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Orientación Universidad
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au bonheur des ogres, Apuntes de Idioma Francés

Asignatura: Lengua francesa 3, Profesor: , Carrera: Lenguas y Literaturas Modernas, Universidad: USC

Tipo: Apuntes

2012/2013

Subido el 14/11/2013

yoly_brujita
yoly_brujita 🇪🇸

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DANIEL PENNAC
LA FELICIDAD DE LOS OGROS
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DANIEL PENNAC

LA FELICIDAD DE LOS OGROS

Para atraer al pequeño Dionisos a su círculo, los Titanes agitan una especie de sonajeros. Seducido por esos brillantes objetos, el niño avanza hacia ellos y el monstruoso circulo le envuelve. Todos juntos, los Titanes asesinan a Dionisos: tras ello lo cuecen y lo devoran! Rene Girard, Le Bouc ümissairc ... Los fieles esperan que baste con que el santo esté allí (...) para ser herido en su lugar. Rene Cíirard, Le Bouc Emissaire Los malvados han comprendido, sin duda, algo que los buenos ignoran. Woody Allen

La voz femenina cae del altavoz, ligera y prometedora como e¡ velo de una novia. -Señor Malausséne, acuda a la oficina de Reclamaciones, Una voz de bruma, corno si las fotografías de Hamilton se pusieran a hablar. Sin embargo, percibo una ligera sonri 0 0 1 Fsa tras la niebla de miss Hamilton. La sonrisa no es precisa 0 0 1 Fmente tierna. Bueno, allá voy. Tal vez llegue la semana que viene. Estamos a veinticuatro de diciembre, son las cuatro y cuarto, y el Almacén está de bote en bote. Una prieta mu 0 0 1 Fchedumbre de clientes abrumados por los regalos obstruye los pasillos. Un glaciar que va fluyendo imperceptiblemente, con sombrío nerviosismo. Sonrisas crispadas, sudor relucien 0 0 1 Fte, sordas injurias, miradas coléricas, aullidos aterrorizados de niños aspirados por papas Noel hidrófilos. -No tengas miedo, querido, ¡es Papá Noel! Flashes. Hablando de Papá Noel, veo uno, gigantesco y translú 0 0 1 Fcido, que yergue por encima del inmóvil tropel su formi 0 0 1 Fdable silueta de antropófago. Tiene una boca del color de las cerezas. Tiene una barba blanca. Tiene una sonrisa her 0 0 1 Fmosa. Las piernas de unos niños salen por las comisuras de sus labios. Es el último dibujo del Pequeño, ayer, en la es 0 0 1 Fcuela. La maestra, malcarada: «¿Le parece a usted normal que un niño de esa edad dibuje semejante Papá Noel?». «Y a usted, claro -le respondí—, ¿el Papá Noel le parecerá absolutamente... normal?» He tomado al Pequeño en brazos, hervía de fiebre. Estaba tan caliente que sus gafas se ha 0 0 1 Fbían empañado. Y eso le hacía bizquear más todavía. —Señor Malausséne, acuda a la oficina de Reclamaciones. ¡El señor Malausséne te ha oído, joder! Está incluso al pie de las escaleras mecánicas. Y las habría tomado ya si no se hubiera visto inmovilizado por el negro ojo de un cañón rayado. Porque el muy marrano me está apuntando, no hay error posible. La torreta ha girado sobre su eje, se ha inmo 0 0 1 Fvilizado en mí dirección, luego el cañón ha levantado la nariz hasta apuntarme en medio de los ojos. Torreta y ca 0 0 1 Fñón pertenecen a un carro de combate AMX 30, teledirigi 0 0 1 Fdo por un vejestorio de un metro cuarenta que manipula a distancia el artilugio, lanzando grititos maravillados. Es uno de los innumerables ancianitos de Théo. Realmente ancia 0 0 1 Fno, absolutamente «ito», se le distingue por la bata gris que Théo les pone para no perderlos de vista. —¡Por última vez, abuelo, deje el juguete en su sitio! '" La vendedora gruñe fatigada en el departamento de ju 0 0 1 Fguetes. Tiene la agradable cara de una ardilla que conser 0 0 1 Fvara

considera que es deber de la clientela par 0 0 1 Fticipar en el saneamiento del Comercio. Naturalmente, la garantía hará sentir sus efectos y el Almacén le entregará de inmediato otra nevera. -Por lo que se refiere a los perjuicios materiales anejos, que usted misma y los suyos han tenido que sufrir -así ha 0 0 1 Fbla el suboficial Lehmann con, en las profundidades de la voz, el recuerdo de la bondadosa y vieja Alsacia donde lo de 0 0 1 Fpositó la Cigüeña; ésa que funciona con Rieslmg-, para el señor Malausséne será un placer repararlos. A su cargo, na 0 0 1 Fturalmente. Y añade: -¡Feliz Navidad, Malausséne! Ahora que Lehmann le está explicando mi carrera en la casa, ahora que Lehmann le afirma que, gracias a ella, esta carrera va a terminarse, ya no leo cólera en los ojos fatiga 0 0 1 Fdos de la clienta, sino turbación, compasión más tarde, con unas lágrimas que se lanzan al asalto y tiemblan, muy pron 0 0 1 Fto, en la punta de sus pestañas. Ya está, ha llegado el momento de poner en marcha mi propia bomba lacrimal. Lo hago apartando los ojos. Zambu 0 0 1 Fllo, por la gran cristalera, mi mirada en el torbellino del Almacén. Un implacable corazón bombea glóbulos suple 0 0 1 Fmentarios en las atoradas arterias. Me parece que la huma 0 0 1 Fnidad entera se arrastra bajo un gigantesco envoltorio de re 0 0 1 Fgalo. Hermosos globos translúcidos brotan sin solución de continuidad del departamento de juguetes para aglutinarse arriba, contra la claraboya esmerilada. La luz del día se filtra por entre aquellos racimos multicolores. Es hermoso. La clienta intenta en vano interrumpir a Lehmann que, impla 0 0 1 Fcable, establece mi curriculum futuro. Nada brillante. Dos o tres empleos miserables, nuevos despidos, el paro definitivo, un hospicio y, en perspectiva, la fosa común. Cuando los ojos de la clienta se posan en mí, estoy llorando. Lehmann no levanta la voz. Remacha metódicamente el clavo. Lo que ahora veo en los ojos de la clienta no me sor 0 0 1 Fprende. La veo a ella. Ha bastado con echarme a llorar para que se ponga en mi lugar. Compasión. Consigue por fin interrumpir a Lehmann, aprovechando una pausa de respi 0 0 1 Fro. Atrás a toda máquina. Retira su denuncia. Se limitará a utilizar la garantía de la nevera, no pide nada más. Es inútil que me hagan pagar el banquete de las veinticinco personas. {Lehmann ha debido de hablar, en un momento u otro, de mi salario.) No se perdonaría hacerme perder el trabajo ¡a víspera de una fiesta. (Lehmann ha pronunciado la palabra «Navidad» más de veinte veces.) Todo el mundo comete errores. Ella misma, hace poco, en su trabajo...

Cinco minutos más tarde abandona la oficina de Reclamaciones provista de un vale por una nevera nueva. El bebé y su cochecito se quedan encallados, un instante, en la puer 0 0 1 Fta. Ella empuja, con un sollozo nervioso. Lehmann y yo nos quedamos solos. Lo miro por un ins 0 0 1 Ftante mientras se desternilla y luego —¿porque estoy hecho polvo?- murmuro: —Qué par de cabrones, ¿verdad? Abre de par en par, dispuesto a responderme, sus belfos ladradores. Pero algo se los cierra. Algo que sube desde las entrañas del Almacén. Es una sorda explosión. Seguida de aullidos.

Aplastamos nuestras narices contra la cristalera. Al principio no vemos nada. Barridos por la explosión, dos o tres mil globos nos ocultan el Almacén. Sólo cuando ascienden de nuevo, lentamente, hacia la luz, nos desvelan lo que yo ha 0 0 1 Fbría preferido no ver. -Mierda -murmura Lehmann. El pánico de los clientes es total. Todos buscan una sali 0 0 1 Fda. Los más fuertes pisotean a los más débiles. Algunos corren directamente sobre los mostradores, levantando

sal 0 0 1 Fpicaduras de calcetines y braguitas. Aquí y allá, un vende 0 0 1 Fdor o un vigilante de planta intentan canalizar el pánico. Un tipo alto, con chaqueta de color violeta, está atravesado en un escaparate de cosméticos. Abro la puerta de cristal de la oficina de Reclamaciones. Es como si hubiera abierto una ventana en medio de un tifón. El Almacén es sólo un aullido. A mi lado, un altavoz intenta devolver la calma. Si no estuviéramos a punto de morir de otra cosa, la voz de miss Hamilton sería para morirse de risa; un vaporizador en pleno huracán. Abajo, es la guerra. Arriba, los globos han recuperado su transparencia. Toda esa escena de terror está bañada por una luz rosada de extraordinaria dulzura. Lehmann se ha reunido conmigo y me berrea al oído: -Pero ¿de dónde viene? ¿Dónde ha sido el zambombazo? Hay cierto resabio de agitación indochina en su voz de soldado veterano. No sé dónde ha sido el zambombazo. Un amasijo de cuerpos erizado de brazos y piernas obstruye la escalera mecánica. Los clientes están subiendo de cuatro en cuatro por la escalera para bajar, pero retroceden empujados por la oleada que llega de arriba. En un santiamén todo el mundo llega al pie de la escalera y choca contra el tapón humano. Empellones y aullidos. —¡Mierda! —grita Lehmann—, mierda, mierda, mierda... Se precipita hacia las escaleras abriéndose paso a codazos, se lanza sobre el interruptor e inmoviliza aquel trasto. En la puerta del fotomatón, Théo contempla a la luz los cuatro ejemplares de su jeta. Parece satisfecho. Me tiende una de sus fotografías: -Toma -dice—, para el álbum del Pequeño. Y luego, sobreviene la calma. Sobreviene la calma por 0 0 1 Fque, a fin de cuentas, no ocurre nada. Algo ha estallado en alguna parte y nada más. De modo que sobreviene la cal 0 0 1 Fma. Y pronto es posible oír a la suave Hamilton recomen 0 0 1 Fdando a nuestra amable clientela que abandone tranquila 0 0 1 Fmente el Almacén y rogando a nuestros empleados que vuelvan a sus departamentos. Es exactamente lo que ocurre. La muchedumbre se dirige a la salida. Deja a sus espaldas un descampado lleno de bolsos, zapatos, paquetes multico 0 0 1 Flores y niños abandonados. Temo ver un centenar de cadá 0 0 1 Fveres. Pero no. Aquí y allá algunos empleados se inclinan sobre clientes medio descalabrados, que se levantan por fin y se dirigen a las salidas cojeando. Se ha reservado una pequeña puerta lateral a la policía. Por allí hace su entrada, pues, la pasma. Se dirigen directa 0 0 1 Fmente al departamento de juguetes. ¡El departamento de juguetes! Pienso de inmediato en la pequeña dependienta ardilla y en el vejestorio de Théo. Bajo a saltos la escalera mecánica inmovilizada, con un presentimiento que, como todos los presentimientos, resulta ser un falso presentimien 0 0 1 Fto. El cadáver es el de un hombre de unos sesenta años que debió de ser panzudo a juzgar por lo que su panza ha dise 0 0 1 Fminado a su alrededor. La bomba le ha partido casi en dos. Vomitando con la mayor discreción posible, vete a saber por qué, pienso en Louna. En Louna, en Laurent y en el niño. Me ha llamado ya tres veces: «Un consejo, Ben, tu opinión». ¿Y qué puedo aconsejarte yo, querida mía? Pero ¿que no me ves? Pensamientos salvajes mientras las mantas caen sobre el diseminado cliente. -Feo, ¿verdad? El pequeño poli me gratifica con una sonrisa amable. En el estado en que me hallo, es mejor que nada. Un poco por gratitud le respondo, sin compromiso por mi parte: -Bastante, sí. Mueve la cabeza y dice: —¡Pues los suicidas del metro son peores! (Siempre es un consuelo...) -Picadillo por todas partes, los dedos atrapados en los ejes... Y lo digo porque, como soy el más pequeño de la brigada, siempre me tocan a mí. No es un pasma... es un bombero. Un bombero azul marino con ribete rojo. Realmente bajito. Un casco mayor que él rutila en su cinto. -Pero lo realmente insoportable, créame, son los quema 0 0 1 Fdos de la carretera. Aquel

Apenas he colgado, absolutamente hecho cisco, cuando vuelve a sonar. -Oye, pequeñín, ¿estás bien? Mamá. —Estoy bien, mamá, estoy bien. -Una bomba en el Almacén, ¿te das cuenta? Eso en casa no habría pasado. Alude a la agradable quincallería de la planta baja donde pasé mi infancia sin aprender bricolaje, y que acabó con 0 0 1 Fvertida en apartamento para los niños. Olvida la persiana metálica de Morel, el tendero de enfrente, pulverizada por un pedazo de plástico cierta mañana de junio del 62. Olvi 0 0 1 Fda la visita de los dos tipos del traje cruzado que le reco 0 0 1 Fmendaron seleccionar bien la clientela. Es una monada, mamá, se olvida de las guerras. —¿Se encuentran bien los niños? -Los niños se encuentran bien, están abajo. -¿Qué vais a hacer por Navidad? -Nos quedaremos aquí los cinco. -A mí, Robert va a llevarme a Chálons. (Chalons-sur-Marne, pobre mamá.) Digo: -¡Viva Robert!

Suelta una risita. —Eres un buen hijo, pequeñín. (Bueno, ahí va el buen hijo...) -Tus otros hijos tampoco están mal, mamita. -Gracias a ti, Benjamín; siempre has sido un buen hijo. (Tras la risita, el sollozo.) -Y yo os abandono... (Bueno, ahí va la mala madre.) -No es un abandono, mamá, sólo un descanso. ¡Te tomas un descanso! -¿Qué clase de madre soy, Ben, puedes decírmelo? ¿Qué especie de madre?... Como he calculado ya el tiempo necesario para que res 0 0 1 Fponda a sus propias preguntas, dejo suavemente el auricular en el edredón y voy a la cocina para hacerme un café tur 0 0 1 Fco muy espumoso. Cuando vuelvo a la habitación, el telé 0 0 1 Ffono sigue buscando la identidad de mi madre... -... fue mi primera fuga, Ben, yo tenía tres años... Tras beberme el café, vuelco la taza en el plato. Thérése podría leer el porvenir del barrio entero en el grosor del poso derramado. —... allí, y fue mucho más tarde, yo estaba por los ocho o nueve años, creo... Ben, ¿me escuchas? Es justo el momento que elige el charlófono para chi 0 0 1 Frriar. -Te escucho, mamá, pero tengo que dejarte, los moco 0 0 1 Fsos están interfoneándome. Bueno, descansa a gusto y, no lo olvides, ¡viva Robert! Cuelgo y descuelgo. La voz agria de Thérése me destro 0 0 1 Fza los tímpanos. —Ben, Jérémy está tocando los cojones, no quiere hacer los deberes. -Cuida tu lenguaje, Thérése, no hables como tu hermano. Y, precisamente, la voz del hermano resuena ahora. -Es esa gilipollas la que me cabrea, ¡no sabe explicarme nada! -Cuida tu lenguaje, Jérémy, no hables como tu hermana. Y pásame a Clara, ¿quieres? —¿Benjamín? La cálida voz de Clara. Terciopelo muy verde y tirante en el que cada palabra rueda con la silenciosa evidencia de una bola muy blanca. -¿Clara? ¿Cómo está el Pequeño? -La fiebre ha bajado. De todos modos he hecho que vi 0 0 1 Fniera Laurent, dice que debemos mantenerlo dos días abri 0 0 1 Fgado. -¿Ha dibujado más ogros Noel? -Una docena, pero son mucho menos rojos. Los he fo 0 0 1 Ftografiado. Ben, he preparado unas patatas gratinadas para cenar. Estarán listas dentro de una hora.

-Ahí estaré. Pásame al Pequeño. Y es la vocecita del Pequeño. -¿Sí, Ben? -Nada. Era sólo para decirte que tengo una foto de Théo para tu álbum, y que esta noche os contaré una nue 0 0 1 Fva historia. —¿Una historia de ogro? -Una historia de bomba. -¿Ah, sí? Será súper también... —Ahora tengo que dormir una hora. Al primero que se acerque al charlófono, mátalo. —De acuerdo, Ben. Cuelgo y me dejo caer en la piltra, dormido ya antes de al 0 0 1 Fcanzarla. Me despierta, una hora más tarde, un perro enorme. Me ha atacado por el flanco. Caigo bajo la cama por la violen 0 0 1 Fcia del choque y me encuentro atrapado contra la pared. Lo aprovecha para inmovilizarme por completo e iniciar el aseo que no he tenido tiempo de hacer esta mañana. Hiede como un vertedero municipal. Su lengua huele a algo que parece bacalao rancio, a esperma de tigre, al Todo-París canino. Digo: -¿Regalo? Da un salto atrás, se sienta en su inenarrable culo y, con la lengua colgante, me mira inclinando la cabeza. Registro los bolsillos de mi chaqueta, saco la pelotita envuelta y se la ofrezco declarando: -Para Julius. ¡Feliz Navidad!

Abajo, en la ex quincallería, el olor a nuez moscada de las patatas al gratén flota todavía mucho tiempo después de que yo haya arrastrado a los niños hasta las más profundas entrañas del relato. Los ojos me escuchan por encima de los pijamas mientras los pies se balancean en el vacío de las li 0 0 1 Fteras superpuestas. Estoy en el instante en que Lehmaim se abre paso hacia el tobogán enloquecido. Aparta a la mu 0 0 1 Fchedumbre con grandes golpes de un brazo artificial que le he inventado para la ocasión. —¿Y cómo se esfumó su verdadero brazo? —pregunta Jé 0 0 1 Frémy a quemarropa. -En Indochina, en la carretera de Dalat, en el kilómetro trescientos diecisiete; una emboscada. Sus hombres le que 0 0 1 Frían tanto que se largaron abandonándolos, a él y su brazo, que ya no estaban juntos. —¿Y cómo salió de aquélla? —El capitán de su compañía fue a buscarlo, solo, tres días más tarde. -¡Tres días más tarde! ¿Y qué comió durante esos tres días? —pregunta el Pequeño. —Su brazo. Hábil respuesta que satisface a todo el mundo. El Peque 0 0 1 Fño ha tenido su historia de ogro, Jérémy su relato de guerra, Clara su dosis de humor; por lo que se refiere a Thérése, tiesa como un ujier tras su mesa de trabajo, ha taquigrafia 0 0 1 Fdo, como de costumbre, la integridad de mi relato, inclui 0 0 1 Fdas las digresiones. Es un excelente entrenamiento para su escuela de secretariado. En dos años de ejercicios nocturnos, ha copiado ya los hermanos Karamazov, Moby Dick, Tintín en el Templo del Sol, La leyenda de Gosta Berlíng, La jungla de asfalto, más dos o tres productos de mi propia cosecha mental. Narro, pues, hasta que e¡ parpadeo de los ojos anuncia la extinción de las luces. Cuando cierro la puerta a mi es 0 0 1 Fpalda, el árbol de Navidad brilla en la oscuridad. No lo he hecho mal del todo; no han pensado ni por un momento en lanzarse sobre los regalos. Salvo Julius, que se atarea, des 0 0 1 Fde hace dos horas, intentando desenvolver su paquetito sin romper el papel.

publicitario, proba 0 0 1 Fblemente olvido alguno, y Control Técnico en el Almacén, mi último trabajo. -¿Desde? —Cuatro meses. -¿Le gusta? -Es como todo, demasiado bien pagado por lo que hago, pero no lo bastante por lo que me aburro. (¡Elevemos el debate, diablos!) Anota. -¿No advirtió usted nada anormal, ayer? -Sí, estalló una bomba. Y ahí, sin embargo, levanta la cabeza. Pero utiliza exac 0 0 1 Ftamente el mismo tono impasible para precisar: -Me refiero a antes de la explosión. -Nada. -Al parecer, fue usted llamado tres veces a la oficina dé: Reclamaciones. Ya estamos. Le cuento lo de la cocina, la aspiradora y la nevera pirómana. Se echa mano al bolsillo interior y extiende ante mí el plano del Almacén. -¿Dónde está la oficina de Reclamaciones? Se la muestro. -En ese caso, pasó al menos tres veces por el departa 0 0 1 Fmento de juguetes. ¡Cómo deduce este tipo! —En efecto. —¿Se detuvo usted allí? —Diez segundos en el tercer viaje, sí. —¿Observó algo anormal? -Salvo por el hecho de que me apuntó un AMX 30, nada. Anota en silencio, encapucha su bolígrafo, apura de un trago el café, poso incluido, se levanta y dice: -Esto es todo, no salga de París, es posible que debamos hacerle más preguntas, hasta la vista, gracias por el café. Bueno. No sólo en las películas se queda la gente mirando largo rato una puerta cerrada. Julius y yo quedamos seduci 0 0 1 Fdos por la franca naturaleza del inspector Caregga. El tipo tiene un gran porvenir en la brigada de la risa. Pero ya ten 0 0 1 Fgo el relato que serviré esta noche a los niños. Será idénti 0 0 1 Fco, salvo porque las réplicas brotarán como cohetes, marca 0 0 1 Fdas por el sello de un humor definitivo, nos separaremos con una mezcla explosiva de odio, desconfianza y admiración, y los pasmas serán dos, dos tiparracos de mi invención que los niños conocen muy bien: uno bajito, hirsuto, con la ator 0 0 1 Fmentada fealdad de una hiena, y el otro enorme, calvo, a ex 0 0 1 Fcepción de unas patillas «que abaten sus signos de admiración en las poderosas mandíbulas». —Jib la Hiena y Pat el Patillas! —gritará el Pequeño. —jib la Hiena por su nombre y sujeta —precisará Jérémy. —Pat el Patillas por su nombre y sus pelluzgones —preci 0 0 1 Fsará el Pequeño. -Más malo que Ataúd Ed Johnson y más loco que el Checo sin Fondos. —¿Son amigos? -preguntará Clara. -Hace quince años que no se separan -responderé-. Son incontables ya las veces que se han salvado mutuamente la vida. —¿Qué trasto tienen? —preguntará Jérémy que adora la respuesta. -Un Peugeot 504, rosa, descapotable, con seis cilindros en V, peligroso como un lucio. —¿Su signo del zodíaco? —preguntará Thérése. -Tauro, ambos. Cuando me reúno con los niños, tras la marcha de Careg 0 0 1 Fga, el árbol de Navidad brilla con todo su fulgor, como suele decirse. Jérémy y el Pequeño lanzan gritos de gaviota en un océano de papel de regalo. Thérése, con cejas profe 0 0 1 Fsionales, copia mi relato de ayer por la noche en una fla 0 0 1 Fmante máquina de margarita. Louna, que nos

visita, con 0 0 1 Ftempla el cuadro familiar con lágrimas en los ojos y los pies abiertos, como si estuviera preñada de seis meses. Advierto la ausencia de Laurent. Clara navega a mi encuentro, con un vestido de punto que le da un hermoso cuerpo llamean 0 0 1 Fte. Lleva en las manos la antigua Leica que me envidiaba, en silencio, desde hacía años y que he acabado sacrificando a su pasión por la fotografía. Théo eligió el vestido. En este campo, siempre hay que confiar en los hombres que prefie 0 0 1 Fren a los hombres. (Tal vez sea un prejuicio.) -Toma, Benjamín, es para ti. Lo que Clara me entrega está muy bien empaquetado. Está en la caja de cartón, está entre papel de seda, son unas pantuflas forradas con nata batida, exactamente lo que quería, es Navidad.

Al día siguiente, veintiséis, de nuevo al tajo. Como todos los días, Julius me acompaña al metro Pére-Lachaise, luego se va a ligar a Belleville mientras yo me gano su condumio. Su pelota nueva está atrapada entre sus babosas fauces desde anteayer por la noche. En el periódico que acabo de comprar, hablan largo y tendido del «monstruoso atentado del Almacén». Como un solo muerto no basta, d autor del artículo describe el es 0 0 1 Fpectáculo al que habríamos podido asistir si hubiera habido una decena. (Si realmente queréis soñar, despertad...) Lue 0 0 1 Fgo el plumífero consagra, de todos modos, algunas líneas a la biografía del difunto. Era un honesto mecánico de Courbevoie, de sesenta y dos años, por el que todo el barrio derrama lágrimas, pero que «por fortuna» era soltero y sin hijos. No es una alucinación, en efecto he leído «por fortu 0 0 1 Fna soltero y sin hijos». Miro a mi alrededor: el hecho de que el Dios Azar se cargue «por fortuna» a los solteros preferen 0 0 1 Ftemente, no parece perturbar el mundillo familiar del me 0 0 1 Ftropolitano. La cosa me pone de tan buen humor que bajo en Republique, dispuesto a hacer el resto del camino a pie. Mañana de invierno, sombría, pringosa, glacial, repleta. París es un charco donde se embarra el amarillo de los faros. Temía llegar con retraso, pero el Almacén se ha retrasado más que yo. Con sus persianas metálicas bajadas ante sus inmensos escaparates, produce el efecto de un paquebote en cuarentena. De sus calderas subterráneas sube un vapor que se deshilacha en la bruma matinal. Aquí y allá, peque 0 0 1 Fñas presencias luminosas me indican, sin embargo, que el corazón late. Dentro, hay vida. Penetro, pues, y me inunda enseguida la luz. Cada vez la misma sorpresa. Cuanto más oscuro y siniestro es el exterior, más brilla el interior. Toda aquella luz que cae corno una cascada silenciosa de las al 0 0 1 Fturas del Almacén, que rebota en los espejos, los bronces, los vidrios, los falsos cristales, que fluye por los pasillos, que os espolvorea el alma; toda esa luz no es que ilumine: in 0 0 1 Fventa un mundo. En eso estoy soñando mientras un polizonte de dedos ágiles me registra de pies a cabeza, hasta que advierte por fin que no soy una bomba atómica y me deja pasar. No he llegado el primero. La mayoría de los empleados están ya reunidos en los pasillos de la planta baja. Todos mi 0 0 1 Fran hacia arriba. Mujeres en su mayoría. Sus ojos brillan con un fulgor turbio como si estuvieran escuchando al Espíritu Santo. Arriba, en la pasarela de mando. Sainclair ronronea por un micrófono. Rinde homenaje al «maravilloso compor 0 0 1 Ftamiento del personal» en los últimos «acontecimientos». Asegura toda la simpatía de la Dirección d Chantredon: el tipo que viajó a través del escaparate de cosméticos y que cura sus heridas en el hospital. Se excusa ante quienes fue 0 0 1 Fron visitados ayer por la policía. Todos los empleados de 0 0 1 Fberán pasar por ello, «incluida la Dirección», pero con el único objetivo de «aportar a la investigación los elementos necesarios para llevarla a buen puerto». Por lo que a él, Sainclair, se refiere, ni por un segundo se le ha ocurrido que el atentado pueda ser obra «de uno de mis colaboradores». Ya que nosotros no somos

Cuanto más ascendía Théo, más aumentaba el número de los víejecitos. Llegaban de los más alejados hospicios. Y, des 0 0 1 Fde que Sinclair le coronó Emperador del Bricolaje (no sólo puede reconstruir París con cualquier cosa sino que tam 0 0 1 Fbién puede vender una segadora de césped a alguien que desea arreglar su cuarto de baño), todo el sótano pertenece a los viejecitos de Théo. —Un adelanto de su paraíso. -¿De dónde sacaste los delantales grises? -Liquidación de un orfelinato, cerca de mi casa. Así al menos, cuando lo llevan, siempre sé dónde están. A mediodía, en el pequeño figón donde huimos de la can-, tina, Théo se permite una súbita carcajada. -¿Sabes una cosa? -¿Qué? —Lehmann hace correr el rumor de que soy gerontófilo. Como quien dice un pedófilo de la tercera edad. ¿Te das cuenta? (Tierno Lehmann...) -Mira, a propósito de pedofilia, dale eso al Pequeño, para su álbum. Es otra fotografía. Traje color burdeos, terciopelo sedo 0 0 1 Fso, mimosa en el ojal. A su espalda, la leyenda que el Pe 0 0 1 Fqueño copiará con una caligrafía de trazos gruesos y trazos finos. Eso es cuando Théo hace la golondrina. Que quien quiera comprender, comprenda. Théo com 0 0 1 Fprende. Y los innumerables amigos de Théo, que encuen 0 0 1 Ftran sus mensajes fotográficos clavados en su puerta cuando no está. ;Y el Pequeño? ¿Tengo que prohibir esa colección? Sé que lo de Théo no es la infancia, pero de todos modos...

A primeras horas de la tarde, dos o tres reclamaciones han caído ya en la papelera. Una de ellas, un serio follón de ca 0 0 1 Fmas. Lehmann me reclama. Paso ante el departamento de juguetes. No quedan rastros de la explosión. E1 mostrador no ha sido reparado sino sustituido, durante la noche, por otro idéntico, exactamente. Una impresión extraña, como si la explosión no se hubiera producido, como si hubiera sido víctima de una alucinación colectiva. Como si inten 0 0 1 Ftaran cortarme un retazo de memoria. Pensamientos des 0 0 1 Fmoralizadores mientras la escalera mecánica sumerge el de 0 0 1 Fpartamento de juguetes en las hormigueantes entrañas del Almacén. El tipo que refunfuña en lo de Lehmann tiene unos hom 0 0 1 Fbros tan anchos que obstruyen la puerta cristalera. Una es 0 0 1 Fpalda capaz de eclipsar el sol. Así pues, no veo la cara de Lehmann. A juzgar por el estremecimiento de los múscu 0 0 1 Flos, bajo la chaqueta del cliente, y por la vena que palpita en la piel enrojecida de su cuello, a Lehmann no le debe llegar la camisa al cuerpo. Quien está de pie ante él no es, precisamente, del tipo coloso bonachón. Un sanguíneo que no levanta la voz. Los peores. No ha dado m un solo paso en el despacho. Ha cerrado k puerta a sus espaldas y mur 0 0 1 Fmura sus quejas, apuntando con el dedo a Lehmann. Doy tres golpecitos discretos. Apenas toe, toe, toc

. -¡Adelante! ¡Carajo! Hay angustia en la voz de Lehmann. El propio mastodonte abre la puerta, sin volverse. Me escurro entre su brazo y la jamba con la temerosa agilidad de un perro apaleado. -Tres días de hospital y quince de baja, su Control Téc 0 0 1 Fnico se va a quedar en pelota. Es la voz del cliente. Neutra, como ya esperaba, y llena de peligrosa certidumbre. No ha venido a quejarse, ni a dis 0 0 1 Fcutir, ni siquiera a exigir: ha venido a imponer por la tuer 0 0 1 Fza su derecho, eso es todo. Basta con lanzarle una ojeada .; para comprender que nunca ha funcionado de otro modo.. Basta con lanzarle otra para advertir que eso

no le ha hecho ascender mucho en la jerarquía social. Debe de tener en al 0 0 1 Fguna parte un corazón que le molesta. Pero Lehmann no ad 0 0 1 Fvierte esas cosas. Acostumbrado a soltar mamporros sólo teme una cosa: recibirlos. Y, en ese terreno, el otro es creíble. Pongo en mi mirada bastante terror para que Lehmann halle por fin el valor de aclarármelo. En dos palabras, como si fueran mil, el señor Fulano, aquí presente, submarinista de J profesión (¿por qué ese detalle?, ¿para autentificar el múscu 0 0 1 Flo?), encargó, la semana pasada, una cama de ciento cuaren 0 0 1 Fta al departamento de muebles de madera maciza. -¿Se encarga usted de la madera maciza, Malausséne? Tímido sí de mi cocorota. -Decíamos que solicitó una cama de ciento cuarenta, nogal segueteado, ref. T.P.885, a sus servicios, señor Malausséne, cama cuyas dos patas del cabezal se rompieron con el primer uso. Pausa. Ojeada al submarinista cuya mandíbula inferior tortura un átomo de chicle. Ojeada a Lehmann que está muy | contento de pasarme la patata caliente. —La garantía... —digo. -La garantía tendrá efecto, pero su responsabilidad se ve j comprometida por otra razón, de lo contrario no le habría | hecho venir. Primer plano de mis zapatos. -Había alguien más en aquella cama. Lehmann, aun en pleno acojono, nunca podrá prescindir de ese tipo de placeres. -Una persona joven, no sé si entiende a qué me refiero,., Pero lo demás se evapora ante la mirada soplete de la mole. Y la propia mole concluye, lacónica: -Una clavícula y dos costillas. Mi novia, en el hospital. -¡oooh! He lanzado un verdadero grito. Un grito de dolor que les ha hecho dar un respingo a ambos. -jOOOHÍ Como si me hubieran pateado el estómago. Luego, compresión de mi caja torácica con la punta del codo, jus 0 0 1 Fto por encima de la tetilla, y me pongo tan blanco como las sábanas del catre fatal. Esta vez, Hércules da un paso ade 0 0 1 Flante esbozando, incluso, el gesto de recogerme. Por si me da un pasmo. —¿Eso hice yo? Voz apagada, comienzo de asfixia. Titubeante, me apoyo en la mesa de Lehmann. -¿Eso hice yo? Sólo con imaginar aquella montaña de picadillo cayendo desde lo alto de su palanca sobre los cuerpos de Louna o de Clara, y haciendo trizas todos sus huesos, basta para arran 0 0 1 Fcarme lágrimas con certificado de autenticidad. Y, con el rostro chorreante, pregunto: —¿Cómo se llamaba? El resto va como la seda. Sinceramente emocionado por mi emoción, el señor Músculos se deshincha de pronto. Im 0 0 1 Fpresionante. Casi te parece ver la forma de su corazón. Lehmann lo aprovecha enseguida para atacarme maligna 0 0 1 Fmente. Le presento sollozando la dimisión. Sarcástico, dice que eso seria demasiado fácil. Suplico, arguyendo que el Almacén no puede, realmente, esperar nada de una nulidad como yo. -¡La nulidad se paga, Malausséne! ¡Como todo lo demás! ¡Más que todo lo demás! Y se propone hacerme pagar tan cara mi nulidad que el enorme cliente atraviesa de pronto la habitación para plantar los dos puños en la mesa de su despacho. —¿Se lo pasa en grande torturando a este tipo? "Este tipo» soy yo. Ya está, me encuentro bajo la protección de Su Majestad el Músculo. Lehmarm desearía un sillón más profundo. El otro se explica: ya en la escuela le tocaba las narices ver a algún mastuerzo atacando a alguien más débil. -De modo que escúchame, tío. El «tío» es Lehmann. Del color de los cirios. De esos ci 0 0 1 Frios que se encienden para

La primera cosa que veo, cuando cuelgo a mí vez, es la jeta risueña de Julius, el perro, en el marco de la puerta. No ha soltado la pelota en todo el día. Lo miro de mala manera. Digo: -¡No, esta noche no! Se incorpora ipso flauta en la alfombra. Yo me duermo. Una hora más tarde, cuando despierto, descuelgo el interfono.' -¿Clara? Necesito tomar el fresco, vendré después de": cenar. -De acuerdo, Ben. Tu Leica ha hecho unas fotos formidables, te las enseñaré. Julius sigue tumbado. Me clisa con un aire de dolorosa interrogación. Su otro dueño le plantea problemas. Por for 0 0 1 Ftuna, lo ve pocas veces. Pregunto: —¿Damos un paseo? Se incorpora de un salto. Siempre está dispuesto a salir, siempre está contento cuando regresa, Julius. Un verdadero perro.

No sólo estalla el Almacén. También Belleville. Con todas las fachadas que faltan a lo largo de sus aceras, el bulevar parece una mandíbula desdentada. Julius callejea, con la napia a ras de suelo, moviendo frenéticamente la cola. Se agacha de pronto para erigir, en plena avenida central, un suntuoso monumento a la gloría del olfato canino. Luego, recorre una decena de metros, con el culo bien erecto, bas 0 0 1 Ftante orgulloso de sí mismo, y se inmoviliza de pronto, como si hubiera olvidado algo importante. Escarba entonces el as 0 0 1 Ffalto como un loco, con sus patas traseras. No está junto a la cagarruta ni tampoco lo hace en la buena dirección, pero le importa un bledo. Julius cumple, hace lo que debe hacer. Él no es un mostrador de grandes almacenes: tiene memoria. Aunque ya no sepa lo que hay dentro. Cien metros más adelante, la voz lastimera de un muecín se eleva en el crepúsculo bellevillense. Sé lo que le sirve de alminar. Es una pequeña ventana cuadrada, el respiradero de unos urinarios o un ventanuco de rellano, entre el tercer y el cuarto piso de una fachada decrépita. Me dejo llevar unos momentos por las jeremiadas de ese cura llegado de otro mundo. Vomita una azora que debe de hablar de una malvarrosa cuyo sagrado tallo brota en los calzones del Pro 0 0 1 Ffeta. Hay en todo ello un insoportable dolor de exilio. Re 0 0 1 Fcuerdo, por primera vez, la diseminada muerte del Alma 0 0 1 Fcén. Luego, pienso en Louna y me trato de cabrón. Y de nuevo las tripas del mecánico de Courbevoie. Apenas ten 0 0 1 Fgo tiempo de apoyarme en un árbol para no devolver por segunda vez. Atravieso, contando los pasos, el bulevar para entrar en lo de Koutoubia. Julius se larga directamente al encuentro de Hadouch en la cocina. La voz del muecín queda apagada por las conversaciones y el chasquido de las fichas de dominó. El humo se estanca y la mayor parte de los tipos están sentados detrás de su pastís. Me parece que el hermano musulmán del ventanuco se las verá y deseará para devolver los suyos a la pureza del islam. En cuanto me divisa, el viejo Amar me ofrece su más amplia sonrisa. Me sorprende siempre la blancura de sus ca 0 0 1 Fbellos. Rodea el mostrador y me toma en sus brazos. -Bueno, hijo mío, ¿todo bien? -Todo bien. -¿Y tu madre, bien? -Bien. Descansa. En Chalons. -¿Y los niños, bien? -Bien. -¿No los has traído? -Están haciendo los deberes. -;Y tu trabajo, bien? -¡Cojonudo! Me instala en una mesa, en un abrir y cerrar de ojos la cubre con unos manteles de papel, se apoya frente a mí, con sus brazos tendidos, y me sonríe. Pregunto: -¿Y tú. Amar, escás bien? -Bien, te lo agradezco.

-¿Y los niños, bien? -Bien, te lo agradezco. -¿Y tu mujer? Tu mujer, Yasmina, ¿está bien? -Bien, gracias a Dios. -¿Cuándo vas a hacerle otro? —Regreso a Argel la semana que viene para hacerle el último. Reímos. Yasmina, más de una vez, me sirvió de madre cuando yo era un mocoso y mi madre servia en otra parte. Amar se ocupa de los demás clientes. Hadouch pone ante mí un cuscús, que deberé tragarme si no quiero ofen 0 0 1 Fder al Profeta y a sus fieles la misma tarde. Advirtiendo mi lamentable apetito, Amar se sienta ante mí: —Las cosas no marchan, ¿eh? —No, no marchan. — Te llevo conmigo a Argel? Why not? Durante algunos segundos, permito que la idea deposite en mi cerebro su luminosa estela de placer. Amar insiste: —¿Eh? Hadouch se encargará del perro y de los niños. Pero la chata jeta del inspector agregado Caregga me llama al orden. -No es posible, Amar, -¿Por qué? -Por el curro. Me mira incrédulo, pero se dice zapatero a tus zapatos y se levanta palmeándome el hombro. -Te traeré un té. La voz de Uní Kalsum brota del noticiómetro. Por la pan 0 0 1 Ftalla desfila la inmensa muchedumbre de su entierro. Dejo que el canto se desvanezca y abandono la tasca, con Julíus pisándome los talones. La risa de Hadouch nos persigue unos instantes: -La próxima vez no daré de comer a tu chucho, ¡voy a lavarlo! Les cuento a los niños los titubeantes inicios de la investiga 0 0 1 Fción, mis dos pasmas, Jib la Hiena y Pat el Patillas, hurgando sin miramientos en la vida privada de los «colaboradores» de Sainclair, el equipo de fantasmas sustituyendo nocturna 0 0 1 Fmente el mostrador de juguetes, el heroísmo del Almacén, que sigue vendiendo pese a la amenaza, como si nada ocurriera. (The show must go on ¡) A nuestro alrededor, han colocado cuerdas en las que están secándose las fotos de Clara. (¿Cuán 0 0 1 Ftas horas le roba esta pasión a la preparación de su bachillera 0 0 1 Fto?) Ahí están las fotos del ogro Noel del Pequeño. Otras cuentan la desaparición de Belleville y la aparición de esos acuarios que erigirán la bella villa del mañana. Y luego una foto de mamá, muy joven... de la época de mi nacimiento, o algo así. Ya con esa sed en los ojos, por otra parte. -¿Tenias el negativo? -No, he hecho un tiraje. —La enmarcaremos —declara Jérémy—, así no podrá lar 0 0 1 Fgarse más. Thérése taquigrafía absolutamente todo lo que se dice, sin' distinción, como si eso entrara en una misma y gigantesca novela. Luego, de pronto, con su fija mirada de monja anoréxica clavada en mí: -¿Ben? -¿Thérése? —El muerto, el mecánico de Courbevoie... -¿Sí? —He hecho su carta astral, tenía que morir así. Clara me lanza una rápida ojeada. Compruebo que el Pequeño se ha dormido y fusilo a Jérémy con la mirada, para que se trague sus habituales dardos. Hecho eso, pongo en mi hermoso rostro tanto interés como puedo. —Bueno, te escuchamos. -Nació el veintiuno de enero de mil novecientos dieci 0 0 1 Fnueve, Ben, está en su esquela. Aquel día, Marte estaba en conjunción con Urano a trescientos veinticinco grados, y am 0 0 1 Fbos en oposición con Saturno a ciento cuarenta y seis grados.

—Va muy bien con tus ojos, tía Julia, pero no con tus ca 0 0 1 Fbellos. De hecho, sólo veo sus ojos. Dos almendras con lentejue 0 0 1 Flas doradas, rodeadas por unas pestañas que casi me cosquillean la nariz. Tras aquellas maravillas, otros dos ojos me fusi 0 0 1 Flan. Son los clisos de Cazeneuve. Arrojo negligentemente el jersey en el mostrador, elijo otro y lo pongo ante la mucha 0 0 1 Fcha, echando hacia atrás la cabeza con aire entendido. Recu 0 0 1 Fperándose, Cazeneuve interviene. No se anda por las ramas. -Deja de hacer teatro, Malausséne, he visto perfectamente que la moza mangaba el primer jersey. -;«La moza»? ¿Éstas son maneras de dirigirse a la cliente 0 0 1 Fla Cazeneuve? ¿Un buen tipo como tú? Lo digo en el tono soñador de alguien que está pensan 0 0 1 Fdo en otra cosa. El segundo jersey (decididamente, comien 0 0 1 Fzo a entender de trapitos) sienta a las mil maravillas a mi adorable leona. Y digo: -Éste te sienta muy bien, tía Julia. No soy el único que admira a «tía Julia». Cierto número de clientes contiene la respiración. Entre ellos un viejo ma 0 0 1 Ftrimonio de aspecto enternecido y cabellos albísimos, que llevan un cesto verde y que nos devoran literalmente con los ojos. -Malausséne, por favor, no me impidas hacer mi trabajo. Cazeneuve chirría. Mientras, no lejos de allí, uno de los viejecitos de Théo arrambla con un vibrador de masaje. -No te impido hacer tu curro, Cazeneuve, te impido complacerte demasiado en él. -Señorita, se ha metido usted el jersey en el bolso, ¡la he visto! La muchacha se agarra a mi mirada como a una boya de salvamento. Rostro alargado, pómulos altos, labios húmedos. -¿Te pregunto yo dónde te bronceas, Cazeneuve? He dado en el blanco. Cazeneuve se hace lustrar gratis su hermosa jeta de terracota, todos los días, en el departamen 0 0 1 Fto de lámparas solares. Añado: -Deja en paz a tía Julia o te soltaré un sopapo. Y entonces ocurre la cosa, como a cámara lenta, en un Almacén que parece haberse inmovilizado por completo, palidece. Justo a sus espaldas, los dos graciosos viejecitos se vuelven sonriéndose. ¡Y entonces, en pleno centenario, se entregan a un beso de tornillo! Un beso de una sensualidad increíblemente contagiosa. Distingo, entre sus dos vientres soldados, una punta del cesto verde;| Verde manzana. Y Cazeneuve recibe el bofetón prometido. Pero no soy yo quien se lo da, sino el brazo arrancado de la anciana. Sigo con la mirada la curva perfectamente dibujada por el geiser de sangre que brota de él. Veo el rostro del hombre, con toe claridad, una mirada incrédula bajo un mechón de cabellos blancos, finos como los de un bebé y cortados a la romana.

- Veo la cabeza de Cazeneuve. En su mejilla, repentinamente fofa, repercute la onda de choque hasta el resto del rostro. Y sólo entonces oigo la explosión. Una pared de ladri 0 0 1 Fllos volatilizada en mi cabeza. Proyectado hacia delante, Ca 0 0 1 Fzeneuve nos tumba en la lona a tía Julia y a mí.

La ventaja de hallarse en el lugar mismo de una explosión es que nadie te pisotea. Todo el mundo huye del epicentro. El peso de la muchacha tendida sobre mí me pega al suelo. Diríase que me protege de las ametralladoras enemi 0 0 1 Fgas. Pero si lo miras de más cerca, está, sencillamente, des 0 0 1 Fvanecida. La deposito suavemente a un lado, aguantando su cabeza con la palma de mi mano, y le cubro con el vestido las piernas al aire. Cazeneuve está frente a mí, sentado, es 0 0 1 Ftático como un chiquillo ante su primer castillo de arena. Está cubierto de sangre y algo en su interior se pregunta, sin moverse, si es suya o de alguien más. (Es la primera vez que lo veo pensar.) Algunos metros por detrás de

Cazeneu 0 0 1 Fve, dos cuerpos, dispersos y encabestrados al mismo tiempo, yacen en una espantosa bazofia sanguinolenta. Me levanto penosamente. A mi alrededor hay el pánico de un vivero cuando se abre la pesca. Todos los peces quieren salir del agua. Saltan, vuelven a caer, chocan, cambian repentina 0 0 1 Fmente de dirección como si quisieran escapar de una red invisible. Lo más alucinante es que todo ello se desarrolla e^ n un silencio de profundidades marinas. Caen estantes en 0 0 1 Feros, los maniquíes de escaparate estallan bajo los pies de los fugitivos. Y todo sin un solo ruido. Estoy en el fondo de un gi 0 0 1 Fgantesco acuario enloquecido. Tía Julia se despierta a su vez. Veo sus labios que se mueven, pero no oigo nada. Sordo. La explosión me ha dejado sordo. Instintivamente, me llevo los dedos a los oídos. No hay sangre. Eso me tranquiliza un poco. Me agacho ante tía Julia y tomo su rostro entre mis manos: -¿No hay nada roto? Oigo mi voz como si me telefoneara a mí mismo, muchacha responde algo, luego hace ademán de darse k¡ vuelta, pero se lo impido. Sin embargo, aquel sangriento revoltijo no me da náuseas, esta vez no. Al parecer, nos acostumbramos a todo. Los dos cuerpos dan la impresión de haber intercambiado sus vísceras en una especie de postrera comunión. Se han fusionado. Del pequeño cesto verde manzana no queda ni rastro. Sus dos vientres lo incubaban y la explosión se ha producido. Dos tipos de blanco se llevan a Cazeneuve, completamente sonado. Me palmean el hombro. Me doy la vuelta. Prueba de que la Historia se repite siempre del peor modo. El pequeño bombero de última vez comienza a explicarme la cosa. Sus dos babosas rosadas bailan bajo el fino bigote. Pero -¡oh alegría!- no le oigo.

Permanecí cuatro largas horas en el hospital. Me inspeccio 0 0 1 Fnaron por todas mis costuras. Nada roto. Sentí un placer muy infantil dejándome manipular. Como cuando era un mocoso y mi madre o Yasmina, la mujer del viejo Amar, me bañaban. Mi sordera contribuye al encanto de la cosa. Siempre he pensado que sería un buen sordo y un mal ciego. Apartad el mundo de mis oídos, lo quiero. Tapadme los ojos, me muero. Puesto que todas las cosas buenas se terminan, el mundo acaba abriéndose de nuevo camino hasta; mis tímpanos. Oigo las conversaciones de enfermeras y matasanos a mi alrededor. Al principio, no entiendo nada. Como si estuvieran hablando en un compartimento contiguo. Luego, la cosa se precisa. Se trata, sencillamente, de mantenerme en observación una semanita. Es posible haya complicaciones en el cerebro. ¡Una semana de hospital Desde aquí veo la cara de los mocosos y de Julius. -¡Ni hablar del peluquín! Una larga bata blanca de rostro caballuno se inclina ha 0 0 1 Fcia mi ¿Decía usted algo? —Sí, he dicho no, no quiero quedarme aquí, me en 0 0 1 Fcuentro muy bien, no hay problema, voy a marcharme a casa, _La bata blanca se remite a otra bata más blanca todavía, censada por una panza oronda. -No podemos dejarlo marchar, amigo. No antes de haber hecho las radiografías necesarias. Estoy todavía tendido en la camilla de curas. La panza enorme habla justo delante de mi nariz. Todas esas barrigas trampa... ;y si me estallara también él en las narices? Digo: —Tampoco pueden retenerme contra mi voluntad. Fuera, ya hace tiempo que es de noche. Mientras camino hacia el metro, un coche circuía junto a la acera hasta llegar a mi altura y da un bocinazo. Una bocina de los años cin 0 0 1 Fcuenta. De las que hacen «tut». Me doy la vuelta. Tía Julia, en el interior de un cuatro caballos amarillo limón, me in 0 0 1 Fvita con grandes aspavientos. -¿Va a pie? Suba, lo llevo. Subo en la reliquia de tía Julia. —¿Le han hecho firmar un descargo? A mi también. Se cubren las espaldas, es normal. Conduce su cuatro caballos como si fuera un paquebo 0 0 1 Fte, sin sacudidas. Una especie de proeza cuando conoces ese trasto. Navegamos hacia el Pére-Lachaise. Tía Julia