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La Melancolía de los Lobos: Mitos y Peligros del Bosque - Prof. Pardo, Apuntes de Idioma Inglés

Este texto describe la naturaleza salvaje y peligrosa de los lobos, sus ojos, sus hábitos y sus peligros para los humanos. Además, se narran historias de lobos transformados, ataques a personas y la melancolía de estos animales en invierno.

Tipo: Apuntes

2016/2017

Subido el 19/05/2017

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ÁNGELA CARTER
EN COMPAÑÍA DE LOBOS
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¡Descarga La Melancolía de los Lobos: Mitos y Peligros del Bosque - Prof. Pardo y más Apuntes en PDF de Idioma Inglés solo en Docsity!

ÁNGELA CARTER

EN COMPAÑÍA DE LOBOS

Una fiera y sólo una aúlla en las noches del bosque.

El lobo es carnívoro encarnado y es tan ladino como feroz; si ha gustado el sabor de carne humana, ya ninguna otra lo satisfará.

De noche, los ojos de los lobos relucen como llamas de candil, amarillentos, rojizos; pero ello es así porque las pupilas de sus ojos se dilatan en la oscuridad y captan la luz de tu linterna para reflejarla sobre ti... peligro rojo; cuando los ojos de un lobo reflejan tan sólo la luz de la luna, destellan un verde frío, sobrenatural, un color taladrante, mineral. El viajero anochecido que ve de súbito esas lentejuelas luminosas, terribles, engarzadas en los negros matorrales, sabe que debe echar a correr, si es que el terror no lo ha paralizado.

Pero esos ojos son todo cuanto podrás vislumbrar de los asesinos del bosque que se apiñan, invisibles, en torno de tu olor a carne, si cruzas el bosque a horas imprudentemente tardías. Serán como sombras, como espectros, los grises cofrades de una congregación de pesadilla; ¡escucha!, escucha el largo y ululante aullido..., un aria de terror súbitamente audible.

La melopea de los lobos es el trémolo del desgarro que habrás de sufrir, de suyo una muerte violenta.

Invierno. Invierno y frío. En esta región de bosques y montañas no ha quedado para los lobos nada que comer. Sin cabras ni ovejas, ahora encerradas en los establos, sin los venados que han partido hacia laderas más meridionales en busca de las últimas pasturas, los lobos están enflaquecidos, hambrientos. Tan escasa es su carne que podrías contar, a través del pellejo, las costillas de esas alimañas famélicas, si acaso te dieran tiempo antes de abalanzarse sobre ti. Esas mandíbulas que rezuman baba; la lengua jadeante; la escarcha de saliva en el barbijo canoso. De todos los peligros que acechan en la noche y el bosque −aparecidos, trasgos, ogros que asan niños en la parrilla, brujas que ceban cautivos en jaulas para sus festines caníbales−, de todos, el lobo es el peor porque no atiende razones.

En el bosque, donde nadie habita, siempre estás en peligro. Si traspones los portales de los grandes pinos, allí donde las ramas hirsutas se enmarañan para encerrarte, para atrapar en sus red viajero incauto, como si la vegetación misma estuviera confabulada con los lobos que allí moran, como si los pérfidos árboles salieran de pesca para sus amigos..., si traspones los soportales bosque, hazlo con la mayor cautela y con infinitas precauciones, pues si por un instante te desvías de tu senda, los lobos te devorarán. Son grises como la hambruna, despiadados como la peste.

Los niños de ojos graves de las desperdigadas aldehuelas, siempre llevan cuchillos cuando salen a pastorear las pequeñas majadas de cabras que proveen a las familias de leche agria y quesos rancios y agusanados. Sus cuchillos son casi tan grandes como ellos; y las hojas se afilan cada día. Pero los lobos saben cómo allegarse hasta tu mismo fogón. Y aunque nosotros no les damos tregua, no siempre conseguir mantenerlos a raya. No hay noche de invierno en que el leñador no tema ver un hocico afilado, gris, famélico, husmeando por debajo

Un violento puñetazo en la puerta anunció su regreso cuando ella revolvía la sopa para el padre de sus hijos; lo reconoció en el instante mismo en que levantó la tranca para hacerlo pasar, pese a que hacía años que había dejado de llevar luto por él, y que el hombre estuviera ahora vestido de harapos, el pelo pululante de pulgas colgándole a la espalda, sin haber visto un peine en años.

−Aquí me tienes de vuelta, doña −dijo−. Prepárame un plato de coles. Y que sea pronto.

Cuando el segundo marido entró con la leña para el fuego y el primero comprendió que ella había dormido con otro hombre, y lo que es peor, cuando clavó sus ojos enrojecidos en los pequeñuelos que se habían deslizado hasta la cocina para ver a qué se debía tanto alboroto, gritó: ¡Ojalá fuera lobo otra vez para darle una lección a esta puta! Y al punto en lobo se convirtió y arrancó al mayor de los niños el pie izquierdo antes de que con el hacha de cortar la leña le partieran en dos la cabeza. Pero cuando el lobo yacía sangrando, lanzando sus últimos estertores, su pelaje volvió a desaparecer y fue otra vez tal como había sido años atrás cuando huyó del lecho nupcial; y entonces ella se echó a llorar y el segundo marido le propinó una tunda.

Dicen que hay un ungüento que te ofrece el Diablo y que te convierte en lobo en el momento mismo en que te frotas con él. O que había nacido de nalgas y tenía por padre a un lobo, y que su torso es el de un hombre pero sus piernas y sus genitales los de' un lobo. Y que también su corazón es de lobo.

Siete años es el lapso de vida natural de un lobizón, pero si quemas sus ropas humanas lo condenas a ser lobo por el resto de su vida; es por eso que las viejas comadres de estos contornos suponen que si le arrojas al lobizón un mandil o un sombrero estarás de algún modo protegido, como si el hábito hiciera al monje. Y aun así, por los ojos, esos ojos fosforescentes, podrás reconocerlo; son los ojos lo único que permanece invariable en sus metamorfosis.

Antes de convertirse en lobo, el licántropo se desnuda por completo. Si por entre los pinos atisbas a un hombre desnudo, deberás huir de él como si te persiguiera el Diablo.

Es pleno invierno y el petirrojo, el amigo del hombre, se posa en el mango de la pala del labrador y canta. Es, para los lobos, la peor época del año, pero esa niña empecinada insiste en cruzar el bosque. Está segura de que las fieras salvajes no pueden hacerle ningún daño pero, precavida, pone un cuchillo en la cesta que su madre ha llenado de quesos. Hay una botella de áspero licor de zarzamoras, una horneada de pastelillos de avena cocinados en la solera del fogón; uno o dos potes de mermelada. La niña de cabellos de lino llevará estos deliciosos regalos a su abuela, que vive recluida, tan anciana que el peso de los años la está triturando a muerte. Abuelita vive a dos horas de marcha a través del bosque invernal; la pequeña se envuelve en su grueso pañolón, cubriéndose con él la cabeza a guisa de caperuza. Se calza los recios zuecos; está vestida y pronta, y hoy es la víspera de Navidad. La maligna puerta del solsticio se balancea aún sobre sus goznes, pero ella ha sido siempre una niña demasiado querida como para sentir miedo.

En esta región agreste, la infancia de los niños nunca es larga, aquí no existen juguetes, de modo que desde pequeños trabajan duro y pronto se vuelven cautos; pero

ésta, tan bonita, la hija más pequeña y un tanto tardía, ha sido mimada por su madre y por la abuela, que le ha tejido el pañolón rojo que hoy luce, brillante pero ominoso como sangre sobre la nieve. Sus pechos apenas han empezado a redondearse; su pelo, semejante al lino, es tan claro que casi no hace sombra sobre su frente pálida; sus mejillas, de un blanco y un escarlata emblemáticos; y hace poco que ha empezado a sangrar como mujer, ese reloj interior que sonará para ella de ahora en adelante una vez al mes.

Ella existe, existe y se mueve dentro del pentáculo invisible su virginidad. Es un huevo intacto, una vasija sellada; tiene en su interior un espacio mágico cuya puerta está cerrada herméticamente por una membrana; es un sistema cerrado; no conoce el temblor. Lleva su cuchillo y no le teme a nada.

De haber estado su padre en casa, tal vez se lo hubiera prohibido, pero él está en el bosque, cortando leña, y su madre es incapaz de negarle nada.

Como un par de quijadas, el bosque se ha cerrado sobre ella.

Siempre hay algo que ver en la espesura, incluso en la plenitud del invierno: los apiñados montículos de los pájaros que han sucumbido al letargo de la estación, amontonados en las ramas crujientes y demasiado melancólicos para cantar; las brillante orlas de los hongos de invierno en los leprosos troncos de los árboles; las pisadas cuneiformes de los conejos y venados; las espinosas huellas de las aves; una liebre escuálida como una raja d tocino dejando una estela a través del sendero donde la tenue luz del sol motea las ramas bermejas de los helechos del año que pasó.

Cuando la niña oyó a lo lejos el aullido espeluznante de ui lobo, su manita avezada saltó hasta el mango de su cuchillo, mas no vio rastro alguno de lobo ni de hombre desnudo; oyó, sí, un castañeteo entre los matorrales, y uno vestido de pies a cabeza saltó al sendero; muy joven y apuesto, con su casaca verde y e sombrero de ala ancha de cazador, y cargado de carcasas de ave; silvestres. Al primer crujido de ramas, ella tuvo ya la mano en la empuñadura del cuchillo, pero él al verla se echó a reír con destello de dientes blanquísimos y la saludó con una cómica pero halagadora reverencia; ella nunca había visto un hombre tan apuesto, no entre los rústicos botarates de su aldea natal, y así, juntos, continuaron camino en la creciente penumbra del atardecer.

Pronto estaban riendo y bromeando como viejos amigos. Cuando él se ofreció a llevarle la cesta, la niña se la entregó, aunque su cuchillo estaba en ella, porque él le dijo que su rifle los protegería. Anochecía, y de nuevo empezó a nevar; ella empezó a sentir los primeros copos que se posaban en sus pestañas, pero sólo les quedaba media milla de marcha y habría sin duda un fuego encendido, un té caliente y una bienvenida cálida para el intrépido cazador y para ella misma.

El joven llevaba en el bolsillo un objeto curioso. Era una brújula. La niña miró la pequeña esfera de cristal en la palma de su mano y vio oscilar la aguja con una vaga extrañeza. El le aseguró que esa brújula lo había guiado sano y salvo a través del bosque en su partida de caza, ya que la aguja siempre decía con perfecta exactitud dónde quedaba el norte. Ella no le creyó; sabía que no debía desviarse del camino, pues si lo hacía podría extraviarse en la espesura. Él se rió de ella una vez más; rastros de saliva brillaban adheridos a sus dientes. Dijo que si él se desviaba del sendero y se adentraba en la espesura circundante, podía garantizarle que llegaría a la casa de la abuela un buen cuarto de hora

a Cristo y a su madre y a todos los ángeles del cielo para que te protejan, pero de nada habrá de servirte.

Su hocico bestial es filoso como un cuchillo; él deja caer sobre la mesa su dorada carga de roídos faisanes, y también la cesta de tu niña queridita. Oh, Dios mío, ¿qué le has hecho a ella? Fuera el disfraz, esa chaqueta de lienzo de los colores del bosque, el som- brero con la pluma ensartada en la cinta; el pelo enmarañado le cae en guedejas sobre la camisa blanca, y ella puede ver el bullir de los piojos. En el hogar los leños se agitan y sisean; con la oscuridad enredada en hirsuta melena, la noche y el bosque han entrado en la cocina.

Él se quita la camisa. Su piel tiene el color y la textura del pergamino, una franja erizada de pelo corre de arriba abajo por su vientre, sus tetillas son maduras y atezadas como frutos ponzoñosos, pero su cuerpo es tan delgado que podrías contarle las costillas bajo la piel si te diera tiempo para ello. Se quita los pantalones y ella ve cuán peludas son sus piernas. Sus genitales, enormes. ¡Ay, enormes!

Lo último que la anciana vio en este mundo fue un hombre joven, los ojos como ascuas, desnudo como una piedra, acercándose a su cama.

El lobo es carnívoro encarnado.

Cuando concluyó con la abuela se relamió la barbilla y pronto volvió a vestirse hasta quedar tal como estaba cuando entró por aquella puerta. Quemó el pelo incomible en el hogar y envolvió los huesos en una servilleta que escondió debajo de la cama, en el mismo arcón de madera en el que halló un par de sábanas limpias. Las tendió cuidadosamente sobre la cama, en re emplazo de las delatoras manchadas de sangre, que amontonó en la cesta de la ropa sucia, esponjó las almohadas y sacudió la manta, levantó la Biblia del suelo, la cerró y la puso sobre la mesa. Todo estaba igual que antes menos la abuelita, que había desaparecido. La leña crepitaba en la parrilla, el reloj hacía tic tac, y el joven esperaba paciente, ladino junto a la cama, con la cofia de dormir de la ancianita.

Tap-tap-tap.

¿Quién anda ahí?, trina en el cascado falsete de abuelita

Tu nietecita.

Y la niña entró trayendo consigo una ráfaga de nieve que se derritió en lágrimas sobre las baldosas, un poco decepcionada tal vez al ver sólo a su abuela sentada junto al fuego. Pero él de pronto ha arrojado la manta, ha saltado a la puerta y se ha apoyado contra ella de espalda para impedir que la niña vuelva a salir.

La niña echó una mirada en torno y advirtió que no había ni siquiera el hueco que deja una cabeza sobre la tersa mejilla de la almohada y, qué raro, la Biblia, por primera vez, cerrada sobre la mesa. El tic tac del reloj chasqueaba como un látigo. Quiso sacar el cuchillo de la cesta pero no se atrevió a extender el brazo porque los ojos de él estaban clavados en ella: ojos enormes que ahora parecían irradiar una luz única, ojos grandes como cuencos, cuencos de fuego griego, fosforescencia diabólica. ¡Qué ojos tan grandes tienes!

Para mirarte mejor.

Ni rastros de la anciana, excepto un mechón de pelo blanco adherido a la corteza de un trozo de leña sin quemar. Al verlo, la niña supo que corría peligro de muerte.

¿Dónde está mi abuela?

Aquí no hay nadie más que nosotros dos, mi adorada.

De pronto, un inmenso aullido se elevó en torno de ellos, cercano, muy cercano, tan cercano como la huerta; el aullido de una muchedumbre de lobos; ella sabía que los peores lobos son peludos por dentro, y tembló, pese al pañolón escarlata que se ciñó un poco más alrededor del cuerpo como si pudiera protegerla, aunque era tan rojo como la sangre que ella habría de derramar.

¿Quiénes han venido a cantarnos villancicos?, preguntó.

Son las voces de mis hermanos, querida; adoro la compañía de los lobos. Asómate a la ventana y los verás.

La nieve había obstruido la mirilla y ella la abrió para escudriñar el jardín. Era una noche blanca de luna y de nieve; la borrasca se arremolinaba en torno de las fieras grises, esmirriadas, que, sentadas sobre sus ancas en medio de las hileras de coles de invierno, apuntaban sus afilados hocicos a la luna y aullaban como si se les fuera a partir el corazón. Diez lobos; veinte lobos... Tantos lobos que ella no podía contarlos, aullando a coro, como enloquecidos o desesperados. Sus ojos reflejaban la luz de la cocina y centelleaban como centenares de bujías.

Hace mucho frío, pobrecitos, dijo ella; no me extraña que aúllen de ese modo.

Cerró la ventana al lamento de los lobos, se quitó el pañolón escarlata, del color de las amapolas, el color de los sacrificios, el color de sus menstruaciones y, puesto que de nada le servía su miedo, cesó de tener miedo.

¿Qué haré con mi pañolón?

Échalo al fuego, amada mía. Ya no lo necesitarás.

Ella enrolló el pañolón y lo arrojó a las llamas, que al instante lo consumieron. Se sacó la blusa por encima de la cabeza. Sus senos pequeños rutilaron como si la nieve hubiera invadido la habitación.

¿Qué haré con mi blusa?

También al fuego.

La fina muselina salió volando como un pájaro mágico en llamaradas por la chimenea, y ella ahora se quitó la falda, las medias de lana, los zuecos; y también al fuego fueron a parar y desaparecieron para siempre; la luz de las llamas se reflejaba en ella a través de los contornos de su piel; sólo la vestía ahora su intacto tegumento de carne. Así,