el pianista de nuestro trío, había cedido a la sugerencia de los organizadores polacos creando con su arte de siempre el preludio de Chopin que tenía en la punta de los dedos. En la segunda parte, él y yo habíamos interpretado la sonata en mi bemol que Mozart escribió para una violinista a la que admiraba mucho, Regina Strinassacchi. Nos quedamos también a escuchar a la orquesta que

—Claro, ahora entiendo que lo valores tanto. —Oh no, no puedes entenderlo. Para eso necesitarías saber toda la historia. Una inmensa sombra de tristeza le nubló los ojos claros y acentuó las arrugas de su bello rostro. Se pasó la mano, innecesariamente, por la melena de cabellos rubios y plateados. Respiraba muy de prisa, casi con fatiga. Tuvimos que dejar de hablar, porque me había comprometido a asistir, en la sala de actos, a una interpretación de los alumnos superiores de cuerda, que nos ofrecieron el Intermezzo de Penderecki, tantos años rector de la escuela. A continuación hubo una sencilla fiesta, que pareció fatigar a mi colega. —¿No te cansa la fiesta? Me lo preguntó al poco rato. A mí no me cansaba, pero aquella mujer había despertado mi curiosidad e interés. —No me importa nada dejarla; ahora ya he cumplido. Te acompañaré a tu casa, si quieres. Vivía cerca de la Escuela de Música y desafiamos a pie la tarde helada, empañada otra vez por la niebla. Me invitó a subir y a compartir un té bien caliente. El piso era pequeño, sencillo: la vida era dura en Polonia. No volví a mencionar su violín, quería distraerla, cambiar sus pensamientos. Sólo una vez me habló de su hijo, al enseñarme una fotografía, y me explicó que se había marchado a vivir a Israel. Ella, en cambio, no quería trasladarse. —¿Qué iba a hacer yo allí? Él es tallista de diamantes, tiene un buen trabajo, pero ahora en Israel hay tantos músicos, rusos sobre todo, que podrían formar cien orquestas. Viene para fin de año, por la Pascua.* Pero enseguida nos pusimos a hablar de música; discutimos algunos problemas de interpretación, mientras escuchábamos la grabación de la sinfonía concertante; y acabamos tocando —siempre me pasa igual— porque ella también era una buena pianista y el piano ocupaba casi la mitad del comedor-sala de estar-sala de música, todo en una sola pieza. Esto llegó a aproximarnos más de lo que habrían podido hacerlo horas de conversación; y me encontré de pronto siendo amigo suyo. En algún momento —quizá soy presuntuoso— me pareció notar, como una ráfaga de aire que pasa, una chispa de deseo en sus ojos y en sus mejillas encendidas; pero seguramente no fue más que la música. ¡Dios mío, pensé, si es mucho mayor que yo! Acabamos la sonata, perfectamente compenetrados, y ella parecía transformada y risueña; y todavía más cuando colgó el teléfono, que

sonó justamente en el momento en que me apretaba las manos, contenta, después de tapar las teclas del piano. No tenía por qué dar ninguna explicación, pero me dijo que era su amigo,«no es músico — añadió—, es técnico industrial, trabaja en Nueva Huta, no tenemos muchas ocasiones de salir juntos». A todo esto, comenzaba a hacerse tarde y tenía que volver al hotel, donde me esperaban Gerda y Virgili Stancu. Nos separamos, pues, con algo de pena y quedamos en cenar los cuatro juntos al día siguiente en el hotel en que nos hospedábamos. No quería que Regina hiciera ningún gasto porque, pese a ser una excelente profesional, no le resultaba fácil ganarse la vida. No quise decirle nada sin hablar de ello antes con mis compañeros de trío, pero pensé que podía ser una buena idea invitarla a Holanda y programar algún concierto con ella. Estaba seguro de que estarían de acuerdo, porque su interpretación les había gustado mucho, según me habían comentado. Al día siguiente, después de cenar, quise acompañarla a su piso, pero ella me dijo que no era necesario, que se me haría demasiado tarde. Me permití, pues, pedir un taxi y anticiparle generosamente al conductor el importe del trayecto. Nos despedimos con un abrazo fuerte y amistoso y pensé, con sentimiento, que su cuerpo era suave y que, años atrás, debió de haber sido deseable. Durante toda la velada, ella había conversado más con Gerda —la violonchelista— que conmigo. Incluso desaparecieron juntas un buen rato. Cuando volvieron, advertí que Regina se había cambiado de ropa: llevaba uno de los trajes de concierto de Gerda, uno azul oscuro, con encajes, que le quedaba muy bien. Imaginé que además habrían compartido algunos secretos. Y no me equivocaba. —Regina ha quedado muy contenta con tus sugerencias sobre interpretación —me dijo Gerda—. Y también con la clase que has dado a los alumnos mayores. ¡Le has causado una gran impresión! —Pues si te digo la verdad, creo que no era tan imprescindible para ellos. ¡Ya oíste cómo tocaban! —Pero tú les has aportado un punto de vista nuevo; tu manera de ver las cosas y tu escuela son diferentes, y eso a ella le ha interesado mucho, principalmente la parte de la cadencia. Hizo una pausa y cambió de tema. —¿No te ha comentado nada sobre su vida? —No, tampoco yo le he pedido ningún detalle, ¡no soy tan indiscreto! Además me ha parecido que estas cosas le producen tristeza. Cuando

II

«Y me condujo hacia la agitada región de la oscuridad.» DANTE, Divina comedia , Infierno IV, 151 Formulario para castigos y azotes. 1942. Arresto: Primera clase (normal): Hasta tres días. Celda con luz. Catre de madera. Alimentación, pan y agua. Comida completa cada cuatro días. Segunda clase (con agravantes): Hasta 42 días. Celda oscura. Catre de madera. Alimentación: como en la primera clase. Tercera clase (riguroso): Hasta tres días. Sin posibilidad de sentarse ni acostarse. Celda oscura. Alimentación: como las clases anteriores. Castigo corporal: Número de azotes: 5, 10, 15, 20, 25. Instrucciones: previamente, revisión médica. Los azotes se aplicarán con un látigo de cuero y seguidos, contando cada uno. Queda prohibido desnudar o desvestir parte alguna del cuerpo. La persona no estará atada sino que se echará en un banco. Únicamente se le golpeará en los lomos y en el culo. Sello: Oficina de Administración y Economía de las SS (WVHA) Cálculo de rentabilidad de las SS sobre la utilización de los presos en campos de trabajo. Salario medio: 6 RM

Deducción por alimentación: 0,60 RM Vida media del preso: 9 meses = 270 días 270 X 5,30 RM = 1.431 RM Deducción para la amortización de la ropa: 0,10 RM Cuando Daniel salió de la celda de arresto —o mejor dicho, cuando lo sacaron—, todavía más débil a pesar de que no había pasado allí más que cuatro días, estuvo tentado de maldecir el impulso que le había hecho permanecer vivo en aquel infierno. Sabía que habían sido cuatro días porque cada tarde hacía una pequeña incisión, con la uña, para no perder la cuenta: no daban ninguna explicación y no se seguían las normas establecidas. Su delito y el del compañero de la litera de al lado había sido dormirse y no salir puntualmente una de aquellas mañanas oscuras y glaciales. Le dolía todo el cuerpo a causa de los azotes recibidos antes del internamiento y por la dureza del catre, demasiado corto para él: lo hacían expresamente, estaba convencido. Y menos mal que, entre los demás presos, tenía una situación de privilegio, si se podía hablar así: le esperaban para trabajar en la casa del comandante; si no, ¡quién sabe cuánto habría durado su castigo! Se echó el aliento en los dedos, entumecidos de frío, totalmente olvidadas, desde hacía meses, las viejas oraciones de la mañana, aprendidas en la infancia, el saharit. Después del recuento, que le aumentó el frío, se puso a trabajar pensando que aquel mediodía, a más tardar, volvería a comer caliente: una aguachinada sopa de nabos. Las celdas de castigo estaban al lado de la Plaza —la Appelplatz—, donde los reunían también para presenciar las ejecuciones, en el sitio más alto del infierno. El Drezflüsselager —el Campo de los Tres Ríos, uno de los relativamente pequeños— se extendía a sus pies y le parecía inmenso, cubierto de niebla como estaba, todo borroso, con sus ominosas construcciones sombrías; los techos de los barracones estaban blancos de nieve o de escarcha, no sabía bien. Pero Sauckel, el comandante, aquel gigante sádico y refinado, quería cultivar gladiolos y camelias y él había trabajado con otros compañeros en las labores de carpintería del invernadero. Esto les proporcionaba, a veces, un suplemento de comida. Por suerte, pensó, no me han aplicado ningún «agravante», como una paliza de recordatorio a la salida; pero no se podía estar seguro de nada, porque en aquellos campos, un poco marginales, los reglamentos no se seguían estrictamente. Aleccionado, hacía cuatro días justos, por otras palizas que había tenido que presenciar, se echó sobre el banco antes de que le obligaran y él mismo se levantó la camisa y se bajó el pantalón. Aferrándose al banco, no gritó más que el número de cada uno de los veinticinco latigazos; y como, pese al daño que le hacían, no había perdido la cuenta, no tuvieron que volver a empezar a pegarle; cosa que era una diversión frecuente. Hasta aquel día se había librado de los latigazos «formales», no de los golpes y empujones. Pero aquel médico

celda «con luz» relativamente pronto —nunca se sabía el tiempo de duración, pese a que «ellos» hablaban de un reglamento— y podía ver la luz del día. Dentro, como la ventana era minúscula, había estado prácticamente a oscuras. Contaba —era consciente de ello— con una ventaja sobre muchos presos: ahora trabajaba a cubierto, porque tenían muy avanzado el invernadero y él estaba acabando una estantería para botellas en la bodega. Había oído, por retazos de conversaciones, que habría otras faenas en la casa y quizá tuviera la suerte de que le mandasen también a trabajar allí. Si me dormí —pensaba— es porque no como bastante y lo suplo con el sueño. Tenían que levantarse cuando todavía estaba muy oscuro, a las cinco y media, para comenzar a trabajar a las siete menos cuarto. Los demás presos hacían sólo una pausa de media hora, a las doce; los que trabajaban en la casa y las dependencias del comandante, los días que habían realizado el trabajo a su gusto exigente y errático, gozaban de una hora de descanso. Por la tarde el trabajo se prolongaba hasta las seis y media: justo a tiempo para la pobre cena, el larguísimo recuento y la noche —sin esperanza de una alba más benigna. Pero los domingos Sauckel no quería oír ruidos por la mañana, porque el sábado por la noche o volvía tarde o celebraba sus orgías particulares en casa; y para no despertarlo, los esclavos podían comenzar algo más tarde. Estas pequeñas ventajas, siempre con el miedo de que se acabasen, eran las únicas esperanzas que se podía permitir —no pensar más allá, no recordar apenas, ignorar incluso las punzadas de dolor que de vez en cuando le entumecían el cuerpo. No añorar a Eva, quizá ya muerta, con la cual, si no hubiera guerra, estaría casado a estas horas. No recordar sus abrazos de los últimos tiempos, sus labios cálidos, pasadas las primeras semanas de relación envarada, cuando les presentó el intermediario, según la costumbre de la comunidad. Hoy se encontraba tan débil que haber sentido deseo le parecía cosa de otra vida, de otra persona. La rabia era lo único que le sostenía sin desfallecer, porque no quería dar el espectáculo de un desmayo a aquella manada de hienas, los führers , los krapos. Contra su voluntad, el pensamiento le condujo a las primeras semanas de internamiento en el Dreiflüsselager , cuando todavía era posible mantener breves contactos furtivos con alguna prisionera, detrás de cualquier valla, al atardecer. Enseguida separaron a los hombres de las mujeres con una alambrada eléctrica, que habían tenido que ayudar a instalar; pero con el escaso vigor que tenía le daba igual. Volvía a tener hambre. Era joven y de naturaleza viva. El almuerzo sólo le engañaría el hambre. Acaso la cocinera, a escondidas, le pasaría sobras de comida; alguna vez se había arriesgado a hacerlo, cuando Él reposaba leyendo después de comer. Cinco horas de trabajo, con agua de castañas y un pedazo de pan de centeno, le llevaban al borde del desfallecimiento. De golpe, mientras estaban en el vestíbulo a punto de salir, tres manzanas de oro —¿era un espejismo?— rodaron por tierra

en medio de una sonora carcajada; los cuatro trabajadores se echaron a gatas por el suelo para cogerlas, mientras el comandante se divertía empujándolas con el pie. Daniel no se sentía herido en su orgullo agachándose para coger una: la indignidad estaba en quien se divertía con su hambre. Una bota negra que parecía enorme amenazó su mano, después se retiró empujando más lejos la fruta, pero al cabo pudo apoderarse de la manzana. No le prendieron, ni le azuzaron los perros cuando dio un bocado; porque decididamente Él se había levantado de buen talante aquella mañana. Una voz de muchacha le llamó desde arriba. El secreto dejaba de serlo: por lo visto, la guapa prostituta le había dejado a gusto y quizá iban a tener dos o tres días de tranquilidad. Quizá. La tarde le pareció muy larga, pese al recuerdo de la manzana. Tras los días de encierro en la celda hasta encontró el camastro blando. Los compañeros, con piojos como él, eran un apoyo cálido, conocido. Esta vez lo despertaron. ¡No podía volver a quedarse dormido! Ahora nadie le libraría de los temibles agravantes; y la mirada del doctor Rascher no era ningún buen presagio. Aunque se resentía aún de los golpes, se le había pasado la noche en un sueño y, acaso por la compañía, sin pesadillas. El «secretario» del barracón le sacó de su otro mundo. En sueños se encontraba en su taller, tan perfectamente ordenado, trabajando en la construcción de una viola, entre el olor conocido y agradable de la madera, las colas y los barnices —y no el tufo del barracón—. Arriba, su madre canturreaba mientras preparaba la comida, que también producía una fragancia deliciosa. Todo eran sensaciones agradables: el sol doraba las maderas, les arrancaba reflejos como de crepúsculo, cálidos, de oro viejo, teñidos de rojo y, curiosamente, hasta de azul. Contrastando con sus tonos, el acero de su colección de cuchillas de constructor de violines resplandecía con un brillo frío. Todas las piezas sin trabajar aún, cortadas para futuros instrumentos, lucían sus aguas, olorosas; y entre ellas pasaba el aire, secándolas lentamente, de la mano de su hermano el tiempo. Lo había aprendido de su padre: nunca utilizaba una madera que no hubiera sido cortada hacía cinco años. De buen abeto de las montañas y de arce, de árboles donde hubieran anidado las golondrinas. Donde hubiese cantado el viento — como después lo haría el arco—. En el sueño cada pieza y cada herramienta brillaban como si fueran joyas —y de hecho lo eran, las modestas joyas de su corona de artesano—. Soñando, se encontraba en uno de los puntos más delicados de su trabajo: colocando en su sitio, en el interior de la viola, el alma, esa pequeña pieza de abeto, de aguas finas y prietas, que estaba a punto de poner, perfectamente vertical, perfectamente recta, justo detrás del pie derecho del puente. Pero ¿qué le pasaba? ¡Las manos le sudaban, el alma se le escurría fuera de lugar, se deslizaba antes de tiempo! Había quedado demasiado corta, inservible. Tendría que volver a empezar todo de nuevo. Pero la viola se volvía honda, honda...

informó su vecino, estaba relativamente bien. La había visto, mientras hacía una reparación, en la fábrica de uniformes militares que dirigía Tisch: el paraíso del que se hablaba en voz baja en el Campo. Sí, Eva comía cada día buenas rebanadas de pan de centeno que la insólita bondad del industrial le llevaba a comprar de su propio bolsillo para los trabajadores. A veces, hasta brillaba sobre el pan una capa de margarina... ¡o de manteca! Hablaban en voz baja, en la noche oscura. Su amigo le daba más detalles, cuidando de no hacerle demasiado daño. Ella, antes, había estado en otro campo de nombre terrible; no sabía cuánto le había tocado sufrir, pero había sobrevivido y ahora la tenía relativamente cerca. —Si pudiera escaparme a verla... —¡Ni lo pienses! —le advirtió Freund—. Podría ser tu muerte. Había presenciado muchos fusilamientos instantáneos por verdaderos o supuestos intentos de fuga: eran rápidos disparando, los Cerdos; y al comandante en persona le traía sin cuidado matar a los presos a tiros. Un compañero refunfuñó: —¡A ver si me dejáis dormir! —Mañana te contaré más cosas, si estamos vivos. La corta conversación había desvelado a Daniel. A pesar de que no era fantasioso, se imaginaba a su Eva, sentada a la máquina de coser, las manos menudas haciendo correr la ropa, las piernas bonitas bajo la máquina moviendo incansables el pedal. Le gustaba más, sin embargo, figurarse sus labios carnosos no sobre los de él, sino lamiendo la capa de untuosa manteca sobre el pan de centeno, las benditas rebanadas gordas, pensaba, que la harían mantenerse viva, que le devolverían un poco de brillo a los ojos negros e irisados. No le tenía envidia: esta visión le aventó la desesperanza; toda la mañana trabajó de nuevo con ganas de vivir. La tarde, larguísima. El anochecer, interminable. Esperaba la noche con desasosiego para beber más noticias de la boca de su amigo. Hablaron más bajo todavía; intercambiaron noticias de las dos familias: una larga necrología. —¡Regina, tu sobrina pequeña, se ha salvado! Un oficial alemán —descubierto después y enviado al frente de Rusia— le dijo que sacó a escondidas a muchos niños del gueto en cajas de ropa; por lo que sabía, la niña estaba en casa de un músico cliente de Daniel que no era judío, un alemán de los Sudetes, un goy de buenos

sentimientos. Sí, claro que lo conocía, Rudi —respondió— está casado con una prima lejana mía. Vivían fuera de Cracovia, en casa del abuelo, dijo Freund; la habían hecho pasar por sobrina y todos tenían papeles arios. Se salvaría casi seguro. Aquella pequeña de tres años era la que tenía más probabilidades de salir adelante, como sobrina de un ario puro, si los que le hacían de padres conseguían que se rehiciera de la desnutrición del gueto. ¡Dios mío, cómo lo deseaba! Se oía llover fuera. Todo quedará enfangado, pero no hará tanto frío — pensó, antes de dormirse con el sonido de la lluvia, metálico, sobre el leve techo del barracón.

No le dijeron nada especial aquel día: les ordenaron a los cuatro volver al taller. Mejor, era preferible pasar inadvertido, que nadie gritase tu número. Se dieron cuenta de que se celebraba una fiesta en el pabellón, porque estaban delante tres presos músicos, duchados y mudados, a los que conocían bien. A media tarde, el médico Rascher, con un colega desconocido, entró en el obrador. Ellos siguieron trabajando, sin saludar ni levantar la vista, tal como estaba mandado. Tampoco los visitantes dijeron nada, simplemente observaban a los hombres que cepillaban, serraban, encolaban, pero Daniel se puso muy nervioso, le parecía que le estaban mirando especialmente a él; se pilló la piel de la mano, sin que se le escapase un grito de la garganta. Sólo faltaría que me desgarrara las manos, pensó, y se esforzó en continuar trabajando, los ojos bajos, fijos en la faena. A pesar del frío, gotas de sudor comenzaban a humedecerle el pelo casi rapado sobre la frente. Finalmente los médicos, silenciosos, los liberaron de su angustiosa presencia. Seguramente irían hacia la casa del comandante, debía de haberlos convidado a la fiesta y al concierto. Al Monstruo le gustaban la buena música y el buen vino. Él mismo, a veces, tocaba el violín, y no mal del todo; los músicos le habían dicho que afinaba, pese a tocar de una forma un tanto fría. Parecía que la diversión se alargaba, seguro que tomaban parte chicas guapas. Por la tarde Daniel acabó de pulir un marco de ventana, absorto. Notó una mano pesada sobre su espalda: —Ve a casa del Sturmbannführer. Preocupado, se dirigió allí tan deprisa como pudo. ¿Qué querría? Poca cosa, en apariencia; un asistente le señaló, arisco, un desperfecto minúsculo en una de las puertas, que reparó sin problemas. Oía, a lo lejos, la excelente música del trío. Y, de golpe, unos gritos alarmantes del comandante. ¿Qué extraño impulso de coraje le hizo entrar en la sala? Las luces, el olor de la buena comida, el miedo y el humo del tabaco estuvieron a punto de marearlo. Se detuvo un momento; enseguida se dio cuenta del problema: el violín, la cara lívida de terror de uno de los músicos al que conocía muy bien, Bronislaw, aquel joven solista antes respetado, el dedo acusador de Sauckel, la mueca de placer de Rascher. Y pese a todo, no retrocedió. No, no les proporcionaría una diversión cruel. Se cuadró, saludó y con un hilo de voz: —No es culpa suya, señor. El violín tiene una grieta en la tapa armónica. Yo lo puedo arreglar. El comandante se le quedó mirando, estupefacto; pero parecía contento de saber que era posible recomponer el instrumento. Otro invitado, desconocido, tenía la mirada llena de compasión y le preguntó: —¿Dices que eres capaz de arreglarlo? ¡O sea que no es que él haya tocado mal adrede para dañarnos los oídos!

Tomó el violín de las manos del atemorizado Bronislaw, como si estuviera cogiendo una rosa, y le enseñó al invitado la pequeña fisura, olvidando que estaba en casa del enemigo. Hablaba de su oficio en yídish salpicado de alemán pero con una seguridad que no había sentido desde hacía mucho tiempo, desde que le convirtieron en un subhombre preso. Enseguida se apartó un poco. Ahora la conversación entre el invitado de ojos compasivos, el comandante y Rascher era en voz más baja, y demasiado rápida y viva para él. El otro médico y las chicas no decían nada. Sentía, confusamente, que en aquel intercambio vivaz de palabras estaba en juego él, y también el violinista abroncado. Una de las chicas llenó con vino blanco las finas copas de cristal de todos; al final, Sauckel llamó a un cabo, le dijo algo, señalando a Daniel, y garabateó unas palabras sobre una hoja. No se quiere rebajar a hablar conmigo, pensó el constructor de violines, pero ha tomado ya una decisión y seguramente volverá a castigarme. El SS le empujó sin contemplaciones, abrió la puerta y él bajó las escaleras antes de que le hiciera rodar por ellas. Volvieron a oírse de nuevo voces alegres y carcajadas; los músicos no salieron todavía. Se había dado cuenta, sin embargo, alzando la vista un poco, de que el temido rostro del médico expresaba decepción y lo consideró una buena señal. —Has cometido una falta muy grave, desgraciado —le dijo el cabo cuando estuvieron abajo—. Has entrado en la sala y le has dirigido la palabra al Herr Sturmbannführer sin pedir permiso. Hizo una pausa, como si le dejara tiempo para sopesar la gravedad de su situación. —En su indulgencia, ha decidido no castigarte, con una condición: mañana por la mañana preséntale el violín arreglado. ¡No había advertido que el cabo traía consigo el violín! —¿Y cómo podré hacerlo, señor? —¡Calla y escucha, perro estúpido! Sígueme hasta el taller y allí tendrás toda la noche para trabajar. Si mañana no está a su gusto, celda con agravantes y azotes a la entrada y a la salida. Ahora eres reincidente. Respiró hondo, como si aquella explicación tan larga le hubiera cansado —no era frecuente, los castigos solían llover sin más ni más—. Está bien, pensó, viendo que le conducía directamente al taller, tendré que resistir y prescindir de la cena, con el hambre que tengo. Guardaba en el bolsillo un corrusco pequeño de pan, escondido por la mañana: lo hacía a veces para que no pareciera tan larga la tarde. El SS seguía llevando el violín en la mano y le enseñó el papel a un vigilante, silencioso y malhumorado —se le aumentó el mal humor al leer el papel, sin ningún