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Asignatura: teoria sociologica, Profesor: socorro socorro, Carrera: Sociología, Universidad: UPV-EHU
Tipo: Apuntes
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1.- Notas biográficas y preocupaciones fundamentales Es difícil hablar de Simmel únicamente como sociólogo. De hecho, se interesó por una gran cantidad de temas, como la filosofía, la psicología y el arte, y se identificaba a sí mismo más como filósofo que como sociólogo. Mientras que Weber, con el paso del tiempo, se fue acercando a la sociología, Simmel se fue alejando cada vez más de ella. En un primer momento, tuvo una gran influencia de H. Spencer y el evolucionismo; pero, poco a poco, fue abandonando la visión organicista y se acercó, primeramente, al neokantismo y, más tarde, a la llamada filosofía de la vida , con clara influencia de los análisis del filósofo Henri Bergson. La “vida” va a ser el foco principal de su obra teórica y, consiguientemente, la “sociedad” pasa a ocupar un lugar secundario. Debido a esto, se ha dicho de él que es un pensador poco sistemático. Muchos han visto su obra como un conjunto de ideas brillantes, pero con poca base científica. Durkheim, por ejemplo, dijo sobre La filosofía del dinero , una de sus obras fundamentales, que era un “conjunto de especulaciones ilegítimas”, un “tratado de filosofía social” que contiene “ciertas ideas ingeniosas, opiniones mordaces y comparaciones peculiares, y a veces sorprendentes.” Sin embargo, Weber afirmó que prácticamente todas las obras de Simmel “abundan en importantes ideas teóricas y las más sutiles observaciones” (Frisby, 1990: 10). El antisemitismo de la Alemania de la época, las inclinaciones socialistas de Simmel, su carácter heterodoxo y atrayente para un gran público, hacen de él un sociólogo un tanto atípico, sobre todo si lo comparamos con los clásicos citados. Simmel nunca se involucró en las discusiones académicas de su tiempo, ni demostró ninguna preocupación por el papel que debería jugar la sociología en las grandes cuestiones sociales. La cantidad de temas que trató y la diversidad de perspectivas desde las que los abordó (incluso dentro de una misma obra) era enorme. Mostró una capacidad poco frecuente para percibir relaciones entre fenómenos, para combinar procesos sociales que a primera vista no aparecían relacionados. Esto le reportó muchos seguidores, pero también un riesgo evidente de que el lector se pierda en este continuo viaje de un aspecto a otro del tema tratado.
concretos a la vez. Cada individuo aporta a la vida social sus capacidades y características, y de esta forma crece y se conforma la vida social, más allá de las vidas individuales. Por tanto, Simmel deslindó claramente la sociología como disciplina científica específica, con un objeto de estudio propio. De cualquier manera, Simmel era totalmente consciente de las fuerzas y corrientes históricas que condicionaron el surgimiento de la sociedad moderna. El escenario de su trabajo, al igual que el de Weber o Tönnies, fueron las dos grandes revoluciones (la política y la económica) y cómo determinaron éstas las características de la nueva forma de pertenencia social del individuo. Así, afirma, en la Edad Media, la afiliación a un grupo determinado (iglesia, gremio, familia,…) absorbía la totalidad de la persona. La sociedad moderna, sin embargo, se diferencia profundamente del esquema concéntrico medieval de afiliaciones de grupo, y en esta diferencia de organización reside la peculiaridad del individuo moderno. En la sociedad moderna, a diferencia de la medieval, el individuo puede acumular afiliaciones de grupo casi sin límite (Nisbet, 1990: 134-145). Se puede decir que existen tres niveles básicos de preocupación en la obra de Simmel. En primer lugar se encuentran sus suposiciones microscópicas sobre los componentes psicológicos de la vida social. En segundo lugar, en una perspectiva más amplia, se encuentran sus análisis de los componentes sociológicos de las relaciones interpersonales; y en tercer lugar, de forma más macroscópica, está su estudio sobre la estructura y los cambios del espíritu social y cultural de su tiempo.
2.- El método sociológico: pensamiento dialéctico El estilo sociológico de Simmel no coincidía con el imperante en su época. Habría que recordar, en este sentido, los análisis llenos de erudición de Weber, o la obsesión de Durkheim por emular a las ciencias naturales. Sin embargo, Simmel piensa que el pensamiento sociológico avanza en la medida en que es capaz de comprender la realidad social mediante un mero proceso de raciocinio. No concede importancia, así, a la acumulación de hechos descriptivos, de datos y ,aunque utiliza ejemplos históricos y empíricos, lo hace simplemente para ilustrar sus ideas. Incluso llegó a decir que en algunos trabajos podría haber usado casos ficticios y el resultado no habría cambiado (Frisby, 1990: 21). Simmel analiza los tres niveles básicos de la vida social que mencionábamos en el punto anterior apoyándose en una metodología dialéctica , un enfoque dialéctico que es multicausal y multidireccional. Esto significa, por un lado, que la dualidad de los fenómenos sociales, la contradicción y el conflicto son componentes básicos de sus análisis. Por otro, que no busca un único origen o causa que funcione en la misma dirección (por ejemplo, causas materiales que expliquen procesos culturales) para entender un proceso o relación social. Huye. por lo tanto, de todo tipo de determinismo; rechaza la idea de que hay líneas divisorias tajantes entre los fenómenos sociales, y se fija tanto en el presente como en el pasado y futuro de éstos. Veamos tres trabajos de Simmel, publicados en Sobre la aventura. Ensayos filosóficos , donde aparece claramente reflejado dicho pensamiento dialéctico. La moda (Simmel, 1988: pp. 26-55). El punto de partida de Simmel es que en la vida del individuo y, en general, en la realidad social, se contraponen dos tendencias: la imitación, que proporciona seguridad al individuo y lo convierte en parte de un grupo; y la diferenciación, o necesidad de destacarse, de diferenciarse, tanto en el nivel individual como en el de grupo. La vida social, afirma, es un campo de batalla donde estos dos principios antagónicos cooperan continuamente.
además por el que aspira a hacerlo. Por eso el sentimiento que la persona a la moda percibe a su alrededor es una combinación evidentemente placentera de aprobación y envidia.(…). Pero también esa envidia tiene aquí un matiz especial. Existe una variedad de la envidia que incluye una especie de participación ideal en el objeto envidiado.(…). Esta misma configuración básica de la moda la convierte en la palestra ideal para aquellos individuos que carecen de íntima independencia y está siempre necesitados de apoyo, pero que por su orgullo precisan asimismo sobresalir, merecer atención, distinguirse.” (Simmel, 1988: 37-38) La dualidad de la moda se puede observar también en el líder de la moda, o lo que Simmel llama el loco de la moda , que lleva la tendencia de ésta al extremo, intentando conseguir así un aire de individualidad, pero que sólo consiste en la ampliación cuantitativa de elementos que cualitativamente son patrimonio del grupo respectivo. De la misma manera ha de entenderse el esfuerzo de algunos por ir contra la moda: “Puede suceder incluso que en círculos enteros de una amplia sociedad se ponga de moda ir contra la moda, lo que constituye una de las más singulares complicaciones psicológico-sociales en la que, primero, el impulso a la distinción individual se satisface con una mera inversión del mimetismo social, y luego, a su vez, obtiene fuerza apoyándose en un círculo restringido.” (Simmel, 1988: 40) La igualación y la distinción que conlleva la moda resulta evidente en el caso de la mujer, según Simmel: “El hecho de que la moda exprese y subraye a un tiempo la tendencia a la igualación y la tendencia a la individualización, el gusto por imitar y el gusto por distinguirse, explica quizá por qué las mujeres son, en general, más intensamente proclives a seguirla. En efecto, de la debilidad de la posición social a la que se han visto condenadas las mujeres durante la mayor parte de la historia, se deriva su estrecha identificación con todo lo que son “buenas costumbres” con “lo que debe hacerse”, con las formas de existencia por lo general válidas y admitidas. Pues, el débil elude la individualización, evita apoyarse en la práctica en sí mismo con sus responsabilidades y con la necesidad de defenderse sólo con sus propias fuerzas. (…) La moda les ofrece justamente esta combinación de la manera más afortunada: por una parte, un ámbito de mimetismo general, una inmersión en los más amplios canales sociales, una descarga por parte del individuo de la responsabilidad por sus gustos y actividades; por otra, la distinción, la posibilidad de destacar a través del ornato individual de su propia personalidad.(…) En general, la historia de las mujeres muestra que en su vida interior y exterior, individual y colectivamente, reina una uniformidad, nivelación y homogeneidad comparativamente tan grandes que necesitan participar más vivamente del ámbito de la moda, que es el del cambio por antonomasia, para dotar al menos a su vida –tanto en su propia estimación como en la de los demás- de algún atractivo. (…). En conjunto puede afirmarse que la mujer es, en comparación con el varón, un ser más fiel. Pero precisamente la fidelidad, que se expresa en el plano de los sentimientos en la unidad y homogeneidad del ser, exige por la mencionada necesidad
de compensación de las tendencias vitales alguna variación más viva en terrenos menos centrales. El varón, en cambio, que por su propia naturaleza, es más infiel y que no acostumbra normalmente preservar con idéntica rigidez y concentración de todos sus intereses vitales la vinculación sentimental que contrajo una vez, necesita menos, en consecuencia, de aquellas formas externas de la variación. (…) Por eso la mujer emancipada de nuestros días, que intenta aproximarse a la naturaleza masculina, a su diversidad, personalidad y movilidad, subraya también su indiferencia frente a la moda.” (Simmel, 1988: 41-43) La coquetería (Simmel, 1988: 89-108) Simmel analiza la coquetería como una relación social, que, al igual que el amor, se basa, a la vez, en la posesión y la no posesión, y alcanza su cumbre cuando la mujer se dirige a un hombre distinto al que en realidad pretende. La coquetería debe hacer sentir a la persona a la que se dirige el juego sutil entre el sí y el no, la negativa que podría ser un rodeo para la entrega. “La coquetería finaliza cuando se produce la decisión definitiva, y la suprema maestría en el arte de practicarla se pone de manifiesto cuando se llevan las cosas lo más cerca posible de una resolución definitiva aparentando consentimiento para anularlo poco después y cambiarlo por todo lo contrario.” (Simmel, 1988: 92) En sí, las prácticas de la coquetería pertenecen a lo que Simmel llama el ámbito de la semiocultación : se afirma lo que no se cree, se tiene una sinceridad dudosa, se amenaza en broma,… el sujeto semioculto se ofrece y escapa al mismo tiempo. Al igual que sucedía con la moda, las mujeres y los hombres no se sitúan de la misma manera frente a las prácticas de la coquetería. “En la negativa y la afirmación, en la aceptación y el rechazo, las mujeres son maestras. Esta es la consumación del papel sexual que se atribuye al elemento femenino ya en el reino animal: la hembra es la que elige. (…) El motivo que mueve a la mujer a esta conducta es (…) el atractivo de la libertad y el poder. Por lo regular, la mujer sólo está una vez, o muy pocas veces, en condiciones de decidir sobre la cuestión básica de su vida (…) Pero en la coquetería, aunque sólo de forma aproximativa y a manera de símbolo, la mujer asume esa decisión, por decirlo así, crónicamente.(…) El poder de la mujer sobre el varón se pone de manifiesto en el sí o en el no, y justamente esta antítesis, en la que oscila la conducta de la coqueta, sustenta el sentimiento de libertad, la no vinculación del yo a uno y otro, la independencia del sujeto por encima de los términos contrapuestos que domina. El poder de la mujer sobre el sí y el no es anterior a la decisión; una vez ha decidido, el poder que tenía de esta guisa toca a su fin. La coquetería es el medio para gozar de ese poder de forma duradera.” (Simmel, 1988: 97-98)
que se moderniza la sociedad (un claro ejemplo sería el caso del conocimiento científico). En segundo lugar, crece incesantemente el número de componentes de la cultura. Y en tercer lugar, y es lo más importante, los diferentes elementos del mundo de la cultura se van engarzando más y más en un mundo cada vez más poderoso e independiente del control de los actores. Así, en un sentido ideal, la cultura individual modela y es modelada por la cultura objetiva. El problema que se plantea es que la cultura objetiva llega a tener vida propia. Los productos culturales adquieren identidades fijas, y una propia lógica. Esto hace que inevitablemente se distancien de la “dinámica espiritual” que los creó, hace que se vuelven independientes, a través de un proceso de extrañamiento o alienación, e incluso que entren en contradicción con los actores que los crearon o lleguen a dominarlos. Aunque las personas siempre mantengan la capacidad de crear y recrear la cultura, la tendencia a largo plazo de la historia consiste en que la cultura ejerce una fuerza cada vez más coercitiva sobre el actor (Ritzer, 1990: 316). Así explica Simmel el proceso: “El “carácter de fetiche” que Marx adscribe a los objetos económicos en la época de la producción de mercancías es sólo un caso peculiarmente modificado de este destino general de nuestros contenidos culturales. Estos contenidos están bajo la paradoja (…) de que, ciertamente, han sido creados por sujetos y están determinados para sujetos, pero en la forma intermedia de la objetividad que adoptan más allá y más acá de estas instancias siguen una lógica evolutiva inmanente y, en este medida, se alejan tanto de su origen como de su fin. No son necesidades físicas las que entran en cuestión a este respecto, sino realmente sólo necesidades culturales que, sin duda, no pueden saltar por encima de las condicionalidades físicas. Pero lo que el producto, como tal producto del espíritu, extrae (…) es la lógica cultural del objeto, no la científico-natural. Aquí reside el funesto impulso coercitivo interno de toda “técnica” tan pronto como su perfeccionamiento la empuja fuera del alcance del uso inmediato. Así, por ejemplo, la fabricación industrial de algunas manufacturas puede recomendar la de productos colaterales para los que en realidad no se encuentra ninguna necesidad; pero la presión a utilizar completamente aquellos utillajes, una vez creados, urge a ello. (…) y así surgen ofertas de mercancías que despiertan necesidades artificiales y, visto desde la cultura de los sujetos, absurdas. En algunas ramas de la ciencia no sucede otra cosa. (…) En muchos ámbitos científicos se origina de este modo aquello que puede denominarse el saber superfluo: una suma de conocimientos metodológicamente irreprochables, no impugnables desde el concepto abstracto de ciencia, y que, sin embargo, están enajenados respecto del auténtico sentido final de toda investigación. (…) Toda la excesiva especialización que hoy en día es deplorada en todos los ámbitos de trabajo y cuya prosecución apremia, sin embargo, bajo la ley como con implacabilidad demoníaca, es sólo una configuración particular de aquel destino fatal de los elementos culturales: que los objetos poseen una lógica propia de su desarrollo –no una lógica conceptual, no una lógica natural, sino sólo la de su desarrollo en tanto que obras culturales humanas– y en cuya consecuencia se desvían de la dirección con la que podrían insertarse en el desarrollo personal de las almas humanas. (…).
Esta es la auténtica tragedia de la cultura. (…) el desarrollo de los sujetos ya no puede recorrer el camino que toma el de los objetos; siguiendo, sin embargo, este último se extravía en un callejón sin salida o en el vacíamiento de la vida más íntima y más propia.” (Simmel, 1988: 225-228) 3.-La interacción social Simmel pensaba que había que liberar a la sociología de la carga de ser considerada “la ciencia de la sociedad”, porque en esta tarea competía necesariamente, con otras ciencias, como la etnología, la historia, el derecho,… Era necesario, por lo tanto, repensar el objeto de estudio de la sociología. En esta tarea, contribuyó al igual que Weber, a la desmitificación de la sociedad como una entidad esencial (como aparece en la sociología del siglo XIX y, hasta cierto punto, en los trabajos de Tönnies y Durkheim). Critica las concepciones que parten de un concepto global de sociedad, Para Simmel, la única realidad existente está formada por las actividades de los individuos que constituyen la sociedad: “Si la sociedad es, simplemente, una… constelación de individuos que son las auténticas realidades, entonces éstos y su conducta constituyen también el objeto real de la ciencia, y el concepto de sociedad se evapora…La única existencia tangible es la de los seres humanos individuales y sus circunstancias y actividades, por lo que la tarea sólo puede consistir en comprenderlos, mientras que la esencia de la sociedad, que surge simplemente de una síntesis ideal y que nunca puede captarse, no debe ser el objeto de la meditación dirigida a investigar la realidad.” (Simmel, in Frisby, 1990: 75-76) La complejidad de la realidad social impide la construcción de leyes de desarrollo en el sentido positivista. La sociología proporciona simplemente un nuevo punto de vista para la observación de hechos ya conocidos. No cabe una mera fundamentación positivista de la ciencia de la sociología basada en hechos. Pero añade que tampoco puede basarse simplemente en conceptos teóricos. La sociedad ha de entenderse no como algo definido y acabado, sino como un proceso dinámico, de cambio continuo, que no es sino la suma de las formas de asociación existentes en un momento dado. Ni los individuos ni la sociedad o sociedades son unidades que pueden ser explicadas por sí mismas.
Simmel observó una amplia gama de formas sociales : el intercambio, el conflicto, la prostitución, … Destaca en ellas su análisis de la dominación; es decir, de la supraordenación y la subordinación. Estas dos formas mantienen una relación recíproca; no pueden existir sin relaciones mutuas. Por una parte, incluso en la más opresiva de las formas de dominación los subordinados tienen al menos algún grado de libertad personal. Y, por otra, aunque la supraordenación supone un esfuerzo por eliminar la independencia de los subordinados, tal relación dejaría de existir si eso sucediera. “Aun en las relaciones d sumisión más opresoras y crueles, subsiste siempre una cantidad considerable de libertad personal. Lo que sucede es que no nos damos cuenta de ella; porque afirmarla en tales casos costaría sacrificios que no estamos dispuestos a realizar generalmente. La coacción ‘absoluta’ que ejerce sobre nosotros el más cruel tirano está siempre, en realidad, condicionada; está condicionada por nuestra voluntad de eludir las penas y otras consecuencias de nuestra insumisión. Estrictamente hablando, la relación de subordinación no aniquila la libertad del subordinado, sino en el caso de coacción física inmediata. En los demás casos, se limita a exigir por nuestra libertad un precio que no estamos dispuestos a satisfacer. (…) No nos importa aquí el aspecto moral de estas consideraciones. Sólo nos importa el sociológico: que la acción recíproca, es decir, la acción mutuamente determinada (…) subsiste aún en los citados casos de subordinación completa, y hace de esta subordinación una forma ‘social’… “ (Simmel, 1986b, I, : 148-149) En las relaciones de subordinación, el mando puede ser ejercido por un individuo, por un grupo o por un poder objetivo, sea social o ideal, aunque sobre todo da importancia al primer tipo de subordinación. “… (en algunos casos) la subordinación a un señor es la causa que crea una comunidad… Tanto en el grupo político, como en la fábrica o en la clase, o en la comunidad religiosa, puede observarse que el hecho de que la organización culmine en una sola cabeza, ayuda a realizar la unidad del conjunto, no sólo en caso de armonía, sino también en el de oposición. Y acaso la oposición obligue todavía más al grupo a concentrarse. El tener adversarios comunes es, en general, uno de los medios más poderosos para obligar a los individuos o a los grupos a reunirse; y este efecto se intensifica más cuando el enemigo común es al propio tiempo el señor común. (…) Interiormente, el hombre mantiene una relación doble con el principio de la subordinación. Por una parte, quiere ser dominado. La mayoría de los hombres no puede vivir sin acatar una dirección, y sintiéndolo así, buscan el poder superior que les libre de la propia responsabilidad, buscan una severidad limitativa y reguladora que les proteja, no sólo contra el exterior, sino contra ellos mismos. Pero no necesitan menos la oposición frente a este poder directivo, que gracias a estas acciones y reacciones llega a ocupar el lugar conveniente en el sistema vital de los que obedecen. Pudiera decirse que la obediencia y la oposición constituyen dos aspectos de una misma conducta, aspectos que aparecen como dos instintos orientados en diversas direcciones.” (Simmel, 1986b, I,: 156,157)
Simmel pensaba que la subordinación a un principio objetivo es la más ofensiva, quizá porque desaparecen las relaciones humanas y las interacciones sociales. Las personas se consideran determinadas por una ley impersonal en la que no tienen capacidad de influir. La sociología, por lo tanto, debe realizar un estudio de los fenómenos sociales similar al que realiza la geometría de los hechos naturales: las formas geométricas pueden estar incorporadas en configuraciones de contenido muy diverso. Simmel utilizó varios coeficientes geométricos para el análisis de las relaciones sociales; por ejemplo, el número y la distancia. a).- El número. Simmel analiza el impacto que tiene el número de personas para la cualidad de la relación. Afirmaba, por ejemplo, que hay una diferencia crucial entre díada (grupo de dos personas) y triada (grupo de tres personas). La adición de una tercera persona ocasiona un cambio radical a la relación entre dos, que no sucede si a una relación entre tres se le añade un nuevo miembro. La adición de un tercer miembro genera una gran variedad de nuevos roles sociales. Por ejemplo, el tercero puede tomar el papel de árbitro o mediador en las disputas que se originen dentro del grupo; y puede usarlas en su propio interés; o bien, convertirse en motivo de disputa para los otros dos miembros del grupo. El tercero puede alentar deliberadamente el conflicto con el fin de obtener superioridad. Un sistema de estratificación y una estructura de autoridad puede emerger entonces. El proceso que comienza en la transición de la díada a la triada continúa con grupos cada vez más grandes y, en última instancia, la sociedad surge. En estas estructuras sociales grandes, el individuo, separado crecientemente de la estructura de la sociedad, se desenvuelve más y más solo, aislado y segmentado. Los análisis de Simmel respecto al tamaño del grupo se mueven en el mismo sentido: el crecimiento del tamaño de un grupo aumenta la libertad individual, pero las sociedades más grandes crean una serie de problemas que amenazan, en última instancia, la libertad del individuo. Se ha señalado, en este sentido, que la conclusión que hay que sacar de estos análisis es que el incremento del tamaño y la diferenciación contribuyen a aflojar los lazos entre los individuos y a dejar en su lugar relaciones mucho más distantes, impersonales y segmentadas. Paradójicamente, este gran grupo que libera al
Simmel es que la ciudad, por su tamaño y el anonimato que éste genera, protege la libertad del individuo, a diferencia del control más estrecho que supone la vida en una pequeña comunidad. La ciudad, además, consigue igualar a sus habitantes, es decir, amortigua –sobre todo, a primera vista- las diferencias sociales. La ciudad, por tanto, libera e iguala, pero, en este proceso, se convierte en campo de batalla entre la igualdad y la diferenciación. De la misma manera que veíamos en su ensayo sobre la moda, la diferenciación es una necesidad del individuo que se acrecienta en la ciudad, precisamente por su gran anonimato. La psique del habitante de la gran ciudad está sometida a infinidad de impresiones debido a lo que Simmel llama el acrecentamiento de la vida nerviosa, es decir, a las innumerables imágenes, estímulos recibidos. “A partir de aquí se torna conceptuable el carácter intelectualista de la vida anímica urbana, frente al de la pequeña ciudad que se sitúa más bien en el sentimiento y en las relaciones conforme a la sensibilidad. Pues éstas se enraízan en los estratos más inconscientes del alma y crecen con la mayo rapidez en la tranquila uniformidad de costumbres ininterrumpidas. Los estratos de nuestra alma transparentes, conscientes, más superiores, son por el contrario, el lugar del entendimiento. El entendimiento es, de entre nuestras fuerzas interiores, la más capaz de adaptación; por lo que sólo el sentimiento más conservador sabe que tiene que acomodarse al mismo ritmo de los fenómenos. De este modo, el … urbanita (…) se crea un órgano de defensa frente al desarraigo con el que le amenazan las corrientes y discrepancias de su medio ambiente externo: en lugar de con el sentimiento, reacciona frente a éstas en lo esencial con el entendimiento…” (Simmel, 1986: 248) La vida subjetiva del individuo adquiere en la gran ciudad un alto grado de racionalidad y de esta racionalidad participa, entre otros, la economía monetaria (o basada en el dinero). Ambas están en profunda conexión: “Les es común la pura objetividad en el trato con hombres y cosas, en el que se empareja a menudo una justicia formal con una dureza despiadada. El hombre puramente racional es indiferente frente a todo lo auténticamente individual, pues a partir de esto resultan relaciones y reacciones que no se agotan con el entendimiento lógico. (…) Todas las relaciones anímicas entre personas se fundamentan en su individualidad, mientras que las relaciones conforme al entendimiento calculan con los hombres como con números. (…)… nadie sabría decir si primeramente aquella constitución anímica, intelectualista, exigió la economía monetaria o si ésta fue el factor determinante de aquélla. Sólo es seguro que la forma de la vida urbanita es el suelo más abonado para esta interacción.” (Simmel, 1986: 249-250)
El espíritu moderno es, en consecuencia, un espíritu calculador, y uno de los ejemplos más claro es la medida exacta del tiempo que se lleva a cabo en la vida urbana, condición indispensable para el funcionamiento de la gran ciudad. Esta calculabilidad, este intelectualismo de la vida urbana excluyen los rasgos e impulsos irracionales, instintivos que luchan por determinar la vida del individuo. Así, la indolencia, la incapacidad para reaccionar frente a nuevos estímulos y el embotamiento frente a la diferencia entre las cosas, son características ligadas a la vida en la gran ciudad. “… los nervios descubren su última posibilidad de ajustarse a los contenidos y a la forma de vida de la gran ciudad en el hecho de negarse a reaccionar frente a ella. … A la par … su automantenimiento frente a la gran ciudad le exige un comportamiento de naturaleza social no menos negativo. La actitud de los urbanitas entre sí puede caracterizarse desde una perspectiva formal como de reserva. … la cara interior de esta reserva externa no sólo la indiferencia, sino, con más frecuencia de la que somos conscientes, una silenciosa aversión, una extranjería y repulsión mutua…La antipatía provoca las distancias y desviaciones sin las que no podría ser llevado a cabo este tipo de vida: su medida y sus mezclas, el ritmo de su surgir y desaparecer, las formas en las que es satisfecha, todo esto forma junto con los motivos unificadores en sentido estricto el todo inseparable de la configuración vital urbana: lo que en ésta aparece inmediatamente como disociación es en realidad, de este modo, sólo una de sus más elementales formas de socialización.” (Simmel, 1986: 253, 254) Las ciudades son lugar de lucha y unificación de los modos principales de relacionarse el individuo con la sociedad: la libertad y la igualdad, por una parte, y por otra, la necesidad de diferenciarse los unos de los otros; y este proceso está en conexión directa con la elevada división del trabajo que se produce en la ciudad: “Las ciudades son en primer lugar las sedes de la más elevada división del trabajo económica; producen en su marco fenómenos tan extremos como en París la beneficiosa profesión del Quatorzième : personas, reconocibles por un letrero en sus viviendas, que se preparan a la hora de la comida con las vestimentas adecuadas para ser rápidamente invitadas allí donde en sociedad se encuentran 13 a la mesa. Exactamente en la medida de su extensión, ofrece la ciudad cada vez más las condiciones decisivas de la división del trabajo: un círculo que en virtud de su tamaño es capaz de absorber una pluralidad altamente variada de prestaciones, mientras que al mismo tiempo la aglomeración de individuos y su lucha por el comprador obliga al individuo particular a una especialización de la prestación en la que no pueda ser suplantado fácilmente por otro. Lo decisivo es el hecho de que la vida de la ciudad ha transformado la lucha con la naturaleza para la adquisición de alimento en una lucha por los hombres, el hecho de que la ganancia no la produce aquí la naturaleza, sino el hombre. Pues aquí no sólo
En este contexto general del valor, Simmel analizó el papel del dinero. En las relaciones económicas, el dinero sirve tanto para crear la distancia que nos separa de los objetos como para proveernos de los medios para llegar a ellos. El precio de los objetos –es decir, su valor medido en dinero– nos lo coloca a una distancia determinada y es también el dinero el medio que tenemos para acortar la distancia entre el objeto y nosotros; es decir, para conseguir el objeto deseado. Además, en el dinero se asienta el desarrollo del mercado, base de la economía capitalista. Gracias al dinero, el funcionamiento de las relaciones económicas en la sociedad moderna adquiere una vida propia, independiente de nuestra voluntad y que se impone a ella, algo que no sucedía en las sociedades anteriores al capitalismo, basadas en el comercio o trueque. El dinero permite cálculos complejos, previsión a largo plazo, operaciones a gran escala, en las que se basan las relaciones económicas modernas. Pero, además, el desarrollo en el mundo económico de estas prácticas objetivas, matemáticas, lógicas, ha contribuido a una creciente racionalización del mundo social. Todo ello conduce a la importancia y énfasis de los factores cuantitativos de la vida frente a los c u a l i t a t i v o s. La calculabilidad es una característica de la vida social moderna: “A través de la esencia calculable del dinero, ha aparecido en la relación de los elementos de la vida una precisión, una seguridad en la determinación de igualdades y desigualdades y una certidumbre en los acuerdos y estipulaciones que, en la esfera de lo exterior, únicamente se ha dado con la difusión general del reloj de bolsillo. La determinación del tiempo abstracto mediante los relojes, igual que la del valor abstracto mediante el dinero, proporcionan un esquema de las mediciones y divisiones más finas y más seguras que, al incorporar en sí los contenidos de la vida, prestan a éstos una transparencia y una previsibilidad para la actuación práctica exterior que, de otro modo, sería inalcanzable.” (Simmel, 1976: 559) Una consecuencia negativa de este proceso es que el dinero pasa a convertirse de medio en fin. Una sociedad en la que el dinero se convierte en un fin en sí mismo, tiene diversos efectos negativos sobre el individuo. Dos efectos negativos son el aumento de la apatía y el cinismo. El cinismo se produce cuando los aspectos de la vida social, los más elevados y los más bajos, se ponen a la venta y se reducen a un común denominador: el dinero. “Por tanto, podemos ‘comprar’ belleza, verdad o inteligencia casi tan fácilmente como comprar cereales para el desayuno o desodorante. Esta reducción de cualquier cosa a un denominador común conduce a la actitud cínica de que
todo tiene su precio, (…) y a una actitud de apatía: el apático ha perdido totalmente la capacidad de hacer distinciones de valor entre los últimos objetos de compra.” (Ritzer, 1993: 322). Otro efecto negativo es la avaricia: “Porque el dinero, que se ha convertido en fin último, no permite que subsistan como valores definitivos, coordinados con él ni siquiera aquellos bienes que en sí no tienen ningún carácter económico. No basta al dinero establecerse como otro fin último de la vida, al lado de la sabiduría y el arte, de la importancia personal y la fuerza, de la belleza y el amor, sino que al hacerlo obtiene el poder de rebajar a éstos hasta la categoría de medios; lo mismo sucederá, y con mayor motivo, con los bienes específicamente económicos, cuya posesión incondicional, como si fueran valores incomparables, ha de parecer una estupidez, puesto que siempre se pueden conseguir de nuevo a cambio de dinero, especialmente por cuanto que la expresión total de su valor en dinero les ha robado su significación individual, ajena a lo puramente indiferente de la economía. (…). El avaro ama al dinero como a una persona muy respetada en cuya mera existencia y en el hecho de que sabemos que está ahí y que nosotros estamos en su compañía radica la felicidad, aunque nuestra relación con ella no se transforme en la peculiaridad del disfrute concreto.” (Simmel, 1976: 280) El dinero, además, fomenta las relaciones impersonales: en lugar de tratar con individuos con personalidad propia, tratamos con su posición en el mercado, por lo que las personas se convierten en elementos intercambiables. El individuo en el mundo moderno se encuentra atomizado y aislado, enfrentado a una cultura objetiva cada vez más poderosa y coercitiva. Este es un tema recurrente en Simmel: el crecimiento de la cultura objetiva en detrimento de la subjetiva y en su Filosofía del dinero afirma una y otra vez la creciente disparidad entre ambas y dice que la causa de ella es el aumento de la división del trabajo. El incremento de la especialización conduce a una mejor capacidad para crear los diversos componentes del mundo cultural. Pero, al mismo tiempo, el individuo altamente especializado pierde el sentido de la cultura como un todo y la capacidad de controlarla. Cuanto más crece la cultura objetiva, más se atrofia la individual. “Si se compara la época contemporánea con la de hace cien años, se puede decir –con ciertas excepciones– que las cosas que llenan y rodean objetivamente nuestra vida: aparatos, medios de circulación, productos de la ciencia, de la técnica y del arte, están increíblemente cultivados, pero la cultura de los individuos, al menos en las clases superiores, no está igualmente avanzada e, incluso en muchos casos, hasta se encuentra en retroceso. (…) Las posibilidades de expresión lingüística, tanto en francés como en alemán, se han venido enriqueciendo y matizando enormemente en los últimos cien años. (…) Con todo, cuando se considera el lenguaje escrito y