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Este documento analiza la psicología social del trabajo desde una perspectiva postmoderna, cuestionando el papel de la productividad, la calidad y la competencia en relación con el pleno sentido y la realización personal. Se discuten diferentes enfoques y teorías sobre el trabajo, desde la distribución social de las teorías morales hasta el pragmatismo y el dialéctico. Se preguntan cuál es el papel real del feedback en el trabajo y se desvelan las críticas a la mitología del trabajo y la empresa ciudadana.
Tipo: Apuntes
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Últimas reuniones de psicólogos sociales confirman, contradic- toriamente, por un lado la evanescente realidad entitativa de la Psi- cología Social, y por otro su muy masiva práctica en cuanto al nú- mero de funcionarios que la producen y reproducen. Asimismo es digno de considerar cómo cada vez menos practicantes de esta rú- brica académica se remiten a los clásicos de los manuales clásicos de la Psicología Social. Las citas, si las hay, ya sólo parecen refle- jos académicos rutinarios. En general, los unos practican la perpe- tua validación de hipótesis rematada con la habitual discussion al borde de la tautología. Pero los otros, que aumentan, se remontan indefectiblemente a principios epistemológicos, no ya de la psico- logía social, sino de cualquier cosa cognoscible, en una huida ha- cia la Filosofía, la Antropología, la Sociología o la Lingüística, con una suerte de exigencia autofundante que recuerda los prime- ros balbuceos de la Psicología Social. Para esos azarosos viajes se necesita obviamente saber Filosofía, Antropología, Sociología y Lingüística ; lástima que a los psicólogos españoles, en general, se les haya preservado durante su formación de tales exotismos, por lo que corremos el riesgo de enredarnos, por ejemplo, con Husserl, con Heiddeger, con Peirce, con Foucault, con Deleuze, o bien es- grimir un Foucault de guardarropía, un Deleuze ad usum Delphi - nis , etc.. Hay, en cualquier caso, grupos aguerridos de psicólogos sociales que están efectuando este arriesgado viaje con soltura y autoridad. Su trabajo arroparía esta excursión bibliográfica, meta - analítica , que emprendemos con temor y sin el menor ánimo de exhaustividad. En cualquier caso, siendo la categoría de trabajo , según algunos, el cemento de la sociabilidad, la realidad antropo- lógica fundante ; y, según otros, la mismísima esencia y condición de la evolución y operacionalidad humanas, no debería extrañar que los psicólogos del trabajo se tengan que fajar con temas filo- sóficos, antropológicos, sociológicos o lingüísticos. So pena de no ser más que unos capataces tan sofisticados como ciegos.
Se ha dicho a la ligera que de la manida crisis de la Psicología Social se salió merced al cognitivismo en el plano epistemológico y gracias a los métodos multivariados en el metodológico. Pensa- mos, por el contrario, que el debate sobre epistemología está y es- tará siempre encendido; y en esa guerra el cognitivismo, que ha- bría , por lo visto, liquidado a un adversario ya debilitado, tendrá mucho trabajo para justificarse. Porque, como veremos, ya no se trata de los múltiples conductismos redivivos, sino de que todas las tendencias neomodernas en psicología, o posmodernas, colo- can en su mira crítica al menos dos aspectos del cognitivismo, ecos de una batalla siempre recomenzada: a saber, la repugnancia ante cualquier constructo internalista ; y la inanidad del hecho mis- mo de inventar esos constructos, por ejemplo: encontrar , puesto que recordamos a corto plazo, una cosa que se llama precisamen- te memoria a corto plazo. Esos cajetines, memorias centrales y al- macenes periféricos a los que tan dado era cierto cognitivismo simplón serían puro aire y vanidad epistemológica. En cuanto a la metodología multivariada no consigue, por el hecho deslumbrante de ser multivariada, dotada de un aparato técnico impactante, nin- guna carta privilegiada de ajuste a la realidad (Elejabarrieta, 1992; Elejabarrieta y Perera, 1989). Se supone que es una vulgaridad académica afirmar que no pa- rece posible pensar, producir cogniciones y sentimientos sin los otros. Pensar es ya estar organizado , pues el conocimiento, más que una «cosa» que se tiene, «es una institución» en la que se es- tá (Bloor, 1998, p. 26). De ahí que la Psicología pudiera no ser otra cosa que el análisis reflexivo, controlado, de la conducta social, entendiéndose que no hay más conducta que la social. Así pues, se hablará aquí de epistemología, al hilo de algunas novedades edito- riales sobre discurso , ideología , estilos de vida , etc. Y todo ello en relación con el concepto de organización , en la medida en que donde hay trabajo hay organización, y donde hay organización hay pensamiento, inevitablemente colectivo. Se contempla esa episte- mología general como una confrontación, no dando ninguna bata- lla por ganada ni por perdida, en el marco de un pluralismo perpe- tuamente desestructurado y belicoso (aunque curiosamente los pluralistas confesos son los que más proclaman un cognitivismo pacífico y estático, o, en el peor de los casos, ejercen de cripto- cognitivistas sin proclamarlo). A la epistemología deberá añadirse
Universidad de Oviedo
Se someten a análisis y crítica trabajos recientes sobre Psicología Social del Trabajo inspirados en las diversas psicologías «postmodernas». Se postula una metateoría del trabajo pragma-realista, construc- tivista-operacionalista, y dialéctica.
An approach to some metatheory in Social Psychology of Work. Recent works about Social Psycho- logy of Work, inspired by several diverse «postmodernist» psychological trends, are subjected to analysis and criticism. A pragma-realistic, constructivist-operationalist and dialectic metatheory of la- bour is being set out.
Correspondencia: Domingo Caballero Muñoz Facultad de Psicología Universidad de Oviedo 33003 Oviedo (Spain) E-mail: [email protected]
Psicothema ISSN 0214 - 9915 CODEN PSOTEG
2001. Vol. 13, nº 4, pp. 691-699 Copyright © 2001 Psicothema
el constructo social trabajo en toda su esplendorosa polisemia, co- mo lugar de confrontación de varias definiciones psicosociales. Hay quien augura que nos espera un sociocognitivismo, sí, pe- ro de carácter subjetivo; no positivista, naturalmente; más bien in- teraccionista, y, además, constructivista. Y todo ello en el marco de un exquisito pluralismo epistemológico , un pluralismo que ca- si parece un lecho redondo. La verdad es que si el pluralismo to- tal se llevara consecuentemente al límite ni siquiera se daría la po- sibilidad de una epistemología; pero no es el momento de perpe- trar nada menos que una metaepistemología.
¿Negociar la sumisión o negociar el poder?
Para empezar, de la mano de una brillante psicóloga de las or- ganizaciones, he aquí el programa –alentado por un soplo ético – que debería trazarse una psicología social del trabajo:
«La especificidad del análisis psicosocial estriba en que el objetivo es hacer compatible la preocupación por la pro- ductividad, la calidad y la competencia en el mercado, con la preocupación para que dicha actividad laboral sea una ac- tividad con pleno sentido y una vía de realización personal» (Munduate, 1997, p. 151).
Bien cierto es que hay aquí todo un clásico y bienintencionado programa de intervención. Pero no es menos cierto que se detecta también una cristalina ideología. Pues se dan por buenos y su- puestos conceptos como productividad , competencia y mercado , que no deberían ser tomados como descripciones neutrales, ya que su propia definición, y hasta su existencia, son objeto de apasio- nados debates. A no ser que se tengan como hechos brutos, y, por tanto, ya se haya tomado un partido que pondría en suspenso el pluralismo proclamado. Volveremos sobre ello. Pero adviértase, de pasada, que «sentido pleno» y «realización personal» (Mun- duate, 1997) se encuentran en la controvertida lista de lugares co- munes que queman. A este respecto, se publicó recientemente un trabajo de Crespo et al. (1998) en el que se pone en solfa el concepto de «trabajo en general», porque lo que realmente existe sería «una distribución social de las teorías morales sobre el trabajo» (p. 67); de suerte que los sectores sociales de pobreza media son los que mantienen dis- cursos heterónomos y coercitivos sobre el trabajo, mientras que aquellos sujetos mejor situados económicamente son los que exhi- ben los conceptos más etéreos, tales como realización personal , sentido de la vida , etc.. Naturalmente, todo ello se da en una dis- tribución de secuencias, de forma que el constructo clase social no podría ser analizado como aquel conjunto en el que todos sus miembros poseen la ideología X, o deberían poseerla, como cier- tos marxismos y otras ideologías salvíficas pretenden. El citado trabajo muestra lo que suponíamos: que la sociedad no es seráfi- camente plural, de suerte que describiendo su pluralidad ya esta- ría milagrosamente definida. Sino que es tal sociedad porque aco- ge en su seno una perpetua lucha por redefinir los significados de la existencia colectiva, aunque, como anotan estos autores, los contendientes se sirvan de unos conglomerados ideológicos sólo aproximadamente definidos por un análisis factorial de correspon- dencias. En el mismo sentido, Castillo y Prieto (1990) comentaban que para que tenga legítima carta de naturaleza un constructo como el famoso de satisfacción laboral (y esto vale para realización per -
sonal , dar feedback , negociar , etc), tiene que existir un «progra- ma» que responda a «valores» (p. 162); pues las metodologías, por majestuosas que sean, son tablas de valores camufladas. (Por cier- to, cuán beneficioso sería para los psicólogos sociales del trabajo el manejo habitual de conceptos sociológicos; contemplar cómo unos compañeros de disciplina se asoman a la Sociología con au- toridad, y más aún cuando los que se manejan con soltura son con- ceptos de epistemología social por parte de los citados Crespo et al., es reconfortante. Quizás un psicólogo social que ignore los tó- picos de la Sociología estaría gravemente impedido epistemológi- camente). Asimismo, parece inevitable abordar las escalas de valores con una perspectiva radicalmente histórica; y éste es otro déficit, el del conocimiento histórico, que suele aquejar a la psicología social. En cualquier caso, en el horizonte de los trabajos sobre organiza- ciones suele encontrarse inevitablemente el tema del poder. La autora citada ha dedicado casi la mitad de un libro, notable en el panorama de la psicología de las organizaciones (Munduate, 1992), a dilucidar el estado de la cuestión sobre este problema te- órico-práctico del poder. Y, entre otros muchos, ha utilizado los puntos de vista de Stewart S. Clegg, sobre los que concentraremos nuestra atención más adelante. Llama la atención el abundante ma- nejo de autores radicales (J. Pfeffer, S. B. Bacharach, C. Crouch, etc.), atentos a la raíz antropológica e histórica del fenómeno tra - bajo , quienes colocan el conflicto en el centro de las relaciones or- ganizacionales; más aún, hacen de la categoría conflicto el cemen- to y el constituyente activo de la organización. Debe señalarse que de esta visión de las organizaciones como no racionales , sino polémicas, o políticas , se desprende, como co- rrelato inmediato, el concepto de negociación como constituyente organizacional. Es decir, que las organizaciones consistirían en una perpetua negociación, y que, por tanto, más vale una nego- ciación activa, explícita y supuestamente científica. Nada se dice de los orígenes quizá infaustos de esa organización, quedando eva- porados los conceptos de dominación, de exacción y explotación acaso de los parvos poderes de la mayoría forzosamente organiza - da. A veces pareciera que la organización, al quedar definida co- mo una entidad perpetuamente negociada , tuviera un carácter esencial, entitativo, que la pondría al abrigo de cualquier enmien- da radical. Si la esencia de una institución es la negociación, la co- erción o se confunde con la mismísima negociación o se hace im- pensable. A la postre todos los poderes son pardos, todo conflicto queda, en el fondo, neutralizado por negociado , como lo demos- traría la aceptación acrítica de mercado , competitividad , etc. Al- guien protestará legítimamente: ¿Por qué no convertir, por ejem- plo, la psicología social de las organizaciones en un vademecum para cambiar la intangibilidad de la organización conforme a otros valores? Pero, en fin, ya proclamaba el psicólogo social Fernández Dols (Dols, 1990) que la psicología social no había descendido a este mundo para hacer felices a los mortales.
El caso de los albañiles «discursivos»
En cualquier caso, y como de lo que aquí se trata es de rehacer los caminos por los que nos han hecho transitar diversas lecturas, retengamos que, por ejemplo, el Clegg de hace veinte años rea- parece en la compilación de Dennis Mumby (Mumby, 1997). El compilador nos ofrece un catálogo de posmodernismos: la socie- dad sería una perpetua y nunca resuelta «lucha por el sentido» (p. 16); pero el sentido nunca lo podrán otorgar esas «narrativas» que
la Ciudad, esos dos domadores de contrarios, esos rompeolas de todas las contradicciones (Fuentes, 1994). El sujeto de Hegel es, clínicamente , por así decirlo, «el juego carente de esencia», la di- solución de las singularidades (Hegel, p. 224), pues resulta que «lo universal que está presente (en las singularidades) sólo es una re- sistencia universal y una lucha de todos contra todos» ya que «lo que parece ser el orden público no es sino este estado de hostilidad universal» (p. 223). Parece, pues, que en Hegel podría estar la semilla de una cier- ta psicología del conflicto que acaso pueda ser propuesta como la única psicología posible, ya que se trata de una disciplina que con el conflicto ha nacido, a partir de una cierta masa crítica. Como han mostrado Hollway (1993) o Rose (1991), la Psicología como tal disciplina nace de la necesidad de reorganizar y controlar los flujos de poder en el seno de organizaciones concretas y en fechas históricas concretas, de suerte que no existe primero una psicolo- gía y luego se aplica , sino que la propia Psicología se constituye como tal disciplina en el empeño de las luchas por el poder. Por paradójico que parezca, que el pensamiento es una forma de ac- ción humana colectiva no es una tesis ajena al mundo hegeliano (Álvarez, 2001). Asimismo el hegelianismo no es representacio- nista ni, en consecuencia, cognitivista ingenuo, de modo que la aporía sujeto-objeto queda sin sentido en Hegel (Duque, 1998, p. 512). Otra cosa es que haya que volver del revés a Hegel, bien ha- cia el materialismo, hegelianos de izquierdas , Marx, etc.; bien ha- cia el pragmatismo, línea esta altamente productiva, como ha vis- to Álvaro-Estramiana (2000) de la mano de posthegelianos y post- pragmatistas como Honnett (1997) y su maestro Joas (1998), ¡al menos no estamos en mala c ompañía o en soledad sospechosa! Joas, por ejemplo, ha conseguido mostrar lo que tendrían en co- mún pragmatistas americanos, neohegelianos británicos y herme- neutas alemanes, llegando incluso a detectar «pragmatismos la- tentes en Heiddeger» (Joas, 1998, p. 10). En cualquier caso Hegel sería el filósofo, el epistemólogo de la lucha permanente como constituyente de las fugaces esencias. Se le llama dialéctico a este curso del pensamiento, y, aunque no es el momento de argumentar en su favor, no es posible olvidar, co- mo ha señalado Méda (1998) que es precisamente Hegel quien si- túa en el centro de la razón occidental el concepto de Trabajo, pues «El Espíritu se encuentra a sí mismo en el trabajo de su propia transformación» (Hegel, 1994, p. 372). Sabido es que el Espíritu en Hegel es la Humanidad apropiándose de la Naturaleza en per- manente lucha contra ella y entre los propios miembros de la hu- manidad. Nada estático existiría, no hay reposo, todo es perpetua- mente disonante, y esa disonancia es lo que, paradójicamente, constituye la identidad. Tenemos, pues, aquí la canonización del conflicto interior como horizonte de todas las posibles definicio- nes de las realidades humanas. La historización radical de esas re- alidades. Y la desencialización de cualquier entidad, la ruptura con cualquier estatismo, con cualquier hipóstasis. Ideas estas caras a los llamados posmodernos, aunque conside- ren a Hegel como el imperdonable urdidor de uno de los más gran- des relatos grandes modernos; relato que, paradójicamente, anula- ría todos los relatos, pero también los relativizaría a todos. En cualquier caso deberían saber aquellos que toman en serio la cons- trucción política de las organizaciones que tienen un antecedente de fuste en Hegel. Los albañiles de Clegg, en fin, sólo pueden ser entendidos más allá del discurso cotidiano, del pequeño contexto. Por cierto, que los psicólogos sociales disponemos en nuestro san- toral de nombres tales como Albion Small o Everett Hughes, a los
que ha exhumado Joas (1998, pp. 46-47) como hegelianos confe- sos, con un punto de reprobación por parte de Joas debido a que los considera excesivamente «belicosos».
El cálido latido de la cotidianeidad frente a la empresa desalmada
A todos los efectos aquí tratados, resulta estimulante en cierto sentido la lectura de un psicólogo social que ejerce como tal: Pot- ter (1998), el cual ha confeccionado una guía a través de la mara- ña de las teorías radicales, la crítica de la ciencia, el estructuralis- mo, los conversacionalismos, las etnometodologías, etc. En el su- puesto, por ejemplo, de que la satisfacción laboral , o la mentali - dad empresarial , o el feed-back laboral autogenerado formen par- te de las llamadas representaciones sociales merece la pena refle- xionar sobre la enmienda que introduce Potter a dichas represen- taciones. Según él, Jodelet o Moscovici «no se ocupan de cómo se construyen las representaciones sociales, de cómo se hacen fac- tuales», «qué se hace con ellas» (p. 266). Pues bien, dado que «re- presentación y práctica no son separables» (p. 279) entonces el propio concepto de representación quedaría seriamente tocado. A Potter le interesan los «mecanismos y procedimientos que contribuyen a producir la sensación de que un discurso describe literalmente el mundo» (p. 119), el cómo una representación llega a producir el efecto de que realmente «representa» algo. Tampoco falta el inevitable ataque frontal al cognitivismo, porque «las re- presentaciones internas se infieren de las prácticas y, circularmen- te, las representaciones generarían las prácticas» (p. 137). No otra es la crítica de Skinner y de los neoconductistas fenomenológicos (Pérez-Álvarez, 1997); precisamente para Potter la cognición sería el resultado de las «prácticas de describir» (p. 137) y la descrip- ción y los patrones de descripción de nuestra vida mental los que realmente generarían nuestra vida mental (p. 137). Otra cuestión que ahora no viene al caso es la legitimidad de ese construccio- nismo discursivista, del cual es Potter un gallardo representante, que pretende evaporar la realidad en el lenguaje. Pensamos, por el contrario, que el mundo se nos manifiesta en la acción, y el dis- curso simplemente forma parte de las operaciones, es parte de la acción, es acción, es trabajo (Leontiev, 1983, p. 133), y los meca- nismos retóricos son trabajo colectivo formando inextricablemen- te parte de la acción. No deja de sorprender una y otra vez que pos- modernos, constructivistas, conversacionalistas, etc., con rara una- nimidad, repartan por igual tanto su horror hacia Hegel como ha- cia Marx y hacia Skinner. En cualquier caso, y siguiendo a otro psicólogo social alterna - tivo , Michael Billig, «cualquier descripción compite contra una gama de descripciones alternativas» (Billig. En Potter, 1998, p. 142). En esta competición por versiones, o se anula a sí misma la competición porque todas las versiones, discursos, narraciones o descripciones compiten en pie de igualdad, o procedería anclarse en las realidades sociales e históricas y en las correspondientes re- laciones asimétricas de poder (Caballero, 1998a). Para Billig cual- quier actitud o discurso es siempre una controversia; está claro el lazo profundo que le une a Hegel; pero recordemos que este mis- mo punto de vista no impide a Clegg hacer un análisis totalmente irrelevante de una realidad laboral, como si su famosa empresa no tuviera accionistas poderosos o como si los aspectos más negros del tatcherismo no hubieran tenido lugar. Parece innecesario, pues, encarecer a todo investigador una extrema vigilancia para no hi- postasiar conceptos que dependen del ambiente, del contexto, del devenir histórico.
Por eso quizá García-Álvarez y Ovejero (1998) se muestran cautos a la hora de manejar un concepto como el de feedback la - boral , pues aunque un lugar de trabajo es un «contexto informati- vo» (p. 241) (¿cognitivo?, ¿intersubjetivo? ¿mera competición de discursos? ), sin embargo, y sorprendentemente, «se sabe muy po- co de los diversos elementos que componen el constructo del fe- edback» (p. 256), así es que no se vislumbra con claridad qué mi- de realmente el Job Feedback Survey , aunque ya esté funcionando como un arma de prestigio por su ropaje paramétrico. Desde lue- go, parece de sentido común que un trabajador que recibe estímu- los positivos por parte de la organización se sienta vinculado. Sin embargo, durante los años sesenta, cuando los salarios en Europa crecían empujados por la fuerza sindical, y la tasa de desempleo era muy baja, aumentaron el absentismo y el sabotaje. De modo que hay bajo el cielo muchísimos feedbacks del trabajo que no son laborales y que subvierten cierto sentido común. Méda (1998) arremete contra estos sentidos comunes, desve- lando su génesis y poniendo en cuestión la mitología sobre el tra- bajo, labor en la que han incidido sociólogos tales como Dahren- dorf, Offe o Habermas, y en Francia apenas Gorz o Aznar, si bien contamos con el psicosociólogo autóctono Blanch, el cual viene haciéndose eco de las posturas de desmitificación «trabajista» (Blanch, 1996). Ciertamente, el concepto común y acrítico de tra- bajo es lo que suele llamarse un hecho social total , una categoría antropológica que lo explica todo, que lo impregna todo, de forma que todo el mundo repite la cantinela de que el trabajo es un crea- dor de valores y hasta el fundamento íntimo del vínculo social. Pe- ro la evidencia es que se produce cada vez más, disminuyendo la necesidad de mano de obra de un modo inexorable. Y el caso es que una somera excursión histórica de manual nos advierte de que el concepto trabajo no ha existido siempre. Pero si esto es así ¿có- mo ha sido su invención? Su categoría de vínculo y de supuesto motor del desarrollo personal nos hacen engañosamente creer que estas características están condicionadas sustancialmente por el trabajo , pero el trabajo no es en sí mismo portador de esas fun- ciones, puesto que durante muchos períodos de la historia de la hu- manidad no lo ha sido, y la base antropológica de la autoestima in- dividual y colectiva, el cemento social, existían, claro es, pero so- bre otros fundamentos. Es más, ya en nuestras sociedades alrede- dor del cincuenta por ciento del producto social es el llamado tra - bajo femenino oculto o doméstico , o, si se quiere hilar fino, los lla- mados cuidados y atenciones emocionales , también denominados, con cruel etiqueta, reproducción afectiva. Así es que un concepto de trabajo que no se cruce, en el mismo acto de ser utilizado, con las categorías de clase y de género, (que parecen todavía quemar en las manos de nuestros psicosociólogos), no tiene nada que ha- cer, ni casi nada que explicar (Carrasco, 1998). Y, sin embargo, esa red afectiva a la que se le otorga la naturalidad de lo evidente y por ello casi la invisibilidad, es la verdadera sustancia, la sal de la vi- da cotidiana, el eje de la sociabilidad, el cemento de la comunali- dad, no cuantificable en términos de mercado. De donde se dedu- ce que no hay necesidad de desandar la historia, porque nos basta una mirada antropológica a nuestra moderna cotidianeidad para detectar que la mitad de lo que hacemos no está sustentado en la categoría presuntamente fundante del llamado trabajo. Méda hace un análisis sutil de la entr onización por parte de Hegel de la categoría moderna de trabajo , al contemplar e se Es- píritu que es conflictivamente individual, universal, social e his- tóric o c omo un Trabajador incesante y la borioso. Pero también Hegel –nos recuerda Méda– tiene páginas memorables sobre el
pavor del trabajo real, no sólo como algo a superar y superable, sino como algo incardinado, antes que Ma rx y acaso con mayor pesimismo, en la propia naturaleza de las relaciones de clases en- frentadas a muerte. P or eso el «trabajo» para Hegel también «sig- nifica negar el mundo y maldecirlo» (citado por Méda, p. 138) , a causa del embrutecimiento de un cierto tipo de trabajo y del des- garro social entre pobreza y riqueza que, sin embargo, entrelaza a los hombres enfrentá ndolos, en un impeca ble ejercicio de dialéc- tica concreta. Es altamente recomendable, en fin, reflexionar sobre lo que Méda (1998) llama «el mito de la empresa ciudadana» (p. 149), esa gran narrativa sobre la empresa como si esta fuera la semilla gloriosa de las relaciones humanas y hasta el embrión de la demo- cracia. En Occidente y, por derecho de conquista, en todo el uni- verso mundo, el fundamento del derecho laboral, su nucleo duro, sigue siendo el individuo abstracto («no conozco la sociedad; só- lo individuos», repetía Margaret Tatcher, quien lo había aprendido de ciertos economistas y psicólogos); y por tanto el derecho labo- ral, la maraña de la sociabilidad reglada, sigue basándose en el tra- bajo abstracto e inmaterial, una concepción económica del Siglo XVIII. Hay, pues, una contradicción insalvable en esa idea del tra- bajo como plenitud colectiva , solidaridad objetiva, sentido de la vida , y vía de realización personal , y la realidad psicosocial de la mayoría de grupos y clases. Por su propia naturaleza la empresa no tiene entre sus propósitos estructurales la creación de una comuni- dad de trabajo. Y, además, el trabajo que le puede interesar a la empresa es –como se va diciendo– el trabajo abstracto. Mas como éste tampoco es necesario al carácter íntimo de la empresa, ya que los bienes pueden producirse en la actualidad sin la intervención de la mano de obra, «la categoría de democracia le es sencilla- mente ajena.» (Méda, p. 150). Queden estas afirmaciones para los beatos de las human relations más o menos disfrazadas. Pues el vínculo de ciudadanía implica a sujetos iguales que deciden co- lectivamente, mientras que «la empresa es exactamente lo contra- rio» (Méda, 1998, p. 150); por ello «considerar (a la empresa) co- mo una suerte de comunidad política destinada a fomentar la prác- tica de la vida social, o, peor aún, considerarla el ámbito principal para dicha práctica» (p. 151) es una solemne ingenuidad.
Los nombres y los apellidos del poder
Así pues, sería preferible, hegelianamente, situar, sí, las con- tradicciones en el seno de la misma descripción de lo social. Pero no por un imperativo teórico forzado, sino por la propia radicali- dad real de los discursos realmente enfrentados en la sociedad re- al. Algunos ejemplos: en 1992 The Economist anunciaba que «la larga marcha de Indonesia sobre la pobreza estaba casi termina- da». Asimismo Aguirre (1998) rememora el discurso de un em- presario español que afirmaba cándidamente que Indonesia era un paraíso antes de las revueltas sociales de los últimos años. Los ni- ños que elaboran incesantemente zapatillas deportivas por 150 pe- setas al mes, el 82% de los indonesios que no ingresan men- sualmente más allá de los 30 dólares, los millones de parados, las detenciones y torturas, el desastre ecológico y el robo descarado de la ayuda del Banco Mundial a la cuenta del clan Suharto, el me- dio millón de cadáveres de comunistas sobre los que se erigía el trono del Dictador… ¿Cómo construir una realidad inteligible a menos que consideremos como parte de la realidad ambos discur- sos radicalmente enfrentados, y la superemos por remisión a otras coordenadas que Hegel llamaría sintéticas?
relativizadora y desencializadora, otra «gran narrativa», quizá más totalitaria que la de Hegel, pues al menos en Hegel la Naturaleza era lo negativo, lo que tenía que ser perpetuamente asimilado al poder del Espíritu, por lo que no podían ser tratados de modo si- métrico el sujeto y el objeto. Y a propósito : desde el neohegelia- nismo está pendiente un ajuste de cuentas con Deleuze, puesto que Deleuze ha sido un dialéctico exquisito que ha basado su trabajo en una antidialéctica hegeliana militante. Pero no es este, obvia- mente, el momento. Por otro lado, ya sabemos que el poder, como no podía ser me- nos, es un tema capital en la definición de las organizaciones. Ya Locke, y por supuesto Hegel, lo introducen directamente en sus definiciones filosóficas de la realidad: dado que el conocimiento es colectivo, y dado que las colectividades se confirman por opo- sición, por el grado de poder que ejercen hacia dentro y hacia fue- ra, los aparatos de poder deben reinsertarse desde el principio en cualquier definición de la realidad y del conocimiento, de ahí la categoría central que le es asignada al Estado en Hegel, y que ac- tualmente no debería ser negligida, porque la consigna liberal triunfante de menos Estado en realidad confía al Estado nada me- nos que la desregulación y la deslocalización económicas y labo- rales, de suerte que el supuesto desmantelamiento del Estado es capitaneado por el mismo Estado, imprescindible obviamente an- tes de la operación para regular la desregulación; pero imprescin- dible posteriormente para acallar y cubrir con el manto de la vio - lencia legítima las múltiples rebeliones que su actuación generó (piénsese, por ejemplo, en las consecuencias del Acuerdo Multila- teral de Inversiones, AMI, que, silenciosamente, los estados in- dustriales ya estaban cocinando desde 1995, el cual no consiste propiamente en la sustitución del Estado por el Mercado, sino en la entronización del mercado como Estado. Al menos en opinión de muchos). Por otra parte, el Estado funciona como un garante de la legiti- midad social epistemológica, hasta un extremo que difícilmente vislumbramos, porque vivimos como sumergidos en una necesaria burocracia del conocimiento (instituciones, escritos y escrituras, esquemas argumentativos…) que nos parece el colmo de la «obje- tividad». Por poner un ejemplo, piénsese en cómo las pesas y me- didas constituyen las categorías a priori en las que ahormamos to- da experiencia posible, y considérese de qué modo el Estado ha garantizado y garantiza su legitimidad (para un análisis de los efectos causales del Estado en el conocimiento, superando una cierta ingenuidad del evolutivismo cognitivo universal democráti - co de cepa piagetiana, véase Bernstein, 1998). En cualquier caso ¿Quién puede albergar dudas sobre la cantidad de Estado que se necesita para confeccionar una Unión Europea? ¿Y qué psicólogo social puede desechar de sus reflexiones, a la hora de conceptuali- zar el trabajo , la labor del Estado y de las facciones sociales que logran, mediante la lucha, utilizarlo y apuntalarlo? Bien es verdad que la obsesión por el problema del poder no ha supuesto ningún incremento de sabias y organizadas resistencias contra los poderes injustos. El hecho de que estuvieran organiza - das las haría precisamente sospechosas de jerarquización y tota- litarismo intencional. Foucault, Lacan, o Derrida, por ejemplo, no han dejado de pensar que el poder histórico concreto es una inde- cencia inevitable y que hay que dedicarse a la construcción de una vida bella o individualmente liberada. Casi puede decirse que gran parte del pensamiento moderno llamado posmoderno está monta- do como una máquina retórica que logra que carezcan de sentido los viejos conceptos de justicia y de acción o distribución colecti-
vas. Cuando todo es poder, cuando todo está en la Red, ni siquie- ra hay asimetría de poder, e incluso se justifica tácitamente el po- der existente, por más que la retórica con que se nos sirven esas propuestas pueda resultar incendiaria.
De la dificultad de encontrar banqueros comunistas
Esto, al menos, es lo que piensa el brillante lingüista y analista literario Eagleton , en un espléndido trabajo (Eagleton, 1997) an - tiposmoderno realizado como experto conocedor del pensamiento actual. A pesar de los orígenes académicos de Eagleton, lingüista y crítico literario, el psicólogo aplicado puede extraer sugerencias deslumbrantes. Debe resaltarse su disección del pensamiento de los autores postmarxistas, abundantemente citados por Clegg, La- clau y Mouffe, los cuales postulan que no existe conexión alguna entre la posición de clase social y la ideología (Eagleton, p. 268). No parece necesario encarecer aquí de qué manera los tópicos so- bre clases sociales e ideologías son absolutamente necesarios para abordar una psicosociología del trabajo. Eagleton sentencia las propuestas de Laclau y Mouffe preguntándose socarrón si el hecho de «que todos los capitalistas no sean socialistas revolucionarios sería una pura coincidencia» (p. 268). Y es que Laclau y Mouffe niegan que exista eso que se ha dado en llamar intereses objetivos de clase. Contrariamente –recordemos– a lo que afirmaba Crespo (Crespo et al., 1998, p. 67) a propósito de la «distribución social de teorías morales». En todo caso, esos intereses serían meras na - rrativas que han sido adoptadas por los grupos sociales sin la me- nor conexión con sus intereses verdaderos, puesto que el mismo concepto de interés verdadero no tendría sentido, ya que está construido de raíz en el seno del grupo. Así pues, la ofensiva estatal a favor del trabajo precario, la exoneración de cualquier carga para el capital financiero mundial, su cortejo de redimensionamientos y demás desgracias laborales, su justificación teórica por remisión a una supuesta ciencia pura de la economía, todo sería no más que un relato perfectamente inter- cambiable con , pongamos por caso, las consignas del comunismo libertario más salvajemente candoroso. Si además los sujetos, pensados, zarandeados y construidos por los poderes, no saben literalmente qué hacen, si –Foucault dixit– los regímenes de poder nos constituyen desde la raíz (también en la organización laboral, claro es), las famosas resistencias que tan- to son citadas por ciertos posmodernos carecerían de sentido, ane- gadas en un todo que no dejaría escapar nada. Ya dice Eagleton (1997) con sorna que le parece imposible albergar aspiraciones tan precisas como socializar la industria, por ejemplo, o erosionar el patriarcado, «y no ser consciente de ello» (p. 81). Y, por lo que se refiere a ese pavor ante las grandes narraciones que cerrarían cualquier discurso alternativo (Derrida), aparte de no saber bien para qué se quiere ese discurso alternativo, si, de todos modos, va a recaer en el gran Todo, aparte de eso, para que se dé una ideolo - gía en el sentido negativo de la palabra y un cierre del discurso no hacen falta los clásicos significantes fijos y transcendentales. Y es- ta afirmación quedaría probada por el hecho de que el capitalismo de consumo ha generado el mayor pluralismo inútil de la historia, el mayor descentramiento de significados fijos, la provisionalidad sistemática (Eagleton, 1997, p. 249), la no transcendencia progra- mada; y, sin embargo, se trata de una ideología que segrega, como un jugo gástrico, la imposibilidad de superación de su propio ho- rizonte, como si el fin de la historia estuviera a la vuelta de la es- quina. He aquí, pues, una gran narración basada paradójicamente
en la inesencialidad, en el intercambio huero de todas las narra- ciones. Para algunos la ideología «sólo son Hitler y Stalin» (Ea- gleton, p. 250), pero no El Mundo, la Cope, Prisa, los diarios eco- nómicos de color rosado, o, sin ir más lejos, un manual de psico- logía social del trabajo y las organizaciones. La radical alteridad de clase y grupo que habita en todos noso- tros, sometidos a los estímulos contradictorios de la Ciudad como mundo del mercado, mundo práctico técnico (en el sentido histó- rico-antropológico), y del Estado postliberal en toda su contradic- toria pluralidad; las costumbres grupales, clasistas, en el seno de esta sociedad que, fríamente contempladas, lucen contradictorias, irracionales, disfuncionales, caleidoscópicas; los ritos de clase y grupo compartidos, los laborales y todos los demás; los ritos no compartidos, maquinarias de lucha que nos identifican frente a los otros y que nos llevan a contemplar a sujetos que ocupan nuestra cotidianeidad como tribus remotas, toda esta fascinante diversidad postula el estudio del trabajo y de sus contextos, desde una pers- pectiva antropológica, como una ciencia de nosotros mismos , tal como solicitan Tezanos (2001), o Martín-Criado (1998), así como Curram y Walkerdine (1998, p. 517). A este respecto resulta esti- mulante seguir el itinerario que para conceptualizar el trabajo nos propone la antropóloga Lamela-Viera (1998) a propósito de la co- tidianeidad en una ciudad de provincias. A tenor de sus propues- tas el trabajo perdería su esencialidad, ese carácter de realidad
irreductible que le otorgan psicólogos y sociólogos, y se fusiona- ría con la vivencia cotidiana, pues el trabajo es «un ordenador de cotidianeidades» (p. 49) así como «la actividad primordial organi- zadora de la diversidad urbana» (p. 15); por otro lado, la Ciudad , organizada como tal por el trabajo, acabaría siendo la causa de la «elaboración constante de las clases sociales» (p. 77). Ahora bien, el estudio de la cotidianeidad nos obliga a contex- tualizar el trabajo desde lo micro hacia las elaboraciones teóricas más arriscadas. Y ello porque la psicología social canónica no dis- pone de suficientes armas para abordar de raíz el fenómeno del trabajo. Se necesitaría una apertura permanente hacia la antropo- logía, la sociología, la lingüística, la historia y la filosofía. Ahora bien ¿están los planes de estudio estructurados según estas exi- gencias al parecer insoslayables? Como decíamos al comienzo, la indigencia, no culpable, de psicólogos sociales y psicólogos en ge- neral, puede hacer que se gire, ora en el vacío repetitivo, ora en la remisión a conceptos foráneos cuyo grado de comprensión puede ser muy limitado. Tenemos mucho que estudiar.
Nota
Una más breve versión de este trabajo se publicó en la Revista Electrónica Hispanoamericana de Psicología Social (REIPS), nº 0,
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