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Perspectiva crítica de modernidad/colonialidad: programa de investigación, Guías, Proyectos, Investigaciones de Introducción a la Economía

Una introducción al programa de investigación de la modernidad/colonialidad, un enfoque crítico que examina la modernidad y la colonialidad desde una perspectiva descolonizadora y anticapitalista. El texto discute la importancia de reconocer la naturaleza eurocentrica de la filosofía y las ciencias sociales, la relación entre poder y conocimiento, y la persistencia de formas coloniales de dominación después de la descolonización. Se mencionan conceptos como colonialismo, colonialidad, pensamiento fronterizo y transmodernidad.

Tipo: Guías, Proyectos, Investigaciones

2020/2021

Subido el 30/11/2021

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Facultad de Ciencias Sociales, Dpto.
de Relaciones Internacionales
Marina Díaz Sanz
Máster Gestión de Riesgos en Conflictos
Postmodernidad, Globalización y Sociedad
Internacional
Curso 2021/2022
Versión
Fecha
Motivo de modificación
Elaboración
Revisión
Aprobación
Tema 8:
De la postmodernidad a la decolonialidad. El caso de
América Latina.
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Facultad de Ciencias Sociales, Dpto.

de Relaciones Internacionales

Marina Díaz Sanz Máster Gestión de Riesgos en Conflictos Postmodernidad, Globalización y Sociedad Internacional Curso 20 21 /202 2 Versión Fecha Motivo de modificación Elaboración Revisión Aprobación

Tema 8:

De la postmodernidad a la decolonialidad. El caso de

América Latina.

Marina Díaz Sanz Profesora

Presentación 3

Objetivos 3

El programa de investigación de la modernidad/colonialidad 3

Introducción La globalización: ¿modernidad radical y proyecto universal? El programa de investigación de la modernidad/colonialidad

La colonialidad del poder 8

Los límites de los paradigmas filosóficos eurocentrados Heterarquía y colonialidad del poder En respuesta a la colonialidad del poder: pensamiento fronterizo y transmodernidad

La idea de América Latina 15

Raza y barbarie Cartografiar es poder: El mapa T en O La historia como poder

otra manera de pensar, un paradigma otro , la mera posibilidad de pensar «mundos y conocimientos otros»—” (pág. 179). El tipo de pensamiento y conocimiento alternativo al que se refiere el autor está en consonancia con el mundo alternativo que fue objeto de discusión en el Foro Social Mundial de Porto Alegre celebrado a comienzos del siglo XXI, en el año 2001. El argumento compartido por Escobar (2007) de que ha aparecido este nuevo programa se fundamenta en la confluencia de una serie de elementos que alimentan un nicho intelectual de características específicas. Entre esos elementos destacan los siguientes:

  • La teología de la liberación, cuya influencia se deja notar desde los años 60 y 70.
  • Los debates en la filosofía y ciencias sociales latinoamericanas en torno a nociones como la filosofía de la liberación y la ciencia social autónoma.
  • La teoría de la dependencia.
  • Los debates sobre la modernidad y la postmodernidad en América Latina.
  • El Grupo de Estudios Subalternos de América Latina en Estados Unidos. En paralelo a esto, Escobar (2007) señala que las principales fuentes de inspiración para el grupo de investigación sobre la modernidad/colonialidad son las teorías críticas de la modernidad en Europa y América del Norte; los estudios subalternos en el Sudeste Asiático; la teoría feminista chicana; la teoría poscolonial y la filosofía africana; y el análisis de los sistemas-mundo. Así, el programa de la modernidad/colonialidad ha de entenderse como una manera de pensar que cuestiona las grandes narrativas de la modernidad (el cristianismo, el liberalismo y el marxismo), situando su investigación en los límites de los sistemas de pensamiento convencionales y planteando la posibilidad de modos de pensar no euro-céntricos. El programa de la modernidad/colonialidad defiende que es necesario un nuevo entendimiento de la modernidad. Esta es una cuestión relevante para nosotros porque muchos de los intelectuales que calificaríamos como “modernos” han entendido la globalización como la universalización y la radicalización de la modernidad (Escobar, 2007, pág. 181). Dicho de otro modo, para muchos pensadores, la globalización representa un proceso por el cual la modernidad alcanza su máxima expansión planetaria. La globalización representaría el culmen de un proceso histórico de progreso iniciado en un núcleo (Europa) que atravesó profundas transformaciones económicas, políticas, sociales y culturales que consiguieron elevar su estatus a “moderno” y, a su vez, modelo para otras regiones del mundo que tendrían en Europa un ejemplo a imitar. Un propósito central de estas páginas es discutir las razones por las cuales los intelectuales dentro del programa de la modernidad/colonialidad (Arturo Escobar, Ramón Grosfoguel, Santiago Castro-Gómez, etc.) rechazan esta tesis.

LA GLOBALIZACIÓN: ¿MODERNIDAD RADICAL Y PROYECTO UNIVERSAL?

El grupo de la modernidad/colonalidad arguye que la definición de la globalización en términos de modernidad radical y universal es una visión intramoderna de la modernidad, lo que equivale a decir que es una visión europea. Tal visión ha consolidado la idea de que la globalización es un proceso único que emana de unos pocos centros de poder (situados en Europa, y más tarde en el mundo occidental), exportándose con posterioridad a las regiones periféricas del mundo. Esta visión ha tenido la enorme capacidad de orientar el debate de la filosofía y la sociología moderna, impidiendo la emergencia de formas alternativas para entender cuestiones como el “desarrollo” y el “cambio histórico”. Según Escobar (2007), este patrón se ha mantenido así hasta los años 2000 cuando, “desde lugares periféricos se ha cuestionado la premisa ampliamente aceptada de que la modernidad puede ser explicada enteramente en referencia a factores internos de Europa” (pág. 181). La concepción intramoderna de la modernidad está vinculada, según Escobar (2007, págs. 181 - 182 ) a una serie de tendencias:

  1. Históricas Los orígenes temporales y espaciales de la modernidad se localizan en el norte de Europa, en el siglo XVII francés, alemán e inglés, y en relación a los procesos de Reforma, Ilustración y la Revolución Francesa; aunque no será hasta finales del siglo XVIII y con el advenimiento de la Revolución Industrial cuando estos procesos verán su consolidación.
  2. Sociológicas La modernidad se caracteriza por contar con una serie de instituciones, de entre las cuales sobresale el Estado-nación, y por algunos rasgos básicos, como la auto-reflexividad (el proceso por el cual el saber experto moldea y transforma la sociedad). La modernidad otorga una importancia creciente a las fuerzas translocales, lo que resulta de la desvinculación paulatina de la vida social del contexto local. La separación entre el tiempo y el espacio es también característica de la modernidad. Este proceso hace que los contactos cara a cara sean crecientemente sustituidos por interacciones con lo que el sociólogo Anthony Giddens (1990) llama “otros ausentes”.
  3. Culturales La modernidad se distingue por la apropiación de saberes culturales por parte de formas de conocimiento experto vinculado al capital y a la burocracia de los Estados. La modernidad establece un determinado orden sobre la base de la razón, el individuo, el saber experto y los mecanismos administrativos del Estado.
  4. Filosóficas La modernidad es un proyecto antropocéntrico y logocéntrico que ordena el mundo según principios racionales del hombre europeo (en un sentido literal, el hombre frente a la mujer). La modernidad está intrínsecamente vinculada a la emergencia de la noción de “Hombre” como el fundamento de todo el conocimiento y el orden del mundo, separado de lo natural y lo divino. Asimismo, la modernidad
  1. Una atención particular a la periferialización llevada a cabo por esta Europa moderna de las demás regiones del mundo, empezando por América Latina como la otra cara de la modernidad.
  2. La relectura del “mito de la modernidad”, no en términos del cuestionamiento del poder emancipatorio de la razón moderna, sino del lado oculto de la modernidad. Dicho de otro modo, la revisión de la creencia acerca de la superioridad de la civilización europea, unida a la asunción de que el desarrollo europeo es un modelo que todas las demás culturas deben imitar, si es necesario por la fuerza. Una vez establecida esta serie de nociones alternativas, es fácil visualizar que la unidad de análisis sobre la que trabaja el programa MC debe ser distinta de la unidad de análisis en el paradigma eurocentrado de la modernidad. Para los autores del programa es central defender la idea de que la unidad de análisis adecuada para el estudio de la modernidad es el binomio modernidad/colonialidad: “el conjunto de procesos y formaciones sociales que engloba el colonialismo moderno y las modernidades coloniales” (Escobar, 2007, pág. 185). En definitiva, el argumento de Escobar y otros autores como Walter Mignolo, Aníbal Quijano, Santiago Castro-Gómez y Enrique Dussel es que no puede discutirse la modernidad sin prestar atención a la colonialidad, ya que esta última es constitutiva de la primera (su lado oculto); y es este binomio el que nos permite entender la manera en que la modernidad europea constituyó Asia, África, América Latina y el Caribe en Otros opuestos a la idea de Europa. Sin embargo, resulta muy llamativo que la mayor parte de los teóricos europeos se hayan mostrado ciegos a lo que Escobar (2007) denomina la “diferencia colonial”, así como a los procesos de subalternización del conocimiento y de la cultura que esta llevaba aparejada. A continuación, enumeramos una serie de características que ayudan a definir el programa de investigación del grupo de la modernidad/colonialidad (Escobar, 2007, págs. 190-191):
  3. Este grupo es, en buena medida, interdisciplinar o, mejor dicho, transdisciplinar. Las disciplinas de las que se ha nutrido son la filosofía, la economía política y la teoría literaria, además de la historia, la sociología y la antropología.
  4. A pesar de tener un anclaje muy fuerte en América Latina, el vínculo con América Latina no es estrictamente geográfico. El grupo está compuesto por una red de lugares, algunos de los cuales tienen prácticas intelectuales y políticas más establecidas que otros. América Latina debe ser entendida como una “perspectiva” o lugar epistémico más que como una región.
  5. El grupo también ha sido definido como una “comunidad de argumentación” que trabaja de forma conjunta en conceptos y estrategias para repensar lo moderno. El propósito del grupo es crear nuevas formas de análisis, no contribuir a los sistemas de pensamiento establecidos que, por definición, son eurocéntricos. Estas formas de análisis alternativas han sido

denominadas “epistemologías del Sur” por el intelectual brasileño Boaventura de Sousa Santos (2003).

  1. Los integrantes del grupo comparten posiciones políticas en consonancia con la radicalidad epistémica que preconizan, incluso cuando su práctica está vinculada principalmente al mundo académico, aunque no se desarrolle exclusivamente en ese ámbito. En línea con esto, puede decirse que son tres los lugares y los agentes del cambio radical: los actores y movimientos sociales subalternos; los intelectuales y activistas que actúan en espacios mixtos, desde ONG hasta el Estado; y las propias universidades. La colonialidad del poder LOS LÍMITES DE LOS PARADIGMAS FILOSÓFICOS EUROCENTRADOS El programa de la modernidad/colonial, los estudios postcoloniales y, muy especialmente, decoloniales, nacen como críticas al postmodernismo y al postestructuralismo en tanto que estos son, en palabras de Grosfoguel (2006) ”proyectos epistemológicos [están] atrapados en el canon occidental reproduciendo en sus esferas de pensamiento y de práctica una forma particular de colonialidad del poder y el conocimiento” (pág. 21). Así, a pesar de que el postmodernismo y el postestructuralismo se presenten como críticas al programa de la modernidad en un sentido estricto, lo cierto es que lo hacen desde una cierta ceguera de clase, racial, geopolítica y de género; y, por supuesto, ignoran la “diferencia colonial”. Pero, ¿cómo se ha dado esto? En primer lugar, es importante reconocer que la filosofía y las ciencias sociales en, lo que Grosfoguel y otros intelectuales críticos llaman el “sistema mundo moderno/colonial capitalista/patriarcal”, se han construido sobre paradigmas de conocimiento eurocéntricos que, a pesar de su imbricación con la experiencia europea de la Historia, pretenden desplegar “una mirada desde ninguna parte” ( a gaze from nowhere ) sobre los procesos políticos, históricos o culturales. Dicho de otro modo, el proyecto eurocentrado de la modernidad despliega “un punto de vista universalista, neutral y objetivo” (Grosfoguel, 2006, pág. 21) que trata de esconder las estructuras de dominación sobre las que se asienta el sistema-mundo actual. Sin embargo, como hemos dicho, al llevar la atención sobre el sujeto América Latina en la historia moderna, una de las operaciones básicas que lleva a cabo el programa de la MC es la relocalización de los orígenes de la modernidad en el tiempo y en el espacio. Como consecuencia de ello, se hace evidente que el proceso de invisibilización del punto de vista sobre “la realidad” tiene una historia de más de cinco siglos a partir del encuentro con el Nuevo Mundo. Por su capacidad para desestabilizar la creencia sobre el punto de vista neutral, en Estados Unidos ha sido especialmente importante el trabajo de las intelectuales chicanas y las feministas negras, pero también los esfuerzos de los y las intelectuales del llamado Tercer Mundo que sin descanso ponen sobre la mesa el

La importancia de esta reflexión sobre los límites de los paradigmas filosóficos modernos no estaría suficientemente ilustrada si no fuera acompañada por una reflexión sobre el poder, en la línea del binomio foucaultiano poder/conocimiento. Así, es crucial reconocer que la capacidad de la ciencia occidental moderna para establecer las bases epistemológicas del análisis social (a través de pares binarios como naturaleza/cultura, secular/religioso, masculino/femenino, etc.) es en sí misma un enorme instrumento de poder que permite perpetuar estructuras de dominación de los colonizadores sobre los colonizados. El binomio poder/conocimiento tiene implícito la capacidad para ordenar el mundo y establecer jerarquías entre “nosotros” y “ellos”; por ello, un análisis longue durée sobre la historia permite identificar los mecanismos a través de los cuales el logos occidental establece la ontoepistemología de los discursos políticos occidentales: Pasamos de la caracterización de «gente sin escritura» del siglo XVI a la caracterización de «gente sin historia» en los siglos XVIII y XIX, a la de «gente sin desarrollo» en el siglo XX y más recientemente, a la de comienzos del siglo XXI de «gente sin democracia». Pasamos de «los derechos del pueblo» en el siglo XVI (el debate de Sepúlveda contra de las Casas en la escuela de Salamanca a mediados de este siglo), a los «derechos del hombre» en el siglo XVIII (filósofos de la Ilustración), y a los «derechos humanos» de finales del siglo XX (Grosfoguel, 2006, pág. 23). HETERARQUÍA Y COLONIALIDAD DEL PODER Uno de los objetivos explicitados para este tema es el de ampliar el análisis de la economía-mundo para añadir la dimensión cultural. Cuando el programa de la MC califica el sistema-mundo como “moderno”, “colonial”, “capitalista” y “patriarcal” está introduciendo la dimensión cultural que es necesaria para entender que la economía-mundo no es solamente un sistema histórico basado en la acumulación capitalista, sino también un sistema de relaciones de dominación entre pueblos. Por ello, en lugar de relatar el “descubrimiento de América” como un hecho entre Europa y América, las voces críticas del paradigma de la MC se afanan en subrayar que fue un sujeto masculino, europeo, capitalista, militar, cristiano, patriarcal, blanco y heterosexual el que llegó a América, llevando consigo una serie de jerarquías políticas, económicas, epistémicas, etc. que a continuación expondremos siguiendo las reflexiones de Grosfoguel (2006). Por motivos analíticos, esta serie de jerarquías se expondrán de forma aislada sin que, en la práctica, hayan operado o puedan operar independientemente las unas de las otras. Así, resulta más conveniente invocar la idea de “heterarquía” o “pensamiento heterárquico”, tal y como lo formula el pensador Kyriakos Kontopoulos en su obra The Logics of Social Structures (1993), donde muestra que, desde sus orígenes decimonónicos, las ciencias sociales han promocionado la idea de estructuras sociales que funcionan como sistemas cerrados. Frente a esto, el pensamiento heterárquico por el que aboga Kontopoulos favorece la adopción de un lenguaje complejo y de sistemas abiertos que se entrelazan. Desde la perspectiva del pensamiento heterárquico la modernidad “no se trata de una lógica autónoma ni de una sola lógica, sino de procesos múltiples, heterogéneos, imbricados y complejos dentro de una sola realidad histórica” (Grosfoguel, 2006, pág. 33).

  1. El mundo moderno/colonial está presidido por una clase global formada en torno a una serie de formas de trabajo (esclavo, semiesclavo, asalariado, producción de pequeñas mercancías, etc.) que alimentan un sistema capitalista basado en la acumulación de excedentes de producción que son puestos a la venta en el libre mercado generando plusvalía y beneficios para la clase productora global.
  2. Una jerarquía en torno a la división internacional del trabajo y la concentración de procesos productivos característicos del centro y la periferia del sistema en determinadas regiones del mundo.
  3. Una jerarquía global de Estados que trunca el principio de igualdad y soberanía de los Estados, pues resulta evidente que determinadas organizaciones político-militares controladas por hombres blancos europeos ejercen el control sobre el sistema de Estados perpetuando situaciones de dominación colonial.
  4. Una jerarquía global de grupos raciales y étnicos donde los europeos están situados en posición de superioridad frente a los no europeos.
  5. Una jerarquía global del género que sitúa a los hombres en posición de superioridad sobre las mujeres y al patriarcado europeo/occidental sobre otro tipo de relaciones patriarcales.
  6. Una jerarquía sexual que sitúa la heterosexualidad en la norma (de ahí el concepto de “heteronormatividad”) y la homosexualidad fuera de la norma.
  7. Una jerarquía espiritual que sitúa la religión cristiana (católica y protestante) por encima de otros credos, así como sobre otras formas de espiritualidad.
  8. Una jerarquía epistémica que sitúa el conocimiento y la cosmología occidentales en un lugar preferente y superior sobre los saberes no occidentales. El sistema universitario global es la institución dedicada a salvaguardar este orden jerárquico del conocimiento.
  9. Una jerarquía lingüística que impone un estándar por el cual las lenguas europeas (el inglés, el castellano, el francés o el alemán) son reconocidas como los sistemas de comunicación y producción intelectual reconocidos y aceptables, por encima de las lenguas no europeas, que acaban siendo vistas como “subalternas” y como capaces únicamente de producir un saber folclórico y cultural lejos de los estándares del conocimiento serio (Grosfoguel, 2006, págs. 25 - 26).

El programa de la modernidad/colonialidad establece una diferencia conceptual clara y necesaria entre “colonialismo” y “colonialidad”. Se puede definir el colonialismo como una serie de “situaciones coloniales” que tienen lugar durante el periodo colonial derivadas de la presencia de administraciones coloniales. Frente a esto, el concepto de colonialidad recoge la idea de la persistencia de “formas coloniales de dominación después del final de las administraciones coloniales, producidas por culturas y estructuras coloniales en el sistema mundo capitalista moderno/colonial” (Grosfoguel, 2006, pág. 28). Uno de los grandes mitos presente en las narrativas sobre la historia del siglo XX es la ilusión de que los procesos de descolonización y la independencia de multitud de Estados asiáticos y africanos tras la Segunda Guerra Mundial trajeron consigo el desmantelamiento de la heterarquía que comenzó a construirse con el “descubrimiento de América” (Grosfoguel, 2006, pág. 28). Nada más lejos de la realidad, puesto que, a pesar de la desaparición de las estructuras jurídico-políticas que dotaban a las situaciones coloniales de un marco legal, hoy en día observábamos la continuación de situaciones coloniales en las relaciones de opresión y explotación que se establecen entre las distintas razas, culturas, géneros o grupos económicos del mundo. Por ello es posible decir que la fase “postcolonial” del sistema-mundo capitalista presente no aporta una revisión radical de las jerarquías del sistema-mundo moderno/colonial (Grosfoguel, 2006, pág. 29). En relación a la colonialidad, es importante destacar que opera a nivel global. Esto resulta obvio si pensamos que la “colonialidad del poder” es un “proceso de estructuración social en el sistema mundo moderno/colonial que articula lugares periféricos en la división internacional del trabajo con la jerarquía global racial/étnica y la inscripción de los migrantes del Tercer Mundo en la jerarquía racial/étnica de las ciudades globales metropolitanas” (Grosfoguel, 2006, pág. 29). Como argumentamos en el Tema 3, “centro” y “periferia” no son conceptos geográficos, sino que son nociones que tratan de identificar la naturaleza de dos grandes conjuntos de procesos productivos (nucleares y periféricos). Por ello se puede hablar de periferialización de Estados-nación, pero también de personas no europeas que “viven hoy bajo el régimen de la «colonialidad global» impuesto por los Estados Unidos por medio del FMI, el BM, el Pentágono y la OTAN” (Grosfoguel, 2006, pág. 29). Para los autores postcoloniales como Edward W. Said (1978) la relevancia de la jerarquía global racial/étnica en el sistema mundo moderno/colonial ha desembocado en la caracterización del mismo como un sistema cultural. De este modo, el post-colonialismo asume que la diferencia cultural juega un papel crucial en la constitución de las relaciones económicas y políticas del sistema histórico actual. EN RESPUESTA A LA COLONIALIDAD DEL PODER: PENSAMIENTO FRONTERIZO Y TRANSMODERNIDAD Otro de los intelectuales ligados al programa modernidad/colonialidad, el argentino Walter Mignolo, acuñó el término “pensamiento fronterizo crítico” a principios de los 2000 para describir la “respuesta epistémica de lo subalterno al proyecto eurocéntrico de la modernidad” (Grosfoguel, 2006, pág. 39). Mignolo habla de un pensamiento fronterizo consciente de las operaciones de la diferencia colonial,

de las relaciones de opresión/explotación y del patrón continuista de la colonialidad global; y propone una redefinición del lenguaje de la modernidad en términos de los conocimientos y cosmologías subalternas; las invisibles para la historia. La lucha por la liberación decolonial y el descentramiento de la modernidad como proyecto “europeo” están muy presentes en la agenda de los pensadores fronterizos que, en última instancia, buscan también participar en la definición de conceptos como ciudadanía, democracia, derechos humanos y economía más allá de los marcos epistémicos impuestos por la modernidad europea. En este sentido, es importante subrayar que el pensamiento fronterizo no pretende dar una respuesta antimoderna a la modernidad, sino una “respuesta decolonial transmoderna de lo subalterno a la modernidad eurocéntrica” (Grosfoguel, 2006, pág. 39), tratando de desbancar el monólogo sordo a través de los cuales Europa ha relatado el mundo. Pero, ¿qué proyecto encierra tal respuesta decolonial transmoderna? La transmodernidad — también llamada “cosmopolitanismo crítico”— es un proyecto utópico sobre el que ha teorizado el filósofo de la liberación mexicano Enrique Dussel. Este tiene como objetivo lanzar una crítica al eurocentrismo del proyecto de la modernidad desde el pensamiento fronterizo. Con anterioridad hemos señalado que el poder de la modernidad reside en su capacidad para erigirse como proyecto universal que coloniza las ontologías y saberes del mundo. Para hacer frente al diseño global de la modernidad eurocentrada, Dussel defiende la relevancia de los saberes de las culturas subalternas, así como el lugar epistémico de los pueblos en las regiones periféricas. En base a esto, autores como Walter Mignolo han interpretado que “la transmodernidad sería el equivalente a la «diversidad como proyecto universal»” (Grosfoguel, 2006, pág. 40). El proyecto de la filosofía de la liberación propuesto por Dussel reconoce que la liberación está ligada al diálogo con las culturas no hegemónicas; al reconocimiento de epistemologías subalternas que se encuentran en una posición de “exterioridad relativa” frente a la modernidad. Este espacio exterior es un espacio especialmente fértil —el medio natural para el desarrollo del pensamiento fronterizo crítico— donde las epistemologías subalternas, a pesar de haber sido constituidas y condicionadas por la modernidad colonial europea, no han sido completamente colonizadas por esta (Grosfoguel, 2006, pág. 41). Atendiendo a este razonamiento, podría parecer que el proyecto utópico crítico de la transmodernidad encapsula una defensa a ultranza de la política de la identidad. Sin embargo, hemos de ser cuidadosos de no creer que la política de la identidad sea, por definición, un proyecto liberador. Un proyecto intelectual-político articulado en torno a la defensa de la identidad de un grupo puede estar lejos de proponer la revisión radical de la base epistémica de la modernidad y perseguir, por el contrario, metas que tienen sentido para ese grupo en cuestión, acompañadas del reclamo por una igualdad dentro del sistema que deje intactas las estructuras que perpetúan la desigualdad productiva del sistema mundo moderno/colonial (Grosfoguel, 2006, pág. 42).

para sí un continente y lo renombraron al mismo tiempo que emprendieron un proceso de organización territorial siguiendo el ejemplo de España y Portugal. El continente recibió el nombre de América por su “descubridor” Amerigo Vespucci quien, al navegar en las costas de Brasil, pensó que había descubierto el Nuevo Mundo. El nombre fue ligeramente modificado para que tuviera una sonoridad similar a la de los continentes que ya habían sido descubiertos, África y Asia. Si podemos atribuir a alguien la conceptualización de la “modernidad” como la dirección de la historia que tuvo a Europa como modelo y punto de llegada, ese es Max Weber, siguiendo la estela del filósofo alemán, Hegel. Pero más recientemente, desde finales de los años 80, ha irrumpido en el discurso de las ciencias sociales y de la mano del sociólogo peruano Aníbal Quijano la noción de la colonialidad, entendida como la cara oscura de la modernidad y la perspectiva histórica de los condenados, aquellos que son marginados del relato de la historia que produce la modernidad (Fanon, 1986; 2005). A los condenados se les define por la herida colonial, y la herida colonial, física y/o psicológica, viene como consecuencia del racismo, del discurso hegemónico que cuestiona la humanidad de todos aquellos que no pertenecen al lugar de enunciación de aquellos que asignan los estándares de clasificación y que se asignan a sí mismos el derecho a clasificar. La lógica de la colonialidad opera en cuatro planos distintos de la experiencia humana: 1) la apropiación económica de la tierra, la explotación del trabajo, y el control de las finanzas; 2) en el plano político con el control de la autoridad; 3) en el plano cívico con el control del género y la sexualidad; 4) en el plano epistémico y subjetivo/personal con el control del conocimiento y la subjetividad. Así, como ya hemos indicado, la modernidad no puede superar la colonialidad, porque es precisamente la modernidad la que necesita y produce colonialidad. RAZA Y BARBARIE La colonización y la apropiación de la tierra y la explotación del trabajo en el proceso de invención de América fue posible gracias a que, de forma simultánea, se dio la construcción ideológica del racismo. Por supuesto, a este nivel, con “raza” no nos referimos a la cuestión del color de piel o la pureza de sangre, sino a la categorización de los individuos de acuerdo con su nivel de similitud/proximidad a un modelo asumido de humanidad ideal. La idea de raza, casi prácticamente intercambiable con la idea de etnicidad, también denota un sentido cultural de comunidad, lo que la gente tiene en común. Por ello, la visión de Otros “bárbaros” (comúnmente catalogables como “diferentes”) ha sido absolutamente necesaria para la construcción del sistema-mundo moderno colonial capitalista patriarcal. Como argumenta Mignolo (2007), al concepto de bárbaros se han adjudicado varios sentidos:

  • Uno: Grupo humano que muestra signos de comportamiento extraño o feroz y que podría demostrar tener un sentido degenerado de la justicia, la razón, las maneras, y/o la

benignidad. Persona o grupo que no actúa de manera totalmente racional, o que muestra un comportamiento tumultoso o poco razonable.

  • Dos: En un sentido más restringido, los bárbaros son aquellos que carecen de “locución literal que responda a su lengua de la misma manera que nuestra locución responde a la lengua “latina””. En este sentido, hay que entender que, en el contexto del encuentro europeo con América, la lengua latina representaba la condición última para la garantía de verdad de cualquier sentencia.
  • Tres: Los bárbaros son aquellos que carecen de cualquier forma básica de gobierno. Este tercer sentido está íntimamente relacionado con el primero en su requisito de formas racionales de pensamiento y organización. (Son los verdaderos bárbaros)
  • Cuatro: Todos aquellos que presentan formas de racionalidad y estaban en posesión de una estructura legal pero eran considerados infieles o paganos porque no practicaban la verdadera religión que es el cristianismo. Por este motivo, normalmente se reconocía que los turcos y los moros estaban por encima de los cristianos castellanos en cuestiones de ley y gobierno, pero fallaban miserablemente en términos de moral cristiana, de ahí que fueran considerados inferiores.
  • Quinto: Bajo la categoría de “barbarie contraria” (barbarismo enemigo) puede identificarse a todos los que trabajaron de forma activa para socavar la cristiandad. A lo largo de los siglos y de la historia del mundo moderno colonial, el “barbarismo negativo” ha sido redefinido y ampliado para referirnos a todos aquellos que se han rebelado contra Occidente y sus ideales de democracia, libertad, y modernidad. La idea de América fue en sí misma una invención europea que arrebató la historia y la capacidad de nombrar esta tierra a los pueblos que la habitaron durante siglos antes de que Colón la “descubriera”. Este fenómeno ha sido descrito como “desposesión” (tanto material como espiritual), y más recientemente como “colonización del conocimiento” y “colonización del ser”. Cuando la primera y la segunda generación de criollos de origen europeo en lo que son hoy las dos Américas, la latina y la anglo, llegaron al poder, los criollos se apropiaron del nombre del continente para sí mismo, autodenominándose “Americanos” de forma que los indios y negros quedaron relegados de la ecuación. Hoy en día, los movimientos continentales indígenas, desde el polo ártico al antártico, reclaman la denominación “Abya-Yala” para nombrar la tierra que habitan. Esto significa que América “Latina” es el nombre del continente habitado por gente de origen europeo. Esto puede ser difícil de entender, precisamente debido al éxito de la lógica de la colonialidad al hacer parecer que América “Latina” es al mismo tiempo un subcontinente y una idea de una conciencia sobre todo el mundo que mora el territorio conocido por este nombre.

Ambas co-existen en paradigmas diferentes: el paradigma imperial impone y mantiene la visión dominante (la que todos los estudiantes aprenden desde la escuela elemental y que es diseminada a gran escala a través de la cultura popular y los medios de comunicación). El paradigma decolonial, por su parte, se esfuerza por dar visibilidad a una interpretación “otra” que llama la atención, por un lado, sobre una visión silenciada del evento y, por otro lado, muestra los límites de la ideología imperial disfrazada de verdad e interpretación única de los acontecimientos. El cambio epistémico decolonial significa entender la modernidad desde la perspectiva de la colonialidad mientras que, por ejemplo, la postmodernidad significa entender la modernidad desde la propia modernidad. Ligado a esto, es importante reconocer la presencia del Occidentalismo, entendido como la “universalización de la cultura occidental”. Este alberga dos dimensiones: En primer lugar, sirvió para localizar el espacio geohistórico de la cultura occidental; y, de forma menos evidente, también fijó el lugar privilegiado de la enunciación. Ello permite subrayar que fue desde Occidente desde donde el mundo fue descrito, conceptualizado, y jerarquizado; por ello, una perspectiva crítica nos permite ver que la modernidad se corresponde con la auto-descripción del rol de Europa en la historia más que con un proceso histórico ontológico. Sin un lugar de enunciación auto-concebido como occidental, no habría sido posible pensar lo oriental. Así, Occidente fue, y todavía puede ser considerado, como la única localización geo-histórica (lugar epistémico) que es a la vez parte de la clasificación del mundo y la única perspectiva que tiene el privilegio de poseer las categorías de pensamiento dominante desde las cuales el resto del mundo puede ser descrito, clasificado, entendido y llevado por la senda del progreso. Por ello, muchos autores coinciden en señalar que pensadores como Edward W. Said — quien ha discutido largamente sobre el discurso y la institución del Orientalismo— solo veía la mitad del problema y no se paró a pensar de qué manera el Orientalismo podría haber emergido sin una noción previa de Occidentalismo. Por ello, una crítica frecuente al argumento de Said es que da por hecho que el “principio” de la historia moderna (y de la misma idea de modernidad) se sitúa en el siglo XVIII. Él, junto con muchos otros, en particular los intelectuales ligados a la corriente de los estudios postcoloniales, pasó por alto los siglos XVI y XVII, así como las consecuencias del “descubrimiento” de América. Lo que esto significa, por lo tanto, es que la emergencia y la configuración de la matriz colonial del poder del “Orientalismo” es tan solo una segunda gran etapa en la transformación del orden mundial. Sin embargo, la emergencia de América marca tres grandes cambios económicos globales, que son: 1) la ampliación del tamaño geográfico del mundo, 2) el desarrollo de varios métodos de control del trabajo para diferentes productos y diferentes zonas de la economía mundial, 3) la creación de fuertes maquinarias del Estado a lo largo de los distintos puntos del espectro colonial. Así pues, podemos decir que América constituye un caso particular porque fue el lugar donde arraigaron las primeras estructuras de colonialismo interno del mundo moderno/colonial. Tras la Segunda Guerra

Mundial, los países asiáticos y africanos que accedieron a la “independencia” del Reino Unido, Francia, y Alemania seguirían el mismo ejemplo. En definitiva, la “colonialidad” fue la lógica que puso en relación un sistema de jerarquías que actúa en todas las esferas de lo social, y que arrinconó todas las economías existentes antes del “nacimiento” de América. Pero el elemento realmente clave para el funcionamiento del sistema fue, por encima de todo, el conocimiento y la capacidad del sistema para establecer principios epistémicos “naturales” que legitimaron la anulación de economías y saberes diferenciales.