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EL VALLE DE LOS LOBOS. (Crónicas de la Torre, vol.1). Laura Gallego García, 2000. Para Jack, el auténtico Kai. _____ 1 _____.
Tipo: Apuntes
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Para Jack, el auténtico Kai
Kai
EL VIENTO AZOTABA sin piedad las ramas de los árboles, y su terrible rugido envolvía implacablemente la granja, que soportaba las sacudidas con heroísmo, dejando escapar sólo algún crujido ocasional en las embestidas más fuertes. El cielo estaba totalmente despejado, pero no había luna, y ello hacía que la noche fuera especialmente oscura. Los habitantes de la casa dormían tranquilos. Había habido otras noches como aquélla en su inhóspita tierra, y sabían que el techo no se desplomaría sobre sus cabezas. Sin embargo, los animales sí estaban inquietos. Su instinto les decía que aquélla no era una noche como las demás. Tenían razón. Justo cuando las paredes de la casa volvían a gemir quejándose de la fuerza del viento, un repentino grito rasgó los sonidos de la noche. Y pronto la granja entera estaba despierta, y momentos más tarde un zagal salía disparado hacia el pueblo, con una misión muy concreta: su nuevo hermano estaba a punto de nacer, y había que avisar a la comadrona lo antes posible. En la casa reinaba el desconcierto. La madre no tenía que dar a luz hasta dos meses después, y, además, sus dolores estaban siendo más intensos de lo habitual. Ella era la primera asustada: había traído
al mundo cinco hijos antes de aquél, pero nunca había tenido que sufrir tanto. Algo no marchaba bien, y pronto en la granja se temió por la vida de la mujer y su bebé. Cuando más tarde la comadrona llegó resoplando todos se apresuraron a cederle paso y a dejarla a solas con la parturienta, tal y como ella exigió. La puerta se cerró tras las dos mujeres. Fuera, el tiempo parecía hacerse eterno, y la tensión podría haberse cortado con un cuchillo, hasta que finalmente un llanto sacudió las entrañas de la noche, desafiando al rugido del viento. --¡Mi hijo! -gritó el padre, y se precipitó dentro de la habitación. La escena que lo recibió lo detuvo en seco a pocos pasos de la cama. La madre seguía viva; agotada y sudorosa, pero viva. A un lado, la comadrona alzaba a la llorosa criatura entre sus brazos y la miraba fijamente, con una extraña expresión en el rostro. Era una niña de profundos ojos azules y cuerpecillo diminuto y arrugado. Un único mechón de cabello negro adornaba una cabeza que parecía demasiado grande para ella. --¿Qué pasa? -preguntó la madre, intuyendo que algo no marchaba bien-. ¿No está sana? Ninguna de las tres prestaba atención al hombre que acababa de entrar. La vieja se estremeció, pero se apresuró a tranquilizarla: --La niña está bien. Jamás contó a nadie lo que había visto en aquella mirada azul que se asomaba por primera vez al mundo.
La llamaron Dana, y creció junto a sus hermanos y hermanas como una más. Aprendía las cosas con rapidez y realizaba sus tareas con diligencia y sin protestar. Como la supervivencia de la familia invierno tras invierno dependía del trabajo conjunto de todos sus miembros, la niña pronto supo cuál era su lugar y entendió la importancia de lo que hacía. Nunca la trataron de forma especial y, sin embargo, todos podían ver que ella era diferente. Lo notaron en su carácter retraído y en su mirada grave y pensativa. Además, prefería estar sola a jugar con los otros niños, era sigilosa como un gato y apenas hablaba. Hasta que conoció a Kai. Dana tenía entonces seis años. Aquél era un día especialmente caluroso, y ella se había levantado temprano para acabar su trabajo
amigo, pero no hubo respuesta. --¡Estaba aquí hace un momento! -exclamó al ver la expresión de su madre. Ella movió la cabeza con un suspiro, y su hermana se rió. Dana quiso añadir algo más, pero no pudo; se quedó mirando cómo ambas mujeres salían del establo para entrar en la casa. Aquélla fue la primera vez que Dana se enfadó con Kai. Primero lo buscó durante toda la mañana, pensando reprocharle el haberse marchado tan de improviso, pero no lo encontró. Esperó en vano toda la tarde a que él se presentase de nuevo, y después decidió que, si volvía a aparecer, no le dirigiría la palabra. Sin embargo, al amanecer del día siguiente, Kai estaba allí, puntual como siempre, sentado sobre la valla y con una alegre sonrisa en los labios. Dana salió de la casa después del desayuno, también como siempre. Pero pasó frente a Kai sin mirarle, y se dirigió al gallinero ignorándole por completo, como si no existiese. El niño fue tras ella. --¿Qué te pasa? -preguntó-. ¿Estás enfadada? Dana no respondió. Con la cesta bajo el brazo, comenzó a recoger los huevos sin hacerle caso. Al principio Kai la siguió sin saber muy bien qué hacer. Después, resueltamente, se puso a coger huevos él también, y a depositarlos en la cesta, como venía haciendo todas las mañanas. Dana le dejó hacer, pero se preguntó entonces, por primera vez, si Kai no tenía una granja en la que ayudar, ni unos padres que le dijesen el trabajo que debía realizar. Pero, como seguía enfadada, no formuló la pregunta en voz alta. --Lo siento, Dana -susurró Kai entonces, y su voz sonó muy cerca del oído de la niña. --Desapareciste sin más -lo acusó ella-. Me hiciste quedar mal delante de mi madre y mi hermana. ¡Pensaron que les estaba mintiendo! --Lo siento -repitió él, y el tono de su voz era sincero; pero Dana necesitaba saber más. --¿Por qué lo hiciste? --Era mejor. --¿Por qué? Kai parecía incómodo y algo reacio a continuar la conversación. --Ellos no saben que eres mi amigo -prosiguió Dana-. ¿Es que no
quieres conocer a mi familia? --No es eso -Kai no sabía cómo explicárselo-. Es mejor que no les hables de mí. Que no sepan que estoy aquí. --¿Por qué? Kai no respondió enseguida, y la imaginación de Dana se disparó. ¿Qué sabía de él, en realidad? ¡Nada! ¿Y si se había escapado? ¿Y si era un ladrón, o algo peor? Rechazó aquellos pensamientos rápidamente. Sabía que Kai era buena persona. Sabía que podía confiar en él. ¿Realmente, lo sabía? Miró fijamente a Kai, pero el niño parecía muy apurado. --Confía en mí -le dijo-. Es mucho mejor que no sepan nada de mí. Mejor para los dos. --¿Por qué? -repitió ella. --Algún día te lo contaré -le prometió Kai-. Pero aún es pronto. Por favor, confía en mí. Dana lo quería demasiado como para negarle aquello, de modo que no hizo más preguntas. Pero en su corazón se había encendido la llama de la duda.
Las estaciones pasaron rápidamente; Dana creció casi sin darse cuenta, y Kai con ella. A los ocho años ya no era un niño enclenque, sino un muchacho saludable y bien formado, mientras que Dana se hizo más alta y espigada, y sus trenzas negras como el ala de un cuervo le llegaban a la cintura. Seguían siendo amigos, y pasando la mayor parte del tiempo juntos. Y Dana no podía dejar de sorprenderse cada vez que pensaba que ella era la única en la granja que conocía la existencia de Kai. A veces había tratado de preguntarle quién era, de dónde venía, por qué tanto secreto; pero él respondía con evasivas o cambiaba de tema. Hasta que un día los acontecimientos se precipitaron. Amaneció nublado. Después de realizar sus tareas cotidianas, Dana y Kai corrieron a su refugio en el bosque. Aquel día se entretuvieron más de la cuenta, siguiendo a un venado y espiando a la nueva carnada de oseznos que ya trotaba tras su madre por la maleza. Al no tener la referencia del sol, a Dana se le pasó el tiempo rápidamente. Además, se había inflado a comer moras silvestres, así que esta vez ni siquiera su estómago le dio la voz de alarma.
desaparecer así, por las buenas? --Se me ha pasado el tiempo -musitó ella-. No me he dado cuenta de la hora que era. Lo siento... Un segundo bofetón la hizo enmudecer. Dana miró a su madre, atónita y dolida. Admitía que había hecho mal, lo lamentaba. ¿No bastaba con una sola bofetada? ¿Era necesaria la segunda? --¿Dónde has estado? -repitió la madre. --En el bosque. Ahora, Dana temblaba violentamente, y sus palabras eran apenas audibles. --¿Todo el día en el bosque? -la madre cruzó los brazos, incrédula-. ¿Y se puede saber qué hacías allí? Dana titubeó un brevísimo instante. --Explorar -susurró-. Seguir a un venado, comer moras silvestres... incluso hemos... -se calló súbitamente y rectificó-: incluso he visto a la nueva carnada de oseznos. Pero la madre no pasó por alto el desliz. --¿«Hemos»? -repitió-. ¿Quién estaba contigo? Dana tardó en responder. La mano de su madre se alzó de nuevo, y ella se apresuró a decir: --Sara, la niña de la granja del norte. --¡Embustera! -soltó desde la mesa una de sus hermanas-. ¡Sara ha estado con nosotras recogiendo tomates! Le hemos preguntado por ti, y nos ha dicho que no te había visto en todo el día. La mano de la madre se disparó de nuevo, y la tercera bofetada estalló contra el rostro de Dana. La niña gimió y se acurrucó contra la pared. --¡Responde! ¿Quién estaba contigo? --No mientas, Dana -dijo la voz de su padre, que lo observaba todo un poco apartado-. Es tu madre. Se preocupa por ti. Ha sufrido mucho pensando que te había pasado algo malo. Pero Dana apenas lo oyó. Sólo tenía en los oídos los gritos de su madre. --¿Contestarás de una vez? La niña seguía temblando. La mujer la agarró por la ropa y la zarandeó. --¡Responde! ¿Quién estaba contigo? Dana no pudo más. --¡Kai! -chilló-. ¡He estado con Kai todo el día! ¡Todos los días! Se sintió de pronto tan aliviada que no le preocupó la extrañeza
de sus padres, hermanos y hermanas. Pero su madre la sacudió de nuevo. --¿Y quién es ese Kai? -quiso saber. --Ya... ya te lo dije una vez. Es mi amigo. Mi... mi mejor amigo. Un niño de mi edad. La madre la soltó, frustrada. --¿Por qué me mientes? -preguntó, y esta vez el tono de su voz no era amenazador, sino dolido. --¡No te miento! -exclamó Dana, sorprendida-. ¡Es la verdad! Kai lleva mucho tiempo viniendo a verme a la granja -paseó su mirada por la habitación-. ¡Alguien tiene que haberle visto! Es un niño rubio... --Está mintiendo -dijo uno de los hermanos, pero la madre lo fulminó con la mirada. --Tú cállate. No te metas en esto. --Kai no existe -dijo entonces la hermana mayor-. Ella lo ha inventado. ¿Es que no os dais cuenta? Siempre anda por ahí hablando sola. Dice que habla con ese Kai. La madre adoptó una expresión de duda y miró a Dana. Pero ella se sentía ahora víctima de una conspiración familiar. --¡Yo no estoy mintiendo! -gritó, furiosa-. ¡Kai existe, yo lo veo todos los días, y no hablo sola! La rabia había ahogado cualquier tipo de remordimiento. --Kai no existe, Dana -repitió su hermana mayor-. Es sólo algo que tú te has inventado. --¡¡¡No es verdad!!! -aulló Dana; y, sin poder seguir allí un instante más, dio media vuelta y salió de la casa a todo correr. La puerta se cerró con estrépito tras ella. Dentro del comedor nadie se movió, hasta que oyeron abrirse la puerta del granero. La madre respiró, aliviada. Ahora sabía que Dana no había vuelto a escaparse. Se volvió entonces hacia su hija mayor. --La próxima vez deja que yo me ocupe de estas cosas, ¿de acuerdo? -le recriminó con dureza. La muchacha no respondió, y el silencio volvió a adueñarse del comedor. De pronto, ya nadie tenía ganas de cenar.
Dentro del granero todo estaba en calma. Tan sólo se oían unos sollozos apagados que provenían del piso superior.
aún? ¿Cómo explicar que dijesen que hablaba sola, cuando ella nunca...? --¿Y por qué? -quiso saber-. ¿Quién eres tú? ¿Qué quieres de mí? --Soy tu amigo. ¿O no lo soy? Dana sacudió la cabeza. ¿Cómo podía ser Kai tan ingenuo? ¿De veras creía que eso bastaba? Él pareció adivinar sus pensamientos: --Sólo tú puedes verme -insistió-. Pero yo seré tu amigo y estaré contigo siempre. Y esto es lo que hay. --¿Esto es lo que hay? -repitió Dana, estupefacta-. ¿Y es suficiente? --¿Qué más puedo decir? -también él parecía molesto-. Tendrás otros amigos visibles para todo el mundo. Pero cuando pasen muchos años reconocerás que no tuviste un amigo mejor que yo. --¡Qué engreído! -soltó Dana, pasmada. Kai calló durante un momento. Después dijo, suavemente: --¿Prefieres que me vaya? Dana lo miró a los ojos. --Porque, si es lo que quieres, me iré -añadió el chico-. Desapareceré de tu vida y no volverás a tener problemas por mi culpa. Dana no dijo nada. Sólo siguió mirándole, y se preguntó entonces qué haría sin él, sin su sonrisa, sin la mirada franca de aquellos chispeantes ojos verdes, sin la suavidad de su voz. Y tuvo que admitir que, tras la discusión con su familia, era Kai el único que le parecía cercano y real. Él era lo único que le quedaba. Sintió el impulso de abrazarle, pero se contuvo. Sabía por experiencia que a él no le gustaba que lo tocasen. Se preguntó entonces por qué, y una súbita sospecha atenazó su mente. Alzó la mano lentamente para acariciar la mejilla de su amigo. Él pareció dudar un momento, pero no se apartó. Y la mano de Dana atravesó limpiamente el cuerpo de Kai, como si él no estuviese allí. La niña sintió un terror irracional. Movió el brazo en un desesperado intento por tocar algo, pero la figura de Kai, aunque era perfectamente visible, parecía tan incorpórea como la niebla. Dana gimió, y sus deseos de abrazar a Kai, de retenerlo a su lado, crecieron hasta hacerse insoportables. El niño entendió lo que le pasaba por dentro, y le dirigió una mirada apenada. --Existo en un plano diferente al tuyo -le dijo-. Lo siento, no puedo
hacer nada. Podemos estar eternamente juntos, y eternamente separados. Dana gimió de nuevo. Ella era una simple campesina que no podía comprender aquellas sutilezas. Y sólo tenía ocho años. Se acurrucó bajo su manta y le dio la espalda a Kai, mientras su mirada se perdía entre las estrellas que se veían a través del ventanuco. De pronto sintió algo tras ella, y no necesitó volverse para saber que Kai estaba echado a su lado. Incluso sintió el brazo de él rodeándole la cintura. No lo notaba como algo corpóreo, sino como una cosa parecida al roce de la brisa, a la calidez de un rayo de sol, a la frescura de un día de lluvia. Sin embargo, la reconfortó infinitamente. Suspiró, y se acurrucó junto a Kai. No podía tocarlo, pero podía sentirlo, y toda su alma respondía ante aquella presencia. --No me dejes sola, Kai -suplicó en un susurro-. No me dejes nunca. --Nunca -prometió el muchacho, y su voz sonó muy cerca del oído de Dana, en lo más hondo de su mente y en lo más profundo de su corazón.
El hombre de la túnica gris
LAS ESTACIONES PASARON rápidamente, y la amistad entre Dana y Kai se fortaleció. El chico era alegre y optimista, y su compañía le hacía a Dana la vida menos monótona. Eran innumerables las travesuras que habían llevado a cabo juntos desde que se encontraron por primera vez. Por primera vez... Una tarde que volvían juntos del bosque, hablando y riendo como siempre, Dana evocó aquel primer encuentro, cuatro años atrás. Recordó la imagen del niño rubio y delgaducho sentado sobre la valla del corral, su mirada sincera y su sonrisa amistosa. Ahora, Kai era un guapo chico de diez años, pero seguía sonriendo igual. Le vino a la memoria también aquella noche en que descubrió que Kai no era un niño normal. El rostro se le ensombreció momentáneamente, y Dana sacudió la
pasarse entre ellas una pelota de trapo, y las capitaneaba Sara, la niña de la granja del norte. Dana y Kai se aproximaron un poco más. En el rostro de ella había aparecido una expresión anhelante, y Kai sabía muy bien lo que eso significaba. Sin embargo, Dana no se atrevió a acercarse mucho. Se detuvo a pocos pasos del grupo, detrás de una valla que delimitaba las propiedades de su familia y los vecinos, y se quedó mirando cómo jugaban, deseando poder unirse a ellas. El equipo de Sara tenía la pelota, y el otro grupo trataba de arrebatársela. Las niñas gritaban, saltaban y reían con los cabellos revueltos y las mejillas arreboladas. Una de ellas reparó en la presencia de Dana junto a la valla, y se quedó mirándola. Las otras se dieron cuenta de lo que pasaba, y el juego se detuvo. --¿Qué estás mirando? -le preguntó la niña a Dana, de mala manera. Una expresión dura cruzó el rostro de ella y, sin responder, dio media vuelta para marcharse. --¡Espera! -la detuvo Sara, y Dana se giró, esperanzada-. ¿Quieres jugar? Las otras protestaron, pero Dana no les hizo caso. Se quedó mirando a Sara, preguntándose si le estaría tomando el pelo. Pero la niña parecía muy seria. --Me gustaría mucho -respondió Dana, lentamente y con precaución. Entonces Sara fingió dudar. --El caso es que... -dijo-, no sé si sería buena idea. A lo peor le pasas la pelota a alguien que no existe -concluyó con una carcajada, y las otras se sumaron a las burlas. Dana, humillada, iba a replicar; pero se calló, porque aún deseaba formar parte de aquel grupo. --Es más fácil pasaros la pelota a alguna de vosotras -contestó, sonriente-. Si no, no tendría gracia el juego, ¿no te parece? Sara pareció apreciar la elegante salida de la otra; pero el resto de las del grupo no fueron tan compasivas, y redoblaron sus risas. --Vete a hablar con el diablo, ¡bruja! -la insultó una. --¡Eso! ¡Márchate, bruja! -corearon las demás. Dana lo intentó otra vez. --No soy una bruja -dijo-. Soy como vosotras. Sólo me gusta
pensar en voz alta, eso es todo. --¡Entonces, piensas demasiado! -se burlaron ellas. La niña que tenía la pelota de trapo se la lanzó a la cara con todas sus fuerzas. Dana recibió el impacto y recogió el juguete, aturdida. No le había hecho daño, pero el gesto de la niña había sido una clara muestra de desprecio. Trató de ignorar aquel hecho y pensó que, ya que tenía la pelota, podría integrarse en el juego, así que se la lanzó a Sara. Pero ésta apartó las manos y no la recogió. El trapo cayó sobre la hierba. Dana se sintió herida y muy humillada, y se preguntó qué había hecho ella para que la tratasen así. Quiso dar media vuelta y marcharse, pero, antes de que pudiera hacerlo, una de las chicas cogió una piedra del suelo y se la arrojó. Le dio a Dana en el brazo; era un guijarro pequeño y no la hirió, pero fue la señal que necesitaban las otras para lanzar una lluvia de piedras sobre su extraña vecina. Dana se cubrió la cara con las manos y les dio la espalda. Deseaba echar a correr, pero no lo hizo: su orgullo se lo impedía. Se alejó lentamente, sintiendo los guijarros que golpeaban su cuerpo como agujas. No estaba triste, ni tenía ganas de llorar. Sólo sentía rabia. --Nunca más -le aseguró a Kai, que caminaba a su lado-. Nunca más. Él la miró. No sonreía. Dana se metió en el granero y se sentó sobre su vieja manta. --Dicen que soy una bruja -le dijo a Kai-. Ojalá lo fuera. Entonces podría vengarme de ellas; les haría cosas terribles y que se tragaran sus insultos. Su amigo se estremeció. Se plantó frente a ella, la cogió por los hombros y la miró a los ojos. --Nunca digas eso -le advirtió-. Ni lo pienses siquiera. --¿Por qué? Kai se encogió de hombros. --Es peligroso. Además, no es culpa suya. Dana se irguió rápidamente. --¿Ah, no? ¿Y de quién es, entonces? ¿Mía, acaso? Kai sacudió la cabeza. --No lo sé. Tal vez mía. Tal vez de nadie. Dana no respondió. En momentos como aquél, interiormente hacía a Kai responsable de su soledad.
diferente. --Y ahora desconfían de mí -completó Dana en voz baja. Kai la miró durante un largo rato, deseando poder hacer algo más por ella. --Tarde o temprano encontrarás tu lugar en el mundo -la consoló-. No sufras por ello. Dana alzó la cabeza para mirarle otra vez a los ojos. --¿Tú crees que soy una bruja, Kai? --Yo creo que tú eres Dana -respondió él sin dudar-. Y no me importa lo demás. Dana suspiró y se acurrucó junto a él, deseando con toda su alma poder abrazarlo, y tocar algo más que aire cuando rozaba su imagen. Kai adivinó lo que pensaba. --Todo irá mejor a partir de ahora -le dijo, acariciándole el pelo con ternura-. Te lo prometo. Sin embargo, por una vez el muchacho se equivocaba.
El cambio de estación trajo consigo un invierno especialmente duro y frío. Las nevadas y heladas acabaron con gran parte de las cosechas, y con gran número de animales en los bosques. Hambrientos y desesperados, los lobos bajaban de las montañas en jaurías enteras; la necesidad los hacía más audaces, y atacaban las granjas reduciendo cada vez más los recursos de las familias de campesinos. Las cosas no se arreglaron con la llegada de la primavera. El frío dio paso, casi sin tregua, a un calor asfixiante y una sequía como no se recordaba en la comarca. Lo poco que había sobrevivido al invierno se echó a perder. Para una familia de doce miembros, como la de Dana, aquello era una catástrofe. La niña pronto sintió en sus carnes la época de crisis. La comida era escasa, y sus padres y hermanos mayores tenían que trabajar muy duro para alimentarlos a todos. Dana adelgazó alarmantemente, pero no fue la única en la familia. Las cosas se agravaron cuando empezó a faltar el agua, y se extendió rápidamente una epidemia transmitida, según parecía, por los mosquitos, que habían aumentado considerablemente en número en los últimos tiempos. La epidemia se llevó a una hermana mayor y a uno de los hermanos pequeños de Dana, y a su abuelo, que iba a cumplir setenta y cuatro años.
La niña se había vuelto más silenciosa con la tragedia. Trabajaba como una mula sin protestar, porque el ejercicio la ayudaba a no pensar. También hablaba bastante menos con Kai, pero seguían pasando todo el día juntos. Aquella especie de lazo que los unía incluso sin palabras parecía hacerse cada vez más fuerte, de modo que ya apenas necesitaban hablar para comprenderse. Una mañana, Dana acudió al pozo a sacar agua. Se trataba de un pozo común a varias granjas pero, ante el azote de la sequía, el agua estaba rigurosamente racionada. A la familia de Dana, por ser ahora de nueve miembros, le tocaban tres cubos. Llevaba sólo dos cubos vacíos sobre una carretilla baja, porque no le cabía un tercero, de modo que tendría que hacer dos viajes. Sin embargo, cuando echó uno de los cubos al fondo del pozo dudó que pudiera llenar los tres. Subió la cuerda lentamente; éste era el trabajo más duro. Cuando alcanzó el cubo con agua y alzó la vista, vio frente a sí a Kai, que la miraba con seriedad. --El agua no durará mucho -dijo Dana entristecida. Kai suspiró. Ella dejó el cubo lleno en la carretilla y lanzó el otro al pozo. Ambos oyeron cómo tocaba fondo, pero ninguno hizo el menor comentario. Kai se colocó detrás de su amiga y la ayudó a tirar de la cuerda. Dana se había preguntado muchas veces cómo era posible que una persona a la que no se podía tocar, que era tan incorpóreo como el aire o como la niebla, pudiese hacer cosas tales como coger huevos o tirar de la cuerda de un pozo. Había observado atentamente a Kai en numerosas ocasiones, cuando él hacía aquellas cosas, y lo único que había podido detectar era que el chico parecía tener que concentrarse mucho para ello. Mientras los dos subían el cubo con agua, Dana sacudió la cabeza. Sabía que era inútil preguntarle: nunca le respondería. Con un último esfuerzo, Dana alzó el cubo hasta depositarlo sobre el borde del pozo. Entonces se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano. --Terrible, ¿eh? -comentó Kai, pero de pronto se puso tenso y dio media vuelta con brusquedad. Dana sintió entonces una sombra tras ella, y se estremeció. Como Kai, se giró, intrigada. Se trataba de un jinete que acababa de llegar por el camino. Montaba un hermoso caballo blanco que sudaba y resoplaba por culpa
Kai podía ser visible para otra persona que no fuese ella, y aquel pensamiento la golpeaba una y otra vez con la fuerza de una maza. El hombre sonrió de nuevo, espoleó a su caballo y se alejó sendero abajo. Dana se quedó parada; el corazón le latía alocadamente y sus ojos seguían al jinete de la túnica gris mientras se alejaba camino abajo. Los cascos de su caballo levantaban una fina nube de polvo que parecía dorado bajo el sol abrasador. Cuando lo perdió de vista, Dana se volvió hacia Kai. --Ese hombre te ha visto -le dijo, y su tono de voz mezclaba miedo, sorpresa, respeto y un poco de reproche-. ¿No se suponía que sólo yo podía verte? --No podía verme -replicó él-. Seguramente no me miraba a mí. Habló rotunda y enérgicamente, pero Dana vio un brillo de duda y temor en los ojos verdes de su amigo. Todavía pálida, recogió sus cubos y emprendió el regreso a casa, arrastrando la carretilla con cuidado. Kai la ayudaba a tirar, aunque, como era cuesta abajo, no se hacía muy pesado. Ninguno de los dos dijo nada más mientras bajaban por el camino que había seguido el jinete de la túnica gris que se dirigía a la ciudad y que parecía haber visto a Kai. Aquella tarde, Dana intentó hablar del tema con su amigo, pero Kai no parecía muy dispuesto a recordar la escena del pozo. Cuando por fin consiguió que él se enfrentase a ello, el niño quitó hierro al asunto y aseguró que seguramente se lo había imaginado. Dana no replicó. Recordaba perfectamente la expresión del hombre, una mezcla de asombro y curiosidad, y recordaba también que Kai se había sobresaltado igual que ella. Le dio muchas vueltas al asunto, porque intuía que era importante. Si el viejo había visto a Kai... significaba que ella no estaba loca, y su amigo existía de verdad. La gente la creería por fin, de una vez por todas, si había alguien más que pudiese corroborar su historia. Esto le dijo a Kai cuando el sol se ponía por el horizonte, pero el niño, con una expresión muy seria, impropia de él, la miró a los ojos y le aconsejó olvidar que lo habían visto. --¿Por qué? -preguntó Dana, intrigada. Kai fijó en ella una mirada pensativa. Dana siempre preguntaba ¿Por qué?, y él muchas veces había deseado darle las respuestas que buscaba, pero sabía que todavía no había llegado el momento. --Había algo extraño en él -dijo por fin. Era una respuesta muy vaga, pero Dana pareció aceptarla, quizá
porque ella también había sentido lo mismo. --Además, casi seguro que no volveremos a verlo -añadió él, y, por segunda vez, Dana estuvo de acuerdo, y decidió no pensar más en ello. Sin embargo, tuvo que recordar al jinete de la túnica gris mucho antes de lo que pensaba. Porque aquella noche, tal y como él había predicho, llovió sobre la comarca.
La Torre
AQUEL CHAPARRÓN MEJORÓ un poco las cosas, pero los daños causados por la sequía eran irreparables. Las cosechas se habían agostado, los incendios habían mermado los bosques y muchos animales de granja habían muerto por el calor o habían tenido que ser sacrificados para que sobrevivieran las familias. La comarca pasó tiempos de necesidad, y Dana, pese a que la amistad incondicional de Kai le ayudaba a sobrellevar las penalidades, no paraba de preguntarse cuándo cambiarían las cosas, sin saber que su vida pronto iba a transformarse radicalmente. Una tarde que volvía del campo notó algo anormal en la granja. Sus hermanos pequeños jugaban en el porche, pero no se veían adultos en las inmediaciones. Además la puerta de la tasa estaba cerrada, lo cual resultaba extraño, pues debido al calor siempre la dejaban abierta. Dana se encogió de hombros, pero Kai parecía inquieto. Los dos se dirigieron al establo en busca de algo de sombra, y una vez allí se formaron una idea más aproximada de lo que estaba pasando. La sequía sólo les había dejado dos vacas y un caballo de tiro, pero aquella tarde había dos inquilinos más en el cobertizo: un caballo blanco y una joven yegua baya. --¿Y esto? -murmuró Dana, muy extrañada, mientras Kai admiraba con un expresivo silbido la planta de los soberbios animales-. ¡No pueden ser nuestros! No tenemos dinero. Se le ocurrió una idea y cruzó una mirada con Kai.